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lunes, 31 de marzo de 2014

El origen de la ética: mito, realidad y externalización

«La elección es tuya, pero elegir es obligatorio y los límites dentro de los que puedes elegir no son negociables» (Zygmunt Bauman: Mundo consumo. La ética del individuo en la aldea global, 2008).


Los cimientos de la civilización occidental se sustentan --según Freud-- en una contradicción insalvable: por un lado la sociedad exhorta a respetar como a un igual al prójimo (un principio contrario a la lógica de la supervivencia del más fuerte que define al estado de naturaleza), mientras que por otro considera la búsqueda de la propia felicidad como una inclinación legítima de todo ser humano (algo así como una variante del egoísmo que caracteriza a los individuos que viven en un estado de naturaleza). Si se asumen ambas premisas (o cualquiera de las dos por separado), es imposible que exista una teoría que explique el comportamiento de los humanos organizados en sociedades complejas. No andaba muy desencaminado Freud cuando achacaba el origen de todas las neurosis del hombre moderno a una esquizofrenia que al parecer viene de serie con el modelo.

El origen de la cultura (el equivalente freudiano de sociedad, opuesta a la naturaleza en sentido darwiniano) se ha explicado a partir de diversas teorías, casi siempre formuladas como una premisa de la que se desprenden todas las demás: Hobbes opinaba que sin unas normas rígidas que lo impidan estamos abocados a destrozarnos unos a otros y que la cultura no es más que un estado de naturaleza delimitado por coacciones. En cambio Rousseau creía que el ser humano nace libre, puro y sin pecado, y que son las normas y las coacciones de la cultura las que corrompen su inocencia y predisposición al bien. Finalmente, Lévi-Strauss creía que era el tabú del incesto lo que obligaba al ser humano a aventurarse más allá de su linaje y establecer alianzas duraderas con extraños.

Al margen de estos ingenuos, es curioso que tres filósofos como Nietszche, Scheler o Bauman hayan escogido un mismo punto de partida para explicar el origen de la sociedad y sin embargo, en su desarrollo teórico, optaran por una dirección significativamente diferente. Cada uno de ellos responde a su manera a la pregunta de cómo reacciona el ser humano cuando se trata de enfrentarse al prójimo. La sicología y la historia demuestran que, en las formaciones sociales complejas, la excepción es el amor al prójimo y la pauta la desconfianza. La teoría que cada uno formula por separado es, en realidad, una de las tres posibles respuestas entre las que el ser humano puede optar para resolver su encuentro con el prójimo:

1) Nietszche cree que el origen de la ética hay que buscarlo en las fricciones constantes que ejercen los de abajo (oprimidos, necesitados, humillados, discriminados) contra los arriba (autoinstaurados, autoproclamados): una tensión irresoluble que, por un lado, tiende a maximizar las diferencias entre ambos (a lo que aspiran los superiores) y a minimizar las diferencias con una igualdad a la baja, de manera que no todos sean exactamente iguales pero sí se acorten las distancias (que es lo que buscan los de abajo). A los de arriba les basta con mantener el statu quo todo el tiempo que sea posible, mientras que los de abajo, en sus contados triunfos (revueltas, revoluciones, leyes aprobadas contra todo pronóstico), recuperan su dignidad a costa de lo arrebatado. En la cultura occidental, la ideología que ha sintetizado mejor y más firmemente este espíritu (hasta el punto de que las que han venido luego le deben buena parte de sus principios) es el cristianismo, con su mezcla indiscernible de sumisión y orgullo, de envidia y despecho. Para Nietszche, las ideologías paracristianas (el palabro es mío), con su defensa utópica de una igualdad universal, en la práctica lo que consiguen es una mera mitigación del dolor de la falta de la propia libertad por la vía de la negación de la libertad para todos los demás. El caso es que cuando publicó algo así se armó una buena, pero si los ofendidos lo hubieran leído atentamente se habrían ahorrado unas cuantas pataletas: hoy nadie se acuerda de Nietszche ni de sus mamarrachadas protofascistas y en cambio cada declaración del papa de turno alcanza sin esfuerzo los telediarios de medio mundo.

2) Scheler, en cambio, considera que la necesidad de la ética surge de la fricción entre iguales, obligando a una competición teóricamente equitativa por una redistribución del poder y el prestigio. Se supone que, al haber igualdad, ganará siempre el mejor; la diferencia con el cristianismo es que, en lugar de nivelar a la baja las diferencias sociales, la rivalidad anula la igualdad de partida y legitima la distancia entre ganadores y perdedores. Según esto, la libertad sería una especie de consecuencia de la desigualdad, una actitud que suele definir a las clases medias occidentales, las que suelen aspirar a escalar posiciones gracias al acicate que les proporciona la perspectiva de quedarse donde están (o todavía peor: más abajo).

3) Finalmente, Bauman detecta el origen de una ética práctica y necesaria en las fricciones que se ejercen desde arriba hacia abajo: los refugiados, los apátridas, los pobres, los expulsados por la globalización son hoy chivo expiatorio de las políticas de los poderosos. Sobre todos ellos se descargan los temores y las incertidumbres de los socializados que tienen los papeles en regla y acceso a una economía de supervivencia. Bauman cree que para que aceptemos la ética que nos convierta en seres culturales (amar al prójimo como a un igual) es necesario que antes nos amemos a nosotros mismos de alguna manera. Pero no sólo eso: también requiere que seamos o nos sintamos amados o que, por lo menos, alberguemos la esperanza de serlo. Todo lo que construimos a partir de ahí, una vez asumida la necesidad de convivir y compartir los recursos, nace de esa solidaridad presentida.

¿De los de abajo, de los iguales o de los de arriba? La pregunta clave es: ¿de dónde surge la ética, esa ley moral que hay dentro de mí que decía Kant? Pues --responde Bauman-- de la aceptación del otro, de la evidencia de que hay seres humanos que son como yo mismo: únicos, exclusivos e irrepetibles. Personas desconocidas que es lógico esperar que aspiren a las mismas oportunidades y trato que yo creo merecer por el mero hecho de estar vivo. Aun así, esto no es suficiente para que sintamos la necesidad de armarnos con una ética de la convivencia social: un solo otro no es suficiente, porque cuando la existencia es cosa de dos la relación sólo puede darse de manera que uno obtenga algo y el otro no o viceversa; es necesario que exista al menos un tercero. Cuando es posible que uno vea fracasar sus propuestas por culpa de más de una persona es cuando debemos echar mano de una ética que nos ayude a superar la derrota. En una pareja no puede haber una mayoría que supere en votos a cada uno de los individuos que la componen; en un grupo de tres o más sí. Ese y no otro es el origen racional de la ética.

Como necesidad racional, la sociedad que hemos construido a partir de la ética debe contener un sistema de normas y restricciones integral y debidamente protegido, incluso mediante amenazas físicas: Hobbes (al igual que Durkheim y Freud) creía que la coerción social y las regulaciones normativas se imponen a la libertad del individuo, ya que es la garantía para evitar una lucha de todos contra todos por la supervivencia y el éxito. Freud llevó el argumento más lejos y lo formuló de una manera extremadamente elegante y difícil de
objetar: la coerción social y la limitación de la libertad individual
(el denominado principio de la realidad) son los auténticos cimientos de la civilización, la barrera que nos impide sucumbir a una existencia sometida al impulso de la satisfacción sexual inmediata y a nuestra natural inclinación hacia la pereza (el tantas veces añorado principio del placer). La ética, en definitiva, es la que nos impide volver a la selva cuando echamos de menos la poligamia, el sexo sin prolegómenos o nos vemos obligados a admitir una derrota en buena lid.

Sin embargo, gente como Levinas o Løgstrup sostienen exactamente lo contrario: la
civilización surge cuando la racionalidad ética, su aplicación estricta hacia todos los individuos sin excepción debe neutralizarse, recortarse o limitarse para poder resultar efectiva
. La solidaridad y la igualdad no son valores inagotables y absolutos, incondicionales e ilimitados; es más, los sucedáneos realmente existentes tienen severos límites. Por ese motivo, porque es imposible dotarse de una ética inaplicable del mundo de las ideas platónicas, la sociedad debe limitar nuestras responsabilidades hacia los demás. Más aún: debe enumerarlas, priorizarlas y definirlas claramente mediante leyes. La ética, de acuerdo con este planteamiento, es una guía práctica y empírica que haga posible la existencia de una sociedad que tienda a la igualdad e impida que nos destrocemos los unos a los otros. La teoría freudiana, en cambio, es una formulación abstracta que explica el argumentario lógico e íntimo que supone el paso del estado de naturaleza al de cultura. Pero pasar del principio del placer al de realidad no es una decisión conscientemente tomada por nadie, ni siquiera una generación de homínidos se vio forzada a tomarla cuando consiguieron sostenerse sobre dos patas. Nadie, nunca, decide cambiar el placer por la realidad, simplemente nuestra autoconciencia se encuentra de pronto en un mundo donde ese cambio, al parecer, se produjo en un momento indeterminado del pasado. Por eso la teoría de Freud es tan eficaz y me parece definitiva: porque funciona como un mito fundacional atemporal. Levinas y Løgstrup, en cambio, tratan de explicar el nacimiento de la ética en determinados momentos de la historia, y por esa razón su vigencia y su legitimidad dependen del ciclo político.

