Translate

viernes, 22 de noviembre de 2013

Aportar valor

Aportar valor es el concepto favorito de consultores, inversores y tecnócratas. No se les cae de la boca, lo sueltan a la mínima ocasión. Creen que es una demostración sencilla y objetiva de lo que consideran su trabajo. En realidad no pasa de ser un eufemismo barato que evita tener que utilizar las palabras que excitan al inversor pero enfrían a cualquier cliente: encarecer el precio. Es la neolengua de la globalización.

Aportar valor funciona como la parte visible, comprensible y eficaz de una teoría compleja y accesible sólo para expertos que justifica cualquier intervención o revés argumental o ejecutivo. Quienes la usan tienen sus propias razones para hacerlo, porque la emplean siempre en el contexto adecuado. El resto debemos deducir que la realidad que describe existe de verdad, no una leyenda urbana ni un mito de la gestión: que hay procesos donde cada hito inyecta un valor cuantificable al producto o servicio en los que nada sobra y nada falta. Los costes se reducen, los beneficios se levantan; que sí, que no, que aumente la producción y se rompan las trabas de la legislación...

Aportar valor ya no es sólo el mantra de los emprendedores y empresarios que juegan a políticos, sino el de los políticos que creen que conectan con los objetivos e intereses de los emprendedores y los empresarios. Los políticos creen que dejándolo caer a cada momento se alinean con la emprendeduría (otro de sus neologismos favoritos, aunque a mí me suena a expendeduría), con lo moderno, con la elite que tira de la economía. Lo cierto es que tanta reiteración vacía de contenido la expresión, como si cada iniciativa, ley o proyecto no tuvieran otra función, no necesariamente orientada al lucro recaudatorio.

Muy pocas cosas adquieren valor cuando las manipulan consultores, inversores y tecnócratas. Esta patulea de supuestos expertos creen que un lenguaje repleto de neologismos y siglas en sus documentos es la mejor prueba de que sus opiniones con incontrovertibles. Luego, cuando empiezan a poner en práctica sus proyectos, dejan entrever cada vez con menos disimulo que toda su labor consiste en darle la vuelta a tres o cuatro viejos conceptos de gestión elemental. Al final, el resultado es un mapa de procesos en el que se ha cambiado el nombre a cada área, función y/o cargo, se deja como estaba lo que la dirección estimaba intocable o imposible de modificar y lo realmente innovador se reduce a la implantación de un software carísimo que requiere de una formación carísima que, por descontado, proporciona la misma consultora que aconsejó su compra. Sobre el papel, todas sus promesas parecían algo mucho más etéreo, al alcance de cualquiera sin apenas esfuerzo y desembolso.

Si hay algo que revela la historia del capitalismo es que la información siempre ha sido cara debido a su escasez o, sencillamente, incrementar su valor requería un gran esfuerzo. Sin embargo, en la economía globalizada del siglo XXI la información es un bien abundantísimo cuyo valor tiende a cero. Hoy día cualquiera produce información, basta teclear un poco y ahí está: datos, resultados, experiencias, ideas... Otra cuestión es su utilidad, su capacidad de aportar valor y la posibilidad de convertirse en un modelo de negocio viable.

Aun así, los consultores, los inversores y los tecnócratas se comportan como si en su universo la información siguiera siendo una mercancía escasa. Esta es la idea que nunca, bajo ningún concepto, admitirán delante de un cliente: aunque haya infinidad de evidencias en contra, ellos insistirán en que su información es la única realmente útil, y por eso es escasa y cara. Gran parte de su trabajo consiste en encarecer la información que manejan, por muy incomprensible y absurda que parezca. Esta labor se realiza casi en exclusiva mediante la documentación que generan y su curioso estilo: repleto de paradojas, retruécanos, tendencias novísimas revestidas de teorías contrastadas, parafraseo, abstracción interminable, resistencia feroz a la concreción, temor a caer en la banalidad. Dan por sentado y demostrado que la información que anega internet no existe, razón por la cual la ignoran como todo buen aristotélico ortodoxo en pleno Renacimiento. No lo hacen por esnobismo ni por llevar la contraria, es que les va el negocio a los pobres... La única incógnita que queda por despejar es saber hasta cuándo podrán mantener tan descomunal fraude.

Quizá de aquí unos pocos años el periodismo, la literatura o el cine ridiculicen a los consultores de principios de la era digital igual que los ejecutivos surferos de Apple de los ochenta se han convertido en la caricatura de una época de desenfreno y locura por el enriquecimiento económico. Puede que el tiempo convierta a estos consultores, inversores y tecnócratas obsesionados por aportar valor en los mártires inútiles de la era de la sobrevaloración informativa.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2013/11/aportar-valor.html

jueves, 17 de octubre de 2013

¿Necesitamos otra lógica? (8). Inhibicionistas

«¿Por qué aceptamos que el debate sobre inmigración ocupe un lugar predominante en el contexto de la crisis europea? Los inmigrantes no tienen nada que ver con ello. Da igual que millones de franceses lo puedan creer. No es verdad. Millones de alemanes llegaron a creer que los judíos eran responsables de la crisis de los años veinte y treinta. También entonces se les denunciaba como grupos de costumbres distintas y ropas grasientas. También a ellos se les atribuía todo tipo de delitos. ¿Qué tenían que ver con la crisis de los años treinta? Absolutamente nada. ¿Qué tienen que ver los rumanos, los marroquíes o los cameruneses con el estancamiento económico de Europa? ¿Con los millones de parados españoles, griegos o franceses? Absolutamente nada».

Soledad Gallego-Díaz. 2013

¿Acaso, a estas alturas, todavía hay quien cree que el crecimiento económico es ilimitado? ¿Que los recursos naturales son inagotables? Los pocos que quedaban se los ha llevado por delante la realidad del panorama actual. Sin embargo, aún quedan muchos ingenuos que piensan que no hace falta votar, porque aunque los parlamentos se llenen de partidos extremistas y xenófobos no cambiará nada (concretamente su statu quo). Una patulea de políticos mediocres y votantes inhibicionistas en el ejercicio de su derecho forman hoy un peligroso cóctel. El populismo, esa ideología rancia y tradicionalista que se reviste de gestión eficaz y directa negando precisamente cualquier intención ideológica en sus decisiones, amenaza con apropiarse de las altas instituciones europeas y de unos cuantos gobiernos de estados miembros por culpa de la dejadez cronificada y una descarada defensa de intereses particulares a través de partidos políticos supuestamente generalistas y transversales.

Los analistas advierten del peligro que supone incorporar a la agenda política temas como la inmigración, la preeminencia de derechos preferentes para los nacionales, la tolerancia cero con el fraude menor (argumentando que es el más perjudicial para el buen funcionamiento del sistema, mucho más que el fraude a gran escala de empresas y millonarios), la obsesión por un código penal directo, ejemplarizante y escasamente garantista... Los evidentes réditos electorales de estas medidas han provocado que los partidos generalistas las incorporen a sus programas electorales (con pequeños matices que ellos creen que anulan o minimizan el componente populista). El tiempo ha demostrado que también son unos ingenuos: la extrema derecha lidera en Francia la intención de voto para las próximas elecciones al parlamento europeo.

Lo más preocupante de este proceso es que la izquierda haya caído en semejante trampa, con el agravante de estar inmersa en una crisis de legitimidad. La actitud de la derecha no debe sorprendernos, al fin y al cabo sirven a los intereses de un grupo de presión bien definido. En cambio, errores propios aparte, los partidos de izquierda posteriores a 1989 todavía deben resolver una contradicción que les impide acudir desde entonces a unas elecciones con un programa político que no sea una mera reacción ante la gestión política regresiva de la derecha en ámbitos estratégicos (pero especialmente preocupante en el ético y de derechos), de manera que en la práctica, en caso de gobernar, deben dedicarse a deshacer los desastres previos, sin que dé tiempo a construir un modelo diferente. La izquierda debe encarar un dilema previo que funciona como premisa para todo lo demás: asumir o combatir la subordinación del poder político frente al económico. Los gobiernos de izquierdas europeos se estrellan sistemáticamente contra esta muralla; la necesidad de atraer inversiones, obtener financiación, renegociar la deuda soberana en los mercados internacionales les obliga a entrar en un quid pro quo de beneficios y exenciones con los grupos que controlan los mercados que acaba lastrando sus proyectos legislativos estrella (control de los mercados, lucha contra la deslocalización, subidas de impuestos a los más ricos...). La alternativa de combatir el poder omnímodo de los mercados (unilateralmente y en solitario desde gobiernos nacionales, puesto que es un mercado globalizado donde resulta casi imposible coordinar políticas comunes) limitando legislativamente sus poderes permanece inédita.

