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jueves, 20 de diciembre de 2007

La Web 2.0 y su coche escoba

Acabo de leer el libro Web 2.0 de Antonio Fumero, Genís Roca y Fernando Sáez Vacas, centrado en las perspectivas y repercusiones de la tecnología participativa --también conocida como 2.0-- en nuestra sociedad. A continuación, la casualidad ha hecho que lea La gacela de Wirayut, de Emilio Arias, y me ha venido a la mente la imagen del coche escoba ese que descalifica a todos los ciclistas rezagados que alcanza durante su recorrido. Porque el libro de Arias me ha provocado el mismo efecto sobre toda esa ciencia previsional y paradisíaca de la Web 2.0 de Fumero, Roca y Sáez: por mucha democracia participativa, mucha igualdad de oportunidades y mucha creatividad individual que facilite la tecnología, el trabajo por cuenta ajena sigue siendo la forma más extendida de supervivencia para la inmensa mayoría de humanos; mientras que por su parte las empresas siguen inmersas en un mercado regido por la optimización de los costes en un contexto de --no auténticamente-- libre competencia. Así que unamos los dos polos y reflexionemos tras la lectura de ambos textos.

El de Fumero, aparte de que debía haber revisado mejor la ortografía y la sintaxis antes de publicarlo, tiene un grave defecto fundamental: carecer de hilo conductor. En él repasa sin esquema previo --y si lo había se me pasó por encima, escondido entre tanto neologismo-- fenómenos más o menos recientes sobre los cuales hay puestas grandes expectativas de negocio, así como una serie de inminentes revoluciones "apalancadas" (un término que gusta mucho de repetir). En definitiva, una acumulación de jerga y siglas que dan cuenta de lugares comunes y previsiones lanzadas sin demasiado fundamento empírico. Mucho marketing y poca utilidad del lado del usuario/consumidor. Es el típico informe escrito en el lenguaje que los inversores esperan de los expertos: describir pautas de consumo en los que "apalancar" otras tantas oportunidades de negocio... Fenómenos que ya hemos visto, leído y oído en demasiados medios; esperaba un poco más de elaboración (al fin y al cabo es un libro). Con todo, lo que más me ha llamado la atención es su admiración desmedida por el éxito de Second life, cuyas cifras e iniciativas asume y apoya sin asomo de crítica, deslumbrado como está por el hecho de que es un ejemplo perfecto de economía virtual (¡fíjate tú qué cosas!).

Algo en lo que estoy totalmente de acuerdo con Fumero --y que Sáez también menciona-- es que por primera vez en la historia de la humanidad la tecnología es capaz de generar vínculos de socialización en forma de comunidades virtuales. Desde siempre la tecnología --el cine y la literatura están llenitas de parábolas al respecto-- se ha contemplado como una amenaza y un peligro de aislacionismo individualista. Esta "socialización por la tecnología" va a tener unas enormes repercusiones en toda la psicología social, que deberá asumir que la socialización interpersonal no es ya la única forma existente de integración en una comunidad (del tamaño y tipo que sea), sino que existe otra socialización alternativa --sucedánea, de limitados efectos, de peor calidad, todo lo que se quiera-- pero que está ahí y que tiene sus ventajas e inconvenientes. Los expertos del ramo van a estar ocupados unos cuantos años: algunos escandalizándose sin más, otros ignorando el cambio producido y aferrándose a la disciplina de toda la vida, los de más allá lanzándose de cabeza al nuevo paradigma de forma acrítica; y finalmente otros --los auténticos nuevos maestros de la psicología social de la era digital-- planteando teorías contrastables con la realidad. Así de previsibles y miserables son las revoluciones científicas en la ciencia social.

El texto de Roca, en cambio, está muy bien estructurado: ordena los conceptos y se ciñe al desarrollo anticipado de antemano. Se nota que tiene una base de estudios de letras y que ha rentabilizado su MBA. Su esquema de la realidad económica de la blogosfera me parece una excelente hoja de ruta que pienso asumir para desmenuzar y ordenar esta realidad en constante cambio. Según él, en la blogosfera cabe distinguir tres grandes intereses mutuamente interseccionados: los de las personas --iniciativas con y sin retorno económico--, los de las organizaciones --modelos de negocio-- y los del capital --las inversiones--, y dentro de ellas una serie de estrategias que extracto a continuación:

1) Los intereses de las personas
a) Iniciativas sin expectativa de retorno económico
b) Iniciativas con expectativa de retorno económico centrado en la persona
-Apóstoles o evangelizadores
-Implantadores
-Productores
-Proveedores de soporte
-Formadores

c) Iniciativas con expectativa de retorno económico centrado en el proyecto
-El modelo turista accidental
-El modelo "discográfico"


2) Los intereses de las organizaciones
a) Modelos de negocio basados en la audiencia
-Publicidad
-Comisiones
-Donaciones
-Pay per view

b) Modelos de negocio basados en la tecnología
-Pay for premium use

3) Los intereses del capital

Pero sobre todo quiero destacar su acierto al señalar el enorme error de cálculo de los inversores que dio lugar a la "burbuja tecnológica" del año 2000: pensar que podrían convertir en clientes una mera recopilación de audiencias reunida desde el señuelo de la gratuidad (esto último lo he añadido yo). Esta gran metida de pata inicial está pendiente de enmienda y en esa labor aún se encuentran embarcados personas, organizaciones e inversores.

El texto de Sáez sigue la línea del de Fumero, pero añadiéndole ese puntito de vanidad de autor consagrado. Se nota que su contribución (tampoco es que lo oculte) es un refrito de textos anteriores, así que poco aporta. Las notas al pie dan la medida de los poco que ha revisado el texto (echar un vistazo a los números 183 y 184).

Aun así, me reconforta comprobar cómo le preocupa el tema de la creciente complejidad tecnológica --una idea crucial que es el centro de gravedad de este blog-- y la dudosa capacidad del usuario para asimilarla y emplearla adecuadamente. Por un momento, creí que iba a hablar de "la tecnología que nos esclaviza", y la verdad es que hay párrafos en los que anda bastante cerca:

"Del efecto combinado de la interacción desequilibrada entre la complejidad creciente de la tecnología y la habitualmente escasa preparación del usuario medio se deriva esa forma moderna de «esclavitud» del humano respecto de la tecnología [...] La hipermultifuncionalidad instrumental potencialmente disponible acaba resultando superflua cuando es subexplotada por el usuario, tiende entonces a convertirse en hipofuncionalidad y queda inédita, invisible" (p. 105)

Aunque prefiero desarrollarlo en otro post, avanzo que mi concepto de la esclavitud tecnológica no se refiere --como en el caso de Sáez-- a la destreza de quienes la manejan, sino a la manera deliberada en que se diseñan e implementan tecnologías en modelos de negocio, servicios o plataformas, encadenadas a un exclusivo recinto técnico/económico del que deberán brotar beneficios. Esas "tecnologías esclavas" no pueden encontrar nuevos usos o mejoras en manos de la competencia, porque por decreto están encerradas en los nichos donde --en el éxito y en el fracaso; en la utilidad y en la inutilidad-- sus propietarios las han incrustado. Y aunque es cierto que en un mundo tan cambiante y en constante evolución técnica la única manera de consolidar un modelo de negocio que ofrezca resultados es la esclavización tecnológica, también es cierto que es altamente dudoso que una política opuesta esté condenada al fracaso: Android, la plataforma de software para telefonía móvil patrocinada por Google es de libre acceso, y eso no impide que sobre ella se sustenten otras tecnologías esclavas de alto rendimiento económico. Lo bueno es que la base se ha construido de forma consensuada y compartida, y ese tanto hay que anotárselo a Google. Otra cosa es que la compañía del buscador, gracias a esta iniciativa, no se asegure la compatibilidad total de sus aplicaciones web en todos los modelos de móviles que usen Android (eso si no exige que sus servicios vayan de serie en toda implementación). Pero ese es uno de los axiomas que consiguen que el capitalismo funcione: "vicios privados, públicas virtudes" (Mandeville dixit).

La parte final de su texto es un refundido de datos sobradamente conocidos (cifras de penetración social de la banda ancha, inversiones I+D, uso de la web...) con una mezcla de advertencias y lamentaciones sobre lo que hemos perdido por el camino: tiempo de reflexión y de análisis, el sentido de la prioridad de nuestras necesidades, relaciones cara a cara... y lo hemos sustituido por la celeridad, la superficialidad, el ansia de negocio rápido y la tecnificación a toda costa. En fin, el panorama que gusta pintar a los autores que --desde un punto de vista generacional o debido a sus estudios de letras-- echan de menos la sociedad más auténtica desplazada por esta otra descafeinada que propone la tecnología. Y aunque es cierto que hay excesos y pérdidas graves --las peores: la saturación informativa, el imperativo de la inmediatez y la automatización, el desprestigio de la lectura y la escritura analíticas, fundamento de la ciencia que produce esa misma tecnología-- no me gusta perder el tiempo en anotar aquello que hemos estropeado en lugar de destacar lo (poco o mucho) que vamos a ganar. Puede que sea algo diferente, puede que nos obligue a esforzarnos en no perder de vista ciertas capacidades y destrezas; pero ya que estos tiempos tecnológicos están aquí para quedarse, prefiero trabajar para adaptar lo bueno que ya teníamos; y si hemos de salir modificados --que saldremos-- que sea para mejor.