Pero entonces llega la ética del capitalismo de consumo para ponerlo todo patas arriba, y desde luego en su primera afirmación no le falta razón: la profecía hobbesiana de que la sociedad se convertiría en una jungla en cuanto se retirara o minimizara la coerción social es falsa porque no se ha cumplido. Y es que eso es precisamente lo que ha conseguido el consumismo: bajar drásticamente el listón de la coerción y demostrar que aquí seguimos, tan ricamente y sin despedazarnos. Y lo mismo sucede con el mito freudiano: el capitalismo de consumo ha revelado que el paso de la naturaleza a la cultura no es un salto evolutivo, un momento en el tiempo único e irrepetible, sino más bien un tránsito vital al alcance de cualquiera, que incluso puede darse en sentido contrario: el principio de realidad es ahora el punto de partida, un factor que hay que domesticar y autolimitar por incómodo o porque obstaculiza el disfrute de las innumerables propuestas de un nuevo principio del placer sublimado. La ética del poscapitalismo ha segregado la búsqueda del placer gratificante e inmediato de sus antiguas limitaciones y las ha trasplantado con éxito a la explotación lucrativa de los mercados: el sexo se ha convertido en un ideal ubicuo de belleza física y juventud y la pereza en ocio urbano. Adiós sufrimiento, adiós neurosis.

Algo parecido sucede con la teoría de la ética limitada por decreto: el poscapitalismo tiende a subsidiarizarla, de manera que se libera a los individuos de su responsabilidad en la toma de decisiones éticas, delegándola, por comodidad, en una autoridad reconocida que hace todo el trabajo por ellos y, a cambio, les ofrece una gratificación barata e inmediata. Esa misma autoridad tiende a presentar la realidad social como algo sumamente complejo que merece ser dejado en manos de expertos, y propone a cambio un sencillo principio del placer que anima a los individuos a dimitir de sus responsabilidades, a ceder su soberanía en el orden ético. La ética del capitalismo de consumo, a diferencia de las leyes que delimitan a la baja los límites de la ética realmente posible, extiende hasta el infinito las posibilidades de la actividad humana, siempre que el usuario/consumidor se limite a elegir y no cuestione los límites dentro de los cuales debe elegir.




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martes, 11 de marzo de 2014

La contracultura de masas: 2. La contracultura oficial

1. Las industrias culturales

«La modernidad hedonista comercial no es el horizonte de la felicidad humana» (Henri Lefebvre: Crítica de la vida cotidiana, 1947).


La contracultura carece, por definición, de estructura y de liderazgo formales, pero su objetivo es el mismo que el de cualquier corriente ideológica o artística integrada: el poder de las ideas y de la expresión artística (Goffman, 2004). Hasta que la información y las comunicaciones no han subvertido este estado de cosas, se ha considerado a la contracultura como una reacción contra valores vigentes y mayoritarios. El hecho de que el objeto de su crítica sea lo «normal» lo que la convierte en transgresora y sospechosa de subversión. A pesar de que ya existían corrientes ideológicas y culturales que cumplían ambos requisitos desde mediados del siglo XIX, no es hasta la década de los sesenta del siglo XX cuando a cualquier movimiento contestatario del poder se le denomina específicamente como contracultura.

Sin embargo, la evolución de la tecnología le ha dado la vuelta a una definición que parecía autoevidente: gracias a ella, la contracultura ya no conoce trabas para expresarse, hacerse ver e, incluso, disponer de sus propios canales de distribución de información. Ya no es obligatorio disponer de redes que funcionen en sincronía con la jerarquía del poder político y económico, estrechamente vigiladas y vinculadas; la tecnología ha dado paso a un modelo en el que la información fluye horizontalmente desde cualquier emisor en el que la compartición y la igualdad son la norma. Siguen existiendo en todo su esplendor los pocos productores/distribuidores unidireccionales que hacen fluir la información verticalmente, ahora han surgido infinidad de nuevos operadores: informales, sin prestigio, parciales, cortoplacistas, pero igual de interesados que los mayoritarios en defender su propio statu quo. La pauta es la convergencia y la interacción y gracias a ella el usuario/consumidor ha mutado de espectador pasivo a creador y difusor de información, cultura y conocimiento (Marc Porat, 1977). La ubicuidad, la asequibilidad y la facilidad de la tecnología digital han transformado el mapa de la comunicación y de la cultura en una sociedad que ahora se define en términos de red, no de flujos hanseáticos de comunicación estrictamente verticales y unidireccionales.

El alcance planetario de la contracultura digital acaba también con la presunción de que se trata de un fenómeno minoritario: los idearios radicales están sincronizados con realidades sociales bien definidas sobre la que tratan de influir: presumen de disponer de redes estables, funcionales, igualitarias y armónicas que les sirven de soporte y de altavoz. Estas contraculturas digitales obvian las lagunas y brechas digitales, los malos usos, los abusos, los monopolios tecnológicos y operacionales; la desestructuración de facto de sus componentes, el carácter temporal y limitado de sus iniciativas y el hecho de que su motivación directa sea la obtención de un beneficio o cambio a corto plazo. La contracultura se ha convertido, gracias a esta conjunción de factores, en un fenómeno de masas.

Esta nueva contracultura de masas sólo parece compartir un único punto en común con la contracultura predigital: el ataque a las ideas vigentes y la radicalidad de sus propuestas alternativas. ¿se puede seguir considerando esto como una actitud contracultural? ¿El hecho de que amenace con convertirse en mayoritaria (por expansión, no por su grado de penetración en los círculos del poder, que sigue siendo limitado o rechazado explícitamente) anula su carácter subversivo? ¿Acaso no es la contracultura de masas un oxímoron?

Los Estados-nación son el resultado práctico del salto cualitativo, el primero en su historia, que experimentó el capitalismo en el siglo XVII: apostó por ir más allá de los mercados locales tradicionalmente repartidos mediante alianzas comunitarias y redes familiares. Cuando el mercado de proximidad estuvo más que consolidado y la tecnología lo permitió, el capitalismo se lanzó a expropiar nuevas tierras más allá de las fronteras seguras: se trataba de obtener materias primas baratas (con mano de obra esclava, si era necesario) y colocarle a cambio los productos manufacturados por un precio superior. Un negocio redondo. Estos nuevos yacimientos/mercados estaban lejos de los centros de producción, requerían mejores y más transportes, pero lo mejor de todo es que no estaban sujetos a ninguna legislación conocida o vigente. Todo estaba permitido; ni siquiera el poder eclesiático se atrevía a imponer su criterio frente a una flagrante explotación de seres humanos.

Gracias a ese primer salto el capitalismo supo lo que significaba operar como un sistema salvaje y depredador, y los enormes beneficios que reportaba. Esta aventura de nefastas consecuencias humanas y medioambientales culminó a mediados del siglo XIX y se la conoce vulgarmente como colonialismo (1870-1914). Durante esos años, los Estados-nación lograron consolidar incipientes instituciones multilaterales con las que administrar los mercados desrregulados que eran las colonias. Todavía hoy vivimos bajo el yugo de las instituciones heredadas de aquella etapa: el GATT (más tarde reconvertido pero no democratizado en OMC), pero lo más lamentable es que ni entonces ni ahora esas instituciones, ni los Estados-nación que las componían, han sido capaces de mejorar las condiciones de vida de los territorios que dicen tutelar y/o representar, ni siquiera de minimizar las desigualdades o las escandalosas distorsiones que persisten en los flujos comerciales mundiales. Cumbres, cónclaves y congresos... un fracaso detrás de otro. Un balance que deja poco margen para el optimismo.

Entre 1980 y 1995 se ha ido gestando un cambio tecnológico que ha propiciado al capitalismo su segundo gran salto cualitativo: la globalización. Y como en el primero, consiste en la apertura forzosa de un nuevo mercado, desregulado, desajustado e indefenso por definición, en el que las empresas globales se apresuran a esquilmar antes de que haya una legislación que ponga límites a su actividad y a su beneficio. Este nuevo mercado ya no es físico (el colonialismo no dejó ningún territorio por descubrir ni someter), sino virtual: mercados financieros en red, comercio electrónico mundial, oferta de productos y servicios en régimen de dumping de facto, desinversión industrial, precarización laboral... Ya no hace falta viajar ni abrir sucursales en países lejanos, la tecnología digital basta para hacer negocios desde cualquier parte del mundo sin movilizar equipos y personas. Al igual que el colonialismo, la globalización provoca tensiones inevitables: la más importante entre las comunidades locales (antiguas colonias, zonas tradicionalmente industrializadas, colectivos) y las corporaciones globales que hacen dinero sin necesidad de invertir en los territorios; la segunda la reestratificación social que genera el enfrentamiento entre ambos bloques. El rechazo al rodillo del capital globalizado hace que aparezcan movimientos e iniciativas antiglobalización que tratan de oponerse (incluso algunos utópicos subvertir) a semejante tsunami devastador. Son ideologías que defienden el regreso a situaciones previas al primer salto del capitalismo (comercio de proximidad, sostenibilidad, ecologismo, movimientos por el decrecimiento), la adopción de modos de vida directamente pretecnológicos o el simple rechazo de la tecnología como responsable de todos los desastres. Ni unos ni otros comprenden que no hay vuelta atrás, que lo importante es encauzar una corriente imparable, no tratar de desviarla, y mucho menos invertirla.

Es en este contexto de enfrentamiento y de salto cualitativo del capitalismo donde hay que situar la contracultura de masas actual: curiosamente, forman parte de ella tanto los movimientos antiglobalización como las empresas que operar en ese nuevo mercado global aún por domesticar. Se la puede considerar de masas porque incluye comunidades y colectivos muy diversos y numerosos; y además ninguno de los dos (movimientos y empresas) forma parte, estrictamente hablando, de los ámbitos del poder tradicional de los Estados-nación, de los que emana el poder legislativo. Unos y otras, si acaso, se atrincheran en foros sectoriales o forman grupos de presión desde donde tratan de alinear las decisiones de los gobiernos con sus intereses particulares. Por objetivos, actividad, contenidos, desafío al poder, se las puede considerar como contraculturales. El potencial tecnológico y económico de las empresas y el factor ideológico de los movimientos antiglobalización no invalida el hecho de que ambos se comportan como una contracultura; una contracultura de masas no comparable a las anteriores a 1995, que actúan en un ámbito aún no legislado de futuro incierto. No forman parte del poder institucionalizado, pero su influencia es tan visible que a veces pueden dar la impresión de ser un espejismo de contracultura oficial.

