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viernes, 19 de diciembre de 2008

Nuevo positivismo digital (IX): Nuevo colonialismo digital

Nuevo positivismo digital: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII


Resulta que en el Club de lectura de este mes nos toca leer El corazón de las tinieblas (1902) de Joseph Conrad, lo cual me ha venido muy bien por varias razones: la primera que se trata de un libro que leí demasiado pronto, del que apenas recordaba que me había gustado, pero poco más exceptuando el argumento central y la clásica imagen del barco cañoneando la selva africana. Gracias a la relectura he podido descubrir muchos y nuevos significados, todos ellos profundos y complementarios; pero no sólo eso, también me ha servido para constatar la imagen irreal y distorsionada de la mujer (estamos en 1902 y la sociedad sigue siendo fuertemente patriarcal) y el etnocentrismo que --a pesar del tono crítico general-- destilan las descripciones. Incluso me ha servido para darme cuenta del uso reiterativo y excesivamente grandilocuente de todo aquello que tiene que ver con África y las situaciones límite en las que se ve envuelto el protagonista, así como el fallido final, claramente mejorado por Coppola en su modélica adaptación (nunca mejor dicho) cinematográfica de la novela, Apocalypse now (1979). La novela denuncia sin ambigüedad el trato que recibía la población autóctona (esclavos considerados como simple fuerza de trabajo, una materia prima más proporcionada por la tierra), y aunque Marlow --el protagonista de la historia-- deja muy claro que todo eso le escandaliza (el propio Conrad sin duda fue testigo de situaciones parecidas cuando viajó al Congo en 1890) no expresa nada más allá del mero deseo de un trato más humano, ni se convierte a causa de ello en un revolucionario o un antisistema. Se limita a dejar constancia de una injusticia y procura pasar sobre ella sin empeorarla, pero tampoco sin impedirla (al fin y al cabo, como el resto de europeos, se sirve de los esclavos para manejar su barco). Es la misma actitud ilustrada del XVIII que estableció unos derechos humanos universales sin que de ello se derivara una denuncia del colonialismo ejercido por las grandes potencias occidentales. Buenos sentimientos sí, pero coherencia y praxis política bien poca.

Literatura y vivencias personales aparte, El corazón de las tinieblas es una de las primeras novelas que se atreve a retratar sin tapujos el expolio humano y natural que Occidente estaba llevando a cabo en África desde hacía decenios (expolio vigente en la actualidad, encubierto bajo la apariencia de acuerdos comerciales de dudoso beneficio mutuo). Y lo hace a través de la perplejidad de Marlow, un marino que se enfrenta a un entorno extraño, hostil y desconocido, habitado por europeos patéticos, avariciosos y crueles y una población indígena que produce pánico o lástima (según el contexto). La peripecia africana de Marlow, sin objetivos, prolongada durante meses, amenaza con provocarle un cortocircuito mental, del que no se libró Kurtz, un dictatorial y eficaz comerciante cuya figura y métodos le resultan fascinantes y repulsivos a partes iguales. Aun así, la vigencia de la novela de Conrad tiene más que ver con la calidad de la aventura que propone (un viaje a los límites psicológicos y sociales de un mundo que, para presentarlo hoy de forma equivalente, tendríamos que ambientar en otro planeta), y no tanto por la crítica de fondo. Lo único que en mi opinión no consigue transmitir la novela son los sentimientos encontrados que consumen a Marlow (el horror y la fascinación ante el poder omnímodo de Kurtz): todo queda en una serie de metáforas de tono cósmico y apocalíptico tras las cuales nunca asoma nada, ningún dato o acontecimiento que materialice esa transcendencia apenas intuida (aunque tan eficaz en lo literario). En ese sentido la prosa de Conrad funciona igual que en los relatos de H. P. Lovecraft en Los mitos de Cthulhu: la inminencia de un horror definitivo nunca concretado en algo tangible y sin embargo descrito con tal acumulación de desmesuras que luego, al no materializarse en su totalidad, produce un efecto de distanciamiento que enfría la tensión y defrauda al lector, justamente lo contrario de lo que se pretendía.

El corazón de las tinieblas, además de una aventura equinoccial del siglo XX, es la crónica cotidiana del expolio de un continente: los tipos humanos, los métodos, el trato degradante, despiadado y cruel, la negación de toda condición humana a la población indígena; en otras palabras, un manual acerca de cómo llevar a la práctica una política colonial orientada al enriquecimiento personal y al monopolio comercial. África era en 1902 un continente todavía desconocido (muchas zonas de interior continuaban siendo tierras vírgenes para Occidente), y adentrarse en busca de riquezas implicaba también la tarea de descubrir culturas y gentes completamente desconocidas. Si a eso sumamos las rígidas categorías mentales (firmemente ancladas en el evolucionismo unilineal) que incorporaba de serie el hombre occidental de aquella época --gracias al éxito popular de la obra de Darwin El origen de las especies (1859)-- estaba garantizado el cortocircuito mental, al que sucumbe Kurtz y por poco Marlow. En este punto la novela sí que acierta en lo esencial, al describir el choque mental que supone el descubrimiento de una humanidad inédita, regida por unos patrones diferentes a los propios, las consecuencias inesperadas que esto provoca y, sobre todo, la respuesta en forma de regresión a lo más instintivo y animal de la conducta humana. Una respuesta fundamentada en dos premisas autoimpuestas: que Occidente estaba destinado a imponer la civilización en esas remotas zonas del planeta, y que los pueblos que las habitaban eran tan radicalmente diferentes (en costumbres, en idioma, en actitud) que el ejercicio del poder absoluto era una tentación demasiado grande para no sucumbir a ella. El libro de Conrad describe de qué manera reacciona nuestro cerebro cuando todo a su alrededor le resulta incomprensible: el pánico a lo desconocido --potenciado en este caso por la codicia-- y una sensación de (supuesto) vacío racional que deja paso a la violencia como defensa. Esa es la principal aportación del libro de Conrad, la descripción de un choque cultural, también conocido como colonialismo.

Ahora pensemos en Internet como un nuevo continente recién descubierto para la humanidad en 1995 por un tal Berners-Lee. Aunque otros viajeros --militares, científicos profesores, estudiantes universitarios anglosajones-- ya lo conocían debido a sus actividades secretas y/o especializadas, hasta ese año no se abrieron sus fronteras para cualquier usuario/consumidor. De modo que sólo han pasado trece años desde entonces y, a pesar de la evolución imparable de la tecnología, el sentido común nos dice que apenas conocemos sus costas y los territorios adyacentes a las principales autopistas que lo atraviesan. Todavía quedan muchos parajes por conocer, yacimientos de negocio por explotar, materiales que transformar en riqueza (algunos lo llaman simplemente «nuevos mercados»)... Ahora imaginemos las webs comerciales, las sedes electrónicas de las multinacionales, las redes sociales, la blogosfera, los portales temáticos, como caudalosos ríos por los que se aventuran expertos consultores (los exploradores profesionales del siglo XXI) y simples usuarios/consumidores (personas como Marlow o como yo mismo) en busca de riqueza y de fama fáciles. Visto así, Internet es un continente que, hoy por hoy, se encuentra en pleno proceso de colonización para usos simples, miserables o lucrativos, dejando de lado --como suele ser habitual-- la oportunidad de aprovechar una tecnología para mejorar, por ejemplo, la calidad de nuestras democracias formales y representativas, compuestas hasta la fecha por elites y gobernadas bajo dictaduras de infinidad de expertos. En este sentido Internet no es una excepción: con todos los avances de la técnica (cinematógrafo, teléfono, televisión) ha pasado lo mismo: los usos que generan beneficios inmediatos son los que en la práctica se acaban imponiendo al resto, arrinconando otras posibilidades más filantrópicas. Así pues, no estamos ante un fenómeno inédito, y por eso El corazón de las tinieblas puede ser una guía útil para intuir por dónde irán los tiros en la colonización digital de Internet. ¿En qué se parecen ambos procesos? ¿En qué se diferencian? ¿Podemos extraer alguna lección? ¿Nos puede servir para estar prevenidos? ¿Vamos a repetir las mismas pautas y a cometer los mismos errores?

La tentación del poder absoluto sigue siendo la norma: los exploradores profesionales [consultores] sueñan con establecer monopolios comerciales gracias a tecnologías esclavas; y en esta carrera --como en África-- el primero que llega es el que se queda con la mejor parte. Por su parte, los nativos [los usuarios/consumidores, los geeks] que llegaron por otras rutas a los espacios que actualmente ocupan (vía foros Usenet y otras comunidades similares) poco a poco se van integrando en los circuitos comerciales que establecen los profesionales [las redes sociales]. Es curioso: igual que los negros fueron convertidos en esclavos los usuarios/consumidores alimentan hoy las webs sociales a cambio de nada; que se reconozcan formalmente sus derechos es un tecnicismo secundario.

