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sábado, 30 de julio de 2016

El desierto programado (y III)

El desierto programado (I)
El desierto programado (II)

«Los libertarios civiles y los racionalistas que siempre están alerta contra la tiranía han olvidado tener en cuenta el infinito apetito de distracción del hombre».

Nueva visita a un mundo feliz, Aldous Huxley (1958)

Estoy persuadido de que cuatro novelas distópicas con menos de cien años ofrecen un vistazo bastante creíble a nuestro futuro a medio plazo como sociedad compleja, cuatro narraciones de ficción que aciertan parcialmente --tanto por convicción como por casualidad, no pienso entrar en eso-- en algunos detalles de nuestro provenir como especie y como grupo social:

1. Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley se adelanta en 46 años a la idea de la clonación en laboratorios; y también en casi un siglo a la fecundación bajo demanda. Los bebés son encargados con una serie de características (en la novela son más bien rasgos de carácter, no físicos, aunque también), orientadas a la función y al estrato social que ocuparán de adultos en la sociedad (de momento esta selección artificial hoy sólo se contempla para erradicar enfermedades hereditarias. Lo que es seguro es que luego vendrán los padres pastosos con sus caprichos ridículos). Además de especular con un futuro en el que las mujeres han conseguido librarse de la gestación gracias al progreso científico, Un mundo feliz pronostica que la crianza y la educación --mediante técnicas de condicionamiento psicológico nada sutiles (Freud estaba de moda)-- también serán cosa de instituciones ajenas a la familia. En el libro de Huxley, ésta se considera una forma de organización primitiva, un riesgo para la salud; y esa es la razón por la que se han dedicado tantos esfuerzo a erradicarla. Toda esa liberación biológica y socializadora proporciona un tercer beneficio: liberada de ambas cargas, la juventud puede (y debe) entregarse a los placeres sensuales (hoy diríamos a intercambios multi o polisexuales) con ayuda de un sofisticado estimulante farmacológico (el soma, hoy hemos rebasado esa previsión con un amplio catálogo de drogas de diseño). La promiscuidad y el sexo sin garantía de embarazo se consideran una pauta de socialización sana, y quien no la sigue (el protagonista entre otros) es un peligro potencial, alguien que merece ser vigilado o apartado. Hoy en día, los portales y appde contactos garantizan que esto pronto será un estilo de vida --una vez consolidada la disociación entre fecundación y sexo-- que se fomentará en las escuelas; y mantener numerosos intercambios sexuales (simultáneos o secuenciales) será un síntoma de buena salud, un complemento que ayudará a sobrellevar las largas jornadas que requerirá la especializada organización del trabajo. También hoy podemos decir que se ha consolidado un ocio ubicuo y sensorial muy similar al que describe la novela.

2. Hijos de los hombres, tanto la novela original de P. D. James (1992) como la película de Alfonso Cuarón (2006), sobre todo esta última por la importantísima puesta al día en ambientación y anticipación sociocientífica: la acción se sitúa en un mundo en el que --por razones que la ciencia aún no ha descubierto-- hace años que no nacen niños; una premisa genialmente sencilla por su plausibilidad y verosimilitud que nos recuerda lo frágil que es el equilibrio que nos mantiene en este planeta. Normalmente damos por supuesto que las generaciones se sucederán unas a otras de forma natural (en realidad se trata de una suma de decisiones individuales), cuando lo cierto es que un mero cambio de costumbres o una enfermedad desconocida nos pueden llevar, como especie, a un callejón sin salida. Así pues, la población envejece, en menos de un siglo habrán desaparecido todos los humanos, y sin embargo siguen viviendo como si nada, con la secreta esperanza de hallar un remedio a la esterilidad sobrevenida; pero también acumulando graves secuelas psicológicas (aislamiento, atomización de las relaciones, egoísmo, desconfianza) y radicalismos ideológicos (desigualdades económicas, cierre de fronteras, persecución de la inmigración). La humanidad se sabe abocada a una extinción silenciosa y sin violencia, víctima de sus propias contradicciones, sin necesidad de subvertir en lo más mínimo la teoría de la evolución, o las leyes de la termodinámica, y sin recurrir a catástrofes nucleares o conflictos bélicos planetarios. Lo más inquietante de la novela es que retrata lo que será, en unas décadas, si no se invierten los actuales indicadores demográficos, un mundo envejecido; no exactamente sin niños, pero sí donde éstos serán un segmentos descendente de la población. En nuestro mundo real no será por culpa de una pandemia que de pronto vuelva estériles a hombres y mujeres, sino porque no tener descendencia es la mejor estrategia evolutiva para encajar en la sociedad ultraespecializada que nos hemos montado. El libro y la película avisan: retirar una pieza que creemos minúscula puede provocar que toda la estructura se venga abajo sin remedio.

3. La posibilidad de una isla (2005) de Michel Houellebecq especula con un posible futuro para la élite que sobreviva a un planeta inhabitable desde el punto de vista climático y medioambiental: seres humanos aislados en zulos de ocio hipertecnificados que les provee de todo lo necesario sin tener que salir al exterior, clonados desde hace generaciones (no concebidos mediante sexo ni criados en familia) y que se siguen considerando parte del ser humano original cuyo respectivo genoma les sirve de réplica. En esta novela se supone que llegará un punto en que la naturaleza estará tan degradada que la supervivencia de la especie humana sólo será posible gracias a la tecnología, pero no sólo para obtener alimento y aire que respirar, sino para perpetuarse en el tiempo. La clonación evita tener que mantener costosos entornos sociales basados en los que conocemos en la actualidad (no hacen falta escuelas, ni instalaciones de abastecimiento ni viviendas familiares). La clonación también permite prescindir de todas las clases de socialización que hemos conocido en los últimos milenios, de manera que una casta de elegidos para la gloria --según la novela, surgida en nuestro presente como una secta rodeada de polémicas de toda clase-- consigue sobrevivir a base de autorreproducirse en el tiempo, generando reemplazos idénticos de sí mismos cuando el cuerpo se queda sin aliento. La memoria, además, se puede conservar y acumular para la siguiente generación, por lo que la identidad de la nueva réplica es la misma, pero incrementada. Probablemente es la profecía más disparatada de las cuatro novelas, aunque la tecnología que la sostiene ya es casi una realidad, igual que el retrato de esas élites zumbadas de nuevos ricos que no pararán hasta dar con un sucedáneo de la inmortalidad.

4. Noches de cocaína (1996) de James G. Ballard retrata un aspecto del futuro muy relacionado con la novela de Houellebecq: en las actuales urbanizaciones de lujo del Mediterráneo --la novela transcurre en la Costa del Sol (Málaga)-- se atrincheran cada vez más los jubilados pastosos y los pastosos a secas, y tanto el miedo a que les despojen de sus pertenencias como el deseo de aislarse del resto del mundo hace que blinden sus casas y diseñen unas vidas aisladas. Ballard retrata el ambiente en una urbanización habitada sobre todo por británicos cuyas zonas de recreo y actividades culturales se mantienen en funcionamiento gracias a los robos que perpetra uno de los gerentes, convencido de que es precisamente el temor a los asaltos lo que lleva a estos pastosos atrofiados a refugiarse de nuevo en la comunidad, a participar y organizar juegos, competiciones deportivas, exposiciones, talleres... Esta idea es sólo el leitmotiv de un argumento por fortuna bastante más complejo e interesante, muy del estilo de Ballard, adornado --como es habitual en él-- de increíbles descripciones del presente repletas de extrañamiento extraterrestre. Con todo, esta idea (la inseguridad personal, en determinados entornos, haría que nos volcáramos de nuevo en la comunidad de la que hemos huido) podría explicar el actual ciclo de enroque antisocial e individualista de las élites, el blindaje al que se someten con la excusa de su protección personal. A medida que la población se prejubila, da un pelotazo o envejece se llena de personas ociosas, y todos los que se lo pueden permitir se rodean de comodidades y se desentienden de lo comunitario, de la política, de sus iguales; el egoísmo es la pauta, y según Ballard sólo la amenaza o la experiencia directa de haberse vistos despojados de sus propiedades es lo que puede devolverlos a la sociedad, aunque sólo sea a través de un espejismo de solidaridad, hecho de actividades ridículas y sin finalidad práctica, que dé salida a su egoísmo.

La combinación de estos cuatros textos podría encajar en la clase de sociedad que estamos fraguando y que podría cristalizar en las próximas dos décadas (o menos). Una sociedad que renuncia voluntariamente a la procreación (a cambio de una expectativa de bienestar egoísta) y que sin embargo mantiene intacto el deseo de transmitir su legado a las generaciones futuras. Una sociedad que recurre a la tecnología para aislarse cada vez con más eficacia y que a la vez espera que la comunidad que abandonan gracias a sus ingresos les siga suministrando servicios (alimentos, curar sus enfermedades, autogestionar la sexualidad, protegerse, matar el aburrimiento) y garantizando su estatus.

Ese futuro probable es lo que yo llamo el desierto programado: nuevas pautas sociales que se extienden y naturalizan a medida que la población envejece, la natalidad decrece y la tecnología nos permite aislarnos y prescindir de buena parte de las relaciones interpersonales. Es como cuando en un hábitat natural la modificación (degradación) de una de sus condiciones medioambientales da lugar a la proliferación descontrolada de una única especie (una planta que ahoga a todas las demás, una especie animal que acaba con las demás). El desierto programado es una sociedad ultracompleja con una sorprendente y alarmante escasa variabilidad interna que dificulta los cambios y la adaptación a tiempo; compuesta por un agregado cada vez mayor de individualidades, igual que una inabarcable urbanización de adosados. La réplica es lo que convierte el paisaje social en un desierto, y además programado porque es el resultado de un proceso consciente (aunque no de todas sus consecuencias), integrado por hitos tecnológicos y decisiones individuales que convergen en el isomorfismo.