Y así están las cosas: la contracultura antitecnológica y la anticapitalista ejercen una importante fuerza compensadora frente a la actividad desregulada de los gigantes del mercado global, que operan como una especie de contracultura del capitalismo poscolonial. Mientras tanto, sigue pendiente un consenso mundial para legislarlo o un foro en el que debatir estas cuestiones con garantías democráticas. No seamos ingenuos: igual que del colonialismo y la OMC no ha salido un mercado de productos y servicios más equitativo e igualitario, no esperemos grandes novedades respecto a un mercado global que puede llevar décadas someter a base de leyes.

Es cierto que el triunfo de la razón ilustrada dejó muchos cadáveres por el camino y una terrible sensación de pérdida (que dio paso a una previsible reacción romántica antimoderna), pero a pesar de sus errores y contradicciones (elitismo, racismo, colonialismo, injusticias económicas, devastación ambiental), la Ilustración sentó las bases de la libertad de asociación, el pensamiento libre y la comunicación abierta que hoy disfrutamos. Así que, señores tecnócratas, consultores y demás intelectuales neoposmodernos que desprecian de entrada cualquier mención a la racionalidad ilustrada como el enésimo fracaso de la filosofía y de la ciencia social, una trampa en la que no piensan caer porque sus ideas son mejores por el simple hecho de estar aliñadas con tecnología, a todos les recuerdo que expresan sus opiniones gracias a que algunas de las batallas fundamentales de la racionalidad se ganaron (con retraso, es cierto) y sirvieron de cimiento a la sociedad democrática, de cuyos logros sin duda se están beneficiando.


(continuará)




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miércoles, 29 de enero de 2014

La contracultura de masas: 1. Las industrias culturales

«La emancipación cultural de las masas ha sido un fracaso descorazonador. La cultura de masas se ha convertido en una cultura manipulada; sus receptores han sido degradados a consumidores pasivos. La industria cultural no es más que un accesorio del statu quo» (T. C. W. Blanning: The culture of power and the power of culture: Old Regime Europe (1660-1789) (2002)

El diagnóstico no puede ser más certero y vigente: la cultura (y las industrias que la fabrican) es, desde hace décadas, por encima de cualquier otra cosa, una actividad orientada al lucro, donde el adjetivo cultural es un mero accesorio que trata de justificar responsabilidad social, privilegios fiscales y/o subvenciones públicas. La cosa ya no la pintan tan maniquea y, por suerte, hemos superado la etapa funcionalista de la sociología en la que se consideraba que los medios de comunicación reproducían los valores del sistema social y defendían un estado social desigualitario como algo natural. Ya no se lleva analizar sesudamente los mensajes latentes y narcotizantes de los productos culturales para las masas. Aun así, a la ciencia social en general le costó más de medio siglo admitir que el entretenimiento de las masas no es una disfunción ni una perversión, sino un proceso comunicativo al mismo nivel que la seguridad nacional, la respuesta política o la transmisión de valores entre generaciones.

El concepto de industria cultural fue acuñado por T. W. Adorno y M. Horkheimer en 1969, y hace referencia a aquellas corporaciones privadas que producen y distribuyen cultura como mercancía. Ambos teóricos creían que este proceso suponía devaluación de la cultura, pues daba lugar a una cultura de masas en la que la serialización y la división del trabajo no diferenciaban el consumo de cultura de otro tipo de bien. Los productos de estas industrias culturales carecerían de capacidad crítica, ya que su racionalidad técnica y creativa estaba sometida a los intereses de sus gestores económicos. Lo más importante es que, a pesar del tufillo elitista que desprenden algunas de estas ideas, apuntan a un aspecto sospechosamente omitido en el debate actual sobre cultura y mercado: la aparición de las industrias culturales no es el resultado de una ley de la evolución de la tecnología en cuanto tal, sino de su función (asumida pero no reconocida) en la economía actual. Esta argumentación es la que sostiene buena parte del discurso empresarial y de la teorización tecnócrata contemporáneos, que consideran la tecnología como el único factor capaz de provocar un cambio social. La machacona y cansina insistencia en estos conceptos y lugares comunes han conseguido minorizar la realidad de un proyecto político (que se define a sí mismo como socialmente responsable) supeditado a unos intereses económicos. Unos años antes, Marcuse y Habermas habían alertado contra el dominio de una razón meramente instrumental y técnica y una actividad científica dedicada a reproducir el esquema de racionalidad económica imperante. Quizá esto explique la pobreza y parcialidad del debate sobre los medios de comunicación y el papel de las industrias culturales en una democracia participativa.

Hasta 1960 se daba por sentado que las industrias culturales ejercían un poder directo y coercitivo sobre las masas; sin embargo, estudios posteriores matizaron que ese poder no es ni inmediato, ni directo, ni ilimitado. En línea con este argumento a favor, el discurso neoliberal vigente desde 1980 ha llevado este argumento hasta el extremo: decreta que el usuario/consumidor es soberano en sus decisiones y actúa en un mercado libre y sin interferencias, que sus elecciones están influenciadas únicamente por factores personales (origen, sexo, estudios, biografía) y, por tanto, no orientadas por criterios ideológicos o económicos. Finalmente, los políticos comprendieron que no es lo mismo comerciar con mercancías que con información y por eso, hasta 1985, el debate sobre la circulación de bienes culturales se desarrolló en el ámbito de la UNESCO, pero las iniciativas a la libre circulación de información chocaban siempre con argumentos gubernamentales de seguridad nacional. Vistas las dificultades para imponer sus criterios, EE UU decidió abandonar la organización (poco después le seguiría Reino Unido) y llevar el debate al ámbito del GATT (desde 1995 rebautizado como OMC) donde todavía sigue. Con este desplazamiento aparentemente inocuo, la información y la cultura han quedado reducidas a una mera negociación comercial en el seno de una institución con graves carencias democráticas y de representatividad. Esta es la segunda razón que explica el tufo a oligopolio y a blindaje de beneficios que desprende desde entonces la legislación cultural en Occidente.

Cuando Lyotard definió en 1979 las sociedades occidentales como posmodernas, por haber entrado en una economía posindustrial (en realidad de servicios pero no se había enterado), el término hizo tanta fortuna que se convirtió en el dominante cultural de la lógica del capitalismo avanzado, incluyendo las ciencias sociales, la tecnología, el conocimiento empresarial e incluso el arte. Se caracteriza por su crítica a la dialéctica de la esencia, su reconocible conceptualización reduccionista de la ideología y una falsa conciencia que se expresa en una reafirmación del predominio del espacio y la subvaloración de los cambios históricos (la principal consecuencia es que vivimos en un presente perpetuo e inmutable cuyas únicas alteraciones son tan artificiales que se desvanecen al primer síntoma de análisis). Las verdaderas amenazas de la sociedad posmoderna son el exceso de información, la pérdida de lo real y el auge exponencial de infinidad de iniciativas locales que impiden consolidar un criterio de certeza con validez global y, por tanto, potencialmente cuestionador. La reflexión crítica ha quedado reducida a una epistemología intrumental ejercida por una patulea de consultores, asesores, tecnócratas y aprendices de gestores que, básicamente, se limita a resolver cualquier problema inyectando altas dosis de tecnología sin control.

Los logros del posmodernismo son visibles por todo el planeta: los centros comerciales cumplen sus horarios sin importar el estado del mundo, y los únicos imprevistos que nos permitimos son el destino de nuestras vacaciones, los dilemas del ocio nocturno, las novedades de la moda, los resultados deportivos o las fluctuaciones del mercado financiero. Nuestro día a día está atravesado por rutinas tan simples y estúpidas como difícilmente erradicables. Quizá nos encontremos a las puertas de un retorno al principio del placer freudiano: la cristalización de los servicios de contactos como pauta de socialización, las lunáticas iniciativas para fomentar relaciones interpersonales en una sociedad cada vez más parapetada tras sus pantallas y, por supuesto, el crecimiento exponencial de contenidos pornográficos así lo dan a entender. Marcuse estaban tan, tan equivocado...

(continuará)




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viernes, 22 de noviembre de 2013

Aportar valor

Aportar valor es el concepto favorito de consultores, inversores y tecnócratas. No se les cae de la boca, lo sueltan a la mínima ocasión. Creen que es una demostración sencilla y objetiva de lo que consideran su trabajo. En realidad no pasa de ser un eufemismo barato que evita tener que utilizar las palabras que excitan al inversor pero enfrían a cualquier cliente: encarecer el precio. Es la neolengua de la globalización.

Aportar valor funciona como la parte visible, comprensible y eficaz de una teoría compleja y accesible sólo para expertos que justifica cualquier intervención o revés argumental o ejecutivo. Quienes la usan tienen sus propias razones para hacerlo, porque la emplean siempre en el contexto adecuado. El resto debemos deducir que la realidad que describe existe de verdad, no una leyenda urbana ni un mito de la gestión: que hay procesos donde cada hito inyecta un valor cuantificable al producto o servicio en los que nada sobra y nada falta. Los costes se reducen, los beneficios se levantan; que sí, que no, que aumente la producción y se rompan las trabas de la legislación...

Aportar valor ya no es sólo el mantra de los emprendedores y empresarios que juegan a políticos, sino el de los políticos que creen que conectan con los objetivos e intereses de los emprendedores y los empresarios. Los políticos creen que dejándolo caer a cada momento se alinean con la emprendeduría (otro de sus neologismos favoritos, aunque a mí me suena a expendeduría), con lo moderno, con la elite que tira de la economía. Lo cierto es que tanta reiteración vacía de contenido la expresión, como si cada iniciativa, ley o proyecto no tuvieran otra función, no necesariamente orientada al lucro recaudatorio.

