viernes 11 de julio de 2008

El verano que se nos viene encima

Ya está aquí el mes de julio, el mes de mis vacaciones, por lo que interrumpo temporalmente mi actividad bloguera. El año pasado se puso de moda colgar un post a modo de "Cerrado por vacaciones", para que los lectores habituales no pensaran que el blog había muerto por falta de cuidados. Este año la cosa cambia: Blogger ha habilitado un servicio que permite programar la publicación en automático de las entradas, de manera que no haya que estar pendiente de nada y la cosa quede mucho más profesional. Os explico: cuando estéis escribiendo un post clicar en el enlace "Opciones de entrada" que hay debajo del recuadro de texto. En la fecha/hora de publicación poned la fecha/hora en la que queréis que se publique automáticamente. Una vez modificado este dato (y terminado de escribir el texto, claro), pulsar el botón "Publicar entrada" y veréis que no aparece en el blog, sino en la pestaña "Programados" de vuestra lista de entradas. Y ya está. Deja que tu blog, por una vez, trabaje por ti.

Por mi parte, antes de suspender temporalmente el blog, quiero dejar una serie de recomendaciones de ocio cultural para las vacaciones, no necesariamente relacionadas con la tecnología, y así contribuir un poco a la necesaria desconexión. En primer lugar unas cuantas lecturas de todo tipo: Nocilla Dream (2006), de Agustín Fernández Mallo, por si quieres empaparte con la prosa del distanciamiento y la extrañeza de un cotidiano Planeta Tierra; Cosas por las que discutimos mi chica y yo (2002), de Mil Millington, por si prefieres una lectura divertida, fresca e irónica dentro de un argumento muy bien trabado y un final digno de la mejor comedia alocada. Y por último, una recomendación relacionada con el cine: Los girasoles ciegos (2005), del editor, traductor y guionista Alberto Méndez (1941-2004), Premio Nacional de Narrativa 2005 a título póstumo por el primer y único libro que publicó en vida. La adaptación de esta novelita (en realidad tres relatos breves) está firmada nada menos que por Rafael Azcona y José Luis Cuerda (que también la ha dirigido). La película está interpretada por Maribel Verdú, Javier Cámara, Raúl Arévalo, Juan Echanove, Martín Rivas e Irene Escolar, y su estreno es tan inminente que ya hay avance oficial (de entrada no me gusta que la historia principal sea la relación tormentosa entre un curita y una devota mamá, ya no vamos bien):



Por lo visto se trata de una reivindicación cruda y directa de la inmediata posguerra de 1939 que transpira --como afirman algunos-- tristeza y lucidez por todas su páginas. Digo "por lo visto" porque aún no he leído el libro, pero por descontado que pienso hacerlo antes de ir a ver la película, y de paso comprobar si su nivel de tristeza está a la altura de La mano del emigrante (2001) de Manuel Rivas, el cuento más bonito y más triste que he leído hasta ahora. Ya veremos.

De momento, feliz verano. Nos leeremos a la vuelta!!!

lunes 23 de junio de 2008

¡Tráete todo a Google! (1)

Aprovechando que les han concedido el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades demos un repaso a Google, una empresa que sigue manteniendo su aura de Startup sin que el usuario/consumidor deje de sentir buen rollo hacia ella a pesar de ganar dinero a espuertas, cotizar en bolsa y haber adquirido un tamaño y una cuota de mercado que (en según qué segmentos) alcanza y supera a Microsoft; de la cual, curiosamente, esos mismos usuarios/consumidores echan pestes. ¿Por qué Google es buena y Microsoft mala? Y es que una parece el contratipo de la otra: los movimientos estratégicos de los de Seattle despiertan todo tipo de suspicacias; en cambio los chicos de Mountain View, que no dejan de meterse en todos los mercados, hacen básicamente lo mismo y lo que provocan es una impresionante fiebre inversora de enormes expectativas. La pregunta que quiero lanzar es ¿hacia dónde va Google? Como mi mente funciona así, primero haré un poco de historia y luego apalancaré mi opinión y mis predicciones (no puedo evitarlo: me encanta imitar a los mismos gurús tecnócratas que despellejo cada tanto).

Google nació en 1998 como un buscador, esto lo sabe todo el mundo, cuyos cimientos se pueden visitar todavía en forma artículo teórico. Su principal ventaja competitiva era (y todavía hoy sigue siendo su secreto mejor guardado, al mismo nivel que la fórmula de la Coca-Cola) el PageRank, el algoritmo que decide qué lugar ocupa cada resultado de una búsqueda. Aunque algunos de los criterios que usa se puedan deducir fácilmente (el tener muchos enlaces apuntando es uno de ellos), su funcionamiento exacto sigue siendo un misterio.

En menos de un año, Google se convirtió en el buscador preferido de la parte del planeta Tierra que dispone de conexión a Internet, y no sólo por su endiablada eficacia, sino porque estaba claro que los buscadores de moda entonces (Yahoo, Altavista) patrocinaban descaradamente ciertos enlaces, además de sumergir literalmente el recuadro de búsqueda en publicidad de todo tipo. Google, en cambio, ofrecía una página de inicio despejada y totalmente zen (algo que aún mantiene y que se debe a los escasos conocimientos de HTML que tenían Sergey Brin y Larry Page, los padres de la criatura), rapidez y eficacia en las respuestas. Después de esto se encontraron con dos problemas:

a) Nadie estaba dispuesto a pagar por usar un buscador porque Internet estaba lleno de buscadores, la inmensa mayoría gratuitos.

b) La Word Wide Web no dejaba de crecer en progresión geométrica y Google necesita aumentar constantemente su capacidad de almacenamiento (aquí me refiero únicamente a los índices para las búsquedas, no tengo en cuenta las necesidades generadas por otros servicios), una inversión que no genera retorno en la actividad del usuario/consumidor, sino que simplemente le permite mantener su actividad. Podría llegar otro buscador mejor que les desbancase y ellos quedarse con un gigantesco cluster de servidores para atender quince consultas al día
.

Así que tuvieron que exprimirse el cerebro para dar con un modelo de negocio compatible con estas dos realidades. El resultado fue una idea casi tan buena como el PageRank: AdWords, un ingenioso sistema de publicidad patrocinada que ha inundado literalmente Internet, con la ventaja de que no resulta intrusivo ni molesto para el usuario/consumidor y el anunciante paga exclusivamente por las palabras buscadas que acaban en clic hacia su sede web. En este enlace puedes encontrar una instructiva y detallada explicación de su funcionamiento. Para complementar este invento crearon AdSense, un servicio gratuito que permite a cualquier administrador de una sede web insertar publicidad de Google (eligiendo temas acordes con el contexto, por supuesto) y recibir un dinerito a cambio de quedarse ellos alrededor de un 44% de comisión. ¿Qué más da si lo único que tengo que hacer es darme de alta en su programa de publicidad, copiar un poco de código y empezar a recibir cheques?

