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miércoles, 24 de junio de 2020

El algoritmo del amor: 2. ¿El amor?

1. El algoritmo

«En lo sucesivo, lo que nos resultará obsceno ya no será la sexualidad, sino el sentimentalismo» (Roland Barthes, 1977).

«Mi amor propio no me bastará. Siempre necesitaré otra mirada que me demuestre que existo» (Judith Duportail, 2019).

«La receta de Coca-Cola sigue siendo un secreto, pero sabemos que una autoridad sanitaria certifica que es apta para su consumo. ¿Por qué nadie comprueba si el algoritmo de Tinder respeta nuestra dignidad?» (Judith Duportail, 2019). 

Este texto es la intersección de tres libros: Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo (Eva Illouz, 2006), Con qué sueñan los algoritmos. Nuestras vidas en el tiempo de los Big Data (Dominique Cardon, 2018) y El algoritmo del amor (Judith Duportail, 2019). Aquello que parezcan aciertos y verdades son méritos de sus respetiv@s autor@s. Las equivocaciones, confusiones, malinterpretaciones y desaciertos son cosa mía.

Así pues, los algoritmos los crean humanos imperfectos e interesados, igual de imperfectos e interesados que los humanos a los que analizan. Han sido dotados de unas premisas socio-sicológicas alineadas con un modelo de negocio pocas veces admitido en voz alta. Pero esto a la mayoría parece importarle poco, tan pasmada está con las gratificaciones inmediatas que le proporcionan día a día, hora tras hora, minuto a minuto... Pero ojo, esta actitud condescendiente e inmadura no es nueva: si preguntáramos a la gente si cree que los algoritmos que manejan las máquinas tragaperras de los bares son absolutamente neutros en la concesión de premios, estoy convencido de que casi todos contestarían que no. Y es que, a un nivel casi instintivo, sabemos que las tragaperras trabajan para el beneficio de quienes las pone en los bares, pero eso no impide que sigamos echando una moneda tras otra. Ahí va una de nuestras mejores definiciones como especie.

Actuamos así a pesar de las evidencias en contra porque al final podría haber una recompensa (obtener por la cara una buena cantidad de dinero), da igual que desconfiemos de su transparencia, de que estén trucadas y jueguen contra nosotros. Y si desconfiamos de los algoritmos de las tragaperras, ¿por qué no hacerlo también de las apps a las que les encargamos que nos busquen pareja? El algoritmo de las tragaperras nos parece burdo y primitivo, por eso lo despreciamos; pero en las apps de ligoteo, como la cantidad de factores concurrentes tiende al infinito y excede nuestra capacidad de proceso, renunciamos a toda comprensión y hacemos dos cosas: 1) damos por buenos los resultados sin cuestionar nada y 2) nos desentendemos del hecho de que detrás hay una serie de presupuestos sociales, raciales y/o sicológicos que no aceptaríamos en un programa político. Eso sin mencionar el hecho de que detrás hay un modelo de negocio que nos saca tanta pasta o más que las tragaperras.

Los gurús de estas apps asumen que los comportamientos y de las interacciones sociales sólo se pueden hacer visibles y útiles gracias a potentes algoritmos que rascan a muy bajo nivel nuestros rastros (clics, likes, swipes) capaces de convertirlos en pautas. Estos comportamientos ya no dan cuenta de una población ni de un Estado, sino únicamente de sí mismas: si muchos lo hacen es muy probable que otros lo hagan también. El problema no es que estos algoritmos revelen una faceta de nuestro comportamiento que no somos capaces de ver por estar compuesta de miles de interacciones aisladas en el tiempo y el espacio que nos parece imposible que las haya realizado la misma persona, sino porque afloran gracias conjuntos de reglas a las que les importa una mierda que encontremos a nuestra media naranja ideal. El verdadero objetivo es que en este empeño nos dejemos el tiempo, la autoestima y la pasta, sobre todo la pasta.

Todo esto funciona porque estamos inmersos en una economía atrofiada de sentimientos. El denominado capitalismo emocional (Illouz dixit) fomenta una mercantilización extrema de los sentimientos: autoexpresión, identidad sexual, comunicación emotiva, inviolabilidad de las opiniones íntimas... Las emociones y la personalidad que se expresan a través de ellos son los dos principales indicadores para inyectar valor a las personas en el capitalismo emocional, para acumular capital social (likes, matchs, retuits). Cuidado, no nos confundamos: la personalidad significa en este contexto dos cosas: juventud y belleza física, las mercancías que más y mejor generan atracción, deseo y ganas de pagar por ello (igual que los gritos y la risa infantiles en Monstruos S.A.). Las apps de ligoteo conforman un mercado virtual de las relaciones humanas en el que son invertidos estos valores para buscar pareja y sexo (todo a la vez, cortocircuitándose). Esas mismas apps delimitan un terreno de juego aparentemente neutral que, al mismo tiempo, es capaz de adaptarse a las premisas y preferencias de cada uno de sus jugadores; algo así como la mano invisible del todopoderoso mercado autorregulado de Adam Smith hecha realidad (virtual).

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que el capitalismo haya conseguido valorizar cosas tan abstractas y personales como las emociones y los sentimientos? No me refiero al negocio de los relatos románticos y las películas ñoñas, sino a lograr convertirlos en parte integrante de una transacción económica. De hecho, todo empezó cuando las emociones establecieron su hegemonía en el terreno donde habían estado confinadas históricamente: en los discursos terapéuticos que explican las relaciones íntimas; desde ahí saltaron al ámbito de las relaciones laborales (autenticidad, autorrealización, colaboración, igualdad...), para finalmente, gracias a la eclosión de las redes sociales, conquistar el amplio territorio del ocio y la sociabilidad bajo la apariencia de un modelo cultural. La autoayuda es el canal por el que, durante mucho tiempo, circuló el discurso terapéutico de las emociones y, aunque no gozaba de prestigio académico, se presentaba como una guía útil para que cualquiera cambiara su vida con un esfuerzo mínimo que le permitiera encajar en los parámetros normativos dominantes de cada momento. El problema es que todas las situaciones que no coinciden con estos ideales normativos se consideran implícitamente inválidos o bloqueados por sentimientos negativos (sufrimientos, traumas, culpa, miedos) que impiden su consecución. Y aquí es donde sus reversos positivos (perseverancia, momentos definitorios, orgullo, resiliencia) comenzaron a valorizarse como discurso terapéutico, como estilo de vida para exhibir en perfiles virtuales...


El amor romántico que sustentó las relaciones íntimas de las clases obreras durante la Revolución Industrial primaba la espontaneidad, la atracción sexual, un fingido desinterés (el amor se consideraba un sentimiento instintivo, desligado de las emociones individuales) y la exclusividad (herencia del cristianismo sin duda). El capitalismo emocional, en cambio, ha modificado radicalmente estos fundamentos: las relaciones se presentan ahora como un proceso de selección racional de la pareja ideal, el fomento de la atracción mediante iconos y fotografías (un sucedáneo de la proximidad física), una interacción que busca la valorización propia frente al otro (soy guay, viajo mucho, tengo muchas amistades, soy divertido/a, estoy muy bueno/a y tú seguro que tienes mucho defectos que ocultas en tu perfil) y la prescripción positiva de la abundancia y el intercambio constantes (la promiscuidad es un refuerzo emocional que permite comparar y detectar al definitivo/a cuando aparece).

Desde un punto de vista sicológico, el amor romántico tradicional activa cuatro procesos básicos: 1) atracción física, 2) movilización de situaciones/relaciones pasadas (sentimentales y biográficas), 3) funcionamiento a un nivel semi o inconsciente (que lo asimila a algo instintivo) y 4) idealización del otro/a (al que se considera mejor/superior y ante al que hay que hacerse digno/a). «Al enamoramos, identificamos o redescubrimos personas de nuestro pasado, nos concentramos en pocos detalles y formamos así una visión holística del otro, no una visión fragmentada y encasillada [...] El modelo tradicional del amor y su concentración en el cuerpo no equivale a una falta de juicio, sino que es la vía más rápida y eficiente para que la mente tome una decisión de ese tipo [...] El problema de enamorarse es operar el pasaje de un amor espontáneo y aparentemente irracional a un amor que se sostenga en la vida cotidiana» (Illouz dixit). El capitalismo emocional, por su parte, activa otros cuatro muy diferentes: 1) comunicación a base de textos breves e imágenes sugerentes que sustituyen al estímulo corporal directo, 2) una actitud prospectiva (proyectar futuros sobre el otro/a, no se escarba, al menos de entrada, en el pasado), 3) comparación a un nivel muy consciente (con relaciones precedentes), como si estuviéramos eligiendo un producto en el supermercado y 4) subestimar al otro/a en el encuentro crucial cara a cara (donde obtenemos seguridad infravalorando al otro/a). De nuevo Illouz lo resume a la perfección: cuando se venden seis tipos de mermeladas, el 30% de las personas compra el mismo; cuando se venden veinticuatro tipos de mermelada, sólo el 3% compra la misma. La razón es simple: a medida que aumentan las opciones se interfiere con la capacidad de tomar decisiones rápidas sobre la base de poca información. ¿Acaso no es esto lo que hacemos en las apps de ligoteo? Lo que no me queda tan claro es que con el amor romántico sólo hubiera seis tipos de mermeladas... La cosa es que estas plataformas fomentan un modo sentimental de sociabilidad que nos infantiliza, nos hace hipervulnerables a la decepción y fomenta un ansia enfermiza por destacar del resto (aunque sea a costa de ser grosero/a o ridículo/a).

Así pues, la búsqueda de la pareja ideal incluye una curiosa mezcla de síntomas, herencias, manipulaciones y querencias que, expuestas en lenguaje neutro desde una instancia ajena, puede irritar por igual a usuarios/consumidores más recalcitrantes y a gurús de la corrección política (sobre todo a los que se consideran a salvo de toda amenaza):

1. Mujeres que han interiorizado unos cánones de belleza inalcanzables que, además, creen liberadores (la belleza y la deseabilidad las convertirán en seres socialmente valiosos), que sufren problemas de autoestima y tienden a adoptar los signos más disfuncionales de ese canon imposible (el reverso oscuro del discurso terapéutico). En general las mujeres se debaten incesantemente entre el deseo de ser guapas y el de que les importe una mierda serlo; entre el deseo de seducir y el de que las vean como una persona y no como un objeto; entre la frivolidad y el feminismo (Duportail dixit). La edad, ciertos traumas románticos y la rebeldía sobrevenida contra el lado en el que han militado durante demasiado tiempo suelen ser los desencadenantes de un tránsito que implicará desequilibrios. Desde el momento que su ego se basa en miradas externas, se hacen vulnerables a cualquier desvío del guión normativo.

