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viernes, 14 de junio de 2019

Homo Deus. Breve historia del mañana de Yuval Noah Harari en tres minutos (1)

«Si sólo hay un mundo real y el número de mundos virtuales potenciales es infinito, la probabilidad de que habitemos el único mundo real es casi nula».

Si antes no hubiera leído a Aldous Huxley --especialmente el brevísimo texto sobre el ocio que incluye su colección de ensayos A lo largo del camino (1925)-- estaría bastante más deslumbrado tras descubrir Homo Deus: Breve historia del mañana (2015) de Yuval Noah Harari; pero lo he leído y por eso ahora no puedo no quitar el IVA a la parte más especulativa de su teoría. Aun así, debo confesar mi admiración por la capacidad de síntesis analítica de este historiador israelí, y por el modélico capítulo inicial, en el que en apenas cuarenta páginas es capaz de modificar el marco mental con el que la mayoría de lectores abordamos su texto y obligarnos a entrar en el que él necesita para exponer su propuesta de futuro para la humanidad.

Y es que el punto de partida del libro es absolutamente audaz: vivimos el mejor de los tiempos. Esta solemne declaración --más propia de un ingenuo optimisma o de un ideólogo interesado-- hace que, de entrada, dudemos de lo que vendrá a continuación. Sin embargo, aunque suene a autocomplacencia, a ceguera de clase acomodada ante los graves problemas del mundo actual, una vez debidamente contextualizada la premisa, debemos admitir que sí, que no podemos quejarnos de nuestro presente una vez que somos conscientes de dónde venimos. Guerras, fanatismos, enfermedades inclurables, supersticiones, dictadores, manipuladores... Comparado con todo eso --y contra todo pronóstico-- nuestra especie ha alcanzado niveles sin precedentes de prosperidad, salud y armonía; y si a esos antecedentes le sumamos el desarrollo científico y técnico y los valores que hemos arrastrado/heredado, todo indica que la humanidad se halla a las puertas de convertir en reales tres utopías que (entonces) parecían inalcanzables: la inmortalidad, la felicidad y la superhumanidad. ¿Qué ha cambiado para que ahora sí nos lancemos a por ellas? Pues que las religiones y las ideologías que sacralizaban la vida y la situaban por encima o más allá de la existencia terrenal, han perdido la batalla frente a la ciencia. Como la muerte era algo inevitable, esas ideologías dedicaron sus esfuerzos a objetivos más asequibles (mejorar destrezas, ayudar a los pobres, ser más creativos): de hecho, gran parte de nuestra pulsión artística, compromiso político y devoción religiosa se alimentan del miedo a la muerte y del deseo de legar a nuestros hijos un mundo mejor cuando desaparezcamos. Sin embargo, si de repente albergamos una expectativa razonable de que nuestra vida se prolongará mucho más allá de lo normal, nuestro legítimo deseo de prolongar la vida se negará a seguir usando el arte, la ideología o la religión como paliativos, para lanzarnos en su lugar a experimentar sin moderación toda clase de emociones intensas con la fuerza de un tsunami.



Queremos una felicidad eterna y garantizada, sin sobresaltos; el problema es que nuestra sensación de felicidad está determinada por nuestra bioquímica, y no tanto por nuestra situación económica, social o política. Nos importan un carajo las cosas que suceden fuera de nuestro cuerpo, sólo hacemos caso a lo que pasa en nuestro interior. Estamos diseñados para minimizar y/o ignorar todo lo que no sean nuestras sensaciones físicas y, por contra, nos cuesta mucho aceptar que no son más que lágrimas en la lluvia y más pronto o más tarde desaparecerán sin dejar rastro. La culpa la tiene la evolución: durante eones, nuestro sistema bioquímico sólo se preocupó de asegurar nuestras probabilidades de conservación y reproducción (y no ese concepto tan abstracto que hoy llamamos felicidad), recompensando con un intenso placer físico los actos que tienen que ver con la supervivencia (alimento, sueño, descanso) y la reproducción. Por eso, de forma instintiva, ocupamos tanto tiempo en la búsqueda de comida y pareja; los minerales con estructura atómica más parecida a la aleación artificial que consideramos hoy como la definición de felicidad. Todo lo demás es secundario y lo hemos inventado después. Para revertir esta condena biológica, lo mejor que sabemos hacer es desarrollar infinidad de cachivaches que nos proporcionen un sinfín de sensaciones placenteras, de modo que nunca nos falten y no dependamos de nuestras «sensaciones naturales» (pp. 43-47). Que digan lo que quieran los filósofos, los intelectuales, los gurús y los influencers: la felicidad es placer físico. Punto.

Pero no todo es solipsismo sensorial: hay una realidad objetiva donde las cosas existen independientemente; aparte de esa otra subjetiva que depende en exclusiva de nuestras creencias y sentimientos. Pero la clase de desarrollo bioquímico que hemos completado en este planeta y --una vez que alcanzamos un número suficiente de individuos-- nuestra necesidad de contacto social para sobrevivir nos ha llevado a perfeccionar una tercera: la realidad intersubjetiva, hecha de entidades que se generan y dependen de la comunicación entre muchos humanos y no de pensamientos y sensaciones individuales. Las ideas de Dios, Alma, Capitalismo o Nacionalismo y tantas otras --que suelen dar sentido a las vidas de muchas personas-- se han hecho fuertes en la realidad intersubjetiva, hasta el punto de que la gente las toma por realidades objetivas con existencia material e independiente, cuando no lo son. A pesar de esta ridícula confusión hemos incrementado exponencialmente nuestra cooperación y bienestar; pero también son la causa de que discutamos, nos sacrifiquemos inútilmente y nos destrocemos mutuamente. El Humanismo ha sido fundamental a la hora de dotar de sacralidad a estas ideas --y también la escritura, que ha permitido transmitirlas más allá de la existencia de las mentes individuales que las parieron--, haciéndonos creer que estos contenidos y/o relatos imaginarios tienen un poder real. No sólo eso: la historia humana está hecha de estos relatos intersubjetivos, gracias a su eficacia para dotar de sentido al mundo y a nuestros actos. Esa misma historia nos enseña que todas las doctrinas filosóficas nacen, se expanden, colapsan y... desaparecen. El Humanismo no va a ser una excepción: su declive llegará cuando las realidades intersubjetivas de los humanos sean sustituidas por códigos genéticos y electrónicos; en ese momento nuestras ficciones contemporáneas serán engullidas por realidades objetivas, y la biología se fusionará con la historia, que funcionará y se explicará únicamente a base de hormonas y neuronas (pp. 130-144).

(continuará)


sábado, 2 de febrero de 2019

Las redes sentimentales mataron al reality televisivo

«El problema de Instagram es el mismo que el de Facebook: un conjunto de métricas que estimulan la competencia irracional, y la sensación de estar en un permanente concurso de popularidad, y un modelo de negocio consistente en la explotación de la actividad de los usuarios para revender su atención a anunciantes […] El siguiente síntoma será el comienzo del abandono de unos jóvenes que, cada vez más, se declaran hartos de unas redes sociales convertidas en el imperio de la falsedad» (Enrique Dans: Instagram y la falsedad, 2018).

Igual que en aquel primer día de agosto de 1981 la emisión del vídeo musical de la canción aquella supuso un cambio de era, el inicio de un ciclo económico y cultural que acabó con el liderazgo indiscutible de la radio en la industria musical en favor de la televisión; hoy, aunque sin que podamos fijar el momento de una manera tan clara, distinta y estética, se impone la misma sensación generalizada de asistir a otra disrupción --así se dice ahora en jerga tecnócrata-- de igual o mayor calibre con la televisión e internet como protagonistas. En los ochenta murió el hit radiofónico a manos del videoclip; ahora le toca el turno al reality, el género que ha dominado la pequeña pantalla, tanto en canales generalistas como temáticos durante dos décadas, y en plena agonía ante nuestra narices --junto con el medio que le ha servido de soporte-- frente a la eficacia de las redes sociales para difundir toda clase de información devaluada (a un coste mucho menor que el de su competidor televisivo). Se repite la historia en forma de doble sustitución: un nuevo formato de consumo cultural triunfa gracias a un nuevo massmedia que pasa a ocupar la centralidad en el panorama del ocio y la «cultura». Hace veinte años, la metáfora obvia e inapelable de un videoclip inaugurando un nuevo canal de televisión dedicado a la música (hoy ya no) con una canción que hablaba precisamente de eso, nos ayudó a cambiar el marco mental en el que nos movíamos; la diferencia es que hoy el reality, a pesar de que exhibe claros síntomas de agotamiento, se resiste a desaparecer o a caer en la irrelevancia ensayando toda clase de fórmulas escandalosas y/o ridículas. No es el fin de una era, sino el inicio de una larga decadencia, tan larga que el formato y el massmedia nuevos que lo han soportado van a tener tiempo de quemar su esplendor y anunciar sus propios síntomas de agotamiento.

Las redes sociales reventaron de éxito cuando ya era una verdad a voces que internet no iba a servir para mejorar la calidad de la democracia (el motivo principal para vendernos las bondades del invento), ni siquiera para cohesionar comunidades. Su aceptación planetaria y acrítica escondía otra amarga verdad: las redes sociales son en realidad redes sentimentales, vertederos donde se abocan toneladas de infantiloides deseos, anhelos y frustraciones de una humanidad marcada por la ingestión excesiva de romanticismo en estado arquetípico (letal en altas dosis, ya que provoca pérdida del sentido de la realidad). Las redes socialessentimentales son plataformas cuya influencia social a todos los niveles --aparte de otros usos menos ostentosos que sí presuponen inteligencia y reflexión-- consiste en haber dado voz y visibilidad a una patulea de ignorantes cuya tarea es esparcir sin criterio contenidos sensibleros, simplificadores, nostálgicos, obvios, violentos, intolerantes, preocupantes... inútiles. Estas redes se han hecho fuertes refugiándose en el posicionamiento automático a base de tópicos y lugares comunes (muchas veces erróneos e irreales) para aspirar a audiencias de seis cifras. Hordas de seguidores a punto de caramelo esperando convertirse en adeptos, partidarios y/o fanáticos incondicionales, en una tribu que se autodefine como una corriente ideológica cuando lo cierto es que lo único que tienen en común es que usan la misma aplicación y siguen los mismos perfiles. Bastará un incidente imprevisto o un planificado asalto al poder para que se produzca en esa masa incorpórea una mutación difícilmente reversible.