AdWords es en la actualidad la principal fuente ingresos de Google, consolidada de año en año: en el primer trimestre de 2008 la compañía ingresó 5.186 millones de dólares, un 41,5% más que en el mismo periodo del año anterior. Según esto, ¿no tendríamos que empezar a considerar a Google como una empresa de publicidad y no como un buscador? El hecho de que nadie les vea como unos cochinos publicistas supone todo un éxito de marketing, ya que el usuario/consumidor reniega de la publicidad como del error 404. Bien por los chicos de Mountain View.


(continuará)

domingo 8 de junio de 2008

Nuevo positivismo digital (VIII): La informática como ciencia empírica

Nuevo positivismo digital: I, II, III, IV, V, VI, VII

En el mundo de la ciencia la realidad se construye a base de teorías y hechos probados mediante contrastación intersubjetiva. A estas alturas de película también sabemos que las ciencias sociales no pueden alcanzar el mismo grado de exactitud y predicción que las naturales, pero eso no impidió que unos cuantos expertos y ensayistas --auténticos tecnocrátas de letras sin saberlo-- nos convencieran de que era posible un uso adaptado, válido y fiable para estudiar los fenómenos sociales y humanos sin renunciar a "hacer ciencia". La cosa es que después de unos cuantos ríos de tinta, polémicas, artículos, congresos, contrarréplicas, piques y otras miserias vertidas sobre el asunto llega José Luis Nueno --un analista del mercado que se limita a hacer bien su trabajo en un texto de tantos que explican la coyuntura (inmobiliaria en este caso)-- y casi sin darse cuenta sintetiza la materia prima de toda una disciplica de forma clara y distinta, con un título que es un eslogan, una declaración de principios y una teoría general, todo a la vez: en economía percepción es realidad (La Vanguardia, 31/05/2008). ¿A qué venía entonces tanta reivindicación científica?

Percepción es realidad: este es, ni más ni menos, el axioma fundacional de la teoría económica, en las antípodas de cualquier conocimiento científico contrastado. La economía clásica ha tardado doscientos años en asumir que su estatuto epistemológico no pasó de David Hume y su empirismo radical. Para los gurús del mercado, cosas como la oferta y la demanda, Kant, el racionalismo y toda la revolución científica y social que se levantó sobre sus postulados, pues como si no hubieran existido, ya que lo importante en la gestión empresarial y la inversión financiera son los resultados (no los medios), y las decisiones se toman a partir de las impresiones que se tienen de la situación del mercado, basadas en la propia experiencia personal. ¿Los datos, los indicadores? Sí, están bien para llenar páginas, hacer declaraciones y proporcionar titulares, pero no cuentan tanto como la intuición de quienes poseen el mando. La información como tal, diga lo que diga el refrán neocon, no es poder; el control de la información sí lo es. La preocupación fundamental de productores, economistas, inversores y financieros es escrutar el futuro, conocer hacia dónde tirarán los índices, los consumidores, los legisladores... con el objetivo de adelantarse y estar mejor situados que nadie en la casilla oficial de salida en esa ficción que constituye el mercado libre

Ahora hablemos de informática, concretamente de la rama que se ocupa del software, porque yo creo que está atrapada en la misma fase empirista en que se encuentra la economía. Está claro que las tecnologías de la comunicación y la información son una ciencia cuyos logros incontestables se fundamentan en descubrimientos y teorías consolidadas de la física y han dado lugar --esto es una evidencia-- a un catálogo de dispositivos informáticos que realizan infinidad de tareas (estándares de generación, procesamiento y almacenamiento de datos, imágenes, sonido... Todo lo digitalizable que se nos ocurra). Ahora bien, cuando llega el momento de fabricar un software que maneje estos dispositivos los ingenieros no pueden hacer otra cosa que avanzar a base de empirismo; no es casualidad que las investigaciones sobre usabilidad se conozcan también como análisis de experiencia de usuario, en las que se trabaja de acuerdo con los principios de un positivismo lógico hecho de pruebas y errores, reaccionando ante éstos y volviendo a empezar.

Una vez que las aplicaciones han sido escritas (y me estoy refiriendo fundamentalmente a arquitecturas cliente-servidor, que son las que sostienen todo el entramado de pequeñas herramientas que maneja directamente el usuario/consumidor), compiladas y consideradas versiones estables susceptibles de lanzamiento, las fases que se desarrollan a continuación están marcadas por la lógica positivista pura y dura: pruebas de funcionamiento, de compatibilidad, de carga, usabilidad... A pesar de tanta prevención, cuando finalmente se libera la aplicación, sigue siendo una incógnita su respuesta efectiva, medible en determinadas circunstancias, ya que existen demasiados factores entrelazados y es imposible:

a) realizar las pruebas en todos los contextos posibles

b) predecir el comportamiento y los tiempos de respuesta
.

Con las aplicaciones funcionando es cuando se detectan fallos y errores imprevistos (los más habituales son los de seguridad), y entonces ya no es económicamente factible rediseñar y ejecutar todo el proceso que da lugar a una versión mejorada, estable y comercializable; así que se toma nota para el siguiente lanzamiento y lo que se diseña es un parche que corrija la anomalía detectada. Pero claro, los problemas A y B siguen siendo un obstáculo insalvable: puede que se elimine el error, pero es imposible predecir ni controlar a qué otros elementos afectará la modificación introducida, puede incluso que incida negativamente en módulos y procesos que estaban funcionando bien. Hasta que el parche no entre en funcionamiento ni se registre su actividad no se sabrá con certeza cuáles serán sus efectos. Y así hasta que la acumulación de modificaciones parciales sea tan compleja y la establididad del sistema tan precaria que resulte más rentable y beneficioso comenzar un nuevo diseño desde cero. Cuando esto sucede y una nueva versión se pone en marcha entramos de nuevo en el terreno del racionalismo kantiano, el de los «juicios sintéticos a priori». Lo paradójico es que toda esa ciencia puntera, el funcionamiento mismo de las aplicaciones, depende en mayor medida de la experiencia del usuario/consumidor que de las respuestas teóricamente previstas.

Toda esta palabrería acerca del empirismo y el diseño de software no es más que una versión doméstica de la conocida fábula sobre la complejidad del mundo; una complejidad que sucumbe y colapsa a base de ciclos, permitiendo la aparición de un nuevo orden (más simple y eficaz por principio) que sustituye al anterior. La lógica del parcheo es la única herramienta conocida hasta ahora por los ingenieros de software para combatir la entropía, la auténtica unidad de medida de la evolución del universo.

miércoles 21 de mayo de 2008

«Mucha letra, pocas ganas de leer»

Lo decía en una de sus canciones El Último de la Fila, y resulta que se puede aplicar bastante bien a la blogosfera, incluso a Internet entera. Los blogs empiezan a estar pasados de moda; demasiado tiempo oyendo y/o leyendo acerca de las infinitas posibilidades de esta enésima eclosión de creatividad espontánea, demasiadas esperanzas puestas en la autogestión de un fenómeno con intenciones no del todo amateurs. Ya no está de moda expresarse mediante blogs, ya no suena a nuevo, sus contenidos han acabado mimetizándose con los canales de opinión establecidos (columnas en prensa, libros, conferencias), razón por la que los gurús consagrados los adoptaron en su día como medio de expresión para acabar declarando ahora que ya está bien de tanto "blogueo".