2. La incontrovertible realidad de uno los mecanismos psicológicos más poderosos que incluimos de serie los humanos: el de la recompensa aleatoria y variable (cuyo reverso oscuro es la adicción). Todo se reduce a no saber si tras cada elección (y hacemos cientos al día en estas apps) recibiremos el premio gordo y en qué consistirá (un like, un match, un retuit...). Tampoco es un signo exclusivo de estos tiempos: en la era predigital estas recompensas equivalían a una mención no solicitada de un medio de comunicación, los 15 minutos de fama warholianos de un desconocido o la lotería de un éxito popular imprevisto... Es muy difícil escapar al subidón del ego que esto provoca, y una prueba clara es que la gente compra los love-life boost en Tinder por 25 € al mes para obtener respuesta a sus mensajes en menos de una hora (lo que implica que Tinder retrasa interesadamente las de quienes no lo han adquirido).

3. La prepotencia de los algoritmos que sostienen las apps de ligoteo: algunos gurús afirman que a partir de un mínimo de 68 likes se puede predecir el color de piel (en un 95%), la orientación sexual (88%), las convicciones políticas (85%) e incluso determinar si los padres están o no divorciados. Y todo ello sin necesidad de echar mano de la información explícita del perfil. Sin embargo, si pudiéramos revisar nuestros propios rastros reformulados por los estos algoritmos, comprobaríamos la de sesgos y errores que contienen (puedes obtener una muestra gratis aquí).

En corto y claro: se trata de la misma debacle que narra tan crudamente el episodio Caída en picado (2016) de la serie Black mirror. Debido a la ingente cantidad de rastros que dejamos en las redes existe una probabilidad abrumadora de que todos los algoritmos sepan lo que haremos en el futuro. No medimos ni expresamos nuestra libertad a partir de las infinitas opciones de elección, más bien somos prisioneros de nuestros respectivos pasados. «Los zelotas californianos de los big data tienen como proyecto reelaborar nuestras sociedades a partir de lo real cuantificado, y ya no conforme a los fundamentos sesgados de ideologías [...] Otros promueven la visión libertaria de una sociedad capaz de autoorganizarse y de secretar las cifras que la representan, confiando al mercado el cuidado de reflejar aquello que los Estados deforman [...] La paradoja de la sociedad del cálculo es que amplifica los fenómenos de coordinación de la atención y de jerarquización del mérito, mientras permite a los individuos sentirse cada vez más libres en sus elecciones. De hecho, los dispositivos de cálculo le dan a la sociedad los medios para reproducir por su cuenta las desigualdades y las jerarquías que residen en ella» (Cardon dixit).


Los algoritmos no distinguen entre información, expresiones subjetivas, registros contextuales de comportamientos (geolocalización, itinerario en una web, tiempo de estancia en una página) y demás datos críticos, simplemente lo procesan todo y nos encasillan en un perfil y en una proyección probabilista sobre las decisiones que tomaremos ante los dilemas que nos proponen. Y a nosotros nos importa una mierda porque lo que queremos es que la máquina nos diga lo que debemos hacer para saber si la persona que hemos marcado encajará a la perfección con nosotros y --ahora viene lo bueno-- si es la mejor opción de todas las disponibles a nuestro alcance. No se puede más tonto ni más ingenuo, porque la búsqueda en la que nos hemos embarcado no tiene fin; está diseñada para que siempre nos quede la sensación de que el siguiente perfil será El Definitivo. Porque el objetivo es que nos quedemos allí el máximo tiempo de vida posible... dejándonos la pasta, como en las tragaperras.

A la larga, funcionamos como consumidores en perpetua insatisfacción, convencidos de vivir en un entorno de abundancia: desestimamos por sistema aquello que nos entra por el ojo (por un azar algorítmico, no lo olvidemos) porque nos autoconvencemos (debido a la sobreoferta inacabable) de que después habrá algo mejor. Nos hemos persuadido interiormente de que lo sabremos detectar cuando aparezca, pero no es verdad. Funcionamos así y no hay remedio. De manera que swipear se convierte en una actividad en sí misma que acaba por no tener ningún sentido y nuestro cerebro se inmuniza contra tanta descarga de dopamina en forma de match. Y llega un punto de saturación en el que nuestros sentimientos anhelan algo más fuerte, algo que aún no hemos inventado, y entonces irrumpe la decepción, el deseo de abandonar la partida y quedar al margen. Con la autoestima por la nubes estamos seguros de que deslizar será suficiente para ser felices. Izquierda, izquierda, izquierda... hasta que se convierte en una pauta obsesiva.

Lo más acojonante de este proceso patológico es que no se trata de una cuestión cultural, de imposiciones, tradiciones o manipulaciones del poder del estilo de los Cultural Studies y demás sandeces conspiranoides, sino que es algo evolutivo, un diseño existente en nuestro ADN que el capitalismo emocional explota a conciencia. Como animales pasamos el 98% de nuestra vida en un medio ambiente de escasez, lo que agudiza nuestros sentidos y nuestro ingenio; pero cuando invertimos la ecuación (y esto no lo podíamos saber cuando estábamos en la sabana africana) nos atrofiamos como individuos y como especie. No respondemos bien a la abundancia como entorno social, aunque sea artificialmente generada. Estoy convencido de que por una razón muy parecida nuestro cerebro es incapaz de procesar negaciones (Coupland dixit).

¿Qué tiene todo esto que ver con el amor?



miércoles, 5 de febrero de 2020

El algoritmo del amor: 1. El algoritmo

«Los reality show [...] son un claro ejemplo de cómo el pensamiento mágico se alza como la nueva religión de los millenials. Frente a un futuro confuso, un mar con un sinfín de posibilidades y poco tiempo para dedicar a nuestras relaciones sentimentales, sólo la psicología y la astrología ofrecen remedios que reconfortan más que cualquier medicina: "ofrecen una gratificación instantánea" [...] Todo lo que se envía al universo regresa a nosotros tarde o temprano y solo a través de acciones bondadosas como la oración, la imagen optimista y las prácticas espirituales como la meditación sexual, lograremos aumentar nuestras posibilidades para encontrar el amor [...] Es importante comprender que todo en el cosmos está conectado y que, con una correcta orientación de tus vibraciones, tarde o temprano serás bendecido con tu semejante» (Núria Gómez y Estela Ortiz: Love me, Tinder, 2019).

Vivimos en una era en la que el imaginario social está sometido al dictado de la ciencia ficción emocional. Los científicos trabajan incansablemente en la modificación del ADN, de momento con la excusa de erradicar enfermedades, pero con el ojo puesto en una clonación de individuos que equivalga de facto a la inmortalidad. Los tecnócratas, por su parte, investigan cómo volcar una conciencia en La Nube, de manera que cuando nuestro cuerpo se extinga (y no podamos aún clonarlo), podamos existir para siempre en una eterna sublimación transhumana de los sentidos. Existe una confianza injustificada en el poder de la ciencia para convertir en realidad futuros imaginados por escritores, cineastas y toda clase de expertos y gurús. En paralelo, sin entrar en contradicción con todo lo anterior, ese mismo imaginario social ensalza hasta extremos desorbitados la importancia de los sentimientos (amores, relaciones, vínculos familiares, la solidaridad...). En la cima de nuestra singularidad irrepetible y única como personas hemos situado todas esas emociones íntimas e inviolables (que, además, las consideramos como un producto del instinto, es decir, son naturales e infalibles), las cuales debemos descubrir, escuchar y comprender para alcanzar el objetivo fundamental de nuestra socialización como especie: emparejarnos. Para conseguir transformar este deseo en necesidad, echamos mano de toda clase de disciplinas científicas, modas estéticas y saberes tradicionales: sicología social, etnografía, cirugía, estereotipos románticos, cosmética, astrología, medicinas alternativas, autoayuda... Todo vale para justificar cambios de opinión, egoísmos y miserias, a condición de que se haga con un lenguaje y una imagen positivos. Y es que hemos acabado por creemos firmemente eso de que a la gente buena le pasan cosas buenas, así que lo negativo mejor ni mencionarlo directamente, o blanquearlo mediante ridículos conceptos aparentemente neutros, o ampliar la inclusividad de las denominaciones hasta el infinito y más allá (no vaya a ser que alguien se sienta excluido u ofendidito). Confundimos el bienestar emocional con la felicidad.

En lo que se refiere a la ciencia y la tecnología, como la mejora del ADN y la conciencia transhumana aún tardarán en llegar, las generaciones que hoy compartimos el planeta (baby boomers, X, Y --aka millenials-- y Z) buscan algunos hitos de modernidad radical que podamos disfrutar aquí y ahora y que indiquen que ya estamos en proceso de convertirnos en una nueva especie. Eso sí, que estos avances sean gratis, sencillos e inmediatos, como manda el espíritu de los tiempos. Sin efectos secundarios, y 100% seguro, y de resultados garantizados. De momento hemos empezado por querer eliminar todo rastro de incertidumbre en aquellos tránsitos de la vida marcados por el azar: salud y amor.

Es una estrategia perfecta por dos motivos: 1) se ocupa de sentimientos universales: todos estaremos tentados en uno u otro momento de nuestra vida: 2) promete satisfacer instintos igual de fundamentales y universales (seguridad, compañía, descendencia), aunque no todos a la vez ni con el mismo orden e intensidad (no sea que alguien se sienta excluido u ofendidito). Y para que funcione tiene que garantizar el máximo grado de personalización: todos tenemos un mismo deseo, pero queremos satisfacerlo a nuestra manera y, si puede ser, exhibiendo al resto nuestra singularidad. Esto sólo se puede lograr con la tecnología, dejando en sus manos el diagnóstico y unos resultados a medida. Esto sólo lo pueden hacer los algoritmos. ¿Qué ha pasado para que creamos que es una buena idea dejar nuestra salud y nuestra estabilidad emocional en sus manos? ¿Hemos perdido la capacidad de decidir y actuar por instinto? ¿Tan grande es nuestro deseo de seguridad que renunciamos a actuar a partir de primeras reacciones o de análisis racional? ¿Qué pueden aportar los algoritmos en esta labor que nosotros no sepamos hacer? ¿Qué son los algoritmos?

1. Son series de instrucciones que crean marcos de decisión a partir de unas premisas introducidas explícitamente y que sirven para realizar tareas repetitivas, incluido el proceso de información.