Las redes sentimentales explotan a fondo nuestra necesidad innata de aprobación y éxito, el placer culpable que experimentamos al acceder a cotilleos de celebrities, nuestro deleite íntimo al criticar y humillar al rival, parapetados desde el anonimato. Perdemos el tiempo y la energía en hacernos oír en este barullo incesante de tonterías que hemos generado entre todos. Las redes sentimentales superan de largo las posibilidades del mejor reality (aparte de que no hacen falta horarios ni producción) para formar un fabuloso alboroto hecho de perfiles --reales o no-- que hacen del comentario del comentario y de la banalización un estilo de vida. Nos hemos acostumbrado de tal manera a ese zumbido constante que lo consideramos parte de una respuesta «natural», cuando es exactamente al revés: del aprovechamiento sistemático (se habla de ello en reuniones en lujosas salas repletas de gurús por todo el planeta) de nuestros peores defectos como especie. Las redes sentimentales han pulverizado cualquier esperanza acerca de una tecnología que nos haría mejores personas o nos depositaría suavemente ante la puertas de cualquier utopía social imaginada por la literatura y la filosofía. En su lugar, nos han devuelto a un estado de gilipollismo que creíamos superado.



Nos hemos «enredado» en las redes sentimentales, y eso nos hace sentir estupendamente. No queremos despertar y comprobar que hemos perdido el norte o, lo que es peor, que estamos --como se suele decir-- enganchados; y hace tiempo que no somos capaces de controlar nuestra adicción. ¿Qué hacemos en las redes sociales? ¿En qué consiste «estar» en las redes sociales? Después de completar nuestro perfil finaliza la etapa «creativa» y nuestra aportación como individuos. Ya hemos vendido nuestros datos, aunque hemos mentido para parecer más interesantes; a partir de ese momento todo consistirá en pulsar el icono de la aplicación y deslizar el dedo por la pantalla para que desfilen ante nuestra mirada imágenes y noticias de un impacto decreciente a medida que pasamos el tiempo conectados. Lo hacemos mientras viajamos en transporte público, en el aparte aburrido de una reunión entre amigos, en el trabajo, mientras nuestros hijos juegan, mientras nos hablan. Los algoritmos aprenden nuestras preferencias e intereses y afinan sus propuestas de contenido: al final lo hacen tan bien que todo nos parece idéntico y aburrido. A partir de ese momento, a esos estímulos discontinuos les concedemos una misma mínima atención, ya sólo nos detendremos ante lo extremo, lo insólito, lo divertido, lo exagerado, lo siempre breve. Nuestro sentidos funcionan así: hay que incrementar la dosis para que podamos reaccionar como la primera vez. Prácticamente no interactuamos a base de «Me gusta», no sirve para nada, sólo para exponernos aún más ante los algoritmos. Pasan cinco minutos. Nos interrumpen. Nos reclaman. Salimos de la aplicación. Pasa un rato, otro hueco, otro tiempo muerto. Es casi un acto reflejo. Volvemos a empezar. Prácticamente lo mismo, sin apenas modificaciones en la pauta. Cambio de aplicación. Idéntico comportamiento. No aportamos nada, no obtenemos apenas nada. El imparable descenso de los contenidos de particulares en las redes sentimentales es el mejor indicador del aburrimiento que experimentamos. Cuando nuestra actividad era alta quedaba en segundo plano el verdadero objetivo: pasar el máximo tiempo en ellas para extraer patrones de navegación que se puedan vender a anunciantes. Ahí está el negocio y el beneficio estratosférico. Nuestros contenidos son basura, la contrapartida necesaria, el señuelo que nos haga creer que no somos el producto. ¿No estás de acuerdo? Pues le diste 'Aceptar' al contrato sin haber leído la política de privacidad antes de instalar la aplicación. Las redes sentimentales son un negocio. «Este Negocio». Si no te gusta, vete.

Las redes sentimentales han producido impensables efectos secundarios: nos han convertido en una sociedad hipersensibilizada, especialmente con todo lo que tenga que ver con el sufrimiento sobrevenido o considerado injusto. Y no porque lo combatamos activamente, sino porque nos hemos convencido de que podremos eliminarlo de nuestra pantalla (y de la realidad) a base de «Me gusta», compartir o firmar formularios en línea. No hace falta nada más para lograrlo. Nos hemos vuelto ultrasensibles a las monerías de cachorros, a los momentos románticos cuidadosamente planificados, a los dramas sobrevenidos, a las fábulas sobre la pérdida de autenticidad y la falta de contacto humano, a los zascas de madres, a los alegatos ante los poderosos, a los momentos perfectos... Hemos olvidado que todas esas cosas han sido diseñadas, fabricadas y distribuidas buscando nuestra reacción y posicionamiento instintivos, la sorpresa, la exhibición de sentimientos en estado puro y, por encima de todo, los finales felices... El resultado es que aplicamos al mundo real la misma ridícula hipersensibilidad del mundo digital; y así nos va como especie y como sociedad: los derechos de los animales por encima de los de las personas, el bienestar inmediato antes que un porvenir sostenible, la ficción antes que la realidad, el pasado antes que el futuro...

Y así vamos pasando la vida señor juez: intercalando vídeos de gatitos, trompazos increíbles, memes temáticos que sustituyen al calendario y noticias cuyo trasfondo no sabemos interpretar. Definitivamente, la palabra ha perdido la batalla frente a la imagen...


domingo, 22 de abril de 2018

Complejidad artificial vs. improvisación natural

«El optimismo da por hecho que, antes o después, todo irá a mejor automáticamente. La esperanza no se hace tantas ilusiones» (Charles J. Chaput, Extranjeros en tierra extraña, 2017).

Empiezo copiando lo que escribí en febrero de 2007 al iniciar la serie Nuevo Positivismo Digital: un automóvil jamás podrá captar la idea de que es necesario no chocar con otros automóviles o con obstáculos cuando circule; y que por mucho o muy bien que haya sido conducido, tampoco llegará a aprender ni siquiera los trayectos más habituales de su propietario (Douglas Hofstadter: Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle, 1979).

La Inteligencia Artificial (AI, por sus siglas en inglés) se considera hoy un logro definitivo fruto de la evolución tecnológica, la culminación de un anhelo que la ciencia ficción llevaba décadas imaginando y que ahora esta generación ha convertido por fin en realidad. Lo cierto es que la AI no es más que una nueva vuelta de tuerca en la sofisticación de las instrucciones que reciben las computadoras; la diferencia con lo que hacían otros programadores hace diez años es la inmensa complejidad y extensión que alcanza el código de determinadas aplicaciones, favorecidas por el crecimiento exponencial de la capacidad de proceso, el abaratamiento del hardware y la consolidación de las comunicaciones digitales. De pronto, los divulgadores científicos, las empresas y los gurús dan por completado un ciclo y declaran inaugurado otro radicalmente nuevo y mejor: donde antes había código ahora hay «inteligencia», una entidad abstracta que alguien ha puesto ahí, que aprende sola y reacciona ante determinados imprevistos. La tentación de considerar algo así como dotado de juicio y/o razón es demasiado fuerte.

Las líneas de código de toda la vida han dado un salto cualitativo y se han convertido en algoritmos, una especie de protoconciencia que sintetiza información, toma decisiones y hace predicciones. Toda innovación de moda tiene detrás un algoritmo, y cada vez más se adentran en ámbitos y sectores que parecían cotos exclusivos del ser humano: el blockchain, buscadores, asistentes, modelos de predicción... Los algoritmos necesitan mucha información para funcionar y tomar decisiones: buscan y almacenan toda la que pueden de su entorno de ejecución, la ordenan, la categorizan, la cruzan y la proyectan antes de ofrecer un resultado. Y en esa información va incluido, por supuesto, nuestro comportamiento virtual y real: datos de navegación, compras, búsquedas, preferencias... Podría pensarse que finalmente las máquinas se van a hacer cargo de las tareas más fastidiosas y aburridas, que nos van a suministrar todo mascado, listo para consumir sin esfuerzo acríticamente. Sin embargo, la AI está velando sus armas en mercados donde el retorno de la inversión es incuestionable; lo que aún está por demostrar es si esas aplicaciones están a la altura de las inteligencias naturales que las programaron:

1.-Desde el siglo XIX la santísima trinidad del primer capitalismo era «Tierra, Trabajo y Capital»; y a pesar de que Marx nos hizo comprender que íbamos directos al abismo por culpa de la táctica suicida de la acumulación primitiva (la expropiación de los medios de subsistencia para reintroducirlos en el mercado, transformados en mercancía) el modelo acabó imponiéndose por méritos. Este proceso de privatización forzosa acabó hace más de un siglo con el modo de vida agrario y la economía primitiva de las colonias de ultramar, favoreciendo la acumulación de capital que financió la industrialización. No es que la acumulación primitiva sea una condición necesaria para la consolidación del capitalismo, pero sí suficiente para el que emergió en la Europa del XIX.