«Jonathan Schwartz, director general de Sun, manifestó en la reciente conferencia Web 2.0 Expo de San Francisco, que "llegará el momento en que la palabra bloguear se volverá anacrónica". Comentario relevante teniendo en cuenta que Schwartz promovió los blogs entre los ejecutivos de empresas como un método más económico y más eficiente de darse a conocer» (Pisani dixit).

La blogosfera --la Web 2.0 en general-- es una imprevista metáfora de la entropía negativa y la aceleración de la expansión que caracteriza al universo: el desorden se expresa en la creciente complejidad de los sistemas, en la inmediatez de la publicación y en la drástica reducción de los textos. Complejidad, aceleración e intensidad son las pautas que determinan la generación de contenido en Internet. La consecuencia de esta conjunción de factores está resumida en el apotegma que encabeza este post: mucha letra y pocas ganas de leer. Por eso los blogs empiezan a ser considerados como dinosaurios y en su lugar causan furor los microblogs.

Se trata de un servicio pensado y adaptado para el teléfono móvil, y la novedad radical que lo hace atractivo es que no está necesariamente vinculado al uso de un ordenador (relacionado con un mayor dominio de la tecnología y no tan implantado como los móviles). Consiste en enviar mensajes de texto (140 caracteres máximo, como cualquier SMS) que se publican en la página personal del autor (previamente dado de alta, por supuesto) y se difunden a los usuarios/consumidores que han solicitado recibirlos. Twitter fue la aplicación pionera, pero ya han llegado FriendFeed, Jaiku, Pownce y Khaces. Los tweets (nombre que reciben los mensajes de Twitter) demuestran que la blogosfera amenaza con convertirse en flor de un lustro. Los blogs --como este en el que estás ahora-- tienden peligrosamente hacia el monólogo, debido a la atrofia en la proliferación de opciones para un mismo tema y a la limitada capacidad del usuario/consumidor para dejar comentarios divertidos, nuevos e interesantes en todos ellos. La gente se empieza a cansar por una razón: las aportaciones presuponen que se ha leído el post que las han provocado, un tweet, en cambio, se lee en un suspiro, no hace perder el tiempo y se comprende casi por instinto. Simplicidad, velocidad, emoción: no cabe mejor apuesta para oponer a la entropía que anuncia la blogosfera.

Al fin y al cabo, un post, por muy breve que sea e independientemente del tema, requiere un mínimo de preparación, reflexión, documentación y redacción; y lo mismo cabe decir de su lectura; por su parte, los tweets y las conversaciones que germinan a su alrededor responden al impulso del momento, al estado del mundo, al sentimiento expresado casi en el mismo instante en que se experimenta. Para acceder a este grado de eficacia es necesario eliminar del proceso los cuatro requisitos del post; y el resultado es que los microblogs levantan acta del presente gracias a unos textos que describen sin más aquello que se hace. La mensajería instantánea (y en parte el correo electrónico) ha sido el caldo de cultivo en el que ha crecido esta cultura, nuevas alternativas que soy incapaz de digerir debido a mi edad y a mi formación humanístico-tecnócrata.

Los blogs sirven (desde hace cinco años más o menos) de válvula de escape a la emanación creativa de todos aquellos padawanes que no conseguimos plaza en alguna élite institucionalizada; quizá hayamos conseguido aportar un punto de vista menos acartonado, pero no nos engañemos: sigue siendo otra forma de asaltar la misma fortaleza que aún se nos resiste. El fenómeno blog se deshinchará cuando comprendamos que es imposible que quepamos todos, que no hay reacciones a unos textos más allá de las respuestas de otros aficionados como nosotros.

Y también porque no hemos sido capaces de generar ingresos, porque la gente es inconstante y porque Internet nos tiene acostumbrados a que cada tanto aparezcan nuevas aplicaciones a las que uno migra porque son nuevas y porque todo el mundo lo hace. No sé qué pasa pero estos primeros fenómenos de la sociedad digital no acaban de asentarse, se atropellan unos a otros mientras dura el tirón de la novedad, luego desaparecen sin apenas dejar rastro. ¿Hemos de acostumbrarnos a que esta sea la pauta y procurar extraer utilidades parciales para una mayor calidad de vida? Puede que dentro de poco algunos ortodoxos del blogueo debamos acostumbrarnos a trabajar en un entorno en el que los blogs no estarán de moda; y puede que también a una deserción en masa.

El microblogueo se apresta a sustituir a su hermano mayor en el candelero: bitácoras sin apenas visitas ni comentarios en las entradas, autores que las mantenemos por el simple empeño de dejar constancia. Mientras tanto, los impulsores del nuevo invento lo venden con un simple "¿Qué haces?".

lunes 5 de mayo de 2008

El honor menguante de la SGAE

Me entero con mucho retraso y gracias a Javier Candeira que la sentencia de la demanda de la SGAE contra Vicente Herrera (editor de Frikipedia) es firme, y que éste último deberá pagar 600 € más las costas judiciales y los honorarios de su abogado (1.700 €). La historia, comentada en detalle por la prensa tradicional en noviembre de 2007, comenzó cuando un individuo anónimo, de las decenas de miles que diariamente hacen su contribución en forma de comentario (en el caso de Frikipedia en formato paródico-enciclopédico) en la web, puso por escrito que Pedro Farré es un mafioso, a lo que otro usuario/consumidor igualmente anónimo reaccionó colgando una foto retocada en la que aparecía disfrazado de pirata.

Candeira (en un texto que al parecer ya no está enlazable) se va un poco por los cerros de Úbeda cuando en plena y justificada indignación denuncia la conculcación del derecho al anonimato (al que denomina un "derecho moderno") y cita nada menos que al Tribunal Supremo de los EE UU. La Audiencia Provincial de Madrid, en cambio, ha estimado que Herrera, como editor de Frikipedia, es el responsable de todo lo que se publica en ella; y dado que los colaboradores (concretamente los injuriantes) no se identifican ni hay manera de rastrear la autoría de las aportaciones, otrosí concluyen que como es el único que pone la cara (y el nombre), pues a él le toca pagar. Queda claro que el concepto Web 2.0 no existe para los jueces españoles, que es exactamente lo mismo un editor que un webmaster, que la blogosfera es una simple traslación digital de los medios escritos tradicionales, carece de entidad propia, y por tanto sus contenidos son simples chiquilladas sin efectos ni consecuencias reales, tonterías de gente que pierde el tiempo y aprovecha la tecnología para publicar lo primero que se le pasa por la cabeza...