Un ejemplo de lo que yo llamo desierto programado: cuando el calentamiento global nos impida permanecer demasiado tiempo expuestos a los rayos del sol en las playas, las zonas de arena estarán protegidas por una cubierta (ves a saber de qué material) que filtrará la radiación nociva y dejará pasar la luz y la cantidad justa de calor. Por los altavoces seguirán informando como si nada del tiempo máximo recomendado para permanecer en el agua, del protocolo a seguir en caso de quemaduras, de las actividades infantiles del día... Al principio sólo se verán obligadas a tomar una medida tan radical las zonas con mayor índice de exposición solar, pero luego, ante la psicosis generalizada, se extenderá a cualquier destino turístico del planeta, para demostrar su preocupación por la salud de sus visitantes. Y así, un síntoma inequívoco de degradación del planeta se convierte --gracias a la tecnología y a los discursos simplistas e infantilizantes, obsesionados por transmitir la sensación de que todo está bajo control-- en un inconveniente menor, una leve incomodidad que, como seres responsables que somos, cumplimos con resignación; como cuando la crema solar se incorporó, por razones de salud, a los rituales playeros. Puro Ballard.

El desierto programado no es una profecía apocalíptica ni una advertencia moral; las cosas no tienen por qué ir así. Igual que hoy está de moda el desapego racional por la descendencia, una legislación adecuada podría revertir esta tendencia (y provocar otros problemas, claro); y nuestros hijos serían testigos de un nuevo fervor por la descendencia concebida mediante sexo de toda la vida. O puede que a los gobiernos les entre el acojone total y les dé por sobreproteger la maternidad, rodeándola de un aura tan sagrada como irreal. Incluso puede que todos estos vaivenes tengan un alto componente generacional, que haya jóvenes que planten cara al futuro que les hemos planificado y se rebelen abiertamente contra ello, y su seña de identidad sea follar como locos sin anticonceptivos en lugares públicos... No lo descartemos tan rápidamente, el narcisismo tiene tanto matices...



domingo, 8 de mayo de 2016

El desierto programado (II)

El desierto programado (I)

«Nuestros gobiernos se preparan para un futuro sin empleo, y eso incluye a los delincuentes menores. Nos aguardan sociedades del ocio, como las que se ven en la costa. La gente seguirá trabajando, o mejor dicho, alguna gente seguirá trabajando, pero sólo durante una década. Se retirará al final de los treinta, con cincuenta años de ocio por delante».

J. G. Ballard, Noches de cocaína (1994).

Contribuirán al desierto programado los privilegiados y filántropos con un puesto de trabajo remunerado que no haya sido sustituido por máquinas; los ingenieros y médicos de profesiones imprescindibles serán tratados como auténticos privilegiados del mercado, sus sectores serán de los últimos en ver amenazada (aunque se parcialmente) su parcela de poder, y entonces comprenderán que la ausencia de cargas familiares es una ventaja competitiva que no sólo les permitirá rendir más y mejor, tener flexibilidad horaria y deslocalización, sino aspirar a mejores puestos. Tras una jornada de trabajo extendida más allá de lo razonable, a esta gente sin responsabilidades de crianza se les abrirá un tiempo de ocio sin problemas económicos ni monopolios de fidelidad bajo juramento; y las empresas para las que trabajan lo fomentarán abiertamente entre sus empleados por las ventajas que les supone. Mejor que lleguen cada mañana agotados de placer que reventados de cansancio.

Es un hecho: el desarrollo tecnoeconómico nos empuja a dar por bueno un mundo en el que nos vemos obligados a actuar en contra de nuestros instintos. No merece la pena examinar la cadena de acontecimientos que nos ha llevado hasta aquí, ni lamentarse por las oportunidades perdidas o añorar tiempos mejores. No estamos en una etapa de declive, ni siquiera en una degradación de la cultura y/o de la especie, simplemente nos adaptamos a un presente que, esta vez sí, hemos contribuido a levantar, modificar y degradar a partes iguales. La humanidad no se va a extinguir, conseguirá sobrevivir una élite de pastosos que se permitirá el lujo de asegurar la supervivencia de la especie, aunque esta labor sólo incluya a su propio linaje. Lo harán como lo han hecho los mamíferos superiores durante toda la vida: imponiéndose al resto, quizá también empleando genoma rediseñado a medida o mediante la fecundación en laboratorio. Al menos así sobrevivirá una parte de nuestro legado (aunque sea el de esa élite), y la humanidad seguirá adelante. Puede que suene pesimista o egoísta, pero estoy convencido de que esa élite actuará no sólo para proteger su patrimonio, no sólo para mantenerse en el poder, ni siquiera únicamente para sortear posibles taras y/o enfermedades hereditarias en su descendencia; sino con el sublime y declarado objetivo de mejorar la especie (más guapos, más listos, más fuertes, más longevos).

Al principio, en esos grupos escogidos, puede que haya mujeres que prefieran encargarse voluntariamente de la gestación --escogidas mediante un descarado sistema de filtrado--, pero luego comprenderán que es más cómodo pagar a una gestante sana y con pedigrí y ahorrarse nueve meses de molestias. Finalmente incluirán en la subcontrata la gestación más el cuidado básico (higiene, alimentación, salud) durante los primeros años. Hasta que llegue el día en que la tecnología sea capaz de fabricar hijos mucho mejor que nosotros mismos; y cuando eso suceda habrá un montón de emprendedores esperando ofrecerla y hacerse ricos, porque es seguro que habrá una larga cola de gente dispuesta a pagar por una tecnología que les haga menos molesto y más seguro lo que hasta ahora hacía la naturaleza a cambio de unas cuantas miserias implícitas. Durante todo este tiempo, los pobres, los desahuciados, los expulsados del sistema, habrán seguido follando y teniendo hijos como mamíferos, habrán criado lo que venga con sacrificio y resignación, pagando el precio que la sociedad exige a los trabajadores/criadores. Algunas élites ingenuas creerán ver en esta gente la última reserva natural del género humano en medio de un desierto programado, pero en realidad será un espejismo: detrás de esa admiración sólo habrá compasión.

Desde que tenemos conciencia nos resulta imposible alegar ignorancia ante los efectos irreversibles de nuestra actividad sobre el planeta. No sólo la tecnología o la economía, también la filosofía, la política, incluso el arte, han especulado sobre posibles colapsos futuros (incrementando hasta lo intolerable las condiciones del presente en los que fueron imaginados): epidemias mortales que acababan con los perros y los gatos y daban paso a una civilización de simios; sociedades hipertecnologizadas que limitaban por decreto la vida hasta los 30; invasiones extraterrestres que aniquilaban la vida humana aprovechando nuestra incapacidad para actuar unidos... También hemos echado mano de toda suerte de calamidades sobrevenidas (inducidas, como es lógico, por nosotros mismos): pandemias letales, guerras termonucleares totales, meteoritos tan grandes como un continente, bicharracos mutantes, desastres naturales de violencia inédita, supercomputadoras que alcanzan inesperadamente la autoconciencia...

Sin embargo, hemos ido haciendo realidad la complejidad social y tecnológica que describían todos esos futuros y parece que hemos sobrevivido; no parece que estemos al borde del abismo de la extinción, tampoco se han producido esos desastres de los que, tanto la ciencia social como la ficción, preveían que seríamos responsables directos. Ni nuestra acción depredadora (aumento de la temperatura, deforestación, desaparición de especies, sobreexplotación, contaminación, agotamiento de los recursos), ni la invención y/o aplicación sistemática de nuevos conocimientos científicos (telecomunicaciones, transportes, nanotecnología, biogenética, alimentos transgénicos) han supuesto una advertencia lo suficientemente seria como para que las élites se hayan visto forzadas a modificar su ética (o la moral de algunos). El desierto programado es una endiablada e impensable confluencia de factores menores que provoca que los individuos tomen decisiones que favorecen su bienestar personal pero socavan las bases de la continuidad de la especie en conjunto. Llevamos siglos predicando que la libertad del individuo es sagrada y está por encima de la utilidad social, que el sacrificio (aunque haciendo uso de esa misma libertad) no es aceptable si implica una renuncia particular.

Y es que, en un mundo exponencialmente más complejo a cada año que pasa, la procreación, la crianza de la descendencia a la manera en que lo hacían nuestros antepasados resulta no sólo una tarea titánica, sino altamente irracional y arriesgada para la supervivencia del individuo. Una tarea que nos empeñamos en considerar esencialmente vinculada al instinto natural y, por tanto, con el bien absoluto, cuando en realidad, tal como está insertada en nuestro estilo de vida urbanita y tecnológico, no es más que un lastre incómodo, un peaje, una limitación. El discurso tecnocultural contemporáneo apenas tolera las trazas que de tanto en tanto asoman de nuestro pasado animal, las considera atavismos biológicos de los que conviene desprenderse por un prurito de modernidad y eficacia. El sexo y la procreación en familia son los dos principales atavismos que aún nos caracterizan: el primero ya fue reconducido hace tiempo, disociándose del segundo gracias al progreso médico, y en breve conseguiremos reciclarlo en una gratificante actividad sensorial para disfrute en solitario (tanto o más placentera que en compañía). Puede que todavía una gran mayoría de personas crea que la procreación y la crianza vivípara (como decía Huxley) gozan de un prestigio y vitalidad intactos, pero no es verdad, hay toda una economía política trabajando para expulsarlas del mapa de los usos sociales de la especie. No es nada personal, es que nos jugamos nuestra supervivencia como sociedad compleja.


(continuará)


domingo, 6 de marzo de 2016

El desierto programado (I)

«Entre un 25% y un 30% de las mujeres nacidas [en España] en la segunda mitad de los 70 no serán madres. Una catástrofe demográfica acallada. Un fracaso como sociedad que no se contabiliza en las pérdidas de la crisis. No hay ley de segunda oportunidad para esta generación. Ni ayudas, ni subvenciones, ni moratorias. Ni un decreto ley para generar el principal patrimonio económico y social de una sociedad: los niños. En ocho años de crisis nadie ha movido un dedo por ayudar a la última gran generación que dejó de ser joven en una cola del desempleo.

»Uno de cada tres compañeros de pupitre de aquella selectividad no ha podido tener hijos. Hubiera querido pero la generación más preparada de la historia no estaba lista para esto».