A comienzos del siglo XXI, estamos experimentando los primeros efectos de un segundo proceso de acumulación: esta vez es la industrialización del siglo XX la que ha financiado la Nueva Economía. Esta economía basada en el conocimiento está acabando con las iniciativas locales y las políticas folk. No lo digo yo, lo dicen Alex Williams y Nick Srnicek en el libro Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo (2017). La Nueva Economía ha empezado por delegar en los algoritmos las decisiones de compraventa de valores bursátiles, y aunque parece que funcionan razonablemente bien, ya se han producido algunos episodios inquietantes: en febrero de 2018, en la Bolsa de Nueva York, se desató el pánico a partir de una serie de órdenes de venta automáticamente compulsivas que provocó un descenso del índice de 1.600 puntos. No era la primera vez: en mayo de 2010 sucedió algo muy parecido. Las causas exactas de estas reacciones en cadena siguen sin conocerse, pero todo apunta a que las minuciosas instrucciones dadas a los robots no son lo suficientemente complejas como para considerarse, no ya inteligentes, sino «humanas». «Esperemos que dejar en manos de algoritmos las órdenes de venta en los mercados no acabe como Skynet en 'Terminator'». No lo digo yo, lo dice Jorge Marirrodriga en su artículo Los robots que no tiran bombas pero juegan en la Bolsa (2018).

2.-La AI también se ha consolidado en plataformas de opinión virtual como Twitter, Instagram o Facebook: el objetivo es conseguir que el usuario/consumidor pase el máximo tiempo posible conectado a las redes a la caza de descargas de dopamina en forma de «Me gusta», cuantas más, mejor. Y si proceden de personas cercanas y/o conocidas, aún más. No lo digo yo, lo afirma Sean Parker, creador de Napster y uno de los inventores --junto con Mark Zuckerberg y Kevin Systrom-- de esta nueva droga de diseño, capaz de elevar nuestro nivel de narcisismo hasta convertirlo en una sustancia tóxica, incluso letal.

Estas mismas plataformas, además, suponen un medio ambiente tecnosocial idóneo para la proliferación de bots, auténticos ejércitos de perfiles falsos, creados de forma semiautomática, agazapados en la sombra, a la espera de ser activados por su propietario para favorecer estados de opinión interesados. Estos bots son la solución darwiniana a que ha dado lugar el desinterés por la seguridad en la creación de cuentas de las principales plataformas sociales. No se utilizan para dar a conocer iniciativas sin ánimo de lucro, fomentar la solidaridad o transmitir valores cívicos, sino para propagar toda clase de informaciones abrumadoramente falsas y tendenciosas, así como noticias completamente lunáticas que la gente toma por ciertas por el mero hecho de tener muchos «Me gusta». Esa misma gente, después, se extraña de que los medios tradicionales no se hagan eco de esas mismas informaciones y entran en modo conspiranoide total (se autoconvencen de que les están escamoteando la verdad). No estamos ante un descubrimiento primordial, sino ante una reacción humana que se estudia en primero de sicología en todas las universidades del planeta. No lo digo yo, lo dice Christopher Wylie, un brillante cerebro y, al parecer, uno de los seres humanos incompletos que estaba detrás de los algoritmos de Cambridge Analytica, la empresa que generó toda clase de interferencias informativas en campañas como el Brexit, las presidenciales de EE UU de 2017, el referéndum de independencia catalán o la guerra de Siria. Este uso de la AI no es el fruto de un experimento que acaba mal, se desmanda o produce resultados imprevistos, sino que detrás hay políticos y empresas que lo han financiado porque obtienen un beneficio directo: a los primeros porque anhelan por encima de todo una opinión pública permanentemente favorable que les reporte votos; a las segundas porque buscan mantener una reputación intachable para sus marcas que no afecte a los ingresos, y que eso no tenga nada que ver con sus decisiones y con su gestión económica. El resultado de esta manipulación es que nos estamos convirtiendo en unos narcisistas conspiranoides gracias a la dopamina, las redes sociales --las mismas que, al nacer, aseguraron que iban a cohesionarnos como grupo y a hacernos la vida más agradable-- y nuestra nefasta costumbre de informarnos exclusivamente a través de ellas.

3.-La AI toca fondo con los deepfake: algoritmos capaces de superponer rostros (de famosas sobre todo) en vídeos pornográficos (podría hacerse con cualquier tipo de vídeo, pero se prioriza el género que mejores ingresos colaterales podrá proporcionar). Han proliferado tantas aplicaciones gratuitas y al alcance de cualquiera que Twitter, Reddit y Pornhub han tenido que prohibirlos.

4.-Incluso cuando el objetivo es loable y aparentemente inocuo, la AI obtiene resultados inesperados y desmitificadores: un algoritmo antiplagios ha sido capaz de detectar posibles fuentes de inspiración en escritores intocables como Shakespeare. Es bueno que podamos desmitificar o contextualizar el trabajo de ciertos artistas, lo triste es tener que utilizar la AI para detectar plagios en ensayos, tesis, conferencias y toda clase de publicaciones universitarias.

No sería la primera vez que de políticas y proyectos sociales bienintencionados surgen efectos indeseables no previstos: en Suecia, décadas de socialdemocracia dieron lugar a un Estado que logró sustituir el papel protector de la familia y de los allegados, todo con el objetivo de erradicar la pobreza y hacerse cargo de los más vulnerables. ¿El resultado? Una de las tasas de suicido más elevadas del mundo y una plaga de soledad que costará generaciones revertir. No lo digo yo, lo explica Erik Gandini en el documental La teoría sueca del amor. El secreto de la felicidad (2015).

Queremos que los algoritmos hagan todo por nosotros: porque somos unos perezosos congénitos, porque nos aterra la incertidumbre y buscamos seguridades a cualquier precio, porque ofrecer ambas cosas al usuario/consumidor es garantía de beneficios económicos y porque se puede hacer con recursos amortizables y patentables. El problema es que, a medida que las instrucciones que volcamos en los programas se hacen más y más complejas ahondamos en el uso miserable más que probable que vamos a hacer de ellos: drones de rastreo (capaces de vigilar a una persona sin que se entere), sistemas que buscan y explotan vulnerabilidades en otros sistemas, generación de audio y vídeo de forma autónoma... Es el incremento exponencial de la complejidad de las instrucciones lo que nos lleva a confundir los resultados que proporcionan los algoritmos con un comportamiento inteligente, cuando lo cierto es que no pasa de ser altamente sofisticado. Y es que, como dice Ángel Luis Sucasas, «La inteligencia artificial no va a ser más inteligente que nosotros». A veces olvidamos que los ordenadores procesan información, que no saben (ni pueden) situarse fuera del código que los mantiene en funcionamiento ni reescribirse para corregir errores o adquirir nuevas capacidades. Décadas de progreso aparente para desembocar otra vez en la paradoja del vehículo (¿inteligente?) de Douglas Hofstadter...


sábado, 11 de noviembre de 2017

Historia contemporánea del deseo humano


«Hemos detenido la selección natural desde el momento en que somos capaces de criar a entre el 95 y el 99% de los bebés que nacen» David Attenborough.

«La pereza es connatural al ser humano. Si no fuera por nuestra imperiosa necesidad de procurarnos alimento y refugio no nos moveríamos del lugar donde caemos al nacer. Sólo el instinto de supervivencia está por encima de la pereza. Pero resulta que, gracias a la ciencia, a la tecnología y a nuestra peculiar forma de complicarnos la vida hemos conseguido eliminar casi todo el esfuerzo que suponía la búsqueda de alimento y seguridad, las dos actividades que, desde hace al menos diez milenios, han llenado casi en exclusiva nuestro tiempo de vida. Es más, hemos hecho tan bien lo de garantizarnos alimento y seguridad que estamos llegando a un punto en el que los satisfacemos en exceso. Nos sobra alimento (nos procuramos más del que podemos consumir, impidiendo de paso un mejor reparto y fomentando el desperdicio) y seguridad (nos protegemos contra amenazas poco probables o inexistentes). Gracias a estos dos excesos básicos la pereza vuelve a señorearse como instinto humano por excelencia. Por fortuna esa misma sociedad compleja que produce la enfermedad del exceso nos proporciona el antídoto que evitará que nos convirtamos en los seres ultraperezosos que augura Wall·E. Batallón de limpieza (2008) de Andrew Stanton. Tenemos a nuestra disposición dos buenas alternativas para relegar la pereza al lugar que ocupaba en nuestra lista mientras correteábamos por la sabana: el ocio y el deseo, expresados ambos en el sentido más amplio que quepa imaginar. Resueltos los problemas de alimento y seguridad, estos dos estímulos son los únicos que nos sacan de casa. Exposiciones, conciertos, gastronomía, actividades, deseos materiales, sensuales, sensoriales, adquisitivos y, por supuesto, sexuales. La cultura ha hecho un esfuerzo ingente por modificar nuestra configuración de fábrica, y cuando finalmente lo ha logrado el resultado ha sido espectacular, superando con creces el umbral de subsistencia y de incertidumbre que nos atemorizó durante milenios como animales y como homínidos. Lo que no ha podido modificar la cultura es nuestro funcionamiento a base de pulsiones, de reacciones instintivas, las acciones irreflexivas, la gratificación inmediata y egoísta. Todo esto se mantiene intacto. Y, ahora, eliminados de la ecuación el refugio y la seguridad, gracias a la tecnología y a la complejidad de nuestros sistemas sociales, rendimos vasallaje a dos sucedáneos igualmente adictivos. El deseo es el principal combustible del estado de cultura, con él llenamos el tiempo que hemos liberado al garantizarnos un excedente de alimento y de seguridad. La pereza, mientras tanto, sigue agazapada, a la espera de su oportunidad en cuanto nuevos usos y costumbres nos garanticen excedentes de ocio y deseo. Y de sexo».

Numerosas señales parecen indicar que estamos en el buen camino, en los comienzos de la era en la que tendremos garantizado el ocio, el deseo y el sexo por el mero hecho de ser actividades excedentarias, como sucedió con el alimento y con la seguridad. Es cuestión de tiempo. Y aunque parezca un contrasentido, la que lo tiene más fácil para lograrlo es el sexo. Cuanto más simple es el estímulo más sencillo es colmarlo. Hagamos un rápido repaso...