Por último, el texto de Arias: me ha defraudado porque esperaba algo más elaborado. Lo mismo que dije para Fumero vale aquí: falta revisar la sintaxis y la ortografía, aunque me parece estupenda su apuesta por la autoedición con precio asequible vía Lulu. Quizá esperaba el relato en primera persona de una experiencia de trabajo en entornos globalizados/deslocados, sobre los efectos de todos estos cambios que anuncian Fumero, Roca y Sáez. Pero me encuentro con una crónica demasiado castiza para mi gusto sobre el folclore de la oficina, que no se parece en nada a la saludable ironía de El principio de Dilbert (1997) de Scott Adams. Un coche escoba que se queda en plumerillo.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Hablemos de comercio electrónico

Esta vez no hay advertencias ni paradojas de ninguna clase, tan sólo quiero comentar dos experiencias de compra de regalos navideños por Internet.

La primera es en Playmobil, en la que he conseguido unos complementos para la casa colonial de muñecas que no encontraba por ninguna parte. Lo primero que debo decir es que el proceso no es nada amigable; eficaz sí, pero no agradable: tras el consabido registro hay que localizar el producto entrando por la gama que le corresponde, ya que la herramienta de búsqueda no sirve para nada a menos que se parametrice según los apartados del catálogo (algo absurdo desde el punto de vista del usuario/consumidor, que no tiene por qué conocerlos de antemano). Aunque lo peor de todo es la nula comunicación ofrecida por el vendedor: no envían un mísero correo al finalizar la transacción (eso siempre da seguridad el usuario/consumidor, que tiene algo a lo que agarrarse en caso de dudas o reclamaciones). Ni siquiera se dignaron responder a los dos mensajes que les envié solicitando confirmación de mi pedido. Tan deficiente atención queda compensada en parte con la celeridad en la llegada del pedido: exactamente a los cinco días (el almacén está en Valencia y la ciudad de destino era Barcelona, por lo que se comprende) sin ningún tipo de incidencia. Tanta eficacia queda deslucida por la ausencia de comunicación, así que les otorgo un regular.

La segunda es en la tienda Disney-Europa, localizada en Londres. Antes había llamado a varias tiendas de mi ciudad preguntando por un producto de la película Encantada (2007) y en todas obtuve la misma respuesta: "lo hemos tenido, pero ahora está agotado. No sabemos cuándo llegará porque no disponemos de esa información. Tampoco avisamos cuando reponen el producto ni hacemos reservas". Todo facilidades para el usuario/consumidor...

Lo que sí me llama la atención es que, siendo Disney una corporación tan global y globalizada, su tienda web no sea multilingüe. Aunque el registro y el inicio de sesión aparecen en español, cuando se accede a la tienda virtual todo está en inglés. El segundo gran defecto es la navegación: imagino que debido a su obsesión por la seguridad, cada fase del proceso se ejecuta en una nueva ventana del navegador, con lo que uno acaba con la barra de tareas llenita, llenita. Sobre la experiencia de compra, lo habitual cuando se trata de empresas estadounidenses: muy bien. Todo bien explicado, información adecuada, buscador eficaz, proceso de compra rápido y claro... Sólo debo mencionar un error en la penúltima ventana previa al pago: en el código postal de la dirección de envío aparecía el mismo que para la dirección de facturación (cuando yo había especificado dos diferentes), lo que me hizo dudar como usuario/consumidor y repetir el proceso otras dos veces ante el temor de cometer un error al indicar la dirección de entrega. Envían un correo de confirmación de pedido con un clausurado detallado y amplio (como estadounidenses que son), y otro más cuando el pedido ha sido entregado al logístico --DHL--, incluyendo el número de identificación del envío, para que pueda consultar su situación vía web (¡muy bien!). En la factura que venía con la mercancía incluyen una etiqueta postal preparada por si deseo devolver el producto (¡de nuevo muy bien!).

El argumentario es claro: me ahorro los desplazamientos, las aglomeraciones y tratar con vendedores mal formados y desinformados. El precio --incluyendo los gastos de envío-- no ha superado en ambos casos los 20 € (no he comprado cosas muy voluminosas ni caras, es cierto). Y aunque cada cual cuenta la feria según le va, yo digo a los usuarios/consumidores de la web: ¡no desaprovechemos algunas de las evidentes facilidades que nos brinda el comercio electrónico en fechas tan colapsadas como las navideñas!

martes, 4 de diciembre de 2007

Donde las cosas no tienen nombre

En el bar donde desayuno cada mañana, el dueño/camarero y los desayunantes de turno charlan sobre impuestos municipales. Por lo visto los bares y restaurantes deben abonar una tasa por anunciar productos y servicios propios (bocatas, comedor en el interior) a la calle. Cuesta comprender el sentido de la medida, ya que para los propietarios se trata de algo implícito en su actividad: promocionarse desde su propio local. Para el ayuntamiento de turno es una cuestión de gestión visual del espacio público.

Y hablando de tasas, el dueño recuerda los 90 € bimensuales que abona por tener la radio y la televisión funcionando en su bar. Por lo visto un bufete de abogados le remitió en su día una carta informándole de la conveniencia de realizar este pago a la SGAE, ya que no hacerlo podría acarrear consecuencias judiciales. El hombre, claro, se acojonó y ha empezado a pagar. ¿Qué bufete era ese? ¿Por cuenta de quién realizó ese mailing? ¿Qué porcentaje por tasa apalabrada se llevaba?

Desconecto de la conversación general y pongo en marcha mi dispositivo reflexionador guiado por un parcial y subjetivo sentido común: resulta que las emisoras de radio --la radiación de fondo de la inmensa mayoría de bares-- pagan religiosamente sus tasas a la SGAE por la música que emiten; pagan (imagino) por su licencia de actividad, o como mínimo su impuesto de sociedades. Creo que todo es correcto hasta aquí. Pero resulta que la fase final del proceso, la recepción de esas mismas emisiones gravadas en origen, también están sujetas a gravamen. La tasa no se aplica sobre la presencia de una radio o una televisión --aparatos que pagan su correspondiente canon incluido en el precio en el momento de su adquisición-- como servicio añadido al consumo de bebidas y comidas, sino sobre la escucha --inevitable, involuntaria, automática, indiferente-- del material sujeto a propiedad intelectual que llena parcialmente la programación. Me pregunto a quién debería remunerarse por escuchar esa otra parte que consiste en noticias o guiones originales redactados por el personal de las emisoras. Dado que los periodistas renuncian a los derechos de autor en sus contratos laborales, debería remunerarse a la entidad de gestión que se ocupara de la propiedad intelectual de las emisoras radiofónicas. Más aún, debería establecerse un porcentaje a repartir entre SGAE y emisoras en función del minutaje ocupado por la música y el material original. ¿Quién arbitraría ese porcentaje dado el inmenso espectro radiofónico? ¿Tiene sentido hacerlo?

Respecto a la televisión el problema es idéntico: éstas pagan sus licencias de actividad, sus impuestos de sociedades, pagan a la SGAE --puntualizo, creo que la única que paga religiosamente el canon a actores y directores es TV3, la televisión autonómica catalana-- por emitir contenidos audiovisuales sujetos a propiedad intelectual. Sin embargo, al otro lado del proceso, también existe otro hecho impositivo sobre el mismo material: la recepción individual en espacios privados de libre acceso. Caigo en la cuenta de que algunas radios y televisiones son públicas, no privadas: ¿qué pasa con las emisoras públicas? ¿Tiene sentido gravar la recepción de emisiones públicas libres, gratuitas y gravadas --como las privadas-- en origen? ¿Tiene sentido gravar emisiones de televisión privadas --gravadas en origen, como todas las demás-- para cuya recepción se abona previamente una cuota de suscripción?

Me pregunto si sería posible, en este contexto, que radios y televisiones trataran de recuperar parte del dinero que abonan por emitir material sujeto a propiedad intelectual gravando a su vez la recepción de sus materiales originales. ¿Cómo reaccionaría la audiencia? Es más, como soy un usuario/consumidor de a pie, mi populista sentido común me dice que esto es gravar dos veces el mismo producto o servicio.

Una última pregunta: ¿por qué nadie se molesta en controlar la distribución y exhibición indiscriminada de anuncios publicitarios? Si es inútil poner por escrito la respuesta, me gustaría que se pudiera aplicar en este caso el mismo razonamiento tautológico.

Mientras los parroquianos charlan y callan suena uno de los viejos éxitos de Dire Straits, luego This love de Maroon 5 y luego Grita de Jarabe de Palo. Me pregunto qué parte de los 90 € bimensuales llegará realmente a estos intérpretes en forma de cheque. Ahora suena Where the streets have no name de U2. Ya tengo título para este post.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Nuevo positivismo digital (VI): El enésimo tránsito a la modernez cultural

Nuevo positivismo digital (I)
Nuevo positivismo digital (II)
Nuevo positivismo digital (III)
Nuevo positivismo digital (IV)
Nuevo positivismo digital (V): Los turoperadores del océano cibernético


Leo el artículo-decálogo de Vicente Verdú sobre la "superviviencia" de la novela y no sé si es un cabreo sin más, un cabreo calculado que pretende convulsionar o un desvarío fruto del despiste o de un exceso de modernez mal digerida. Esperaré a que lo leas en este enlace antes de seguir con mi reflexión.

