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sábado, 11 de noviembre de 2017

Historia contemporánea del deseo humano

«Hemos detenido la selección natural desde el momento en que somos capaces de criar a entre el 95 y el 99% de los bebés que nacen» David Attenborough.

«La pereza es connatural al ser humano. Si no fuera por nuestra imperiosa necesidad de procurarnos alimento y refugio no nos moveríamos del lugar donde caemos al nacer. Sólo el instinto de supervivencia está por encima de la pereza. Pero resulta que, gracias a la ciencia, a la tecnología y a nuestra peculiar forma de complicarnos la vida hemos conseguido eliminar casi todo el esfuerzo que suponía la búsqueda de alimento y seguridad, las dos actividades que, desde hace al menos diez milenios, han llenado casi en exclusiva nuestro tiempo de vida. Es más, hemos hecho tan bien lo de garantizarnos alimento y seguridad que estamos llegando a un punto en el que los satisfacemos en exceso. Nos sobra alimento (nos procuramos más del que podemos consumir, impidiendo de paso un mejor reparto y fomentando el desperdicio) y seguridad (nos protegemos contra amenazas poco probables o inexistentes). Gracias a estos dos excesos básicos la pereza vuelve a señorearse como instinto humano por excelencia. Por fortuna esa misma sociedad compleja que produce la enfermedad del exceso nos proporciona el antídoto que evitará que nos convirtamos en los seres ultraperezosos que augura Wall·E. Batallón de limpieza (2008) de Andrew Stanton. Tenemos a nuestra disposición dos buenas alternativas para relegar la pereza al lugar que ocupaba en nuestra lista mientras correteábamos por la sabana: el ocio y el deseo, expresados ambos en el sentido más amplio que quepa imaginar. Resueltos los problemas de alimento y seguridad, estos dos estímulos son los únicos que nos sacan de casa. Exposiciones, conciertos, gastronomía, actividades, deseos materiales, sensuales, sensoriales, adquisitivos y, por supuesto, sexuales. La cultura ha hecho un esfuerzo ingente por modificar nuestra configuración de fábrica, y cuando finalmente lo ha logrado el resultado ha sido espectacular, superando con creces el umbral de subsistencia y de incertidumbre que nos atemorizó durante milenios como animales y como homínidos. Lo que no ha podido modificar la cultura es nuestro funcionamiento a base de pulsiones, de reacciones instintivas, las acciones irreflexivas, la gratificación inmediata y egoísta. Todo esto se mantiene intacto. Y, ahora, eliminados de la ecuación el refugio y la seguridad, gracias a la tecnología y a la complejidad de nuestros sistemas sociales, rendimos vasallaje a dos sucedáneos igualmente adictivos. El deseo es el principal combustible del estado de cultura, con él llenamos el tiempo que hemos liberado al garantizarnos un excedente de alimento y de seguridad. La pereza, mientras tanto, sigue agazapada, a la espera de su oportunidad en cuanto nuevos usos y costumbres nos garanticen excedentes de ocio y deseo. Y de sexo».


Numerosas señales parecen indicar que estamos en el buen camino, en los comienzos de la era en la que tendremos garantizado el ocio, el deseo y el sexo por el mero hecho de ser actividades excedentarias, como sucedió con el alimento y con la seguridad. Es cuestión de tiempo. Y aunque parezca un contrasentido, la que lo tiene más fácil para lograrlo es el sexo. Cuanto más simple es el estímulo más sencillo es colmarlo. Hagamos un rápido repaso...

Los expertos no se acaban de poner de acuerdo en las formas y técnicas de la socialización del sexo; especialmente en lo relativo al umbral de tolerancia admitido a la hora de forzar las normas para frotarnos los cuerpos y procurarnos un orgasmo sin consecuencias hasta que el amanecer nos separe. En corto y claro: ligar con el objetivo nunca explícitamente declarado de obtener sexo sin compromiso; un arte que busca exactamente lo contrario de lo que dicta la ética social mayoritaria, pensada para armonizarse con la reproducción, la crianza de los hijos, el decoro y la mojigatería. Eso sí, al menos existe un consenso básico sobre las principales etapas en una supuesta Historia contemporánea del deseo humano, que serían tres:

1. Desde que a comienzos del siglo XX se consolidó el estilo de vida urbano y se debilitó la familia extensa agraria como organización familiar prioritaria, la socialización básica --incluida la sexual-- se articulaba en grupos de edad (un hecho al que sin duda contribuyó desde mucho antes la enseñanza en clases con alumnos de la misma edad desde mediados del siglo XVIII). Tras una primera mitad de siglo convulsa en matanzas y revoluciones, finalmente, en los años sesenta y setenta del siglo XX, se puede decir que estaban más que establecidos los roles, hitos y situaciones que marcaban la socialización del sexo juvenil: salir en pandillas, buscarse la vida para entrar a las mujeres ajenas al grupo, emparejarse, aprender sobre la marcha lo relativo al sexo, encontrar nuevos ídolos y rituales de afirmación, cuestionar las normas paternas... Aun así, todo esto seguía siendo compatible con el proceso de socialización para la vida adulta, ya que se asumía que todo esto no era más que una fase preparatoria, un desbravarse, algo que se abandonaba en el tránsito a la madurez y que recibía todo el apoyo del complejo machista-patriarcal. Entrar a las chicas para sobarlas y divertirse un rato con ellas se consideraba que curtía la personalidad y daba a los muchachos la clase de seguridad que iban a necesitar después como padres de familia y trabajadores. La literatura y el cine forjaron durante décadas una filosofía y una estética que servía a la vez de modelo, expresión y extensión de nuevas fronteras. Hasta que novelas como En el camino (1957), películas como Picnic (1955) o Rebelde sin causa (1955) supusieron un vuelco en cuanto a la caracterización de la juventud, retratada por primera vez desde el malestar de los inadaptados que no se amoldaban al esquema tradicional mayoritario (por las razones que fueran, tanto chicos como chicas). El modelo pandillero había iniciado su decadencia, aunque se siguió practicando hasta bien entrados los ochenta en numerosas zonas del planeta.

2. Esos raritos/as inadaptados/as que no se enfrentan a sus padres, que están más a gusto en su habitación leyendo y escuchando música (nunca éxitos comerciales), que poseen un gran mundo interior y una gran sensibilidad y timidez, esos chicos y chicas poco a poco hicieron de su dificultad para encajar en el modelo pandillero su principal seña de identidad, hasta que la masa crítica acumulada hizo que, a comienzos de los ochenta, se dotaran de una etiqueta que les representara socialmente: indies. El/la indie ya no responde a las pulsiones sexuales pandilleras ni entra en el juego de los sexos a base de labia, postureo y exhibición de hormonas. Su imagen transpira languidez soñadora, misterio y melancolía, con un look normativo inspirado en función de la generación y la moda cultural: Nico, Hope Sandoval (Mazzy Star), Christina Rosenvinge, Leonor Watling, Zooey Deschanel, Russian Red (todas ellas iconos indies en su momento, antes de acabar siendo madres o adultas desplazadas por otras indies más jóvenes). Como señala Victor Lenore, el indie huye de las pandillas porque detesta la competición y fundirse en la masa; por encima de todo desea individualizarse. Una vez aceptado este principio, toda su ética, costumbres, filias y fobias deben reorganizarse a su alrededor, especialmente la socialización básica de propósito sexual. El indie ya no se identifica con esas técnicas más o menos exageradas y/o ridículas de los abusones y matones de las pandillas, sino que liga por sublimación mutua. El indie, por definición, padece aversión a la comunicación directa, le produce sonrojo y, por eso, reacciona con un distanciamiento irónico a modo de coraza con la que trata de ocultar sus carencias y verdaderos deseos. Desde entonces las relaciones sexuales, además de imponerse como modelo para la literatura y el cine, se amoldaron a patrones de reconocimiento individual en lugar de jerarquías y roles como antes: tanto él como ella debían encontrarse (normalmente en un cute incident) y descubrir sin presiones su afinidad de carácter, de inadaptación, de deseos, de gustos musicales... Odiar y ridiculizar el entorno social mayoritario es su pauta básica de reafirmación del deseo. Filmes como Extraños en el paraíso (1984), El club de los cinco (1985), Terciopelo azul (1986), las novelas de Roberto Bolaño o la música --la principal fuente de inspiración de los deseos más íntimos del indie-- retratan esa aproximación desde la periferia al fenómeno de la socialización sexual y cultural de los jóvenes, con frecuencia mediante una caracterización solemne y traumática de las relaciones sexuales y de las dificultades para encontrar el amor, madurar y/o aceptar a los demás sabiendo que no son tan inteligentes, sensibles y especialitos como uno mismo.