¿Qué nos enseña la historia del colonialismo occidental? Pues que la violencia cada vez resultaba menos eficaz para mantener a raya los movimientos secesionistas. La primera en lograr la independencia fue la India (1948), y en los sesenta del siglo XX la mayoría de los países africanos. El expolio se sustituyó por acuerdos comerciales (preferentemente con el ex-colonizador), de manera que se respetaran formalmente los principios de fair-play comercial. Hoy podemos comprobar que se trataba de un engaño: África es un continente todavía más pobrecido que cuando accedió a la independencia, y la emigración y las pandemias hacen estragos entre su población. La pregunta es si Internet sufrirá una evolución similar. Teniendo en cuenta que los intereses comerciales son los mismos no hay que sorprenderse si al final del trayecto nos encontramos con un espacio originariamente público [Internet] cortocircuitado y peligrosamente distorsionado en sus principales flujos por los intereses de las empresas. ¿Exagero? Cada tecnología esclava que aparece en el mercado es un intento de monopolio sobre una parte de ese espacio virtualmente libre (en ambos sentidos) que es (o era) Internet. Cada red social que pasa de moda, desaparece o se integra en la «knowledge database» de una web privada con ánimo de lucro es una confirmación más de que las iniciativas sin estructura formal y sin financiación propia están condenadas al fracaso, como la Comuna de París. Eso no quiere decir que Internet pueda conocer una etapa de auténtica libertad (no caigamos en la tentación de suspirar por unos mejores tiempos pasados), en todo caso ha tenido un pasado mucho más desestructurado que el actual, y eso quizá ha contribuido a mitificar el espejismo de libertad que ha rodeado sus orígenes. En realidad la libertad realmente existente de la proto-Internet consistía en una serie de limitaciones técnicas que, una vez superadas, han estructurado la red (haciéndola más segura, es cierto, pero también más previsible) y más permeable al pelotazo enriquecedor.

Después de leer El corazón de las tinieblas sigo sin entender qué es lo que Marlow encontraba tan fascinante en Kurtz; del mismo modo que no consigo entender por qué las tecnologías esclavas se han convertido en la principal herramienta de negocio en la colonización de Internet. Lo único que se me ocurre es que Conrad, a pesar de la repugnancia que sentía ante el trato que recibía la población indígena, en el fondo seguía siendo un europeo que consideraba a Occidente el baluarte de la civilización, y que su deber (además de levantar una industria que generara beneficios) era exportar su moral, su división del trabajo y sus jerarquías sociales; y para eso piensa que --como hace Kurtz-- es necesario imponer primero la dictadura de la ley y ejercerla sin piedad. ¿Te sientes capaz de completar la metáfora?

jueves, 11 de diciembre de 2008

¿Y no será que confundimos el ciclo de la vida con el ciclo económico?

1. 28/07/2002: a propósito del estallido de la burbuja puntocom Joaquín Estefanía escribió en El País un lúcido texto titulado «La enfermedad moral del capitalismo» en el que hablaba del enorme escándalo que se montó cuando se hizo público que las auditoras más prestigiosas del mundo actuaban como juez y parte de aquello que auditaban:

«De Enron a WorlCom pasando por Andersen. En muchas de las compañías con problemas, la compañía auditora, la encargada de reconocer si los estados contables eran correctos, era Andersen, el patrón oro de las auditoras mundiales. Andersen ha comunicado a la SEC que a partir de ahora renuncia a auditar compañías que cotizan en Bolsa, [...] Estos escándalos contienen, como las muñecas rusas, distintos capítulos de responsabilidad y de conflictos de intereses: entre los Consejos de Administración y los accionistas; entre los accionistas y los ejecutivos; entre las empresas y sus compañías auditoras; en las auditoras, entre sus servicios de auditoría y de consultoría; en los bancos de negocios, entre sus servicios de inversión y los de asesoría. Fallan las murallas chinas. Se pone en cuestión la imparcialidad y la independencia de cada actor».

«Otro protagonista de lujo, afectado por esta monumental crisis de confianza, ha sido el banco de inversión Merril Lynch. Se conoció un correo electrónico interno del banco en el que algunos de sus analistas bromeaban sobre el nulo valor de unas acciones que oficialmente recomendaban. A continuación se supo que ello no era una excepción, sino que había multitud de casos en los que no existía separación entre las divisiones de análisis y de inversión de los bancos de negocios: tenían a las empresas como clientes, por una parte, y, por la otra, como objeto de análisis».

El diagnóstico estaba claro: «La autorregulación es la enfermedad infantil del capitalismo [...] Liberalización y desregulación conducen, como demuestra ab nauseam la última coyuntura, al abuso».

2. 07/12/2003: el mismo Estefanía remachaba su análisis con otro texto igual de inspirado, «Cuando el capitalismo pierde la cabeza», donde repasaba uno tras otro la serie de escándalos sobre abusos y delitos que afectaban tanto a gestores de fondos de inversión como a los principales responsables de las entidades que les debían supervisar. Es prácticamente un ensayo general con luces y vestuario de lo que un lustro después ha sucedido entre bancos, inversores y agentes inmobiliarios. Para explicarlo acude esta vez a Joseph Stiglitz:

«La regulación [...] impide a las empresas y al sector financiero aprovecharse de su capacidad de monopolio cuando la competencia es limitada; ayuda a mitigar los conflictos de intereses y las prácticas abusivas, de modo que los inversores puedan tener confianza en que el mercado proporciona un marco de juego limpio y que aquellos que dicen que actúan en defensa de sus intereses en realidad lo hacen así. Pero la otra cara de todo esto es que la regulación actúa en detrimento de los beneficios rápidos; por eso se han multiplicado los lobbys autorregulación. [...] Los escándalos generalizados han derrumbado estrepitosamente los fundamentos intelectuales de la economía del laissez faire: la creencia en que los mercados se bastan a sí mismos para manejar con eficacia, no digamos con justicia, toda la economía. En su último libro Los felices noventa, concluye: "El mantra de la desregulación se ha revelado como una trampa que, lejos de llevarnos al grado de regulación más adecuado, nos ha conducido a la supresión irreflexiva y sin más de todo mecanismo regulador. Nada tiene de casual que el origen de tantos problemas de los felices noventa se remonte al momento en el que se desregularon sectores como el de las eléctricas, telecomunicaciones o finanzas... Las economías de mercado no se autorregulan, son zarandeadas por golpes que están fuera de su control, tienen tendencia a las manías y a los pánicos [...] a la exageración irracional y al pesimismo, a las estafas y a una asunción de riesgos que roza la de los juegos de azar, y a que muchos de sus errores y fechorías sean soportadas por toda la sociedad"».

Sí, sí, sí... muy bien explicado todo, un diagnóstico perfectamente expuesto. La pregunta es ¿por qué nunca se aplica? ¿De qué sirve saber exactamente qué se espera de cada agente del mercado si nadie actúa como debería?

3. 04/12/2008: David Fernández pregunta a Rafael Sarandeses (secretario general del Instituto Español de Analistas Financieros) en «Por qué los profetas no lo vieron venir» (publicado también por El País):

«¿Por qué cuesta tanto escribir en un informe de Bolsa la palabra vender? "Por la propia estructura del mercado. Una entidad financiera suele tener conflictos entre el análisis y el negocio. Esta situación puede significar que la independencia de los analistas a la hora de emitir sus opiniones se vea limitada" [...] A pesar de entonar el mea culpa, Sarandeses matiza que esta crisis no se debe a los errores de los analistas sino "a los fallos de los supervisores financieros y a las malas prácticas de las agencias de calificación de riesgos"».

En versión usuario/consumidor: reconoce que existen graves conflictos de intereses dentro de las empresas consultoras/asesoras, pero la culpa es de los supervisores que no les han supervisado bien. ¿Pero no habíamos quedado en que el mercado se autorregulaba? ¿No era mejor eliminar cualquier injerencia en el mercado porque así se mantiene en perfecto funcionamiento el mejor de los mundos posibles?

Tanta argumentación, tanta documentación, tanta exposición ordenada, tanta indignación, tanta verdad dilapidada... no son más que cubitos de hielo en pleno océano. Se desharán tan rápido que hasta dudaremos de su existencia. Las crisis se suceden porque cada generación hace sus propias leyes: se enriquece, sufre las consecuencias de los excesos y fallos del sistema y finalmente trata de parchear los errores, que se convertirán en las leyes que empleará la siguiente generación para enriquecerse a través de sus lagunas y puntos débiles. Si las leyes del ciclo económico parecen inevitables no es porque los gurús de la economía hayan dado con preclaras teorías desde las que establecer sus constantes, sino porque cada generación no ha sufrido en sus bolsillos la anterior. Lo preocupante en este caso es que una misma generación haya metido la pata tres veces en el mismo agujero.