Belén Carreño De la Generación X a la generación sin hijos (2016)

Es bastante probable que el siglo XXI acabe alumbrando, sin comerlo ni beberlo aunque sí por dejación, una sociedad en la que no tener descendencia --ni natural ni artificialmente-- sea una elección racional y ajustada a la lógica de la supervivencia. Una sociedad que renuncia a tener hijos y complicarse la existencia metiéndose en el fregado vital de su crianza y educación acabará siendo algo beneficioso, responsable y sensato. Y como todas las cosas de este mundo, no sucederá de la mañana a la noche, sino que es parte de un proceso gradual que ya podemos ver y anticipar, una tendencia que se va extendiendo a medida que el deseo de confort y el anhelo de una vida independiente (y, recientemente, también la mera subsistencia) se imponen como una actitud propia de individuos maduros. No harán falta decretos gubernamentales, epidemias de infertilidad ni apocalipsis (excusas favoritas de la literatura y al cine), sino más bien algo que aceptaremos con resignación. Algunos con alivio.

A mediados del siglo XX la opción de no-descendencia era parte del proyecto vital que perseguía a toda costa disociar la sexualidad de la procreación: tenía la ventaja de que así la maternidad se convertía en una elección consciente y de pleno derecho; por fin las mujeres ejercían un primer poder sobre sus cuerpos y además los discursos públicos --científicos y patrocinados-- podían segmentarse y especializarse en esos dos ámbitos tan diferentes (aunque relacionados por un mismo órgano) sin interferirse. Cuando los anticonceptivos hicieron realidad ese anhelo y dejaron de ser considerados un tabú o una especie de acto contra natura, también se normalizó la elección de una vida sin descendencia. Pero este avance, por sí solo, no fue suficiente para imponerse como opción mayoritaria: ha hecho falta un completo desbarajuste social, una conjunción de miopía política e ineptitud gestora, para complicar aún más las cosas y permitir que prenda como el napalm el deseo --cada vez menos disimulado-- de ahorrarse problemas renunciando a tener hijos. La tentación de un ocio urbanita ilimitado y puntuado de relaciones breves y gratificantes fue el primer argumento en tiempos de bonanza; en el último lustro se le ha unido una economía con nulo o escaso crecimiento, una austeridad inducida desde las élites y un acceso a trabajos precarios como única alternativa, convirtiendo un anhelo vital (algo que se consideraba parte del proyecto de vida de todo ser humano) en una condena. La precariedad permanente ha convertido la supervivencia del día a día en la elección más racional: sin trabajo no hay ingresos, sin ingresos no hay vivienda, sin vivienda no hay familia, sin familia no hay descendencia. Con ese camino bloqueado la mayoría se decanta por una subsistencia autosuficiente, ya sea en soledad o en estricta separación de bienes.

Algunas consecuencias de este cambio ya se pueden observar hoy, y se convertirán en problema cuando revertir la situación requiera un esfuerzo mayor que el que se trata de evitar, por lo que intentarlo será casi una pérdida de tiempo: beneficios legislativos y laborales, campañas institucionales, publicidad, series de ficción... Discursos ubicuos y edulcorados para reclutar a toda costa padres y madres por voluntad propia. Los que se apunten serán vistos como objetos de estudio, ejemplares de una especie protegida a los que hay que dispensar toda clase de cuidados y facilidades, renunciantes contra todo pronóstico que --de un modo irracional-- se sacrifican por la humanidad; hombres y mujeres merecedores de respeto y admiración, a salvo de toda crítica, burla y/o parodia. Su consideración en el discurso oficial y en el imaginario colectivo se parecerá mucho a la que se suele otorgar a desamparados, emigrados, discapacitados y/o víctimas de toda desgracia sobrevenida e injusta. En voz alta les demostraremos admiración y respeto, pero en la intimidad admitiremos que nos dan pena.

No es sólo que nazcan menos niños, es que la población envejece y la pirámide demográfica se desequilibra peligrosamente. Además, el panorama tecnológico no contribuye demasiado a paliar o corregir esta deriva: ha comenzado un proceso irreversible de sustitución del trabajo humano y remunerado por máquinas que hacen lo mismo más barato, sin errores, sin sueldo y sin reivindicaciones. La reacción social no se ha hecho esperar, provocando cambios inéditos --por su alta aceptación-- en el estilo de vida: atomización/reducción de las relaciones, tendencia al cooconing en zulos de ocio cada vez más cómodos y fortificados, servicios de pago que sustituyen prácticamente toda necesidad fisiológica básica... Los sin-descendencia se preguntan: ¿qué impulsa a esa gente que decide tener hijos a cambiar un posible bienestar por ese pozo sin fondo de gastos, cansancio, rutinización y/o asexualidad? A medida que se consolide la elección racional de la no-descendencia, la crianza de los hijos adquirirá proporciones de tarea abrumadora, un impulso irreflexivo que renuncia a toda lógica, a la comodidad, a la gratificación inmediata, y se lanza de frente contra el sentido común, el mismo que recomienda tolerar la precariedad y consolarse con cualquier espejismo de independencia.

(continuará)

lunes, 28 de diciembre de 2015

Orgulloso apóstata del pop ibérico y contracultural de los ochenta: una crónica personal (II)

Orgulloso apóstata del pop ibérico y contracultural de los ochenta: una crónica personal (I)

De manera que el tiempo transcurrido reveló finalmente las capacidades y dotes musicales de los principales intérpretes, precisamente los que acabaron como solistas y se hicieron con un nombre tras abandonar sus respectivas bandas de origen: Santiago Auserón/Juan Perro, Loquillo, Alaska, Enrique Bunbury, Ariel Rot, Rosendo Mercado, Antonio Vega, Manolo García, Ana Torroja... Aunque para llegar a ese punto de fama antes tuvieron que hacerse notar: una pose, un vestuario extremo, una puesta en escena tan patética que incluso resultaba atractiva... también unos sólidos conocimientos musicales que favorecieran la cristalización de un estilo con el que madurar como compositores e intérpretes. No todos lo lograron: hay otros autores/intérpretes cuyas canciones apuntan a que, en otras circunstancias, las cosas habrían podido ir por otro lado. Si Sabino Méndez no hubiera encontrado tanta resistencia a su creatividad no habría optado por los estudios universitarios y abandonado prácticamente la música; y si a Fernando Márquez (más conocido como El Zurdo) no le hubiera lastrado tanto su ideología política, y si a Carlos Berlanga no le hubiera inspirado tanto el alcohol, entonces puede que este balance se escribiría en otros términos. Puede que tuviéramos un montón más de canciones tristes o fascinadoras para reseñar o idolatrar, otras Chica de ayer o Las chicas de la Inter que nos sirvieran de icono musical, incluso generacional. Y es que todos ellos, de una u otra forma, vieron truncadas sus carreras prematura o inesperadamente; fueron artistas peculiares poco permeables a lo comercial que auguraron un futuro brillante y a quienes, de forma paradójica, su propio eclipse o desaparición ha revalorizado --quizá en exceso-- su legado musical. Puede que el tiempo les hubiera dado la razón --no lo sabremos nunca-- así que nos conformamos con sus inspirados comienzos.

La denominada movida conoció en sus primeros años una primera ortodoxia, más experimental que vanguardista, más osada que crítica, más de puesta en escena que de musical: además de los malditos/mitificados ya mencionados, estaban La dama se Esconde, Derribos Arias o Golpes Bajos. A mitad de los 80 ya se veía quienes se adaptaban al mercado y a los ritmos creativos que éste imponía, logrando completar la década a base de nuevos álbumes (antes de desvanecerse o de iniciar nuevos proyectos): Aerolíneas Federales, Radio Futura, Nacha Pop, Ciudad Jardín, Os Resentidos... Y por último, en unos pocos casos, esa creatividad y esa discografía lograron mantenerse activas hasta bien entrado el siglo XXI, sin duda un hito meritorio, a veces también un intento desesperado de prolongar un proyecto musical con evidentes síntomas de agotamiento: Danza Invisible, Los Enemigos, La Unión, Celtas Cortos, Esclarecidos, Los Rebeldes, La Frontera, Siniestro Total, Los Secretos... Honorables supervivientes que mantienen vivos --por fortuna para sus fans más fieles-- y contra todo pronóstico los rescoldos de un movimiento acabado hace décadas, hoy definitivamente asociado a la generación viejuna que lo vivió en directo.

A continuación está la constelación de grupos de un mini LP o dos álbumes como mucho, artistas que aportaron su idea, incluso alcanzaron cierta notoriedad, lo más parecido a un hit que iban a consguir nunca, pero poco más: Academia Parabuten, Alarma!!!, Los Amantes de María, Décima Víctima, Ejecutivos Agresivos, Juanito Piquete y Los Mataesquiroles, Minuit Polonia, Olaf y Los Insolventes, Paraíso, Polanski y El Ardor, Salón Dadá, Zombies... Y detrás de todo los que a duras penas consiguieron publicar singles: Las Chinas (El hombre salvaje), Edison (El rock del Diario Hablado), Telegrama (La chica del metro), Los Seres Vacíos (Los celos se apoderan de mí), Destrozamitos (Y todos amaron a los nazis...)... Nombres y temas siempre imaginativos, buscando la diferencia, el oxímoron, la frase hecha ligeramente modificada; y casi siempre el eterno "Los..." para dar nombre a la formación, la forma más sencilla de agrupar un conjunto y que sonara a divertido y nuevo... Efímeras asociaciones, bandas que empezaron a rebufo de los tiempos y que acabaron barridas por la industria y la falta de público; hoy son apenas un nombre en las enciclopedias musicales en línea (como la documentadísima Nueva Ola 80, una referencia imprescindible para conocer aquella época). ¿Cómo viven y en qué trabajan ahora sus componentes? Algunos estarán prejubilados, seguro...