3. La tercera etapa apenas es un esbozo, pero apunta cambios importantes gracias a una extraña conjunción de factores: secuelas no previstas en la digestión social de la tecnología, vidas en permanente conexión/exhibición, poder decir de todo a todo el mundo sin tener nada interesante que decir, convencimiento autoinducido de que todas estas cosas las tenemos bajo control. El indie se convirtió en hacker nada más descubrir que podía quedarse en casa (ahora ya no vive en la habitación de casa de sus padres) y obtener todo lo necesario para vivir desde allí: víveres, ropa, información, entretenimiento comercial, ocio refinado y, de paso, procurarse todos los orgasmos que hicieran falta. La sexualidad interpersonal está experimentando un declive, y los expertos lo achacan a la distracción constante que propone la tecnología. Los adolescentes se han convertido en vampiros que renuncian al sueño porque prefieren pasar la noche usando aplicaciones sociales gracias a las tarifas planas de sus padres (los cuales no hemos parado hasta conseguir llamadas gratis e ilimitadas por culpa de la vergüenza que pasamos al tener que hablar con el novio o la novia desde el comedor, con la familia delante y los padres haciendo gestos y poniendo caras raras porque la llamada iba a salir muy cara). Por descontado, el cine y la literatura (retro)alimentan y ahondan en la descripción de un mundo hipercomplejo e hipofuncional plagado de seres que conviven en una soledad adosada: Neuromante (1984), Hijos de los hombres (la novela de 1992 y la película de 2006), Ghost in the shell (1989), Cosmópolis (la novela de 2003 y la película de 2012). Las nuevas generaciones se aplican el romanticismo de ficción como si fuera crema hidratante, encajando en este esquema --a la fuerza si hace falta-- las reacciones de su libido. Mientras gestionan todo ese aluvión de sensaciones, se sientan a esperar que les toque la lotería sentimental, el hito incontrovertible que les abrirá las puertas de esa misma madurez en compañía que han añorado/deseado en la ficción. A los jóvenes de este comienzo de siglo no les gusta especialmente la soledad, pero la prefieren si la otra opción es convivir con un extraño; también odian descubrir de pronto que han malgastado su tiempo con alguien que no valía la pena, pero por encima de todo temen perder el control de sus vidas --ya sea por azar o por error-- o dejar pasar su sueño por estar distraídos o entregados a cosas poco importantes.

Siempre creímos que la demografía era el problema, que la caída de la natalidad era la más importante de las distorsiones que han introducido el bienestar, la tecnología y la abundancia. Pocos imaginaron que en ese mismo proceso íbamos a modificar nuestra libido de forma tan radical, a preferir estímulos no presenciales. Pensamos que el problema era que si nacían pocos bebés se pondría en riesgo el relevo generacional, pero que eso no tenía nada que ver con nuestro deseo sexual, que se mantendría tal como venía de serie, incluso fortalecido gracias a la liberación de la presión reproductora y la servidumbre del cuidado de la prole. Pero resulta que no, que no sólo nos da palo criar hijos, también en esto hemos sucumbido a la pereza y preferimos que los orgasmos nos los sirvan en casa. Y no porque no nos guste salir a por ellos, sino porque hemos inventado una manera más sencilla, rápida, eficaz y cómoda de obtenerlos sin desgastarnos física y socialmente. Si esta tercera etapa se completa, la siguiente pregunta que deberemos hacernos es: ¿qué nuevo estímulo o necesidad conseguirá sacudirnos la pereza?


martes, 25 de julio de 2017

Ritos pre-bladerunnerianos: Times Square

05/10/2012: Café del Mar

Times Square es, al igual que la isla de Ibiza y otros lugares muy concretos del planeta, una expresión de la modernidad, un laboratorio del futuro, un avance de la sociedad que se nos avecina. El aspecto de este privilegiado enclave neoyorquino a comienzos de este siglo XXI --tras la decadencia de los años ochenta-- parece haber sido diseñado para responder expresamente a una inspiración basada en la película Blade runner (1982), pero limitada y condensada en una superficie infinitamente menor (en la película se suponía que toda la ciudad de Los Angeles --y prácticamente todo el Occidente más avanzado-- era así), no sé si conscientemente o no llevada a la atrofia escenográfica por medio del cruce de la tecnología y la masificación humana.

A Times Square la gente acude como las polillas a la luz: por un instinto inexplicable e irrefrenable; en ella se arremolinan individuos de todas las partes del planeta por el puro placer de sentirse parte de algo que intuyen pero pocos sabrían expresar: quizá la sensación --inducida por infinidad de textos, películas, fotos y conversaciones-- de hallarse en el centro de la modernidad, de una mínima pero intensa recreación de la sociedad avanzada que queremos ser. Puede que la mera satisfacción de pisar el centro conceptual de algo. Todo recién llegado se ve impelido a autofotografiarse (solo o en grupo), dejando ver claramente la ubicación desde la que se emitirá el documento gráfico en cuanto se haga. Y no lo hacen únicamente para tener una prueba de su visita (como cualquier turista analógico), sino para sentirse y compartir con los que no están allí --ambas acciones son ya casi simultáneas gracias a las redes sociales-- su momentánea adhesión al principal centro de producción de presente continuo de nuestra civilización, su comunión social con un agregado de personas que no representan ni identifican a nada ni a nadie pero ocupan en ese instante el espacio sagrado al que todos miran y aspiran a acceder. Mientras estás en Times Square existes, eres puro presente.

Times Square es casi lo contrario a Ibiza: el lugar está abarrotado, pero no hay suciedad, no se hace botellón (ni espontáneo ni dirigido), no hay pulsión ni desenfreno sensual primitivo y desordenado. Como todos están mirando nadie se toca. Es un tumulto extremadamente civilizado en el que, por encima de todo, quedan claros los límites de los individuos que lo componen. Porque no se trata de un grupo, sino de un agregado de individuos. Ibiza, en cambio, es suciedad, alcohol, estimulación sensorial extrema, imperio del deseo... Una reserva de instintos aparentemente adormecidos o domesticados por el progreso.

A pesar de todo, en Times Square, se genera un relato, y la gente parece conocerlo, aunque sólo sea de una manera parcial. Un relato con el que ciertamente ganamos algo: nuestras imágenes tomadas en la plaza, desde ese centro del mundo, mantienen intacto su valor durante mucho tiempo. Es el deseo de perdurar, incluso por encima del presente continuo que representa Times Square; por eso peregrinamos hasta allí, para dejar constancia gráfica de un fragmento de existencia; para a continuación disolvernos en todas direcciones, sabiendo que al menos, durante unos breves momentos, hemos sido observados con envidia por esas mismas personas a las que enviamos compulsivamente nuestras imágenes. Esa pulsión narcisista, la misma que alimenta y sostiene las redes sociales, no es más que una manifestación de nuestro deseo de brillar, aunque sólo sea como una lágrima en la lluvia...

Sin embargo, casi nada sucede en Times Square: la única actividad real la proporcionan las tiendas de las multinacionales globales que rodean el recinto, las únicas que en verdad monetizan toda esa inmaterialidad que inunda a los visitantes; también los propietarios de las pantallas que iluminan la plaza día y noche. Pero la gente, los que están de paso y a pesar de eso creen ser los auténticos productores de realidad y de vanguardia por el mero hecho de existir allí, esos, no aportan nada. Se limitan a ocupar un espacio, a mirarlo, a retratarlo y a consumir, exactamente como haría cualquier turista en cualquier otro lugar del mundo. En realidad no somos tan diferentes de aquellos que no están en Times Square compartiendo ese instante con nosotros, pero hay algo en ese lugar que nos impulsa a creer que sí lo somos. Todos miran, se miran, parecen esperar una revelación (individual o colectiva) que no se acaba de producir; y mientras tanto la expectación crece en nuestro interior, nos agitamos, nos expresamos, consumimos... Basta decir que quien diseñó las gradas que hay sobre las taquillas TKTS era un genio o la gente ha encontrado por casualidad el uso que mejor se aviene con este espacio efímero por excelencia: un lugar desde el que contemplar Times Square como si fuera una pantalla táctil, deslizando el dedo para revisar el catálogo inacabable de historias individuales que se abre ante nosotros. Un lugar en el que se cumple a rajatabla el apotegma godardiano: contemplar y contemplarse contemplando.


sábado, 25 de marzo de 2017

El declive de la sexualidad humana

«En nuestra cultura, se comete con cierta frecuencia el error de identificar lo natural con lo deseable. Esto sucede cuando se habla de la alimentación o los tratamientos médicos, pero también con algo tan delicado como nuestro comportamiento sexual. Este sesgo lleva en ocasiones a buscar en la naturaleza ejemplos que doten de legitimidad a determinadas posturas ideológicas. Es el caso del uso de los chimpancés o los bonobos como referencia sobre lo que debió ser en su origen la sexualidad humana. Estas dos especies animales son las que, evolutivamente, se encuentran más cerca de nosotros. Los primeros viven en sociedades controladas por los machos y son mucho más violentos, también en el sexo. En el caso de los segundos, son las hembras las que se asocian entre sí para controlar los grupos, sus niveles de violencia son mucho menores y el sexo es una herramienta más para reforzar lazos […] El origen de los conflictos entre sexos se encuentra en la aparición del sexo mismo. La existencia de células grandes y caras de producir, como los óvulos, y otras mucho más abundantes y baratas, como los espermatozoides, generó estrategias diferentes entre los sexos. Los individuos que generan el primer tipo de células suelen tener la ventaja de que se reproducen con mayor frecuencia, pero también pueden ser víctimas de las tácticas agresivas de (casi siempre) los machos, que deben superar una competición mucho más intensa si quieren transmitir sus genes».