2. Pueden manejar una cantidad enorme de información y variables, alcanzando niveles inimaginables para nuestra capacidad de percepción y análisis. Contrastan y evalúan muchísima información muy rápidamente. Además, en semejantes magnitudes de datos, son capaces de detectar patrones y tendencias que a nosotros nos resultan imposibles de ver dada nuestra limitación cognitiva. Esta es la razón por la que los consideramos tanto o más inteligentes que nosotros, y también por la que damos por buenos sus resultados sin apenas verificarlos críticamente.

3. Los algoritmos miden la popularidad (los clics), la autoridad (los enlaces), la reputación (los likes) y la predictividad (los rastros que hemos dejado con todos los anteriores) de toda nuestra actividad en Internet. Organizan la visibilidad de toda la información que volcamos en ella (la humanidad genera hoy alrededor de 2.500.000.000 de gigas de datos cada día) y tratan de monetizarla: información básica, estado de sentimientos, preferencias, intereses, ideología, lo que anhelamos, lo que nos pone y no revelamos a nadie... Todo. Quitemos algo de IVA: los algoritmos que miden clics, enlaces y likes hace años que llevan arrastrando su ineficacia e incapacidad para proporcionar conocimiento útil. Son un fracaso rotundo pero se sigue recurriendo a ellos para medir la importancia y la popularidad, igual que los economistas aún creen que la riqueza de los países se expresa en el dato del PIB. Donde sí se están obteniendo grandes resultados (para las empresas) es en el análisis de los rastros

4. La clave de cualquier algoritmo no es su capacidad de proceso ni la personalización de los resultados, sino las premisas (a veces técnicas, a veces sociológicas, incluso ideológicas) que injertan en ellos sus propietarios, y que son las que darán un sentido a los resultados. La estadística tradicional de los países trabaja con indicadores más o menos objetivos: categorías profesionales, formativas, de ingresos... Elementos que sirven de materia prima para establecer diagnósticos del estado de un país, un grupo social... Las estadísticas oficiales consideran verdad un valor instrumental donde lo único que cuenta es la evolución del valor medido (no la realidad medida que hay detrás): así, el drama de las mujeres asesinadas por violencia machista se convierte en el número de mujeres maltratadas en lo que va de año (comparado siempre con el anterior), y ese valor es el que indica si hay que preocuparse mucho o poco. Los algoritmos, en cambio, se conforman con establecer correlaciones que no requieren causas, no necesitan un modelo que ofrezca una explicación. Detectan pautas y cambios en el comportamiento de conjuntos de individuos y, a continuación, predicen o anticipan esos mismos cambios en otros individuos que todavía no los han evidenciado. No es una estadística descriptiva, sino orientada al beneficio. Esa es la principal diferencia.

Aun así, los algoritmos no son algo nuevo; al contrario, hace décadas que se inventaron. La máquina de café de nuestra oficina funciona gracias a un algoritmo primitivo que sabe distinguir secuencias de acciones para preparar diferentes tipos de cafés. Lo que pasa es que desde entonces han incrementado exponencialmente sus capacidades, versatilidad y eficacia, sobre todo a la hora de procesar datos y detectar tendencias. Estos son los que despiertan nuestra admiración, los que sus propietarios presentan como competidores directos de la inteligencia humana (cuando en realidad no dejan de ser instrucciones complejas cuyos resultados dan la apariencia de inteligencia, incluso de conciencia). En esta labor, los medios de comunicación no contribuyen a que los usuarios/consumidores se acerquen al fondo del asunto: se empeñan en tirar de comparaciones con la ciencia ficción, haciendo creer que el futuro ya es una realidad, que se ha cumplido una profecía. Incluso los intelectuales y expertos que no tenían ni idea de computación o de informática, durante décadas han otorgado a la tecnología digital posibilidades y atribuciones desmesuradas (que lo hagan los ingenuos o los ignorantes es normal, pero esta gente con estudios superiores es preocupante). En su empeño por resultar didácticos y amenos, todos ellos han contribuido a levantar en el imaginario social occidental una idea antropomorfa de las máquinas de cálculo y de los algoritmos, como si fueran el cuerpo y la mente de unos nuevos seres que superan a sus creadores humanos en muchos aspectos (esta paradoja nos fascina), artefactos que interactúan con nosotros como si fueran personas, capaces de aprender muy rápidamente y --esto es lo que encandila y acojona a la vez-- adquirir autoconciencia. Esta idea ridícula es la que alimenta todas las representaciones populares y/o no especializadas, incluidas las de los políticos: HAL, el ordenador paranoide de 2001, Una odisea en el espacio (1969), los precogs mutantes de Minority Report (2002), la supercomputadora de Skynet que el 29/08/1997 a las 02:14 horas adquiere plena autoconciencia en Terminator (1984-2019) o el complejo biotecnológico de inteligencia autoadquirida que roba la energía a los seres humanos para poder funcionar en Matrix (1999-2003).

Y entonces, para reivindicar al ser humano que ha inventado esos algoritmos y se ve amenazado por sus propias creaciones, esos mismos medios tratan de compensar la balanza destacando aquello que nos hace únicos, irrepetibles, apelando con un candor cursi y petulante a nuestra parte más inviolable e inaccesible, aquello que nos caracteriza de verdad, por encima incluso de la racionalidad: nuestros sentimientos, emociones y afectos. Y ahí entran en tromba todos los tópicos culturales, populares y pseudocientíficos. Por eso el imaginario social reivindica el humanismo, la solidaridad, el sentirse bien con uno mismo, porque es lo que nos debería caracterizar como individuos, y de paso nos sitúa por encima en complejidad, profundidad y sutileza de la «inteligencia» (en realidad, capacidad de proceso) de máquinas y algoritmos. Estoy convencido de que esta esquizofrenia de admiración/reivindicación hacia las tecnologías de la Inteligencia Artificial es la clave para entender la flagrante contradicción que supone confiar ciegamente en el progreso científico y, a la vez, reivindicarnos como seres superiores gracias a nuestros sentimientos instintivos con toda clase de lugares comunes del folclorismo, la seudociencia y el sentimentalismo. La generación millenial, a la que ha pillado de pleno toda esta revolución, es la encarnación perfecta de esta contradicción.


(continuará)

viernes, 30 de agosto de 2019

Homo Deus. Breve historia del mañana de Yuval Noah Harari en tres minutos (y 3)

1. Minuto 1
2. Minuto 2

«Imaginemos a un joven gay de una devota familia mormona que, después de años viviendo dentro del armario, finalmente ha acumulado el dinero suficiente para costearse una operación. Se dirige a la clínica provisto de 100.000 dólares, decidido a salir de ella tan heterosexual como Joseph Smith. De pie frente a la puerta de la clínica, repite mentalmente lo que le dirá al médico: “Doctor, aquí tiene usted 100.000 dólares. Por favor, arrégleme para que nunca más desee a hombres”. Pulsa el timbre y abre la puerta George Clooney en persona. “Doctor --murmura el abrumado chico--, aquí tiene 100.000 dólares. Por favor, arrégleme para que nunca más desee ser heterosexual”» (pp. 333-334).

«En el siglo XXI tres acontecimientos prácticos pueden hacer que esta creencia haya quedado obsoleta: 1. Los humanos perderán su utilidad económica y militar, de ahí que el sistema económico y político deje de atribuirles mucho valor 2. El sistema seguirá encontrando valor en los humanos colectivamente, pero no en los individuos. 3. El sistema seguirá encontrando valor en algunos individuos, pero estos serán una nueva élite de superhumanos mejorados y no la masa de la población» (p. 280). O dicho de otra manera: que es posible que nos estemos abocando hacia un momento en el que los humanos, el Humanismo como discurso, correrán el peligro de perder su valor porque la inteligencia se haya desconectando de la conciencia. Es evidente que los robots y los algoritmos no son en absoluto conscientes de la clase de artilugios que son, ni siquiera sospechan que han sido fabricados; sin embargo Harari cree que, en su perfeccionamiento incrementalmente exponencial, podrían llegar a superar a la conciencia en el reconocimiento de pautas o patrones. Esto significaría que la (auto)consciencia --en contra de lo que hemos creído-- no posee la exclusiva para determinadas funciones superiores, sino que las inferiores, con un entrenamiento sistemático e infinitamente superior al que podría acumular cualquier individuo, también podrían hacerlo. Cuando eso pase, las personas no nos definiremos a nosotros mismos como seres autónomos que guiamos nuestras vidas de acuerdo con unos deseos superiores, sino como una colección de mecanismos bioquímicos constantemente supervisados, modelados y guiados por una inmensa red de algoritmos (biológicos y/o electrónicos).

La amenaza actual de la tecnología no tiene tanto que ver con idiotizarnos o aislarnos, sino con el propio concepto de ser humano autónomo igual en derechos a sus semejantes: «Dividir a la humanidad en castas biológicas destruirá los cimientos de la ideología liberal. El liberalismo puede coexistir con brechas socioeconómicas. En realidad, puesto que favorece la libertad más que la igualdad, da por sentadas dichas brechas. Sin embargo, el liberalismo todavía presupone que todos los seres humanos tienen igual valor e igual autoridad. Desde una perspectiva liberal, es perfectamente correcto que una persona sea multimillonaria y viva en un lujoso castillo mientras que otra sea campesina, pobre y viva en una choza de paja. Porque, según el liberalismo, las experiencias únicas del campesino siguen siendo tan valiosas como las del multimillonario. Esta es la razón por la que los autores liberales escriben extensas novelas sobre las experiencias de los campesinos pobres» (pp. 316-320).

Harari cree que de las cenizas del Humanismo surgirá el Tecnohumanismo, que dejará atrás al Homo Sapiens tal como lo conocemos y utilizará la tecnología para crear Homo Deus, un modelo humano muy superior. Homo Deus conservará algunos rasgos esenciales se su antepasado, pero también se habrá dotado de capacidades físicas y mentales ultramejoradas que le permitirán seguir siendo autónomo incluso frente a los algoritmos no conscientes más sofisticados. El Tecnohumanismo busca extender el campo cognitivo y experiencial de la mente humana y darnos acceso a vivencias inéditas hasta ahora, a nuevos estados de conciencia con los que no estamos familiarizados. De la misma manera que los espectros de la luz y del sonido son mucho mayores de lo que los humanos podemos ver y oír, esta nueva ideología ampliará el espectro de los estados mentales más allá de lo que hoy podemos imaginar como simples Homo Sapiens.