Muy pocas cosas adquieren valor cuando las manipulan consultores, inversores y tecnócratas. Esta patulea de supuestos expertos creen que un lenguaje repleto de neologismos y siglas en sus documentos es la mejor prueba de que sus opiniones con incontrovertibles. Luego, cuando empiezan a poner en práctica sus proyectos, dejan entrever cada vez con menos disimulo que toda su labor consiste en darle la vuelta a tres o cuatro viejos conceptos de gestión elemental. Al final, el resultado es un mapa de procesos en el que se ha cambiado el nombre a cada área, función y/o cargo, se deja como estaba lo que la dirección estimaba intocable o imposible de modificar y lo realmente innovador se reduce a la implantación de un software carísimo que requiere de una formación carísima que, por descontado, proporciona la misma consultora que aconsejó su compra. Sobre el papel, todas sus promesas parecían algo mucho más etéreo, al alcance de cualquiera sin apenas esfuerzo y desembolso.

Si hay algo que revela la historia del capitalismo es que la información siempre ha sido cara debido a su escasez o, sencillamente, incrementar su valor requería un gran esfuerzo. Sin embargo, en la economía globalizada del siglo XXI la información es un bien abundantísimo cuyo valor tiende a cero. Hoy día cualquiera produce información, basta teclear un poco y ahí está: datos, resultados, experiencias, ideas... Otra cuestión es su utilidad, su capacidad de aportar valor y la posibilidad de convertirse en un modelo de negocio viable.

Aun así, los consultores, los inversores y los tecnócratas se comportan como si en su universo la información siguiera siendo una mercancía escasa. Esta es la idea que nunca, bajo ningún concepto, admitirán delante de un cliente: aunque haya infinidad de evidencias en contra, ellos insistirán en que su información es la única realmente útil, y por eso es escasa y cara. Gran parte de su trabajo consiste en encarecer la información que manejan, por muy incomprensible y absurda que parezca. Esta labor se realiza casi en exclusiva mediante la documentación que generan y su curioso estilo: repleto de paradojas, retruécanos, tendencias novísimas revestidas de teorías contrastadas, parafraseo, abstracción interminable, resistencia feroz a la concreción, temor a caer en la banalidad. Dan por sentado y demostrado que la información que anega internet no existe, razón por la cual la ignoran como todo buen aristotélico ortodoxo en pleno Renacimiento. No lo hacen por esnobismo ni por llevar la contraria, es que les va el negocio a los pobres... La única incógnita que queda por despejar es saber hasta cuándo podrán mantener tan descomunal fraude.

Quizá de aquí unos pocos años el periodismo, la literatura o el cine ridiculicen a los consultores de principios de la era digital igual que los ejecutivos surferos de Apple de los ochenta se han convertido en la caricatura de una época de desenfreno y locura por el enriquecimiento económico. Puede que el tiempo convierta a estos consultores, inversores y tecnócratas obsesionados por aportar valor en los mártires inútiles de la era de la sobrevaloración informativa.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2013/11/aportar-valor.html

jueves, 17 de octubre de 2013

¿Necesitamos otra lógica? (8). Inhibicionistas

«¿Por qué aceptamos que el debate sobre inmigración ocupe un lugar predominante en el contexto de la crisis europea? Los inmigrantes no tienen nada que ver con ello. Da igual que millones de franceses lo puedan creer. No es verdad. Millones de alemanes llegaron a creer que los judíos eran responsables de la crisis de los años veinte y treinta. También entonces se les denunciaba como grupos de costumbres distintas y ropas grasientas. También a ellos se les atribuía todo tipo de delitos. ¿Qué tenían que ver con la crisis de los años treinta? Absolutamente nada. ¿Qué tienen que ver los rumanos, los marroquíes o los cameruneses con el estancamiento económico de Europa? ¿Con los millones de parados españoles, griegos o franceses? Absolutamente nada».

Soledad Gallego-Díaz. 2013

¿Acaso, a estas alturas, todavía hay quien cree que el crecimiento económico es ilimitado? ¿Que los recursos naturales son inagotables? Los pocos que quedaban se los ha llevado por delante la realidad del panorama actual. Sin embargo, aún quedan muchos ingenuos que piensan que no hace falta votar, porque aunque los parlamentos se llenen de partidos extremistas y xenófobos no cambiará nada (concretamente su statu quo). Una patulea de políticos mediocres y votantes inhibicionistas en el ejercicio de su derecho forman hoy un peligroso cóctel. El populismo, esa ideología rancia y tradicionalista que se reviste de gestión eficaz y directa negando precisamente cualquier intención ideológica en sus decisiones, amenaza con apropiarse de las altas instituciones europeas y de unos cuantos gobiernos de estados miembros por culpa de la dejadez cronificada y una descarada defensa de intereses particulares a través de partidos políticos supuestamente generalistas y transversales.

Los analistas advierten del peligro que supone incorporar a la agenda política temas como la inmigración, la preeminencia de derechos preferentes para los nacionales, la tolerancia cero con el fraude menor (argumentando que es el más perjudicial para el buen funcionamiento del sistema, mucho más que el fraude a gran escala de empresas y millonarios), la obsesión por un código penal directo, ejemplarizante y escasamente garantista... Los evidentes réditos electorales de estas medidas han provocado que los partidos generalistas las incorporen a sus programas electorales (con pequeños matices que ellos creen que anulan o minimizan el componente populista). El tiempo ha demostrado que también son unos ingenuos: la extrema derecha lidera en Francia la intención de voto para las próximas elecciones al parlamento europeo.

Lo más preocupante de este proceso es que la izquierda haya caído en semejante trampa, con el agravante de estar inmersa en una crisis de legitimidad. La actitud de la derecha no debe sorprendernos, al fin y al cabo sirven a los intereses de un grupo de presión bien definido. En cambio, errores propios aparte, los partidos de izquierda posteriores a 1989 todavía deben resolver una contradicción que les impide acudir desde entonces a unas elecciones con un programa político que no sea una mera reacción ante la gestión política regresiva de la derecha en ámbitos estratégicos (pero especialmente preocupante en el ético y de derechos), de manera que en la práctica, en caso de gobernar, deben dedicarse a deshacer los desastres previos, sin que dé tiempo a construir un modelo diferente. La izquierda debe encarar un dilema previo que funciona como premisa para todo lo demás: asumir o combatir la subordinación del poder político frente al económico. Los gobiernos de izquierdas europeos se estrellan sistemáticamente contra esta muralla; la necesidad de atraer inversiones, obtener financiación, renegociar la deuda soberana en los mercados internacionales les obliga a entrar en un quid pro quo de beneficios y exenciones con los grupos que controlan los mercados que acaba lastrando sus proyectos legislativos estrella (control de los mercados, lucha contra la deslocalización, subidas de impuestos a los más ricos...). La alternativa de combatir el poder omnímodo de los mercados (unilateralmente y en solitario desde gobiernos nacionales, puesto que es un mercado globalizado donde resulta casi imposible coordinar políticas comunes) limitando legislativamente sus poderes permanece inédita.

Es urgente que la izquierda encuentre una posición firme en este asunto, que sepa explicarla con claridad y que apalanque sobre ella un programa político que, o bien sirva de contrapeso a la voracidad social, financiera y ecológica del poder económico. O por el contrario que se enfrente a ella directamente con un modelo económico alternativo, plausible y más equitativo socialmente. Dudo mucho que la segunda opción sea factible, en todo caso habremos de esperar a un colapso aún mayor que el de Lehman Brothers, una catástrofe cuarenta veces más devastadora que Chernobil y Fukushima juntas y una inestabilidad mil veces mayor que la primavera árabe, para conseguir que el poder político acepte negociar una limitación externa de su actividad y se puedan sentar las bases de un modelo económico que afronte los desequilibrios que se avecinan: el primero y más urgente el enorme desajuste entre una menguante fuerza laboral y una creciente masa de población anciana, consumidora voraz de recursos públicos; a continuación, una actividad económica que anteponga la sostenibilidad a los beneficios, y no por simple filantropía, sino porque los recursos y el medio ambiente están agotados y colapsados y no queda otra. Todo esto sólo será posible gobernando con mayorías absolutas, algo altamente improbable mientras los niveles de abstencionismo electoral y de inhibicionismo ideológico sigan por las nubes. Podemos hacer grandes declaraciones, manifestarnos, impugnar pacífica o violentamente la apisonadora de las políticas de la derecha, pero la única manera de desmontar su tinglado es votando y promulgando leyes. O eso o sobrevivir mientras aguardamos el colapso.

Los votantes viven aferrados a la bruma de su bienestar particular: los que tienen mucho sólo necesitan que su statu quo económico-legislativo no varíe en lo esencial y puedan mantener sus privilegios; la riqueza decreciente de la exigua clase media limita su lucha al estricto mantenimiento de su nivel de vida (impuestos directos, precios, desgravaciones), sin afrontarla con una mayor perspectiva ideológica. Por último, los que carecen de todo, los expulsados del sistema, los que se mantienen fuera por decisión propia, aspiran a ingresar/regresar por la vía rápida, sin importar las consecuencias ni la coherencia. Todo vale porque no rinden cuentas a nadie. Sobre éstos recae hoy todo el peso de la legislación conservadora: se les acusa de fraude en los subsidios, de vivir de la economía sumergida, de no seguir los cauces legales autorizados... La derecha exhiben músculo a su costa, y cuando éstos reaccionan con la impugnación incívica les acusan de violentos, de desestabilizar el sistema, de tener lo que se merecen. Mientras tanto, los traficantes de armas con los ministros siguen cruzando las fronteras (Battiato dixit); el capital circula sin trabas mientras las personas deben quedarse en sus territorios, ligada su suerte a un azar financiero que les otorgue una prosperidad que no depende en absoluto de ellos. ¿Buscar nuevas oportunidades emigrando? ¡Ni hablar! Lo verdaderamente importante es financiarse a bajo interés en los mercados, todo lo demás es secundario.