El pop ibérico de los ochenta fue un fenómeno abrumadoramente urbano y de bandas, pero no se limitó a grandes ciudades como Madrid o Barcelona, sino que en cada comunidad, en cada capital de provincia, en cada pueblo, surgieron grupos locales que acercaban al público el nuevo sonido de moda, incluso algunos territorios acabaron asociados a determinados estilos, sin duda atraídos por la estela del éxito de algún grupo local. Bandas que contribuían a llenar bares, salas de conciertos, discotecas, fiestas de verano, y de paso servir de vivero a infinidad de músicos: Siniestro Total, Os Resentidos y Golpes Bajos en Galicia; El Último de la Fila y Sopa de Cabra en Cataluña, Héroes del Silencio en Aragón; Salón Dadá y Los Ilegales en Asturias; Celtas Cortos en Castilla-León; Los Rebeldes en la Comunidad valenciama; Duncan Dhu y Kortatu en el País Vasco; Barón Rojo y Danza Invisible en Andalucía y Mecano arrasaba en Madrid... Por toda la península surgían grupos de jóvenes que se lanzaban a experimentar sonidos y letras, animados por la efervescencia del momento político (la democracia) y cultural (la ausencia de censura), y que no tocábamos nos reuníamos para escucharlos fascinados, convencidos de que algo nuevo y definitivo que nos pertenecía por completo y coincidía con nuestra explosión hormonal.

Y como no puede ser de otra manera, existe un lado oscuro, maldito, casi olvidado por interés y decencia, una auténtica antología de hits a contracorriente que no se mencionan por coherencia y porque el tiempo ha convertido sus letras en algo detestable: el evidente mal gusto de algunas canciones del primer disco de Siniestro Total --¿Cuándo se come aquí?--, así como de otras que se han situado, por la evolución de los tiempos, más allá de la legalidad, debido a su apología de la homofobia, ciertas ideologías no democráticas o un --entonces minusvalorado-- tufo machista de lo más rancio y violento, casi siempre disfrazado de pasión o de exceso estético, como ha sucedido con algunas canciones de Loquillo y Los Trogloditas --compuestas por Sabino Méndez-- y los éxitos más conocidos de Ramoncín, que no han envejecido nada bien. Canciones hoy condenadas a una escucha íntima y sin testigos rebosante de mala conciencia debido a la deplorable visión del mundo que describen, aunque a la mayoría en su momento nos parecieran inocuas.

Es la acumulación de creatividad lo que atrae y deslumbra cuando uno se lanza a hacer un balance del pop ibérico de los ochenta en España, pero también la sorprendente valentía de una industria discográfica que se lanzaba a financiar aventuras artísticas de dudoso porvenir. Sin duda era la efervescencia de algo inédito e imprevisible, construido a partir de mitos de adolescencia e infancia, al margen y en contra del mundo adulto de cantautores y del pop guatequero de los sesenta. No nació como una respuesta generacional, pero acabó siéndolo a falta de alternativas (eso lo supimos luego, cuando hicimos de la necesidad virtud). Es ahora, al ver a nuestros hijos adolescentes bailando nuestros viejos éxitos de juventud en las celebraciones familiares, cuando nos consolamos y calibramos esa otra parte de mérito y calidad artística que entonces era imposible que le otorgáramos; porque comprendemos que el pop más actual se alimenta en parte de aquellas canciones intrascendentes de los ochenta.

En 2006, con motivo del cuarenta aniversario de un conocido magacín de radiofórmula, se pudo comprobar hasta qué punto aquella improvisada movida se había convertido en el punto de partida de un nuevo pop ibérico, una base sobre la que versionar y homenajear, pero también parodiar y superar. En aquel concierto se mezclaron viejas glorias ochenteras con otras recién consagradas promesas, y no todo sonaba o a pasado o a presente, a generación adulta o a adolescente; al contrario, ambas comprobaron que compartían parte de un mismo legado: el relevo estaba consumado y garantizado. Queda pop ibérico para rato...

sábado, 28 de noviembre de 2015

Orgulloso apóstata del pop ibérico y contracultural de los ochenta: una crónica personal (I)

Yo fui uno esos jóvenes que, tras escuchar por primera vez Escuela de calor de Radio Futura, se metió en un bosque del que ya no pudo/quiso salir: el del pop-rock ibérico y contracultural de los ochenta. Al comienzo de aquella década (mitificada y denostada a partes iguales y con el mismo exceso) no pasaba de ser una música nueva que servía para estar al día, hacerse el moderno... y sobre todo para distinguirse de todo lo anterior. Pero los años y el azar la han convertido en un referente, quizá un lugar común, un hito que viene sirviendo para marcar principios o finales de etapa. Era el verano de 1984, pero hacía ya más de un lustro que aquel nuevo estilo estaba en marcha: surgían por todas partes grupos jóvenes e inexpertos que se lanzaban a componer, tocar e interpretar sin tener demasiada idea de ninguna de las tres cosas. En el mejor de los casos se trataba de ritmos pegadizos y/o de letras divertidas, a veces historias originales, incluso interesantes esbozos de fan fiction... Sin embargo, cuando se me reveló esta nueva realidad en auge gracias a Escuela de calor ya era algo a punto de consolidarse. Así que no puedo considerarme un pionero, ni mucho menos, pero sí haber sido fiel a su legado y a su alargada sombra, mucho más de lo que, en otras circunstancias, hubiera sido lo esperable. Puede que el secreto de su éxito y de su rápida expansión (y aceptación) se debiera a una imprevisible síntesis de ambiente cultural, expectativas políticas y permeabilidad a nuevas tendencias musicales; en mi caso era eso mismo pasado por un cóctel hecho de curiosidad intelectual y de subidón hormonal que --para bien o para mal-- nos ha definido como generación. Ahora que por edad somos carne de parodia, nuestras referencias musicales apestan a viejunas y sobre todo tengo algo más de conocimiento y perspectiva de las cosas, me apetece escribir este pliego de descargo para el pop ibérico ochentero, aunque sea con años de retraso...

La vida da muchas vueltas, y si algo nos define también como generación es que no dejamos de escuchar música, aunque sea siempre la misma; así que es normal que lo que durante la juventud me parecieron obras maestras acabaran arrinconadas por agotamiento, cambio de criterio propio o vergüenza ajena. Y todo para, a continuación, reivindicar acríticamente otros temas de casi la misma época que en su momento no me parecieron tan buenos o simplemente desconocía. Las canciones de los grupos que se identificaban con lo que, a falta de otra etiqueta, se acabó englobando como la movida (el palabro significaba entonces revuelo, algo inconcreto que evidenciaba que algo se cocía, movía o fraguaba en el ambiente) tenían algo en común: la informalidad y el gusto por el extremo. Muchas de sus letras demostraban una fuerte inspiración punk (corriente musical y estética por aquel entonces muerta y enterrada en Europa pero en España aún por concretarse) o, por el contrario, abundaban en el entrañable universo nocional de nuestra infancia tardofranquista (dibujos animados, géneros y personajes cinematográficos, clásicos de la literatura, tópicos de nuestra mojigatería, estrellas del rock y del pop...). Vaqueros, gángsters, personajes infantiles, vampiros, amores extraños..., la denuncia cruel y sarcástica de las contradicciones del Sistema, la ubicuidad intuida de una tecnología --entonces inexistente o apenas verificable en unos pocos inventos y descubrimientos-- que iba a llenar nuestro futuro, la fascinación por un ambiente urbano, nocturno y divertido, la ausencia de censuras y barreras..., y por supuesto un petardeo --hoy lo llaman postureo-- provocador y deliberadamente superficial: el sexo, droga y rock & roll de toda la vida en versión doméstica. En general eran músicas de estilos, tradiciones y géneros muy diversos que lo único que tenían en común era un punto de vista desenfadado e informal de la vida cotidiana, pero que de vez en cuando osaban darle la vuelta a determinados tabúes sacrosantos de nuestros mayores, ridiculizándolos como signo inequívoco de identidad y rebeldía generacional; o reciclando tópicos con ritmos importados/copiados e inéditas puestas en escena. Con el tiempo, unas cuantas bandas --tras unos cuantos cambios, abandonos y disoluciones-- cristalizaron en un proyecto artístico con personalidad y se labraron un merecido prestigio. Eso sí, al principio, cuando todos eran unos desconocidos, no se complicaban la vida sobre el escenario, y exhibían una diversión inversamente proporcional a su inexperiencia. El rock, el punk y el tecno proporcionaron una buena base musical sobre la que experimentar y, llegado el caso, alcanzar fama, éxito y dinero.

Bandas como Parálisis Permanente, La Mode, Kaka de Luxe, Ejecutivos Agresivos, Zombies, Decibelios, Desechables, Aviadro Dro finalmente han conseguido, tras una buena dosis de tiempo y nostalgia, que la industria discográfica más conservadora les aplique el mismo marchamo malditista de cualquier precursor, pionero, rebelde o incomprendido anglosajón, la misma brumosa antesala del mito y la segura cotización indecente de sus precarias y/o escasas grabaciones. No tiene nada que ver con la evolución de sus respectivos estilos, pero sus primeros años de actividad coincidieron con mi propio proceso de descubrimiento del mundo, por lo que sus éxitos sí que marcaron la evolución del mío. Musicalmente no es que fueran gran cosa, pero lo compensaban con grandes dosis de improvisación, extravagancia, desinhibición, atrevimiento, desfachatez, intuición y humor. Y en cuanto a sus letras --excepto las de La Mode, por culpa de Fernando Márquez-- no es que fueran un modelo de inspiración, pero al menos sirvieron de radiación de fondo para mis opiniones y decisiones y, ya puestos, para convencerme de que todo aquello me hacía más interesante y --¿por qué no?-- para despreciar (un poco, no mucho) cualquier cosa que se me antojara un convencionalismo socialmente superado.

Bandas hoy míticas como Burning, Leño o Tequila fueron abriendo brecha en el rock más clásico y urbano desde finales de los setenta, preparando el camino a una legión de imitadores que les dieron la puntilla y el relevo en menos de cinco años (el último álbum de Tequila se editó en 1981). La primera línea, la que marcó la historia del movimiento, incluye nombres como Radio Futura (probablemente el buque insignia del movimiento por su contundencia e impecable trayectoria musical, la calidad de sus letras y la evolución artística de su líder), Nacha Pop, La Frontera, Alaska y Dinarama, Celtas Cortos, La Unión, Golpes Bajos... Incluso Gabinete Caligari que, a pesar de los grandes éxitos que cosechó, representa el reverso oscuro de esta primera línea, con su rápido auge y caída sin dejar apenas huella; casi una metonimia de lo que fue el pop contracultural y ochentero en España. El grupo cosechó sus primeros éxitos gracias a canciones castizas que mezclaban rock y ritmos populares como el pasodoble, aparte del hecho de que en sus conciertos no escondían para nada su ideología de extrema derecha. Pero su música gustaba, hasta que llegó Camino Soria (1987), el álbum donde dejaron definitivamente atrás ciertos tics políticos y se centraron en unas canciones románticas y clásicas que agradaran a la mayoría (como así fue)... Y a partir de ahí cuatro anodinos álbumes más, y luego apenas nada...