Una vez acabado, seré obvio y pondré por escrito algo que el señor Verdú sabe perfectamente: la literatura --y mucho menos la novela-- no es la única forma de narración existente. Otra cosa es que sea la segunda más vieja (la primera, por supuesto, es la oral). De manera que, si debemos rasgarnos las vestiduras o prepararnos para el cambio habrá que hacerlo por el único tipo de ficción novelesca que corre peligro: la que cristalizó en el último tercio del siglo XX; y cuyo éxito social ha sido, esto también es obvio, la principal fuente de ingresos de la industria editorial. Si hablamos de un cambio de este modelo al nuevo que describe Verdú entonces no tengo nada que objetar, sino aplaudir.

Pero el tono y el contenido del texto no me dan esta impresión, así que yo sigo con lo mío. Según Verdú la nueva novela debe ser:

1) Estar escrita de forma que se impida conscientemente su adaptación a otro medio (audiovisual en la práctica).

2) Valorarse no por sus complejos o atractivos argumentos sino por "la intensa degustación del texto". Esto ya está inventado: es la poesía.

3) Dar primacía absoluta a lo inmediato y lo fragmentado frente a la dosificación del efectismo. Un blog --el modelo no declarado que está tomando-- no es un formato narrativo, en todo caso es nuestra tendencia innata a percibir la discontinuidad como un continuo lo que puede hacer creer lo contrario.

4) Potenciar la interacción y la multiplicidad de tramas. En este caso el videojuego es el modelo narrativo no declarado, pero cuidado, sus (aparentemente) infinitas tramas argumentales posibles no dejan de ser cauces prefabricados, en los que la elección del jugador se hace a partir de las opciones que se presentan según el contexto. En un videojuego, el usuario/consumidor nunca "crea" nada que no haya sido planificado de antemano en fábrica. Muchas opciones para elegir puede ser interactividad, pero nunca creatividad; nuestra única aportación creativa es la suma de todas las opciones elegidas, y aun así no se trata más que de una variación de elementos finitos.

5) Manejar como tema estrella y casi exclusivo la peripecia interior del autor, basada en vivencias propias y transmitidas en primera persona del singular. Si la literatura del último tercio del siglo XX ya era de fuerte tendencia autobiográfica (incluida la ficción), ahora se trata de elevar a la enésima potencia esta premisa, hasta rozar casi la atrofia: la narración del Yo-Yo-Yo.

6) Cultivar como ingrediente necesario el sentido del humor, o mejor aún, la ironía. Su presencia sería el antídoto contra la sacralización y la ritualización nefastas hacia las que tiende la novela actual. Contra lo sagrado, la banalización de las vidas individuales, contradictorias y miserables.


Lo que parece poner más enfermo a Verdú es el acartonamiento y la falsa solemnidad que se da a sí misma la literatura junto con "los novelistas a la violeta que siguen autoestimándose como demiurgos y atribuyen a la literatura una supuesta misión de libertad, de salvación universal y de formidables tontadas por el estilo". Creo que este es el germen de todo su cabreado decálogo, y ciertamente su sintético diagnóstico no me parece nada desencaminado: zarandajas.

Lo que ya no me parece tan bien es el camino que toma en su huida hacia adelante, en el que se topa de bruces, nada más echar a correr, con el fenómeno blog. La evidencia de un alto porcentaje de blogs que no son narraciones de ficción no parecen ser un obstáculo lógico para su razonamiento; a Verdú le bastan las altas dosis de sentido común, sinceridad y desparpajo que emanan (al fin y al cabo sus autores carecen en su inmensa mayoría del prestigio de los autores consagrados) los blogs para otorgarles sin decirlo claramente el relevo como vanguardia de la novela. De modo que toda esa revolución revulsiva e irreverente de una nueva novela se queda en renegar del pasado y lanzarse en brazos de la primera pseudomodernidad que se tiene a mano (y casualmente, no lo olvidemos, el medio en el que se viene expresando con mayor asiduidad el autor). Quizá un pelo exagerado ¿no?

Lo detectamos en los demás casi siempre y al experimentarlo uno mismo se tiende a negarlo con vehemencia: cuando uno despotrica contra todo y vaticina crisis de valores inéditas y apocalípticas lo que suele haber detrás es una crisis de los valores de quien escribe. La literatura y el cine son sectores económicos maduros --con pocas perspectivas de una revolución en cuanto a márgenes comerciales-- y con escasa o nula iniciativa de renovación desde dentro; sin embargo, en la red cada dos meses todo se pone patas arriba, con la consiguiente ganancia de río revuelto. Yo diría que la renovación más importante no vendrá del lado de los blogs (al fin y al cabo un fenómeno parasitario: necesitan que haya grandes medios para existir como alternativa), sino del sector de los videojuegos. En él sucede todo lo contrario: la esclavización tecnológica a base de plataformas privativas y la enorme rotación de novedades hacen que los márgenes sean mucho más elevados --estilo telefonía móvil-- y generen el triple de ingresos y expectación que cualquier estreno de Hollywood. Un ejemplo: el lanzamiento de Halo 3 para XBox 360 consiguió recaudar 300 millones de dólares; en ese mismo fin de semana, la película Matrimonio compulsivo (2007), un producto de consumo a priori socialmente mayoritario, logró apenas 14. Está claro que si eres inversor y te dejan escoger, ¿dónde meterías tu dinero?

El videojuego va ganando prestigio y comiendo mercado al cine a base de producir unos beneficios que asustan
. Jordi Costa cree que se trata de un salto hacia la "alta cultura" debido a la madurez de su industria. A mí me parece un síntoma de beneficios a raudales. Basta echar un vistazo a esos videojuegos para comprobar que tras esos renderizados de primerísima calidad hay argumentos simplificados al máximo, por lo que habría que relativizar un tanto eso de "alta cultura".

No a la alta cultura, pero sí se está produciendo un asalto: a los espacios del poder mediático. Guionistas de videojuegos como Michel Ancel --creador de Rayman o Beyond God & Evil--, Shigeru Miyamoto --Super Mario Bros, Donkey Kong-- o programadores como Fréderick Raynal --padre de la saga Alone in the dark-- son entrevistados, condecorados y compilados en exposiciones como si fueran escultores o arquitectos. Les piden su opinión sobre la creatividad, el futuro del ocio narrativo, la evolución de los efectos digitales y, por supuesto, las obligadas profecías acerca del negocio... Adoptan el mismo rol social que interpretan desde hace décadas escritores y cineastas (ese que parece reventar tanto a Verdú), la diferencia es que ahora el dinero llega desde otro lado, así que eso tiene que notarse en el minutaje de los medios.

Es cierto, la novela y el cine agonizan; asistimos a un cambio de modelo. Sin embargo, a diferencia de otros tránsitos del pasado, esta vez sí se dan factores realmente inéditos. Puede que en las sucesivas etapas de consumo de ocio narrativo --literatura popular, seriales radiofónicos, tardes de domingo en el cine y luego en el salón de casa-- haya un elemento común: se trata de un proceso de transferencia de audiencias alimentadas por una minoría de artistas y gentes del espectáculo (escritores, locutores, directores). Con el videojuego la cosa cambia: detrás de esta industria no hay autores más o menos hechos a sí mismos, sino una legión de técnicos que precisan unos conocimientos y formación en unas herramientas especializadas (interactividad, dialoguistas, paisajistas, programadores, artistas visuales, sonido, guionistas...) que superan con creces los requisitos habituales de cualquier ocio mayoritario que hayamos conocido antes.

Y aquí desembocamos en la que considero la mayor paradoja de todos estos tránsitos: desde hace unos años se ha extendido la idea de que la formación es un valor que genera no sólo conocimiento sino también beneficios. Los políticos se llenan la boca con ella cada dos por tres y las iniciativas en esta línea son apoyadas por amplias mayorías. La ampliación de la educación obligatoria hasta los 16 años fue una de esas medidas, a pesar de lo cual muchos países de la OCDE exhiben preocupantes índices de fracaso escolar. Para combatir esos malos resultados se habla de extender esa edad en Gran Bretaña hasta los 18. ¿Cómo se conjuga la evidencia de un segmento de población obligada a escolarizarse que desea abandonar los estudios para acceder al mercado laboral (y así disponer de dinero con que pagar su ocio) con una demanda laboral para el sector del ocio que requiere gente formada y especializada? No sé la respuesta, lo único que veo es una brecha social entre una mayoría que anhela ser audiencia (más o menos pasiva, sin estudios, sólo con poder adquisitivo) y una minoría --cuya formación requiere tiempo, sacrificio y esfuerzo-- que se encarga de proporcionárselo en dosis cada vez más sofisticadas.

Procuraré que no me deslumbren las cifras ni la radicalidad de las novedades anunciadas: la interactividad limitada del videojuego alimenta el espejismo de un salto cualitativo respecto a la ficción cinematográfica y novelesca. En realidad hay un cambio tecnológico acompañado de otro de negocio: nuevos productos, nuevas reglas. Si la palabra debe medir su prestigio y su "superviviencia" con el audiovisual, dentro del ámbito de lo audiovisual están claras las semifinales de esta Champions tecnológica y económica: la televisión juega contra Internet y el cine contra los videojuegos. ¿Alguien apuesta por una final Internet-Videojuegos? Yo no estaría tan seguro...