Mientras cada cual siga pensando que su menguante bienestar es suficiente, mientras opte por quedarse quieto para evitar males mayores, los partidos ultraconservadores y xenófobos se harán fuertes en los parlamentos. Nadie se movilizará para echar a los analfabetos funcionales que ahora mismo ocupan los gobiernos europeos. Solamente cuando la precariedad sea la pauta, cuando sea una evidencia que las barreras a la inmigración no suponen más ni mejores puestos de trabajo, cuando el daño al ecosistema sea irreversible, entonces las legiones de inhibicionistas se rebelarán: lo destrozarán todo, exigirán respuestas inmediatas, incluso a algunos con estudios superiores les entrará un terrible ansia de voto para echar al gobierno de turno. Se les llenará la boca de justicia, de igualitarismo, de progreso y de ecología, pero ya será tarde. Para cuando eso suceda, la generación de los inhibicionistas se habrá convertido en un fenómeno sociológico inédito: jubilados que siguen pagando hipoteca, sustentadas sus pensiones por una menguante fuerza laboral. Un polvorín altamente sensible a la inestabilidad económica capaz de arrasar con todo.

Estos inhibicionistas, atrincherados en lo que creen un bienestar irreversible y garantizado, piensan que es suficiente con expresar solidaridad ante las desgracias ajenas y casi siempre lejanas (inmigrantes ahogados, desastres naturales, desahuciados, accidentes, atentados...) porque sus derechos y leyes fundamentales están a salvo de los vaivenes de la política, al margen del debate ideológico. Vamos a peor gracias a su colaboracionismo ingenuo.


Versiones anteriores:
29/08/2007, 04/05/2009, 29/03/2010, 03/02/2011, 16/06/2011, 06/10/2011, 16/02/2012.




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viernes, 2 de agosto de 2013

Reivindicación del contenido o el sueño de un mercado radicalmente libre que provoca recesiones (Parásitos. Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura)

De entrada, admito que el libro de Robert Levine Parásitos. Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura (2013) ha ampliado mi perspectiva sobre el problema que supone la encrucijada digital entre creadores de contenido, industrias culturales, empresas de medios y usuarios/consumidores. Esta ampliación de foco no es incompatible con un notable refuerzo de mis convicciones sobre una parte del problema que hasta ahora se consideraba central y mayoritaria cuando en verdad es residual y minoritaria, a saber: el intercambio de archivos entre particulares sin recurrir a webs de enlaces es una variante digital de un «mercado» (llamémosle así) que siempre ha existido y existirá. El desplome de los beneficios en discográficas, cadenas de televisión, periódicos, editoriales y estudios de cine no tiene tanto que ver con esta actividad, sino más bien --como acierta a diagnosticar Levine-- con una perversión legislativa de origen (ni técnica, ni de diseño, ni moral, como la mayoría de «expertos» apunta sin saber). De modo que sigo sin querer oír hablar que la culpa es de los usuarios/consumidores que con cada descarga descuentan una venta en la cuenta de resultados de las industrias culturales. El problema está en otra parte y el libro de Levine es una síntesis inmejorable para aprender y dejarse de tópicos propios de asesores, gurús, debates para memos y pataletas de creadores cabreados porque las cosas no funcionan como a ellos les conviene. No y no.

Y puestos a buscar un culpable (porque lo necesitan) ahí está la administración Clinton, que sancionó la Digital Millenium Copyright Act (DMCA) en 1998 (que ha servido de base e inspiración para la mayoría de la legislación occidental posterior) y que, obsesionada como estaba por pactar con las empresas tecnológicas un reconocimiento legal del fair use, decretó que las compañías de internet no eran responsables de los contenidos que circulaban por sus redes; y a pesar de que también limitaba el uso del fair use para materiales con derechos de autor, las compañías de medios siguen a día de hoy enquistadas en este argumento para no colaborar en la solución de un problema que a la larga les va a afectar de lleno. Así de sencillo entonces, así de complicado ahora.

«La piratería no es nada nuevo, por supuesto, y está lejos de ser todo el problema. Pero la fácil e ilegal disponibilidad de todo tipo de contenidos ha socavado su mercado legal de un modo que afecta al negocio de los medios al completo […] Las compañías de medios que venden productos online tienen que bajar precios para competir con las versiones pirateadas de esos mismos productos por compañías que no cargan con ningún coste de producción. Al convertir en esencialmente opcional el pago por contenidos, la piratería ha fijado el precio de los bienes digitales en cero. El resultado es una carrera hacia el abismo» (pp. 3-4).

«Internet ha fortalecido a un nuevo grupo de intermediarios, como YouTube, que se benefician de la distribución sin necesidad de invertir en los artistas […] O bien obtienen beneficios de contenido profesional sin pagar por él o bien dependen de contenidos generados por usuarios» (p. 8)

«Los directivos a ambos lados de este debate tienden a ver el pago por contenidos como una cuestión moral […] El verdadero problema es cómo establecer un mercado funcional para el contenido online, ya se trate de venderlo o de sostenerlo con publicidad» (p. 10).

«Mientras que los canales de televisión deberían rendir serias cuentas si emitiesen programas sobre los cuales no tienen derechos, YouTube puede hacerlo impunemente siempre que lo haya publicado un usuario […] Es razonable discutir si esto es o no algo bueno, pero ésta fue un elección del diseño, no un requisito de la tecnología» (p. 11)
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El problema (y una posible solución) es que «la mayoría de las compañías online que han construido negocios basados en ofrecer información o entretenimiento no están financiando el contenido que distribuyen» (p. 7), que es lo que sucede con las cadenas de televisión en España con el cine (están obligadas por ley a invertir un porcentaje de sus ingresos, y lo hacen a regañadientes). Se quejan constantemente de una inversión establecida por decreto, pero no dijeron ni una palabra cuando se quedaron con la parte de publicidad que les quitaba la televisión pública, que les parecía hasta entonces una competencia desleal intolerable.

Levine se pregunta por qué hay que regalar en internet lo que se paga en el mundo físico. Esta es la estrategia no declarada ni admitida por las compañías de medios digitales, que se aferran a este estado de cosas debido a los beneficios que les reporta. Existen alternativas para que todos --creadores, editores y distribuidores-- puedan repartirse un mercado viable y atractivo para el usuario/consumidor; sus pormenores están documentados, estudiados, analizados, ensayado y probados en casos de éxito: financiar los contenidos a base de publicidad, y si esto no resulta rentable, cobrar a los usuarios una tarifa que cubra los costes del servicio y genere un modelo de negocio con beneficios. Pero muchos gurús siguen empeñados en que la teoría económica clásica no sirve para el mundo digital (será para el que tienen en sus iluminadas mentes). El principal problema que provoca esta estrategia sesgada es que las compañías tecnológicas no hacen mercadotecnia orientada al usuario/consumidor; están convencidas de que el servicio lo es todo; por eso declaran en público (pero no en privado) que si los artistas no ganan dinero con su arte deben vender otra cosa para poder seguir dedicándose a crear (lo triste es que encima algunos van y les hacen caso y montan colecciones de ropa, accesorios y chorradas varias).

El libro se estructura en capítulos que se ocupan de cada uno de los sectores afectados: la música, la prensa escrita, la televisión, los libros y las películas, con un repaso cronológico y valorativo de los principales hechos. Sin embargo, es en el capítulo primero y en el tercero donde el autor agarra el toro por los cuernos y se centra en el debate legal, en los intereses económicos enfrentados y en la cadena de errores políticos, legales y económicos que desembocaron en la infausta DMCA de 1998.

Levine rompe una lanza en favor de los creadores, los verdaderos perjudicados en esta lucha entre medios de comunicación tradicionales y digitales; a pesar de que a veces propone ejemplos cuidadosamente escogidos para no dejar grietas para la contrargumentación de sus razonamientos. Algunos de ellos resultan cruciales para su teoría, por lo que conviene quitar algo de IVA: los sitios web que facilitan las descargas está claro que no comenten ninguna infracción directamente, igual que los fabricantes de automóviles no fabrican vehículos para huidas en robos y/o atracos equipados con dispositivos que cambien la matrícula durante la huida (p. 20). Es un ejemplo inexacto, parcial e interesado, ya que encaja mucho mejor el de los fabricantes de armas: a pesar de los desastres irreparables que provocan, a nadie se le ha ocurrido nunca demandar a los inventores, fabricantes, vendedores y/o compradores de armas que directamente los provocan. Es duro aceptarlo pero es así. Es un argumento irrebatible y los beneficiarios harán bien de aferrarse a él mientras puedan.

La analogía de los fabricantes de armas siempre me había parecido definitiva para ilustrar el problema, pero unas páginas más allá, hablando del sector cinematográfico, Levine da con la analogía perfecta, útil e inquietante desde el punto de vista ético: compara a los bancos suizos con los servicios de alojamiento de archivos (perseguidos mientras las compañías de internet asisten en primera fila como si no fueran corresponsables): ni los unos ni los otros quieren saber quién hace qué, pero saben perfectamente que todos están allí por lo mismo. Nadie desea saber lo que se aloja en los bancos suizos y en los inmensos e inasibles repositorios de internet. Doble moral, doble beneficio.

Al final, tal como lo presenta Levine, el debate desembocará en una encrucijada: o modificar la DMCA o modificar los derechos de autor. Como parece que lo primero no sucederá de momento, los partidarios de la reforma de los segundos acumulan argumentos muy sólidos: plazos demasiado largos antes de pasar al dominio público (Disney es una experta en presionar para ampliarlos cuando están a punto de caducar), daños estatutarios elevadísimos en caso de infracción y, por último, un concepto de fair use (en Europa este concepto ha derivado en el derecho reconocido a la copia privada) demasiado ambiguo. Como hace muy bien en recordar Levine, los derechos de autor (cuya primera legislación data de 1710) se crearon para proteger la expresión (difusión) de las ideas, no las ideas mismas (de éstas se deben ocupar las leyes sobre la libertad de expresión); se concibieron más bien como un límite a los monopolios del saber científico y tecnológico antes que del artístico, de manera que determinadas obras puedan pasar al dominio público y ser objeto de uso para beneficio general o mejora una vez pasado un tiempo de explotación exclusivo (concedido a un titular que casi nunca es el creador, no lo olvidemos). El problema y la paradoja actual es que las leyes otorgan a los creadores unos derechos que la legislación no pueden hacer cumplir, así que esos derechos son cualquier cosa menos un derecho (p. 96).