Daniel Mediavilla: La incómoda historia de la violencia entre sexos (2017)

Un espectro recorre el mundo tecnológicamente desarrollado y demográficamente estancado: el sexo, la actividad humana que parecía imposible de virtualizar (por razones a priori obvias), el último imperio de los sentidos, que parece haber desembocado en un callejón sin salida evolutivo. Como función ligada a la reproducción hace tiempo que dejó de ser un monopolio, y ya son varias generaciones las que han crecido desde entonces disociando por completo ambos conceptos. La evolución de las costumbres y el desarrollo científico ofrecen alternativas viables y plausibles: no es solamente que la fecundación y la gestación puedan ser artificiales, subrogadas o contratadas, es que la misma carga genética del feto podrá ser, en breve, elegida a la carta por los progenitores. La excusa actual para no hacer libremente esto último es que solo se empleará para evitar enfermedades hereditarias o tendencias estadísticamente preocupantes, pero lo cierto es que ya hay una legión de padres y madres suspirando y dispuestos a pagar lo que sea por escoger el sexo, el color de los ojos o del pelo de sus hijos. Y ya puestos, que sean muy altos, que no tengan el gen de la obesidad... Va a pasar.

El único y definitivo atractivo de la reproducción es la inexplicable pulsión que nos lleva, tarde o temprano, a querer transmitir nuestra herencia genética (y también nuestro estilo de vida y opiniones sobre cualquier cosa); sin duda es un deseo de trascendencia arraigado en lo más profundo de nuestro córtex reptiliano, lo que hace que sea difícilmente extirpable y/o modificable. La cosa es que una gran mayoría, en un momento u otro de nuestra existencia, decidimos voluntariamente ser padres o madres, y si no queremos/podemos apañárnoslas con el método más natural, placentero y barato, echamos mano a alternativas igualmente válidas y fiables. Lo cierto es que --como especie-- si una parte de la humanidad no puede reproducirse de modo natural no es ningún drama, ya que somos suficientes sobre el planeta como para garantizar el relevo generacional (de hecho estamos por encima de la tasa ideal de proliferación respecto a los recursos disponibles); pero claro, cada individuo quiere experimentar la paternidad/maternidad individualmente, no es algo que prefiramos delegar en la especie, así que este argumento tan racional no cuenta demasiado. En la práctica --como modelo de negocio-- tratamos cada caso individual como si fuera nuestra última oportunidad como especie para sobrevivir, porque somos irrepetibles y tenemos una única vida. Es un derroche admirable, encomiable y generoso en el que a veces se ignoran o se minimizan las secuelas de quienes lo padecen.

Sin embargo, de lo que sucede justo después de parir apenas se dice nada. ¿Qué pasa cuando finalmente hemos conseguido hacernos responsables de un nuevo ser humano que nos sobrevivirá? ¿Está su sustento diario garantizado? ¿Nos hemos planteado cuidadosamente su educación o más bien improvisamos sobre la marcha? Hay una ingente cantidad de literatura sobre este parte del proceso (criar hijos requiere un esfuerzo que puede llegar a hipotecar una vida), y aunque el derroche de recursos de la crianza es infinitamente superior al de la concepción y gestación, los errores y carencias en este proceso no nos sorprenden o indignan tanto como ciertas capacidades y logros de la ciencia en el ámbito de la reproducción asistida. Si sólo nos fijamos en la cantidad de recursos invertidos en una u otra, está claro que nos obsesiona el nanosegundo en que se transmite nuestro ADN durante la fecundación y nos la trae al pairo todo lo que viene después.

Somos seres adaptativos, en eso no nos diferenciamos del resto de animales de planeta, así que antes que rebelarnos racionalmente ante esta paradoja, preferimos modificar lo que haga falta en nuestras vidas para que nuestra existencia (única y finita, cada vez somos más conscientes de ello) sea lo más placentera y segura. Y lo hacemos pensando que en realidad se trata de cambios mínimos que no afectarán a lo esencial de nuestra identidad o de nuestra convivencia como grupo. Pero luego pasan tres generaciones y resulta que ya no nos reconocemos ni en la vida ni en el mundo que nos legaron nuestros abuelos; sí, hemos cambiado, pero solo nos damos cuenta con la suficiente perspectiva. Durante nuestro tiempo de vida no solemos detectar las alteraciones que vamos introduciendo a largo plazo, ya que únicamente actuamos según dos principios básicos e inapelables: aumentar nuestra longevidad al máximo y la ley del mínimo esfuerzo; y el poscapitalismo, que lo ha comprendido hace tiempo, explota ambos a conciencia. Por tanto, es poco probable que una mayoría humana priorize actuar como especie porque estamos demasiado ocupados en vivir el máximo con el mínimo imprescindible. Como mucho, podemos deducir un horizonte de sucesos para un futuro a medio plazo a partir de algunos síntomas demográficos y de comportamiento:

1. La demografía en Japón (una de las sociedades más avanzadas del planeta) está entrando en una fase donde el descenso de la natalidad es estructural, y los enormes costes de la crianza hacen que la tasa de crecimiento sea negativa.

2. Esta involución interfiere con una longevidad (en esa mayoría que no se reproduce) inédita en la historia humana: en Japón, más de 65.000 personas tienen más de 100 años y poseen una aceptable calidad de vida.

3. A estas dos tendencias se añaden algunas disfuncionalidades sobrevenidas tras décadas de obsesión por el bienestar y la seguridad, como los cocooning (el palabro positivamente correcto de este fenómeno es el nesting) o los vírgenes.

¿El resultado? Una juventud en recesión, sometida por una mayoría envejecida que acapara los recursos hasta su muerte, una juventud criada en la abundancia que subsiste con lo justo, con todas las comodidades proporcionadas por sus progenitores, llega a la conclusión de que el sexo es una complicación, un esfuerzo vital que no compensa, una pulsión ancestral que conviene domesticar. Esta generación concibe el sexo como una estrategia que dilapida energía y costes (la búsqueda, el cortejo, el apareamiento, la crianza), un estilo de vida que desgasta y acorta la vida; ante esto reaccionan con una lógica darwiniana: renunciando a él, posponiéndolo hasta el infinito, domesticándolo (con o sin esfuerzo, con o sin alternativas) y reconduciendo la energía que ahorran en gratificación inmediata y personal. Es difícil argumentar en contra.

La eclosión de toda clase de servicios relacionados con el sexo artificial/virtual (aparte del de pago de toda la vida) les ha acabado de convencer: ¿para qué apostar por una relación monógama, abocada a la crianza agotadora, si podemos disfrutar del sexo a demanda, sin responsabilidades, en las dosis deseadas, aséptico y sin consecuencias? Los más audaces van un paso más allá: ¿para qué dedicar tiempo y recursos al sexo en general? Mejor renunciar por completo a él y dedicar el tiempo y los recursos liberados a uno mismo. En Japón cada vez más hombres (jóvenes, pero también adultos) renuncian voluntariamente al sexo, son los llamados herbívoros: lo hacen porque en su balance de coste/beneficio encuentran que sufren menos, que viven más y mejor y tienen más tiempo para su ocio (se satisfacen los dos principios básicos). Es más, un 45% de matrimonios admite que funciona sin sexo: por cansancio, por simplificar la vida diaria, por falta de deseo... La cosa es que, teniendo acceso a él, prefieren no practicarlo. Y no es que hayamos querido alcanzar este paradójico estado de cosas (beneficios individuales/pérdidas colectivas) para fastidiar, es que el agregado de individualidades en que se ha convertido nuestra especie no deja apenas espacio para nuestro comportamiento como grupo social, basado en consensos.

Nada indica que vayamos a ser capaces de modificar el rumbo de los acontecimientos: los medios, las redes sociales, los servicios personalizados, no dejan de proponer alternativas, sugerencias y opciones para aumentar el placer, mejorar las prácticas sexuales y fomentar la práctica sexual tradicional; y sin embargo pocos son los que admiten tener tiempo y ganas para ponerlas en práctica. Lo que triunfa, en cambio, es el sexo mediante pantallas interpuestas, con cachivaches de todo tipo o apuntarse al ASMR (una excitación puramente sensorial de la parte más primitiva de ese mismo córtex reptiliano que un día fue nuestro cerebro). El ASMR lo practica gente que no quiere, puede o sabe nada de intercambios físicos de toda la vida, que engrosan su vanidad asegurando que se trata de «orgasmos cerebrales», un absurdo eufemismo que pretende demostrar que han encontrado la alternativa definitiva al acto sexual en algo más evolucionado y gratificante que el placer sexual. En realidad, el ASMR es lo más parecido a la sublimación de los sentidos freudiana, esa misma que exhibían orgullosos los burgueses decimonónicos de buena familia que no se comían una rosca y que se las daban de sensibles y aseguraban que el placer artístico era más intenso y mejor que el sexual (aunque luego se aliviaban en burdeles). Auténticos pioneros de la autogestión sublimada que luego extendió la tecnología.

Y así vamos pasando la vida señor juez: inmersos en un discurso ubicuo e irreal que fomenta actividades que propicien encuentros sexuales «presenciales», cuando nuestra realidad diaria está repleta de renuncias y escaqueos. Alguien podría pensar que todo eso se hace para animar a una sociedad apática, quemada, hundida en lo fácil inmediato y que no planifica nada; pero no es verdad: puede que ese discurso se haya especializado y hecho más sofisticado, pero lo cierto es que no ha variado en lo esencial desde más de medio siglo. Un discurso que no sabe/no quiere darse por enterado de los cambios sociales que se están produciendo porque aún no tiene otro distinto que oponer, uno que sea compatible con las nuevas prioridades de la gente, o porque aún no sabe cómo rentabilizarlas... Vivir más está claro que viviremos más, pero se nos hará indudablemente más largo y aburrido. Eso si no encontramos antes la manera de deshacernos o de modificar el córtex reptiliano que llevamos incorporado de serie.


lunes, 23 de enero de 2017

Una sociedad en plena evaporación

1. Google es una agencia de publicidad que finge ser un servicio de búsquedas en internet.

2. Facebook es el medio de comunicación más grande del mundo y sin embargo no necesita generar su contenido: le basta con captar, retener y segmentar audiencias para que otros lo hagan por él.