(continuará)

jueves, 22 de noviembre de 2007

Levitando

Hablando de la aprobación de la Ley de Acceso Electrónico de los Ciudadanos a los Servicios Públicos Javier Candeira celebra algunos de sus logros y lamenta tres de sus principales defectos, por las consecuencias tecnológicas y sociales que pueden acarrear. El primero y el tercero son razonados y razonables (y el que quiera conocerlos en detalle que acceda al texto, pues vale la pena), pero el segundo he tenido que leerlo dos veces porque no podía creerlo: "Tampoco se garantiza el principio de transparencia y el derecho a conocer todo lo relativo a los procesos públicos. Los ciudadanos deberían tener derecho a auditar el código fuente de los sistemas informáticos que tramitan sus procedimientos administrativos. El no tener este acceso supone una falta de transparencia, que se traduce en una merma de las garantías democráticas de nuestro Estado" (PC Actual Nº 198:20).

Que yo sepa, desde que existen los servicios públicos, las garantías están en los requisitos de entrada (todo el mundo debe poder acceder en igualdad de condiciones y atendiendo a determinados criterios compensatorios de tipo social/personal) y los resultados de salida (plazos, forma). ¿Acaso alguien --en la era analógica y del papel-- se ha rasgado las vestiduras por no poder auditar cómo pasa de negociado a negociado su expediente? Eso sin entrar a debatir cuánta gente está en condiciones, tiene tiempo y ganas de auditar el código fuente de --pongamos por caso-- el procedimiento de renovación del permiso de conducir. Quizá diez o doce ingenieros --filántropos y desconfiados a la vez-- estén dispuestos a hacerlo, pero la mayoría creo que se conformaría con poder tener su renovación a tiempo y gratis. ¿Vale la pena montar un acceso público y garantizado a dicho código para tan poca gente capacitada? ¿A qué viene esta paranoia? ¿No deberíamos seguir auditando las entradas y las salidas, que además de más sencillo es igualmente eficaz?

Javier Candeira, sigo con interés tus artículos, y comparto tu punto de vista sobre la necesidad de apostar por los estándares abiertos, ya que eso --aparte del ahorro que supone para el Estado-- obligaría a las corporaciones que monopolizan de facto el mercado a abrir parte de sus plataformas; pero admitamos que a veces levitamos tanto que olvidamos que estamos hablando de tecnología aplicada a la vida cotidiana, y no en un avanzado debate cuyo alcance no supera los límites de la tecnología informática, donde esa obsesión auditora quizá tenga más sentido.

lunes, 12 de noviembre de 2007

¿Cómo me gustaría que fuera el iRead (o el GBook)?

Las industrias editoriales son las últimas del sector cultural fuertemente arraigadas al modelo analógico de distribución. Esto no es malo en sí mismo, pero hay numerosos síntomas de que los usuarios/consumidores aspiran a que vaya por otro sitio, muy probablemente con la esperanza de aumentar las posibilidades de una bajada de precios o de sortear unas reglas de juego que --una vez dado el mismo tránsito a lo digital en otros sectores-- les beneficie de forma colateral. Por su parte, los diarios en papel se han encontrado con un fenómeno --parcialmente inesperado y analógico-- que ha acelerado su tránsito hacia lo digital: los diarios gratuitos; surgidos en su momento como una eficaz arma para conseguir publicidad a cambio de unos contenidos mínimamente periodísticos, y también ante la pérdida de credibilidad y la amenaza del descenso de ventas en papel. La prensa analógica --una vez asumido el fracaso de trasladar el modelo de suscripción en papel a la web-- ha probado de todo, siendo la medida más reciente mimetizar todo lo posible sus diseños con los de los diarios gratuitos; pero no sólo eso, sino también diluyendo la calidad de los contenidos (creyendo erróneamente que ahí está una de las causas del descenso de ventas), rebajando en muchas ocasiones el nivel de profundidad del análisis y/o reduciendo el espectro de temas a tratar (priorizando los de cotilleo y la adopción de un punto de vista de eficacia garantizada: el bolsillo del consumidor).

Las editoriales están capeando mejor el temporal por una razón evidente: excepto las "majors", la mayoría han vivido al filo de las pérdidas gracias a que la lectura no es ni mucho menos una prioridad entre los usuarios/consumidores (a diferencia del cine, la música o los videojuegos). Tradicionalmente, el autor literario ha sido el peor tratado por las industrias culturales, con unos contratos abusivos de derechos de por vida. Resulta paradójico, ahora que la labor pionera de la agente literaria Carmen Balcells comienza a dar sus frutos (con unos contratos mucho más justos y adaptados a la realidad), que les pille el toro del cambio tecnológico. Esperemos que los avances en materia de derechos de autor no se echen a perder con el más que previsible desbarajuste en las cuotas de mercado que sobrevendrá con el tránsito digital. Sin embargo, otras dos circunstancias --una ergonómica y otra estratégica-- mantienen a los editores sólidamente establecidos en el universo de lo analógico: la lectura en pantalla de textos largos resulta incómoda, y la inexistencia de apuestas serias por dispositivos portátiles para la lectura de libros electrónicos que vayan acompañados (como es el caso de iTunes y otras tiendas que han seguido su estela) de un modelo de distribución y venta de obras literarias. Es necesario que una marca --con la capacidad de repercusión mediática y social de Apple o Google-- abran una brecha en este sector que se sostiene precariamente desde hace décadas a pesar de todos los apocalipsis que se le vaticinan de manera recurrente.

Vaya por delante que no estoy en contra del papel ni de los modelos de negocio basados en canales analógicos de distribución, ni tengo ninguna animadversión personal hacia ellos; simplemente aspiro a que la tecnología --que ya está facilitando cambios y reestructuraciones en el equilibrio de fuerzas existente en otros sectores-- mejore y potencie mi experiencia lectora. Y esto no me parece que sea algo que amenace ni necesite de la sustitución de un modelo por otro. Otra cosa muy distinta es hacia dónde se decantan los usuarios/consumidores, como está pasando con la prensa gratuita o las descargas de música. Defiendo y defenderé la lectura, pero no me convertiré en un fetichista del papel ni de lo digital a cualquier precio.

Estoy convencido de que Steve Jobs ya está trabajando en un iRead (puede que Google también tenga algún proyecto parecido, en la línea de Android) que, si no revoluciona el mercado, por lo menos levantará una polvareda suficiente como para convulsionarlo y forzarlo a moverse hacia adelante. Lo que voy a poner por escrito es mi propio análisis de requerimientos desde mi perspectiva de lector, consumidor/usuario de a pie sin recursos infinitos y tecnócrata de letras regido por el sentido común.

Querido Steve/queridos Larry y Sergey, quiero un iRead/GBook que:

1) Sea pequeño, ergonómico y manejable, con una resolución de pantalla que haga cómoda la lectura. Poco peso (fundamental), tipos de letra, tamaño de letra, brillo regulable, cambio de página espectacular y encantador.

2) Aunque los antecedentes con Apple no vayan en esa dirección, el sistema operativo sea una plataforma de software libre (estilo Android), para permitir aportaciones de terceros, y sin perder de vista estos tres objetivos: intuitivo, sencillo y práctico.

3) Tenga un formato de libro electrónico que incluya, además del texto, un resumen, una valoración (opcional) y enlaces relacionados/recomendados/patrocinados con la obra y el autor.

4) Igual que cuando compramos un libro nos lo quedamos, que los libros electrónicos que compremos puedan adquirirse indistintamente desde el iRead/GBook o el ordenador, y transferirlos en cualquier dirección entre ambos, sin limitaciones ni DRM ni nada parecido.

5) Permita hacer anotaciones (con un teclado retráctil), copiar fragmentos para extractar (y/o enviar por correo sin interrumpir la lectura) y marcar páginas para accesos rápidos.

6) Tenga fácil acceso a notas "a pie de pantalla", posiblidad de ampliar mediante conexión a sitios relacionados/recomendados/patrocinados y opciones de personalización de las diferentes acciones.

7) Las anotaciones y extractos queden asociadas junto con el libro, pero en un fichero aparte fácilmente identificable y exportable a cualquier procesador de textos o gestor de blogs.

8) Se pueda leer, comprar y acceder tanto a libros como a prensa (la pantalla deberá poder rotar, igual que el iPhone).

9) Compartir, enviar y recibir libros electrónicos por correo sea completamente posible.

10) Por una cuota, una suscripción (aunque los tiempos parece que no están por esa labor) o un precio ligeramente más alto, se pueda acceder antes a novedades. Que determinados libros con derechos de autor caducados sean gratuitos para servir de incentivo a nuevos usuarios/consumidores.


Google apostó muy pronto por los libros, pero lo hizo desde una perspectiva estrechamente ligada a su producto estrella: el buscador. Su objetivo era digitalizar libros y localizarlos en enormes bibliotecas virtuales; y una vez localizados encontrar exactamente el fragmento de texto deseado. Todo un reto para una época en que el buscador era casi su único negocio. Hoy los problemas de derechos de autor y la diversificación de las actividades ha diluido un tanto este proyecto. Lo que es seguro es que "electronificar" libros tiene mucho futuro. No nos engañemos: los tecnócratas que leen tienden a tener poder adquisitivo medio-alto, y están dispuestos a pagar por rarezas, así que los fondos editoriales están de enhorabuena.