Estoy convencido de que la sentencia se ajusta a derecho y está perfectamente argumentada, pero desde el punto de vista del usuario/consumidor --y aquí Candeira sí que da en el clavo-- no se entiende por qué valen las parodias y las burlas de publicaciones como El Jueves (aunque algunas veces se atrevan a traspasar la sagrada línea monárquica y deban pasar por caja también), Las Noticias del Guiñol o Muchachada Nui y no las de Frikipedia. En todos estos programas se satiriza (de forma grotesca y exagerada a veces) a personajes públicos mucho más conocidos e importantes que el señor Farré, y sin embargo nadie les interpone demandas contra el honor. En cambio, Frikipedia, una web amateur sin prestigio y sin influencia mediática alguna, es un blanco fácil para una institución a la baja como la SGAE. Es la clásica estrategia que se ceba en los débiles como exhibición de un poder del que se carece o --como es el caso-- está en franco declive.

Únicamente por el hecho de obligarnos a escoger bando en este debate, la SGAE se ha colocado en la mejor posición para perder la partida.

viernes 25 de abril de 2008

¿Por qué se queman los blogs?

El 21 de abril Nacho de la Fuente, el periodista gallego que mantenía La huella digital desde hace al menos tres años, anunció que su blog quedaba aparcado de forma temporal aunque indefinida. Después de ganar un premio Bob al mejor blog en español de 2006 y un radical cambio de plantilla, Nacho anuncia que detiene la publicación de posts porque tiene una familia. No voy a meterme donde no me llaman, así que no haré comentario alguno acerca de sus razones para hacer lo que hace, únicamente diré que lo lamento como lector habitual de sus textos.

Sin embargo, la noticia me ha dado que pensar, y de eso sí que quiero hablar. ¿Por qué se queman los blogs? Las razones son de sentido común: falta de constancia, tema poco original, excesivamente especializado, excesivamente abundante o excesivamente raro, ausencia de visitas, agotamiento de ideas, desencanto ante la escasa repercusión, integración en una comunidad de blogs similares, falta de tiempo, agotamiento/atrofia por síndrome de actualización constante, moda pasajera... Creo que no me dejo ninguna de las importantes. La cosa es que uno comienza a publicar posts, consigue dar salida a una emanación creativa más o menos fuerte, valiosa, gratuita y/o relativamente sencilla, y claro, espera una reacción, un cambio. Desconozco los motivos de los demás, en mi caso se trata de dar a conocer mis textos, propiciar un cambio de fase y, de paso, afilar mi estilo personal. No se puede decir que de momento haya tenido mucho éxito (date una vuelta por mis anoréxicas estadísticas o comprueba la frecuencia de los comentarios), aunque puedo asegurar que mi estilo ha mejorado mucho.

Cada tanto (cuando tengo tiempo o no hay ningún post a la vista) me da por revisar el blogroll y me doy cuenta de lo fácil que es que se muera un blog, porque siempre tengo algún enlace para eliminar debido a que su contenido ha quedado congelado. No sé si Technorati tendrá en cuenta este factor a la hora de otorgar el codiciado índice de "autoridad" a una bitácora.

Al fin y al cabo un blog es una contribución voluntaria, por lo que si no se obtiene respuesta lo normal es que termine por extinguirse. Lo que yo me pregunto es qué pasará cuando se haga evidente que la Web 2.0 no es ninguna revolución sino una moda; cuando los millares de anónimos que se lanzaron a aportar información, cultura y conocimiento decidan que ya está bien de proporcionar tráfico e ingresos a sus anfitriones sin obtener nada a cambio. ¿Descubriremos entonces a los auténticos blogueros? ¿Surgirá algún nuevo gurú capaz de dar el salto a los canales de comunicación que sí están dentro del mercado? ¿Habrá alguna vez un presentador de televisión que haya sido antes un exitoso bloguero?

Me asusta un poco pensar en esos blogs supervivientes como una actividad sin fin ni finalidad, mantenidos por pura inercia y con apenas visitantes y reacciones. ¿En que se habrá convertido entonces la blogosfera? Yo os lo diré: en una actividad idéntica a la que llevaba a cabo aquella gente que en los años noventa del siglo XX rodaba en Super 8 cuando el video era una realidad asentada e insoslayable. Y una pregunta más: ¿El declive se producirá porque habrá surgido algún otro fenómeno capaz de eclipsar al blog o porque habrá disminuido la pulsión creativa del usuario/consumidor como si de un ciclo económico se tratara?

jueves 17 de abril de 2008

Problemas en el paraíso

Los economistas tienen un problema: han permitido que la gratuidad forme parte de la ecuación del mercado y ahora no hay manera de despejarla para regresar al clásico esquema "vende, compra y paga" que todos los usuarios/consumidores practicábamos antes de 1995. Ahora en Internet no despega un negocio nuevo si no aparece la palabra "Gratis" en el catálogo de productos y servicios, aunque sea para la gama base. De lo contrario ningún inversor se fía de que la cosa vaya a funcionar ni ningún usuario/consumidor se decide a probar. ¿Cómo hemos llegado a esta perversión de la lógica económica?

Lo que más me diverte es ver cómo los expertos de los think tanks de prestigio se las tienen que ver con problemas tan cotidianos y cercanos al usuario/consumidor, del que suelen vivir alejados. Las miserias del consumo ocupan por una vez sus eruditos y espesos pensamientos; pero lo más divertido de todo es que sus soluciones tendrán que ser igual de cotidianas y cutres que las estrategias de todo hijo de vecino para, pongamos por caso, deshacerse de una visita plasta o llegar a fin de mes.

El artículo de Francis Pisani del pasado 10/04/2008 me reconforta porque viene a decir que la economía de lo gratuito no sirve para rentabilizar o expandir un mercado: quizá sea útil en momentos concretos (para desbancar a una marca rival, durante una fase de lanzamiento, para darse a conocer...), siempre en un contexto de "anormalidad", no como parte estructural del modelo de negocio.

Chris Anderson, el editor de Wired y padre de la teoría de la Larga Cola (Long Tale), de pronto lo tiene clarísimo:

«Ciertos precios bajan lo suficiente como para volverse insignificantes en las empresas. El problema, sin embargo, se plantea de manera distinta para los consumidores. "Cero define un mercado mientras todos los demás precios constituyen otro", escribe Anderson. "La enorme brecha psicológica que separa casi cero de cero explica el fracaso de los micropagos"».

Me encanta porque es prácticamente lo mismo que tres semanas antes escribía yo todo convencido (y me cito):

«El problema es que todas se estrellan contra la lógica aplastante del usuario/consumidor llevada con toda coherencia hasta sus últimas consecuencias (el cual, al fin y al cabo, exhibe la misma racionalidad implacable que caracteriza a las empresas): ¿Por que comprar algo muy, muy barato si lo puedo conseguir gratis?».