Levine admite la necesidad de cambios legislativos en materia de derechos de autor, pero también critica las visiones simplistas, sesgadas, utópicas e ingenuas de los defensores de la cultura como repositorio intelectual y artístico libre, porque detrás de todos ellos está Google (y otras compañías como ella) que dependen del contenido y prefieren no tener que pagar nada por el:

«Al igual que muchos reformadores de los derechos de autor, Lessig idealiza el pasado como una época más participativa en la que el arte florecía en ausencia de grandes corporaciones mediáticas […] y Lessig parece creer que YouTube puede devolvernos a ese tipo de cultura orgánica. La idea es que el auge de las modernas compañías de medios no es más que un interregno entre la cultura popular del siglo XX y la cultura del remix del XXI» (p. 107).

Y es que Google ha levantado un modelo de negocio diabólico a partir de las facilidades que ofrece a la piratería (en menor medida) y el aprovechamiento de contenidos de los que no es poseedor; una estructura que favorece al distribuidor y perjudica a todos los demás actores del mercado (exactamente igual que sucedía antes con los modelos analógicos, aunque Levine no lo dice): el artista, el autor, siguen siendo los que menos reciben en la cadena de valor. Y lo que es peor, la política de Google fomenta la información-basura: igual que los recortes en las cadenas de televisión derivan en un aumento de realities con contenidos baratos y de mala calidad; de la misma manera los recortes en las redacciones de los periódicos provocan una información llena de errores, inexactitudes, no contrastada y sin apenas análisis.

Mientras la publicidad que inunda internet y llena las arcas de Google siga centrada en el número de lectores los únicos contenidos valiosos que se fomentarán serán las historias y los cotilleos sobre famosos, no los textos bien elaborados sobre una cuestión social. Por culpa de esta política, gran parte de la información en internet es el equivalente a la telerrealidad digital: se fabrica fácilmente, sin apenas costes, y encima a la gente parece gustarle. Este es el nefasto resultado de un cambio a un modelo de negocio basado en publicidad barata centrada en volumen, no en contenidos. La internet que padecemos hoy se compone de información redundante, inútil y no fiable acorde con la publicidad igualmente redundante, ubicua y apenas segmentada que ofrece la compañía del buscador.

La capacidad de análisis de Levine es envidiable a la hora de hacer diagnósticos sobre las causas de la debacle en cada sector, aunque cada capítulo resulta desigual en cuanto al nivel de crítica documentada. Hay para todos:

1. La televisión: «En estos momentos la televisión por cable es un sistema caro e ineficiente que fomenta la competencia por la calidad. En casi todos los sentidos es exactamente lo contrario de internet, más eficiente, donde se piratea más contenido del que se compra y donde los productores de los programas se sienten presionados para regalarlos antes de que otra compañía lo haga por ellos. La competencia es sobre costes y el ranking de búsqueda de Google […] Si el cable funcionase como internet, el resultado sería una carrera hacia el abismo: programas que se miran gratis, se hacen baratos y se olvidan rápido» (p. 177).

2. Los libros: «Algunos ejecutivos de empresas tecnológicas afirman que las editoriales tienen que bajar el precio de los e-books para animar las descargas ilegales […] Pero la experiencia de los sellos discográficos indica que algunos consumidores piratearán libros sin importar su precio, y otros siempre los comprarán, y el comportamiento del resto depende más de las circunstancias y la comodidad que de otra cosa» (p. 194).

3. La prensa escrita: «En lugar de aplicar la economía de los medios regulares a las publicaciones online, lo que implicaría gastar más dinero en informar, la mayoría de los ejecutivos tecnológicos presionan a las publicaciones tradicionales para que se adapten a la economía online: anuncios baratos [y de dudosísima eficacia dada su ubicación y saturación] y contenidos que cuesten lo mínimo posible» (p. 150). El problema es que «aunque el acceso generalizado a la banda ancha de alta velocidad ayudaría a asegurar la distribución del periodismo, no hay ninguna razón para creer que ayudaría a la creación de periodismo. Financiar la infraestructura digital no ayudará a solucionar el problema más de lo que construir fábricas de papel hubiese ayudado décadas atrás» (p. 151). Lo cierto es que apenas un 10% de usuarios/consumidores están dispuestos hoy a pagar por las noticias (y quizá todo lo demás). La tecnología, a pesar de lo que se empeñen en repetir los gurús, no mejora nuestra forma de estar informados, simplemente mejora la forma en la que la información se presenta.

4. El cine: los números que hace Levine sobre los efectos de la piratería en el sector cinematográfico (pp. 207-208) no son tan catastróficos (recomiendo encarecidamente su lectura antes de opinar sobre el tema); aun así, Hollywood es la que mejor encara el problema (gracias a que tiene el precedente de la música para corregir errores). No son ni la tecnología ni la legislación sobre derechos de autor los que producen artistas, estas cosas son sólo el contexto, un caldo de cultivo; Levine pone el ejemplo de la República Democrática Alemana antes de 1989, donde los artistas no obtenían ningún beneficio ni se permitía la iniciativa privada y no surgió ningún artista importante, al contrario que en la República Federal Alemana (Fassbinder, Wenders...). Pero si hay gente que invierte mucho dinero, parece olvidar el autor, es porque ha existido (y existe) perspectiva de enriquecimiento.

El autor cree que los blogueros y demás usuarios/consumidores están inmersos en la bruma del precio, así que lo lógico es que se pongan de lado de cualquiera que ataque o tache de avariciosos a titulares de derechos o haga suya la causa de la gratuidad. Como las compañías tecnológicas no sacan directamente beneficio de los derechos (aunque sí tráfico gracias a contenidos que no pagan) parecen instituciones filantrópicas al estilo de la visión ingenua de Lessig. En general, se trata de un debate asimétrico y absurdo, ya que lo único que cuenta es el modelo de negocio que hay detrás. Los activistas y los empresarios están discutiendo sobre las consecuencias, no sobre las causas del problema. Mientras no se afronten las causas no cambiará nada.

El libro de Levine, además de hacer un repaso crítico a la historia de la historia reciente, propone una evolución de los derechos de autor hacia el copyrisk, una especie de licencia general de uso y distribución que evitaría el estado de vigilancia paranoico (e inútil) actual. El problema es que si este tipo de canon no se impone es porque las sociedades de gestión hacen un nefasto reparto de las licencias (como sucede en España con la SGAE).

Aun así, las reticencias de las compañías para aceptar esta licencia general, aparte de los problemas legales que plantea (¿se considera venta o licencia a efectos jurídicos?), demuestran que saben perfectamente que beneficiarán al arte en general y perjudicarán sus ingresos; por eso tratan desesperadamente de agotar el modelo de negocio basado en la venta de copias físicas, a pesar de los rendimientos descendentes, porque todavía hoy (sí, hoy) ganan dinero. Su estrategia se centra en alargar y mejorar las condiciones parciales de un mercado en decadencia a pesar de sus declaraciones apocalípticas en plan fin de ciclo. La prueba: discográficas, cadenas de televisión, prensa escrita, editores y estudios de cine siguen obsesionados por encontrar una fórmula que permita vender sus productos online (descarga, streaming...) sin canibalizar los rendimientos de sus canales tradicionales. ¿Pero en qué mundo vive esta gente?

Esta inmensa contradicción es su mayor error: creen que pueden jugar con garantías en ambas ligas y que el modelo caducado puede volver a ser tan rentable como antes (cuando lo cierto es que esos tiempos no regresarán). Sus decisiones y sus estrategias (pp. 262-263) demuestran que no son tontos, al contrario, pero sí miopes a medio plazo. Esa será su condena a largo plazo.

Los activistas no van a la zaga en ingenuidad en esta pugna: «presentan la elección sobre nuestro futuro online como una opción entre el control y la creatividad, pero en realidad se trata de elegir entre el comercio y el caos. Un sistema completamente cerrado sin duda pondría fin al propósito de internet: limitaría tanto el comercio como la creatividad. Pero lo mismo haría uno absolutamente abierto, en el que la venta de contenidos digitales […] se volverá casi imposible a largo plazo. Contamos ya con una infraestructura de comunicaciones del siglo XXI, pero ésta sostiene una economía del siglo XVII, cuando los artistas necesitaban mecenas y sólo los objetos físicos poseían valor. Eso no parece precisamente progreso» (pp. 279-280).

Es cierto que la cultura ha entrado en una dinámica propia de Wallmart: tiendas que imponen precios y condiciones de venta, y proveedores que cumplen recortando costes como pueden (p. 239). El aluvión de problemas que ha provocado la tecnología en el mundo de la economía de la creatividad no es más que la cruda consecuencia de un mercado desregulado por ley, fomentando una competencia radicalmente libre al abrigo de un cambio tecnológico tanto o más radical. Es justo el tipo de panorama con el que sueñan los gurús del neoliberalismo; aunque parece que a los que no les va tan bien no cantan las excelencias de la sacrosanta libertad de mercado.