3. Amazon simula ser un marketplace infinito que teje una red logística global formada por dispositivos domésticos diseñados para pedidos casi automatizados para alimentarlo sin descanso.

El sociólogo Zygmunt Bauman --recientemente fallecido-- definió la modernidad contemporánea como «líquida» (en contraste con la pétrea e inmovilizante ideología social de la era predigital), caracterizada por su naturaleza cambiante, inasible, fugaz, precaria, contradictoria... Lo único que permanece en la moderna ideología social de la era digital es su existencia como una capa social de innovación compuesta siempre por algo nuevo y diferente, contradictorio incluso. Se supone que ese cambio constante es algo puramente adaptativo, fruto de las necesidades del presente, cuando lo cierto es que la mayoría de las veces es una simple respuesta dictada por los requisitos del mercado. En cuanto deja de ser útil se evapora sin dejar rastro y es sustituida por una nueva ideología de la modernidad, que es adoptada casi acríticamente con la misma naturalidad que la anterior a pesar de que lo más probable es que desaparezca igual de rápido que su predecesora.

Bauman sostiene que esta liquidez acaba calando en el comportamiento del individuo: la expresamos en nuestras preferencias cambiantes, en las compras que hacemos, en nuestras opiniones políticas... Somos igual de líquidos que la ideología social que nos mantiene en sociedad, y sin embargo ese pegamento social se compone de mutaciones y vaivenes que no dejan rastro, sin apenas contenido ni duración, y que aun así exhibimos como si nunca nos traicionáramos respecto a los anteriores. No soy un experto en Bauman, pero me parece que también en lo colectivo nuestros actos revelan esa misma ideología líquida: la masa, los tumultos civilizados, se parecen asombrosamente a los principios de la dinámica de fluidos, esa que se basa en las leyes físicas de la conservación. Sus enunciados, sin haber sido formulados para explicar el funcionamiento de la sociedad, ilustran tangencialmente sobre el comportamiento conflictivo a que da lugar la evolución de los sistemas complejos:

1. La conservación de la masa, que afirma que la masa siempre permanece constante en una reacción dada, excepto en las reacciones nucleares, donde hay que tener en cuenta la equivalencia entre masa y energía.
2. La conservación del momento lineal (más conocida como Segunda Ley de Newton), en la que la cantidad de movimiento se mide multiplicando la masa por su velocidad.
3. La conservación de la energía (más conocida como Primera Ley de la Termodinámica), según la cual, en un sistema aislado, la cantidad de energía permanece inalterable a lo largo del tiempo. Aunque luego la Segunda Ley de la Termodinámica se encarga de matizar un poco este enunciado tan optimista: aunque la energía no se pierde sí que se degrada mediante un proceso irreversible (entropía), transformándose en energía también, pero menos aprovechable.

Es curioso cómo estos enunciados --formulados para explicar el comportamiento de partículas y átomos-- pueden explicar, aunque sea por extrapolación, también puede decir algo sobre los grupos humanos. Parece que quieren extender su alcance explicativo, añadir algo que escapa al ámbito específico para el que fueron pensados, expresar una continuidad, una coherencia lógica válida también para el mundo macroscópico. Una hipotética dinámica social de fluidos explicaría nuestra innata tendencia al conservadurismo, nuestras eternas disputas sobre la velocidad de los cambios sociales, la manera correcta de cuantificar pérdidas, derroches y dilapidaciones (inevitables por ley) de toda modificación colectiva (planificada o no); quizá también para predecir la propensión imparable hacia la complejidad de nuestros sistemas organizativos. Puede que la única incógnita que quede por resolver tenga que ver con el contenido de esa realidad social a la que se supone que acceden las sociedades cuando colapsan por exceso de entropía y adquieren un equilibrio termo-organizacional parecido al de las partículas elementales.

Todo esto encaja --o al menos no lo contradice-- con el instinto de conservación como especie (no como individuos) que exhibimos, con nuestra necesidad de obtener seguridades relacionadas con la supervivencia en el tiempo y con nuestra continuidad como grupo. La dinámica social de fluidos como teoría del comportamiento social podría funcionar como una metáfora desconcertante (a veces instructiva) para explicar el agregado de comportamientos y decisiones individuales que colapsan instituciones, ciudades, servicios, espacios, recursos. La misma que podría provocar cambios legislativos en gobiernos que aún tienden al inmovilismo, al comportamiento obsesivamente procedimental y a un elitismo cada vez más ostensible.


sábado, 30 de julio de 2016

El desierto programado (y III)

El desierto programado (I)
El desierto programado (II)

«Los libertarios civiles y los racionalistas que siempre están alerta contra la tiranía han olvidado tener en cuenta el infinito apetito de distracción del hombre».

Nueva visita a un mundo feliz, Aldous Huxley (1958)

Estoy persuadido de que cuatro novelas distópicas con menos de cien años ofrecen un vistazo bastante creíble a nuestro futuro a medio plazo como sociedad compleja, cuatro narraciones de ficción que aciertan parcialmente --tanto por convicción como por casualidad, no pienso entrar en eso-- en algunos detalles de nuestro provenir como especie y como grupo social:

1. Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley se adelanta en 46 años a la idea de la clonación en laboratorios; y también en casi un siglo a la fecundación bajo demanda. Los bebés son encargados con una serie de características (en la novela son más bien rasgos de carácter, no físicos, aunque también), orientadas a la función y al estrato social que ocuparán de adultos en la sociedad (de momento esta selección artificial hoy sólo se contempla para erradicar enfermedades hereditarias. Lo que es seguro es que luego vendrán los padres pastosos con sus caprichos ridículos). Además de especular con un futuro en el que las mujeres han conseguido librarse de la gestación gracias al progreso científico, Un mundo feliz pronostica que la crianza y la educación --mediante técnicas de condicionamiento psicológico nada sutiles (Freud estaba de moda)-- también serán cosa de instituciones ajenas a la familia. En el libro de Huxley, ésta se considera una forma de organización primitiva, un riesgo para la salud; y esa es la razón por la que se han dedicado tantos esfuerzo a erradicarla. Toda esa liberación biológica y socializadora proporciona un tercer beneficio: liberada de ambas cargas, la juventud puede (y debe) entregarse a los placeres sensuales (hoy diríamos a intercambios multi o polisexuales) con ayuda de un sofisticado estimulante farmacológico (el soma, hoy hemos rebasado esa previsión con un amplio catálogo de drogas de diseño). La promiscuidad y el sexo sin garantía de embarazo se consideran una pauta de socialización sana, y quien no la sigue (el protagonista entre otros) es un peligro potencial, alguien que merece ser vigilado o apartado. Hoy en día, los portales y appde contactos garantizan que esto pronto será un estilo de vida --una vez consolidada la disociación entre fecundación y sexo-- que se fomentará en las escuelas; y mantener numerosos intercambios sexuales (simultáneos o secuenciales) será un síntoma de buena salud, un complemento que ayudará a sobrellevar las largas jornadas que requerirá la especializada organización del trabajo. También hoy podemos decir que se ha consolidado un ocio ubicuo y sensorial muy similar al que describe la novela.

2. Hijos de los hombres, tanto la novela original de P. D. James (1992) como la película de Alfonso Cuarón (2006), sobre todo esta última por la importantísima puesta al día en ambientación y anticipación sociocientífica: la acción se sitúa en un mundo en el que --por razones que la ciencia aún no ha descubierto-- hace años que no nacen niños; una premisa genialmente sencilla por su plausibilidad y verosimilitud que nos recuerda lo frágil que es el equilibrio que nos mantiene en este planeta. Normalmente damos por supuesto que las generaciones se sucederán unas a otras de forma natural (en realidad se trata de una suma de decisiones individuales), cuando lo cierto es que un mero cambio de costumbres o una enfermedad desconocida nos pueden llevar, como especie, a un callejón sin salida. Así pues, la población envejece, en menos de un siglo habrán desaparecido todos los humanos, y sin embargo siguen viviendo como si nada, con la secreta esperanza de hallar un remedio a la esterilidad sobrevenida; pero también acumulando graves secuelas psicológicas (aislamiento, atomización de las relaciones, egoísmo, desconfianza) y radicalismos ideológicos (desigualdades económicas, cierre de fronteras, persecución de la inmigración). La humanidad se sabe abocada a una extinción silenciosa y sin violencia, víctima de sus propias contradicciones, sin necesidad de subvertir en lo más mínimo la teoría de la evolución, o las leyes de la termodinámica, y sin recurrir a catástrofes nucleares o conflictos bélicos planetarios. Lo más inquietante de la novela es que retrata lo que será, en unas décadas, si no se invierten los actuales indicadores demográficos, un mundo envejecido; no exactamente sin niños, pero sí donde éstos serán un segmentos descendente de la población. En nuestro mundo real no será por culpa de una pandemia que de pronto vuelva estériles a hombres y mujeres, sino porque no tener descendencia es la mejor estrategia evolutiva para encajar en la sociedad ultraespecializada que nos hemos montado. El libro y la película avisan: retirar una pieza que creemos minúscula puede provocar que toda la estructura se venga abajo sin remedio.