Es urgente que la izquierda encuentre una posición firme en este asunto, que sepa explicarla con claridad y que apalanque sobre ella un programa político que, o bien sirva de contrapeso a la voracidad social, financiera y ecológica del poder económico. O por el contrario que se enfrente a ella directamente con un modelo económico alternativo, plausible y más equitativo socialmente. Dudo mucho que la segunda opción sea factible, en todo caso habremos de esperar a un colapso aún mayor que el de Lehman Brothers, una catástrofe cuarenta veces más devastadora que Chernobil y Fukushima juntas y una inestabilidad mil veces mayor que la primavera árabe, para conseguir que el poder político acepte negociar una limitación externa de su actividad y se puedan sentar las bases de un modelo económico que afronte los desequilibrios que se avecinan: el primero y más urgente el enorme desajuste entre una menguante fuerza laboral y una creciente masa de población anciana, consumidora voraz de recursos públicos; a continuación, una actividad económica que anteponga la sostenibilidad a los beneficios, y no por simple filantropía, sino porque los recursos y el medio ambiente están agotados y colapsados y no queda otra. Todo esto sólo será posible gobernando con mayorías absolutas, algo altamente improbable mientras los niveles de abstencionismo electoral y de inhibicionismo ideológico sigan por las nubes. Podemos hacer grandes declaraciones, manifestarnos, impugnar pacífica o violentamente la apisonadora de las políticas de la derecha, pero la única manera de desmontar su tinglado es votando y promulgando leyes. O eso o sobrevivir mientras aguardamos el colapso.

Los votantes viven aferrados a la bruma de su bienestar particular: los que tienen mucho sólo necesitan que su statu quo económico-legislativo no varíe en lo esencial y puedan mantener sus privilegios; la riqueza decreciente de la exigua clase media limita su lucha al estricto mantenimiento de su nivel de vida (impuestos directos, precios, desgravaciones), sin afrontarla con una mayor perspectiva ideológica. Por último, los que carecen de todo, los expulsados del sistema, los que se mantienen fuera por decisión propia, aspiran a ingresar/regresar por la vía rápida, sin importar las consecuencias ni la coherencia. Todo vale porque no rinden cuentas a nadie. Sobre éstos recae hoy todo el peso de la legislación conservadora: se les acusa de fraude en los subsidios, de vivir de la economía sumergida, de no seguir los cauces legales autorizados... La derecha exhiben músculo a su costa, y cuando éstos reaccionan con la impugnación incívica les acusan de violentos, de desestabilizar el sistema, de tener lo que se merecen. Mientras tanto, los traficantes de armas con los ministros siguen cruzando las fronteras (Battiato dixit); el capital circula sin trabas mientras las personas deben quedarse en sus territorios, ligada su suerte a un azar financiero que les otorgue una prosperidad que no depende en absoluto de ellos. ¿Buscar nuevas oportunidades emigrando? ¡Ni hablar! Lo verdaderamente importante es financiarse a bajo interés en los mercados, todo lo demás es secundario.

Mientras cada cual siga pensando que su menguante bienestar es suficiente, mientras opte por quedarse quieto para evitar males mayores, los partidos ultraconservadores y xenófobos se harán fuertes en los parlamentos. Nadie se movilizará para echar a los analfabetos funcionales que ahora mismo ocupan los gobiernos europeos. Solamente cuando la precariedad sea la pauta, cuando sea una evidencia que las barreras a la inmigración no suponen más ni mejores puestos de trabajo, cuando el daño al ecosistema sea irreversible, entonces las legiones de inhibicionistas se rebelarán: lo destrozarán todo, exigirán respuestas inmediatas, incluso a algunos con estudios superiores les entrará un terrible ansia de voto para echar al gobierno de turno. Se les llenará la boca de justicia, de igualitarismo, de progreso y de ecología, pero ya será tarde. Para cuando eso suceda, la generación de los inhibicionistas se habrá convertido en un fenómeno sociológico inédito: jubilados que siguen pagando hipoteca, sustentadas sus pensiones por una menguante fuerza laboral. Un polvorín altamente sensible a la inestabilidad económica capaz de arrasar con todo.

Estos inhibicionistas, atrincherados en lo que creen un bienestar irreversible y garantizado, piensan que es suficiente con expresar solidaridad ante las desgracias ajenas y casi siempre lejanas (inmigrantes ahogados, desastres naturales, desahuciados, accidentes, atentados...) porque sus derechos y leyes fundamentales están a salvo de los vaivenes de la política, al margen del debate ideológico. Vamos a peor gracias a su colaboracionismo ingenuo.


Versiones anteriores:
29/08/2007, 04/05/2009, 29/03/2010, 03/02/2011, 16/06/2011, 06/10/2011, 16/02/2012.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2013/10/necesitamos-otra-logica-8.html

viernes, 2 de agosto de 2013

Reivindicación del contenido o el sueño de un mercado radicalmente libre que provoca recesiones (Parásitos. Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura)

De entrada, admito que el libro de Robert Levine Parásitos. Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura (2013) ha ampliado mi perspectiva sobre el problema que supone la encrucijada digital entre creadores de contenido, industrias culturales, empresas de medios y usuarios/consumidores. Esta ampliación de foco no es incompatible con un notable refuerzo de mis convicciones sobre una parte del problema que hasta ahora se consideraba central y mayoritaria cuando en verdad es residual y minoritaria, a saber: el intercambio de archivos entre particulares sin recurrir a webs de enlaces es una variante digital de un «mercado» (llamémosle así) que siempre ha existido y existirá. El desplome de los beneficios en discográficas, cadenas de televisión, periódicos, editoriales y estudios de cine no tiene tanto que ver con esta actividad, sino más bien --como acierta a diagnosticar Levine-- con una perversión legislativa de origen (ni técnica, ni de diseño, ni moral, como la mayoría de «expertos» apunta sin saber). De modo que sigo sin querer oír hablar que la culpa es de los usuarios/consumidores que con cada descarga descuentan una venta en la cuenta de resultados de las industrias culturales. El problema está en otra parte y el libro de Levine es una síntesis inmejorable para aprender y dejarse de tópicos propios de asesores, gurús, debates para memos y pataletas de creadores cabreados porque las cosas no funcionan como a ellos les conviene. No y no.

Y puestos a buscar un culpable (porque lo necesitan) ahí está la administración Clinton, que sancionó la Digital Millenium Copyright Act (DMCA) en 1998 (que ha servido de base e inspiración para la mayoría de la legislación occidental posterior) y que, obsesionada como estaba por pactar con las empresas tecnológicas un reconocimiento legal del fair use, decretó que las compañías de internet no eran responsables de los contenidos que circulaban por sus redes; y a pesar de que también limitaba el uso del fair use para materiales con derechos de autor, las compañías de medios siguen a día de hoy enquistadas en este argumento para no colaborar en la solución de un problema que a la larga les va a afectar de lleno. Así de sencillo entonces, así de complicado ahora.

«La piratería no es nada nuevo, por supuesto, y está lejos de ser todo el problema. Pero la fácil e ilegal disponibilidad de todo tipo de contenidos ha socavado su mercado legal de un modo que afecta al negocio de los medios al completo […] Las compañías de medios que venden productos online tienen que bajar precios para competir con las versiones pirateadas de esos mismos productos por compañías que no cargan con ningún coste de producción. Al convertir en esencialmente opcional el pago por contenidos, la piratería ha fijado el precio de los bienes digitales en cero. El resultado es una carrera hacia el abismo» (pp. 3-4).

«Internet ha fortalecido a un nuevo grupo de intermediarios, como YouTube, que se benefician de la distribución sin necesidad de invertir en los artistas […] O bien obtienen beneficios de contenido profesional sin pagar por él o bien dependen de contenidos generados por usuarios» (p. 8)

«Los directivos a ambos lados de este debate tienden a ver el pago por contenidos como una cuestión moral […] El verdadero problema es cómo establecer un mercado funcional para el contenido online, ya se trate de venderlo o de sostenerlo con publicidad» (p. 10).

«Mientras que los canales de televisión deberían rendir serias cuentas si emitiesen programas sobre los cuales no tienen derechos, YouTube puede hacerlo impunemente siempre que lo haya publicado un usuario […] Es razonable discutir si esto es o no algo bueno, pero ésta fue un elección del diseño, no un requisito de la tecnología» (p. 11)
.




El problema (y una posible solución) es que «la mayoría de las compañías online que han construido negocios basados en ofrecer información o entretenimiento no están financiando el contenido que distribuyen» (p. 7), que es lo que sucede con las cadenas de televisión en España con el cine (están obligadas por ley a invertir un porcentaje de sus ingresos, y lo hacen a regañadientes). Se quejan constantemente de una inversión establecida por decreto, pero no dijeron ni una palabra cuando se quedaron con la parte de publicidad que les quitaba la televisión pública, que les parecía hasta entonces una competencia desleal intolerable.