Los expertos no se acaban de poner de acuerdo en las formas y técnicas de la socialización del sexo; especialmente en lo relativo al umbral de tolerancia admitido a la hora de forzar las normas para frotarnos los cuerpos y procurarnos un orgasmo sin consecuencias hasta que el amanecer nos separe. En corto y claro: ligar con el objetivo nunca explícitamente declarado de obtener sexo sin compromiso; un arte que busca exactamente lo contrario de lo que dicta la ética social mayoritaria, pensada para armonizarse con la reproducción, la crianza de los hijos, el decoro y la mojigatería. Eso sí, al menos existe un consenso básico sobre las principales etapas en una supuesta Historia contemporánea del deseo humano, que serían tres:

1. Desde que a comienzos del siglo XX se consolidó el estilo de vida urbano y se debilitó la familia extensa agraria como organización familiar prioritaria, la socialización básica --incluida la sexual-- se articulaba en grupos de edad (un hecho al que sin duda contribuyó desde mucho antes la enseñanza en clases con alumnos de la misma edad desde mediados del siglo XVIII). Tras una primera mitad de siglo convulsa en matanzas y revoluciones, finalmente, en los años sesenta y setenta del siglo XX, se puede decir que estaban más que establecidos los roles, hitos y situaciones que marcaban la socialización del sexo juvenil: salir en pandillas, buscarse la vida para entrar a las mujeres ajenas al grupo, emparejarse, aprender sobre la marcha lo relativo al sexo, encontrar nuevos ídolos y rituales de afirmación, cuestionar las normas paternas... Aun así, todo esto seguía siendo compatible con el proceso de socialización para la vida adulta, ya que se asumía que todo esto no era más que una fase preparatoria, un desbravarse, algo que se abandonaba en el tránsito a la madurez y que recibía todo el apoyo del complejo machista-patriarcal. Entrar a las chicas para sobarlas y divertirse un rato con ellas se consideraba que curtía la personalidad y daba a los muchachos la clase de seguridad que iban a necesitar después como padres de familia y trabajadores. La literatura y el cine forjaron durante décadas una filosofía y una estética que servía a la vez de modelo, expresión y extensión de nuevas fronteras. Hasta que novelas como En el camino (1957), películas como Picnic (1955) o Rebelde sin causa (1955) supusieron un vuelco en cuanto a la caracterización de la juventud, retratada por primera vez desde el malestar de los inadaptados que no se amoldaban al esquema tradicional mayoritario (por las razones que fueran, tanto chicos como chicas). El modelo pandillero había iniciado su decadencia, aunque se siguió practicando hasta bien entrados los ochenta en numerosas zonas del planeta.

2. Esos raritos/as inadaptados/as que no se enfrentan a sus padres, que están más a gusto en su habitación leyendo y escuchando música (nunca éxitos comerciales), que poseen un gran mundo interior y una gran sensibilidad y timidez, esos chicos y chicas poco a poco hicieron de su dificultad para encajar en el modelo pandillero su principal seña de identidad, hasta que la masa crítica acumulada hizo que, a comienzos de los ochenta, se dotaran de una etiqueta que les representara socialmente: indies. El/la indie ya no responde a las pulsiones sexuales pandilleras ni entra en el juego de los sexos a base de labia, postureo y exhibición de hormonas. Su imagen transpira languidez soñadora, misterio y melancolía, con un look normativo inspirado en función de la generación y la moda cultural: Nico, Hope Sandoval (Mazzy Star), Christina Rosenvinge, Leonor Watling, Zooey Deschanel, Russian Red (todas ellas iconos indies en su momento, antes de acabar siendo madres o adultas desplazadas por otras indies más jóvenes). Como señala Victor Lenore, el indie huye de las pandillas porque detesta la competición y fundirse en la masa; por encima de todo desea individualizarse. Una vez aceptado este principio, toda su ética, costumbres, filias y fobias deben reorganizarse a su alrededor, especialmente la socialización básica de propósito sexual. El indie ya no se identifica con esas técnicas más o menos exageradas y/o ridículas de los abusones y matones de las pandillas, sino que liga por sublimación mutua. El indie, por definición, padece aversión a la comunicación directa, le produce sonrojo y, por eso, reacciona con un distanciamiento irónico a modo de coraza con la que trata de ocultar sus carencias y verdaderos deseos. Desde entonces las relaciones sexuales, además de imponerse como modelo para la literatura y el cine, se amoldaron a patrones de reconocimiento individual en lugar de jerarquías y roles como antes: tanto él como ella debían encontrarse (normalmente en un cute incident) y descubrir sin presiones su afinidad de carácter, de inadaptación, de deseos, de gustos musicales... Odiar y ridiculizar el entorno social mayoritario es su pauta básica de reafirmación del deseo. Filmes como Extraños en el paraíso (1984), El club de los cinco (1985), Terciopelo azul (1986), las novelas de Roberto Bolaño o la música --la principal fuente de inspiración de los deseos más íntimos del indie-- retratan esa aproximación desde la periferia al fenómeno de la socialización sexual y cultural de los jóvenes, con frecuencia mediante una caracterización solemne y traumática de las relaciones sexuales y de las dificultades para encontrar el amor, madurar y/o aceptar a los demás sabiendo que no son tan inteligentes, sensibles y especialitos como uno mismo.

3. La tercera etapa apenas es un esbozo, pero apunta cambios importantes gracias a una extraña conjunción de factores: secuelas no previstas en la digestión social de la tecnología, vidas en permanente conexión/exhibición, poder decir de todo a todo el mundo sin tener nada interesante que decir, convencimiento autoinducido de que todas estas cosas las tenemos bajo control. El indie se convirtió en hacker nada más descubrir que podía quedarse en casa (ahora ya no vive en la habitación de casa de sus padres) y obtener todo lo necesario para vivir desde allí: víveres, ropa, información, entretenimiento comercial, ocio refinado y, de paso, procurarse todos los orgasmos que hicieran falta. La sexualidad interpersonal está experimentando un declive, y los expertos lo achacan a la distracción constante que propone la tecnología. Los adolescentes se han convertido en vampiros que renuncian al sueño porque prefieren pasar la noche usando aplicaciones sociales gracias a las tarifas planas de sus padres (los cuales no hemos parado hasta conseguir llamadas gratis e ilimitadas por culpa de la vergüenza que pasamos al tener que hablar con el novio o la novia desde el comedor, con la familia delante y los padres haciendo gestos y poniendo caras raras porque la llamada iba a salir muy cara). Por descontado, el cine y la literatura (retro)alimentan y ahondan en la descripción de un mundo hipercomplejo e hipofuncional plagado de seres que conviven en una soledad adosada: Neuromante (1984), Hijos de los hombres (la novela de 1992 y la película de 2006), Ghost in the shell (1989), Cosmópolis (la novela de 2003 y la película de 2012). Las nuevas generaciones se aplican el romanticismo de ficción como si fuera crema hidratante, encajando en este esquema --a la fuerza si hace falta-- las reacciones de su libido. Mientras gestionan todo ese aluvión de sensaciones, se sientan a esperar que les toque la lotería sentimental, el hito incontrovertible que les abrirá las puertas de esa misma madurez en compañía que han añorado/deseado en la ficción. A los jóvenes de este comienzo de siglo no les gusta especialmente la soledad, pero la prefieren si la otra opción es convivir con un extraño; también odian descubrir de pronto que han malgastado su tiempo con alguien que no valía la pena, pero por encima de todo temen perder el control de sus vidas --ya sea por azar o por error-- o dejar pasar su sueño por estar distraídos o entregados a cosas poco importantes.

Siempre creímos que la demografía era el problema, que la caída de la natalidad era la más importante de las distorsiones que han introducido el bienestar, la tecnología y la abundancia. Pocos imaginaron que en ese mismo proceso íbamos a modificar nuestra libido de forma tan radical, a preferir estímulos no presenciales. Pensamos que el problema era que si nacían pocos bebés se pondría en riesgo el relevo generacional, pero que eso no tenía nada que ver con nuestro deseo sexual, que se mantendría tal como venía de serie, incluso fortalecido gracias a la liberación de la presión reproductora y la servidumbre del cuidado de la prole. Pero resulta que no, que no sólo nos da palo criar hijos, también en esto hemos sucumbido a la pereza y preferimos que los orgasmos nos los sirvan en casa. Y no porque no nos guste salir a por ellos, sino porque hemos inventado una manera más sencilla, rápida, eficaz y cómoda de obtenerlos sin desgastarnos física y socialmente. Si esta tercera etapa se completa, la siguiente pregunta que deberemos hacernos es: ¿qué nuevo estímulo o necesidad conseguirá sacudirnos la pereza?


martes, 25 de julio de 2017

Ritos pre-bladerunnerianos: Times Square

05/10/2012: Café del Mar

Times Square es, al igual que la isla de Ibiza y otros lugares muy concretos del planeta, una expresión de la modernidad, un laboratorio del futuro, un avance de la sociedad que se nos avecina. El aspecto de este privilegiado enclave neoyorquino a comienzos de este siglo XXI --tras la decadencia de los años ochenta-- parece haber sido diseñado para responder expresamente a una inspiración basada en la película Blade runner (1982), pero limitada y condensada en una superficie infinitamente menor (en la película se suponía que toda la ciudad de Los Angeles --y prácticamente todo el Occidente más avanzado-- era así), no sé si conscientemente o no llevada a la atrofia escenográfica por medio del cruce de la tecnología y la masificación humana.