Pero no todo eran sonidos pospunk, rockeros o tecno, también se apuntaron grupos que tomaron el relevo a los clásicos de los sesenta y setenta, como Los Brincos, Fórmula V o Los Sírex: los nuevos tiempos exigían un cambio de punto de vista, vestuario y actitud. Por eso los ritmos castizos y guatequeros de toda la vida seguían latiendo con fuerza en las canciones de Mecano, Hombres G, La Guardia, Los Nikis, Olé Olé u Objetivo Birmania... Y es que el peso de la tradición no se borra de un plumazo, de la misma manera que no se puede ignorar el pasado. Algo bueno tendrá cuando algunas cosas merecen perdurar o reivindicarse...


(continuará)


viernes, 7 de agosto de 2015

Houellebecq, el islam y el patriarcado (aka. machismo)

«Lo esencial es la demografía y la educación; la subpoblación que cuenta con el mejor índice de reproducción y que logra transmitir sus valores triunfa; a sus ojos es así de fácil, la economía o incluso la geopolítica no son más que cortinas de humo: quien controla a los niños controla el futuro, punto final».

«El islamoizquierdismo [...] era un intento desesperado de los marxistas descompuestos, en plena podredumbre, en estado de muerte clínica, para salir del cubo de la basura de la historia agarrándose a las fuerzas ascendentes del islam»
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Michel Houellebecq (Sumisión, 2015)

A nadie que haya leído más de dos novelas de Michel Houellebecq se le puede escapar cuál es su tema: el colapso de la sociedad tradicional, fundamentada en la familia y en las instituciones políticas que han surgido por encima de ella, básicamente por culpa de un capitalismo fuera de control y el derribo progresivo de todos los tabúes sexuales (como si se tratara de una increíble paradoja que hiciera buenas todas las absurdas teorías de Marcuse). De paso, miestras se recrea en la debable, suele aliñar sus argumentos con comentarios y excursos que revelan su declarado odio por todo el sesentayochismo en general y, también, la cultura New Age (cuyo esplendor coincidió con los años setenta del siglo XX, en plena juventud del escritor), a la que considera una inmensa patochada sin sentido. Así que tenemos básicamente un joven inadaptado criado por su abuela tras la dimisión egoísta de sus padres (que prefirieron «realizarse» antes que enterrarse en vida educando a un hijo) al que desde luego no encandilaron las grandes corrientes de pensamiento de su tiempo. No pienso ser tan cuadriculado y conformarme con explicar todo recurriendo a indicadores freudianos, digamos simplemente que Houellebecq ilustra un principio de acción y reacción bastante común en la gente, y que su tema es un posicionamiento en contra de lo mayoritario del que luego ha surgido un proyecto literario, quizá también un pesimismo coherente y una ideología política y cultural (eso ya no lo sé). Otro día tocará aplicar esto mismo a la generación ochentera, que también tiene su miga...

Desde Las partículas elementales (1998) Houellebecq escribe dando por hecho que la sociedad contemporánea se siente inexplicablemente empujada hacia una imprevisible variante cyberpunk de la distopía social que describió Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932). Cada uno de sus libros se centra en uno de esos procesos que, ya desde el presente, ha empezado a expandirse por Occidente: no augura complots ni males absolutos, sino que ahonda en las secuelas --una realidad visible en algunos casos-- que provoca la devastadora fuerza de un modelo económico que se impone siempre porque recurre por sistema a la parte instintiva y gregaria del ser humano, la misma que durante siglos ha tratado de domesticar la Ilustración.

Las novelas de Houellebecq narran cómo hay personas --desarraigadas, solitarias, egoístas, desmotivadas, abstencionistas, salidas-- que se las apañan bastante bien en el caos de la aparente corrección política actual, personas a las que no les preocupa que el mundo mute por completo y se inviertan las premisas de la convivencia y de las relaciones si al final resulta que viviremos más y follaremos mucho y con muchas (los protagonistas de Houellebecq siempre son hombres, no lo olvidemos). En Las partículas elementales era la disociación completa entre familia y sexualidad (es la obra más directamente vinculada con Huxley); en Plataforma (2001) era el turismo como vehículo de expansión de la misma sexualidad abierta y múltiple que describía en la novela anterior y en La posibilidad de una isla (2005) era la perpetuación de la existencia gracias a la clonación, aunque fuera a costa del definitivo aislamiento del ser humano en zulos tecnológicos, no sólo renunciando al sexo sino a relacionarse (el modelo social que mejor encaja en ese panorama son las sectas y/o cualquier ideología extremadamente jerárquica que dogmatize la mismísima vida cotidiana).

Sumisión (2015), finalmente, describe la parte de ese proceso único que encajaría temporalmente entre Las partículas elementales y La posibilidad de una isla; el libro especula acerca de una de las maneras posibles en que podría concretarse un cambio cultural radical alineado con esas nuevas formas de organizar la familia, la sexualidad y el Estado. El islam, por mucho que escandalice a unos cuantos, podría ser un vehículo en ese objetivo, y por eso creo que Sumisión no es una novela sobre el islam, sino sobre algunos de los cambios que podría traer aparejado esta religión en caso de expandirse en los feudos tradicionales del racionalismo ilustrado.

A Houellebecq lo que le obsesiona es la capacidad del islam como ideología socializante (como si otras religiones no la tuvieran o no hubieran fracasado en lo mismo), capaz de autoperpetuarse y expandirse en sociedades a priori hostiles (como lo son las europeas), una capacidad que el cristianismo mantuvo durante siglos pero que ha perdido por el empuje tecnológico, la corrección política y el narcisismo realmente existente. Pero sobre todo le fascina la sexualidad completamente ventajosa que implica para los hombres. Esto, y no una inefable motivación religiosa, estaría detrás de los elevados índices de conversión entre los europeos que experimenta el islam contemporáneo (lo vemos cada día en los telediarios: hombres que se enrolan en el Estado Islámico porque les prometen poder, dinero y/o sexo por decreto, así como el mando absoluto de sus familias, algo que Occidente les obliga a ganarse o a negociar). No nos equivoquemos: hoy es el islam, pero mañana podría servir cualquier excusa, el caso es que la distopía se convierta en realidad.

Sumisión desarrolla una serie de ideas que sirvan de pretexto para argumentar el cambio político y cultural que describe, y ahí es donde se revela la capacidad de su autor para meter el dedo en la llaga (y, por tanto, alcanzar el éxito), en el elemento que escoge como catalizador: el sexo (aparte de este, ningún otro elemento de su esquema argumental soporta un análisis riguroso). Si el islam resulta atractivo para algún occidental es porque sanciona la poligamia; este y no otro es el auténtico centro de la novela. Da lo mismo que detrás haya una religión, que la utilicemos de forma sesgada o que sea irreal, la cosa es que promete un primer nivel de sexualidad abierta y múltiple, el Santo Grial masculino de este siglo XXI. El problema es que esta idea revolucionaria --lo es-- alcanza el núcleo de la mismísima ideología patriarcal, la misma que durante siglos ha tratado de domesticar la Ilustración. Ese patriarcado de raíz monoteísta que relega a la mujer a un segundo plano como individuo y como ser social, convirtiéndola en una especie de ente que requiere tutela y supervisión constantes y al que hay que poner límites a su actividad profesional (no sea que ellas sean mejores que nosotros), así como establecer enérgicamente sus deberes conyugales y domésticos (no vaya a ser que resulte que no sabemos echar un polvo de decente o tengan la posibilidad de cambiarnos por otro objetivamente mejor, que es lo que haríamos nosotros con ellas sin dudar). Este nuevo patriarcado ligado al islam que propone la novela no está muy lejos del que proponían los fascismos del siglo XX (y que en España se prolongó hasta 1975 gracias al complejo nacional-catolicista de Franco), el cual acabó fracasando gracias a sus incompatibilidades con el modelo económico que la burguesía propuso (puestos a escoger entre enriquecimiento y democracia, los ricos optaron claramente por el primero); la diferencia es que el islam no posee entre nosotros una experiencia de fracaso similar, y quizá por eso haya bastante gente dispuesta a creer que esta vez no habrá errores, que los hombres recuperaremos el estatus que poseíamos cuando éramos cazadores-recolectores...

¿A qué hombre no acabará por interesarle lo que predique el islam (o cualquier otra ideología) si al final, tal como asume Houellebecq, le proporciona privilegios? Para empezar, en el trabajo habrá menos competencia (las mujeres serán apartadas de numerosas profesiones), en casa no pegarán un palo al agua (como hicieron sus padres y abuelos, un motivo más de orgullo) y además podrán follar con hasta cuatro mujeres distintas (incluyendo adolescentes menores de edad). Gracias a estas indiscutibles ventajas todavía quedan bastantes cafres a los que les cuesta renunciar a los privilegios por razón de sexo, dispuestos a amargarle la vida a sus esposas, hijos y familias --incluso a llegar al asesinato--, lo que sea con tal de no aceptar una vida en igualdad de condiciones. El patriarcado no es más que el miserable eufemismo que emplean las elites y ciertas personas con estudios superiores para designar lo que es pura y simplemente machismo, una ideología que busca mantener la primacía masculina en lo social, lo doméstico y lo sexual...

Sumisión es una novela sobre la nostalgia del machismo entre las elites universitarias francesas que pueblan las facultades de humanidades, profesionalmente atrofiadas debido a sus mínimos campos de estudio (un único autor llena sus vidas), ansiosos por alcanzar un prestigio y un nivel de vida que claramente pertenecen al pasado y que se comportan como si su actividad conservara aún un brito de prestigio social. La crítica de Houellebecq a este miserable mundillo es demoledora y la comparto en lo más profundo: está tan deformada que aun así se pueden detectar estas rutinas e ideas en la mayoría de las universidades europeas. El primer paso para superar este narcisismo es aceptar que no es incompatible una vasta especialización cultural con ideas conservadoras, incluso nostálgica y peligrosamente retrógradas. Puede que no estemos hablando de una combinación muy extendida, pero desde luego no se trata de una fabulación sin ninguna base real: la ecuación funcionariado y endogamia laboral ha sido un cóctel letal para las facultades que las ha sumido en la plena podredumbre, en estado de muerte clínica, en el fondo del cubo de la basura de la historia. Bravo Houellebecq.