Describir la herida no alivia el dolor; pero es el único consuelo que nos queda a los tecnócratas de letras.

martes, 2 de diciembre de 2008

Contra-contrarréplica

El Ministerio de Cultura español ha lanzado una campaña institucional contra la piratería que ha desatado un alud de críticas airadas además de un cachondeo generalizado: por sus contenidos, por sus formas, por sus argumentos, por sus testimonios... Todo indica que su efecto sobre los hábitos del usuario/consumidor será nulo, igual que esos "intimidatorios" anuncios que pasan en los cines informando que «el robo en Internet queda registrado».

Yo no sé mucho de esto, pero lo único que veo es que la gente se pasa por el forro de las gónadas todas esas advertencias, básicamente porque aplican un principio aplastante del sentido común: es imposible perseguir --y por lo tanto, considerar delito-- algo que obligaría a encarcelar al 90% de la población. Las descargas desde redes P2P son hoy día como el adulterio en los tiempos anteriores al Mayo del 68: todo el mundo lo practica pero --por miedo o por vergüenza-- nadie se atreve a confesar que lo comete. No hace falta explicar cómo acabó aquello porque aún disfrutamos de las beneficiosas consecuencias del derrumbe de semejante doble moral.

El País, en un texto muy original de Ramón Muñoz, ha publicado el decálogo del Ministerio de Cultura ([Cultura]) añadiendo las contrarréplicas de las asociaciones de internautas y demás colectivos del lado de la demanda ([Refutantes]). La tentación es demasiado grande, así que (gracias al corta-pega) reproduzco íntegro el doble decálogo y le añado mi propio punto de vista ([Bajarse al bit]), que para eso tengo un blog.

1. Lo que está en Internet es gratis

[Cultura]: ¡Falso! La música, el cine, las imágenes, los textos, los videojuegos que están en Internet han sido creados por personas. Es a ellas a las que corresponde disponer si su utilización es libre y gratuita o, por el contrario, poner un precio a su uso.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Lo que está en Internet puede ser gratis, de pago o incluso de ambas categorías, gratis por un tiempo con opción a compra (share). En el caso de los vídeos y la música, los creadores pueden exigir un precio a los que comercializan esos contenidos o se lucran con ellos (iTunes, Google, Yahoo, etcétera).

[Bajarse al bit]: está claro que se trata de una generalización con un claro propósito manipulador. La frase completa en realidad expresa que «todo lo que está en Internet es gratis porque está en Internet», lo cual es una perogrullada. Pero también los es afirmar que detrás de los contenidos hay personas que los crean, y también decir que hay contenidos gratuitos y de pago. Todo eso son tautologías que no significan nada. Antes de afirmar o negar la verdad de tan contundentes declaraciones es necesario preguntarse: ¿Quiénes han provocado que el usuario/consumidor tenga la sensación de que todo lo que hay en Internet es gratis? ¿Seguro que no tiene nada que ver con una estrategia de mercadotecnia de la que se ha abusado hasta enquistarla? De semejante abuso no están libres de pecado ni los distribuidores, ni los editores ni los autores.

2. Bajarse música o películas de Internet es legal

[Cultura]: ¡Falso! Cuando los dueños de contenidos autorizan la descarga gratuita, sí es legal. Si la descarga no está autorizada por los titulares de los derechos, tiene lugar una infracción de la propiedad intelectual.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Las descargas de música son legales o, más precisamente, no son ilegales. Lo dice una sentencia de 2006 del juzgado de lo Penal número 3 de Santander que absolvió a un internauta, para quien se pedían dos años de cárcel por descargar y compartir música en Internet, por considerar que esa práctica no es delito, si no existe ánimo de lucro, y está amparada por el derecho de copia privada.


[Bajarse al bit]: Cultura tiene razón tal y como expone su argumento, mientras que los Refutantes olvidan especificar que «las descargas de música [desde redes P2P] son legales o, más precisamente, no son ilegales [porque no hay legislación al respecto]». El derecho de copia privada, sancionado por ley, es el argumento insalvable contra el que se estrella todo intento de redireccionar al usuario/consumidor hacia el mercado de pago. Ambas partes tienen razón, lo que sucede es que hablan de cosas distintas.

3. Si no aparece el símbolo © en un contenido en Internet lo puedo utilizar

[Cultura]: ¡Falso! La ausencia del símbolo no indica que el contenido es de utilización libre. Para que así sea el titular lo ha tenido que hacer constar expresamente.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Siempre que no tenga ánimo de lucro, el usuario particular no tiene medios a su alcance para comprobar si un contenido está o no protegido por copyright. Corresponde a las empresas de la Red poner los medios tecnológicos para garantizar este derecho. Por ejemplo, YouTube ha creado su sistema Video ID que permite a los titulares de los derechos identificar sus contenidos y decidir que hacer con ellos: bloquearlos, autorizarlos o comercializarlos.

[Bajarse al bit]: el símbolo © es un tecnicismo legal que ni ampara ni detiene a nadie. La coexistencia de mercados de pago y redes de intercambio gratuito es lo que desquicia a las industrias culturales, que piensan que sin estas últimas la continuidad de sus negocios estaría garantizada. No se plantean que aspectos como las condiciones de compra, el precio o la posibilidad de escapar del monopolio que ejercen en el acceso a las audiencias son factores importantes para el usuario/consumidor.

4. Es legal copiar o utilizar un contenido de Internet siempre que se cite al autor

[Cultura]: ¡Falso! Debemos mencionar la fuente y el autor cuando utilizamos una cita en un trabajo de investigación o en un artículo. En estos casos, el fragmento ha de ser corto y proporcionado al fin de la incorporación. Y si no estamos citando, sino utilizando una obra sin autorización, debemos obtener una autorización del titular.

[Refutantes]: Verdadero. El propio enunciado de Cultura se contradice. Una cosa es usar un contenido y otra plagiar. El plagio es perseguible dentro y fuera de Internet. La cita, no. Respecto a la copia, en España se paga un
canon por todo aparato o servicio que es susceptible de copiar o grabar (DVD, MP3, móviles, fotocopiadoras, memorias flash y USB, etcétera) contenidos protegidos. El importe de ese canon digital (118 millones de euros este año) se reparte entre los autores y creadores.

[Bajarse al bit]: cita, copia y plagio son tres cosas diferentes. Nadie se escuda en la cita para descargarse música o películas, y además existe el inconveniente de que la informática (y eso incluye a Internet), nos guste o no, está diseñada sobre la capacidad de réplica. El usuario/consumidor, ante esto, lo único que sabe oponer es que como paga un canon por un montón de dispositivos y soportes digitales está compensando a los autores y titulares de derechos (no por lo que pierden, sino por lo que dejan de ganar). El plagio, por contra, es simplemente un problema de autores mediocres que ahora no viene a cuento. Aquí el punto hay que anotárselo a los Refutantes: si pagamos un canon para compensar a los autores ¿por qué se persigue el intercambio gratuito y sin ánimo de lucro? Si no existiera el canon la postura de las industrias culturales tendría coherencia, pero en las actuales circunstancias es insostenible.

5. Cuando intercambio música y contenidos a través de programas peer to peer (P2P), no necesito autorización

[Cultura]: ¡Falso! La utilización de estos programas supone la explotación de derechos de propiedad intelectual que no han sido autorizados, por lo que constituye una infracción de los derechos de propiedad intelectual.

[Refutantes]: ¡Verdadero!. En España, no hay ningún fallo judicial que diga que el P2P necesita autorización. Al contrario, una sentencia firme de la Audiencia Provincial de Madrid del pasado mes de septiembre absolvió a los promotores de Sharemula, una página web de enlaces, señalando que enlazar a las redes de P2P "no supone vulneración de los derechos de propiedad intelectual".


[Bajarse al bit]: grave error de concepto por parte de Cultura y de argumento por los Refutantes. Las aplicaciones que conectan con las redes P2P y la conexión a las mismas son gratuitas y libres; el hecho de acceder a ellas no vulnera ninguna propiedad intelectual. Otra cosa es el uso que se haga de ellas. La mención a Sharemula resulta aquí irrelevante, ya que en ella se habla de enlaces a redes, no de la conexión a ellas.

6. Los intercambios de archivos a través de las redes P2P son legales

[Cultura]: ¡Falso! Si estos intercambios tienen lugar sin la autorización de los titulares de los derechos de propiedad intelectual, son actos ilegales.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Además de lo dicho en el punto cinco, la doctrina de la Fiscalía General del Estado (circular de mayo de 2006) señala que el intercambio de archivos través del sistema P2P no es incriminable penalmente. Es cierto que la Fiscalía señala que pueden constituir un ilícito civil, pero tampoco ha habido un fallo judicial en vía civil contra internautas que hayan usado el P2P sin ánimo de lucro.