A Times Square la gente acude como las polillas a la luz: por un instinto inexplicable e irrefrenable; en ella se arremolinan individuos de todas las partes del planeta por el puro placer de sentirse parte de algo que intuyen pero pocos sabrían expresar: quizá la sensación --inducida por infinidad de textos, películas, fotos y conversaciones-- de hallarse en el centro de la modernidad, de una mínima pero intensa recreación de la sociedad avanzada que queremos ser. Puede que la mera satisfacción de pisar el centro conceptual de algo. Todo recién llegado se ve impelido a autofotografiarse (solo o en grupo), dejando ver claramente la ubicación desde la que se emitirá el documento gráfico en cuanto se haga. Y no lo hacen únicamente para tener una prueba de su visita (como cualquier turista analógico), sino para sentirse y compartir con los que no están allí --ambas acciones son ya casi simultáneas gracias a las redes sociales-- su momentánea adhesión al principal centro de producción de presente continuo de nuestra civilización, su comunión social con un agregado de personas que no representan ni identifican a nada ni a nadie pero ocupan en ese instante el espacio sagrado al que todos miran y aspiran a acceder. Mientras estás en Times Square existes, eres puro presente.

Times Square es casi lo contrario a Ibiza: el lugar está abarrotado, pero no hay suciedad, no se hace botellón (ni espontáneo ni dirigido), no hay pulsión ni desenfreno sensual primitivo y desordenado. Como todos están mirando nadie se toca. Es un tumulto extremadamente civilizado en el que, por encima de todo, quedan claros los límites de los individuos que lo componen. Porque no se trata de un grupo, sino de un agregado de individuos. Ibiza, en cambio, es suciedad, alcohol, estimulación sensorial extrema, imperio del deseo... Una reserva de instintos aparentemente adormecidos o domesticados por el progreso.

A pesar de todo, en Times Square, se genera un relato, y la gente parece conocerlo, aunque sólo sea de una manera parcial. Un relato con el que ciertamente ganamos algo: nuestras imágenes tomadas en la plaza, desde ese centro del mundo, mantienen intacto su valor durante mucho tiempo. Es el deseo de perdurar, incluso por encima del presente continuo que representa Times Square; por eso peregrinamos hasta allí, para dejar constancia gráfica de un fragmento de existencia; para a continuación disolvernos en todas direcciones, sabiendo que al menos, durante unos breves momentos, hemos sido observados con envidia por esas mismas personas a las que enviamos compulsivamente nuestras imágenes. Esa pulsión narcisista, la misma que alimenta y sostiene las redes sociales, no es más que una manifestación de nuestro deseo de brillar, aunque sólo sea como una lágrima en la lluvia...

Sin embargo, casi nada sucede en Times Square: la única actividad real la proporcionan las tiendas de las multinacionales globales que rodean el recinto, las únicas que en verdad monetizan toda esa inmaterialidad que inunda a los visitantes; también los propietarios de las pantallas que iluminan la plaza día y noche. Pero la gente, los que están de paso y a pesar de eso creen ser los auténticos productores de realidad y de vanguardia por el mero hecho de existir allí, esos, no aportan nada. Se limitan a ocupar un espacio, a mirarlo, a retratarlo y a consumir, exactamente como haría cualquier turista en cualquier otro lugar del mundo. En realidad no somos tan diferentes de aquellos que no están en Times Square compartiendo ese instante con nosotros, pero hay algo en ese lugar que nos impulsa a creer que sí lo somos. Todos miran, se miran, parecen esperar una revelación (individual o colectiva) que no se acaba de producir; y mientras tanto la expectación crece en nuestro interior, nos agitamos, nos expresamos, consumimos... Basta decir que quien diseñó las gradas que hay sobre las taquillas TKTS era un genio o la gente ha encontrado por casualidad el uso que mejor se aviene con este espacio efímero por excelencia: un lugar desde el que contemplar Times Square como si fuera una pantalla táctil, deslizando el dedo para revisar el catálogo inacabable de historias individuales que se abre ante nosotros. Un lugar en el que se cumple a rajatabla el apotegma godardiano: contemplar y contemplarse contemplando.


sábado, 25 de marzo de 2017

El declive de la sexualidad humana

«En nuestra cultura, se comete con cierta frecuencia el error de identificar lo natural con lo deseable. Esto sucede cuando se habla de la alimentación o los tratamientos médicos, pero también con algo tan delicado como nuestro comportamiento sexual. Este sesgo lleva en ocasiones a buscar en la naturaleza ejemplos que doten de legitimidad a determinadas posturas ideológicas. Es el caso del uso de los chimpancés o los bonobos como referencia sobre lo que debió ser en su origen la sexualidad humana. Estas dos especies animales son las que, evolutivamente, se encuentran más cerca de nosotros. Los primeros viven en sociedades controladas por los machos y son mucho más violentos, también en el sexo. En el caso de los segundos, son las hembras las que se asocian entre sí para controlar los grupos, sus niveles de violencia son mucho menores y el sexo es una herramienta más para reforzar lazos […] El origen de los conflictos entre sexos se encuentra en la aparición del sexo mismo. La existencia de células grandes y caras de producir, como los óvulos, y otras mucho más abundantes y baratas, como los espermatozoides, generó estrategias diferentes entre los sexos. Los individuos que generan el primer tipo de células suelen tener la ventaja de que se reproducen con mayor frecuencia, pero también pueden ser víctimas de las tácticas agresivas de (casi siempre) los machos, que deben superar una competición mucho más intensa si quieren transmitir sus genes».

Daniel Mediavilla: La incómoda historia de la violencia entre sexos (2017)

Un espectro recorre el mundo tecnológicamente desarrollado y demográficamente estancado: el sexo, la actividad humana que parecía imposible de virtualizar (por razones a priori obvias), el último imperio de los sentidos, que parece haber desembocado en un callejón sin salida evolutivo. Como función ligada a la reproducción hace tiempo que dejó de ser un monopolio, y ya son varias generaciones las que han crecido desde entonces disociando por completo ambos conceptos. La evolución de las costumbres y el desarrollo científico ofrecen alternativas viables y plausibles: no es solamente que la fecundación y la gestación puedan ser artificiales, subrogadas o contratadas, es que la misma carga genética del feto podrá ser, en breve, elegida a la carta por los progenitores. La excusa actual para no hacer libremente esto último es que solo se empleará para evitar enfermedades hereditarias o tendencias estadísticamente preocupantes, pero lo cierto es que ya hay una legión de padres y madres suspirando y dispuestos a pagar lo que sea por escoger el sexo, el color de los ojos o del pelo de sus hijos. Y ya puestos, que sean muy altos, que no tengan el gen de la obesidad... Va a pasar.

El único y definitivo atractivo de la reproducción es la inexplicable pulsión que nos lleva, tarde o temprano, a querer transmitir nuestra herencia genética (y también nuestro estilo de vida y opiniones sobre cualquier cosa); sin duda es un deseo de trascendencia arraigado en lo más profundo de nuestro córtex reptiliano, lo que hace que sea difícilmente extirpable y/o modificable. La cosa es que una gran mayoría, en un momento u otro de nuestra existencia, decidimos voluntariamente ser padres o madres, y si no queremos/podemos apañárnoslas con el método más natural, placentero y barato, echamos mano a alternativas igualmente válidas y fiables. Lo cierto es que --como especie-- si una parte de la humanidad no puede reproducirse de modo natural no es ningún drama, ya que somos suficientes sobre el planeta como para garantizar el relevo generacional (de hecho estamos por encima de la tasa ideal de proliferación respecto a los recursos disponibles); pero claro, cada individuo quiere experimentar la paternidad/maternidad individualmente, no es algo que prefiramos delegar en la especie, así que este argumento tan racional no cuenta demasiado. En la práctica --como modelo de negocio-- tratamos cada caso individual como si fuera nuestra última oportunidad como especie para sobrevivir, porque somos irrepetibles y tenemos una única vida. Es un derroche admirable, encomiable y generoso en el que a veces se ignoran o se minimizan las secuelas de quienes lo padecen.

Sin embargo, de lo que sucede justo después de parir apenas se dice nada. ¿Qué pasa cuando finalmente hemos conseguido hacernos responsables de un nuevo ser humano que nos sobrevivirá? ¿Está su sustento diario garantizado? ¿Nos hemos planteado cuidadosamente su educación o más bien improvisamos sobre la marcha? Hay una ingente cantidad de literatura sobre este parte del proceso (criar hijos requiere un esfuerzo que puede llegar a hipotecar una vida), y aunque el derroche de recursos de la crianza es infinitamente superior al de la concepción y gestación, los errores y carencias en este proceso no nos sorprenden o indignan tanto como ciertas capacidades y logros de la ciencia en el ámbito de la reproducción asistida. Si sólo nos fijamos en la cantidad de recursos invertidos en una u otra, está claro que nos obsesiona el nanosegundo en que se transmite nuestro ADN durante la fecundación y nos la trae al pairo todo lo que viene después.

Somos seres adaptativos, en eso no nos diferenciamos del resto de animales de planeta, así que antes que rebelarnos racionalmente ante esta paradoja, preferimos modificar lo que haga falta en nuestras vidas para que nuestra existencia (única y finita, cada vez somos más conscientes de ello) sea lo más placentera y segura. Y lo hacemos pensando que en realidad se trata de cambios mínimos que no afectarán a lo esencial de nuestra identidad o de nuestra convivencia como grupo. Pero luego pasan tres generaciones y resulta que ya no nos reconocemos ni en la vida ni en el mundo que nos legaron nuestros abuelos; sí, hemos cambiado, pero solo nos damos cuenta con la suficiente perspectiva. Durante nuestro tiempo de vida no solemos detectar las alteraciones que vamos introduciendo a largo plazo, ya que únicamente actuamos según dos principios básicos e inapelables: aumentar nuestra longevidad al máximo y la ley del mínimo esfuerzo; y el poscapitalismo, que lo ha comprendido hace tiempo, explota ambos a conciencia. Por tanto, es poco probable que una mayoría humana priorize actuar como especie porque estamos demasiado ocupados en vivir el máximo con el mínimo imprescindible. Como mucho, podemos deducir un horizonte de sucesos para un futuro a medio plazo a partir de algunos síntomas demográficos y de comportamiento:

1. La demografía en Japón (una de las sociedades más avanzadas del planeta) está entrando en una fase donde el descenso de la natalidad es estructural, y los enormes costes de la crianza hacen que la tasa de crecimiento sea negativa.