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lunes, 17 de junio de 2013

Más allá de la zona muerta

«Sí, he aprendido de mis errores y estoy seguro de que podría repetirlos perfectamente». (Jonathan Coe)

En el siglo XVII, los europeos se interesaron por el árbol del pan, un cultivo de fácil adaptación climática,abundante y nutritivo propio del sudeste asiático, Polinesia y Oceanía. En 1768, el naturalista Joseph Banks a bordo del HMS Endeavour --al mando del capitán James Cook-- organizó un viaje de estudios que recorrió Brasil, Nueva Zelanda, Australia y Tahití en el que describió numerosas variedades de esta especie. Los científicos de la Royal Society (que había financiado la expedición) quedaron admirados por las bondades de este producto, incluyendo los posibles beneficios económicos. En 1787 --al mando de William Bligh, lugarteniente de Cook durante el viaje de 1768 y de nuevo con la financiación de la Royal Society-- el HMS Bounty partió hacia Tahití. Aquel viaje es historia gracias al cine, ya que, debido al famoso motín, ninguna cepa llegó a Inglaterra. No fue hasta 1793, tras un segundo viaje del capitán Bligh, cuando llegaron a las Indias occidentales los primeros ejemplares para la noble misión que se les había encomendado: el árbol del pan debía servir para alimentar de forma económica a los miles de esclavos que trabajaban en las plantaciones de las colonias británicas. Más información aquí.

Aparte de buenos científicos, los británicos era unos empresarios muy espabilados y estaban seguros de hacer un gran bien alimentando como es debido a toda esa mano de obra esclava, porque así trabajarían mejor y ellos obtendrían más beneficios. Visto así, todos ganaban. Nadie podría convencerles de que su proceder no era ético, porque la esclavitud formaba parte de la naturaleza del sistema capitalista.

Toda esta historia viene a cuento porque anticipa e ilustra la lógica depredadora y el discurso negacionista que comparten el capitalismo esclavista y el globalizado: no hay diferencia, ambos actúan movidos por el enriquecimiento personal, el blindaje de sus negocios, la garantía de devolución de sus inversiones, la inviolabilidad de la propiedad privada y el mantenimiento de los privilegios que les garantizan mejores oportunidades y rentas. En paralelo, su discurso público exhibe un tono beatífico, una férrea defensa de la igualdad y la solidaridad que --sobre todo en estos tiempos-- apenas disimula sus verdaderos intereses. Basta un ejemplo: con unos índices de paro escandalosos (especialmente juvenil) del 27%, el gobierno jura y perjura que su primera prioridad es el empleo, y sin embargo apuesta la recuperación a una receta macroeconómica en la que el empleo es la última variable (si se dan las condiciones necesarias durante el tiempo que ellos consideren suficiente) en mejorar. ¿Se necesitan más evidencias?

Estamos en manos de políticos mediocres y trasnochados al servicio de los inversores que les prestan el dinero para seguir gobernando. Políticos electos y designados que adulan la mano que les financia, básicamente preocupados por encajar en la inmensa maquinaria del mercado, temerosos de destacar, de desafinar en el concierto de la austeridad en la que sólo importa la devolución de los préstamos. El texto de Joaquín Estefanía (El País, 10/06/2013) es una síntesis demoledora y documentada de este estado de cosas cuya lectura debería escandalizarnos.

Tras cinco años de desaceleración económica y apenas unos pocos menos de austeridad oficial, la desindustrialización en Europa es un hecho y, como consecuencia, China ha consolidado su supremacía económica mundial gracias al suministro de bienes de consumo a Occidente. China inunda los mercados de productos baratos y de escasa calidad que adquiere ese segmento de la población que es expulsada del mercado o sobrevive en los suburbios de la economía sumergida. Sus clientes son los que tienen el sueldo congelado, las extras embargadas o, directamente, parados que no pueden escoger. China es la principal suministradora de árbol del pan para los millones de desempleados y trabajadores precarios que produce Occidente; el cómplice suficiente, la pieza básica en este capitalismo globalizado del siglo XXI que no necesita trabajadores para obtener beneficios pero sí mantenerlos con vida para garantizar una paz social, aunque sea inestable.

La reestratificación forzosa que provoca el capitalismo globalizado divide a la población en dos grandes bloques: aquellos que no pueden permitirse otra ética que la de la supervivencia, compuesto por desmovilizados y abstencionistas, atrapados en un incontenible deseo consumista que les convierte en eternos aspirantes al mismo mercado que les niega su estatus de miembros de pleno derecho por no disponer de los ingresos que se les niegan. Por encima de éstos, la elite privilegiada: las familias que monopolizan los altos cargos, los que escalan posiciones especulando, los que hacen fortuna en sectores escasamente regulados, los que sacan tajada de los cambios legislativos, los traficantes de armas, los que heredan inmerecidamente, los que dilapidan con dinero ajeno... Ricos que viven en un planeta segregado y securizado en el que la abundancia y el lujo son los únicos signos de identidad y poder.

Pasamos una tercera parte de la vida durmiendo y otra trabajando. El tercio restante se supone que nos queda para hacer lo que queramos, podamos y/o sepamos. A veces, la vida laboral refuerza para bien el tercio que nos queda para emplearlo a nuestro gusto; sin embargo, la reestratificación consigue que, cada vez más, el trabajo sea una zona borrosa parecida a la del sueño, un tiempo ineludible que debemos sacrificar para tener la posibilidad de disfrutar de nuestro tercer tercio. El trabajo, igual que el sueño, es necesario para sobrevivir, lo preocupante es observar cómo ambos convergen en una especie de limbo inerte que hay que atravesar para mantenerse en el lado de los vivos.

Las seguridades vitales, los derechos adquiridos, hace tiempo que han quedado relativizados por decreto. El mundo laboral es, hoy más que nunca, una zona muerta en la que no podemos influir, tan sólo dejarnos permanecer en ella el tiempo que nos exigen los contratos. No echo de menos la seguridad laboral, porque lo cierto es que no podemos saber qué sería de nosotros mañana en caso de que nos diagnosticaran una grave enfermedad, o si tuviéramos un accidente o nos volviéramos majaras. No me preocupa la inseguridad laboral porque es la misma clase de incertidumbre que implica la existencia misma; lo que me preocupa es la evidencia, mayor y más escandalosa, de que la inmensa mayoría de la población sólo cuenta como fuerza de trabajo, siempre y cuando se comporte mansamente. No importan la experiencia ni los conocimientos, ni las relaciones que seamos capaces de tender, no importan nuestras ideas ni nuestras capacidades. Lo único que importa es que obedezcamos y encajemos en el puesto al que nos destinan. No hay que buscar perspectiva, ni preguntarse el por qué de las cosas, tan sólo hacer lo que te mandan y punto. Luego, una vez cumplido el horario, podrás hacer lo que te venga en gana (si tu salud y las secuelas no son un obstáculo). Pero cuidado con los excesos: debes respetar los límites para poder regresar a la zona muerta al día siguiente.

Tener un puesto de trabajo se ha convertido en un sustituto del árbol del pan para los que trabajan por cuenta ajena, una actividad que apenas da para cubrir las necesidades básicas y que además debemos compaginar con las autoimpuestas. La formación, el aprendizaje, la adquisición de habilidades hace décadas que han sido barridos de un plumazo por la devaluación interna diseñada por la austeridad que subordina todo al pago de las deudas a los inversores. Nunca fuimos imprescindibles, pero es que además ahora somos intercambiables, invisibles e irrelevantes. Lo que tú no hagas lo hará otro por menos.

Las artes narrativas deberían adaptarse a esta situación y aprender a contar historias en las que, igual que se eliminan con total naturalidad los momentos que pasamos durmiendo, también sucediera lo mismo con el tiempo dilapidado en la zona muerta. Ninguna de las dos actividades aporta nada a nuestro enriquecimiento personal. De hecho, esas historias ya se están contando: en el cine y la literatura escapistas; narraciones que nos llevan lejos, a mundos imaginarios donde sí se puede acabar con las injusticias y podemos emocionarnos cuando la cosa acaba bien. Tecnología, amores épicos, aventuras y seres fantásticos... cualquier cosa antes que mirar la realidad de frente.




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domingo, 5 de mayo de 2013

El metalenguaje de la globalización (Globalización. Las consecuencias humanas)

En marzo de 1994, en Buenos Aires, Al Gore inauguró con su intervención ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) el argumentario político ingenuo-utopista acerca de la mejora de la calidad de la democracia gracias a las tecnologías de la información; un discurso que los profesionales de la política de todo occidente --a pesar de las falsedades, lagunas y contradicciones que ha revelado con el tiempo-- se empeñan en situar como una de las bases fundamentales (como un elemento crucial de modernidad y progreso) en sus programas políticos, intervenciones y demás peroratas públicas. Se trata de una radiación de fondo que enlaza con casi cualquier ámbito de la gestión pública, de manera que si hay tecnología por medio todo parece más eficaz y mejor. La simple mención de la tecnología al principio, de los beneficios de las Autopistas de la Información tras la introducción del concepto por Al Gore después y, finalmente, el término Globalización son etapas en una conceptualización manejada sin criterio ni reflexión, como una especie de utopía civil que sirva ante los electores como sustituto de la ideología. Su uso constante como coartada y/o proyecto se debe a que los políticos consideran la tecnología y sus consecuencias como algo inocuo, el simple resultado del proceso científico. Hablan de ella como meros descubrimientos cuyo origen, éxito y uso (previsto o no) carecen de consecuencias y, por tanto, no es necesario analizar con sentido crítico. El hecho de que se impongan a nivel planetario los convierte en ejemplos tremendamente útiles para hacerlos pasar como un modelo de gestión irreprochable, incluso como el amanecer de una nueva civilización. Lo verdaderamente preocupante no es el analfabetismo tecnológico de los políticos, sino que la tecnología nunca sea objeto de debate político desde un punto de vista crítico. La política cree que la globalización es, en esencia, la posibilidad de extender el mercado a todo el planeta, de entenderse con toda la humanidad, de viajar rápido, de comunicarse en movilidad; un proceso inevitable, simple, bueno y práctico que carece de zonas oscuras, significados ocultos y consecuencias sociales que van mucho más allá de las modas.