¿Estaré asumiendo sin darme cuenta o sin admitirlo los tics del gurú tecnócrata? Me da lo mismo; ahí van dos perlas más:

«Al estimar el valor de las cosas no podemos pensar que el dinero es el único elemento escaso. Pasa lo mismo con el tiempo y la reputación. Google, por ejemplo, transforma la reputación de un sitio en tráfico y de ahí en publicidad. "Cualquier cosa que se pueda transformar de manera continua en efectivo es una forma de moneda y Google está desempeñando el papel de banco central para las economías nuevas"».

«Sería un error, además, creer que los consumidores van a seguir aceptando eternamente producir gratuitamente contenidos para empresas multimillonarias de la Web 2.0 sin pedir más beneficios que el servicio ofrecido».

Es evidente que --para nosotros los usuarios/consumidores-- hay una enorme diferencia entre no pagar NADA y pagar MUY POCO; como también lo es que los primeros éxitos de lo gratuito en los inicios de la difusión y consolidación social de Internet se confundieron luego con la fórmula para generar beneficios vía publicidad. Los ortodoxos dirán lo que quieran, pero Google es la prueba viviente de que la economía digital funciona igual que cualquier cadena de televisión generalista: o conviertes audiencia en publicidad o te vas a la calle.

miércoles 9 de abril de 2008

Microvidas (Nocilla Dream)

Acabo de leer Nocilla Dream (2007) de Agustín Fernández Mallo y ya estoy deseando meterle mano a las otras dos partes de la trilogía --Nocilla Experience (2008) y Nocilla Lab. (aún no publicada pero ya escrita)--. Aunque no tienen demasiados elementos en común (de narración fragmentaria y formato experimental una, crónica de un momento sociotecnológico muy concreto y de estilo más convencional la otra), la he leído comparándola constantemente con Microsiervos (1995) de Douglas Coupland.

Nocilla Dream es un libro en prosa escrito por un poeta, y eso significa varias cosas: en primer lugar intensidad fragmentada, que es lo que suele procurar la poesía; en segundo lugar, experimentación formal como requisito, por lo que las mínimas anécdotas narradas se alternan con auténticas citas de artículos y libros de todo género (lo que el autor considera la parte documental de la obra). En tercer lugar, no basta con retratar una serie de momentos entre privilegiados y anodinos, sino de conseguir que además todos ellos tengan --de una forma extremadamente sutil, lo cual me ha hecho retroceder páginas en más de una ocasión-- una vinculación causal y/o casual, de manera que ciertas incógnitas o incertidumbres queden explicadas por factores completamente ajenos, impensables, miserables, paralizantes, risibles o directamente idiotas.

Nocilla Dream, además, está escrita por un físico de partículas en ejercicio, y de esta gente siempre esperamos una lucidez superior a la de los escritores "humanistas"; como si sus conocimientos sobre las partículas elementales y los fundamentos de la materia les permitieran una nueva y mayor capacidad de comprensión de una realidad incomprensible, y sin embargo completamente determinada por el material de que estamos hechos. Al menos eso es lo que yo --tecnócrata de letras-- espero de un físico-escritor (o viceversa).

Por si esto no fuera suficiente para que la leas, la novela está localizada en el planeta Tierra, preferentemente en el Estado de Nevada (EE UU): el desierto --una vez más-- es la metáfora perfecta del vacío que llena las vidas de unos personajes que se entrecruzan por sus aislados pueblos y carreteras. Algunas de las imágenes recurrentes del libro (el álamo solitario plagado de zapatos colgando, la maleta llena de fotografías encontradas, el zapato en mitad del asfalto) remiten de forma automática a ese cine independiente estadounidense que ha sabido explotar como nadie los espacios abiertos hasta convertirlos casi en un género, lo cual potencia (agradablemente en mi caso) la experiencia lectora. La desolación del paisaje sigue funcionando como complemento directo de la desolación vital o de la lucidez (según el caso).

Los autores citados --perfectamente localizados al final del libro (de una forma que pienso copiar descaradamente para mis propios textos)--, intercalados entre los episodios de ficción, dan cuenta de un mundo (el de la ciencia en general, el de la informática en particular) que acumula certezas a la vez que sus pobladores vamos desarrollando el sentido de la perplejidad hasta rozar el colapso. Quizá esa paradoja sea la que me ha recordado tanto a Microsiervos: el uso de una tecnología que facilita la comunicación, la conciencia planetaria y la localización de cualquier ser humano dificulta sin embargo el conocimiento más simple.

También al final se añade un brevísimo y ejemplar contexto de creación de la obra, tras encadenar el autor cuatro sucesos fortuitos pero coincidentes en el tiempo: un texto de Charlie LeDuff (que no he podido localizar para enlazar), un verso de Yeats en un azucarillo, una canción de Siniestro Total y un artículo de Félix de Azúa. El cerebro humano sigue siendo el acelerador de partículas más potente que existe.

La obra ha dado lugar a una nueva generación: la Generación Nocilla (tan joven que ni siquiera tiene web oficial), que por lo visto agrupa a los ibéricos nacidos después de 1970. Está bien que la gente se arremoline y se identifique a partir de libros, así algunos de ellos tienen la oportunidad única de convertirse en teorías que tratan de explicar los mismos fenómenos que la física de lo mínimo.

viernes 4 de abril de 2008

La era posdigital

Según Lou Marinoff --el de Más Platón y menos Prozac (1999) y El ABC de la felicidad: Aristóteles, Buda y Confucio (2006)-- sólo hay 4 tradiciones que han contribuido al desarrollo cognitivo humano: oral, escrita, visual y digital. Pues bien, ya llevamos unos cuantos años digitalizados y el adjetivo como tal --a estas alturas-- sólo sirve para diferenciar lo actual por contraposición a lo que había antes (como lo posmoderno con lo moderno), sea lo que sea: música digital, cine digital, oficina digital, telefonía digital, edición digital, administración digital, televisión digital, hogar digital, sociedad digital... Todo es susceptible de etiquetarse bajo una denominación tan genérica, supliendo a expresiones mucho más precisas (pero también claramente más simplistas o irreales y que rebajan el tono grandilocuente que posee por sí misma la palabra digital) como "revolución imparable", "felicidad garantizada" o "negocio seguro". Estos tres ejes tan abstractos nunca explícitamente declarados se dan por supuestos en un concepto tan vago y amplio como el de "era digital".

Ya va siendo hora de que el término digital a secas deje paso a otros más exactos y que describan mejor los cambios que se están produciendo en cada uno de los sectores que he enumerado; porque no todos están involucrados de la misma forma en lo digital, ni ante los mismos cambios y retos ni en el mismo punto en su tránsito hacia la digitalización; como tampoco es la digitalización total la garantía de su continuidad y/o mejora.

De manera que si hablamos de...

...música, deberíamos sustituir el adjetivo "digital" por "cambio de canal de venta".

...cine por "cambio de canal de distribución".

...oficinas (del sector servicios) por "cambio de plataformas software".

...telefonía por "agregación de nuevos servicios" (inéditos la mayoría de ellos).

...edición por "cambio de formato y de canal de venta".