Levine se pregunta por qué hay que regalar en internet lo que se paga en el mundo físico. Esta es la estrategia no declarada ni admitida por las compañías de medios digitales, que se aferran a este estado de cosas debido a los beneficios que les reporta. Existen alternativas para que todos --creadores, editores y distribuidores-- puedan repartirse un mercado viable y atractivo para el usuario/consumidor; sus pormenores están documentados, estudiados, analizados, ensayado y probados en casos de éxito: financiar los contenidos a base de publicidad, y si esto no resulta rentable, cobrar a los usuarios una tarifa que cubra los costes del servicio y genere un modelo de negocio con beneficios. Pero muchos gurús siguen empeñados en que la teoría económica clásica no sirve para el mundo digital (será para el que tienen en sus iluminadas mentes). El principal problema que provoca esta estrategia sesgada es que las compañías tecnológicas no hacen mercadotecnia orientada al usuario/consumidor; están convencidas de que el servicio lo es todo; por eso declaran en público (pero no en privado) que si los artistas no ganan dinero con su arte deben vender otra cosa para poder seguir dedicándose a crear (lo triste es que encima algunos van y les hacen caso y montan colecciones de ropa, accesorios y chorradas varias).

El libro se estructura en capítulos que se ocupan de cada uno de los sectores afectados: la música, la prensa escrita, la televisión, los libros y las películas, con un repaso cronológico y valorativo de los principales hechos. Sin embargo, es en el capítulo primero y en el tercero donde el autor agarra el toro por los cuernos y se centra en el debate legal, en los intereses económicos enfrentados y en la cadena de errores políticos, legales y económicos que desembocaron en la infausta DMCA de 1998.

Levine rompe una lanza en favor de los creadores, los verdaderos perjudicados en esta lucha entre medios de comunicación tradicionales y digitales; a pesar de que a veces propone ejemplos cuidadosamente escogidos para no dejar grietas para la contrargumentación de sus razonamientos. Algunos de ellos resultan cruciales para su teoría, por lo que conviene quitar algo de IVA: los sitios web que facilitan las descargas está claro que no comenten ninguna infracción directamente, igual que los fabricantes de automóviles no fabrican vehículos para huidas en robos y/o atracos equipados con dispositivos que cambien la matrícula durante la huida (p. 20). Es un ejemplo inexacto, parcial e interesado, ya que encaja mucho mejor el de los fabricantes de armas: a pesar de los desastres irreparables que provocan, a nadie se le ha ocurrido nunca demandar a los inventores, fabricantes, vendedores y/o compradores de armas que directamente los provocan. Es duro aceptarlo pero es así. Es un argumento irrebatible y los beneficiarios harán bien de aferrarse a él mientras puedan.

La analogía de los fabricantes de armas siempre me había parecido definitiva para ilustrar el problema, pero unas páginas más allá, hablando del sector cinematográfico, Levine da con la analogía perfecta, útil e inquietante desde el punto de vista ético: compara a los bancos suizos con los servicios de alojamiento de archivos (perseguidos mientras las compañías de internet asisten en primera fila como si no fueran corresponsables): ni los unos ni los otros quieren saber quién hace qué, pero saben perfectamente que todos están allí por lo mismo. Nadie desea saber lo que se aloja en los bancos suizos y en los inmensos e inasibles repositorios de internet. Doble moral, doble beneficio.

Al final, tal como lo presenta Levine, el debate desembocará en una encrucijada: o modificar la DMCA o modificar los derechos de autor. Como parece que lo primero no sucederá de momento, los partidarios de la reforma de los segundos acumulan argumentos muy sólidos: plazos demasiado largos antes de pasar al dominio público (Disney es una experta en presionar para ampliarlos cuando están a punto de caducar), daños estatutarios elevadísimos en caso de infracción y, por último, un concepto de fair use (en Europa este concepto ha derivado en el derecho reconocido a la copia privada) demasiado ambiguo. Como hace muy bien en recordar Levine, los derechos de autor (cuya primera legislación data de 1710) se crearon para proteger la expresión (difusión) de las ideas, no las ideas mismas (de éstas se deben ocupar las leyes sobre la libertad de expresión); se concibieron más bien como un límite a los monopolios del saber científico y tecnológico antes que del artístico, de manera que determinadas obras puedan pasar al dominio público y ser objeto de uso para beneficio general o mejora una vez pasado un tiempo de explotación exclusivo (concedido a un titular que casi nunca es el creador, no lo olvidemos). El problema y la paradoja actual es que las leyes otorgan a los creadores unos derechos que la legislación no pueden hacer cumplir, así que esos derechos son cualquier cosa menos un derecho (p. 96).

Levine admite la necesidad de cambios legislativos en materia de derechos de autor, pero también critica las visiones simplistas, sesgadas, utópicas e ingenuas de los defensores de la cultura como repositorio intelectual y artístico libre, porque detrás de todos ellos está Google (y otras compañías como ella) que dependen del contenido y prefieren no tener que pagar nada por el:

«Al igual que muchos reformadores de los derechos de autor, Lessig idealiza el pasado como una época más participativa en la que el arte florecía en ausencia de grandes corporaciones mediáticas […] y Lessig parece creer que YouTube puede devolvernos a ese tipo de cultura orgánica. La idea es que el auge de las modernas compañías de medios no es más que un interregno entre la cultura popular del siglo XX y la cultura del remix del XXI» (p. 107).

Y es que Google ha levantado un modelo de negocio diabólico a partir de las facilidades que ofrece a la piratería (en menor medida) y el aprovechamiento de contenidos de los que no es poseedor; una estructura que favorece al distribuidor y perjudica a todos los demás actores del mercado (exactamente igual que sucedía antes con los modelos analógicos, aunque Levine no lo dice): el artista, el autor, siguen siendo los que menos reciben en la cadena de valor. Y lo que es peor, la política de Google fomenta la información-basura: igual que los recortes en las cadenas de televisión derivan en un aumento de realities con contenidos baratos y de mala calidad; de la misma manera los recortes en las redacciones de los periódicos provocan una información llena de errores, inexactitudes, no contrastada y sin apenas análisis.

Mientras la publicidad que inunda internet y llena las arcas de Google siga centrada en el número de lectores los únicos contenidos valiosos que se fomentarán serán las historias y los cotilleos sobre famosos, no los textos bien elaborados sobre una cuestión social. Por culpa de esta política, gran parte de la información en internet es el equivalente a la telerrealidad digital: se fabrica fácilmente, sin apenas costes, y encima a la gente parece gustarle. Este es el nefasto resultado de un cambio a un modelo de negocio basado en publicidad barata centrada en volumen, no en contenidos. La internet que padecemos hoy se compone de información redundante, inútil y no fiable acorde con la publicidad igualmente redundante, ubicua y apenas segmentada que ofrece la compañía del buscador.

La capacidad de análisis de Levine es envidiable a la hora de hacer diagnósticos sobre las causas de la debacle en cada sector, aunque cada capítulo resulta desigual en cuanto al nivel de crítica documentada. Hay para todos:

1. La televisión: «En estos momentos la televisión por cable es un sistema caro e ineficiente que fomenta la competencia por la calidad. En casi todos los sentidos es exactamente lo contrario de internet, más eficiente, donde se piratea más contenido del que se compra y donde los productores de los programas se sienten presionados para regalarlos antes de que otra compañía lo haga por ellos. La competencia es sobre costes y el ranking de búsqueda de Google […] Si el cable funcionase como internet, el resultado sería una carrera hacia el abismo: programas que se miran gratis, se hacen baratos y se olvidan rápido» (p. 177).

2. Los libros: «Algunos ejecutivos de empresas tecnológicas afirman que las editoriales tienen que bajar el precio de los e-books para animar las descargas ilegales […] Pero la experiencia de los sellos discográficos indica que algunos consumidores piratearán libros sin importar su precio, y otros siempre los comprarán, y el comportamiento del resto depende más de las circunstancias y la comodidad que de otra cosa» (p. 194).

3. La prensa escrita: «En lugar de aplicar la economía de los medios regulares a las publicaciones online, lo que implicaría gastar más dinero en informar, la mayoría de los ejecutivos tecnológicos presionan a las publicaciones tradicionales para que se adapten a la economía online: anuncios baratos [y de dudosísima eficacia dada su ubicación y saturación] y contenidos que cuesten lo mínimo posible» (p. 150). El problema es que «aunque el acceso generalizado a la banda ancha de alta velocidad ayudaría a asegurar la distribución del periodismo, no hay ninguna razón para creer que ayudaría a la creación de periodismo. Financiar la infraestructura digital no ayudará a solucionar el problema más de lo que construir fábricas de papel hubiese ayudado décadas atrás» (p. 151). Lo cierto es que apenas un 10% de usuarios/consumidores están dispuestos hoy a pagar por las noticias (y quizá todo lo demás). La tecnología, a pesar de lo que se empeñen en repetir los gurús, no mejora nuestra forma de estar informados, simplemente mejora la forma en la que la información se presenta.