Y poco más: el libro se limita a especular con los posibles cambios a que daría lugar la victoria de un partido musulmán moderado, el cual accede al poder porque la elite viejuna, carpetovetónica y sesentayochista francesa lo considera un mal menor frente al fascismo xenófobo del Frente Nacional. Una ficción política plausible vertebrada a través de los cambios vitales y laborales que experimenta un joven profesor de literatura en la Sorbona, que ve cómo el mundo al que pretendió acceder durante décadas de estudios especializados se hunde por inoperancia y se rinde al empuje vital del islam, su escandaloso poder y riqueza y su patriarcado implícito, revestido de buenismo y de gestión eficaz. En este sentido, creo que Houellebecq ha dejado pasar la oportunidad de cebarse en el retrato crítico de una sociedad que está dispuesta a sacrificar cualquier principio ético y político con tal de no perder bienestar; ya sucedió algo parecido en el siglo pasado, cuando el capitalismo se convenció de que los fascismos acabarían con las reivindicaciones obreras y devolverían a la chusma a los suburbios... Quizá lo deje para la próxima novela.

Limitar los efectos del libro a la misoginia o la islamofobia de su autor, a un escándalo con fines publicitarios, a las calculadísimas declaraciones que realizó tras coincidir el lanzamiento del libro con el horrible y cruel atentado de Charlie Hebdo, todo eso no es más que una mirada superficial al universo distópico de Houellebecq, propia de un lector ocasional al que atrae el trasfondo político de esta novela. Los asiduos sabemos que se trata de un hito más en un proyecto literario que podrá suscitar desacuerdos o escandalizar, pero que mantiene una coherencia desconcertante que no conviene subestimar. No lo llaman machismo por nada...

miércoles, 29 de julio de 2015

El capitalismo de Thomas Piketty en dos minutos

Llevamos siglo y medio debatiendo acerca de la naturaleza del capitalismo: acerca de su esencia, sus futuros previsibles, sus bondades inexplicables, sus contradicciones letales... Lo hacemos en las universidades, en los parlamentos, en las asambleas de estudiantes, en las sobremesas, en los bares, en madrugadas poscoitales... El objetivo siempre es el mismo: tratar de fijar su funcionamiento en una teoría con una coherencia lógica y empíríca (igual que si se tratara de la gravitación universal, la dinámica de fluidos o la relatividad especial) que nos proporcione una base argumental sobre la que fundamentar no sólo una praxis política, sino nuestra ética personal. Demasiado ambicioso, demasiado trascendente (de ahí las dimensiones de determinados fracasos --personales y colectivos-- de sobra conocidos), por lo menos debemos admitir o presuponer lo bienintencionado de la mayoría de los debates.

El Capital en el siglo XXI (2013) de Thomas Piketty (un título que claramente remite y desafía a otra famosa obra del siglo XIX) es un libro que pone a prueba una serie de intuiciones y premisas ético-políticas que no son sólo de su autor, sino de media humanidad, incluso de otra media que ya está muerta. Su objetivo es igual de ambicioso que los interminables debates de los últimos 150 años --establecer la naturaleza intrínseca del capitalismo--, pero también proyectar sus proposiciones generales y sus correspondeintes análisis empíricos sobre el siglo XXI que acabamos de empezar con no demasiado buen pie. La obra de Piketty viene a decir que la clave para aislar y comprender la naturaleza del capitalismo está en las series de datos que los países desarrollados han venido acumulando de forma sistemática (en ocasiones desde el siglo XVIII), y que es cuestión de saber cruzarlos para extraer pruebas y conclusiones que corroboren sus ideas. Plantear hipótesis, explicitar una metodología de análisis y aplicar la lógica deductiva. Igualmente ambicioso, igualmente trascendente.

De entrada, advierto que no pienso defender ni cuestionar la validez, coherencia ni pertinencia de los datos y comparaciones que maneja Piketty en su libro porque no tengo ni idea de cómo hacerlo; esa labor la dejo para los expertos y críticos del gremio de economistas que publican y tienen plaza fija en una universidad, que seguro que encontrarán argumentos para todo lo bueno y todo lo malo. Yo me quedo con la parte que puedo comprender y, por tanto sintentizar críticamente: su teoría general del capitalismo y el esquema argumental y estadístico en el que la sustenta.

Parece mentira que para formular algo aparentemente tan sencillo hagan falta casi seiscientas páginas, y que después de tantos años ahora resulte que el capitalismo, con toda su inmensa complejidad, pueda reducirse a dos leyes fundamentales:

Primera Ley del Capitalismo: la participación de los ingresos del capital en el ingreso nacional es igual a la tasa de rendimiento promedio del capital multiplicada por la relación capital/ingreso. Se trata de una simple igualdad contable, válida en todo tiempo y en todo lugar. Suena muy técnico, pero en lenguaje político viene a decir que los poseedores del capital reciben una productividad marginal --aka beneficio-- como remuneración por su(s) propiedad(es) --la(s) cual(es) puede(n) proceder de su ahorro pasado, o bien de una herencia de sus antepasados-- sin que tengan necesidad de aportar ningún nuevo trabajo. Es más, quienes amasan un capital gracias a su trabajo y esfuerzo personal acaban convertidos en rentistas, librándose de tener que trabajar más (él y/o sus descendientes). Puede que resulte racionalmente injusto, que indigne a más de uno, pero esta situación se produce siempre y en todo lugar, con independencia de toda moral en la que se mezclen capital y trabajo, y acabará produciendo una desigualdad fundacional a no ser que alguien con poder suficiente legisle abiertamente en contra de ese estado de cosas. Nos guste o no, el capital, y no el trabajo, es el motor del crecimiento económico; por eso lo llaman capitalismo y no trabajismo.

Segunda Ley del Capitalismo: una sociedad que ahorra mucho y crece lentamente (como sucede desde hace tiempo en las economías más desarrolladas de este planeta) acumula a largo plazo un enorme acervo de capital, lo que sin duda tendrá consecuencias en la estructura social y en la distribución de la riqueza. En ese lento crecimiento hay que incluir el de la población --en la mayoría de países capitalistas el crecimiento demográfico está muy ralentizado, incluso estancado--, una coyuntura agravante que, sumada a los efectos de la Primera Ley del Capitalismo, incrementa aún más la capacidad de acumular capital a los que ya lo poseen gracias, en buena parte, a la extendida práctica cultural de la herencia.

Esto es así porque Piketty lo formula como proposiciones fundamentales, no porque esa sea la naturaleza intersubjetiva del capitalismo, puesto que otros economistas antes que él interpretaron las cosas de muy diferente manera. Una de esas interpretaciones tuvo bastante éxito en la segunda mitad del siglo XIX y se debe a un tal Karl Marx. Este agudo e inteligente filósofo, analizando los pocos datos de que disponía, pronosticó un colapso mundial de la economía por culpa de la imparable acumulación de capital (proveniente la industria manufacturera británica, sin competencia en el planeta en aquellos años) a la que asistía en su época. A partir de que ese colapso fuera una realidad Marx razonó de la misma ridícula manera que Platón unos cuantos siglos antes cuando se encontró en una encrucijada similar: tras constatar que en cada generación se echaban a perder las esencias de su sociedad dedujo que debió de existir un tiempo en que esas esencias eran puras y sin corrupción, de modo que se inventó una utopía indemostrable que sirviera como mito, origen y explicación de todas sus teorías posteriores; así que se sacó de la toga la chorrada esa del mundo ideal y de las formas perfectas. Marx, por su parte, en un golpe de inspiración semejante, vaticinó una apropiación de los medios de producción por los trabajadores como una consecuencia lógica del colapso por culpa de la acumulación de capital. Marx sabía perfectamente que el capital no se podría acumular de forma indefinida e infinita, pero tal como crecía y se concentraba en su tiempo podía deducir que llegaría un momento en que habría tanto que su rendimiento se desplomaría, y entonces ¡chas! los medios de producción cambiarían de manos, como si el capital ya no tuviera razón de ser a partir de ese instante y todo pudiera funcionar a la perfección en su ausencia.

La cosa es que su utopía prendió en el imaginario obrero y se montó una buena, que culminó en 1917 y se desplomó en 1989 levantando considerables ampollas. Piketty, sin embargo, no se ensaña con los detalles de esta deriva fracasada y prefiere explicar las razones lógicas que llevaron a Marx a cometer semejante error de bulto: asumir de forma implícita que el incremento de la producción se debía básicamente a la acumulación de capital industrial (se producía más porque cada trabajador disponía de más máquinas y equipos, y no porque su productividad como tal aumentara). El desarrollo posterior de la tecnología y del propio capitalismo han demostrado que sólo el crecimiento de la productividad permite un crecimiento estructural a largo plazo, «sin embargo, teniendo en cuenta la falta de perspectiva histórica y de datos disponibles, eso no era evidente en la época de Marx [...] La contradicción dinámica señalada por Marx corresponde pues a una verdadera dificultad, cuya única salida lógica es el crecimiento estructural, que permite equilibrar --en cierta medida-- el proceso de acumulación del capital. El crecimiento permanente de la productividad y la población es lo que permite el equilibrio de la suma permanente de nuevas unidades de capital [...] a falta de lo cual, en efecto, los capitalistas cavarían su propia tumba: ya sea que se desgarren entre sí, en una tentativa desesperada por luchar contra la caída en la tendencia de la tasa de ganancia (por ejemplo, a través de la guerra para obtener las mejores inversiones coloniales, como en la crisis marroquí entre Francia y Alemania en 1905 y 1911), o bien que logren imponer al trabajo una participación cada vez más baja en el ingreso nacional, lo que acabaría por conducir a una revolución proletaria y a una expropiación general. En todo caso, el capitalismo está minado por sus contradicciones internas». Quizá bajo determinadas condiciones, como admite Piketty, se pudiera prever esa revolución proletaria, lo que no aclaró Marx --tan puntilloso él en sus críticas demoledoras a los hegelianos-- es de dónde salía el corolario racional del nuevo propietario colectivo de los medios de producción.