[Bajarse al bit]: el argumento de los Refutantes es definitivo. El intercambio mediante P2P, mientras exista copia privada y pago de canon, no vulnera ningún derecho ni es punible. Por ese lado es imposible atacar.

7. Las redes P2P son seguras

[Cultura]: ¡Falso! La seguridad es un grave problema ya que damos entrada a nuestro ordenador a todos aquellos que estén conectados a ella. Cualquiera puede circular libremente y acceder a nuestros datos: IP, tipo de descargas que estamos haciendo, número de teléfono y otra información de seguridad que figure en el ordenador.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Las redes P2P son tan seguras como lo quiera el usuario, que puede decidir libremente los contenidos que comparte de su ordenador y filtrar mediante antivirus los contenidos que se descarga. Es curioso que Cultura denuncie esta falta de seguridad cuando quiere implantar un modelo de control de las descargas como el francés por el que una autoridad extrajudicial tendría acceso a todos esos datos de nuestro ordenador.


[Bajarse al bit]: estas redes son tan seguras como quieren que lo sean quienes las diseñan ¿Acaso nadie se acuerda ya de aquella versión de Kazaa que incluía spyware? La mención a la inseguridad está muy bien contrarrestada por los Refutantes.

8. La industria cultural y los artistas ya ganan suficiente así que no perjudico a nadie si no pago

[Cultura]: ¡Falso! Los autores, los artistas y las industrias de contenidos de propiedad intelectual tienen el derecho legítimo a ganar dinero, triunfar y tener una carrera exitosa, como ocurre en cualquier sector profesional. No se justifica que a este sector se le discrimine y se cuestione su derecho a ser retribuido.

[Refutantes]: ¡Verdadero! La industria cultural como todas debe adaptarse a los nuevos tiempos y a los cambios tecnológicos. Con los mismos argumentos, los linotipistas estarían autorizados a pedir la prohibición de la informática. En contra de lo que dice Cultura, es la propia industria audiovisual la que exige una discriminación positiva (subvenciones, prohibición del P2P, canon digital, etcétera) de la que no goza ningún otro sector productivo.


[Bajarse al bit]: nadie cuestiona el derecho de los autores a ser retribuidos, y además la evidencia demuestra que por lo menos los consagrados viven muy bien a pesar de las redes de intercambio P2P. De nuevo la contrarréplica de los Refutantes es impecable y demoledora.

9. Las descargas ilegales promocionan a los artistas y a los autores, que ven difundidos sus trabajos y se dan a conocer sin necesidad de la industria

[Cultura]: ¡Falso! Detrás de los autores y los artistas hay una industria que les da trabajo, los da a conocer e invierte en ellos.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Ningún artista famosos se ha arruinado por las descargas ni siquiera los que como
Prince han tratado de perseguirlas (pidió una indemnización a una madre que le puso una canción suya a su bebé). En cuanto a los modestos, Internet ha dado la posibilidad a cientos de grupos, entre ellos algunos tan famosos como Arctic Monkeys, de acceder al público, sin tener que pasar por el filtro de las discográficas que decidían hasta ahora quién publicaba y quién no.

[Bajarse al bit]: las industrias culturales no son las únicas legitimadas ni autorizadas para dar a conocer artistas a las audiencias. Por fortuna, desde que existe Internet, tan sólo es una vía más. Ese monopolio ha terminado para la música y el cine, y está a punto de hacerlo para la literatura.

10. El acceso a los productos culturales tiene que ser gratis y eso es lo que consiguen las redes P2P

[Cultura]: ¡Falso! Las infracciones de derechos de propiedad intelectual realizadas a través de Internet (descargas ilegales) no pueden confundirse con el derecho de acceso a la cultura, una forma de libertad de expresión o de desobediencia civil legítima, ni tampoco como algo inevitable e intrínseco a la Red.

[Refutantes]:¡Verdadero! Las redes P2P democratizan el acceso a los contenidos culturales permitiendo disfrutar de obras que no se comercializan por falta de rentabilidad o porque están descatalogadas. La industria debe encontrar nuevas formas de rentabilizar sus activos. iTunes, Amazon y otras plataformas de pago ya han demostrado que se puede hacer.


[Bajarse al bit]: que yo sepa nadie reclama el cierre de las bibliotecas públicas porque en ellas se prestan libros, música y audiovisuales (desde 2007 el Estado paga el canon al que están obligadas para compensar a los autores por las ganancias que dejan de percibir por cuenta de los que acceden gratuitamente a sus obras). ¿Qué diferencia hay entre "acceso a la cultura" y el acceso gratuito que proponen las bibliotecas? Los Refutantes, por su parte, patinan un poco aireando otras cuestiones que poco tienen que ver con la gratuidad de la cultura.

¿Qué dijeron de los partidos socialistas europeos cuando, en el último tercio del siglo XIX, reclamaron seguros sociales y vacaciones pagadas? ¿y de los que a finales de los cincuenta del siglo XX reividicaron la homosexualidad como estilo de vida? ¿Qué dirán dentro de dos décadas de los pocos que hoy defienden una política de "papeles para todos"? ¿y de los que reclaman un mercado subvencionado, protegido por ley y financiado mediante tasas?

viernes, 21 de noviembre de 2008

La fábula del transportista y el GPS

Había una vez una empresa de transportes que se gastó una pasta en dotar de GPS su flota de vehículos. El objetivo era doble: evitar demoras y problemas en las entregas, y de paso paliar los negativos efectos de la alta rotación de chóferes que impone el mercado actual, de manera que la incorporación de una persona que no conozca el callejero local se compensaría por la ayuda que ofrece el dispositivo. Cuando estuvieron instalados se dieron cuenta de que los chóferes sin experiencia no eran capaces de distinguir si una dirección cuya ruta estaban a punto de introducir en el GPS era errónea o no, aunque fuese por culpa de una sola letra. Ni siquiera aunque el software estuviera lo suficientemente bien diseñado como para ofrecer alternativas al estilo "Quizá ha querido decir..." acompañado de una lista de direcciones similares, puesto que el chófer no sabía por cuál decidirse, ya que no tenía ninguna información previa con la que contrastar los datos (básicamente porque no le suenan ni los nombres de las calles). Nadie pensó que algo así podría suceder, y una cosa tan simple como no reconocer que "Avinguda Duagonal" significa en realidad "Avinguda Diagonal" inutiliza de golpe una costosa y planificada inversión. Esta bonita historia ilustra cómo hasta la tecnología más sofisticada requiere que detrás haya personas que tengan más información que la que poseen los dispositivos automáticos, aunque sólo sea la justa para permitir filtrar errores elementales.

La sofisticación tecnológica permite ofrecer servicios fundamentales y especializados, y de paso refuerza aún más el principio capitalista que sostiene que en la ecuación empresarial el factor humano es el elemento a despejar y/o evitar a toda costa. La tecnología, por muy cara que sea, se amortiza; a las personas, en cambio, hay que formarlas, pagarles antigüedad, motivarlas, sustituirlas mientras caen enfermas... A la larga nunca interesa contratar personas si se pueden sustituir por tecnología. Las máquinas no protestan, no hacen huelgas, no conocen horarios, se puede uno deshacer de ellas con facilidad... Y aunque fallen y se estropeen se pueden contratar planes de mantenimiento que se hacen cargo de todo. Este es el tabú más sagrado y nunca violado de la economía política, la razón principal de la esquizofrenia que atraviesa la contradicción flagrante entre las palabras y las acciones del empresariado, y también la intuición no verbalizada que palpita entre quienes sufren las consecuencias. Desde el siglo XIX el capitalismo está empeñado en sustituir personas por tecnología (el economista David Ricardo --un personaje poco sospechoso de revolucionario-- se atrevió a poner por escrito que "comprendía" la ira de los obreros que destrozaban los telares mecánicos que les quitaban sus puestos de trabajo). Esta es una tendencia que no tiene trazas de invertirse, ni perspectivas de cambio y mucho menos de ser sustituida por alguna alternativa realista. Se trata de una condición necesaria del sistema (igual que la ley de hierro de los salarios del mismo Ricardo) y hay que asumirla mientras no haya otro sistema. Al menos historias como la del GPS evidencian la incoherencia entre la realidad de un empleo decreciente y precario y la necesidad de contar con personas formadas y motivadas para lograr que la tecnología sea útil.