...administración por "eliminación de la esclerosis funcionarial gracias a una feliz combinación de agotamiento vegetativo y tecnología".

...televisión por "atomización temática, de canales y de audiencias".

...hogares por "conversión en centros de consumo del ocio que antes se disfrutaba en público".

...la sociedad en general por "surgimiento y consolidación de estrategias y herramientas que proporcionan un primer nivel (nunca suficiente pero sí necesario) de socialización básica"
.

Visto así el paisaje que presenta la "era digital" no se parece a esa utopía que perfilan los fabricantes y proveedores de servicios en las que todo converge en una especie de Metaverso global; como si no existiera nada más fuera de lo digital, como si no hubiera más modelos de negocio que los digitales, como si --en definitiva-- toda actividad fuera susceptible de ser digitalizada y adquirir sin más un valor inédito.

lunes 31 de marzo de 2008

Tiros que salen por la culata...

Soy tan ingenuo: cuando leo la noticia que ha dado pie a este post caigo en la cuenta de que una de las razones por la que los fabricantes cambian de estándar de almacenamiento digital cada cinco años o menos es su (vana) esperanza de dar con una implementación cuyo algoritmo impida la copia indiscriminada. Su nivel de ingenuidad alcanza aquí niveles de escándalo, igualándose en este sentido con el mío (que no había caído en que esa es la razón por la que cada tanto hemos de comprar otra vez las mismas películas y la misma música en un soporte diferente. A lo mejor el verdadero negocio está ahí: ser capaces de vendernos lo mismo una y otra vez).

El estándar DVD ha incorporado hasta la fecha dos sistemas de protección anticopia: el primero fue el Content Scrambling System (CSS), reventado en 1999 por Jon Lech Johansen, un adolescente noruego que quería ver películas en su ordenador equipado con Linux y para elló creó el DeCSS.

El segundo intento de la industria fue Macrovision, incorporado en los DVD-Video a partir de 2005, aunque poco después programas como AnyDVD y similares se lo saltaban sin problemas.

Tanto los discos Blu-ray (estándar apadrinado por Sony y Philips) como los HD DVD (apoyado por Toshiba, Microsoft y NEC) usan el algoritmo Advanced Access Content System (AACS), que fue desvirgado el 26 de diciembre de 2006 (apenas 1 año después de su aparición), tras la publicación del número hexadecimal capaz (en principio) de desencriptar los discos protegidos por este sistema. La noticia de la que se hace eco la prensa se refiere a que Slysoft --la empresa propietaria de AnyDVD-- ha conseguido reventar esta vez el sistema anticopia BD+ que protegía hasta ahora los discos Blu-ray, todo ello con el honrado objetivo oficial de poder hacer "copias de seguridad" de los discos (la forma políticamente correcta de denominar un crackeo en toda regla).

Encontrar un algoritmo inviolable es el auténtico Grial que obsesiona a fabricantes y propietarios de derechos de explotación. Conseguir cada vez mayor capacidad de almacenamiento es secundario, lo verdaderamente importante es detener la sangría de copias incontroladas. Igual que la leyenda del Grial, la existencia de un algoritmo así es también una utopía inalcanzable. Ingenuos los fabricantes y los propietarios de derechos, ingenuo yo también por no haberme dado cuenta antes.

jueves 20 de marzo de 2008

¿Qué más da --a estas alturas-- que haya o no haya canon? El verdadero mal ya está hecho

El debate sobre el problema del canon se ha dilatado tanto que ha dado tiempo a las industrias disqueras a probar alternativas de negocio (como la de Apple, como la de Nokia). El problema es que todas se estrellan contra la lógica aplastante del usuario/consumidor llevada con toda coherencia hasta sus últimas consecuencias (el cual, al fin y al cabo, exhibe la misma racionalidad implacable que caracteriza a las empresas): ¿Por que comprar algo muy, muy barato si lo puedo conseguir gratis?

El argumento es definitivo y no se le puede oponer nada mientras estemos en una economía de mercado libre frente a una demanda bajo la dictadura del precio de todo y el valor de nada. De aquí no vamos a sacar a la legión de usuarios/consumidores que se baja de todo por las redes P2P. Da igual si pagamos canon por los consumibles para tostar o si al final lo amplían también a los discos duros multimedia. Pero es que también da lo mismo si lo quitan definitivamente. Los usuarios/consumidores seguirán comprando consumibles para tostar y/o almacenar lo que obtienen gratis. ¿O acaso el canon actualmente vigente está resultando un freno para las ventas de este tipo de dispositivos? Yo creo que no. En ese sentido sí que actuamos con una inmadurez flagrante: reclamando la supresión del canon para que el precio --tendente a cero ya de por sí, no nos engañemos-- baje aún más cuando obtenemos gratis los contenidos. Es como esos pardillos que se manifiestan para que las copas en los bares sean más baratas; tan inútil y absurdo como si los narcotraficantes se manifestaran pidiendo precios controlados en el mercado de la droga.

El problema que ha acabado generando el debate del canon, y los sucesivos intentos de levantar modelos de negocio que sustituyan la economía de la copia que imperaba en la venta de discos, es que han provocado un cambio de costumbres. La gente --no solamente los usuarios/consumidores-- no está dispuesta a pagar nada por la música. Frente a esta realidad impuesta por una conjunción de factores en la que no hay un responsable claro, es casi imposible dar marcha atrás, porque la ley no puede ir contra el inmenso tráfico que circula en sentido contrario.

Las empresas nacen, se desarrollan y mueren. No importa que algunas fracasen por el camino porque vendrán otras nuevas a sustituirlas. Al final, la creación orientada a un mercado no saldrá a cuenta, y la música --que no va a desaparecer, digan lo que digan los apocalípticos agoreros-- puede que se busque la vida por otros caminos, más ligados a la autogestión, las giras o lanzamientos de productos de todo tipo. Mientras se desvela esta incógnita a las disqueras sólo les queda agotar un mercado mientras madura otro basado en negocios paralelos y/o adyacentes al consumo de música (mayoritariamente, para su desgracia, gratuita, tostable y distribuible).

Da igual quien provocara este cambio, tanto da que alguien lo anunciara o sobreviniera por pura evolución de la tecnología (al fin y al cabo nadie nunca ha cuestionado, que yo sepa, el lanzamiento de ningún dispositivo de copia digital). No vale la pena desgastarse en documentar el proceso, lo que importa es el resultado. La tecnología ha permitido que surgieran las redes P2P, un mercado descuidado por unas confiadas disqueras y los ciclos económicos han hecho el resto.

domingo 16 de marzo de 2008

¿Cómo y cuándo sabremos que la televisión ha sido abducida por Internet?