2. Esta involución interfiere con una longevidad (en esa mayoría que no se reproduce) inédita en la historia humana: en Japón, más de 65.000 personas tienen más de 100 años y poseen una aceptable calidad de vida.

3. A estas dos tendencias se añaden algunas disfuncionalidades sobrevenidas tras décadas de obsesión por el bienestar y la seguridad, como los cocooning (el palabro positivamente correcto de este fenómeno es el nesting) o los vírgenes.

¿El resultado? Una juventud en recesión, sometida por una mayoría envejecida que acapara los recursos hasta su muerte, una juventud criada en la abundancia que subsiste con lo justo, con todas las comodidades proporcionadas por sus progenitores, llega a la conclusión de que el sexo es una complicación, un esfuerzo vital que no compensa, una pulsión ancestral que conviene domesticar. Esta generación concibe el sexo como una estrategia que dilapida energía y costes (la búsqueda, el cortejo, el apareamiento, la crianza), un estilo de vida que desgasta y acorta la vida; ante esto reaccionan con una lógica darwiniana: renunciando a él, posponiéndolo hasta el infinito, domesticándolo (con o sin esfuerzo, con o sin alternativas) y reconduciendo la energía que ahorran en gratificación inmediata y personal. Es difícil argumentar en contra.

La eclosión de toda clase de servicios relacionados con el sexo artificial/virtual (aparte del de pago de toda la vida) les ha acabado de convencer: ¿para qué apostar por una relación monógama, abocada a la crianza agotadora, si podemos disfrutar del sexo a demanda, sin responsabilidades, en las dosis deseadas, aséptico y sin consecuencias? Los más audaces van un paso más allá: ¿para qué dedicar tiempo y recursos al sexo en general? Mejor renunciar por completo a él y dedicar el tiempo y los recursos liberados a uno mismo. En Japón cada vez más hombres (jóvenes, pero también adultos) renuncian voluntariamente al sexo, son los llamados herbívoros: lo hacen porque en su balance de coste/beneficio encuentran que sufren menos, que viven más y mejor y tienen más tiempo para su ocio (se satisfacen los dos principios básicos). Es más, un 45% de matrimonios admite que funciona sin sexo: por cansancio, por simplificar la vida diaria, por falta de deseo... La cosa es que, teniendo acceso a él, prefieren no practicarlo. Y no es que hayamos querido alcanzar este paradójico estado de cosas (beneficios individuales/pérdidas colectivas) para fastidiar, es que el agregado de individualidades en que se ha convertido nuestra especie no deja apenas espacio para nuestro comportamiento como grupo social, basado en consensos.

Nada indica que vayamos a ser capaces de modificar el rumbo de los acontecimientos: los medios, las redes sociales, los servicios personalizados, no dejan de proponer alternativas, sugerencias y opciones para aumentar el placer, mejorar las prácticas sexuales y fomentar la práctica sexual tradicional; y sin embargo pocos son los que admiten tener tiempo y ganas para ponerlas en práctica. Lo que triunfa, en cambio, es el sexo mediante pantallas interpuestas, con cachivaches de todo tipo o apuntarse al ASMR (una excitación puramente sensorial de la parte más primitiva de ese mismo córtex reptiliano que un día fue nuestro cerebro). El ASMR lo practica gente que no quiere, puede o sabe nada de intercambios físicos de toda la vida, que engrosan su vanidad asegurando que se trata de «orgasmos cerebrales», un absurdo eufemismo que pretende demostrar que han encontrado la alternativa definitiva al acto sexual en algo más evolucionado y gratificante que el placer sexual. En realidad, el ASMR es lo más parecido a la sublimación de los sentidos freudiana, esa misma que exhibían orgullosos los burgueses decimonónicos de buena familia que no se comían una rosca y que se las daban de sensibles y aseguraban que el placer artístico era más intenso y mejor que el sexual (aunque luego se aliviaban en burdeles). Auténticos pioneros de la autogestión sublimada que luego extendió la tecnología.

Y así vamos pasando la vida señor juez: inmersos en un discurso ubicuo e irreal que fomenta actividades que propicien encuentros sexuales «presenciales», cuando nuestra realidad diaria está repleta de renuncias y escaqueos. Alguien podría pensar que todo eso se hace para animar a una sociedad apática, quemada, hundida en lo fácil inmediato y que no planifica nada; pero no es verdad: puede que ese discurso se haya especializado y hecho más sofisticado, pero lo cierto es que no ha variado en lo esencial desde más de medio siglo. Un discurso que no sabe/no quiere darse por enterado de los cambios sociales que se están produciendo porque aún no tiene otro distinto que oponer, uno que sea compatible con las nuevas prioridades de la gente, o porque aún no sabe cómo rentabilizarlas... Vivir más está claro que viviremos más, pero se nos hará indudablemente más largo y aburrido. Eso si no encontramos antes la manera de deshacernos o de modificar el córtex reptiliano que llevamos incorporado de serie.


lunes, 23 de enero de 2017

Una sociedad en plena evaporación

1. Google es una agencia de publicidad que finge ser un servicio de búsquedas en internet.

2. Facebook es el medio de comunicación más grande del mundo y sin embargo no necesita generar su contenido: le basta con captar, retener y segmentar audiencias para que otros lo hagan por él.

3. Amazon simula ser un marketplace infinito que teje una red logística global formada por dispositivos domésticos diseñados para pedidos casi automatizados para alimentarlo sin descanso.

El sociólogo Zygmunt Bauman --recientemente fallecido-- definió la modernidad contemporánea como «líquida» (en contraste con la pétrea e inmovilizante ideología social de la era predigital), caracterizada por su naturaleza cambiante, inasible, fugaz, precaria, contradictoria... Lo único que permanece en la moderna ideología social de la era digital es su existencia como una capa social de innovación compuesta siempre por algo nuevo y diferente, contradictorio incluso. Se supone que ese cambio constante es algo puramente adaptativo, fruto de las necesidades del presente, cuando lo cierto es que la mayoría de las veces es una simple respuesta dictada por los requisitos del mercado. En cuanto deja de ser útil se evapora sin dejar rastro y es sustituida por una nueva ideología de la modernidad, que es adoptada casi acríticamente con la misma naturalidad que la anterior a pesar de que lo más probable es que desaparezca igual de rápido que su predecesora.

Bauman sostiene que esta liquidez acaba calando en el comportamiento del individuo: la expresamos en nuestras preferencias cambiantes, en las compras que hacemos, en nuestras opiniones políticas... Somos igual de líquidos que la ideología social que nos mantiene en sociedad, y sin embargo ese pegamento social se compone de mutaciones y vaivenes que no dejan rastro, sin apenas contenido ni duración, y que aun así exhibimos como si nunca nos traicionáramos respecto a los anteriores. No soy un experto en Bauman, pero me parece que también en lo colectivo nuestros actos revelan esa misma ideología líquida: la masa, los tumultos civilizados, se parecen asombrosamente a los principios de la dinámica de fluidos, esa que se basa en las leyes físicas de la conservación. Sus enunciados, sin haber sido formulados para explicar el funcionamiento de la sociedad, ilustran tangencialmente sobre el comportamiento conflictivo a que da lugar la evolución de los sistemas complejos:

1. La conservación de la masa, que afirma que la masa siempre permanece constante en una reacción dada, excepto en las reacciones nucleares, donde hay que tener en cuenta la equivalencia entre masa y energía.
2. La conservación del momento lineal (más conocida como Segunda Ley de Newton), en la que la cantidad de movimiento se mide multiplicando la masa por su velocidad.
3. La conservación de la energía (más conocida como Primera Ley de la Termodinámica), según la cual, en un sistema aislado, la cantidad de energía permanece inalterable a lo largo del tiempo. Aunque luego la Segunda Ley de la Termodinámica se encarga de matizar un poco este enunciado tan optimista: aunque la energía no se pierde sí que se degrada mediante un proceso irreversible (entropía), transformándose en energía también, pero menos aprovechable.

Es curioso cómo estos enunciados --formulados para explicar el comportamiento de partículas y átomos-- pueden explicar, aunque sea por extrapolación, también puede decir algo sobre los grupos humanos. Parece que quieren extender su alcance explicativo, añadir algo que escapa al ámbito específico para el que fueron pensados, expresar una continuidad, una coherencia lógica válida también para el mundo macroscópico. Una hipotética dinámica social de fluidos explicaría nuestra innata tendencia al conservadurismo, nuestras eternas disputas sobre la velocidad de los cambios sociales, la manera correcta de cuantificar pérdidas, derroches y dilapidaciones (inevitables por ley) de toda modificación colectiva (planificada o no); quizá también para predecir la propensión imparable hacia la complejidad de nuestros sistemas organizativos. Puede que la única incógnita que quede por resolver tenga que ver con el contenido de esa realidad social a la que se supone que acceden las sociedades cuando colapsan por exceso de entropía y adquieren un equilibrio termo-organizacional parecido al de las partículas elementales.

Todo esto encaja --o al menos no lo contradice-- con el instinto de conservación como especie (no como individuos) que exhibimos, con nuestra necesidad de obtener seguridades relacionadas con la supervivencia en el tiempo y con nuestra continuidad como grupo. La dinámica social de fluidos como teoría del comportamiento social podría funcionar como una metáfora desconcertante (a veces instructiva) para explicar el agregado de comportamientos y decisiones individuales que colapsan instituciones, ciudades, servicios, espacios, recursos. La misma que podría provocar cambios legislativos en gobiernos que aún tienden al inmovilismo, al comportamiento obsesivamente procedimental y a un elitismo cada vez más ostensible.


sábado, 30 de julio de 2016

El desierto programado (y III)

El desierto programado (I)
El desierto programado (II)

«Los libertarios civiles y los racionalistas que siempre están alerta contra la tiranía han olvidado tener en cuenta el infinito apetito de distracción del hombre».