4. El cine: los números que hace Levine sobre los efectos de la piratería en el sector cinematográfico (pp. 207-208) no son tan catastróficos (recomiendo encarecidamente su lectura antes de opinar sobre el tema); aun así, Hollywood es la que mejor encara el problema (gracias a que tiene el precedente de la música para corregir errores). No son ni la tecnología ni la legislación sobre derechos de autor los que producen artistas, estas cosas son sólo el contexto, un caldo de cultivo; Levine pone el ejemplo de la República Democrática Alemana antes de 1989, donde los artistas no obtenían ningún beneficio ni se permitía la iniciativa privada y no surgió ningún artista importante, al contrario que en la República Federal Alemana (Fassbinder, Wenders...). Pero si hay gente que invierte mucho dinero, parece olvidar el autor, es porque ha existido (y existe) perspectiva de enriquecimiento.

El autor cree que los blogueros y demás usuarios/consumidores están inmersos en la bruma del precio, así que lo lógico es que se pongan de lado de cualquiera que ataque o tache de avariciosos a titulares de derechos o haga suya la causa de la gratuidad. Como las compañías tecnológicas no sacan directamente beneficio de los derechos (aunque sí tráfico gracias a contenidos que no pagan) parecen instituciones filantrópicas al estilo de la visión ingenua de Lessig. En general, se trata de un debate asimétrico y absurdo, ya que lo único que cuenta es el modelo de negocio que hay detrás. Los activistas y los empresarios están discutiendo sobre las consecuencias, no sobre las causas del problema. Mientras no se afronten las causas no cambiará nada.

El libro de Levine, además de hacer un repaso crítico a la historia de la historia reciente, propone una evolución de los derechos de autor hacia el copyrisk, una especie de licencia general de uso y distribución que evitaría el estado de vigilancia paranoico (e inútil) actual. El problema es que si este tipo de canon no se impone es porque las sociedades de gestión hacen un nefasto reparto de las licencias (como sucede en España con la SGAE).

Aun así, las reticencias de las compañías para aceptar esta licencia general, aparte de los problemas legales que plantea (¿se considera venta o licencia a efectos jurídicos?), demuestran que saben perfectamente que beneficiarán al arte en general y perjudicarán sus ingresos; por eso tratan desesperadamente de agotar el modelo de negocio basado en la venta de copias físicas, a pesar de los rendimientos descendentes, porque todavía hoy (sí, hoy) ganan dinero. Su estrategia se centra en alargar y mejorar las condiciones parciales de un mercado en decadencia a pesar de sus declaraciones apocalípticas en plan fin de ciclo. La prueba: discográficas, cadenas de televisión, prensa escrita, editores y estudios de cine siguen obsesionados por encontrar una fórmula que permita vender sus productos online (descarga, streaming...) sin canibalizar los rendimientos de sus canales tradicionales. ¿Pero en qué mundo vive esta gente?

Esta inmensa contradicción es su mayor error: creen que pueden jugar con garantías en ambas ligas y que el modelo caducado puede volver a ser tan rentable como antes (cuando lo cierto es que esos tiempos no regresarán). Sus decisiones y sus estrategias (pp. 262-263) demuestran que no son tontos, al contrario, pero sí miopes a medio plazo. Esa será su condena a largo plazo.

Los activistas no van a la zaga en ingenuidad en esta pugna: «presentan la elección sobre nuestro futuro online como una opción entre el control y la creatividad, pero en realidad se trata de elegir entre el comercio y el caos. Un sistema completamente cerrado sin duda pondría fin al propósito de internet: limitaría tanto el comercio como la creatividad. Pero lo mismo haría uno absolutamente abierto, en el que la venta de contenidos digitales […] se volverá casi imposible a largo plazo. Contamos ya con una infraestructura de comunicaciones del siglo XXI, pero ésta sostiene una economía del siglo XVII, cuando los artistas necesitaban mecenas y sólo los objetos físicos poseían valor. Eso no parece precisamente progreso» (pp. 279-280).

Es cierto que la cultura ha entrado en una dinámica propia de Wallmart: tiendas que imponen precios y condiciones de venta, y proveedores que cumplen recortando costes como pueden (p. 239). El aluvión de problemas que ha provocado la tecnología en el mundo de la economía de la creatividad no es más que la cruda consecuencia de un mercado desregulado por ley, fomentando una competencia radicalmente libre al abrigo de un cambio tecnológico tanto o más radical. Es justo el tipo de panorama con el que sueñan los gurús del neoliberalismo; aunque parece que a los que no les va tan bien no cantan las excelencias de la sacrosanta libertad de mercado.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2013/08/reivindicacion-del-contenido-o-el-sueno.html

lunes, 17 de junio de 2013

Más allá de la zona muerta

«Sí, he aprendido de mis errores y estoy seguro de que podría repetirlos perfectamente». (Jonathan Coe)

En el siglo XVII, los europeos se interesaron por el árbol del pan, un cultivo de fácil adaptación climática,abundante y nutritivo propio del sudeste asiático, Polinesia y Oceanía. En 1768, el naturalista Joseph Banks a bordo del HMS Endeavour --al mando del capitán James Cook-- organizó un viaje de estudios que recorrió Brasil, Nueva Zelanda, Australia y Tahití en el que describió numerosas variedades de esta especie. Los científicos de la Royal Society (que había financiado la expedición) quedaron admirados por las bondades de este producto, incluyendo los posibles beneficios económicos. En 1787 --al mando de William Bligh, lugarteniente de Cook durante el viaje de 1768 y de nuevo con la financiación de la Royal Society-- el HMS Bounty partió hacia Tahití. Aquel viaje es historia gracias al cine, ya que, debido al famoso motín, ninguna cepa llegó a Inglaterra. No fue hasta 1793, tras un segundo viaje del capitán Bligh, cuando llegaron a las Indias occidentales los primeros ejemplares para la noble misión que se les había encomendado: el árbol del pan debía servir para alimentar de forma económica a los miles de esclavos que trabajaban en las plantaciones de las colonias británicas. Más información aquí.

Aparte de buenos científicos, los británicos era unos empresarios muy espabilados y estaban seguros de hacer un gran bien alimentando como es debido a toda esa mano de obra esclava, porque así trabajarían mejor y ellos obtendrían más beneficios. Visto así, todos ganaban. Nadie podría convencerles de que su proceder no era ético, porque la esclavitud formaba parte de la naturaleza del sistema capitalista.

Toda esta historia viene a cuento porque anticipa e ilustra la lógica depredadora y el discurso negacionista que comparten el capitalismo esclavista y el globalizado: no hay diferencia, ambos actúan movidos por el enriquecimiento personal, el blindaje de sus negocios, la garantía de devolución de sus inversiones, la inviolabilidad de la propiedad privada y el mantenimiento de los privilegios que les garantizan mejores oportunidades y rentas. En paralelo, su discurso público exhibe un tono beatífico, una férrea defensa de la igualdad y la solidaridad que --sobre todo en estos tiempos-- apenas disimula sus verdaderos intereses. Basta un ejemplo: con unos índices de paro escandalosos (especialmente juvenil) del 27%, el gobierno jura y perjura que su primera prioridad es el empleo, y sin embargo apuesta la recuperación a una receta macroeconómica en la que el empleo es la última variable (si se dan las condiciones necesarias durante el tiempo que ellos consideren suficiente) en mejorar. ¿Se necesitan más evidencias?

Estamos en manos de políticos mediocres y trasnochados al servicio de los inversores que les prestan el dinero para seguir gobernando. Políticos electos y designados que adulan la mano que les financia, básicamente preocupados por encajar en la inmensa maquinaria del mercado, temerosos de destacar, de desafinar en el concierto de la austeridad en la que sólo importa la devolución de los préstamos. El texto de Joaquín Estefanía (El País, 10/06/2013) es una síntesis demoledora y documentada de este estado de cosas cuya lectura debería escandalizarnos.