Asumo que los fondos editoriales se deberán contratar inicialmente mediante acuerdos en exclusiva (esclavizarlos a una tecnología), y que las expectativas de negocio de determinadas obras/autores serán los acicates durante los primeros pasos, pero lo que está claro es que hay un sector de usuarios/consumidores que quiere leer digitalmente y facilitar las reacciones que suelen provocar sus lecturas más provechosas.

En definitiva, Steve, Larry y Sergey: quiero un dispositivo que haga compatibles mis necesidades como lector y el surgimiento de nuevos yacimientos de negocio en el mercado editorial. Precisamente su viabilidad económica es la segunda garantía de continuidad de la literatura (la primera, claro está, son los autores); evitando en lo posible transferir y arrastrar por decreto monopolios (tecnócratas y de contenidos) desde el universo analógico.


Actualización (20/11/2007): parece que no soy el único en preguntarse por qué los libros son el último refugio de lo analógico, también es algo que preocupa a Jeff Bezos, el fundador de la librería Amazon. Casi como respuesta a mi carta se presenta en Nueva York Amazon Kindle, el lector de libros electrónicos que tiene detrás un modelo de negocio sólido y estable, el de la librería Amazon. Pero el titular de la noticia lo dice todo: "el iPod de los libros". Apple sigue siendo la referencia. Veamos qué proponen:

-300 gramos de peso, 19 centímetros de alto, pantalla con resolución 800x600, batería preparada para durar hasta 7 días, puerto mini USB y conexión de audio con auriculares (imagino que para audiolibros).

-Capacidad de almacenamiento: unos 200 libros (256 Mb ampliables), exclusivamente del formato con el que los vende Amazon por unos 7 €.

-Descarga directa desde Amazon (via modem wireless), pero sin posibilidad de sincronización con un ordenador ni conexión a Internet ni correo electrónico; y sin embargo tiene teclado. Que no funcione como reproductor de música o como teléfono me parece obvio, pero algunos parece que lo echan de menos.

-Enlaces recomendados/patrocinados: Wikipedia y New Oxford American Dictionary (requiere registro). Lectura de periódicos y blogs previo pago de cuota por cada uno de ellos (diarios prestigiosos 10 €; blogs sin prestigio 0,60 €).

-Precio: 280 € (disponible sólo en EE UU).


Por un lado me consuela comprobar cómo algunos de mis requerimientos forman parte de las preocupaciones de los fabricantes y editores; pero por otro me entristece el alto nivel de esclavitud tecnológica al que ha quedado anclado el Kindle (y eso que asumo que mi nivel de ingenuidad está por encima de la media): sin posiblidad de descarga a un ordenador, sin conectividad libre a Internet, sin información relacionada. Desde luego, en estas condiciones yo no me lo compro.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Sacar la pata de donde se ha metido y el cabreo de los expertos...

Es justo reconocer los errores, en este caso las inexactitudes: estoy leyendo el libro Web 2.0 (espero que Tim O'Reilly no me demande por usar su marca registrada) de los colaboradores de Microsiervos Antonio Fumero y Genís Roca, y en el que sí se preocupan de hablar del origen determinados conceptos que el señor Juan Cueto manejaba --en un artículo que me preocupé de alabar-- de una forma calculadamente ambigua, como si fueran inventos fruto de su reflexión. En aquel post elogié a Cueto por su agudeza al hablar de inmigrantes y nativos digitales, cuando en realidad son de Mark Prensky, que los parió en 2001. No sé si Cueto conoció la dicotomía nativo/inmigrante a través del libro de Fumero y Roca, o de la entrevista de Intervenir en 2005, o del mismo O'Reilly, o de ves a saber qué búsqueda googlera o conversación posconferencial/pospresentacional, pero por lo menos creo que debería mencionar --aunque fuera de pasada-- de dónde extrae sus fuentes de reflexión (aunque no sean dominicales). Por lo que a mí respecta, escribiré quinientas veces en mi Tablet PC: quitaré el IVA a todos mis gurús y procuraré llegar hasta la fuente original, o al menos contrastarla antes de lanzarme a elogiar o a criticar sin medida.

Y ahora que he purgado mi mala conciencia, me dedico a mi repaso reflexivo de las novedades tecnócratas:

Los expertos en rumores y filtraciones han quedado seriamente tocados bajo la línea de flotación, puesto que el esperado asalto a la telefonía móvil por parte de Google no es un terminal (imagino que los de Apple respirarán aliviados) sino el anuncio de una plataforma de software libre específicamente diseñada para terminales móviles, que es una cosa muy diferente. Aparte del hecho de que se trata de una iniciativa compartida con otras 24 empresas, lo cual le otorga unas garantías sólidas en su lanzamiento, es un proyecto directamente relacionado con lo que mejor hace Google: software, y encuadrado en el sector más emergente y de inmediato beneficio que existe: la telefonía móvil. Es un triple acierto al que hay que añadir el hecho de que sea una arquitectura abierta, con lo que la innovación y la libre competencia están garantizadas ¿Quién más puede decir lo mismo? Ahora sólo falta esperar que el craker de turno cuelgue en Youtube su tecno-briconsejo en el que ha conseguido instalar Android --así se llama el invento de Google, como la startup que compró sigilosamente en pleno verano de 2005-- en un iPhone. Más de uno estará ya dándole vueltas al tema.

Tras este fracaso evidente del pensamiento previsional más aparentemente capacitado no es de extrañar que el gremio contraataque: es noticia que los efectos masificadores de la blogosfera están pasando factura a expertos de todo tipo (en el sentido más tradicional del término: consultores, asesores, catedráticos...). Lo cual no nos debe extrañar, pues si todo el mundo tiene un blog, si todo el mundo opina, se hace muy difícil separar el grano de la paja y distinguir al buen profesional (antes había muy pocos y era fácil saber dónde encontrarlos) del aprovechado o del zumbado. Algo muy parecido les sucede a los editores: ya existen informes que argumentan con datos lo que el sentido común intuía hace tiempo, a saber, que lo que para los grandes medios tradicionales es noticia no lo es para esa multitud de personas anónimas que mantiene sus blogs a su manera. Para éstos se trata de destacar cosas prácticas, que aporten alguna ventaja (o afecten) a los temas y acontecimientos sobre los que se sienten concernidos. La conclusión a la que llega Nicholas Carr es que, al haber tantos editores como personas, las noticias se han embrutecido.

Nueva obviedad: está claro que no todo el mundo tiene algo interesante que decir, ni está capacitado para ofrecer una buena selección de hechos noticiables; hay gente que lo hace más o menos bien de forma natural e instintiva, mientras que una gran mayoría son torpes por naturaleza... Lo que no se puede hacer es denunciar la posibilidad de que cada individuo se convierta en editor (aficionado o con aspiraciones profesionales). Desde el punto de vista de un profesional de toda la vida, el problema más inmediato al que tiene que enfrentarse es que su competencia se verá incrementada con aquellos aficionados que lo hacen bien (no son tantos); aun así ¿a qué viene tanta preocupación por la legión de los que lo hacen mal si está claro que esos no son competencia? ¿A qué vienen estas pataletas clasistas?

Para certificar el acta de este divorcio entre agremiados y neófitos llega Andrew Keen, que en su libro The cult of the amateur denuncia precisamente el intrusismo de esos blogueros/editores recién llegados (en versión para el usuario/consumidor: de los que no estamos agremiados ni prestigiados a la manera tradicional, ni académica ni socialmente), quienes por lo visto representamos una amenaza. De hecho, el elitista argumento central de la obra no se basa en nuestra competencia, preparación y experiencia, sino en nuestra ausencia de prestigio, razón por la que no nos considera expertos en nada. Se trata de la clásica defensa del statu quo desde el corporativismo más rancio; síntoma inequívoco de que los expertos han visto peligrar sus fuentes de ingresos. Lo curioso es que esto no impide a Keen mantener su blog como si fuera un usuario/consumidor más. Imagino que lo que le debe sentar peor es tener tantos árboles alrededor y que su aportación --a veces no demasiado interesante-- tenga que abrirse paso por méritos propios.

Por suerte no todos los expertos piensan igual, y por ejemplo Francis Pisani coloca el debate en su contexto justo: la blogosfera --lo mismo que la Larga Cola-- no funciona sin la existencia de medios tradicionales ni sitios de información profesional. Se necesitan ambos para que florezca por reacción una blogosfera de aficionados, así que no hay que plantear las cosas en términos de enfrentamiento ni de sustitución de uno por otro. Lo que asusta es la libre competencia; esto lo saben muy bien los empresarios, quizá para los tecnócratas sea algo relativamente nuevo.