3. La posibilidad de una isla (2005) de Michel Houellebecq especula con un posible futuro para la élite que sobreviva a un planeta inhabitable desde el punto de vista climático y medioambiental: seres humanos aislados en zulos de ocio hipertecnificados que les provee de todo lo necesario sin tener que salir al exterior, clonados desde hace generaciones (no concebidos mediante sexo ni criados en familia) y que se siguen considerando parte del ser humano original cuyo respectivo genoma les sirve de réplica. En esta novela se supone que llegará un punto en que la naturaleza estará tan degradada que la supervivencia de la especie humana sólo será posible gracias a la tecnología, pero no sólo para obtener alimento y aire que respirar, sino para perpetuarse en el tiempo. La clonación evita tener que mantener costosos entornos sociales basados en los que conocemos en la actualidad (no hacen falta escuelas, ni instalaciones de abastecimiento ni viviendas familiares). La clonación también permite prescindir de todas las clases de socialización que hemos conocido en los últimos milenios, de manera que una casta de elegidos para la gloria --según la novela, surgida en nuestro presente como una secta rodeada de polémicas de toda clase-- consigue sobrevivir a base de autorreproducirse en el tiempo, generando reemplazos idénticos de sí mismos cuando el cuerpo se queda sin aliento. La memoria, además, se puede conservar y acumular para la siguiente generación, por lo que la identidad de la nueva réplica es la misma, pero incrementada. Probablemente es la profecía más disparatada de las cuatro novelas, aunque la tecnología que la sostiene ya es casi una realidad, igual que el retrato de esas élites zumbadas de nuevos ricos que no pararán hasta dar con un sucedáneo de la inmortalidad.

4. Noches de cocaína (1996) de James G. Ballard retrata un aspecto del futuro muy relacionado con la novela de Houellebecq: en las actuales urbanizaciones de lujo del Mediterráneo --la novela transcurre en la Costa del Sol (Málaga)-- se atrincheran cada vez más los jubilados pastosos y los pastosos a secas, y tanto el miedo a que les despojen de sus pertenencias como el deseo de aislarse del resto del mundo hace que blinden sus casas y diseñen unas vidas aisladas. Ballard retrata el ambiente en una urbanización habitada sobre todo por británicos cuyas zonas de recreo y actividades culturales se mantienen en funcionamiento gracias a los robos que perpetra uno de los gerentes, convencido de que es precisamente el temor a los asaltos lo que lleva a estos pastosos atrofiados a refugiarse de nuevo en la comunidad, a participar y organizar juegos, competiciones deportivas, exposiciones, talleres... Esta idea es sólo el leitmotiv de un argumento por fortuna bastante más complejo e interesante, muy del estilo de Ballard, adornado --como es habitual en él-- de increíbles descripciones del presente repletas de extrañamiento extraterrestre. Con todo, esta idea (la inseguridad personal, en determinados entornos, haría que nos volcáramos de nuevo en la comunidad de la que hemos huido) podría explicar el actual ciclo de enroque antisocial e individualista de las élites, el blindaje al que se someten con la excusa de su protección personal. A medida que la población se prejubila, da un pelotazo o envejece se llena de personas ociosas, y todos los que se lo pueden permitir se rodean de comodidades y se desentienden de lo comunitario, de la política, de sus iguales; el egoísmo es la pauta, y según Ballard sólo la amenaza o la experiencia directa de haberse vistos despojados de sus propiedades es lo que puede devolverlos a la sociedad, aunque sólo sea a través de un espejismo de solidaridad, hecho de actividades ridículas y sin finalidad práctica, que dé salida a su egoísmo.

La combinación de estos cuatros textos podría encajar en la clase de sociedad que estamos fraguando y que podría cristalizar en las próximas dos décadas (o menos). Una sociedad que renuncia voluntariamente a la procreación (a cambio de una expectativa de bienestar egoísta) y que sin embargo mantiene intacto el deseo de transmitir su legado a las generaciones futuras. Una sociedad que recurre a la tecnología para aislarse cada vez con más eficacia y que a la vez espera que la comunidad que abandonan gracias a sus ingresos les siga suministrando servicios (alimentos, curar sus enfermedades, autogestionar la sexualidad, protegerse, matar el aburrimiento) y garantizando su estatus.

Ese futuro probable es lo que yo llamo el desierto programado: nuevas pautas sociales que se extienden y naturalizan a medida que la población envejece, la natalidad decrece y la tecnología nos permite aislarnos y prescindir de buena parte de las relaciones interpersonales. Es como cuando en un hábitat natural la modificación (degradación) de una de sus condiciones medioambientales da lugar a la proliferación descontrolada de una única especie (una planta que ahoga a todas las demás, una especie animal que acaba con las demás). El desierto programado es una sociedad ultracompleja con una sorprendente y alarmante escasa variabilidad interna que dificulta los cambios y la adaptación a tiempo; compuesta por un agregado cada vez mayor de individualidades, igual que una inabarcable urbanización de adosados. La réplica es lo que convierte el paisaje social en un desierto, y además programado porque es el resultado de un proceso consciente (aunque no de todas sus consecuencias), integrado por hitos tecnológicos y decisiones individuales que convergen en el isomorfismo.

Un ejemplo de lo que yo llamo desierto programado: cuando el calentamiento global nos impida permanecer demasiado tiempo expuestos a los rayos del sol en las playas, las zonas de arena estarán protegidas por una cubierta (ves a saber de qué material) que filtrará la radiación nociva y dejará pasar la luz y la cantidad justa de calor. Por los altavoces seguirán informando como si nada del tiempo máximo recomendado para permanecer en el agua, del protocolo a seguir en caso de quemaduras, de las actividades infantiles del día... Al principio sólo se verán obligadas a tomar una medida tan radical las zonas con mayor índice de exposición solar, pero luego, ante la psicosis generalizada, se extenderá a cualquier destino turístico del planeta, para demostrar su preocupación por la salud de sus visitantes. Y así, un síntoma inequívoco de degradación del planeta se convierte --gracias a la tecnología y a los discursos simplistas e infantilizantes, obsesionados por transmitir la sensación de que todo está bajo control-- en un inconveniente menor, una leve incomodidad que, como seres responsables que somos, cumplimos con resignación; como cuando la crema solar se incorporó, por razones de salud, a los rituales playeros. Puro Ballard.

El desierto programado no es una profecía apocalíptica ni una advertencia moral; las cosas no tienen por qué ir así. Igual que hoy está de moda el desapego racional por la descendencia, una legislación adecuada podría revertir esta tendencia (y provocar otros problemas, claro); y nuestros hijos serían testigos de un nuevo fervor por la descendencia concebida mediante sexo de toda la vida. O puede que a los gobiernos les entre el acojone total y les dé por sobreproteger la maternidad, rodeándola de un aura tan sagrada como irreal. Incluso puede que todos estos vaivenes tengan un alto componente generacional, que haya jóvenes que planten cara al futuro que les hemos planificado y se rebelen abiertamente contra ello, y su seña de identidad sea follar como locos sin anticonceptivos en lugares públicos... No lo descartemos tan rápidamente, el narcisismo tiene tanto matices...



domingo, 8 de mayo de 2016

El desierto programado (II)

El desierto programado (I)

«Nuestros gobiernos se preparan para un futuro sin empleo, y eso incluye a los delincuentes menores. Nos aguardan sociedades del ocio, como las que se ven en la costa. La gente seguirá trabajando, o mejor dicho, alguna gente seguirá trabajando, pero sólo durante una década. Se retirará al final de los treinta, con cincuenta años de ocio por delante».

J. G. Ballard, Noches de cocaína (1994).

Contribuirán al desierto programado los privilegiados y filántropos con un puesto de trabajo remunerado que no haya sido sustituido por máquinas; los ingenieros y médicos de profesiones imprescindibles serán tratados como auténticos privilegiados del mercado, sus sectores serán de los últimos en ver amenazada (aunque se parcialmente) su parcela de poder, y entonces comprenderán que la ausencia de cargas familiares es una ventaja competitiva que no sólo les permitirá rendir más y mejor, tener flexibilidad horaria y deslocalización, sino aspirar a mejores puestos. Tras una jornada de trabajo extendida más allá de lo razonable, a esta gente sin responsabilidades de crianza se les abrirá un tiempo de ocio sin problemas económicos ni monopolios de fidelidad bajo juramento; y las empresas para las que trabajan lo fomentarán abiertamente entre sus empleados por las ventajas que les supone. Mejor que lleguen cada mañana agotados de placer que reventados de cansancio.

Es un hecho: el desarrollo tecnoeconómico nos empuja a dar por bueno un mundo en el que nos vemos obligados a actuar en contra de nuestros instintos. No merece la pena examinar la cadena de acontecimientos que nos ha llevado hasta aquí, ni lamentarse por las oportunidades perdidas o añorar tiempos mejores. No estamos en una etapa de declive, ni siquiera en una degradación de la cultura y/o de la especie, simplemente nos adaptamos a un presente que, esta vez sí, hemos contribuido a levantar, modificar y degradar a partes iguales. La humanidad no se va a extinguir, conseguirá sobrevivir una élite de pastosos que se permitirá el lujo de asegurar la supervivencia de la especie, aunque esta labor sólo incluya a su propio linaje. Lo harán como lo han hecho los mamíferos superiores durante toda la vida: imponiéndose al resto, quizá también empleando genoma rediseñado a medida o mediante la fecundación en laboratorio. Al menos así sobrevivirá una parte de nuestro legado (aunque sea el de esa élite), y la humanidad seguirá adelante. Puede que suene pesimista o egoísta, pero estoy convencido de que esa élite actuará no sólo para proteger su patrimonio, no sólo para mantenerse en el poder, ni siquiera únicamente para sortear posibles taras y/o enfermedades hereditarias en su descendencia; sino con el sublime y declarado objetivo de mejorar la especie (más guapos, más listos, más fuertes, más longevos).