Nueva visita a un mundo feliz, Aldous Huxley (1958)

Estoy persuadido de que cuatro novelas distópicas con menos de cien años ofrecen un vistazo bastante creíble a nuestro futuro a medio plazo como sociedad compleja, cuatro narraciones de ficción que aciertan parcialmente --tanto por convicción como por casualidad, no pienso entrar en eso-- en algunos detalles de nuestro provenir como especie y como grupo social:

1. Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley se adelanta en 46 años a la idea de la clonación en laboratorios; y también en casi un siglo a la fecundación bajo demanda. Los bebés son encargados con una serie de características (en la novela son más bien rasgos de carácter, no físicos, aunque también), orientadas a la función y al estrato social que ocuparán de adultos en la sociedad (de momento esta selección artificial hoy sólo se contempla para erradicar enfermedades hereditarias. Lo que es seguro es que luego vendrán los padres pastosos con sus caprichos ridículos). Además de especular con un futuro en el que las mujeres han conseguido librarse de la gestación gracias al progreso científico, Un mundo feliz pronostica que la crianza y la educación --mediante técnicas de condicionamiento psicológico nada sutiles (Freud estaba de moda)-- también serán cosa de instituciones ajenas a la familia. En el libro de Huxley, ésta se considera una forma de organización primitiva, un riesgo para la salud; y esa es la razón por la que se han dedicado tantos esfuerzo a erradicarla. Toda esa liberación biológica y socializadora proporciona un tercer beneficio: liberada de ambas cargas, la juventud puede (y debe) entregarse a los placeres sensuales (hoy diríamos a intercambios multi o polisexuales) con ayuda de un sofisticado estimulante farmacológico (el soma, hoy hemos rebasado esa previsión con un amplio catálogo de drogas de diseño). La promiscuidad y el sexo sin garantía de embarazo se consideran una pauta de socialización sana, y quien no la sigue (el protagonista entre otros) es un peligro potencial, alguien que merece ser vigilado o apartado. Hoy en día, los portales y appde contactos garantizan que esto pronto será un estilo de vida --una vez consolidada la disociación entre fecundación y sexo-- que se fomentará en las escuelas; y mantener numerosos intercambios sexuales (simultáneos o secuenciales) será un síntoma de buena salud, un complemento que ayudará a sobrellevar las largas jornadas que requerirá la especializada organización del trabajo. También hoy podemos decir que se ha consolidado un ocio ubicuo y sensorial muy similar al que describe la novela.

2. Hijos de los hombres, tanto la novela original de P. D. James (1992) como la película de Alfonso Cuarón (2006), sobre todo esta última por la importantísima puesta al día en ambientación y anticipación sociocientífica: la acción se sitúa en un mundo en el que --por razones que la ciencia aún no ha descubierto-- hace años que no nacen niños; una premisa genialmente sencilla por su plausibilidad y verosimilitud que nos recuerda lo frágil que es el equilibrio que nos mantiene en este planeta. Normalmente damos por supuesto que las generaciones se sucederán unas a otras de forma natural (en realidad se trata de una suma de decisiones individuales), cuando lo cierto es que un mero cambio de costumbres o una enfermedad desconocida nos pueden llevar, como especie, a un callejón sin salida. Así pues, la población envejece, en menos de un siglo habrán desaparecido todos los humanos, y sin embargo siguen viviendo como si nada, con la secreta esperanza de hallar un remedio a la esterilidad sobrevenida; pero también acumulando graves secuelas psicológicas (aislamiento, atomización de las relaciones, egoísmo, desconfianza) y radicalismos ideológicos (desigualdades económicas, cierre de fronteras, persecución de la inmigración). La humanidad se sabe abocada a una extinción silenciosa y sin violencia, víctima de sus propias contradicciones, sin necesidad de subvertir en lo más mínimo la teoría de la evolución, o las leyes de la termodinámica, y sin recurrir a catástrofes nucleares o conflictos bélicos planetarios. Lo más inquietante de la novela es que retrata lo que será, en unas décadas, si no se invierten los actuales indicadores demográficos, un mundo envejecido; no exactamente sin niños, pero sí donde éstos serán un segmentos descendente de la población. En nuestro mundo real no será por culpa de una pandemia que de pronto vuelva estériles a hombres y mujeres, sino porque no tener descendencia es la mejor estrategia evolutiva para encajar en la sociedad ultraespecializada que nos hemos montado. El libro y la película avisan: retirar una pieza que creemos minúscula puede provocar que toda la estructura se venga abajo sin remedio.

3. La posibilidad de una isla (2005) de Michel Houellebecq especula con un posible futuro para la élite que sobreviva a un planeta inhabitable desde el punto de vista climático y medioambiental: seres humanos aislados en zulos de ocio hipertecnificados que les provee de todo lo necesario sin tener que salir al exterior, clonados desde hace generaciones (no concebidos mediante sexo ni criados en familia) y que se siguen considerando parte del ser humano original cuyo respectivo genoma les sirve de réplica. En esta novela se supone que llegará un punto en que la naturaleza estará tan degradada que la supervivencia de la especie humana sólo será posible gracias a la tecnología, pero no sólo para obtener alimento y aire que respirar, sino para perpetuarse en el tiempo. La clonación evita tener que mantener costosos entornos sociales basados en los que conocemos en la actualidad (no hacen falta escuelas, ni instalaciones de abastecimiento ni viviendas familiares). La clonación también permite prescindir de todas las clases de socialización que hemos conocido en los últimos milenios, de manera que una casta de elegidos para la gloria --según la novela, surgida en nuestro presente como una secta rodeada de polémicas de toda clase-- consigue sobrevivir a base de autorreproducirse en el tiempo, generando reemplazos idénticos de sí mismos cuando el cuerpo se queda sin aliento. La memoria, además, se puede conservar y acumular para la siguiente generación, por lo que la identidad de la nueva réplica es la misma, pero incrementada. Probablemente es la profecía más disparatada de las cuatro novelas, aunque la tecnología que la sostiene ya es casi una realidad, igual que el retrato de esas élites zumbadas de nuevos ricos que no pararán hasta dar con un sucedáneo de la inmortalidad.

4. Noches de cocaína (1996) de James G. Ballard retrata un aspecto del futuro muy relacionado con la novela de Houellebecq: en las actuales urbanizaciones de lujo del Mediterráneo --la novela transcurre en la Costa del Sol (Málaga)-- se atrincheran cada vez más los jubilados pastosos y los pastosos a secas, y tanto el miedo a que les despojen de sus pertenencias como el deseo de aislarse del resto del mundo hace que blinden sus casas y diseñen unas vidas aisladas. Ballard retrata el ambiente en una urbanización habitada sobre todo por británicos cuyas zonas de recreo y actividades culturales se mantienen en funcionamiento gracias a los robos que perpetra uno de los gerentes, convencido de que es precisamente el temor a los asaltos lo que lleva a estos pastosos atrofiados a refugiarse de nuevo en la comunidad, a participar y organizar juegos, competiciones deportivas, exposiciones, talleres... Esta idea es sólo el leitmotiv de un argumento por fortuna bastante más complejo e interesante, muy del estilo de Ballard, adornado --como es habitual en él-- de increíbles descripciones del presente repletas de extrañamiento extraterrestre. Con todo, esta idea (la inseguridad personal, en determinados entornos, haría que nos volcáramos de nuevo en la comunidad de la que hemos huido) podría explicar el actual ciclo de enroque antisocial e individualista de las élites, el blindaje al que se someten con la excusa de su protección personal. A medida que la población se prejubila, da un pelotazo o envejece se llena de personas ociosas, y todos los que se lo pueden permitir se rodean de comodidades y se desentienden de lo comunitario, de la política, de sus iguales; el egoísmo es la pauta, y según Ballard sólo la amenaza o la experiencia directa de haberse vistos despojados de sus propiedades es lo que puede devolverlos a la sociedad, aunque sólo sea a través de un espejismo de solidaridad, hecho de actividades ridículas y sin finalidad práctica, que dé salida a su egoísmo.

La combinación de estos cuatros textos podría encajar en la clase de sociedad que estamos fraguando y que podría cristalizar en las próximas dos décadas (o menos). Una sociedad que renuncia voluntariamente a la procreación (a cambio de una expectativa de bienestar egoísta) y que sin embargo mantiene intacto el deseo de transmitir su legado a las generaciones futuras. Una sociedad que recurre a la tecnología para aislarse cada vez con más eficacia y que a la vez espera que la comunidad que abandonan gracias a sus ingresos les siga suministrando servicios (alimentos, curar sus enfermedades, autogestionar la sexualidad, protegerse, matar el aburrimiento) y garantizando su estatus.

Ese futuro probable es lo que yo llamo el desierto programado: nuevas pautas sociales que se extienden y naturalizan a medida que la población envejece, la natalidad decrece y la tecnología nos permite aislarnos y prescindir de buena parte de las relaciones interpersonales. Es como cuando en un hábitat natural la modificación (degradación) de una de sus condiciones medioambientales da lugar a la proliferación descontrolada de una única especie (una planta que ahoga a todas las demás, una especie animal que acaba con las demás). El desierto programado es una sociedad ultracompleja con una sorprendente y alarmante escasa variabilidad interna que dificulta los cambios y la adaptación a tiempo; compuesta por un agregado cada vez mayor de individualidades, igual que una inabarcable urbanización de adosados. La réplica es lo que convierte el paisaje social en un desierto, y además programado porque es el resultado de un proceso consciente (aunque no de todas sus consecuencias), integrado por hitos tecnológicos y decisiones individuales que convergen en el isomorfismo.