El Humanismo siempre dejó bien claro que no es fácil identificar nuestra auténtica voluntad, que hay muchos ruidos que nos impiden escuchar nuestra auténtica voz; el Tecnohumanismo, en cambio, espera que nuestros deseos elijan qué capacidades mentales desarrollar y, por lo tanto, que determinen la forma de las mentes futuras. En realidad, esta nueva ideología no quiere escuchar esas voces interiores que nos despistan, nos hacen dudar y equivocarnos, sino controlarlas. Cuando comprendamos los fundamentos últimos del sistema bioquímico que hay detrás de todas esas voces, podremos jugar con los interruptores, aumentar el volumen aquí, reducirlo allá, y hacer que la vida sea mucho más fácil y cómoda (pp. 331-333). Para el Humanismo, solo los deseos humanos dotan de sentido al mundo; pero si pudiéramos elegir nuestros deseos, ¿sobre qué base tomaríamos decisiones?

A partir de aquí Harari se mete en el terreno puramente especulativo: mientras sigamos creyendo que la voluntad y la experiencia humanas son el origen supremo de la autoridad y el sentido no se producirá verdaderamente el cambio al paradigma tecnohumanista. Y, visto nuestro conocimiento embrionario actual del cerebro humano, sólo contamos con una herramienta capaz de emular esa sustitución de deseos y voluntades: la información y la religión del dataísmo. Mientras descubrimos cómo funcionan los algoritmos bioquímicos humanos, los electrónicos (que manejan la información que usamos, ya sea como mero contenido o como decisiones) servirán para saber cómo funciona el primer eslabón de la actividad intelectual. Los algoritmos electrónicos sin conciencia son los instrumentos mejor cualificados para hacer frente al aluvión de información que nos desborda por todas partes, son los únicos capaces de hacer acopio masivo de datos sobre nuestros deseos y capacidades, permitiéndonos, llegado el momento, tomar decisiones por nosotros. La democracia, por ejemplo, no puede recopilar y procesar datos relevantes con la suficiente rapidez como para hacer frente a cambios urgentes o importantes, ya sean sobrevenidos o no; en cambio, los algoritmos electrónicos --y más adelante los biológicos, ya sean artificiales o modificados-- sí podrán hacerlo, proporcionándonos decisiones y opiniones pertinentes. «50 millones de coches colectivos podrían sustituir a 1.000 millones de coches particulares, y también necesitaríamos menos carreteras, puentes, túneles y aparcamientos. Siempre, claro está, que yo renuncie a mi privacidad y permita que los algoritmos sepan siempre dónde estoy y adónde quiero ir» (p. 352). Bienintencionados objetivos sobre el papel como éste se convierten en algo tremendamente peligroso en manos de políticos y burócratas mediocres, puesto que supone colocar nuevas prioridades sobre nuestras nociones --hoy sagradas-- de conciencia, privacidad, sentimientos, deseos íntimos, libre albedrío... Una revolución del relato intersubjetivo en toda regla.

¿Qué ocurrirá cuando nos demos cuenta de que clientes y votantes nunca toman decisiones libres y, a la vez, dispongamos de tecnología capaz para calcular, diseñar o mejorar sus sentimientos? (p. 254). ¿Qué pasará cuando los algoritmos biológicos y los electrónicos amenacen con hacer a Homo Sapiens lo que como especie dominante hemos infligido a los demás animales? (p. 360). La imagen inevitable es la de una sociedad en la que el ser humano está subordinado a las máquinas (que decidirán por él, con la excusa de la seguridad y el bienestar plenos y garantizados, a cambio de controlar sus parámetros vitales). Este paisaje distópico queda bastante cerca de lo que auguraban películas mediocres como Terminator (1984) o Matrix (1999), pero aquí no se trata de recuperar la esencia de ciertos matices del discurso humanista ni de disputar el control a las máquinas a base de descargas hormonales y amores sinceros, sino de encontrar una especie de Poshumanismo capaz de corregir --aunque sea parcialmente- los terribles efectos del desarrollo científico y técnico entre los grupos humanos.

Leyendo los primeros capítulos de Homo Deus pensé que el propósito de Harari era exponer un paradigma que sustituiría al Humanismo, que está a punto de colapsar, sobre cómo es imposible que nuestra civilización occidental siga amparando su progreso con una ideología surgida en plena era pretecnológica. Y que para lograr ese cambio debíamos desprendernos de algunos lastres enquistados por el uso y el abuso. Pero no es así, Harari cree en un Poshumanismo que vendría a ser la extensión farmacológica del placer, una prolongación médica y artificial de la vida... Y todo para acabar con una amarga crítica del dataísmo, la religión de los algoritmos.

Desde mi punto de vista, el verdadero valor del libro de Harari es cómo argumenta la gran paradoja del Humanismo: dio lugar a una revolución científica y tecnológica y ahora entra en contradicción y se resquebraja ante el mismo desarrollo que ha contribuido a aupar. Para acabar de complicar la cosa, por culpa de esa misma sacralidad que le otorgamos a la vida humana y que nos inculca el Humanismo, mantenemos a personas con vida aunque sea en un estado lamentable; y todo para que mueran por sus propios medios a pesar de haber hecho todo lo posible por evitarlo, para tranquilizar nuestra conciencia de haber intentado todo lo «humanamente» posible. ¿Estamos seguros de que esa vida reducida al mínimo supone un bienestar biológico y mental? Es más, casualmente, ahora que vemos como una posibilidad real que las máquinas nos dominen, nos planteamos si estamos legitimados para dominar e infligir daño a los demás animales, tal como hemos hecho desde el Paleolítico. Harari concluye, con la misma contundencia de un silogismo básico, si acaso el poder produce el derecho (p. 96).

No creo que los algoritmos por sí solos sean capaces de acabar con el Humanismo, al contrario: nuestra inagotable capacidad para el subjetivismo nos llevará a «humanizarlo» aún más, a considerar los algoritmos una especie de conciencia con la que detectar propósitos, deseos, preferencias... A tomarlos, en definitiva, como Otra Humanidad, cuya conciencia y libre albedrío sólo podemos intuir. Es como esa gente que se empeña en tratar a los perros como bebés o personitas, incapaces de entender que son animales y que nunca se van a comportar tal como sus dueños esperan. El resultado de esta actitud infantiloide la podemos observar en cualquier parte donde haya perros con sus dueños, y tiene pinta más de desastre que de triunfo. Si no somos capaces --literalmente-- de comprender que un perro es un animal y como tal hay que tratarlo, cómo vamos a manejarnos con algoritmos, de los que únicamente vemos sus resultados. Es más, incluso ya hay quien cree ver, a pesar de sus evidentes limitaciones funcionales, una embrionaria conciencia humana... Puede que, como dice Harari, como humanos hechos de carbono que somos, no podamos detectar la clase de conciencia que emanan los ordenadores, hechos de silicio (p. 112). O puede que, el mismo día que demos con la clave para revertir la invisibilidad de la materia oscura esa que no vemos ni a la de tres pero que por lo visto inunda el universo, entendamos que cada mineral genera su propia conciencia al evolucionar. Puede que ese día entendamos, por fin, qué es una conciencia artificial... hecha de silicio.

No descartemos un futuro relativamente cercano en el que los humanos hagan frente a este apogeo de algoritmos dataístas con la única cosa que no podemos enseñar ni transmitir: el cambio de opinión sin motivo. Que surjan sectas secretas e ilegales (porque impiden el negocio que hay tras ellos) al estilo de los cátaros, que dediquen sus vidas a despistar a los algoritmos, impidiendo que las máquinas puedan predecir nuestro comportamiento a base de encadenar decisiones imprevisibles, inmotivadas, caprichosas. Y que, como resultado de esa incapacidad de ser reducibles a un patrón previsible, obliguemos a los algoritmos a equivocarse, a colapsar, puede que incluso a revelar su auténtica naturaleza artificial (fabricada por humanos), y que eso --de paso-- nos haga más humanos. Serían los «azaristas» (porque cultivan sistemáticamente el azar): personas anónimas, desengañadas, del montón, como las que aprendían libros de memoria en Fahrenheit 451, dedicadas a la sagrada labor de no dejarse pautar: votando partidos en los que no creen, tomando decisiones perjudiciales para sus economías domésticas, para sus puestos de trabajo, para sus relaciones; invirtiendo a sabiendas en negocios ruinosos, comprando lo que no les gusta o no pueden pagar, emparejándose con personas que odian o les repulsan... Una especie de movimiento tecnonihilista, un neonihilismo como el de los rusos aquellos... Da para una novela distópica digna de la mejor ciencia ficción. Y así seguiremos pasando la vida.



martes, 16 de julio de 2019

Homo Deus. Breve historia del mañana de Yuval Noah Harari en tres minutos (2)

1. Minuto 1

«Cuando nos disponemos a evaluar las redes de cooperación humana, todo depende de la vara de medir y del punto de vista que adoptemos. El Egipto de los faraones, ¿lo juzgamos en términos de producción, de nutrición o quizá de armonía social? ¿Nos centramos en la aristocracia, los campesinos humildes, o los cerdos? [...] Al examinar la historia de cualquier red humana es recomendable detenerse de cuando en cuando y considerar las cosas desde la perspectiva de alguna entidad real. ¿Cómo sabemos si una entidad es real? Muy sencillo. Bastará con que nos preguntemos: «¿Puede sufrir?» […] Cuando olvidamos que son pura ficción, perdemos el contacto con la realidad. Entonces iniciamos guerras enteras «para ganar mucho dinero para la empresa» o «para proteger el interés nacional». Empresas, dinero y naciones existen únicamente en nuestra imaginación. Los inventamos para que nos sirvieran, ¿cómo es que ahora nos encontramos sacrificando nuestra vida a su servicio» (pp. 160-164).

La teoría de la evolución --no la de la relatividad, como algunos científicos creen-- fue la primera en resquebrajar el edificio humanista de Occidente: esta teoría rechaza que mi yo verdadero sea una esencia indivisible, inmutable y potencialmente eterna, al contrario, defiende que todas las entidades biológicas están compuestas de partes más pequeñas y simples que se combinan y se separan sin cesar. Los seres humanos son el resultado de un desarrollo gradual de esa combinación y división entre partes y, en virtud de esa premisa, nos negamos a aceptar que algo que no puede dividirse ni cambiarse (el alma humana) pueda ser el fruto fortuito de la selección natural. Esta idea aterra a un gran número de personas, que prefieren rechazar sin más la teoría de la evolución en su totalidad antes que renunciar a su alma (pp. 98-105). A su favor juega el hecho de que la política y la ética modernas se sustentan en esta premisa humanista del alma como sede de la ética y fuente de experiencias subjetivas; en contra tienen al gremio de científicos, que reman en dirección opuesta.