Termino con una idea-fuerza que he leído en varios textos recientes y que me ayuda a balizar mentalmente ese concepto inabarcable que es la Web. Lo resumo tal y como me lo formulo mentalmente: la sociedad digital ha acabado con las fronteras geográficas, pero potencia inevitablemente las idiomáticas. De nuevo encontramos un contexto en el que las lenguas pueden dividir; aunque esa misma división proporciona un criterio objetivo para empezar a segmentar el magma digital de usuarios/consumidores que ahora somos. No es una advertencia ni una amenaza sino un consuelo: aprender un idioma es más fácil que quedar atrapado en las alambradas de cualquier frontera geopolítica.

jueves, 25 de octubre de 2007

Portales de contactos. 4. Entrevistas de trabajo con cócteles

Portales de contactos. 1. ¿Cómo han llegado a hacerse imprescindibles?
Portales de contactos. 2. Instrucciones de uso
Portales de contactos. 3. Perversiones y distorsiones no tan sorprendentes

«En la vida, la gente tiende a esperar que le pasen cosas buenas. Y a fuerza de esperar, se les escapa la ocasión. Normalmente, no te caen los deseos en el regazo; caen en algún lugar cercano, y hay que saber darse cuenta, levantarse, y dedicar el tiempo y el esfuerzo que se requiere para recogerlos. Esto no es así porque el universo sea cruel. Es así porque el universo es muy listo».

Neil Strauss: El método, 2006

Cierro esta serie con un post que no es analítico sino esperanzado y subjetivamente futurible. Igual que aquel mártir de los derechos civiles cuyo nombre no viene al caso.

Anoche soñé que completaba el cuestionario de las cinco preguntas, y que sus respuestas eran directas y sencillas, sin rastro de desconfianza; se deducía de ellas que alguien se interesaba por mí con la misma sinceridad que ponía yo en darme a conocer.

Anoche soñé que --efectivamente-- bastaba con quince minutos de crédito a un/a desconocido/a en cualquier café céntrico para establecer una primera impresión, no forzada y natural, sin comprometer esa parte de la intimidad personal que todos consideran que deben poner a buen recaudo. Dos personas se citan sabiendo que van a una cita, y no era ni humillante ni patético.

Anoche soñé que al verla aparecer me atraía mucho, porque la vida (y porque estaba soñando) es así de generosa. A diferencia de un encuentro casual entre dos conocidos que saben que no moverán un dedo para encontrarse otro día, ambos poníamos de nuestra parte para que el otro pudiera hacerse una idea de la persona que tenían delante: el tono de voz, la forma de expresarse, los silencios, las palabras que se atropellan en un deseo de profundizar más y más deprisa...

Anoche soñé que estos encuentros se preparaban con el mismo cuidado que una entrevista de trabajo, sólo que en lugar de un currículo había cócteles encima de la mesa, y el puesto de trabajo consistía en venderse uno mismo. Las mesas estaban llenas de personas que hacían un sincero esfuerzo por expresarse de forma simple y natural, comprendiendo que había que planificar estos encuentros, porque la naturalidad en estado puro --a estas alturas de siglo ya se sabía y por eso se enseñaba en las escuelas-- produce rechazo o extrañeza, así que se hace necesario revestirla de amabilidad y de discursos bien estructurados y divertidos.

Anoche soñé que la gente se expresaba con la precisión matemática de los diálogos de telecomedia, abarcando todos los matices en unas pocas palabras escogidas, conscientes del valor de cada una. De esta manera, en las entrevistas con cócteles no se desperdiciaba nada: toda la energía de la conversación se convertía en comunicación sin pérdida.

Anoche soñé que estaba en un mundo donde los portales de contactos eran la antesala de una comunidad de gente que sabe lo que quiere y expresa lo que piensa, sin conformarse con lo que encuentra por azar. Y todo eso nos hacía mejores y más seguros socialmente; en las antípodas del mundo que Freud anticipó y Houellebecq teme por encima de todo. Un mundo mejor porque, a pesar de tener razón, sus verdades no parecían tener tanta importancia.

lunes, 15 de octubre de 2007

Más tecnología que esclaviza

George Hotz ha pasado a la galería de nombres de la contracultura informática al anunciar que ha conseguido desbloquear el iPhone para que pueda operar con otras compañías además de ATT, que es con la que Apple ha acordado la exclusividad para EE UU. Mientras tanto, Jobs busca acuerdos, también en exclusiva, para operar en Europa.

Además de exclusivas, las empresas siguen vendiendo sus productos a la vieja usanza, desde arriba, mediante acuerdos globales. Sin embargo, los productos objeto del acuerdo son tecnologías basadas en la Web 2.0, con un alto componente de nueva filosofía de la organización empresarial. Pisani opina que la estrategia debería ser la contraria: convencer, desde abajo, a los usuarios/consumidores para que al alcanzar una masa crítica la cosa se impusiera por su propio peso. A mí me parece que, por muy emergentes y modernas que sean, las empresas siguen teniendo los pies en la tierra, saben dónde está el dinero y hacia él se dirigen por el camino más seguro para colocar sus productos. Los experimentos se quedan para las redes sociales, esas que no dan dinero pero sirven de laboratorio. Es preferible un buen convenio firmado y sellado por un director ejecutivo que miles de usuarios operando con una tecnología gratuita (que encima, cuando deje de serlo, migrarán a la empresa emergente que viene detrás y ofrecerá lo mismo mejorado y gratis).

Se vende como si fueran componentes industriales, y sin embargo la tecnología Web 2.0 intenta trasladar todo lo que hacían los ordenadores y servidores corporativos a la red, socavando la organización empresarial más tradicional. Desde el punto de vista de una multinacional, ¿le interesa trasladar sus bases de datos y aplicaciones a la red? ¿Es seguro? ¿Es fiable? Desde el punto de vista de una PYME, ¿es rentable trasladar su entorno de usuario a la red? ¿Le compensa dado su escaso volumen? Desde el punto de vista de un usuario/consumidor, ¿se lanzará sin más a guardar los álbumes familiares (algunos ya lo hacen), el correo, los vídeos --pero también los documentos personales, sus reclamaciones, sus facturas-- en máquinas ajenas después de invertir una considerable suma de dinero en un ordenador con cuyo hardware puede tostar su ocio? ¿Acaso un ordenador que asumiera que todas las tareas se ejecutan en la red precisaría de dispositivos de almacenamiento/lectura/grabación y de tanta potencia de proceso? ¿Pasarían por ese aro las legiones de usuarios/consumidores que actualmente hacen sus apaños locales con la música, el cine, la televisión y los videojuegos? Ya lo comenté en otro post, y mi impresión desde entonces no ha cambiado.

Microsoft ha presentado su propuesta de telefonía gratuita... incrustada en su clásico de los clásicos: Office. Es un ejemplo canónico de aprovechamiento de canales estratégicos; lo dicen todos los manuales de mercadotecnia empresarial: si tienes una ventaja competitiva, exprímela al máximo. El canal estratégico más importante (después del hecho de que el 90% de los ordenadores del mundo use sistemas operativos de Microsoft) es Office, la suite ofimática que usan la inmensa mayoría de las empresas del mundo; así que si es necesario lanzar una nueva línea de productos en la que la empresa no tiene experiencia directa previa --porque los mayores márgenes de negocio se encuentran hoy por hoy en ese sector-- qué mejor que incluirla en otro completamente maduro y de sobras conocido. Desde hace un año Google está haciendo sus pinitos para meter la cabeza en el negocio de la telefonía móvil, así que expectativas de beneficio hay, y muchas.

De manera que a Office le ha salido una utilidad para realizar videoconferencias de audio/video. ¿De verdad da para tanto un documento, una hoja de cálculo, una presentación, una base de datos, un mensaje de correo, para justificar una charla digital? ¿No ocupa ya bastante en el disco ni hace suficientes cosas para además añadirle esto? IBM-Lotus se estrelló en un arrecife muy parecido: estaban convencidos de que la gente escribía sus textos y confeccionaba sus hojas de cálculo en grupo, y por tanto los procesadores de texto y demás aplicaciones de su paquete ofimático Smartsuite debían incluir herramientas para la edición colectiva y on-line de documentos. Se encontraron con que casi nadie hace eso; la mayoría escribe, hace sus formulitas, prepara sus presentaciones, y luego las envía por correo para revisar y/o aprobar. Quizá un 10% de usuarios use estas funciones de edición simultánea, pero la mitad son empleados de Microsoft, y la otra mitad de IBM-Lotus. El resto, crea sus archivos en solitario. Aun así, Microsoft insiste en engordar Office con montones de utilidades añadidas, olvidando que un procesador de textos es básicamente eso, un procesador de textos, y no un ERP. Cuando eso suceda --que Office se convierta en un ERP-- se habrá completado su actual proceso de transformación en un dinosaurio del software, y como tal se extinguirá debido a su peso y su complejidad. Es una simple cuestión de entropía.

Por último, la noticia de que la Universitat de Barcelona, una institución que se pretende puntera y seria, anuncia que dará cursos en Second Life. Justo ahora que las empresas huyen ante la evidencia de un experimento fallido, ahora que los únicos usuarios/consumidores que quedan son los que buscan sexo y dinero, llega la Universitat de Barcelona para dar cursos... ¿En qué mundo vivimos? ¿En qué están pensando los gurús de la mercadotecnia? ¿En qué gastamos nuestro dinero? Si no fuera patético nos podríamos partir de risa.