La televisión ha entrado en decadencia. En realidad es una mutación de uso social provocada por un cambio tecnológico. Entonces, si se trata de un mero cambio de plataforma, ¿a qué viene la preocupación constante de los grandes grupos privados de televisión y el despiste de los públicos? ¿Por qué bajan las audiencias de temporada en temporada? ¿Por qué cada vez menos usuarios/consumidores aceptan la pauta que les imponen las cadenas para ver las teleseries? ¿Por qué cada vez más usuarios/consumidores prefieren bajarlas de Internet sin esperar a que las emitan con retraso y despedazadas por tanta publicidad? ¿Por qué casi nadie aguanta entera una película por televisión?

La televisión en pantalla independiente del ordenador, la que hemos conocido hasta ahora, tiene los años contados. En este caso, tiene más sentido que nunca hablar de "convergencia tecnológica", puesto que el auge de Internet está absorbiendo todos los fenómenos multimedia, de manera que pasen por sus redes y, de paso, generen negocio. La cosa es que todo --la música, el cine, los videojuegos, la literatura, hasta la política y las emisiones de televisión-- acabarán convergiendo en el ordenador.

Quitemos un poco de IVA: esta revolución no resulta tan inédita ya que la televisión está acostumbrada a sobrevivir a cambios tecnológicos en principio mucho más inocuos. Hace décadas tuvo que reinventarse casi por completo debido a la universalización del mando a distancia (en principio un artilugio que en nada venía a cambiar la manera de crear programas, emitirlos y/o consumirlos). Sin embargo, con ese aparatito en manos de la audiencia, las cadenas se vieron obligadas a competir ferozmente por ocupar el canal en emisión de los televisores, un espacio concebido hasta entonces como algo estático y seguro que de pronto se vio alterado por la facilidad que suponía cambiar de canal. Para ello hubo que recurrir a ganchos de auténtica ingeniería social para levantar el pulgar del usuario/consumidor: gritos, telebasura, cotilleos, espectacularidad, sexo explícito, morbo, escándalos... No les culpemos por ello, al fin y al cabo al otro lado de la pantalla había personas que no le hacían ascos a semejante avalancha de mediocridad.

De manera que el mando a distancia provocó una considerable aceleración/condensación en el flujo de contenidos: fue uno de los daños colaterales en la lucha cruel por evitar o dilatar al máximo el temido cambio de canal. Internet, ahora, supone una segunda (y quizá definitiva) aceleración/condensación debido al cambio de dispositivo: el mando a distancia ha sido sustituido por el ratón, aunque el zapeo sigue siendo la condición suficiente.

Este cambio tecnológico (televisión emitida a través de Internet) puede que consista --estrictamente hablando-- en un desplazamiento del canal de emisión, pero está acarreando de paso nuevos modelos de negocio, como los que ya están explotando las compañías de telecomunicaciones: hacer llegar los programas a través del ADSL. Ahora enchufamos los aparatos de televisión a los routers inalámbricos; puede que dentro de poco los televisores que salgan al mercado ya lo lleven incorporado. La televisión llega por el cable del teléfono porque es lo más rápido, lo más rentable y no requiere una modificación tecnológica traumática.

¿Y la audiencia, asiste impasible a este aluvión de novedades? Pues me temo que no. En primer lugar, el usuario/consumidor tiene otras expectativas respecto al medio, radicalmente distintas de las que llenaban las tardes de domingo en el sofá durante las pasadas décadas, soportando con resignación publicidad y programas sin alternativa. Las nuevas exigencias fundamentales están relacionadas con la capacidad de respuesta y la interactividad que permite Internet. Los usuarios/consumidores hemos perdido la paciencia: lo queremos todo y lo queremos ya. Lo decía antes: ¿para qué esperar meses a que emitan la última temporada de mi teleserie estadounidense favorita si hay quien las ofrece digitalizadas y subtituladas en cuestión de días?

No existen los cambios tecnológicos inocuos; el paso del cine mudo al sonoro, por ejemplo, también conoció efectos imprevistos (nada sorprendentes por otra parte desde un punto de vista narrativo). La duración media de las escenas se redujo considerablemente, ya que con la palabra se podían explicar las cosas más rápido, además de permitir la complicación de las tramas y un medio de expresión más sutil. Todo eran ventajas, así que el cine mudo desapareció en apenas tres años. Con el paso a Internet de la televisión está sucediendo algo parecido: la audiencia exige brevedad para acceder a la anécdota, la imagen, la noticia... No se trata de que nunca se haya hecho el mejor uso posible de la televisión (los psicológos infantiles lo repiten en suplementos dominicales alternos: apagar la tele en cuanto termina lo que se quería ver ¿Alguien hace esto?), pero eso de adaptarse a los ritmos de la programación hoy día, en plena aceleración digital, es impensable. YouTube funciona entre otras cosas porque ofrece brevedad y concisión y por eso las emisoras tradicionales se han apresurado a ofrecer --de momento-- una antología de sus emisiones en este medio; pero no hay que descartar que pronto surjan los primeros programas de televisión "nativos digitales". Joost es un segundo hito en este proceso que nos acerca a la televisión bajo descarga (todavía no se pueden bajar los programas, sólo verlos en streaming, pero es cuestión de tiempo). Los diferentes feeds (un término por cierto con otro significado en el contexto televisivo) equivalen aquí a los canales de televisión del mando a distancia de toda la vida. Desde el punto de vista del usuario/consumidor no hay para tanto.

Respondamos de una vez cúando y cómo nos daremos cuenta de que este proceso está entrando en su fase crítica. ¿Existe un indicador clave para medir el tránsito hacia Internet de la televisión? Creo que sí y además por una vez no hará falta ser un gurú para detectarlo: la transferencia de inversión en publicidad desde la pantalla del salón a la del ordenador. Si la publicidad se desplaza es porque los usuarios/consumidores ya la habrán precedido con un cambio de habitacion. Un pequeño paso para el usuario/consumidor, un gran salto para la sociedad (Armstrong dixit).


Actualización (17/06/2008): me alegra comprobar que no soy el único que se ha fijado en el mismo indicador clave para el cambio de modelo publicitario, puesto que la noticia es como si la hubiera redactado yo: a finales de 2008 la inversión publicitaria en Internet superará a la de la televisión en el Reino Unido. ¿Cómo afectará esta reducción de ingresos a la calidad de la televisión? ¿Se convertirá en un medio más cultural, aunque sólo se trate de una estrategia de supervivencia? ¿Se transformará en un entretenimiento de minorías y por tanto haremos de ella el uso que los pedagogos llevan décadas predicando sin que nadie les haga caso? ¿Realmente está pasada de moda la televisión? Demasiadas preguntas para tan poca noticia...

domingo 2 de marzo de 2008

«Escribir bien, enlazar mucho»

Este podría se el lema de una supuesta medalla de la blogosfera --como esa otra de la madre, tan de moda durante unos años: "dar mucho, pedir poco"--, porque el secreto de la blogosfera es exactamente este: escribir bien y enlazar mucho.