«De la misma manera que la brecha entre la religión y la ciencia es menor de lo que solemos pensar, la brecha entre la religión y la espiritualidad es mucho mayor. La religión es un pacto, mientras que la espiritualidad es un viaje […] El objetivo de las religiones es cimentar el orden mundano, mientras que el de la espiritualidad es escapar de él. Con mucha frecuencia, la demanda más importante que se hace a los viajeros espirituales es que pongan en duda las creencias y las convenciones de las religiones […] Desde una perspectiva histórica, el viaje espiritual siempre resulta trágico, porque es una senda solitaria adecuada para individuos y no para sociedades enteras. La cooperación humana requiere respuestas firmes y no solo preguntas, y los que se enfurecen contra las estructuras religiosas anquilosadas acaban forjando nuevas estructuras en su lugar […] La ciencia no tiene autoridad ni capacidad para refutar o corroborar los juicios éticos que emiten las religiones. Pero los científicos sí tienen mucho que decir acerca de sus afirmaciones fácticas» (pp. 166-175).

De ese pacto entre Religión y Ciencia surgió el Humanismo, que en realidad es una combinación entre un juicio ético y otro de origen religioso --«La vida humana es sagrada»-- que la ciencia es incapaz de poner a prueba y de la que se derivaría, a su vez, una declaración fáctica: «Todo humano posee un alma eterna», que es una proposición que sí está abierta al debate científico. Pero mientras los sistemas políticos y morales duraban siglos gracias al predominio de la religión, el Humanismo llegó para ponerlo todo patas arriba y convenció a los humanos de que el caos es preferible al orden, que la avaricia es una virtud que se materializa en el crecimiento y que se vive mejor si desmantelamos los milenarios y sagrados frenos a la codicia. Como consecuencia, ahora los sistemas éticos y políticos apenas sobreviven a la generación que los parió. El Humanismo prometió un poder sin precedentes, y esa promesa se ha materializado; a cambio, se espera de nosotros que desistamos a otorgar un significado trascendente --ya no sagrado-- a la existencia. Parece una profecía apocalíptica, pero lo cierto es que hoy en día la humanidad no solo es mucho más poderosa que nunca, sino más pacífica y cooperativa (pp. 201-203).

El Humanismo ha impedido que en un mundo sin Dios nos sintiéramos desamparados, despistados y deprimidos, sustituyendo los planes cósmicos de las religiones por experiencias individuales generadoras de sentido último (aunque no tengan vigencia más allá de una semana): en lugar de sistemas ajenos que nos digan qué sentir y esperar, debemos fiarnos de nuestros propios deseos y sentimientos. La premisa básica del Humanismo es: «Si hace que te sientas bien, hazlo». Las pasiones y los sentimientos ya no se consideran vulgares o fugaces, sino la expresión instintiva de nuestra verdad más íntima (también la que más nos conviene en cada momento). Una visión desde nuestros sentimientos sobre cualquier cosa --la moral, la guerra, los Derechos Humanos, la política-- son la autoridad suprema a la hora de determinar nuestros actos y respuestas, pero también la naturaleza de las ficciones intersubjetivas que utilizamos en el día a día. Tras imponerse en todo Occidente, el Humanismo estableció que cada ser humano es un individuo único con una voz interior distintiva y una serie de experiencias irrepetibles. Y esto se aplica a todos los órdenes de la vida: en política significa que el votante siempre sabe lo que le conviene; en arte que la belleza está en los ojos del espectador (Hume dixit) y en economía que el cliente siempre tiene la razón. Las decisiones libres de votantes, consumidores y clientes nos proporcionan todo el sentido que necesitamos para funcionar. Es así y es muy complicado argumentar en contra...

Sin embargo, la ciencia socava la principal fuente de legitimidad de los sentimientos individuales --su inviolabilidad e infalibilidad-- haciéndolos depender de reacciones en cadena de procesos bioquímicos. Y con eso desaparece nuestra noción de libre albedrío, de rasero válido para dotar de sentido al mundo y de verdad a nuestras decisiones. Cuando los accidentes aleatorios se combinan con procesos deterministas obtenemos resultados probabilistas, lo cual equivale a decir que no tenemos libertad para elegir ni decidir. Esa simple idea resquebraja de arriba abajo el edificio del Humanismo, nos confirma que no es una ideología eterna --como tampoco lo eran las religiones-- y que otro paradigma vendrá a sustituirlo. Ni nuestros sentimientos dan sentido al mundo ni decidimos a partir de una libertad individual inexpugnable. Resulta entonces que el Yo humanista es un relato intersubjetivo de la misma naturaleza falible que Dios, el Capitalismo, el Arte o la Política...


(continuará)

viernes, 14 de junio de 2019

Homo Deus. Breve historia del mañana de Yuval Noah Harari en tres minutos (1)

«Si sólo hay un mundo real y el número de mundos virtuales potenciales es infinito, la probabilidad de que habitemos el único mundo real es casi nula».

Si antes no hubiera leído a Aldous Huxley --especialmente el brevísimo texto sobre el ocio que incluye su colección de ensayos A lo largo del camino (1925)-- estaría bastante más deslumbrado tras descubrir Homo Deus: Breve historia del mañana (2015) de Yuval Noah Harari; pero lo he leído y por eso ahora no puedo no quitar el IVA a la parte más especulativa de su teoría. Aun así, debo confesar mi admiración por la capacidad de síntesis analítica de este historiador israelí, y por el modélico capítulo inicial, en el que en apenas cuarenta páginas es capaz de modificar el marco mental con el que la mayoría de lectores abordamos su texto y obligarnos a entrar en el que él necesita para exponer su propuesta de futuro para la humanidad.

Y es que el punto de partida del libro es absolutamente audaz: vivimos el mejor de los tiempos. Esta solemne declaración --más propia de un ingenuo optimisma o de un ideólogo interesado-- hace que, de entrada, dudemos de lo que vendrá a continuación. Sin embargo, aunque suene a autocomplacencia, a ceguera de clase acomodada ante los graves problemas del mundo actual, una vez debidamente contextualizada la premisa, debemos admitir que sí, que no podemos quejarnos de nuestro presente una vez que somos conscientes de dónde venimos. Guerras, fanatismos, enfermedades inclurables, supersticiones, dictadores, manipuladores... Comparado con todo eso --y contra todo pronóstico-- nuestra especie ha alcanzado niveles sin precedentes de prosperidad, salud y armonía; y si a esos antecedentes le sumamos el desarrollo científico y técnico y los valores que hemos arrastrado/heredado, todo indica que la humanidad se halla a las puertas de convertir en reales tres utopías que (entonces) parecían inalcanzables: la inmortalidad, la felicidad y la superhumanidad. ¿Qué ha cambiado para que ahora sí nos lancemos a por ellas? Pues que las religiones y las ideologías que sacralizaban la vida y la situaban por encima o más allá de la existencia terrenal, han perdido la batalla frente a la ciencia. Como la muerte era algo inevitable, esas ideologías dedicaron sus esfuerzos a objetivos más asequibles (mejorar destrezas, ayudar a los pobres, ser más creativos): de hecho, gran parte de nuestra pulsión artística, compromiso político y devoción religiosa se alimentan del miedo a la muerte y del deseo de legar a nuestros hijos un mundo mejor cuando desaparezcamos. Sin embargo, si de repente albergamos una expectativa razonable de que nuestra vida se prolongará mucho más allá de lo normal, nuestro legítimo deseo de prolongar la vida se negará a seguir usando el arte, la ideología o la religión como paliativos, para lanzarnos en su lugar a experimentar sin moderación toda clase de emociones intensas con la fuerza de un tsunami.



Queremos una felicidad eterna y garantizada, sin sobresaltos; el problema es que nuestra sensación de felicidad está determinada por nuestra bioquímica, y no tanto por nuestra situación económica, social o política. Nos importan un carajo las cosas que suceden fuera de nuestro cuerpo, sólo hacemos caso a lo que pasa en nuestro interior. Estamos diseñados para minimizar y/o ignorar todo lo que no sean nuestras sensaciones físicas y, por contra, nos cuesta mucho aceptar que no son más que lágrimas en la lluvia y más pronto o más tarde desaparecerán sin dejar rastro. La culpa la tiene la evolución: durante eones, nuestro sistema bioquímico sólo se preocupó de asegurar nuestras probabilidades de conservación y reproducción (y no ese concepto tan abstracto que hoy llamamos felicidad), recompensando con un intenso placer físico los actos que tienen que ver con la supervivencia (alimento, sueño, descanso) y la reproducción. Por eso, de forma instintiva, ocupamos tanto tiempo en la búsqueda de comida y pareja; los minerales con estructura atómica más parecida a la aleación artificial que consideramos hoy como la definición de felicidad. Todo lo demás es secundario y lo hemos inventado después. Para revertir esta condena biológica, lo mejor que sabemos hacer es desarrollar infinidad de cachivaches que nos proporcionen un sinfín de sensaciones placenteras, de modo que nunca nos falten y no dependamos de nuestras «sensaciones naturales» (pp. 43-47). Que digan lo que quieran los filósofos, los intelectuales, los gurús y los influencers: la felicidad es placer físico. Punto.

Pero no todo es solipsismo sensorial: hay una realidad objetiva donde las cosas existen independientemente; aparte de esa otra subjetiva que depende en exclusiva de nuestras creencias y sentimientos. Pero la clase de desarrollo bioquímico que hemos completado en este planeta y --una vez que alcanzamos un número suficiente de individuos-- nuestra necesidad de contacto social para sobrevivir nos ha llevado a perfeccionar una tercera: la realidad intersubjetiva, hecha de entidades que se generan y dependen de la comunicación entre muchos humanos y no de pensamientos y sensaciones individuales. Las ideas de Dios, Alma, Capitalismo o Nacionalismo y tantas otras --que suelen dar sentido a las vidas de muchas personas-- se han hecho fuertes en la realidad intersubjetiva, hasta el punto de que la gente las toma por realidades objetivas con existencia material e independiente, cuando no lo son. A pesar de esta ridícula confusión hemos incrementado exponencialmente nuestra cooperación y bienestar; pero también son la causa de que discutamos, nos sacrifiquemos inútilmente y nos destrocemos mutuamente. El Humanismo ha sido fundamental a la hora de dotar de sacralidad a estas ideas --y también la escritura, que ha permitido transmitirlas más allá de la existencia de las mentes individuales que las parieron--, haciéndonos creer que estos contenidos y/o relatos imaginarios tienen un poder real. No sólo eso: la historia humana está hecha de estos relatos intersubjetivos, gracias a su eficacia para dotar de sentido al mundo y a nuestros actos. Esa misma historia nos enseña que todas las doctrinas filosóficas nacen, se expanden, colapsan y... desaparecen. El Humanismo no va a ser una excepción: su declive llegará cuando las realidades intersubjetivas de los humanos sean sustituidas por códigos genéticos y electrónicos; en ese momento nuestras ficciones contemporáneas serán engullidas por realidades objetivas, y la biología se fusionará con la historia, que funcionará y se explicará únicamente a base de hormonas y neuronas (pp. 130-144).