Al principio, en esos grupos escogidos, puede que haya mujeres que prefieran encargarse voluntariamente de la gestación --escogidas mediante un descarado sistema de filtrado--, pero luego comprenderán que es más cómodo pagar a una gestante sana y con pedigrí y ahorrarse nueve meses de molestias. Finalmente incluirán en la subcontrata la gestación más el cuidado básico (higiene, alimentación, salud) durante los primeros años. Hasta que llegue el día en que la tecnología sea capaz de fabricar hijos mucho mejor que nosotros mismos; y cuando eso suceda habrá un montón de emprendedores esperando ofrecerla y hacerse ricos, porque es seguro que habrá una larga cola de gente dispuesta a pagar por una tecnología que les haga menos molesto y más seguro lo que hasta ahora hacía la naturaleza a cambio de unas cuantas miserias implícitas. Durante todo este tiempo, los pobres, los desahuciados, los expulsados del sistema, habrán seguido follando y teniendo hijos como mamíferos, habrán criado lo que venga con sacrificio y resignación, pagando el precio que la sociedad exige a los trabajadores/criadores. Algunas élites ingenuas creerán ver en esta gente la última reserva natural del género humano en medio de un desierto programado, pero en realidad será un espejismo: detrás de esa admiración sólo habrá compasión.

Desde que tenemos conciencia nos resulta imposible alegar ignorancia ante los efectos irreversibles de nuestra actividad sobre el planeta. No sólo la tecnología o la economía, también la filosofía, la política, incluso el arte, han especulado sobre posibles colapsos futuros (incrementando hasta lo intolerable las condiciones del presente en los que fueron imaginados): epidemias mortales que acababan con los perros y los gatos y daban paso a una civilización de simios; sociedades hipertecnologizadas que limitaban por decreto la vida hasta los 30; invasiones extraterrestres que aniquilaban la vida humana aprovechando nuestra incapacidad para actuar unidos... También hemos echado mano de toda suerte de calamidades sobrevenidas (inducidas, como es lógico, por nosotros mismos): pandemias letales, guerras termonucleares totales, meteoritos tan grandes como un continente, bicharracos mutantes, desastres naturales de violencia inédita, supercomputadoras que alcanzan inesperadamente la autoconciencia...

Sin embargo, hemos ido haciendo realidad la complejidad social y tecnológica que describían todos esos futuros y parece que hemos sobrevivido; no parece que estemos al borde del abismo de la extinción, tampoco se han producido esos desastres de los que, tanto la ciencia social como la ficción, preveían que seríamos responsables directos. Ni nuestra acción depredadora (aumento de la temperatura, deforestación, desaparición de especies, sobreexplotación, contaminación, agotamiento de los recursos), ni la invención y/o aplicación sistemática de nuevos conocimientos científicos (telecomunicaciones, transportes, nanotecnología, biogenética, alimentos transgénicos) han supuesto una advertencia lo suficientemente seria como para que las élites se hayan visto forzadas a modificar su ética (o la moral de algunos). El desierto programado es una endiablada e impensable confluencia de factores menores que provoca que los individuos tomen decisiones que favorecen su bienestar personal pero socavan las bases de la continuidad de la especie en conjunto. Llevamos siglos predicando que la libertad del individuo es sagrada y está por encima de la utilidad social, que el sacrificio (aunque haciendo uso de esa misma libertad) no es aceptable si implica una renuncia particular.

Y es que, en un mundo exponencialmente más complejo a cada año que pasa, la procreación, la crianza de la descendencia a la manera en que lo hacían nuestros antepasados resulta no sólo una tarea titánica, sino altamente irracional y arriesgada para la supervivencia del individuo. Una tarea que nos empeñamos en considerar esencialmente vinculada al instinto natural y, por tanto, con el bien absoluto, cuando en realidad, tal como está insertada en nuestro estilo de vida urbanita y tecnológico, no es más que un lastre incómodo, un peaje, una limitación. El discurso tecnocultural contemporáneo apenas tolera las trazas que de tanto en tanto asoman de nuestro pasado animal, las considera atavismos biológicos de los que conviene desprenderse por un prurito de modernidad y eficacia. El sexo y la procreación en familia son los dos principales atavismos que aún nos caracterizan: el primero ya fue reconducido hace tiempo, disociándose del segundo gracias al progreso médico, y en breve conseguiremos reciclarlo en una gratificante actividad sensorial para disfrute en solitario (tanto o más placentera que en compañía). Puede que todavía una gran mayoría de personas crea que la procreación y la crianza vivípara (como decía Huxley) gozan de un prestigio y vitalidad intactos, pero no es verdad, hay toda una economía política trabajando para expulsarlas del mapa de los usos sociales de la especie. No es nada personal, es que nos jugamos nuestra supervivencia como sociedad compleja.


(continuará)

Actualización (18/09/2016): el profesor Henry Greely de la Universidad de Stanford afirma que en 20 o 40 años el sexo tradicional ya no será una opción mayoritaria ni atractiva. El artículo que se hace eco de su profecía explica que ese cambio tan radical estará provocado por los avances en genómica. O el articulista o el señor Greely confunden interesadamente las cosas: si desaparece el sexo tradicional de toda la vida será porque hemos encontrado un sustituto (virtual y/o con accesorios) que nos proporciona el mismo placer sin necesidad de ser dos. ¿Qué tendrá que ver, a estas alturas de película, el sexo con la procreación?


domingo, 6 de marzo de 2016

El desierto programado (I)

«Entre un 25% y un 30% de las mujeres nacidas [en España] en la segunda mitad de los 70 no serán madres. Una catástrofe demográfica acallada. Un fracaso como sociedad que no se contabiliza en las pérdidas de la crisis. No hay ley de segunda oportunidad para esta generación. Ni ayudas, ni subvenciones, ni moratorias. Ni un decreto ley para generar el principal patrimonio económico y social de una sociedad: los niños. En ocho años de crisis nadie ha movido un dedo por ayudar a la última gran generación que dejó de ser joven en una cola del desempleo.

»Uno de cada tres compañeros de pupitre de aquella selectividad no ha podido tener hijos. Hubiera querido pero la generación más preparada de la historia no estaba lista para esto».

Belén Carreño De la Generación X a la generación sin hijos (2016)

Es bastante probable que el siglo XXI acabe alumbrando, sin comerlo ni beberlo aunque sí por dejación, una sociedad en la que no tener descendencia --ni natural ni artificialmente-- sea una elección racional y ajustada a la lógica de la supervivencia. Una sociedad que renuncia a tener hijos y complicarse la existencia metiéndose en el fregado vital de su crianza y educación acabará siendo algo beneficioso, responsable y sensato. Y como todas las cosas de este mundo, no sucederá de la mañana a la noche, sino que es parte de un proceso gradual que ya podemos ver y anticipar, una tendencia que se va extendiendo a medida que el deseo de confort y el anhelo de una vida independiente (y, recientemente, también la mera subsistencia) se imponen como una actitud propia de individuos maduros. No harán falta decretos gubernamentales, epidemias de infertilidad ni apocalipsis (excusas favoritas de la literatura y al cine), sino más bien algo que aceptaremos con resignación. Algunos con alivio.

A mediados del siglo XX la opción de no-descendencia era parte del proyecto vital que perseguía a toda costa disociar la sexualidad de la procreación: tenía la ventaja de que así la maternidad se convertía en una elección consciente y de pleno derecho; por fin las mujeres ejercían un primer poder sobre sus cuerpos y además los discursos públicos --científicos y patrocinados-- podían segmentarse y especializarse en esos dos ámbitos tan diferentes (aunque relacionados por un mismo órgano) sin interferirse. Cuando los anticonceptivos hicieron realidad ese anhelo y dejaron de ser considerados un tabú o una especie de acto contra natura, también se normalizó la elección de una vida sin descendencia. Pero este avance, por sí solo, no fue suficiente para imponerse como opción mayoritaria: ha hecho falta un completo desbarajuste social, una conjunción de miopía política e ineptitud gestora, para complicar aún más las cosas y permitir que prenda como el napalm el deseo --cada vez menos disimulado-- de ahorrarse problemas renunciando a tener hijos. La tentación de un ocio urbanita ilimitado y puntuado de relaciones breves y gratificantes fue el primer argumento en tiempos de bonanza; en el último lustro se le ha unido una economía con nulo o escaso crecimiento, una austeridad inducida desde las élites y un acceso a trabajos precarios como única alternativa, convirtiendo un anhelo vital (algo que se consideraba parte del proyecto de vida de todo ser humano) en una condena. La precariedad permanente ha convertido la supervivencia del día a día en la elección más racional: sin trabajo no hay ingresos, sin ingresos no hay vivienda, sin vivienda no hay familia, sin familia no hay descendencia. Con ese camino bloqueado la mayoría se decanta por una subsistencia autosuficiente, ya sea en soledad o en estricta separación de bienes.