David Sifry, fundador de Technorati, opinaba en julio de 2007 que la blogosfera seguía creciendo pero de forma más lenta, que el número de blogs activos (los que se actualizan al menos en un período de 90 días, lo cual es un criterio extremadamente flexible) había bajado del 37% en mayo de 2006 al 20% en octubre de ese mismo año. Sin embargo, cinco meses más tarde anunciaba orgulloso en una entrevista que entre octubre de 2006 (justamente el mes cuyos resultados habían causado su pesimista anuncio de ralentización) y abril de 2007 la blogosfera había duplicado su tamaño. Ni una palabra del índice de blogs activos, un indicador mucho más fiable que la simple creación de blogs.

Technorati indexa blogs, y quiere convertirse en el buscador de referencia en lo que se refiere a la blogosfera, con unas necesidades mucho más exigentes de actualización que para las páginas convencionales (segmento que Google lidera sin problemas). Si quieres saber lo más nuevo de las últimas dos horas busca en Technorati, si quieres saber lo que sucedió hace dos semanas busca en Google; este podría ser el acuerdo de reparto.

Dice Sifry que los blogs están aquí para quedarse, que no son flor de un día (qué va a decir, si indexar sus contenidos es la razón de la existencia de su empresa), por lo que ofrece una serie de recomendaciones para ser buen bloguero, las cuales me parecen muy sensatas y adecuadas:

1-Escribir sobre cosas interesantes, que conozcas de primera mano. Y escribir con pasión.

2-Escribir bien, sin faltas de ortografía, de forma amena. Si escribes mal no podrás pensar bien (esto no lo dice Sifry, lo dice Juan José Millás pero vale también).

3-Enlazar mucho: a los que te gustan y a los que no; a los importantes y a los que no lo son. Enlazar a todos porque eso es bueno para el PageRank (esto lo dice Google, pero también vale para Technorati)
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La asignatura pendiente sigue siendo la fiabilidad de los rankings y las estadísticas de visitas, pues está claro que los algoritmos de cálculo no son del todo fiables: hay blogs que se mantienen en las primeras posiciones a pesar de que no se actualizan, otros en cambio lo hacen por el mero hecho de dejar comentarios con enlaces en otros blogs. Estos criterios deben cambiar porque de lo contrario no habrá manera de distinguir al aprovechado del trabajador.

Aunque Sifry considera que lo mejor es la utilidad social de los blogs. En este sentido es realista: un blog no te hará rico porque la experiencia demuestra que los que más audiencia obtienen lo hacen gracias al prestigio de sus autores (ser un CEO, un consultor, un investigador, un famoso...), un elemento ajeno a la blogosfera. Para la gente que ya es famosa un blog es una forma más de extender su fama y de parecer que están a la última. Para la amplia masa de blogueros anónimos es una manera de aprender, tentar a la suerte para conseguir un contrato relacionado o no con la blogosfera. Una vez conseguido, puedes hacerte famoso y regresar a ella como autor de prestigio. Los blogs son como esos festivales para grupos de rock noveles: un vivero de escritores, ensayistas, fotógrafos y cineastas en potencia que algunas editoriales y medios de comunicación comienzan a revisar por si descubren a alguien que valga la pena. Estoy convencido de que hacen muy bien.

martes 26 de febrero de 2008

Nuevo positivismo digital (VII): El cuarto protocolo y la teoría de la evolución

Nuevo positivismo digital: I, II, III, IV
Nuevo positivismo digital (V): Los turoperadores del océano cibernético
Nuevo positivismo digital (VI): El enésimo tránsito a la modernez cultural

Hasta el 1 de abril de 2004 me parecía definitiva la siguiente teoría de Internet, basada en una idea y dos hitos tecnológicos: una idea que aspiraba a lograr el envío de información desde un punto a otro de una red de forma descentralizada y sin enrutamientos predeterminados, escogiendo el camino idóneo en función del estado del tráfico y de las comunicaciones, dividiendo la información en paquetes para aumentar la seguridad, minimizando el riesgo de intercepción, para finalmente recomponerse en destino de forma transparente para el destinatario. Y en segundo lugar, una infraestructura técnica que hace realidad todos esos requisitos: el protocolo de comunicaciones TCP/IP, un invento igual de crucial que el descubrimiento del ADN (con el que comparte algunas estrategias de supervivencia), que ha permitido el crecimiento exponencial de Internet sin colapsar las redes físicas de comunicación que la componen. Y en tercer lugar, un lenguaje representacional que se superpone al protocolo de comunicación y permite al usuario/consumidor interactuar con la red sin apenas conocimientos previos: el hipertexto o HTML.

Sobre esas tres premisas se ha tejido en un tiempo récord la telaraña mundial (también conocida como World Wide Web), que es el interfaz con el que los usuarios/consumidores identifican a Internet. Los expertos reniegan de esta identificación porque la consideran incompleta o inexacta; es posible que desde un punto de vista técnico sea cierto, pero creo que lo importante no es que los conceptos reflejen fielmente una realidad técnica para iniciados, sino el uso que la mayoría hace de ella.

De modo que, a pesar de las matizaciones que se empeñen en introducir las numerosas definiciones técnicas de Internet, desde la experiencia del usuario/consumidor, ésta se concibe como una gigantesca esfera hipertextual cuya facilidad de uso y autoaprendizaje por intuición son las claves de su enorme difusión en menos de una década. El resto de servicios que componen la infraestuctura técnica de Internet --FTP, ARP, Telnet, IRC; o lo que es lo mismo: transferencia de ficheros, resolución de direcciones, acceso remoto a equipos y chat-- quedan eclipsados por el éxito del servicio estrella, el HTTP (el protocolo que controla la navegación). Únicamente el servicio de correo electrónico --controlado por los protocolos SMTP y POP-- escapa a esta tendencia y se mantiene como una actividad en sí misma ya que el usuario/consumidor la distingue claramente de la navegación.

Esto es, en pocas palabras, Internet; definida con la jerga justa y sin perder de vista el uso real. Sobran esas historias --repetidas como un mantra cansino y vacío de contenido-- acerca de los orígenes militares de Internet en los años sesenta del siglo XX, la conversión libertaria que sufrió en las universidades estadounidenses durante los setenta, la formación de tribus vinculadas a todo tipo de credos cívicos, religiosos, políticos y sociales en los ochenta, la eclosión de la actividad empresarial en los noventa... bla, bla, bla. Todo eso no es más que cháchara anecdótica de relleno en una presentación para pardillos y novatos. Lo importante es saber cómo se usa Internet y recordar que detrás de cada protocolo suele haber un uso social no necesariamente previsto.

La Web 2.0, las redes sociales, el auge de la web interactiva... todos estos conceptos aparecen una y otra vez en los ensayos del pensamiento previsional de los expertos, y su éxito social --dicen ellos, y es cierto-- obliga a repensar el concepto que hasta ahora teníamos de Internet. Como en toda ciencia, si una teoría no explica todos los hechos hay que rehacer la teoría. Aquí sucede los mismo: a aquella idea crucial de red descentralizada sostenida por dos tecnologías fundamentales (TCP/IP y HTML) hay que a