(continuará)


sábado, 2 de febrero de 2019

Las redes sentimentales mataron al reality televisivo

«El problema de Instagram es el mismo que el de Facebook: un conjunto de métricas que estimulan la competencia irracional, y la sensación de estar en un permanente concurso de popularidad, y un modelo de negocio consistente en la explotación de la actividad de los usuarios para revender su atención a anunciantes […] El siguiente síntoma será el comienzo del abandono de unos jóvenes que, cada vez más, se declaran hartos de unas redes sociales convertidas en el imperio de la falsedad» (Enrique Dans: Instagram y la falsedad, 2018).

Igual que en aquel primer día de agosto de 1981 la emisión del vídeo musical de la canción aquella supuso un cambio de era, el inicio de un ciclo económico y cultural que acabó con el liderazgo indiscutible de la radio en la industria musical en favor de la televisión; hoy, aunque sin que podamos fijar el momento de una manera tan clara, distinta y estética, se impone la misma sensación generalizada de asistir a otra disrupción --así se dice ahora en jerga tecnócrata-- de igual o mayor calibre con la televisión e internet como protagonistas. En los ochenta murió el hit radiofónico a manos del videoclip; ahora le toca el turno al reality, el género que ha dominado la pequeña pantalla, tanto en canales generalistas como temáticos durante dos décadas, y en plena agonía ante nuestra narices --junto con el medio que le ha servido de soporte-- frente a la eficacia de las redes sociales para difundir toda clase de información devaluada (a un coste mucho menor que el de su competidor televisivo). Se repite la historia en forma de doble sustitución: un nuevo formato de consumo cultural triunfa gracias a un nuevo massmedia que pasa a ocupar la centralidad en el panorama del ocio y la «cultura». Hace veinte años, la metáfora obvia e inapelable de un videoclip inaugurando un nuevo canal de televisión dedicado a la música (hoy ya no) con una canción que hablaba precisamente de eso, nos ayudó a cambiar el marco mental en el que nos movíamos; la diferencia es que hoy el reality, a pesar de que exhibe claros síntomas de agotamiento, se resiste a desaparecer o a caer en la irrelevancia ensayando toda clase de fórmulas escandalosas y/o ridículas. No es el fin de una era, sino el inicio de una larga decadencia, tan larga que el formato y el massmedia nuevos que lo han soportado van a tener tiempo de quemar su esplendor y anunciar sus propios síntomas de agotamiento.

Las redes sociales reventaron de éxito cuando ya era una verdad a voces que internet no iba a servir para mejorar la calidad de la democracia (el motivo principal para vendernos las bondades del invento), ni siquiera para cohesionar comunidades. Su aceptación planetaria y acrítica escondía otra amarga verdad: las redes sociales son en realidad redes sentimentales, vertederos donde se abocan toneladas de infantiloides deseos, anhelos y frustraciones de una humanidad marcada por la ingestión excesiva de romanticismo en estado arquetípico (letal en altas dosis, ya que provoca pérdida del sentido de la realidad). Las redes socialessentimentales son plataformas cuya influencia social a todos los niveles --aparte de otros usos menos ostentosos que sí presuponen inteligencia y reflexión-- consiste en haber dado voz y visibilidad a una patulea de ignorantes cuya tarea es esparcir sin criterio contenidos sensibleros, simplificadores, nostálgicos, obvios, violentos, intolerantes, preocupantes... inútiles. Estas redes se han hecho fuertes refugiándose en el posicionamiento automático a base de tópicos y lugares comunes (muchas veces erróneos e irreales) para aspirar a audiencias de seis cifras. Hordas de seguidores a punto de caramelo esperando convertirse en adeptos, partidarios y/o fanáticos incondicionales, en una tribu que se autodefine como una corriente ideológica cuando lo cierto es que lo único que tienen en común es que usan la misma aplicación y siguen los mismos perfiles. Bastará un incidente imprevisto o un planificado asalto al poder para que se produzca en esa masa incorpórea una mutación difícilmente reversible.

Las redes sentimentales explotan a fondo nuestra necesidad innata de aprobación y éxito, el placer culpable que experimentamos al acceder a cotilleos de celebrities, nuestro deleite íntimo al criticar y humillar al rival, parapetados desde el anonimato. Perdemos el tiempo y la energía en hacernos oír en este barullo incesante de tonterías que hemos generado entre todos. Las redes sentimentales superan de largo las posibilidades del mejor reality (aparte de que no hacen falta horarios ni producción) para formar un fabuloso alboroto hecho de perfiles --reales o no-- que hacen del comentario del comentario y de la banalización un estilo de vida. Nos hemos acostumbrado de tal manera a ese zumbido constante que lo consideramos parte de una respuesta «natural», cuando es exactamente al revés: del aprovechamiento sistemático (se habla de ello en reuniones en lujosas salas repletas de gurús por todo el planeta) de nuestros peores defectos como especie. Las redes sentimentales han pulverizado cualquier esperanza acerca de una tecnología que nos haría mejores personas o nos depositaría suavemente ante la puertas de cualquier utopía social imaginada por la literatura y la filosofía. En su lugar, nos han devuelto a un estado de gilipollismo que creíamos superado.



Nos hemos «enredado» en las redes sentimentales, y eso nos hace sentir estupendamente. No queremos despertar y comprobar que hemos perdido el norte o, lo que es peor, que estamos --como se suele decir-- enganchados; y hace tiempo que no somos capaces de controlar nuestra adicción. ¿Qué hacemos en las redes sociales? ¿En qué consiste «estar» en las redes sociales? Después de completar nuestro perfil finaliza la etapa «creativa» y nuestra aportación como individuos. Ya hemos vendido nuestros datos, aunque hemos mentido para parecer más interesantes; a partir de ese momento todo consistirá en pulsar el icono de la aplicación y deslizar el dedo por la pantalla para que desfilen ante nuestra mirada imágenes y noticias de un impacto decreciente a medida que pasamos el tiempo conectados. Lo hacemos mientras viajamos en transporte público, en el aparte aburrido de una reunión entre amigos, en el trabajo, mientras nuestros hijos juegan, mientras nos hablan. Los algoritmos aprenden nuestras preferencias e intereses y afinan sus propuestas de contenido: al final lo hacen tan bien que todo nos parece idéntico y aburrido. A partir de ese momento, a esos estímulos discontinuos les concedemos una misma mínima atención, ya sólo nos detendremos ante lo extremo, lo insólito, lo divertido, lo exagerado, lo siempre breve. Nuestro sentidos funcionan así: hay que incrementar la dosis para que podamos reaccionar como la primera vez. Prácticamente no interactuamos a base de «Me gusta», no sirve para nada, sólo para exponernos aún más ante los algoritmos. Pasan cinco minutos. Nos interrumpen. Nos reclaman. Salimos de la aplicación. Pasa un rato, otro hueco, otro tiempo muerto. Es casi un acto reflejo. Volvemos a empezar. Prácticamente lo mismo, sin apenas modificaciones en la pauta. Cambio de aplicación. Idéntico comportamiento. No aportamos nada, no obtenemos apenas nada. El imparable descenso de los contenidos de particulares en las redes sentimentales es el mejor indicador del aburrimiento que experimentamos. Cuando nuestra actividad era alta quedaba en segundo plano el verdadero objetivo: pasar el máximo tiempo en ellas para extraer patrones de navegación que se puedan vender a anunciantes. Ahí está el negocio y el beneficio estratosférico. Nuestros contenidos son basura, la contrapartida necesaria, el señuelo que nos haga creer que no somos el producto. ¿No estás de acuerdo? Pues le diste 'Aceptar' al contrato sin haber leído la política de privacidad antes de instalar la aplicación. Las redes sentimentales son un negocio. «Este Negocio». Si no te gusta, vete.

Las redes sentimentales han producido impensables efectos secundarios: nos han convertido en una sociedad hipersensibilizada, especialmente con todo lo que tenga que ver con el sufrimiento sobrevenido o considerado injusto. Y no porque lo combatamos activamente, sino porque nos hemos convencido de que podremos eliminarlo de nuestra pantalla (y de la realidad) a base de «Me gusta», compartir o firmar formularios en línea. No hace falta nada más para lograrlo. Nos hemos vuelto ultrasensibles a las monerías de cachorros, a los momentos románticos cuidadosamente planificados, a los dramas sobrevenidos, a las fábulas sobre la pérdida de autenticidad y la falta de contacto humano, a los zascas de madres, a los alegatos ante los poderosos, a los momentos perfectos... Hemos olvidado que todas esas cosas han sido diseñadas, fabricadas y distribuidas buscando nuestra reacción y posicionamiento instintivos, la sorpresa, la exhibición de sentimientos en estado puro y, por encima de todo, los finales felices... El resultado es que aplicamos al mundo real la misma ridícula hipersensibilidad del mundo digital; y así nos va como especie y como sociedad: los derechos de los animales por encima de los de las personas, el bienestar inmediato antes que un porvenir sostenible, la ficción antes que la realidad, el pasado antes que el futuro...

Y así vamos pasando la vida señor juez: intercalando vídeos de gatitos, trompazos increíbles, memes temáticos que sustituyen al calendario y noticias cuyo trasfondo no sabemos interpretar. Definitivamente, la palabra ha perdido la batalla frente a la imagen...


domingo, 22 de abril de 2018

Complejidad artificial vs. improvisación natural

«El optimismo da por hecho que, antes o después, todo irá a mejor automáticamente. La esperanza no se hace tantas ilusiones» (Charles J. Chaput, Extranjeros en tierra extraña, 2017).

Empiezo copiando lo que escribí en febrero de 2007 al iniciar la serie Nuevo Positivismo Digital: un automóvil jamás podrá captar la idea de que es necesario no chocar con otros automóviles o con obstáculos cuando circule; y que por mucho o muy bien que haya sido conducido, tampoco llegará a aprender ni siquiera los trayectos más habituales de su propietario (Douglas Hofstadter: Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle, 1979).

La Inteligencia Artificial (AI, por sus siglas en inglés) se considera hoy un logro definitivo fruto de la evolución tecnológica, la culminación de un anhelo que la ciencia ficción llevaba décadas imaginando y que ahora esta generación ha convertido por fin en realidad. Lo cierto es que la AI no es más que una nueva vuelta de tuerca en la sofisticación de las instrucciones que reciben las computadoras; la diferencia con lo que hacían otros programadores hace diez años es la inmensa complejidad y extensión que alcanza el código de determinadas aplicaciones, favorecidas por el crecimiento exponencial de la capacidad de proceso, el abaratamiento del hardware y la consolidación de las comunicaciones digitales. De pronto, los divulgadores científicos, las empresas y los gurús dan por completado un ciclo y declaran inaugurado otro radicalmente nuevo y mejor: donde antes había código ahora hay «inteligencia», una entidad abstracta que alguien ha puesto ahí, que aprende sola y reacciona ante determinados imprevistos. La tentación de considerar algo así como dotado de juicio y/o razón es demasiado fuerte.