Un conocido fabricante de neumáticos, con gran criterio, anunciaba hace tiempo que «La potencia sin control no sirve de nada» y mostraba a Carl Lewis con zapatos de tacón en posición de salida para una carrera. Pues de un modo similar se podría decir aquí que «la tecnología sin personas no sirve para nada», aunque quizá hayamos querido decir: «...no se aprovecha a pleno rendimiento», o «...genera más problemas de los que resuelve» o «...no sirve para resolver TODOS los problemas».

martes, 11 de noviembre de 2008

Stalin, inventor del Photoshop

"Conocéis las tres formas de comunismo, ¿no?"
"No, Todd. Pero estoy seguro de que nos las vas a enseñar."
"Oh, nooo..."
"En primer lugar, está el marxismo-leninismo. En segundo lugar, está el estalinismo: bueno, la verdad es que el estalinismo es sólo una aplicación, no un sistema operativo. Vamos, que si quieres borrar a 40 millones de personas, instalas el estalinismo en tu disco duro. Es un verdadero virus Ebola político."
[...]
"Por último, existe el maoísmo. El maoísmo va de la eliminación total de toda la cultura. Cualquier cosa que huela a cultura es mala. Todo, desde las sombrillitas para los cócteles hasta Mozart. Todo tiene que desaparecer."


Douglas Coupland. Microsiervos (1995)


No soy el primero que establece esta conexión entre el dictador georgiano y este conocido software, pero no por ello renuncio a desarrollarla a mi manera: cuando la informática era apenas el sueño de unos pocos científicos en todo el mundo, Stalin, el sucesor de Lenin al frente de la antigua URSS, fue el primero en encontrar una utilidad política --que se acabó convirtiendo en necesidad-- a la manipulación de imágenes (hoy lo llamamos de forma más inocua retoque). Desde Niepce, Daguerre y los hermanos Lumière, la imagen fotocinematográfica disfrutaba desde comienzos del siglo XX de un incuestionado estatuto de fidelidad y veracidad en la reproducción del mundo natural, a pesar de las deficiencias existentes en la capacidad de los soportes para reproducir con fidelidad en condiciones precarias o sin la ayuda de luz artificial. A pesar de esas limitaciones el hecho mismo de atrapar la luz y captar el movimiento se consideraban un logro científico sin precedentes, algo parecido a la fascinación que todavía hoy algunos tecnócratas de letras sentimos cuando nos intentan explicar que a partir de unos y ceros los monitores son capaces de reproducir imágenes y todo tipo de objetos o, pongamos por caso, el funcionamiento mismo del protocolo TCP/IP.

La corrupción y la tentación dictatorial entre los líderes que estaban al frente de la Revolución comunista culminó con Stalin, el cual impuso entre 1936 y 1938 una brutal reescritura del pasado. Para lograr su objetivo se convenció de que no bastaba con la simple destrucción de pruebas físicas o escritas, sino que era necesario borrar literalmente cualquier huella o rastro de quienes iban sucumbiendo por el camino --siempre cruel e imprevisible-- de la dictadura del proletariado, de manera que fuera imposible reconstruir una versión de la historia distinta a la establecida oficialmente (tan enfatuado estaba Stalin de su poder omnímodo). Por eso ordenó la desaparición de toda mención documental a sus ex-compañeros Trotski, Zinóviev, Bujarin y Kámenev, así como una ingente revisión de fotos donde aparecieran represaliados o momentos cruciales de la reciente epopeya revolucionaria para que expresaran estrictamente aquello que el poder deseaba en cada momento y, de paso, que no quedase rastro alguno de aquellos de quienes se había decretado su inexistencia oficial. Estoy convencido de que los fotógrafos de la época conocían desde hacía tiempo un montón de técnicas para realizar este tipo de trucajes, aunque es el uso que hizo el poder lo que estableció su incorporación a la línea de la historia. Desde el punto de vista del usuario/consumidor, quien crea la necesidad se lleva la autoría moral del invento; los ingenieros, en cambio, estoy seguro que manejan una periodización y unos nombres muy diferentes.

Graham Bell pensaba que el teléfono sólo tendría un uso terapeútico relacionado con el estudio y el tratamiento de la sordera; los hermanos Lumière que el cine no pasaría de atracción de feria o intrumento científico; incluso los papás de la World Wide Web --Tim Berners-Lee y Robert Cailliau-- concibieron su hallazgo para mejorar el intercambio de información entre la comunidad científica. De manera que no esperemos que los ingenieros sean además unos visionarios; ya tienen bastante con materializar sus ideas y hacer que funcionen.

sábado, 25 de octubre de 2008

Los nuevos Jedi digitales

Los medios de comunicación tradicionales empiezan a remojar sus barbas ante la evidencia de cambios en las costumbres del usuario/consumidor. Las discográficas de pronto son cosa del pasado, y cada semana que pasa iTunes se consolida (por mucho que les reviente a los que hasta ahora se llevaban el dinerito al bolsillo) como el modelo a imitar. De hecho, MySpace acaba de lanzar una propuesta --inspirada en el de Jobs aunque con el declarado propósito de desbancarle-- que establece su propia cadena de valor (así la llaman los expertos) para el negocio musical. Los autores y los intérpretes ganan, el negocio perdura, lo único que cambia son los destinatarios de los beneficios.

Con la prensa escrita y la televisión está sucediendo algo muy similar a lo que ha pasado con las discográficas: las noticias de EE UU hablan de diarios que reducen sus redacciones mientras todos siguen pendientes del próximo movimiento de The New York Times (los detalles aquí) o The Washington Post (más detalles aquí), los espejos en los que se miran los diarios del mundo occidental; las televisiones, por su parte, asisten impotentes a la fuga de audiencias hacia Internet. Unos y otros buscan fórmulas para rentabilizar ventas en papel e ingresos por publicidad que ven como se desplazan hacia otros nichos de mercado (esto también es jerga para iniciados). A los periódicos, de momento, la fórmula del doble canal (físico y digital) con una única redacción polivalente les compensa en este comienzo de cambio de ciclo (que es la fase en la que por lo visto, según los gurús, nos encontramos en España), aunque los expertos en el tema advierten que resultará un fracaso a medida que se avance en la reconversión ineludible. Las televisiones, en cambio, tratan de incorporar Internet en sus programas de toda la vida, o posicionarse como sea a base de reemisiones gratuitas desde las más diversas webs.

En España el buque insignia de la comunicación (el Grupo Prisa) presenta claros síntomas de estancamiento: su modelo de polarización de canales ha acabado lastrando un gigante mediático --ahora sí-- chapado a la antigua, cuando por lo visto lo que se va a llevar son los medios de pequeño tamaño, por definición especializados y/o locales. No en vano los canales temáticos son los únicos que presentan aún síntomas de buena salud. La cosa es que Digital + (en pleno proceso de venta y amputación de la casa madre que permita enjugar su inmensa deuda) es un lastre que conviene soltar para centrarse en los canales todavía rentables (diario, radio, editorial).

En medio del desconcierto general comienzan a surgir los canales nativos digitales, convencidos de que ha llegado su momento. Dixired --hoy por hoy visible únicamente a través del blog 233 grados-- o Soitu, que agrupa las bitácoras de algunos gurús de contrastado prestigio como Juan Varela --presente en Periodistas 21, Público y Soitu, en algunos de ellos por el bonito sistema del corta-pega--, Juan Freire y mi admirado Francis Pisani). Es más, Dixired nace con el propósito de convertirse en un medio generalista 100% digital, hecho de ilustres cometas expulsados de la galaxia El Mundo y tamizados por su fracasada aventura en Prisacom (estaba claro que si recalaron en el planeta Cebrián fue por la pasta, no por convencimiento ideológico en semejante proyecto).

Como si de una transmutación de los famosos Jedi se tratara, estos nuevos caballeros JADU (Jóvenes Airados Digitalmente Ultrapreparados) tienen en común su convencimiento a ultranza, el cual exhiben sin pudor, de que el modelo antiguo (papel, imperios mediáticos) está muerto precisamente por eso, por antiguo, y de que ellos se han dado cuenta antes que nadie, razón por la cual han saltado de sus respectivas naves. Pero aún hay más: están convencidos de que su apuesta es la indudable ganadora y por eso aportan inumerables datos y síntomas que prueban su verdad. El resultado es un sospechoso exceso de buen rollo que, si se estira mucho, se convierte en pura repelencia (Pisani no, a él lo salvo de la quema). Puede que estos caballeros JADU acierten en lo fundamental, pero el futuro no es exclusivamente digital ni estará circunscrito a sus predicciones. La influencia de los blogs, o lo que ellos confunden con el nuevo paradigma de la colaboración (más allá de la Web 2.0, cuya defunción certifican sin dudar), es un fenómeno al que es necesario quitar el IVA, y contemplar estrictamente como lo que es: una atalaya desde la que asaltar el poder. No nos engañemos: estos nuevos tecnócratas no vienen a revelarnos ninguna verdad ni a quitarnos la venda de los ojos; están aquí para desplazar --¡váyase, señor Cebrián!-- a unos dinosaurios que llevan ocupando el mercado demasiado tiempo.

lunes, 13 de octubre de 2008

Un poco de mercadotecnia digital para PYMES

El otro día, debido a ciertos compromisos laborales, asistí a media jornada sobre el comercio electrónico (media porque los empresarios son gente muy ocupada y no conviene hacerles perder el tiempo, y eso que en realidad la audiencia era de lo más variopinta). Se trataba de una iniciativa de la Cambra de Comerç de Barcelona con el consabido apoyo institucional de la Generalitat de Catalunya. Aproveché los momentos más plúmbeos, sobradamente conocidos o reiterativos para hacer una serie de reflexiones que ahora dejo aquí...