La economía del monopolio tecnológico goza de muy buena salud, quizá porque de momento es la única fórmula que conocemos capaz de frenar parcialmente y durante un tiempo --el necesario para obtener beneficios, a veces ni eso-- el imparable empuje de las novedades tecnológicas. Eso significa que tenemos esclavitud colateral para rato.

jueves, 4 de octubre de 2007

Las fuentes de la reflexión dominical

Cada vez con más frecuencia, los columnistas de los suplementos dominicales incluyen en sus anécdotas frases como "el otro día, leí en Internet que..." u otras variantes por el estilo, siempre con el denominador común de Internet como detonante inspirador. No debe extrañarnos puesto que es una forma natural y perfecta para establecer el tono del artículo y de paso colocar al lector en la disposición idónea: una mezcla de actualidad, cotilleo y curiosidad. Todo lo demás --el estilo, la deriva ideológica, el posicionamiento ético, el enfoque cómico o serio-- son elementos secundarios. La mayoría de autores que cultivan el género caen tarde o temprano en una u otra variante de esta práctica. Internet se ha convertido en su fuente de inspiración ideal, el filón definitivo en la mina de los puntos de vista, los temas y las anécdotas, dado el tamaño inmenso de la red y lo --relativamente-- efímero de sus carreras. Se acabó estrujarse el cerebro para dar con un suceso que comentar, recordar o especular... ahuyentando definitivamente la tentación de reflexionar --a falta de ideas mejores-- sobre el póster que hay delante del ordenador (alguno lo ha hecho) cuando aprieta el plazo de entrega.

De estas firmas de suplemento se espera casi siempre un tema entre superficial, paradójico y/o curioso del que extraer una breve reflexión acerca de la vida y del amor también; comentarios de acontecimientos recientes --normalmente cotidianos y banales--, todo ello salpicado con gotas de un teórico y exclusivamente formal sentido de la justicia, extensible también a los entresijos domésticos de la historia de cultura (las anécdotas vitales de los grandes personajes de la historia son mis favoritas). El tono también se ajusta a unas pautas no escritas fácilmente deducibles: una mezcla de escepticismo, reivindicación, melancolía y sensibilidad cuidadosamente dosificados. El artículo de dominical es un género complicado; por eso no me parece mal que se inspire en Internet, puesto que garantiza variedad infinita, que es lo que espero de un dominical. Lo que llevo peor es el prurito elitista que destilan estos suplementos y, por extensión, los articulitos; pero eso no viene al caso ahora. Lo sorprendente es la rápida unanimidad en la adopción de esta práctica; quizá porque es una forma sutil y elegante de desnudar el artificio del relato (incluyendo detalles y comentarios al margen) a la vez que el autor queda como un moderno a la última. El mayor riesgo al que se enfrentan quienes lo practican es convertir Internet en su única fuente de inspiración, incluso de sus obras de ficción, y acabar adoptando este mismo estilo a los textos de ficción o de ensayo.

Antes la frontera estaba mucho mejor definida: la Novela y el Ensayo (con mayúsculas, por supuesto) poseían un prestigio (en el primer caso básicamente otorgado por las editoriales; por las universidades y otras instituciones afines en el segundo) que servían de filtro e imponían al recién llegado unas pautas y un estilo que se autoperpetuaban sin problemas. En tres palabras: adáptate o vete. En el otro lado estaban los demás géneros menores (en minúscula, por supuesto) sin distinción; menores porque carecían de prestigio, no por la extensión o la profundidad de sus temas o formatos. Las revistas de cotilleo, la novela gráfica, los coleccionables, todo eso eran simples entretenimientos u ocupaciones para los que no podían dar el salto a la primera línea de la ficción o el refugio para los segundones sin acceso a las instituciones académicas.

Pero llegó Internet, y después de las páginas personales llegaron los blogs, que reúnen en su interior un poco de todo lo anterior: enfoque propio de autores no especializados/no consagrados/sin prestigio (yo soy un ejemplo perfecto), escritores en prácticas, experimentos formales, tono y temas coloquiales... Después, el tirón de audiencia y la inacabable capacidad de Internet para fagocitar toda expresión cultural (música, audiovisual, literatura, videojuegos...) han provocado la relativización de todos esos ámbitos sagrados que parecían perfectos e inaccesibles. Las primeras figuras de los circuitos elitistas de la cultura comprueban de pronto que sus actividades interesan cada vez menos (únicamente a los iniciados de su propio entorno), y que las audiencias mayoritarias se vuelcan en una cultura más informal y directa, sedienta de sentido práctico. La investigación y las vanguardias siguen siendo cotos vedados a la chusma, la diferencia es que ahora nadie quiere formar parte de ellas.

El posmodernismo es un concepto que ejemplifica perfectamente este tránsito de lo sagrado a lo banal: de teoría y método para analizar y explicar prácticamente todo --semiótica, psicoanálisis, historia, economía, lingüística, comunicación, arte-- ha pasado a colosal fraude filosófico, tal y como denuncia sin tapujos Juan José Sebreli en su libro El olvido de la razón. Un recorrido crítico por la filosofía contemporánea (2007). Finalmente, un autor (que, no lo olvidemos, formó parte de los cotos vedados de la sabiduría institucional) se atreve a confesar por escrito (justo cuando su mundo amenaza con perder el poco interés que todavía despierta) que el posmodernismo era un fraude. Lo más curioso es que, en pleno auge del enfoque posmoderno para todas las cosas, a la mayoría de usuarios/consumidores, su sentido común les gritaba que toda esa cháchara especializada era:

a) palabrería de autores aburridos con ganas de dárselas de expertos
b) una forma de aumentar su propio valor académico a base de textos crípticos
c) pajas mentales


Aunque Sebreli no está libre de pecado, eso no impide que valoremos que tire la primera piedra. Y eso que años antes se habían alzado voces muy críticas en pleno auge posmoderno, las cuales fueron convenientemente ahogadas o ignoradas por completo. Como la de André Glucksmann, que escribió en 1988 La estupidez. Ideología del posmodernismo, editado por última vez en castellano en 1994. Un mérito que no impide que a Glucksmann debamos descontarle el IVA, pues no en vano intervino en los sucesos de mayo del 68 como militante maoísta y ha acabado votando a Sarkozy, pasando por una justificación escrita de la invasión de Iraq.

Convendrá recordar una vez más el inmisericorde retrato de los intelectuales que hizo Richard Hofstadter en su libro Anti-intellectualism in American life (1963):

"Un intelectual es aquel que reúne las siguientes condiciones: 1) profesor o protegido de un profesor; 2) superficial; 3) superemocional o femenino en sus reacciones frente a los problemas; 4) pedante y proclive a examinar los diferentes lados de una cuestión hasta llegar a un punto que acaba dejándolo todo como está; 5) arrogante y despectivo con la experiencia de los hombres más sanos y capaces; 6) confuso en el pensamiento e inmerso en una mezcla de sentimentalidad y violento evangelismo; 7) doctrinario y partidario del socialismo soviético como opuesto a la greco-galo-americana idea de la democracia y el liberalismo económico; y 8) sujeto a la obsoleta filosofía de la moralidad nietzscheana que conduce a la desdicha".

Tras este compendio de virtudes --mi favorita y la más vigente aún creo que es la número 4-- uno podría llegar a desear que se extinguieran cuanto antes, al menos en su acepción filosófico-sesentayochista, para que de sus cenizas pueda surgir una nueva figura social y académica que:

1) huya de lo espeso como estrategia de reivindicación/justificación de su actividad
2) no convierta su especialidad en una élite
3) esté comprometido con el progreso y con la democracia
4) se implique en temas políticos de alcance cotidiano (no solamente en debates teóricos)
5) que no vaticine cada tanto la hecatombe cultural ni lamente la crisis de valores (los suyos, que han dejado de ser mayoritarios)
.

Una persona, en definitiva, abierta al ensayo y al error, sin miedo a aceptar cargos políticos y a aparecer en concursos de televisión, cuyas ambiguas declaraciones no levanten sospechas de que "todo vale" o "hay que contextualizar", porque hay una ética democrática --laica, redistributiva, que premia la iniciativa individual sin olvidar la igualdad de oportunidades-- que sí vale la pena defender.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

¿La Larga Cola es la nueva locomotora o el nuevo uso de un vagón readaptado?

Hay algunas preguntas que quiero lanzar para comprender mejor eso de la Larga cola (Long Tail). Se trata de un concepto acuñado por Chris Anderson en 2004 (y que se convirtió en libro en 2006) que sostiene básicamente --y cito a Enrique Dans, cuyo artículo sobre el tema en PC Actual Nº 196 es la causa de mis dudas-- que:

"En un mundo en el que la gama de productos y servicios tiende a infinito, y en el que además todos ellos están disponibles con prácticamente igual facilidad, parece razonable pensar que el mercado se estructurará con unos patrones completamente diferentes a los que adoptaba cuando la oferta era muy limitada en gama, y los canales de información en manos del cliente eran muy escasos y estaban casi todos bajo el control del fabricante".

Lo primero que quiero recordar es que --a pesar de las inmensas mutaciones sociales y tecnológicas-- el cliente (el usuario/consumidor) sólo se ha podido hacer fuerte en un único canal de información: el de las redes sociales. De éstas sólo unas pocas están incrustadas en webs con modelos de negocio maduros y rentables (eBay, Netflix o Amazon básicamente; aunque también la especializada y emergente Facebook), las cuales se potencian y se optimizan por evidentes razones de interés económico, y cuya continuidad no está garantizada puesto que está supeditada a la viabilidad del negocio en el tiempo. Así que no nos dejemos llevar por la euforia igualitaria ni el anuncio de nuevos paraísos sobrevenidos.