Las líneas de código de toda la vida han dado un salto cualitativo y se han convertido en algoritmos, una especie de protoconciencia que sintetiza información, toma decisiones y hace predicciones. Toda innovación de moda tiene detrás un algoritmo, y cada vez más se adentran en ámbitos y sectores que parecían cotos exclusivos del ser humano: el blockchain, buscadores, asistentes, modelos de predicción... Los algoritmos necesitan mucha información para funcionar y tomar decisiones: buscan y almacenan toda la que pueden de su entorno de ejecución, la ordenan, la categorizan, la cruzan y la proyectan antes de ofrecer un resultado. Y en esa información va incluido, por supuesto, nuestro comportamiento virtual y real: datos de navegación, compras, búsquedas, preferencias... Podría pensarse que finalmente las máquinas se van a hacer cargo de las tareas más fastidiosas y aburridas, que nos van a suministrar todo mascado, listo para consumir sin esfuerzo acríticamente. Sin embargo, la AI está velando sus armas en mercados donde el retorno de la inversión es incuestionable; lo que aún está por demostrar es si esas aplicaciones están a la altura de las inteligencias naturales que las programaron:

1.-Desde el siglo XIX la santísima trinidad del primer capitalismo era «Tierra, Trabajo y Capital»; y a pesar de que Marx nos hizo comprender que íbamos directos al abismo por culpa de la táctica suicida de la acumulación primitiva (la expropiación de los medios de subsistencia para reintroducirlos en el mercado, transformados en mercancía) el modelo acabó imponiéndose por méritos. Este proceso de privatización forzosa acabó hace más de un siglo con el modo de vida agrario y la economía primitiva de las colonias de ultramar, favoreciendo la acumulación de capital que financió la industrialización. No es que la acumulación primitiva sea una condición necesaria para la consolidación del capitalismo, pero sí suficiente para el que emergió en la Europa del XIX.



A comienzos del siglo XXI, estamos experimentando los primeros efectos de un segundo proceso de acumulación: esta vez es la industrialización del siglo XX la que ha financiado la Nueva Economía. Esta economía basada en el conocimiento está acabando con las iniciativas locales y las políticas folk. No lo digo yo, lo dicen Alex Williams y Nick Srnicek en el libro Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo (2017). La Nueva Economía ha empezado por delegar en los algoritmos las decisiones de compraventa de valores bursátiles, y aunque parece que funcionan razonablemente bien, ya se han producido algunos episodios inquietantes: en febrero de 2018, en la Bolsa de Nueva York, se desató el pánico a partir de una serie de órdenes de venta automáticamente compulsivas que provocó un descenso del índice de 1.600 puntos. No era la primera vez: en mayo de 2010 sucedió algo muy parecido. Las causas exactas de estas reacciones en cadena siguen sin conocerse, pero todo apunta a que las minuciosas instrucciones dadas a los robots no son lo suficientemente complejas como para considerarse, no ya inteligentes, sino «humanas». «Esperemos que dejar en manos de algoritmos las órdenes de venta en los mercados no acabe como Skynet en 'Terminator'». No lo digo yo, lo dice Jorge Marirrodriga en su artículo Los robots que no tiran bombas pero juegan en la Bolsa (2018).

2.-La AI también se ha consolidado en plataformas de opinión virtual como Twitter, Instagram o Facebook: el objetivo es conseguir que el usuario/consumidor pase el máximo tiempo posible conectado a las redes a la caza de descargas de dopamina en forma de «Me gusta», cuantas más, mejor. Y si proceden de personas cercanas y/o conocidas, aún más. No lo digo yo, lo afirma Sean Parker, creador de Napster y uno de los inventores --junto con Mark Zuckerberg y Kevin Systrom-- de esta nueva droga de diseño, capaz de elevar nuestro nivel de narcisismo hasta convertirlo en una sustancia tóxica, incluso letal.

Estas mismas plataformas, además, suponen un medio ambiente tecnosocial idóneo para la proliferación de bots, auténticos ejércitos de perfiles falsos, creados de forma semiautomática, agazapados en la sombra, a la espera de ser activados por su propietario para favorecer estados de opinión interesados. Estos bots son la solución darwiniana a que ha dado lugar el desinterés por la seguridad en la creación de cuentas de las principales plataformas sociales. No se utilizan para dar a conocer iniciativas sin ánimo de lucro, fomentar la solidaridad o transmitir valores cívicos, sino para propagar toda clase de informaciones abrumadoramente falsas y tendenciosas, así como noticias completamente lunáticas que la gente toma por ciertas por el mero hecho de tener muchos «Me gusta». Esa misma gente, después, se extraña de que los medios tradicionales no se hagan eco de esas mismas informaciones y entran en modo conspiranoide total (se autoconvencen de que les están escamoteando la verdad). No estamos ante un descubrimiento primordial, sino ante una reacción humana que se estudia en primero de sicología en todas las universidades del planeta. No lo digo yo, lo dice Christopher Wylie, un brillante cerebro y, al parecer, uno de los seres humanos incompletos que estaba detrás de los algoritmos de Cambridge Analytica, la empresa que generó toda clase de interferencias informativas en campañas como el Brexit, las presidenciales de EE UU de 2017, el referéndum de independencia catalán o la guerra de Siria. Este uso de la AI no es el fruto de un experimento que acaba mal, se desmanda o produce resultados imprevistos, sino que detrás hay políticos y empresas que lo han financiado porque obtienen un beneficio directo: a los primeros porque anhelan por encima de todo una opinión pública permanentemente favorable que les reporte votos; a las segundas porque buscan mantener una reputación intachable para sus marcas que no afecte a los ingresos, y que eso no tenga nada que ver con sus decisiones y con su gestión económica. El resultado de esta manipulación es que nos estamos convirtiendo en unos narcisistas conspiranoides gracias a la dopamina, las redes sociales --las mismas que, al nacer, aseguraron que iban a cohesionarnos como grupo y a hacernos la vida más agradable-- y nuestra nefasta costumbre de informarnos exclusivamente a través de ellas.

3.-La AI toca fondo con los deepfake: algoritmos capaces de superponer rostros (de famosas sobre todo) en vídeos pornográficos (podría hacerse con cualquier tipo de vídeo, pero se prioriza el género que mejores ingresos colaterales podrá proporcionar). Han proliferado tantas aplicaciones gratuitas y al alcance de cualquiera que Twitter, Reddit y Pornhub han tenido que prohibirlos.

4.-Incluso cuando el objetivo es loable y aparentemente inocuo, la AI obtiene resultados inesperados y desmitificadores: un algoritmo antiplagios ha sido capaz de detectar posibles fuentes de inspiración en escritores intocables como Shakespeare. Es bueno que podamos desmitificar o contextualizar el trabajo de ciertos artistas, lo triste es tener que utilizar la AI para detectar plagios en ensayos, tesis, conferencias y toda clase de publicaciones universitarias.

No sería la primera vez que de políticas y proyectos sociales bienintencionados surgen efectos indeseables no previstos: en Suecia, décadas de socialdemocracia dieron lugar a un Estado que logró sustituir el papel protector de la familia y de los allegados, todo con el objetivo de erradicar la pobreza y hacerse cargo de los más vulnerables. ¿El resultado? Una de las tasas de suicido más elevadas del mundo y una plaga de soledad que costará generaciones revertir. No lo digo yo, lo explica Erik Gandini en el documental La teoría sueca del amor. El secreto de la felicidad (2015).

Queremos que los algoritmos hagan todo por nosotros: porque somos unos perezosos congénitos, porque nos aterra la incertidumbre y buscamos seguridades a cualquier precio, porque ofrecer ambas cosas al usuario/consumidor es garantía de beneficios económicos y porque se puede hacer con recursos amortizables y patentables. El problema es que, a medida que las instrucciones que volcamos en los programas se hacen más y más complejas ahondamos en el uso miserable más que probable que vamos a hacer de ellos: drones de rastreo (capaces de vigilar a una persona sin que se entere), sistemas que buscan y explotan vulnerabilidades en otros sistemas, generación de audio y vídeo de forma autónoma... Es el incremento exponencial de la complejidad de las instrucciones lo que nos lleva a confundir los resultados que proporcionan los algoritmos con un comportamiento inteligente, cuando lo cierto es que no pasa de ser altamente sofisticado. Y es que, como dice Ángel Luis Sucasas, «La inteligencia artificial no va a ser más inteligente que nosotros». A veces olvidamos que los ordenadores procesan información, que no saben (ni pueden) situarse fuera del código que los mantiene en funcionamiento ni reescribirse para corregir errores o adquirir nuevas capacidades. Décadas de progreso aparente para desembocar otra vez en la paradoja del vehículo (¿inteligente?) de Douglas Hofstadter...


sábado, 11 de noviembre de 2017

Historia contemporánea del deseo humano


«Hemos detenido la selección natural desde el momento en que somos capaces de criar a entre el 95 y el 99% de los bebés que nacen» David Attenborough.