En primer lugar, los políticos que abrieron el fuego no tenían otro remedio que hacer referencia a la que está cayendo en forma de crisis financiera global. El hecho de mencionarla significa --en el lenguaje de la política-- que se dan por admitidas ciertas dificultades, las cuales pasan a formar parte de la elaboración del discurso; otra cosa muy distinta es que realmente dispongan de soluciones o de capacidad para hacerles frente (como esto también forma parte del discurso la definición del problema y la solución quedan convenientemente mezcladas). En la práctica se trata de ofrecer a la audiencia un pensamiento positivo que sirva para sortear el obstáculo; que en su caso fue el siguiente: en EE UU, a pesar de la severa amenaza de recesión la productividad está creciendo, un dato que según ellos está directamente relacionado con los elevados niveles de actividad comercial electrónica por parte de las empresas estadounidenses.

El resto del programa estaba estructurado a base de intervenciones de menos de treinta minutos (para sortear el temido déficit de atención) que tocaban el tema desde los aspectos más teóricos (cómo enfocar la mercadotecnia digital, a cargo de Dámaso Ezpeleta); para luego bajar el nivel y repasar una serie de técnicas concretas mediante las cuales poner en marcha una web comercial (a cargo de Montse Peñarroya y Àlex de Anta) y, finalmente, presentar las consabidas best practices (de las dos empresas previstas sólo hubo una: AP-Photo, a cargo de Óscar Grañé).

Ezpeleta, como buen experto en mercadotecnia, traía una presentación muy atractiva, de esas que cada transición de diapositiva va abriendo o cerrando la perspectiva para demostrar al espectador lo que nos dejamos fuera o nos negamos a ver. Los datos que aportaba no constituían ninguna novedad (el 49% de los usuarios/consumidores posee conexión a Internet, de los cuales el 65% navega a diario, de los cuales el 30% compra productos y servicios; mientras que únicamente el 7% de las empresas ofrecen servicios digitales a pesar de que un 40% realiza transacciones electrónicas no comerciales), pero estaban presentados de tal forma que parecía que ahí fuera había una legión de usuarios/consumidores deseando comprar y un negocio por explotar prácticamente sin competencia (el chollo del milenio, vaya). En eso consiste la mercadotecnia: en estirar las verdades para que, sin dejar de serlo, queden ocultas las costuras de algunas de las mentiras que las sostienen. O dicho de un modo más tecnócrata: fomentar la inversión desde el lado de la oferta para forzar un cambio de tendencia aún inexistente en la demanda.

A las PYMES no se les puede mantener excesivo tiempo en las alturas teóricas, es necesario descender al prosaico "cuánto costará todo eso", al "quién me lo hará" y al "cuánto tiempo tardaré en comenzar a ganar dinero". Así que Peñarroya y de Anta nos devolvieron al planeta Tierra y, llamando a las cosas por su nombre, fueron capaces de resumir el salto al comercio electrónico en 23 técnicas básicas que conviene aplicar (las cuales se nos proporcionaron en una interesante guía en papel). Mediante un redactado ágil y sencillo el texto enseña a convertir las visitas a una web en contactos comerciales y éstos en clientes fieles. Por supuesto que cada caso es distinto y para eso están los consultores (casualmente ellos lo son) que nos aconsejaran lo mejor en todo momento (y para eso nos facilitan a cada uno un formulario de contacto sin compromiso).

En definitiva, a poco que uno sepa leer entre diapositivas se da cuenta de que una web comercial requiere algo más que un catálogo de productos bien presentados; es fundamental un proceso de compra sencillo, claro y seguro, además de una constante actualización de contenido (promociones, precios, formatos, servicios, entrega, comunidad...). A pesar de esta evidencia, en estos foros siempre se simplifica el argumentario señalando que una web equivale a un comercial trabajando 24 horas al día los 365 días del año (casualmente el aspecto más atractivo para los propietarios de las PYMES, el cual, sin embargo, nadie se atreve a admitir en voz alta: adelgazar la plantilla. En lo que pocos caen es que ese dinerito ahorrado en personal se invierte acto seguido en consultorías de comercio electrónico). Es una postura coherente desde el punto de vista de los ponentes (que necesitan apalancar sus servicios) y curiosamente preocupante (por la ceguera que implica) por parte de los empresarios: tal y como se presenta, ese "comercial virtual" requiere que haya detrás una legión de técnicos y artísticos que, en función del ámbito que se desee abarcar, puede superar en número y/o gasto a la fuerza comercial y administrativa juntas. Además, con frecuencia se pasa por alto el inconveniente de que, a partir de la digitalización, será necesario mantener dos canales de venta (uno presencial y otro digital) con plantillas no polivalentes, lo cual implica un indudable aumento de la inversión (por decirlo en positivo).

Para ir bien, sería necesario que estos consultores distinguieran claramente entre aquellas PYMES que deseen incorporar parcialmente una serie de servicios web que complementen y optimicen la labor de una fuerza comercial tradicional (portátiles, conexión GPRS, aplicaciones ERP en tiempo real...), y aquellas otras que nacen como --o deciden migrar a-- un canal comercial digital único y exclusivo, partiendo de cero (al estilo Amazon o e-Bay, con un capital de resistencia capaz de aguantar 2 años una web deficitaria) o desplazando al anteriormente existente (con el consiguiente trauma laboral). En la segunda opción sí es posible ahorrar costes, puesto que la tecnología se amortiza y en cambio las personas no; la primera es un callejón sin salida al final del cual está la quiebra o la reconversión forzosa en puntocom. Por lo que respecta a las PYMES catalanas, una abrumadora mayoría entra en el primer grupo, así que sería más adecuado ofrecer mejoras parciales y compatibles con una estructura presencial preexistente.

No es que nos estuvieran vendiendo humo, pero algo de niebla sí que esparcían entre los árboles.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Enlazar no es delito o el sexo de los ángeles

Sólo faltaría que lo fuera, porque eso significaría que los trillones de enlaces de todo tipo que componen Internet son susceptibles de demanda, y que todo dependería de que su destino, propósito y/o interpretación por parte de quien se sintiera perjudicado por su misma existencia les permitiera impugnarlos, ralentizando (estancando incluso) de un modo inconcebible la formación de nuevos servicios, ideas, comunidades, negocios... Por fortuna, la Audiencia de Madrid ha dictado sentencia firme a favor de Sharemula, una web que reúne enlaces a todo tipo de descargas en redes P2P.

Visto desde una cierta perspectiva resulta que estas demandas (las que se ganan, claro) tienen su lado bueno, porque arrojan cemento judicial sobre unas bases técnicas completamente universalizadas de facto, aunque a unos pocos les parezcan un delito flagrante. En el tema de los enlaces vamos a estar tranquilos mientras no cambie la ley, porque bastará con agitar el texto de la sentencia de Sharemula para hacer que cierren la boca. Podemos enlazar donde nos dé la gana no sólo porque técnicamente es posible sino porque además es legal; siempre y cuando no seamos los autores del contenido ni esté alojado en nuestro servidor (en caso de ser declarado ilegal). Probablemente ha sido un pequeño paso para la legislación pero un gran avance para los usuarios/consumidores, y todo gracias a la estupenda labor de David Bravo y Javier de la Cueva y también, cómo no, a unas industrias-que-se-llaman-a-sí-mismas-culturales cuyo empeño en poner puertas a un campo que no les pertenece ha provocado que se sancione una sólida argumentación que defiende precisamente lo contrario de lo que denunciaban.

Para mí --que no soy ni mucho menos un experto-- denunciar a una web porque enlaza adonde no debe es algo así como si alguien denunciara a Telefónica porque al distribuir esas cada día más inútiles guías de teléfono en papel estuviera facilitando "enlaces" a los teléfonos de millones de particulares, que de este modo se podrían ver expuestos a todo tipo de bombardeos publicitarios, acosos y un montón de cosas más (muy indecentes todas). Para acabar de rematar la paradoja, el mismo servicio en versión web toma un montón de precauciones para evitar que los robots malintencionados hagan acopio de teléfonos de particulares con el fin de revenderlos al mejor postor, cuando bastaría coger la guía en papel, escanear unos cientos de páginas, pasarles un OCR y hala, a marcar como un descosido (cosas más cutres se han visto).