Esta es mi primera pregunta: ¿se puede hablar de Larga Cola cuando no hay un modelo de negocio detrás? Porque a mí la Wikipedia me parece sólo un buen ejemplo de red social emergente que eclipsa a otros canales especializados, no un ejemplo de "economía Larga Cola".

Lo nuevo y revolucionario de la Larga Cola --sigue diciendo Dans-- es que si antes el 80% de los ingresos lo proporcionaban el 20% de los productos (Pareto dixit); en la Nueva Economía Digital la proporción queda como sigue: un 2% genera el 50% de los ingresos (siendo generosos), un 8% el 25% y el 90% restante el otro 25%. Según esto, el primer modelo --lo que Dans denomina la "economía del hit"--, en el que los ingresos se fian al éxito de un solo producto, está en regresión o directamente obsoleto.

Y aquí va mi segunda pregunta: ¿la Larga Cola implica necesariamente un núcleo-hit que permite la existencia misma y la posibilidad de explotar la estela --el resto de productos que no son hits--, o la estela sustituye al núcleo en el papel de locomotora? Porque lo que yo veo por todas partes son alabanzas sin límites a los éxitos alcanzados por eBay o Amazon (no olvidemos que en el mundillo económico sólo se cuentan las historias que acaban en beneficios), acerca de las bondades de sus respectivos sistemas de feedback y de recomendaciones mantenidos por los propios usuarios/consumidores, y de lo bueno que es eso porque da la voz al cliente y porque es más justo y porque bla, bla, bla... Si hemos de ser consecuentes con la metáfora, los cometas no tendrían cola si no hubiera un núcleo que la causara; de la misma manera, si no se obtiene el 50% de los ingresos con auténticos best-sellers, los buscadores de rarezas no se acercarán ni por asomo adonde no los venden (por una simple cuestión de confianza y de nombre).

Mi tercera pregunta es doble: si la Larga Cola no necesita un núcleo ¿resultarán viables sitios web que no comercialicen productos-núcleo? En cambio, si la Larga Cola implica un núcleo (este papel pueden desempeñarlo otros webs de la competencia), ¿éste se explota de la misma forma que hasta ahora o hay novedades también?

¿Bastará con desarrollar algoritmos que potencien al máximo las contribuciones de los usuarios/consumidores para asegurar una economía digital basada en el mercado de la Larga Cola? ¿Serán capaces estos sistemas sostenidos por individuos ajenos y desconocidos, sin embargo integrados en negocios web completamente privados, de independizarse de las empresas que ahora los potencian y encima seguir siendo influyentes? ¿Es viable un mercado digital compuesto de tooodo, absolutamente tooodo lo que producen los individuos, o más bien hay un límite para el número de agentes que puedan explotar el mercado de la Larga Cola?

En definitiva: ¿es la Larga Cola la nueva locomotora de la planificación estratégica de las empresas o es una forma de adecentar ese vagón viejo y olvidado para obtener de él un nuevo aunque limitado rendimiento? Si este blog tuviera más audiencia se montaría un interesante debate a base de comentarios, pero la selección natural también existe en la blogosfera.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Baños de realidad

The New York Times, el diario de referencia para el resto de diarios occidentales no necesariamente conservadores, ha decidido abrir (=convertir en gratuita) completamente su edición digital, teniendo en cuenta que actualmente --mediante las cuotas pagadas por los abonados-- obtienen 7,2 millones de euros y que, por publicidad, seguramente podrían obtener mucho más. En la práctica, el acceso de pago estaba restringido a las firmas estelares y a la hemeroteca; después de este cambio de criterio, esas firmas serán accesibles como el resto de noticias y el archivo también (entre 1851 y 1923 porque los derechos han caducado y debe ser de acceso libre; y entre 1987 y 2007 porque es una forma de atraer visitantes). La razón argumentada por la dirección es la de siempre: como todo es gratis en Internet pues hay que mimetizarse con el entorno. Como siempre, en un segundo plano queda la pregunta que debería estar en la cabecera de todos esos infinitos debates sobre el futuro de la prensa escrita: ¿debe ser la edición digital de un periódico un calco de la impresa? Y si no debe serlo (que es lo que yo creo, porque el medio es muy diferente), ¿qué formato debe adoptar? Esta es la pregunta clave por la que deben comenzar las tertulias y los análisis de los expertos. Acabemos ya con las nostalgias y los apocalipsis de cada jueves y los lamentos plañideros de quienes intuyen que su prestigio y su negocio se van a ir al garete o a sufrir un importante recorte de ingresos (a menos que adopten cambios radicales).

Los ministerios de Industria y de Cultura españoles ya tienen perfilado el nuevo sistema de gravamen de los dispositivos y soportes digitales. El cambio más importante es que los móviles con tecnología MP3 pagarán canon, los discos duros quedan exentos (porque lo dice explícitamente la Ley de Propiedad Intelectual), mientras que los CD y DVD seguirán pagando canon pero menos. Además, el criterio de gravamen según capacidad queda aparcado, sustituyéndose por otro que hace referencia al tipo de dispositivo/soporte. Con las cifras del año pasado en la mano, han sido 24 millones de móviles con MP3 vendidos, a 1,5 euros cada uno, son 36 millones de euros al bote. Una cifra sólo superada por los CD. Dicen algunas entidades de gestión que no es suficiente, otras callan y esperan a que las tarifas sean oficiales. Los usuarios, por su parte, dicen que la música descargada a través de móvil es prácticamente toda legal, por lo que ya están pagando un canon por compra. ¿Debe pagarse igualmente el canon en previsión de un futuro eMule para móviles o es para compensar la posibilidad de que la música descargada por ordenador vaya a parar luego a los móviles? Expongo una vez más mi postura: de acuerdo, paguemos un canon, y que lo supervise el gobierno, no las entidades de gestión; pero que se acaben los lamentos y las campañas de demonización del P2P, y que las operadoras de telecomunicaciones dejen de penalizar el tráfico de intercambio de ficheros. Que las entidades de gestión sigan repartiendo a su manera --de acuerdo con sus opacos y escasamente democráticos procedimientos-- lo que recaudan con el canon por compensación; que las operadoras de telecomunicaciones se olviden de establecer tarifas por tipo de tráfico; y que los usuarios/consumidores compartan lo que quieran porque ya pagan sus impuestos revolucionarios en forma de canon y de tarifas planas de ADSL.


Actualización (30/09/2007): Me tranquiliza leer algunas de las conclusiones del debate celebrado en Segovia, en el que participaron Alan Rusbridger (The Guardian) y Javier Moreno (El País), porque eso significa que hay gente en lo más alto que sí parece darse cuenta de los cambios que se están produciendo. Poco a poco se el paisaje se hace más nítido, y ni todo es tan catastrófico ni todo va a estar gobernado por una tecnología ubicua orientada al lucro:

1. Los medios de comunicación proporcionan el espacio público en el que se debaten los grandes temas. Sin medios de comunicación no hay democracia. Esto es un axioma.

2. Como muy bien observó Manuel Castells, el poder se dirime en el espacio público (porque no hay otro), por eso los medios de comunicación se ven salpicados por el desprestigio de los políticos, o acusados de ser parte de su entramado. Esto también es un axioma.

3. La tecnología aplicada a los medios de comunicación posee el efecto --perverso si se quiere-- de fragmentar la audiencia (porque pretende personalizar la oferta como máxima expresión de la ventaja competitiva). Esa fragmentación se hace a costa de reducir el espacio público, ya que las micro-audiencias se desentienden de lo general (ya lo advertía Dominique Wolton). Así que hay que ir con cuidado: ¿fragmentar con servicios a la carta? sí, pero colaborando en el mantenimiento del espacio público. Por mucho perfil personalizado que haya, siempre es bueno que se cuelen cosas que no estaban en las preferencias del usuario/consumidor. Esto no es un axioma, es una política a seguir, defender y mantener.

4. El usuario/consumidor es cada vez más consciente de las oportunidades que le ofrece la tecnología, así que busca espacios en los que se le permita participar. Es otro efecto colateral de la tecnología: permite modificar el canal unidireccional que establecían los medios de masas tradicionales. Esto ya es una realidad.

5. El periodismo es una actividad hecha por personas, y "un periódico no es su papel. Son sus redactores, sus fotógrafos, sus editorialistas, sus valores. Su mirada compartida con los lectores" (Javier Moreno dixit), así que si el papel desaparece qué le vamos a hacer, pero tendremos unos diarios digitales mucho mejores, llenos de puntos de vista y de criterios diferentes. Esto debería ser una realidad a asumir.

Sólo nos queda esperar el lanzamiento de un dispositivo digital que permita disfrutar de la lectura de la misma forma que hacen el iPod y el iPhone con la música y la voz. Con ese artilugio caerá el último bastión de la industria cultural que se aferra a los canales de distribución analógicos: los periódicos y las editoriales. En otro post me ocuparé de detallar mi análisis de requerimientos al respecto.


Actualización (23/10/2007): siguiendo la estela de The New York Times, El País también ha optado por abrir al completo su archivo hemerográfico. No es una decisión altruista, ya que --igual que el diario estadounidense-- es una medida que pretende atraer más publicidad ante el previsible aumento de visitas que supondrá el señuelo de la gratuidad. No en vano aquello de "vicios privados, públicas virtudes" es un axioma del capitalismo; los economistas sociales dirían que "todos ganan".

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