Algunas consecuencias de este cambio ya se pueden observar hoy, y se convertirán en problema cuando revertir la situación requiera un esfuerzo mayor que el que se trata de evitar, por lo que intentarlo será casi una pérdida de tiempo: beneficios legislativos y laborales, campañas institucionales, publicidad, series de ficción... Discursos ubicuos y edulcorados para reclutar a toda costa padres y madres por voluntad propia. Los que se apunten serán vistos como objetos de estudio, ejemplares de una especie protegida a los que hay que dispensar toda clase de cuidados y facilidades, renunciantes contra todo pronóstico que --de un modo irracional-- se sacrifican por la humanidad; hombres y mujeres merecedores de respeto y admiración, a salvo de toda crítica, burla y/o parodia. Su consideración en el discurso oficial y en el imaginario colectivo se parecerá mucho a la que se suele otorgar a desamparados, emigrados, discapacitados y/o víctimas de toda desgracia sobrevenida e injusta. En voz alta les demostraremos admiración y respeto, pero en la intimidad admitiremos que nos dan pena.

No es sólo que nazcan menos niños, es que la población envejece y la pirámide demográfica se desequilibra peligrosamente. Además, el panorama tecnológico no contribuye demasiado a paliar o corregir esta deriva: ha comenzado un proceso irreversible de sustitución del trabajo humano y remunerado por máquinas que hacen lo mismo más barato, sin errores, sin sueldo y sin reivindicaciones. La reacción social no se ha hecho esperar, provocando cambios inéditos --por su alta aceptación-- en el estilo de vida: atomización/reducción de las relaciones, tendencia al cooconing en zulos de ocio cada vez más cómodos y fortificados, servicios de pago que sustituyen prácticamente toda necesidad fisiológica básica... Los sin-descendencia se preguntan: ¿qué impulsa a esa gente que decide tener hijos a cambiar un posible bienestar por ese pozo sin fondo de gastos, cansancio, rutinización y/o asexualidad? A medida que se consolide la elección racional de la no-descendencia, la crianza de los hijos adquirirá proporciones de tarea abrumadora, un impulso irreflexivo que renuncia a toda lógica, a la comodidad, a la gratificación inmediata, y se lanza de frente contra el sentido común, el mismo que recomienda tolerar la precariedad y consolarse con cualquier espejismo de independencia.

(continuará)

lunes, 28 de diciembre de 2015

Orgulloso apóstata del pop ibérico y contracultural de los ochenta: una crónica personal (II)

Orgulloso apóstata del pop ibérico y contracultural de los ochenta: una crónica personal (I)

De manera que el tiempo transcurrido reveló finalmente las capacidades y dotes musicales de los principales intérpretes, precisamente los que acabaron como solistas y se hicieron con un nombre tras abandonar sus respectivas bandas de origen: Santiago Auserón/Juan Perro, Loquillo, Alaska, Enrique Bunbury, Ariel Rot, Rosendo Mercado, Antonio Vega, Manolo García, Ana Torroja... Aunque para llegar a ese punto de fama antes tuvieron que hacerse notar: una pose, un vestuario extremo, una puesta en escena tan patética que incluso resultaba atractiva... también unos sólidos conocimientos musicales que favorecieran la cristalización de un estilo con el que madurar como compositores e intérpretes. No todos lo lograron: hay otros autores/intérpretes cuyas canciones apuntan a que, en otras circunstancias, las cosas habrían podido ir por otro lado. Si Sabino Méndez no hubiera encontrado tanta resistencia a su creatividad no habría optado por los estudios universitarios y abandonado prácticamente la música; y si a Fernando Márquez (más conocido como El Zurdo) no le hubiera lastrado tanto su ideología política, y si a Carlos Berlanga no le hubiera inspirado tanto el alcohol, entonces puede que este balance se escribiría en otros términos. Puede que tuviéramos un montón más de canciones tristes o fascinadoras para reseñar o idolatrar, otras Chica de ayer o Las chicas de la Inter que nos sirvieran de icono musical, incluso generacional. Y es que todos ellos, de una u otra forma, vieron truncadas sus carreras prematura o inesperadamente; fueron artistas peculiares poco permeables a lo comercial que auguraron un futuro brillante y a quienes, de forma paradójica, su propio eclipse o desaparición ha revalorizado --quizá en exceso-- su legado musical. Puede que el tiempo les hubiera dado la razón --no lo sabremos nunca-- así que nos conformamos con sus inspirados comienzos.

La denominada movida conoció en sus primeros años una primera ortodoxia, más experimental que vanguardista, más osada que crítica, más de puesta en escena que de musical: además de los malditos/mitificados ya mencionados, estaban La dama se Esconde, Derribos Arias o Golpes Bajos. A mitad de los 80 ya se veía quienes se adaptaban al mercado y a los ritmos creativos que éste imponía, logrando completar la década a base de nuevos álbumes (antes de desvanecerse o de iniciar nuevos proyectos): Aerolíneas Federales, Radio Futura, Nacha Pop, Ciudad Jardín, Os Resentidos... Y por último, en unos pocos casos, esa creatividad y esa discografía lograron mantenerse activas hasta bien entrado el siglo XXI, sin duda un hito meritorio, a veces también un intento desesperado de prolongar un proyecto musical con evidentes síntomas de agotamiento: Danza Invisible, Los Enemigos, La Unión, Celtas Cortos, Esclarecidos, Los Rebeldes, La Frontera, Siniestro Total, Los Secretos... Honorables supervivientes que mantienen vivos --por fortuna para sus fans más fieles-- y contra todo pronóstico los rescoldos de un movimiento acabado hace décadas, hoy definitivamente asociado a la generación viejuna que lo vivió en directo.

A continuación está la constelación de grupos de un mini LP o dos álbumes como mucho, artistas que aportaron su idea, incluso alcanzaron cierta notoriedad, lo más parecido a un hit que iban a consguir nunca, pero poco más: Academia Parabuten, Alarma!!!, Los Amantes de María, Décima Víctima, Ejecutivos Agresivos, Juanito Piquete y Los Mataesquiroles, Minuit Polonia, Olaf y Los Insolventes, Paraíso, Polanski y El Ardor, Salón Dadá, Zombies... Y detrás de todo los que a duras penas consiguieron publicar singles: Las Chinas (El hombre salvaje), Edison (El rock del Diario Hablado), Telegrama (La chica del metro), Los Seres Vacíos (Los celos se apoderan de mí), Destrozamitos (Y todos amaron a los nazis...)... Nombres y temas siempre imaginativos, buscando la diferencia, el oxímoron, la frase hecha ligeramente modificada; y casi siempre el eterno "Los..." para dar nombre a la formación, la forma más sencilla de agrupar un conjunto y que sonara a divertido y nuevo... Efímeras asociaciones, bandas que empezaron a rebufo de los tiempos y que acabaron barridas por la industria y la falta de público; hoy son apenas un nombre en las enciclopedias musicales en línea (como la documentadísima Nueva Ola 80, una referencia imprescindible para conocer aquella época). ¿Cómo viven y en qué trabajan ahora sus componentes? Algunos estarán prejubilados, seguro...

El pop ibérico de los ochenta fue un fenómeno abrumadoramente urbano y de bandas, pero no se limitó a grandes ciudades como Madrid o Barcelona, sino que en cada comunidad, en cada capital de provincia, en cada pueblo, surgieron grupos locales que acercaban al público el nuevo sonido de moda, incluso algunos territorios acabaron asociados a determinados estilos, sin duda atraídos por la estela del éxito de algún grupo local. Bandas que contribuían a llenar bares, salas de conciertos, discotecas, fiestas de verano, y de paso servir de vivero a infinidad de músicos: Siniestro Total, Os Resentidos y Golpes Bajos en Galicia; El Último de la Fila y Sopa de Cabra en Cataluña, Héroes del Silencio en Aragón; Salón Dadá y Los Ilegales en Asturias; Celtas Cortos en Castilla-León; Los Rebeldes en la Comunidad valenciama; Duncan Dhu y Kortatu en el País Vasco; Barón Rojo y Danza Invisible en Andalucía y Mecano arrasaba en Madrid... Por toda la península surgían grupos de jóvenes que se lanzaban a experimentar sonidos y letras, animados por la efervescencia del momento político (la democracia) y cultural (la ausencia de censura), y que no tocábamos nos reuníamos para escucharlos fascinados, convencidos de que algo nuevo y definitivo que nos pertenecía por completo y coincidía con nuestra explosión hormonal.

Y como no puede ser de otra manera, existe un lado oscuro, maldito, casi olvidado por interés y decencia, una auténtica antología de hits a contracorriente que no se mencionan por coherencia y porque el tiempo ha convertido sus letras en algo detestable: el evidente mal gusto de algunas canciones del primer disco de Siniestro Total --¿Cuándo se come aquí?--, así como de otras que se han situado, por la evolución de los tiempos, más allá de la legalidad, debido a su apología de la homofobia, ciertas ideologías no democráticas o un --entonces minusvalorado-- tufo machista de lo más rancio y violento, casi siempre disfrazado de pasión o de exceso estético, como ha sucedido con algunas canciones de Loquillo y Los Trogloditas --compuestas por Sabino Méndez-- y los éxitos más conocidos de Ramoncín, que no han envejecido nada bien. Canciones hoy condenadas a una escucha íntima y sin testigos rebosante de mala conciencia debido a la deplorable visión del mundo que describen, aunque a la mayoría en su momento nos parecieran inocuas.