Tras cinco años de desaceleración económica y apenas unos pocos menos de austeridad oficial, la desindustrialización en Europa es un hecho y, como consecuencia, China ha consolidado su supremacía económica mundial gracias al suministro de bienes de consumo a Occidente. China inunda los mercados de productos baratos y de escasa calidad que adquiere ese segmento de la población que es expulsada del mercado o sobrevive en los suburbios de la economía sumergida. Sus clientes son los que tienen el sueldo congelado, las extras embargadas o, directamente, parados que no pueden escoger. China es la principal suministradora de árbol del pan para los millones de desempleados y trabajadores precarios que produce Occidente; el cómplice suficiente, la pieza básica en este capitalismo globalizado del siglo XXI que no necesita trabajadores para obtener beneficios pero sí mantenerlos con vida para garantizar una paz social, aunque sea inestable.

La reestratificación forzosa que provoca el capitalismo globalizado divide a la población en dos grandes bloques: aquellos que no pueden permitirse otra ética que la de la supervivencia, compuesto por desmovilizados y abstencionistas, atrapados en un incontenible deseo consumista que les convierte en eternos aspirantes al mismo mercado que les niega su estatus de miembros de pleno derecho por no disponer de los ingresos que se les niegan. Por encima de éstos, la elite privilegiada: las familias que monopolizan los altos cargos, los que escalan posiciones especulando, los que hacen fortuna en sectores escasamente regulados, los que sacan tajada de los cambios legislativos, los traficantes de armas, los que heredan inmerecidamente, los que dilapidan con dinero ajeno... Ricos que viven en un planeta segregado y securizado en el que la abundancia y el lujo son los únicos signos de identidad y poder.

Pasamos una tercera parte de la vida durmiendo y otra trabajando. El tercio restante se supone que nos queda para hacer lo que queramos, podamos y/o sepamos. A veces, la vida laboral refuerza para bien el tercio que nos queda para emplearlo a nuestro gusto; sin embargo, la reestratificación consigue que, cada vez más, el trabajo sea una zona borrosa parecida a la del sueño, un tiempo ineludible que debemos sacrificar para tener la posibilidad de disfrutar de nuestro tercer tercio. El trabajo, igual que el sueño, es necesario para sobrevivir, lo preocupante es observar cómo ambos convergen en una especie de limbo inerte que hay que atravesar para mantenerse en el lado de los vivos.

Las seguridades vitales, los derechos adquiridos, hace tiempo que han quedado relativizados por decreto. El mundo laboral es, hoy más que nunca, una zona muerta en la que no podemos influir, tan sólo dejarnos permanecer en ella el tiempo que nos exigen los contratos. No echo de menos la seguridad laboral, porque lo cierto es que no podemos saber qué sería de nosotros mañana en caso de que nos diagnosticaran una grave enfermedad, o si tuviéramos un accidente o nos volviéramos majaras. No me preocupa la inseguridad laboral porque es la misma clase de incertidumbre que implica la existencia misma; lo que me preocupa es la evidencia, mayor y más escandalosa, de que la inmensa mayoría de la población sólo cuenta como fuerza de trabajo, siempre y cuando se comporte mansamente. No importan la experiencia ni los conocimientos, ni las relaciones que seamos capaces de tender, no importan nuestras ideas ni nuestras capacidades. Lo único que importa es que obedezcamos y encajemos en el puesto al que nos destinan. No hay que buscar perspectiva, ni preguntarse el por qué de las cosas, tan sólo hacer lo que te mandan y punto. Luego, una vez cumplido el horario, podrás hacer lo que te venga en gana (si tu salud y las secuelas no son un obstáculo). Pero cuidado con los excesos: debes respetar los límites para poder regresar a la zona muerta al día siguiente.

Tener un puesto de trabajo se ha convertido en un sustituto del árbol del pan para los que trabajan por cuenta ajena, una actividad que apenas da para cubrir las necesidades básicas y que además debemos compaginar con las autoimpuestas. La formación, el aprendizaje, la adquisición de habilidades hace décadas que han sido barridos de un plumazo por la devaluación interna diseñada por la austeridad que subordina todo al pago de las deudas a los inversores. Nunca fuimos imprescindibles, pero es que además ahora somos intercambiables, invisibles e irrelevantes. Lo que tú no hagas lo hará otro por menos.

Las artes narrativas deberían adaptarse a esta situación y aprender a contar historias en las que, igual que se eliminan con total naturalidad los momentos que pasamos durmiendo, también sucediera lo mismo con el tiempo dilapidado en la zona muerta. Ninguna de las dos actividades aporta nada a nuestro enriquecimiento personal. De hecho, esas historias ya se están contando: en el cine y la literatura escapistas; narraciones que nos llevan lejos, a mundos imaginarios donde sí se puede acabar con las injusticias y podemos emocionarnos cuando la cosa acaba bien. Tecnología, amores épicos, aventuras y seres fantásticos... cualquier cosa antes que mirar la realidad de frente.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2013/06/mas-alla-de-la-zona-muerta.html

domingo, 5 de mayo de 2013

El metalenguaje de la globalización (Globalización. Las consecuencias humanas)

En marzo de 1994, en Buenos Aires, Al Gore inauguró con su intervención ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) el argumentario político ingenuo-utopista acerca de la mejora de la calidad de la democracia gracias a las tecnologías de la información; un discurso que los profesionales de la política de todo occidente --a pesar de las falsedades, lagunas y contradicciones que ha revelado con el tiempo-- se empeñan en situar como una de las bases fundamentales (como un elemento crucial de modernidad y progreso) en sus programas políticos, intervenciones y demás peroratas públicas. Se trata de una radiación de fondo que enlaza con casi cualquier ámbito de la gestión pública, de manera que si hay tecnología por medio todo parece más eficaz y mejor. La simple mención de la tecnología al principio, de los beneficios de las Autopistas de la Información tras la introducción del concepto por Al Gore después y, finalmente, el término Globalización son etapas en una conceptualización manejada sin criterio ni reflexión, como una especie de utopía civil que sirva ante los electores como sustituto de la ideología. Su uso constante como coartada y/o proyecto se debe a que los políticos consideran la tecnología y sus consecuencias como algo inocuo, el simple resultado del proceso científico. Hablan de ella como meros descubrimientos cuyo origen, éxito y uso (previsto o no) carecen de consecuencias y, por tanto, no es necesario analizar con sentido crítico. El hecho de que se impongan a nivel planetario los convierte en ejemplos tremendamente útiles para hacerlos pasar como un modelo de gestión irreprochable, incluso como el amanecer de una nueva civilización. Lo verdaderamente preocupante no es el analfabetismo tecnológico de los políticos, sino que la tecnología nunca sea objeto de debate político desde un punto de vista crítico. La política cree que la globalización es, en esencia, la posibilidad de extender el mercado a todo el planeta, de entenderse con toda la humanidad, de viajar rápido, de comunicarse en movilidad; un proceso inevitable, simple, bueno y práctico que carece de zonas oscuras, significados ocultos y consecuencias sociales que van mucho más allá de las modas.

Sólo cuatro años después, en 1998, el sociólogo Zygmunt Bauman (teórico de la modernidad líquida) publicó Globalización. Las consecuencias humanas, que se ocupa precisamente de la parte del discurso sobre la tecnología de la que nunca hablan los políticos. En él, Bauman pretende poner al descubierto el significado y el alcance completos de los conceptos que se manejan en el debate político sin la menor prevención, convirtiéndolos en tópicos, ofreciendo al público únicamente la parte que interesa. En esa labor, Bauman se preocupa por emparejar fenómenos que van estrechamente unidos y que, sin embargo, el discurso político se empeña en presentar como si fueran realidades diferentes. En definitiva, explica determinados conceptos que creemos conocer perfectamente y, además, los contextualiza desde el punto de vista histórico e ideológico, mostrando que se trata de realidades al servicio de unos intereses determinados. La globalización no es un fenómeno unívoco, tampoco es el fruto de la evolución socio-tecnológica de la humanidad, es un discurso que se fabrica con objetivos concretos desde determinados ámbitos del poder, la cultura y la economía. Profundizar en el lenguaje completo de la globalización es crucial para vacunarnos contra el abuso y la ignorancia inducida por terceras partes interesadas.

En su libro, Bauman propone una nueva lectura de ese metalenguaje en el que se ha convertido el progreso tecnológico. Aquí van algunos conceptos clave para aprender a moverse en el océano revuelto de la ideología política de la modernidad tecnócrata:

1. Globalización/localismo: a pesar de que se suelen presentar como dos fuerzas en permanente tensión, una de cuyas consecuencias supone un retraso o un retroceso lamentable para la primera, en realidad se trata de dos procesos mutuamente complementarios. Es la expresión material de la redistribución de la soberanía, el poder y la libertad de actuar desencadenado por las tecnologías de la comunicación inmediata. No es un fenómeno accidental, y mucho menos rectificable. La correlación de fuerzas entre ambas posiciones provoca efectos en el reparto de privilegios y privaciones, en la riqueza y en la pobreza, en los recursos y en la impotencia. La globalización y los localismos están provocando, a escala mundial, una reestratificación, una nueva jerarquía sociocultural.