¿Hay alternativa a esta situación? Pues sí: al parecer, los conflictos mundiales que se produjeron entre 1914 y 1945 fueron los únicos acontecimientos (completamente ajenos a la economía) que consiguieron revertir temporalmente la concentración de capitales en unas pocas manos, pero una vez superada la posguerra --entre 1970 y 1980-- el capital volvió a alcanzar sus antiguos niveles de concentración. Con una ligera diferencia respecto a la situación anterior a 1914: que hoy en día existe una clase media patrimonial propietaria de aproximadamente la tercera parte de la riqueza nacional, de manera que los ricos de ahora son un 10% menos ricos que sus antepasados porque ese porcentaje se ha repartido entre la porción de población con unos ingresos medios; en cambio, para la mitad más pobre de la población su patrimonio sigue siendo tan escaso hoy como ayer. No resulta muy tranquilizador saber que el único método eficaz conocido de revertir la desigualdad (aunque sea temporalmente) es la guerra.

El hecho de que entre 1950 y 1979 el capitalismo pareciera estar bajo control, relativamente bien redistribuido (al menos en nivéles inéditos hasta entonces) y sin conflictividad social grave, hace que todavía hoy muchos políticos crean que se puede restaurar la legislación de aquella época sin tener en cuenta el resto de la coyuntura histórica (posguerra, mejoras tecnológicas, alto crecimiento, limitado rendimiento del capital) que favoreció aquel momento privilegiado, y reconstruir de este modo un cortafuegos político y social que impida que se cumpla la Primera Ley del Capitalismo. De esta gente cabría esperar un poco más de perspectiva y de agudeza en los detalles, porque de buenos propósitos ya están bien surtidos.

¿Alguna alternativa más? Creo que sí. Durante décadas la historiografía especializada ha cantado las bondades de tres revoluciones occidentales que apuntalaron el equilibrio actual entre capitalismo y democracia, ejemplos de indudables principios de progreso en el pasado y cuyos réditos políticos disfrutamos hoy. Lo cierto que es hay que quitar bastante IVA a todas ellas, puesto que aportaron una única cosa y pasaron de puntillas por la mayoría de los privilegios que llevaban siglos legitimando jurídicamente la desigualdad:

1. La Revolución Inglesa de 1688 inventó el parlamentarismo moderno pero dejó tras ella una dinastía real, la primogenitura terrateniente hasta la década de 1920 y privilegios políticos para la nobleza hereditaria que todavía, en el momento de escribir esto, no han sido abolidos.

2. La Revolución Francesa de 1789 encaró la igualdad jurídica de los individuos frente al mercado, pero con la mirada puesta únicamente en la derogación los privilegios de la aristocracia. Este buenismo legislativo no impidió que la sociedad francesa de principios de siglo XX fuera todavía más desigual que la del siglo XVIII.

3. La Revolución Estadounidense de 1776 dio origen al principio republicano, pero consintió que la esclavitud prosperara un siglo más y que la discriminación racial fuera legal durante casi el doble de tiempo.

De la economía de mercado resultante de las dos leyes formuladas por Piketty no se deduce, deriva ni contempla ninguna --repito, ninguna-- fuerza capaz de conducir de forma natural a una reducción de la desigualdad patrimonial o a una armoniosa estabilidad. No existe ninguna razón para creer en el carácter autoequilibrado del crecimiento, ni en la perfectibilidad de la autorregulación del mercado en condiciones ideales de legislación mínima. Es más, sostiene Piketty, la asimetría constante de los rendimientos del capital y del trabajo --en beneficio del primero-- significa que el pasado devora el porvenir, que las riquezas acumuladas por nuestros antepasados progresan mecánicamente más rápido, sin trabajar, que las producidas por el trabajo y a partir de las cuales es posible ahorrar: «la principal fuerza que explica la hiperconcentración patrimonial observada en las sociedades agrarias tradicionales y, en gran medida, en todas las sociedades hasta la primera Guerra Mundial [...] se vincula con el hecho de que se trata de economías caracterizadas por un bajo crecimiento y por una tasa de rendimiento del capital clara y duraderamente superior a la tasa de crecimiento [...] Se trata de condiciones ideales para que prospere una sociedad de herederos, caracterizada al mismo tiempo por una muy fuerte concentración patrimonial y por una gran persistencia en el tiempo y a través de las generaciones de esos patrimonios elevados». La única manera de mitigar --nunca erradicar-- esta desigualdad es a través de los métodos artificiales de la política, la única que podría contener la implantación de un Nuevo Antiguo Régimen.

Además de este entretenido relato sobre un tema clave de nuestra civilización, el libro de Piketty también ajusta cuentas con unos cuantos lugares comunes de la teoría económica clásica y neoliberal, tanto que casi nos hemos convencido de su verdad de tanto repetirlos: la teoría de la utilidad marginal (un modelo simplista e ingenuo con graves problemas conceptuales y empíricos que no permite dar cuenta de la diversidad de las evoluciones históricas y del desarrollo histórico del capitalismo); la inflación (esa creencia errónea tan enquistada en el convervadurismo neoliberal que afirma que reduce el rendimiento promedio del capital, cuando lo único que perjudica es la riqueza ociosa); el Principio de Pareto (que creía que las desigualdades se acababan compensando por arte de magia, sin necesidad de hacer nada por los más perjudicados en el reparto. Muchos fascistas llegaron a creer que sería así con una política económica adecuada) o la teoría de la oferta (la fuerza principal que lleva verdaderamente hacia la igualación de las condiciones es la difusión de los conocimientos y las cualificaciones, no el juego de la oferta y la demanda o la movilidad del capital y del trabajo).

En definitiva, después de leer El Capital en el siglo XXI, uno acaba por aislar y resituar algunos de los principales aspectos del debate económico, político y social respecto a nuestra existencia como trabajadores por cuenta ajena, los cuales curiosamente no tienen nada que ver con los ingresos, las barricadas, la fortuna o las capacidades propias. En mi caso, creo que el más importante es el siguiente: que las desigualdades patrimoniales no tienen la misma consideración social si son el producto de una herencia legada por generaciones anteriores o fruto del ahorro logrado a lo largo de una vida. Esta distinción está grabada a fuego en la clase media patrimonial de Occidente, y quizá es la única certeza que la mitad más pobre de cualquier sociedad está dispuesta a admitir como desigualdad natural compatible con un (aún) inédito orden igualitario. Este mismo dilema se detecta en la radiación del fondo que provoca el constante y agotador rifirrafe político relacionado con los ricos y los pobres, los empresarios y los obreros, la izquierda y la derecha parlamentarias... Lo cierto es que, a día de hoy, ha sido imposible dar con una fórmula legal que sea capaz de garantizar una distinción justa y fundamental entre herencia y esfuerzo y redistribuya el capital sin coartar las desigualdades naturales.

Ay, en fin, el capitalismo...


miércoles, 10 de junio de 2015

Subsistencia aumentada o la lógica de la supervivencia científica

«El tiempo seudocíclico es el del consumo de la supervivencia económica moderna, la supervivencia aumentada, donde lo vivido cotidiano queda privado de decisión y sometido ya no al orden natural, sino a la seudonaturaleza desarrollada en el trabajo alienado; y por tanto este tiempo reencuentra naturalmente el viejo ritmo cíclico que regulaba la supervivencia de las sociedades preindustriales» (Guy Debord, La sociedad del espectáculo, 1967)


La cultura impone y aplica la misma lógica depredadora del mínimo esfuerzo que exhibe la naturaleza, con sólo dos diferencias fundamentales: la primera apenas tiene 10.000 años de antigüedad, mientras que la segunda ha dominado y demostrado su eficacia desde hace varios eones; la segunda es que la cultura --por definición-- implica el dominio y la domesticación de la naturaleza. Por eso los efectos, resultados y consecuencias de la cultura sobre el planeta en apenas 60.000 generaciones humanas son infinitamente más visibles y eficaces que millones de años de selección natural.

Gracias a Darwin y a Malthus, sabemos que los animales buscan satisfacer sus pulsiones instintivas de la manera más rápida, segura y eficaz. Si un día encuentran caza o alguna manera de reproducirse (en un paraje o bajo determinadas circunstancias) es seguro que volverán a por más, porque la urgencia y la necesidad les llevan a preferir lo que suponga un menor desgaste energético. Cuando un ecosistema es sobreexplotado por una especie demasiado numerosa se altera el equilibrio impuesto por la selección natural y se quiebra la estabilidad del ecosistema mismo, que ya no es capaz de prolongar las condiciones vigentes de subsistencia y entra en una fase de desequilibrio de consecuencias imprevisibles. Hasta que el ecosistema recupere el equilibrio (aunque sea a costa de sacrificar cualquiera de sus componentes) no existirán garantías de supervivencia para los grupos de seres vivos que han superado la alteración.

Con la cultura --y con este término designo deliberadamente toda actividad humana racional y medianamente sistemática-- sucede exactamente lo mismo: a medida que la ciencia ha alcanzado ciertas seguridades y descubierto determinadas regularidades en la naturaleza, el equilibrio de la selección natural se ha ido resquebrajando. Esto es especialmente obvio en la explotación de los recursos naturales: cuando un recurso o un ecosistema proporciona un beneficio --ya sea para la supervivencia inmediata o económico-- el ser humano lo explota hasta esquilmarlo. Y no lo hace a mala idea, lo que pasa es que aplica la lógica racional que le impone la ciencia, que es la herramienta fundamental que le permite subsistir con tanta holgura, reproduciendo a la perfección la Tragedia de los Comunes descrita por Garrett Hardin en 1968, y cuya vigencia es tan abrumadora como preocupante. Con el tiempo, la humanidad ha sido capaz de mejorar y afinar los métodos de explotación (en ocasiones alargando la vida del recurso), pero en ningún caso se plantea renunciar o interrumpirla. Las fuentes de energía, las minas, los caladeros... si alguno de estos recursos ha sobrevivido al rodillo de la actividad humana es porque hemos encontrado recursos alternativos (o desconocidos hasta entonces) que ofrecen mayor seguridad y beneficios.