Es la acumulación de creatividad lo que atrae y deslumbra cuando uno se lanza a hacer un balance del pop ibérico de los ochenta en España, pero también la sorprendente valentía de una industria discográfica que se lanzaba a financiar aventuras artísticas de dudoso porvenir. Sin duda era la efervescencia de algo inédito e imprevisible, construido a partir de mitos de adolescencia e infancia, al margen y en contra del mundo adulto de cantautores y del pop guatequero de los sesenta. No nació como una respuesta generacional, pero acabó siéndolo a falta de alternativas (eso lo supimos luego, cuando hicimos de la necesidad virtud). Es ahora, al ver a nuestros hijos adolescentes bailando nuestros viejos éxitos de juventud en las celebraciones familiares, cuando nos consolamos y calibramos esa otra parte de mérito y calidad artística que entonces era imposible que le otorgáramos; porque comprendemos que el pop más actual se alimenta en parte de aquellas canciones intrascendentes de los ochenta.

En 2006, con motivo del cuarenta aniversario de un conocido magacín de radiofórmula, se pudo comprobar hasta qué punto aquella improvisada movida se había convertido en el punto de partida de un nuevo pop ibérico, una base sobre la que versionar y homenajear, pero también parodiar y superar. En aquel concierto se mezclaron viejas glorias ochenteras con otras recién consagradas promesas, y no todo sonaba o a pasado o a presente, a generación adulta o a adolescente; al contrario, ambas comprobaron que compartían parte de un mismo legado: el relevo estaba consumado y garantizado. Queda pop ibérico para rato...

sábado, 28 de noviembre de 2015

Orgulloso apóstata del pop ibérico y contracultural de los ochenta: una crónica personal (I)

Yo fui uno esos jóvenes que, tras escuchar por primera vez Escuela de calor de Radio Futura, se metió en un bosque del que ya no pudo/quiso salir: el del pop-rock ibérico y contracultural de los ochenta. Al comienzo de aquella década (mitificada y denostada a partes iguales y con el mismo exceso) no pasaba de ser una música nueva que servía para estar al día, hacerse el moderno... y sobre todo para distinguirse de todo lo anterior. Pero los años y el azar la han convertido en un referente, quizá un lugar común, un hito que viene sirviendo para marcar principios o finales de etapa. Era el verano de 1984, pero hacía ya más de un lustro que aquel nuevo estilo estaba en marcha: surgían por todas partes grupos jóvenes e inexpertos que se lanzaban a componer, tocar e interpretar sin tener demasiada idea de ninguna de las tres cosas. En el mejor de los casos se trataba de ritmos pegadizos y/o de letras divertidas, a veces historias originales, incluso interesantes esbozos de fan fiction... Sin embargo, cuando se me reveló esta nueva realidad en auge gracias a Escuela de calor ya era algo a punto de consolidarse. Así que no puedo considerarme un pionero, ni mucho menos, pero sí haber sido fiel a su legado y a su alargada sombra, mucho más de lo que, en otras circunstancias, hubiera sido lo esperable. Puede que el secreto de su éxito y de su rápida expansión (y aceptación) se debiera a una imprevisible síntesis de ambiente cultural, expectativas políticas y permeabilidad a nuevas tendencias musicales; en mi caso era eso mismo pasado por un cóctel hecho de curiosidad intelectual y de subidón hormonal que --para bien o para mal-- nos ha definido como generación. Ahora que por edad somos carne de parodia, nuestras referencias musicales apestan a viejunas y sobre todo tengo algo más de conocimiento y perspectiva de las cosas, me apetece escribir este pliego de descargo para el pop ibérico ochentero, aunque sea con años de retraso...

La vida da muchas vueltas, y si algo nos define también como generación es que no dejamos de escuchar música, aunque sea siempre la misma; así que es normal que lo que durante la juventud me parecieron obras maestras acabaran arrinconadas por agotamiento, cambio de criterio propio o vergüenza ajena. Y todo para, a continuación, reivindicar acríticamente otros temas de casi la misma época que en su momento no me parecieron tan buenos o simplemente desconocía. Las canciones de los grupos que se identificaban con lo que, a falta de otra etiqueta, se acabó englobando como la movida (el palabro significaba entonces revuelo, algo inconcreto que evidenciaba que algo se cocía, movía o fraguaba en el ambiente) tenían algo en común: la informalidad y el gusto por el extremo. Muchas de sus letras demostraban una fuerte inspiración punk (corriente musical y estética por aquel entonces muerta y enterrada en Europa pero en España aún por concretarse) o, por el contrario, abundaban en el entrañable universo nocional de nuestra infancia tardofranquista (dibujos animados, géneros y personajes cinematográficos, clásicos de la literatura, tópicos de nuestra mojigatería, estrellas del rock y del pop...). Vaqueros, gángsters, personajes infantiles, vampiros, amores extraños..., la denuncia cruel y sarcástica de las contradicciones del Sistema, la ubicuidad intuida de una tecnología --entonces inexistente o apenas verificable en unos pocos inventos y descubrimientos-- que iba a llenar nuestro futuro, la fascinación por un ambiente urbano, nocturno y divertido, la ausencia de censuras y barreras..., y por supuesto un petardeo --hoy lo llaman postureo-- provocador y deliberadamente superficial: el sexo, droga y rock & roll de toda la vida en versión doméstica. En general eran músicas de estilos, tradiciones y géneros muy diversos que lo único que tenían en común era un punto de vista desenfadado e informal de la vida cotidiana, pero que de vez en cuando osaban darle la vuelta a determinados tabúes sacrosantos de nuestros mayores, ridiculizándolos como signo inequívoco de identidad y rebeldía generacional; o reciclando tópicos con ritmos importados/copiados e inéditas puestas en escena. Con el tiempo, unas cuantas bandas --tras unos cuantos cambios, abandonos y disoluciones-- cristalizaron en un proyecto artístico con personalidad y se labraron un merecido prestigio. Eso sí, al principio, cuando todos eran unos desconocidos, no se complicaban la vida sobre el escenario, y exhibían una diversión inversamente proporcional a su inexperiencia. El rock, el punk y el tecno proporcionaron una buena base musical sobre la que experimentar y, llegado el caso, alcanzar fama, éxito y dinero.

Bandas como Parálisis Permanente, La Mode, Kaka de Luxe, Ejecutivos Agresivos, Zombies, Decibelios, Desechables, Aviadro Dro finalmente han conseguido, tras una buena dosis de tiempo y nostalgia, que la industria discográfica más conservadora les aplique el mismo marchamo malditista de cualquier precursor, pionero, rebelde o incomprendido anglosajón, la misma brumosa antesala del mito y la segura cotización indecente de sus precarias y/o escasas grabaciones. No tiene nada que ver con la evolución de sus respectivos estilos, pero sus primeros años de actividad coincidieron con mi propio proceso de descubrimiento del mundo, por lo que sus éxitos sí que marcaron la evolución del mío. Musicalmente no es que fueran gran cosa, pero lo compensaban con grandes dosis de improvisación, extravagancia, desinhibición, atrevimiento, desfachatez, intuición y humor. Y en cuanto a sus letras --excepto las de La Mode, por culpa de Fernando Márquez-- no es que fueran un modelo de inspiración, pero al menos sirvieron de radiación de fondo para mis opiniones y decisiones y, ya puestos, para convencerme de que todo aquello me hacía más interesante y --¿por qué no?-- para despreciar (un poco, no mucho) cualquier cosa que se me antojara un convencionalismo socialmente superado.

Bandas hoy míticas como Burning, Leño o Tequila fueron abriendo brecha en el rock más clásico y urbano desde finales de los setenta, preparando el camino a una legión de imitadores que les dieron la puntilla y el relevo en menos de cinco años (el último álbum de Tequila se editó en 1981). La primera línea, la que marcó la historia del movimiento, incluye nombres como Radio Futura (probablemente el buque insignia del movimiento por su contundencia e impecable trayectoria musical, la calidad de sus letras y la evolución artística de su líder), Nacha Pop, La Frontera, Alaska y Dinarama, Celtas Cortos, La Unión, Golpes Bajos... Incluso Gabinete Caligari que, a pesar de los grandes éxitos que cosechó, representa el reverso oscuro de esta primera línea, con su rápido auge y caída sin dejar apenas huella; casi una metonimia de lo que fue el pop contracultural y ochentero en España. El grupo cosechó sus primeros éxitos gracias a canciones castizas que mezclaban rock y ritmos populares como el pasodoble, aparte del hecho de que en sus conciertos no escondían para nada su ideología de extrema derecha. Pero su música gustaba, hasta que llegó Camino Soria (1987), el álbum donde dejaron definitivamente atrás ciertos tics políticos y se centraron en unas canciones románticas y clásicas que agradaran a la mayoría (como así fue)... Y a partir de ahí cuatro anodinos álbumes más, y luego apenas nada...

Pero no todo eran sonidos pospunk, rockeros o tecno, también se apuntaron grupos que tomaron el relevo a los clásicos de los sesenta y setenta, como Los Brincos, Fórmula V o Los Sírex: los nuevos tiempos exigían un cambio de punto de vista, vestuario y actitud. Por eso los ritmos castizos y guatequeros de toda la vida seguían latiendo con fuerza en las canciones de Mecano, Hombres G, La Guardia, Los Nikis, Olé Olé u Objetivo Birmania... Y es que el peso de la tradición no se borra de un plumazo, de la misma manera que no se puede ignorar el pasado. Algo bueno tendrá cuando algunas cosas merecen perdurar o reivindicarse...


(continuará)


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