«La pereza es connatural al ser humano. Si no fuera por nuestra imperiosa necesidad de procurarnos alimento y refugio no nos moveríamos del lugar donde caemos al nacer. Sólo el instinto de supervivencia está por encima de la pereza. Pero resulta que, gracias a la ciencia, a la tecnología y a nuestra peculiar forma de complicarnos la vida hemos conseguido eliminar casi todo el esfuerzo que suponía la búsqueda de alimento y seguridad, las dos actividades que, desde hace al menos diez milenios, han llenado casi en exclusiva nuestro tiempo de vida. Es más, hemos hecho tan bien lo de garantizarnos alimento y seguridad que estamos llegando a un punto en el que los satisfacemos en exceso. Nos sobra alimento (nos procuramos más del que podemos consumir, impidiendo de paso un mejor reparto y fomentando el desperdicio) y seguridad (nos protegemos contra amenazas poco probables o inexistentes). Gracias a estos dos excesos básicos la pereza vuelve a señorearse como instinto humano por excelencia. Por fortuna esa misma sociedad compleja que produce la enfermedad del exceso nos proporciona el antídoto que evitará que nos convirtamos en los seres ultraperezosos que augura Wall·E. Batallón de limpieza (2008) de Andrew Stanton. Tenemos a nuestra disposición dos buenas alternativas para relegar la pereza al lugar que ocupaba en nuestra lista mientras correteábamos por la sabana: el ocio y el deseo, expresados ambos en el sentido más amplio que quepa imaginar. Resueltos los problemas de alimento y seguridad, estos dos estímulos son los únicos que nos sacan de casa. Exposiciones, conciertos, gastronomía, actividades, deseos materiales, sensuales, sensoriales, adquisitivos y, por supuesto, sexuales. La cultura ha hecho un esfuerzo ingente por modificar nuestra configuración de fábrica, y cuando finalmente lo ha logrado el resultado ha sido espectacular, superando con creces el umbral de subsistencia y de incertidumbre que nos atemorizó durante milenios como animales y como homínidos. Lo que no ha podido modificar la cultura es nuestro funcionamiento a base de pulsiones, de reacciones instintivas, las acciones irreflexivas, la gratificación inmediata y egoísta. Todo esto se mantiene intacto. Y, ahora, eliminados de la ecuación el refugio y la seguridad, gracias a la tecnología y a la complejidad de nuestros sistemas sociales, rendimos vasallaje a dos sucedáneos igualmente adictivos. El deseo es el principal combustible del estado de cultura, con él llenamos el tiempo que hemos liberado al garantizarnos un excedente de alimento y de seguridad. La pereza, mientras tanto, sigue agazapada, a la espera de su oportunidad en cuanto nuevos usos y costumbres nos garanticen excedentes de ocio y deseo. Y de sexo».

Numerosas señales parecen indicar que estamos en el buen camino, en los comienzos de la era en la que tendremos garantizado el ocio, el deseo y el sexo por el mero hecho de ser actividades excedentarias, como sucedió con el alimento y con la seguridad. Es cuestión de tiempo. Y aunque parezca un contrasentido, la que lo tiene más fácil para lograrlo es el sexo. Cuanto más simple es el estímulo más sencillo es colmarlo. Hagamos un rápido repaso...

Los expertos no se acaban de poner de acuerdo en las formas y técnicas de la socialización del sexo; especialmente en lo relativo al umbral de tolerancia admitido a la hora de forzar las normas para frotarnos los cuerpos y procurarnos un orgasmo sin consecuencias hasta que el amanecer nos separe. En corto y claro: ligar con el objetivo nunca explícitamente declarado de obtener sexo sin compromiso; un arte que busca exactamente lo contrario de lo que dicta la ética social mayoritaria, pensada para armonizarse con la reproducción, la crianza de los hijos, el decoro y la mojigatería. Eso sí, al menos existe un consenso básico sobre las principales etapas en una supuesta Historia contemporánea del deseo humano, que serían tres:

1. Desde que a comienzos del siglo XX se consolidó el estilo de vida urbano y se debilitó la familia extensa agraria como organización familiar prioritaria, la socialización básica --incluida la sexual-- se articulaba en grupos de edad (un hecho al que sin duda contribuyó desde mucho antes la enseñanza en clases con alumnos de la misma edad desde mediados del siglo XVIII). Tras una primera mitad de siglo convulsa en matanzas y revoluciones, finalmente, en los años sesenta y setenta del siglo XX, se puede decir que estaban más que establecidos los roles, hitos y situaciones que marcaban la socialización del sexo juvenil: salir en pandillas, buscarse la vida para entrar a las mujeres ajenas al grupo, emparejarse, aprender sobre la marcha lo relativo al sexo, encontrar nuevos ídolos y rituales de afirmación, cuestionar las normas paternas... Aun así, todo esto seguía siendo compatible con el proceso de socialización para la vida adulta, ya que se asumía que todo esto no era más que una fase preparatoria, un desbravarse, algo que se abandonaba en el tránsito a la madurez y que recibía todo el apoyo del complejo machista-patriarcal. Entrar a las chicas para sobarlas y divertirse un rato con ellas se consideraba que curtía la personalidad y daba a los muchachos la clase de seguridad que iban a necesitar después como padres de familia y trabajadores. La literatura y el cine forjaron durante décadas una filosofía y una estética que servía a la vez de modelo, expresión y extensión de nuevas fronteras. Hasta que novelas como En el camino (1957), películas como Picnic (1955) o Rebelde sin causa (1955) supusieron un vuelco en cuanto a la caracterización de la juventud, retratada por primera vez desde el malestar de los inadaptados que no se amoldaban al esquema tradicional mayoritario (por las razones que fueran, tanto chicos como chicas). El modelo pandillero había iniciado su decadencia, aunque se siguió practicando hasta bien entrados los ochenta en numerosas zonas del planeta.

2. Esos raritos/as inadaptados/as que no se enfrentan a sus padres, que están más a gusto en su habitación leyendo y escuchando música (nunca éxitos comerciales), que poseen un gran mundo interior y una gran sensibilidad y timidez, esos chicos y chicas poco a poco hicieron de su dificultad para encajar en el modelo pandillero su principal seña de identidad, hasta que la masa crítica acumulada hizo que, a comienzos de los ochenta, se dotaran de una etiqueta que les representara socialmente: indies. El/la indie ya no responde a las pulsiones sexuales pandilleras ni entra en el juego de los sexos a base de labia, postureo y exhibición de hormonas. Su imagen transpira languidez soñadora, misterio y melancolía, con un look normativo inspirado en función de la generación y la moda cultural: Nico, Hope Sandoval (Mazzy Star), Christina Rosenvinge, Leonor Watling, Zooey Deschanel, Russian Red (todas ellas iconos indies en su momento, antes de acabar siendo madres o adultas desplazadas por otras indies más jóvenes). Como señala Victor Lenore, el indie huye de las pandillas porque detesta la competición y fundirse en la masa; por encima de todo desea individualizarse. Una vez aceptado este principio, toda su ética, costumbres, filias y fobias deben reorganizarse a su alrededor, especialmente la socialización básica de propósito sexual. El indie ya no se identifica con esas técnicas más o menos exageradas y/o ridículas de los abusones y matones de las pandillas, sino que liga por sublimación mutua. El indie, por definición, padece aversión a la comunicación directa, le produce sonrojo y, por eso, reacciona con un distanciamiento irónico a modo de coraza con la que trata de ocultar sus carencias y verdaderos deseos. Desde entonces las relaciones sexuales, además de imponerse como modelo para la literatura y el cine, se amoldaron a patrones de reconocimiento individual en lugar de jerarquías y roles como antes: tanto él como ella debían encontrarse (normalmente en un cute incident) y descubrir sin presiones su afinidad de carácter, de inadaptación, de deseos, de gustos musicales... Odiar y ridiculizar el entorno social mayoritario es su pauta básica de reafirmación del deseo. Filmes como Extraños en el paraíso (1984), El club de los cinco (1985), Terciopelo azul (1986), las novelas de Roberto Bolaño o la música --la principal fuente de inspiración de los deseos más íntimos del indie-- retratan esa aproximación desde la periferia al fenómeno de la socialización sexual y cultural de los jóvenes, con frecuencia mediante una caracterización solemne y traumática de las relaciones sexuales y de las dificultades para encontrar el amor, madurar y/o aceptar a los demás sabiendo que no son tan inteligentes, sensibles y especialitos como uno mismo.

3. La tercera etapa apenas es un esbozo, pero apunta cambios importantes gracias a una extraña conjunción de factores: secuelas no previstas en la digestión social de la tecnología, vidas en permanente conexión/exhibición, poder decir de todo a todo el mundo sin tener nada interesante que decir, convencimiento autoinducido de que todas estas cosas las tenemos bajo control. El indie se convirtió en hacker nada más descubrir que podía quedarse en casa (ahora ya no vive en la habitación de casa de sus padres) y obtener todo lo necesario para vivir desde allí: víveres, ropa, información, entretenimiento comercial, ocio refinado y, de paso, procurarse todos los orgasmos que hicieran falta. La sexualidad interpersonal está experimentando un declive, y los expertos lo achacan a la distracción constante que propone la tecnología. Los adolescentes se han convertido en vampiros que renuncian al sueño porque prefieren pasar la noche usando aplicaciones sociales gracias a las tarifas planas de sus padres (los cuales no hemos parado hasta conseguir llamadas gratis e ilimitadas por culpa de la vergüenza que pasamos al tener que hablar con el novio o la novia desde el comedor, con la familia delante y los padres haciendo gestos y poniendo caras raras porque la llamada iba a salir muy cara). Por descontado, el cine y la literatura (retro)alimentan y ahondan en la descripción de un mundo hipercomplejo e hipofuncional plagado de seres que conviven en una soledad adosada: Neuromante (1984), Hijos de los hombres (la novela de 1992 y la película de 2006), Ghost in the shell (1989), Cosmópolis (la novela de 2003 y la película de 2012). Las nuevas generaciones se aplican el romanticismo de ficción como si fuera crema hidratante, encajando en este esquema --a la fuerza si hace falta-- las reacciones de su libido. Mientras gestionan todo ese aluvión de sensaciones, se sientan a esperar que les toque la lotería sentimental, el hito incontrovertible que les abrirá las puertas de esa misma madurez en compañía que han añorado/deseado en la ficción. A los jóvenes de este comienzo de siglo no les gusta especialmente la soledad, pero la prefieren si la otra opción es convivir con un extraño; también odian descubrir de pronto que han malgastado su tiempo con alguien que no valía la pena, pero por encima de todo temen perder el control de sus vidas --ya sea por azar o por error-- o dejar pasar su sueño por estar distraídos o entregados a cosas poco importantes.

Siempre creímos que la demografía era el problema, que la caída de la natalidad era la más importante de las distorsiones que han introducido el bienestar, la tecnología y la abundancia. Pocos imaginaron que en ese mismo proceso íbamos a modificar nuestra libido de forma tan radical, a preferir estímulos no presenciales. Pensamos que el problema era que si nacían pocos bebés se pondría en riesgo el relevo generacional, pero que eso no tenía nada que ver con nuestro deseo sexual, que se mantendría tal como venía de serie, incluso fortalecido gracias a la liberación de la presión reproductora y la servidumbre del cuidado de la prole. Pero resulta que no, que no sólo nos da palo criar hijos, también en esto hemos sucumbido a la pereza y preferimos que los orgasmos nos los sirvan en casa. Y no porque no nos guste salir a por ellos, sino porque hemos inventado una manera más sencilla, rápida, eficaz y cómoda de obtenerlos sin desgastarnos física y socialmente. Si esta tercera etapa se completa, la siguiente pregunta que deberemos hacernos es: ¿qué nuevo estímulo o necesidad conseguirá sacudirnos la pereza?


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