Existen dos ámbitos que han conseguido situarse en la escala global, por encima de la legislación y del poder local (los estados-nación): el capital y los mercados financieros; mientras que el trabajo y la identidad permanecen fuertemente anclados en el territorio, enfrentados a los otros dos en desigualdad de condiciones y contextos.

2. Hardware y Software/Wetware: los dos primeros son términos sobradamente conocidos, sin embargo, el wetware completa la imagen de una humanidad que vive en creciente simbiosis con la tecnología y que amenaza con convertirse en parasitismo. Marta Escribà --traductora del libro-- ofrece una inmejorable síntesis del concepto (acuñado por el novelista y matemático Rudy Rucker, autor de The ware tetralogy): en términos generales, se refiere al sistema nervioso humano en oposición al hardware y el software de los sistemas informáticos. Por extensión, abarca al conjunto de seres humanos (programadores, operadores, administradores) ligados a un sistema informático. También designa el único componente no metálico (hardware) ni intangible (software) del mundo informático, que es el ser humano y su cerebro. También se usa como metáfora para describir un medio ambiente --en realidad una capa superior de tipo biocultural-- que incluye hardware, software y seres vivos con sus cerebros. La idea fuerza que se esconde tras este paisaje ficcionalmente atractivo es la de una humanidad que se disuelve en la dependencia de la tecnología, incapaz de enfrentarla con sentido crítico.

3. Diferenciación simétrica/complementaria: ¿Qué pasa cuando un grupo humano no consigue responder con un tipo de comportamiento idéntico a un desafío cualquiera lanzado desde otro grupo? Pues que no se rompe la cadena cismogenética (teoría formulada por Gregory Bateson según la cual el enfrentamiento aparecerá y se profundizará hasta lo irreparable porque la conducta X, Y, Z es la réplica estándar a X, Y, Z), sino que adopta una diferenciación complementaria en lugar de simétrica, que es cuando la respuesta a ese desafío consiste en una respuesta incrementada y con un énfasis que, a su vez, genera otra respuesta incrementada. La consecuencia de ambos tipos de comportamiento es el colapso del sistema: en el caso de la diferenciación complementaria la respuesta insiste y ahonda en la respuesta opuesta hasta derivar en conflicto abierto, mientras que la simétrica eleva la intensidad hasta niveles insostenibles e insoportables. Ambos patrones están inmersos en la mayoría de debates y disputas y tensiones entres las fuerzas globales (capital, mercados) y las locales (identidad, trabajo).

4. Panóptico/Sinóptico: el primer término hace referencia a la construcción carcelaria diseñada por Jeremy Bentham a finales del siglo XVIII que permitía la vigilancia con visión directa de todas las celdas desde un único punto. Por extensión, es un concepto que alude a entornos excesivamente vigilados, al imperio de la imagen o a una saturación audiovisual excesiva. Siempre posee, en ciencias sociales, un componente orwelliano que amenaza con destruir o pervertir un fenómeno o un estado de cosas deseable. El sinóptico (aquello que se puede ver de una ojeada) es un concepto acuñado por Thomas Mathiesen en 1997 para definir el fenómeno global de la observación en el canal específico del ciberespacio, donde la localización o la distancia del espectador --a diferencia del panóptico-- son irrelevantes y donde se han invertido los roles: los observados en el diseño de Bentham son ahora los observadores, y el observador es el observado. El panóptico situaba a los observados en la única posición posible que permitía vigilarlos, en el sinóptico no se da la coacción del entorno carcelario, sino un diseño tecnológico que induce a la mirada. En este sentido, la interactividad de los medios digitales --tan cacareada por políticos y tecnócratas-- es una exageración; en todo caso habría que hablar de medios interactivos unidireccionales, ya que no hay infinitas opciones de elección de contenidos ni canales para la respuesta en las mejores condiciones.

5. Estado-nación/exterritorialidad: durante más de doscientos años, los estados-nación han sido los únicos que han reclamado el derecho legítimo para establecer y hacer cumplir las reglas y normas vinculadas a los asuntos de un territorio. Estas reglas y normas convierten la contingencia en determinación, lo aleatorio en regular. Esa labor está en el origen del concepto de soberanía. Los estados reclaman el monopolio de los medios de coerción y su uso dentro del ámbito de su soberanía. La emancipación global del capital y de los mercados ha provocado que los estados-nación dejen de realizar algunas de estas funciones: ya no se espera de ellos que mantengan los niveles de consumo, de productividad, la demanda interna... Todas esas cosas dependen ahora de la esfera global y ya no tienen instrumentos para influir en esos indicadores. La liberación de las leyes sobre comercio y los movimientos de capital han provocado que el poder político ya no pueda controlar la economía, que ha pasado a ser un asunto plenamente en manos de las empresas. Lo único que éstas esperan de los estados-nación es la obligación de presentar presupuestos equilibrados que gestionen las tensiones de sus mercados localizados y que no entren en conflicto con las actividades del mercado exterritorial.

Desde hace más de una década, la tendencia dominante (presentada como ideología) que transmiten las elites globalizadas es que cuanto más desregulen los estados-nación las actividades económicas, mejor le irá a las libertades políticas y a toda la gente en general, cuando en realidad la legislación, aparte de que ya no puede influir en la marcha de aquellas actividades globalizadas, hace lo contrario: ceder cada vez más terreno a los mercados y al capital. El lenguaje de la globalización es en realidad una jerga a la que se le amputa deliberadamente una parte de su significado, más concretamente todo lo que tiene que ver con la acumulación de riqueza en manos de esas misma elites. Este proceso de acumulación nunca se hace explícito, aunque existen al menos tres recursos --según Ryszard Kapuściński-- con los que contribuyen los medios de comunicación a ocultarla:

1. Presentar el hambre, la pobreza y, en general, las desigualdades, como una consecuencia de la degradación sociopolítica de los países donde se denuncian estos fenómenos. La pobreza, viene a decirse, es fruto de un cúmulo de circunstancias donde influyen más los atavismos culturales que las asimetrías en la legislación sobre el comercio mundial explícitamente creadas y mantenidas por Occidente.

2. Reducir el tema de la pobreza exclusivamente al problema del hambre, de manera que la acción solidaria consista simplemente en alimentar a los que pasan hambre. El resto de variables (condiciones de vida y de vivienda, enfermedades, analfabetismo, violencia, migraciones forzosas, debilitamiento de los vínculos sociales, ausencia de perspectivas de futuro y de productividad) simplemente se ignoran, dejando que el elemento más visible eclipse al resto. Como esos otros no se mencionan, no forman parte del problema. Con alimentar a los pobres ya es suficiente; las reformas estructurales que impidan que haya que hacerlo constantemente ni se plantean.

3. El espectáculo de los desastres (guerras, asesinatos, drogas, saqueos, enfermedades, refugiados...) son acontecimientos ajenos, propios de países alejados, ajenos nuestra cultura occidental y civilizada. A corto plazo, estos sucesos sirven para descargar las existencias acumuladas de sentimientos morales, una especie de espejismo de solidaridad y compromiso humanitario; a la larga, provocan extrañamiento y distancia, levantando un muro que evita el compromiso porque siempre se trata de lugares desconocidos y remotos. Todo lo que se pueda hacer en el corto plazo, vienen a decir los medios, no tendrá efecto porque los verdaderos problemas de esos países pobres son estructurales, en la existencia de tradiciones culturales que impiden que la democracia y la igualdad puedan convertirse en una ética civil y política.

La globalización es la ideología dominante de la economía política contemporánea, tristemente banalizada por el discurso mediocre e ignorante de los políticos, no un fenómeno surgido por la simple evolución de las tecnologías de la información y de la comunicación.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2013/05/el-metalenguaje-de-la-globalizacion.html

domingo, 21 de abril de 2013

Nunca será suficiente (Cuidar el mundo persona a persona)

La lectura de Cuidar el mundo persona a persona. La ayuda humanitaria en el siglo XXI (2009) de James Orbinski, expresidente de Médicos Sin Fronteras (MSF) ha sido una experiencia prácticamente devastadora. No es sólo que la historia de Occidente apeste, es que, en cuanto te acercas documentadamente al día a día de la política internacional, más ganas de vomitar tienes. Si el mundo es un lugar terrible y hermoso y, aun así, lleno de posibilidades --como escribe el autor-- es gracias a personas que, como él, creen en el sacrificio diario, anónimo y (en ocasiones) sin apenas consecuencias inmediatas. Es la suma de todos esos sacrificios individuales (cooperantes, voluntarios, socios, simpatizantes) la que obliga a rectificar a las apestosas sedes de gobiernos, instituciones y multinacionales occidentales. Si queda alguna esperanza es gracias a ellos; y por eso nuestra deuda con estas personas nunca podrá ser saldada.