Si dentro de unos años (no muchos, bastarán ocho o nueve) alguien se dedica a bucear en las hemerotecas para compilar una historia judicial de Internet puede que se sorprenda al ver que hoy se denuncian por perniciosas cosas que, analizadas con rigor y comparadas con situaciones analógicas precedentes, no sólo resultan inocuas para el supuesto perjudicado, sino que son cruciales para la existencia y la posibilidad de mejora de buena parte de la actividad digital. Dentro de una década puede que algún experto o gurú, visto lo visto, dictamine que estábamos debatiendo sobre el sexo de lo ángeles.

Pero lo más fuerte de todo es que, con esta sentencia en la mano, si Napster hubiera estado ubicada en España no habrían podido forzar su cierre. ¿Cómo sería entonces Internet? ¿Por qué patalearían las industrias-que-se-llaman-a-sí-mismas-culturales? ¿Qué uso de lo digital haríamos los usuarios/consumidores si eso no hubiera sucedido?

jueves, 21 de agosto de 2008

2.500 millones de euros al año no son suficientes

1. Paradoja

Atari, Interactive, Reality Pump, Techland & Codemasters y Topware han decidido que podrían ganar mucho más de lo que ganan en el Reino Unido reclamando 370 € a cada pardillo que consigan convencer para que les pague esa cantidad en concepto de indemnización extrajudicial por la realización de supuestas descargas ilegales de videojuegos. En el caso de las discográficas entiendo sus cabreos y sus absurdas iniciativas antipiratería, porque sus beneficios y su modelo de negocio es cierto que apuntan hacia abajo (eso sí, no olvidemos que ninguna está en números rojos, lo único que pasa es que todas ganan menos). En el caso de los fabricantes de videojuegos están tratando de recaudar más dinero a pesar de que cada semestre baten récords históricos de ventas.

2. Silogismo

Aun concediendo que las descargas sean ilegales (que no está claro que lo sean), y sabiendo como sabe todo el mundo que los fabricantes de videojuegos se ahogan en dinero, aun así, esta gente se mete en el berenjenal de pedir a las compañías de telecomunicaciones que proveen al usuario/consumidor de conexión a Internet (ISP) los nombres y domicilios de los que ellos consideran sospechosos de realizar descargas ilegales, y para que se los faciliten argumentan que les van a denunciar ante el juez. Los ISP, no se sabe si presionados o temerosos, acaban aceptando y los ceden. Con esa información, las compañías, ANTES de interponer la demanda envían una carta solicitando un dinerito en concepto de compensación previa y extrajudicial. No lo hacen como medida de conciliación DESPUÉS de haber puesto la demanda y ANTES de que se dicte sentencia, que es el único supuesto bajo el cual los ISP deben facilitar datos personales de abonados.

3. El jardín de los senderos que conducen al mismo sitio

Ante esta situación, habrá quien se acojone y pague porque se supone que así no les denunciarán; es decir, las compañías no harán uso de los datos para el único fin por el que los podían haber obtenido; consiguen lo que querían sin pasar por el juez. ¿Las descargas? Si bueno, no podemos hacer nada para detenerlas, no vamos a variar nuestra política, así que hacemos la vista gorda y nos olvidamos del tema porque ya tenemos el dinero. De aquí a unos meses hacemos otro mailing y engordamos un poco más la cuenta de resultados.

A los que deciden no pagar se les aplica, debido a su negativa, tratamiento de delincuentes. Será necesario denunciarlos uno a uno, incluso concederles el derecho a defenderse, y esperar que el juez admita a trámite la demanda porque sus datos los obtuvimos de modo un tanto torticero y saltándonos a la torera el secreto de las telecomunicaciones... Será mejor esperar a ver cómo reaccionan los usuarios/consumidores, quizá sea demasiado trabajo tanta denuncia. Mejor enviamos otra carta a la misma gente pero subiendo un poco el tono, y puede que otro 20% afloje la mosca.

4. La fábula de La Ley según Kafka

Y todo para que al final, cuando consiguen culminar un proceso en los tribunales e imponer una multa ejemplar de 19.000 € al jugón de turno resulta que es una señora en paro que tiene dos hijos, quienes muy probablemente son los que se han descargado el jueguecito. ¿No podrían haber denunciado al niño pijo de un acaudalado magnate? Así le podrían haber pedido el triple... Cuando el teatro de la justicia se encarna en personajes como los de este drama (la pastosa Topware por un lado, Isabela Barwinska, ama de casa sin trabajo por otro) es inevitable preguntarse si estas compañías no estarán errando el tiro castigando al desesperado antes que al aprovechado. Después de esto, ¿cómo convencemos al usuario/consumidor que la ley es igual para todos, que no la impone el poderoso a su conveniencia? ¿Quién se extrañará de que el populismo casposo vuelva a prender como el napalm entre los votantes de la adormecida Europa?

jueves, 14 de agosto de 2008

¡Tráete todo a Google! (y 3)

Versión beta 1 (23/06/2008): ¡Tráete todo a Google! (1)
Versión beta 2 (05/08/2008): ¡Tráete todo a Google! (2)

De manera que, con la tranquilidad que proporciona una fuente de ingresos en creciente progresión geométrica gracias a la publicidad, y un conjunto cada vez más diverso y universal de aplicaciones y servicios, Google está embarcada en la conquista de Internet sin perder de vista que la base de su negocio se encuentra en una actividad, digamos, residual: la indexación. Pero además la omnipotencia del Google sacude inevitablemente aquellos sectores en los que mete mano: GMail, por ejemplo, invirtió la tendencia generalizada a limitar el uso de cuentas de correo gratuitas; YouTube está modificando no sólo el hábito doméstico de ver la televisión sino la forma que tienen las emisoras (igual que las discográficas) de distribuir sus contenidos: la mayoría de las grandes cadenas del mundo han abierto su propio canal en YouTube, convirtiéndolo en una inclasificable mezcla de CNN, BBC, Vídeos de Primera (aquel antiguo programa de la tele lleno de caídas y golpes) y los antiguos foros de Usenet, todo junto y revuelto.

El principal inconveniente de reventar todo mercado en el que desembarca es que al utilizar la gratuidad como reclamo del usuario/consumidor la competencia queda seriamente amenazada por precio. Mientras que Google puede soportar una fase de lanzamiento lenta o adversa gracias a los ingentes beneficios de la publicidad patrocinada, la competencia, en cambio, se ve abocada a un terrible dilema: o entra en una letal guerra de precios (en realidad no existe tal guerra, ya que siempre será un precio casi igual a cero frente al cero absoluto ofrecido por Google) o busca ingresos alternativos que financien sus costes (en la práctica la publicidad, donde precisamente Google posee la mayor cuota de mercado). Puede parecer injusto, pero es un caso paradigmático de lo que los gurús denominan «mercado libre»; un concepto que se agita en cuanto esa supuesta libertad perjudica al negocio propio y se oculta bajo la alfombra cuando beneficia por alguna distorsión casual, artificial o interesada. A pesar de todo, la realidad es que Google está forzando con esta política --en los que el back end se financia gracias a terceras partes y se libera al usuario/consumidor del coste del servicio-- un cambio de fase en el diseño de modelos de negocio digitales que habrá que tener en cuenta. Quizá dentro de un lustro estas cosas se estudien en las facultades de Económicas de todo el mundo, de momento, ante la necesaria falta de perspectiva, es una simple polémica llenando infinidad de páginas en todos tipo de medios.

Finalmente, en 2008 asistimos a una explosión de servicios en los que el binomio indexación/resultados sigue siendo la piedra angular del entramado. Si la fórmula que proporcionó a Microsoft todo su poderío fue software propietario+servicios, Google añade un tercer elemento para convertirlo en la tríada software [casi siempre] abierto+publicidad+servicios. El resultado es una red de servicios web mayoritariamente gratuitos para el usuario/consumidor, sostenidos por una discreta publicidad contextual y una red de acuerdos con empresas a las que Google proporciona servicios de indexación a la carta. Mientras encontrar cosas en una maraña desestructurada de datos usando navegadores tontos como los actuales (no diseñados específicamente para la web semántica) sea una tarea ineludible, Google (o cualquier otro buscador que sea capaz de superarle) seguirá siendo el rey de Internet.

Ahora toca hablar de los agujeros negros de esta historia, porque los hay. El primero no es de tipo tecnológico sino socio-político: el volumen creciente de información personal, estratégica y/o inútil que acumula Google, a pesar de que ellos no se cansan de jurar que no la emplean. El segundo el vergonzoso acuerdo de autocensura con el gobierno chino (que afecta al núcleo de su actividad): distorsionar conscientemente los resultados de las búsquedas que se hagan en aquel país. Los términos tabú son «Tibet», «disidencia» y «derechos humanos»: la cuestión es que no están censurando la pornografía por pura mojigatería o el libre comercio por un prurito ideológico (completamente desfasado por otro lado), sino asuntos bastante más serios. El tercero es que la indexación automática no es suficiente, los conflictos, los errores y los engaños evidencian la necesidad de controles humanos: el caso más obvio es el goteo incesante de solicitudes de retirada de videos en YouTube por inapropiados o por petición expresa de los titulares de los derechos de explotación. Se trata de una labor farragosa que ofrecería una imagen negativa de Google, cuestiona la utilidad de tanta automatización y pone en entredicho las supuestas bondades de la autogestión (en este caso de los propios usuarios/consumidores). El riesgo de la supervisión humana es que se acabe creando un ejército de supervisores anónimos que se conviertan en algo así como el funcionariado del siglo XXI al servicio del Gran Indexador.