La actividad humana, gracias a la tecnología proporcionada por la ciencia, ha podido dar un salto cualitativo en sus condiciones de supervivencia, convirtiéndolas en lo que Guy Debord denominó supervivencia aumentada. Aunque originalmente designa la concepción del tiempo en sociedades capitalistas avanzadas, describe tangencial y perfectamente la cultura como actividad característica de la especie humana en tanto que lucha por superar los límites de la selección natural y por obtener una supervivencia mejorada, incrementada --aumentada-- gracias a la eficacia de los hallazgos científicos y técnicos.

Pero lo más doloroso es la increíble paradoja que encierra esta condición de la existencia: si por un azar quisiéramos corregir o evitar los desequilibrios irreversibles y nefastos que la cultura introduce en la naturaleza tendríamos que actuar en contra de los mismos instintos culturales que nos permiten sobrevivir; y no de forma esporádica, discontinua, perezosa o imprevista (por ejemplo como reacción inmediata a determinadas catástrofes y calamidades), sino como parte de una pauta sistemática que va en contra de todo nuestro juicio racional acumulado. Es imposible sustraerse a esta lógica como principio porque, a pesar de su complejidad y diversidad, en lo básico, la cultura no deja de ser una estrategia de supervivencia, bastante más que un capricho o una emanación inexplicada. ¿O es que acaso cualquier especie animal, por el mero hecho de haber incrementado su población hasta límites casi insostenibles y de provocar con su actividad un desequilibrio en el ecosistema de pronto, cuando su subsistencia está seriamente amenazada, modifica su pauta de supervivencia? ¿Acaso los perros mueven los labios cuando leen? Pues eso.

La racionalidad científica producto de la cultura no es una mejora ni un añadido ni una garantía de nada, si acaso es una sofisticada respuesta, una extensibilidad de la subsistencia que a pesar de todo es incapaz de superar la lógica fundamental y las limitaciones de la selección natural.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Renta básica universal: ¿qué estaremos asumiendo?

La economía política de la globalización está cocinando un mundo que se encomienda --sin saberlo, sin admitirlo abiertamente, sin poder evitarlo quizá-- al establecimiento de una Renta Básica Universal (RBU), un salario mínimo garantizado para todo ser humano por el mero hecho de estar vivo. Los movimientos altermundistas lo reclaman cada vez con más fuerza como la medida definitiva y garantista de la igualdad y contra la pobreza. La RBU --argumentan-- supondría un ingreso mínimo legal incontrovertible que permitiría la superviencia a todo ser humano, sin límite temporal, sin condiciones ni contraprestaciones previas de ninguna clase. Para quienes la reclaman, el hecho de involucrar el concepto de universalidad tiene la ventaja de que suena a principio absoluto, a Revolución Francesa, a Refundación del Sistema (así, con mayúsculas), y además suena a refriega victoriosa ante las narices del poderoso. Pues claro, ante algo tan bienintencionado, tan definitivo, es difícil no engancharse.

Hasta aquí el planteamiento teórico y, por tanto, reivindicativo. Ahora viene la letra pequeña, la que no se suele mencionar en voz alta pero que, aun así, actúa como condición necesaria:

1. ¿Quién tendría derecho a percibirla? Si se plantea como universal y es una medida gubernamental, está claro que los nacionales con y demás gente con los papeles en regla. Es decir, hablamos de una legislación estrechamente vinculada a los Estados-Nación que prolongaría innecesariamente su agonía como agentes de la política económica de la globalización. Su implantación sería la consecuencia de una promesa electoral estrella, el resultado de una revuelta, pero nunca una reacción racional y planificada ante determinadas evidencias de la coyuntura económica.

2. ¿Se percibiría por el mero hecho de existir y durante toda la vida, o más bien estaría condicionada a la concurrencia de una serie de circunstancias vitales? Hay quienes defienden lo primero contra toda lógica, puesto que esto es algo absolutamente inconcebible desde todos los puntos de vista. La RBU como una renta para quienes carecen de todo ingreso en riesgo o situación de exclusión social (la legislación tendría que establecer los diversos grados admitidos) es algo bastante más factible y realista. La principal diferencia con las prestaciones por desempleo y la razón que explica el amplio consenso que suscita es que no es una renta decreciente, limitada en el tiempo ni depende de que haya que demostrar documentalmente que se cumplen determinados requisitos. La RBU es para unos el sueño populista de un ingreso por la cara, para otros la dignificación definitiva del ciudadano. Pero si resulta que la RBU no es para toda la vida y se percibe en determinadas circunstancias ya la tendremos liada...

3. ¿Qué criterios se seguirían para determinar el derecho o no a percibirla? Alguien tendría que poner negro sobre blanco los límites, los requisitos y los controles (como en cualquier norma legal, esto no es una novedad). Y entonces, ¿cómo evitar que la RBU se convirtiera en un complemento a los ingresos provenientes de la economía sumergida?

Y finalmente la pregunta del millardo: 4. ¿Qué cantidad es digna de ser llamada RBU? No podría ser tanto que desincentivara la búsqueda de trabajo, pero tampoco muy baja, porque tendría que permitir una subsistencia básica. Y en ese caso, ¿percibirían todos lo mismo sin atender a edad, estados civiles, compromisos de pago adquiridos, circunstancias familiares y/o personales? ¿Quién va a decidir todo esto? ¿El gobierno de turno? ¡Qué sabrá esa gente lo que cuesta sobrevivir!

La letra pequeña de la RBU no se diferencia en nada --repito, en nada-- de cualquier otra reivindicación de una prestación económica: salarios, tarifas de servicios básicos, extensión de beneficios sociales sujetas a gratuidad y universalidad... Además, todo lo de la RBU tendrá que debatirse y fijarse mediante una ley: negociar, reformar, reivindicar, rebajar, conceder, desvirtuar, formar comisiones de expertos, dar conferencias, hacer declaraciones, soportar debates y rifirrafes... No nos engañemos: la RBU no es La Reivindicación Social Definitiva con mayúsculas, es una reivindicación más, una reacción --comprensible por otro lado-- ante el panorama de precariedad laboral que apunta el futuro. La RBU no tiene nada que ver (ni está conectada) con las reivindicaciones obreras en los tiempos de la Revolución Industrial (salud, convenios, vacaciones, jornadas, seguridad...). No es una solución, no es un hito, no es un antes y un después en la justicia social, pero hay tantas esperanzas puestas en ella que parece que lo sea. Me pregunto qué dirán sus argumentadores/reivindicadores actuales cuando comprueben que no habrá servido para minorar la desigualdad y que la pobreza seguirá extendiéndose como un meme viral imparable.

Ahora repasemos los argumentos desde el lado de la oferta: la RBU se alinea peligrosamente --no sé si con suficiente consciencia-- con la tendencia global de la economía política que hace del trabajo humano un recurso incrementalmente prescindible. Cada vez más economistas se atreven a formularlo en voz alta, incluso a ponerlo por escrito: en el futuro será suficiente con que trabaje un 15% de la población activa para mantener la producción en todos los sectores del mercado. Y cuando digo todos quiero decir TODOS. La cosa ya no irá de que la política económica y la emprendeduría privada sean capaces de alinearse para crear puestos de trabajo con el objetivo irreal del pleno empleo (el mantra electoral y de gestión de cualquier político y emprendedor), sino que bastará con tener a unos cuantos trabajando para que todo funcione tan ricamente, porque lo que falta lo llenará la tecnología. El resto, los que no hace falta que trabajen, para que no se sientan discriminados, serán considerados y tratados como usuarios/consumidores de pleno derecho (igual que los que perciben rentas por su trabajo), y por obra y gracia de la RBU se les mantendrá alejados de tentaciones revolucionarias, con su descontento bajo control y dentro de los límites --con uno o con los dos pies, eso ya se verá-- del mercado de consumo.

A esa élite que percibe rentas del trabajo habrá que hacerles la pelota y pagarles razonablemente bien, ya que de lo contrario podrían entrar en una dinámica insana que les llevara a cuestionarse sus años de dura (y cara) formación para mantenerse ellos mismos y a una mayoría que no es necesaria ni interesa que trabaje, incluso preferir pasarse al bando de los subvencionados por la RBU (alguno habría). Y así las cosas, todavía habrá quien se queje porque la RBU esté al nivel de un salario de subsistencia, ignorando que la Teoría del valor de David Ricardo hace siglos que demostró por qué los salarios nunca superarían ese umbral. A estos insatisfechos permanentes los políticos tendrán que repetirles una y otra vez que los ingresos son escasos, que hay que repartir, la solidaridad, la justicia y bla, bla, bla....

¿De verdad la RBU es la solución? ¿No es más bien una reivindicación que encaja con perversa precisión con el tipo de sociedad que perfilan la globalización, los recursos menguantes y una demografía imparable? ¿A qué tipo de sociedades dará lugar una economía de salarios por decreto? ¿En qué clase de personas se convertirán los beneficiarios de una RBU garantizada? ¿Qué pasará si se prolonga durante una generación o más? ¿En qué extraña sociedad distópica --anticipadas por el cine y la literatura con más o menos fortuna-- nos habremos convertido?

Sin duda la ética será una de las primeras víctimas de esta refriega. La RBU puede que sea una solución para millones de desheredados del sistema, pero también dará lugar a comunidades de mantenidos, sin iniciativa, en el umbral de la supervivencia, enquistados y anclados por obligación en un consumo de subsistencia. Los subsidios actuales (regulados y limitados) cumplen una función muy parecida a la de la RBU, pero lo que es más importante: obligan a gobiernos y emprendedores a seguir fingiendo que cuentan con todos nosotros para trabajar, lo cual les hace parecer patéticamente divertidos.

Con la RBU implantada durante tiempo suficiente, ¿cuánto tardará en llegar el iluminado de turno que diga que somos demasiados, que sobra gente? No es que la RBU sea una mala idea, pero acabará naturalizando unas condiciones de desigualdad, paternalismo y autoritarismo radical que asustan.


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