Esperaba encontrarme con el típico ensayo en que, aprovechando su experiencia en el cargo y los desastres humanitarios de los que ha sido testigo en primera persona, el autor reflexiona con la necesaria distancia y racionalidad acerca de determinados retos políticos y sociales del mundo globalizado. A medida que avanzaba esperaba ansioso una respuesta a la pregunta que me obsesiona, el auténtico motivo por el que leo esta clase de libros: ¿Puede una persona anónima influir en un statu quo geopolítico marcado por la injusticia, el egoísmo y la violencia, inabarcable por definición, que desborda la propia capacidad de actuación? Esperaba, al menos, un criterio práctico y de impugnación (realista sin renunciar a la perspectiva) que pudiera adoptar para dejar de sentir que estoy encerrado en mi bienestar de supervivencia mientras millones de hombres y mujeres ni se imaginan que existe la posibilidad de sobrevivir como lo hago yo. En algún lugar tiene que existir una ética del activismo y una praxis política individuales de cuya combinación sistemática surja un movimiento capaz de cambiar el mundo de mierda que describe el libro del doctor Orbinski. Tiene que existir.

Tiene que existir una solución eficaz y verosímil al dilema que atenaza a quienes, como yo, no sabemos hacer nada que sirva a organizaciones como Médicos sin Fronteras (excepto contribuir económicamente) y necesita un principio absoluto y kantiano sobre el grado de compromiso en un mundo declaradamente injusto; una guía que ponga sobre la mesa una estrategia capaz de forzar cambios que a los gobiernos (y la clase política en general) no les da la gana de acometer por pereza, miedo, egoísmo y/o ignorancia. En el libro de Orbinski no encontrarás nada de eso. El que quiera soluciones rápidas y pautas listas para ejecutar que siga buscando en otra parte. El libro de James Orbinski es, antes que nada, un testimonio personal --desolador y sincero-- sobre lo único que posee de su paso por MSF: sus vivencias, los momentos duros, la negociación permanente, el estrellarse contra el muro de los despachos y las comisiones, los pequeños y sin embargo cruciales triunfos, el miedo a morir, la impotencia primero, luego la rabia y finalmente la tristeza que se experimenta ante un montón (literalmente hablando) de seres humanos agonizantes (víctimas de conflictos armados y de las desigualdades que perpetúan leyes y organismos occidentales) ante los que no se puede hacer otra cosa que asistir a su muerte. En fin, un libro que explica cómo de un difuso deseo de contribuir a mejorar el mundo y aliviar el sufrimiento --seguramente fruto de un ambiente familiar religioso-- se acaba convertido, a fuerza de experiencia, adaptación y lucidez, en un profesional del inconformismo.



De entrada, Orbinski nos enfrenta con la realidad de todo cooperante primerizo que desembarca en un conflicto desbordado de violencia y víctimas sin atención: el nulo valor de la vida humana, el contacto directo con seres que dos horas más tarde dejarán de existir, o de que cuando se marchan para seguir con su trabajo, los dejan sumidos prácticamente en la misma desesperación. Vidas irrepetibles que se disolverán en el anonimato del desamparo y la impotencia más absolutas. Asumir que este será el día a día de su trabajo es imposible que no deje secuelas (pp. 235-237).

El mundo es un lugar que hay que trabajarse para hacerlo habitable, porque incluso en las peores circunstancias hay gente que actúa y reacciona de la peor forma posible, el relato de Orbinski ofrece una larga serie, pero especialmente dos: el genocidio de Ruanda, un país que el autor conoce a fondo y del que hace una muy buena síntesis de su historia reciente y de las lagunas --interesadas en buena parte-- que los medios oficiales ofrecen a las audiencias occidentales; y la masacre de Kosovo, el colofón en la inmensa cadena de errores y la política de doble moral que practicó sistemáticamente la Unión Europea desde que estalló el conflicto en los Balcanes a principio de los noventa. Guerras en las que siempre pululan los mismos actores: el Consejo de Seguridad de la ONU, los gobiernos del G-8, la OMC, el machismo, multinacionales farmacéuticas, señores de la guerra, milicias descontroladas, comerciantes de armas, traficantes de la salud, maltratadores de mujeres, tradiciones crueles, violentas e injustas que imponen matrimonios, vejaciones, venganzas, prejuicios étnicos, raciales y económicos... Y siempre las mismas víctimas: los débiles, los desamparados. Los únicos destellos de esperanza siempre provienen de acciones individuales: sacrificios anónimos de personas dispuestas a ayudar, gente que no se rinde a pesar de las dificultades y que, gracias a que no se deja vencer por el desánimo, consigue valiosas victorias parciales, pasos intermedios en el camino hacia un mundo diferente.

Puede que el objetivo central del libro de Orbinski sea dar a conocer la labor de la ONG que presidió, poner en valor la labor humanitaria que realiza, remover conciencias adormecidas... Pero algunos lectores --medianamente informados-- tendemos a ver una sucesión de individuos e instantes; momentos esperanzadores que surgen cada tanto en los escenarios y circunstancias más imprevistos, en medio de dramas humanos desoladores. Personas cuyo sacrificio se nos ofrece cómodamente narrado, que sin embargo apenas puede compensar ni transmitir la realidad de las experiencias relatadas, ni del fragmento real de vida que ofrecen: logistas, conductores, enfermeras, guardaespaldas, médicos que negocian día a día con señores de la guerra de tercera categoría, recurriendo al soborno para que les permitan hacer su trabajo o les defendieran de otros señores de la guerra aún más cafres. Víctimas que sobrellevan sus desgracias (amputaciones, enfermedades incurables, familiares asesinados) y aun así dedican su tiempo y su esfuerzo a consolar a víctimas, ofreciendo su presencia y sus palabras como consuelo para desconocidos. Personas que buscan cualquier resquicio de paz y estabilidad en medio del caos, sobreponiéndose al miedo a ser asesinado, a caer en manos de irresponsables, para realizar su trabajo (curar, prevenir, alimentar, testimoniar) con toda la determinación del mundo. Y a pesar de que sus actos, aislados, apenas se perciben más allá de una cura, de una atención primaria; como miembros de una organización como MSF, en cambio, pueden dar conocer al mundo intolerables situaciones de injusticia consentida.

Algunos cooperantes pagarán con su vida, otros tendrán la suerte de regresar a sus casas, a nuevos trabajos, manteniendo su nivel de compromiso mediante otro tipo de acciones; personas con familia, que pagan impuestos, que visitan a su padres, que juegan con sus hijos y que, en un momento dado, se comprometen en una tarea prometeica, desagradable aunque necesaria y básica: atender a los enfermos y a las víctimas de toda clase de conflictos. No son la encarnación del bien radical hacia el que debemos aspirar, seguro que ni ellos mismos eran conscientes de la extrema importancia de su ejemplo, simplemente hacían lo que podían conviviendo con su miedo a morir. Y aun así, lo hacían, lo hacen. El único problema es el riesgo de acabar viendo semejante sucesión de desgracias y de actos heroicos con un aura irreal; algo parecido a lo que sucede con las descripciones del mal radical (también muy presentes en el libro): acaban pareciendo una exageración, un recurso fácil para escandalizar y remover conciencias. Pero es así: el problema somos nosotros, que nos negamos a aceptar que estas cosas sucedan.



Recuerdo perfectamente por qué me hice socio de MSF: una noche, bastante tarde, estaba zapeando el mando de la tele, demorando el momento de ir a dormir, cuando caí en mitad de un documental sobre el SIDA en África. La enfermedad en este continente ha provocado un desastre cuyas consecuencias se dejarán sentir durante décadas. Aun así, en medio de este panorama, un cooperante de MSF, caminaba unos cuantos quilómetros para visitar a un joven que agonizaba sin remedio. No había nada que hacer; se iba a morir seguro, pero aquel cooperante le visitaba en su choza y le hacia compañía. Una tarde cualquiera, la misma que nosotros invertimos en hacer cualquier cosa, la vida de un joven africano enfermo de SIDA se apaga sin dejar rastro en este planeta. Nunca tendría hijos, ni nietos, ni una oportunidad de vivir dignamente; pero por lo menos un desconocido, venido del otro lado del mundo, le ofrecía su compañía y su solidaridad en la olvidada choza donde pasó sus últimos días. Al día siguiente me hice socio de MSF.