Por último, los retos de futuro, básicamente de tipo tecnológico: la unificación de cuentas para los múltiples servicios, un reto que exige una solución urgente, ya que la multiplicidad de puertas de acceso crea conflictos y obliga a mantener múltiples identidades y perfiles. Es un problema por resolver muy parecido al que trata de solucionar Microsoft --de forma excesivamente ambiciosa-- con su servicio Windows Live ID (antes conocido como Passport Network). Un ejemplo: hace unas semanas me enviaron un mensaje para que actualizara mi cuenta de AdSense, anclada y sin posibilidad de cambio (según me dijeron en su día) a una vieja cuenta de correo que únicamente mantenía por esa razón. Por supuesto que acepté, feliz de poder avanzar en la simplificación y comprobar que lo que yo denomino un reto es una preocupación para Google. Afinar la personalización de la publicidad (algo por lo que los gurús del marketing suspiran desde hace tiempo) sin resultar intrusiva ni poner en contra al usuario/consumidor es otro de los retos más importantes, puesto que está relacionado con la actividad que sostiene su negocio. ¿Dónde está el límite para Google? Lo que está claro es que será otro proyecto aún más ubicuo y universal que el del buscador (con todos los riesgos sociales que eso implica), o un cambio de costumbres tan radical que únicamente podrá sobrevenir debido a un estrepitoso fracaso que no alcanzo a vislumbrar. Puede que esto no sea suficiente después de tantas expectativas, así que para relativizar un poco el tema os dejo estos compendios de profecías y fiascos de la historia de informática.

martes, 5 de agosto de 2008

¡Tráete todo a Google! (2)

Versión beta (23/06/2008): ¡Tráete todo a Google! (1)

Después de apuntalar sus ingresos gracias a la publicidad Google comprendió que debía realizar un cambio estratégico, ya que el de los anunciantes es un mercado demasiado voluble como para garantizar estabilidad económica (en tiempos de crisis los presupuestos en publicidad descienden notablemente) e ingresos crecientes, como corresponde al sector tecnológico. Por tanto el siguiente objetivo consistía en encontrar fuentes de ingresos relacionadas directamente con su actividad: las soluciones basadas en software. A comienzos del nuevo milenio, Google comienza a levantar alrededor de su actividad más conocida (el buscador) un entorno de servicios y aplicaciones (en ocasiones compradas a terceros) que le permitan diversificar sus fuentes de ingresos y, de paso, dar con alguna mina de oro sin explotar. Si atendemos a los datos estrictamente económicos este objetivo aún no se ha alcanzado, pues sus beneficios siguen proviniendo en su mayor parte de la publicidad.

La historia de esta reconversión está llena de aciertos geniales, dudosas apuestas y fracasos silenciados --en la medida de lo posible-- con gran discreción mediática. Son tantas iniciativas que da la sensación de que Brin y Page quieren picar en todos los cestos para estar seguros de acertar, aunque sólo sea por pura estadística. Aquí va una breve cronología de sus principales hitos:

2004:

-GMail: cliente de correo gratuito, su primera gran apuesta por un servicio web consolidado, independiente del buscador. Su oferta de 4Gb de espacio por buzón descolocó completamente a la competencia (hoy día supera las 6Gb, al menos en el plano teórico). Inaugura el uso sistemático de la tecnología AJAX, base técnica de la denominada Web 2.0.

-Picasa: aplicación de retoque y organización de fotografías. Tras su adquisición Google la distribuyó de forma gratuita con la intención de convertirla en el gestor local (del disco duro del usuario/consumidor) de imágenes al estilo de Google Desktop. No obstante, la competencia ha conseguido ofrecer lo mismo sin salir del navegador (Adobe Photoshop Express), por lo que no ha tenido el éxito esperado. GMail y Picasa fueron los dos primeros servicios con los que Google empezó a diversificar su catálogo, una forma de aumentar su presencia en Internet, que no los ingresos, ya que a día de hoy ambos servicios siguen siendo gratuitos.

2005:

-Google Maps: servicio de localización geográfica y de trazado de rutas lanzado en febrero. En junio del mismo año se liberó la API para terceras partes. Los mapas que emplea provienen en su mayoría de la compra inicial de Keyhole (la empresa que creó el software en el que se basa el servicio), tomadas desde satélites y aviones o mapas digitalizados por compañías como TeleAtlas y EarthSat, de una antigüedad no superior a 3 años (eso dice Google). Basado también en tecnología AJAX.

Google Maps supuso un bombazo equivalente al de AdWords, no sólo en lo económico, sino en su impacto sobre el usuario/consumidor (y también Earth y Sky, y muy pronto Sea, mapas de los océanos): es un auténtico atlas interactivo que permite desplazarse a cualquier lugar del planeta susceptible de ser fotografiado, ya sea por satélite, telescopio o batiscafo. No se trata de que, cuando nos apetezca, podamos darnos un paseo por las pirámides o la Tierra de Fuego, sino que estemos en disposición de localizar y visualizar cualquier punto del planeta sin salir del monitor. Basándose en esta tecnología otras empresas, permiten incluso seguir el Tour de Francia desde el ordenador). Las API de Google Maps están todavía en versión beta y de momento son de libre acceso, pero Google se reserva el derecho de interrumpirlo (por mal uso o funcionamiento), a limitarlo (de momento 15.000 geoconsultas diarias) y a facturarlo (aunque no lo digan expresamente) a quienes lo exploten, tal y como se detalla en las Condiciones del Servicio. Cuando una empresa haya logrado un mercado estabilizado y necesite los mapas de Google para funcionar, ¿quién se resistirá a pagar?

2006:

-YouTube: el canal de canales fue adquirido en octubre por un importe astronómico; cuando su existencia como web apenas databa de febrero de 2005. Todo un récord y un ejemplo canónico de cómo el modelo de negocio de Internet es idéntico al de la televisión: audiencia equivale a revalorización económica.

-Google Trends: servicio de medición de audiencias para sedes web. Nació como extensión de las estadísticas de búsquedas que Google facilitaba a la prensa cada año y está dirigido tanto a empresas (que pagan) como a particulares (que no pagan).

-Google Apps: suite de aplicaciones y servicios compuesta por Gmail, Calendar, Talk, Docs y Sites. Gratuito para usuarios/consumidores e instituciones educativas. En febrero de 2007 apareció una versión de pago para empresas.

2007:

-Google Mobile: una plataforma de software para teléfonos móviles basada en los trabajos llevados a cabo por Android y Reqwireless (empresas adquiridas en 2004 y 2005 respectivamente) y que supone su entrada de lleno en el mercado de la telefonía móvil. El objetivo declarado es difundir una plataforma escalable y abierta a terceras partes que garantice la interoperabilidad entre fabricantes de teléfonos móviles, de manera que los servicios que se implanten sobre ellos sean independientes de dispositivo. Es la apuesta más seria y con más futuro que ha lanzado Google, aunque en un mercado que la aproxima directa y peligrosamente a competir con Microsoft en el terreno favorito de esta última: los sistemas operativos. ¿Si es una plataforma abierta dónde está el negocio? Yo apuesto a que los servicios de Google tendrán que ser incluidos de serie por los desarrolladores ajenos.

-Google Reader: lector de feeds, lanzado en octubre de 2005, aunque estuvo en pruebas hasta septiembre de 2007, cuando se liberó la primera versión estable. Creado ante la necesidad de proporcionar una herramienta propia para el lector habitual de blogs (la actividad de moda aquellos años), puesto que del lado de la creación ya disponían de Blogger (servicio nacido en 1999 y adquirido por Google en 2003).

2008:

-Street View: aplicación que permite pasear por las calles de cualquier ciudad importante del planeta mientras te cruzas con un montón de gente con cara pixelada (debido al tema de la privacidad de datos, como si tu presencia en un lugar público fuera un dato a proteger).

2009...:

-Google Knol: enciclopedia abierta, al estilo Wikipedia. Se trata de un proyecto pendiente todavía de lanzamiento, aunque es dudoso que suponga una posible fuente de ingresos dado el modelo que imita.

Hay muchos otros servicios y aplicaciones "menores" en el universo Google, si quieres saber más de ellos puedes consultarlos en este enlace. Tras este informe de situación, tan sólo queda retroceder un poco, echar un vistazo al paisaje resultante y extraer las consecuencias más obvias que se derivan para el usuario/consumidor.

(continuará)

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