Un ejemplo de lo que yo llamo desierto programado: cuando el calentamiento global nos impida permanecer demasiado tiempo expuestos a los rayos del sol en las playas, las zonas de arena estarán protegidas por una cubierta (ves a saber de qué material) que filtrará la radiación nociva y dejará pasar la luz y la cantidad justa de calor. Por los altavoces seguirán informando como si nada del tiempo máximo recomendado para permanecer en el agua, del protocolo a seguir en caso de quemaduras, de las actividades infantiles del día... Al principio sólo se verán obligadas a tomar una medida tan radical las zonas con mayor índice de exposición solar, pero luego, ante la psicosis generalizada, se extenderá a cualquier destino turístico del planeta, para demostrar su preocupación por la salud de sus visitantes. Y así, un síntoma inequívoco de degradación del planeta se convierte --gracias a la tecnología y a los discursos simplistas e infantilizantes, obsesionados por transmitir la sensación de que todo está bajo control-- en un inconveniente menor, una leve incomodidad que, como seres responsables que somos, cumplimos con resignación; como cuando la crema solar se incorporó, por razones de salud, a los rituales playeros. Puro Ballard.

El desierto programado no es una profecía apocalíptica ni una advertencia moral; las cosas no tienen por qué ir así. Igual que hoy está de moda el desapego racional por la descendencia, una legislación adecuada podría revertir esta tendencia (y provocar otros problemas, claro); y nuestros hijos serían testigos de un nuevo fervor por la descendencia concebida mediante sexo de toda la vida. O puede que a los gobiernos les entre el acojone total y les dé por sobreproteger la maternidad, rodeándola de un aura tan sagrada como irreal. Incluso puede que todos estos vaivenes tengan un alto componente generacional, que haya jóvenes que planten cara al futuro que les hemos planificado y se rebelen abiertamente contra ello, y su seña de identidad sea follar como locos sin anticonceptivos en lugares públicos... No lo descartemos tan rápidamente, el narcisismo tiene tanto matices...



domingo, 8 de mayo de 2016

El desierto programado (II)

El desierto programado (I)

«Nuestros gobiernos se preparan para un futuro sin empleo, y eso incluye a los delincuentes menores. Nos aguardan sociedades del ocio, como las que se ven en la costa. La gente seguirá trabajando, o mejor dicho, alguna gente seguirá trabajando, pero sólo durante una década. Se retirará al final de los treinta, con cincuenta años de ocio por delante».

J. G. Ballard, Noches de cocaína (1994).

Contribuirán al desierto programado los privilegiados y filántropos con un puesto de trabajo remunerado que no haya sido sustituido por máquinas; los ingenieros y médicos de profesiones imprescindibles serán tratados como auténticos privilegiados del mercado, sus sectores serán de los últimos en ver amenazada (aunque se parcialmente) su parcela de poder, y entonces comprenderán que la ausencia de cargas familiares es una ventaja competitiva que no sólo les permitirá rendir más y mejor, tener flexibilidad horaria y deslocalización, sino aspirar a mejores puestos. Tras una jornada de trabajo extendida más allá de lo razonable, a esta gente sin responsabilidades de crianza se les abrirá un tiempo de ocio sin problemas económicos ni monopolios de fidelidad bajo juramento; y las empresas para las que trabajan lo fomentarán abiertamente entre sus empleados por las ventajas que les supone. Mejor que lleguen cada mañana agotados de placer que reventados de cansancio.

Es un hecho: el desarrollo tecnoeconómico nos empuja a dar por bueno un mundo en el que nos vemos obligados a actuar en contra de nuestros instintos. No merece la pena examinar la cadena de acontecimientos que nos ha llevado hasta aquí, ni lamentarse por las oportunidades perdidas o añorar tiempos mejores. No estamos en una etapa de declive, ni siquiera en una degradación de la cultura y/o de la especie, simplemente nos adaptamos a un presente que, esta vez sí, hemos contribuido a levantar, modificar y degradar a partes iguales. La humanidad no se va a extinguir, conseguirá sobrevivir una élite de pastosos que se permitirá el lujo de asegurar la supervivencia de la especie, aunque esta labor sólo incluya a su propio linaje. Lo harán como lo han hecho los mamíferos superiores durante toda la vida: imponiéndose al resto, quizá también empleando genoma rediseñado a medida o mediante la fecundación en laboratorio. Al menos así sobrevivirá una parte de nuestro legado (aunque sea el de esa élite), y la humanidad seguirá adelante. Puede que suene pesimista o egoísta, pero estoy convencido de que esa élite actuará no sólo para proteger su patrimonio, no sólo para mantenerse en el poder, ni siquiera únicamente para sortear posibles taras y/o enfermedades hereditarias en su descendencia; sino con el sublime y declarado objetivo de mejorar la especie (más guapos, más listos, más fuertes, más longevos).

Al principio, en esos grupos escogidos, puede que haya mujeres que prefieran encargarse voluntariamente de la gestación --escogidas mediante un descarado sistema de filtrado--, pero luego comprenderán que es más cómodo pagar a una gestante sana y con pedigrí y ahorrarse nueve meses de molestias. Finalmente incluirán en la subcontrata la gestación más el cuidado básico (higiene, alimentación, salud) durante los primeros años. Hasta que llegue el día en que la tecnología sea capaz de fabricar hijos mucho mejor que nosotros mismos; y cuando eso suceda habrá un montón de emprendedores esperando ofrecerla y hacerse ricos, porque es seguro que habrá una larga cola de gente dispuesta a pagar por una tecnología que les haga menos molesto y más seguro lo que hasta ahora hacía la naturaleza a cambio de unas cuantas miserias implícitas. Durante todo este tiempo, los pobres, los desahuciados, los expulsados del sistema, habrán seguido follando y teniendo hijos como mamíferos, habrán criado lo que venga con sacrificio y resignación, pagando el precio que la sociedad exige a los trabajadores/criadores. Algunas élites ingenuas creerán ver en esta gente la última reserva natural del género humano en medio de un desierto programado, pero en realidad será un espejismo: detrás de esa admiración sólo habrá compasión.

Desde que tenemos conciencia nos resulta imposible alegar ignorancia ante los efectos irreversibles de nuestra actividad sobre el planeta. No sólo la tecnología o la economía, también la filosofía, la política, incluso el arte, han especulado sobre posibles colapsos futuros (incrementando hasta lo intolerable las condiciones del presente en los que fueron imaginados): epidemias mortales que acababan con los perros y los gatos y daban paso a una civilización de simios; sociedades hipertecnologizadas que limitaban por decreto la vida hasta los 30; invasiones extraterrestres que aniquilaban la vida humana aprovechando nuestra incapacidad para actuar unidos... También hemos echado mano de toda suerte de calamidades sobrevenidas (inducidas, como es lógico, por nosotros mismos): pandemias letales, guerras termonucleares totales, meteoritos tan grandes como un continente, bicharracos mutantes, desastres naturales de violencia inédita, supercomputadoras que alcanzan inesperadamente la autoconciencia...

Sin embargo, hemos ido haciendo realidad la complejidad social y tecnológica que describían todos esos futuros y parece que hemos sobrevivido; no parece que estemos al borde del abismo de la extinción, tampoco se han producido esos desastres de los que, tanto la ciencia social como la ficción, preveían que seríamos responsables directos. Ni nuestra acción depredadora (aumento de la temperatura, deforestación, desaparición de especies, sobreexplotación, contaminación, agotamiento de los recursos), ni la invención y/o aplicación sistemática de nuevos conocimientos científicos (telecomunicaciones, transportes, nanotecnología, biogenética, alimentos transgénicos) han supuesto una advertencia lo suficientemente seria como para que las élites se hayan visto forzadas a modificar su ética (o la moral de algunos). El desierto programado es una endiablada e impensable confluencia de factores menores que provoca que los individuos tomen decisiones que favorecen su bienestar personal pero socavan las bases de la continuidad de la especie en conjunto. Llevamos siglos predicando que la libertad del individuo es sagrada y está por encima de la utilidad social, que el sacrificio (aunque haciendo uso de esa misma libertad) no es aceptable si implica una renuncia particular.

Y es que, en un mundo exponencialmente más complejo a cada año que pasa, la procreación, la crianza de la descendencia a la manera en que lo hacían nuestros antepasados resulta no sólo una tarea titánica, sino altamente irracional y arriesgada para la supervivencia del individuo. Una tarea que nos empeñamos en considerar esencialmente vinculada al instinto natural y, por tanto, con el bien absoluto, cuando en realidad, tal como está insertada en nuestro estilo de vida urbanita y tecnológico, no es más que un lastre incómodo, un peaje, una limitación. El discurso tecnocultural contemporáneo apenas tolera las trazas que de tanto en tanto asoman de nuestro pasado animal, las considera atavismos biológicos de los que conviene desprenderse por un prurito de modernidad y eficacia. El sexo y la procreación en familia son los dos principales atavismos que aún nos caracterizan: el primero ya fue reconducido hace tiempo, disociándose del segundo gracias al progreso médico, y en breve conseguiremos reciclarlo en una gratificante actividad sensorial para disfrute en solitario (tanto o más placentera que en compañía). Puede que todavía una gran mayoría de personas crea que la procreación y la crianza vivípara (como decía Huxley) gozan de un prestigio y vitalidad intactos, pero no es verdad, hay toda una economía política trabajando para expulsarlas del mapa de los usos sociales de la especie. No es nada personal, es que nos jugamos nuestra supervivencia como sociedad compleja.


(continuará)

Actualización (18/09/2016): el profesor Henry Greely de la Universidad de Stanford afirma que en 20 o 40 años el sexo tradicional ya no será una opción mayoritaria ni atractiva. El artículo que se hace eco de su profecía explica que ese cambio tan radical estará provocado por los avances en genómica. O el articulista o el señor Greely confunden interesadamente las cosas: si desaparece el sexo tradicional de toda la vida será porque hemos encontrado un sustituto (virtual y/o con accesorios) que nos proporciona el mismo placer sin necesidad de ser dos. ¿Qué tendrá que ver, a estas alturas de película, el sexo con la procreación?


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