El mundo apesta; pero por suerte hay personas desinteresadamente valientes y generosas que luchan por mejorar este mundo apestoso. Hemos de aprender a convivir con eso y con la deuda impagable que contraemos día a día con personas como las que hacen posible MSF.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2013/04/nunca-sera-suficiente-cuidar-el-mundo.html

miércoles, 6 de marzo de 2013

Teorías convenientes para mi mentalidad: 18. La piedra angular del desencuentro

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja
8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar
9. Los herbívoros, el nuevo Contrato Matrimonial y la paradoja Huxley-Houellebecq
10. La teoría del carrete
11. Las precondiciones de la relación ideal
12. La decepción oculta masculina
13. El bosón de Higgs de las relaciones urbanas
14. ¿A cuántos mojitos estás de la infidelidad?
15. El clan de las menos guapas (I)
16. El clan de las menos guapas (II)
17. Sistemas Femeninos de Datación Sentimental

Las mujeres creen que vestidas de forma sensual o sexy no tienen por qué atraer miradas sucias ni levantar deseos ocultos entre los hombres. No hay manera de convencerlas de lo contrario. Insisten machaconamente que es la actitud lo que marca la diferencia entre la mujer que sólo quiere estar guapa para ella y la que desea atraer a los hombres o competir con otras mujeres; que somos nosotros los únicos que vemos ese deseo inexistente de «algo más» que no sea sentirse bien con ellas mismas. La actitud compensa cualquier detalle en la ropa, el maquillaje, el peinado o las palabras.

Sin embargo, ¿cómo diferenciar --como seres limitados que somos-- esa actitud que ellas denominan «estar guapa para una misma» con un aspecto cuidado que delata que se explotan sistemáticamente ciertas prendas que realzan determinadas ventajas competitivas corporales, o se asume un cierto nivel de competitividad implícita entre las mujeres? Formulado de esta manera casi parece un principio kantiano, pero lo cierto es que nunca se admite en voz alta, simplemente se actúa contradiciendo la buena fe que se declara. El problema para distinguir una cosa de la otra no es una cuestión de indicios o argumentos más o menos juiciosos, sino de calar estados de ánimo. Porque la disponibilidad de la mujer hacia el juego de la seducción es, antes que nada, una cuestión mental que depende de un número tan elevado de factores que ellas son incapaces de distinguirlos y nosotros, por supuesto, de tener en cuenta siquiera un 10%.

A los hombres la actitud o la intención nos importan un bledo; es la visión de un escote bien dispuesto, como el escaparate de una frutería, o una ropa de ciñe una formas femeninas, incluso un discreto maquillaje (no precisamente diseñado para matar) lo que dispara nuestras respuesta hormonal.

Ellas no parecen dar importancia al hecho de que el orgasmo masculino se genera parcialmente en el tálamo (la estructura neuronal que conecta el cerebro con el nervio óptico), o el monopolio masculino de facto que suponen el fetichismo y el voyeurismo. Nos basta con mirar un cuerpo para saber si sentimos deseo o no. Inmediato, directo, fugaz; sin prolegómenos, sin sentimientos, sin mala conciencia. Mientras tanto, ellas permanecen enrocadas en la actitud, como si ese fuera el verdadero mecanismo que pone en marcha el deseo masculino, la puerta secreta que franquea el paso a todas las bondades que las mujeres reservan a quienes saben encontrarla. Sin embargo, eso no impide que sigan cuidando su cuerpo, su pelo y su ropa con todo detalle. Desde su punto de vista, no supone ninguna contradicción beneficiarse de los éxitos que proporcionan unos cuidados no específicamente diseñados (salvo excepciones) para la seducción. Para ellas son como un añadido no buscado aunque siempre bienvenido.

Es algo así como el reverso femenino de la negación sistemática masculina de que la infidelidad, la promiscuidad y el deseo ajeno no forman parte de nuestra actitud para la seducción. Son las dos caras del desencuentro.



http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2013/03/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad.html

miércoles, 16 de enero de 2013

Un balance para mi generación

El deterioro del mundo social y económico acumula a estas alturas demasiados errores. No puede tratarse de un error de cálculo. Tampoco es probable que responda a un minucioso y deliberado plan de vaciado del estado del bienestar o de contenido democrático, porque para ejecutarlo debe haber detrás gente preparada e inteligente, y los inútiles electos y designados que desde hace cinco años y también hoy toman las decisiones están completamente perdidos, no se enteran de nada, reaccionan a base de espasmos, como si fueran peces fuera del agua o, simplemente, revelan con sus declaraciones que las consecuencias de sus decisiones les importan un carajo mientras no sean ellos los afectados. Estamos en manos de auténticos gilipollas congénitos, y todo Occidente está afectado ahora mismo.

De los noventa hasta ahora las elites políticas no han hecho otra cosa que consentir y ahondar en una economía política neocon repleta de incoherencias hasta para el más ignorante; disfrazada y vendida a pesar de todo como una aséptica y necesaria gestión sin ideología. Durante dos décadas hemos asistido --impávidos, estupefactos-- a estrepitosos y anunciados fracasos de gestión de lo privado, fraudes monumentales cuyos responsables quedan impunes, desastres humanos y ecológicos causados por una política suicida de desinversión pública y bajada de impuestos. En estos momentos, el mundo capitalista se encuentra en una encrucijada letal: 1) no es posible seguir gobernando y administrando a base de préstamos; 2) no es posible retrasar ni alargar los plazos de devolución (los compromisos actuales ascienden a cantidades astronómicas y se extienden más allá de dos generaciones) y 3) el usuario/consumidor ya no tiene un duro para aportar a la caja común, y menos para consumir. Nos han dejado lo que se dice pelados, con lo puesto.

Lo más curioso es que, ante semejante panorama, nadie se plantee, no ya un cambio de modelo, sino una profunda modificación legislativa que ponga las bases de un mejor sistema de financiación y gestión de lo público, mejor control sobre las decisiones de los cargos electos y una normativa de ponga límites a un mercado libre, es cierto, pero completamente fuera de control. Al contrario, responsables y cómplices se apresuran a parchear las cosas desde la más pura ortodoxia de un sistema podrido, al límite de su capacidad. Y ahí, justo en medio, está mi generación, condenada a digerir durante una década (como mínimo) la cadena de errores egoístas que nos ha llevado a este abismo. Creíamos haber superado el miedo endémico al paro que nos atenazó durante la juventud; hemos vivido unos años en medio de un espejismo de abundancia decreciente aunque estable, y ahora, de pronto, nos estalla este globo de mierda. Ya no nos libraremos de él. Mi generación quedará marcada por este extraño eterno retorno de la fatalidad.

No es sólo que auténticos inútiles --electos o designados-- amenacen con enquistarse en un poder otorgado, sino que las consecuencias de sus nefastas decisiones va a jodernos la vida durante muchos más años de los que ellos estén al mando. Y cuando hayan acabado su trabajo y regresado a sus casas, la inmensa mayoría tendremos que digerir las secuelas cotidianas de sus leyes y decretos. Los gobiernos caen y otros les suceden, el poder nunca puede quedar vacante, pero las generaciones son únicas, no tienen recambio; les toca vivir su tiempo irrepetible. A la mía y a unas cuantas más ya les han dejado sin futuro.

Estos últimos cinco años de desastres encadenados han alcanzado la línea de flotación de mi generación, la de los nacidos en los sesenta del siglo XX, y es probable que marque definitivamente el resto de nuestro ciclo vital. Nosotros, los hijos de la abundancia sesentera, la última infancia feliz por analógica (puede que la más feliz de todo el siglo XX) hemos quedado marcados por la perspectiva de un empobrecimiento inducido. Que los libros de historia señalen a los culpables --Reagan, Thatcher, Bush, Aznar, Berlusconi, Merkel, Rajoy-- no es suficiente ni sirve de consuelo. Nos han dejado sin esperanza.

La sociedad civil que esta patulea de políticos nos ha legado está diseñada para garantizar que la iniciativa privada nunca pierda; el resto debe ser sacrificable a este objetivo. En el mejor de los casos, durante los ciclos de abundancia, consentirán en extender el bienestar a otros ámbitos no directamente vinculados con sus intereses; pero sin perder de vista que cualquier retroceso en la coyuntura económica, cualquier descenso en los beneficios, implicará regresar de inmediato a la casilla de salida: o la rentabilidad de las corporaciones o nada.

No soy un ingenuo: no espero que aparezca de pronto un lider revolucionario, ni un reformista-idealista que apueste por la igualdad de oportunidades y las políticas públicas. A estas alturas de nuestro ciclo vital no nos harán cambiar de opinión con nuevas utopías alternativistas. Hace falta otro modelo, otras prioridades, otro bienestar... Cosas hoy inexistentes que, si salen bien, en todo caso, serán para los que vengan detrás, no para mi generación.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2013/01/un-balance-para-mi-generacion.html

Quizás también te interese:

Plugin para WordPress, Blogger...

PrintPDF