Sólo cuatro años después, en 1998, el sociólogo Zygmunt Bauman (teórico de la modernidad líquida) publicó Globalización. Las consecuencias humanas, que se ocupa precisamente de la parte del discurso sobre la tecnología de la que nunca hablan los políticos. En él, Bauman pretende poner al descubierto el significado y el alcance completos de los conceptos que se manejan en el debate político sin la menor prevención, convirtiéndolos en tópicos, ofreciendo al público únicamente la parte que interesa. En esa labor, Bauman se preocupa por emparejar fenómenos que van estrechamente unidos y que, sin embargo, el discurso político se empeña en presentar como si fueran realidades diferentes. En definitiva, explica determinados conceptos que creemos conocer perfectamente y, además, los contextualiza desde el punto de vista histórico e ideológico, mostrando que se trata de realidades al servicio de unos intereses determinados. La globalización no es un fenómeno unívoco, tampoco es el fruto de la evolución socio-tecnológica de la humanidad, es un discurso que se fabrica con objetivos concretos desde determinados ámbitos del poder, la cultura y la economía. Profundizar en el lenguaje completo de la globalización es crucial para vacunarnos contra el abuso y la ignorancia inducida por terceras partes interesadas.

En su libro, Bauman propone una nueva lectura de ese metalenguaje en el que se ha convertido el progreso tecnológico. Aquí van algunos conceptos clave para aprender a moverse en el océano revuelto de la ideología política de la modernidad tecnócrata:

1. Globalización/localismo: a pesar de que se suelen presentar como dos fuerzas en permanente tensión, una de cuyas consecuencias supone un retraso o un retroceso lamentable para la primera, en realidad se trata de dos procesos mutuamente complementarios. Es la expresión material de la redistribución de la soberanía, el poder y la libertad de actuar desencadenado por las tecnologías de la comunicación inmediata. No es un fenómeno accidental, y mucho menos rectificable. La correlación de fuerzas entre ambas posiciones provoca efectos en el reparto de privilegios y privaciones, en la riqueza y en la pobreza, en los recursos y en la impotencia. La globalización y los localismos están provocando, a escala mundial, una reestratificación, una nueva jerarquía sociocultural.

Existen dos ámbitos que han conseguido situarse en la escala global, por encima de la legislación y del poder local (los estados-nación): el capital y los mercados financieros; mientras que el trabajo y la identidad permanecen fuertemente anclados en el territorio, enfrentados a los otros dos en desigualdad de condiciones y contextos.

2. Hardware y Software/Wetware: los dos primeros son términos sobradamente conocidos, sin embargo, el wetware completa la imagen de una humanidad que vive en creciente simbiosis con la tecnología y que amenaza con convertirse en parasitismo. Marta Escribà --traductora del libro-- ofrece una inmejorable síntesis del concepto (acuñado por el novelista y matemático Rudy Rucker, autor de The ware tetralogy): en términos generales, se refiere al sistema nervioso humano en oposición al hardware y el software de los sistemas informáticos. Por extensión, abarca al conjunto de seres humanos (programadores, operadores, administradores) ligados a un sistema informático. También designa el único componente no metálico (hardware) ni intangible (software) del mundo informático, que es el ser humano y su cerebro. También se usa como metáfora para describir un medio ambiente --en realidad una capa superior de tipo biocultural-- que incluye hardware, software y seres vivos con sus cerebros. La idea fuerza que se esconde tras este paisaje ficcionalmente atractivo es la de una humanidad que se disuelve en la dependencia de la tecnología, incapaz de enfrentarla con sentido crítico.

3. Diferenciación simétrica/complementaria: ¿Qué pasa cuando un grupo humano no consigue responder con un tipo de comportamiento idéntico a un desafío cualquiera lanzado desde otro grupo? Pues que no se rompe la cadena cismogenética (teoría formulada por Gregory Bateson según la cual el enfrentamiento aparecerá y se profundizará hasta lo irreparable porque la conducta X, Y, Z es la réplica estándar a X, Y, Z), sino que adopta una diferenciación complementaria en lugar de simétrica, que es cuando la respuesta a ese desafío consiste en una respuesta incrementada y con un énfasis que, a su vez, genera otra respuesta incrementada. La consecuencia de ambos tipos de comportamiento es el colapso del sistema: en el caso de la diferenciación complementaria la respuesta insiste y ahonda en la respuesta opuesta hasta derivar en conflicto abierto, mientras que la simétrica eleva la intensidad hasta niveles insostenibles e insoportables. Ambos patrones están inmersos en la mayoría de debates y disputas y tensiones entres las fuerzas globales (capital, mercados) y las locales (identidad, trabajo).

4. Panóptico/Sinóptico: el primer término hace referencia a la construcción carcelaria diseñada por Jeremy Bentham a finales del siglo XVIII que permitía la vigilancia con visión directa de todas las celdas desde un único punto. Por extensión, es un concepto que alude a entornos excesivamente vigilados, al imperio de la imagen o a una saturación audiovisual excesiva. Siempre posee, en ciencias sociales, un componente orwelliano que amenaza con destruir o pervertir un fenómeno o un estado de cosas deseable. El sinóptico (aquello que se puede ver de una ojeada) es un concepto acuñado por Thomas Mathiesen en 1997 para definir el fenómeno global de la observación en el canal específico del ciberespacio, donde la localización o la distancia del espectador --a diferencia del panóptico-- son irrelevantes y donde se han invertido los roles: los observados en el diseño de Bentham son ahora los observadores, y el observador es el observado. El panóptico situaba a los observados en la única posición posible que permitía vigilarlos, en el sinóptico no se da la coacción del entorno carcelario, sino un diseño tecnológico que induce a la mirada. En este sentido, la interactividad de los medios digitales --tan cacareada por políticos y tecnócratas-- es una exageración; en todo caso habría que hablar de medios interactivos unidireccionales, ya que no hay infinitas opciones de elección de contenidos ni canales para la respuesta en las mejores condiciones.

5. Estado-nación/exterritorialidad: durante más de doscientos años, los estados-nación han sido los únicos que han reclamado el derecho legítimo para establecer y hacer cumplir las reglas y normas vinculadas a los asuntos de un territorio. Estas reglas y normas convierten la contingencia en determinación, lo aleatorio en regular. Esa labor está en el origen del concepto de soberanía. Los estados reclaman el monopolio de los medios de coerción y su uso dentro del ámbito de su soberanía. La emancipación global del capital y de los mercados ha provocado que los estados-nación dejen de realizar algunas de estas funciones: ya no se espera de ellos que mantengan los niveles de consumo, de productividad, la demanda interna... Todas esas cosas dependen ahora de la esfera global y ya no tienen instrumentos para influir en esos indicadores. La liberación de las leyes sobre comercio y los movimientos de capital han provocado que el poder político ya no pueda controlar la economía, que ha pasado a ser un asunto plenamente en manos de las empresas. Lo único que éstas esperan de los estados-nación es la obligación de presentar presupuestos equilibrados que gestionen las tensiones de sus mercados localizados y que no entren en conflicto con las actividades del mercado exterritorial.

Desde hace más de una década, la tendencia dominante (presentada como ideología) que transmiten las elites globalizadas es que cuanto más desregulen los estados-nación las actividades económicas, mejor le irá a las libertades políticas y a toda la gente en general, cuando en realidad la legislación, aparte de que ya no puede influir en la marcha de aquellas actividades globalizadas, hace lo contrario: ceder cada vez más terreno a los mercados y al capital. El lenguaje de la globalización es en realidad una jerga a la que se le amputa deliberadamente una parte de su significado, más concretamente todo lo que tiene que ver con la acumulación de riqueza en manos de esas misma elites. Este proceso de acumulación nunca se hace explícito, aunque existen al menos tres recursos --según Ryszard Kapuściński-- con los que contribuyen los medios de comunicación a ocultarla:

1. Presentar el hambre, la pobreza y, en general, las desigualdades, como una consecuencia de la degradación sociopolítica de los países donde se denuncian estos fenómenos. La pobreza, viene a decirse, es fruto de un cúmulo de circunstancias donde influyen más los atavismos culturales que las asimetrías en la legislación sobre el comercio mundial explícitamente creadas y mantenidas por Occidente.

2. Reducir el tema de la pobreza exclusivamente al problema del hambre, de manera que la acción solidaria consista simplemente en alimentar a los que pasan hambre. El resto de variables (condiciones de vida y de vivienda, enfermedades, analfabetismo, violencia, migraciones forzosas, debilitamiento de los vínculos sociales, ausencia de perspectivas de futuro y de productividad) simplemente se ignoran, dejando que el elemento más visible eclipse al resto. Como esos otros no se mencionan, no forman parte del problema. Con alimentar a los pobres ya es suficiente; las reformas estructurales que impidan que haya que hacerlo constantemente ni se plantean.

3. El espectáculo de los desastres (guerras, asesinatos, drogas, saqueos, enfermedades, refugiados...) son acontecimientos ajenos, propios de países alejados, ajenos nuestra cultura occidental y civilizada. A corto plazo, estos sucesos sirven para descargar las existencias acumuladas de sentimientos morales, una especie de espejismo de solidaridad y compromiso humanitario; a la larga, provocan extrañamiento y distancia, levantando un muro que evita el compromiso porque siempre se trata de lugares desconocidos y remotos. Todo lo que se pueda hacer en el corto plazo, vienen a decir los medios, no tendrá efecto porque los verdaderos problemas de esos países pobres son estructurales, en la existencia de tradiciones culturales que impiden que la democracia y la igualdad puedan convertirse en una ética civil y política.

La globalización es la ideología dominante de la economía política contemporánea, tristemente banalizada por el discurso mediocre e ignorante de los políticos, no un fenómeno surgido por la simple evolución de las tecnologías de la información y de la comunicación.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2013/05/el-metalenguaje-de-la-globalizacion.html

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