Translate

jueves, 23 de diciembre de 2010

Hasta las narices de artistas consagrados, controladores aéreos y demás vírgenes ultrajadas

Nueva pataleta de los creadores tras fracasar sus esperanzas de aprobar una ley que permita cerrar sedes web sin autorización judicial. La decepción ha sido tan grande que algunos no se han cortado a la hora de poner en voz alta lo que quizá llevaban pensado hace tiempo. La Ley Sinde ha fracasado y de nuevo regresa la criminalización del intercambio sin ánimo de lucro a partir de copias privadas, como si esa fuera la única causa de todos sus males. No se enteran de que la nómina de los que podrán vivir de su arte se va a reducir cruelmente, y no precisamente porque el usuario/consumidor se lo intercambie todo, sino porque existe una legión de personas anónimas aportando contenidos (de calidad dispar, pero eso incluye cosas malas, cosas buenas y cosas muy buenas) GRATIS, permitiendo la copia y conformándose con el reconocimiento de autoría. Y la cosa va a más. Se quejan, en definitiva, porque el estatus de artista profesional va a ser algo muchísimo más difícil de alcanzar que hasta ahora, en el que un buen soporte mediático suplía ciertas dosis (a veces grandes) de mediocridad.



La cultura volverá a ser una actividad de gran componente amateur, les guste o no a los artistas, a las industrias de la cultura y a las instituciones. Puede que eso suponga temas más superficiales o repetitivos, quizá menos experimentación (que lo dudo) y más tópicos, pero está ahi y no van a ser capaces de parar semejante emanación creativa desinteresada. Si algo así equivale a lo que ellos eufemísticamente denominan «empobrecimiento de la cultura», pues que cierren la parada o se busquen otro paraíso fiscal/cultural más acorde con sus aspiraciones. Si quieren, que dejen de vender copias de sus creaciones (como ya sucede en Corea con los DVD); ya veremos si así la gente deja de consumir cultura audiovisual compartida anónimamente. Seguirá habiendo personas que subtitulen las versiones originales y las pongan a disposición sin obtener nada a cambio. Los artistas profesionales, las industrias que les apoyan y los políticos que han contratado para hacerles una ley a su medida, siguen empecinados en meter en el mismo saco a las mafias de la piratería ilegal con el intercambio sin ánimo de lucro entre personas que NUNCA, repito, NUNCA han pagado ni pagarán por la cultura. Este mercado, entérense de una vez, no se puede recuperar por ley, sencillamente nunca ha estado ni estará disponible.

La piratería son los screeners, los cutres que trabajan en productoras y distribuidoras y filtran a cambio de dinero las películas antes de su estreno, los que duplican industrialmente películas y luego las venden a los inmigrantes que se ganan cuatro euros en el top manta. Los usuarios/consumidores simplemente aprovechan una tecnología para extender una práctica social cuyo salto cuantitativo da la falsa impresión de que va a colapsar una economía de la copia que ha perdido la batalla digital.

Los aspirantes a artistas (profesionales o no) publican sus textos en blogs, cuelgan su música en MySpace, sus cortos en Youtube y tratan de atraer visitas hacia sus páginas. Esta gente, lo primero que busca es difusión, el boca a oreja. Si hay repercusión y audiencia, entonces se plantearán rascar algo de dinerillo con publicidad, y a partir de ahi a esperar que la masa crítica aumente, tratando de apalancar otros contratillos y colocar de paso algunas ventas por decreto. Se acabó vender copias porque la copia es ubicua, incontrolable, la base de la tecnología informática de unos y ceros que manejamos y, por esa razón, su valor es prácticamente nulo. Por eso, y no porque unos «talibanes» de la red (Alejandro Sanz dixit) se empeñen en que la cultura no valga nada. Al usuario/consumidor se la trae floja la cultura, lo que quiere es entretenimiento gratuito (precisamente el binomio que escandaliza a la señora Puértolas). Que sea bueno o malo ya lo decidirá él sin necesidad de muletas éticas ni económicas. El empobrecimiento de la cultura no es responsabilidad exclusiva de los creadores, también tendrán algo que decir quienes a veces les toca soportar las plúmbeas aportaciones de algunos (¿eh, señor Trueba?).

Cuando un sector del mercado se viene abajo por causas tecnológicas o queda económicamente obsoleto se producen despidos y prejubilaciones en masa. Detrás de cada persona afectada hay un drama familiar lamentable y doloroso que merece ser respetado. A esta gente le queda, por supuesto, el legítimo recurso al pataleo, revolverse como sea antes de ver aplicada la sentencia de muerte sobre su puesto de trabajo. A veces ganan, a veces no, otras simplemente consiguen retrasar una condena dictada de antemano por el mercado a base de inyectar dinero público que les mantenga artificialmente con vida. Con todo, cuando se consuma la debacle, las alternativas de los afectados son exactamente las mismas: cambiar de sector, reconvertirse, formarse, jubilarse con lo puesto, hacerse autónomo o empresario...

Todos estos artistas consagrados que advierten de la gran cantidad de puestos de trabajo que se pierden debido a los cambios tecnológicos y de usos sociales tienen toda la razón, pero olvidan que su caso no será el primero (ni el último) de sacrificio calculado en aras de la evolución del mercado, cuyos designios no dictan ni ellos ni los trabajadores. Estos profesionales de la creatividad que ocultan su propio beneficio tras la farisea denuncia de un drama humano son gente que --a diferencia de esos otros trabajadores que perderán sus empleos-- se ha ganado la vida honrada y holgadamente y cuyo nivel de vida es poco probable que se vea afectado en lo básico. La amenaza que se cierne sobre su actividad se concretará en que sus ingresos se verán bastante reducidos, lo cual es una mala noticia para ellos; pero eso no hace esencialmente diferente su caso de esos que se ven abocados al paro tras un tijeretazo laboral en cualquier empresa privada. A estos artistas, como a cualquier trabajador por cuenta ajena o autónomo, las opciones que se le abren para seguir adelante son las mismas: cambiar de sector, reconvertirse, formarse, jubilarse con lo puesto, hacerse autónomo o empresario... O hacer de su profesión algo más amateur y/o adaptado a las condiciones de un mercado dispuesto a pagar menos por la creatividad porque hay muchas más personas que antes, algunas muy bien preparadas, para llenar desinteresadamente de contenidos los canales de distribución.

Puede que algunos no se den cuenta, pero ciertas declaraciones suyas en los medios de comunicación revelan a los artistas profesionales ante el usuario/consumidor como una casta de privilegiados que aprovecha su fama para expresar sus opiniones en público, una opción de la que la inmensa mayoría de trabajadores en trance de ser forzados a cambiar o abandonar su trabajo carece. Algunos, además, están notoriamente acomodados, lo que convierte sus dircursos en repelentes lamentos de niño rico, restando fuerza a buena parte de sus argumentos. Estas personas se hacen un flaco favor criminalizando a quienes les ha proporcionando ganancias durante años. Desde el punto de vista del usuario/consumidor, están en el mismo saco que los privilegiados y tristemente famosos controladores aéreos de este triste país.

Y si alguien quiere una opinión más prestigiosa que la mía sobre el mismo tema, le remito a Enrique Dans: gracias por tu cabreo tan bien argumentado.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/12/hasta-las-narices-de-artistas.html

sábado, 18 de diciembre de 2010

Ética para Don Nadies 2. La paradoja de la elección racional

1. Sobrevivir en sociedades políticamente degradadas

En la mayoría de encuestas sobre la situación política y económica aparece con machacona unanimidad: el poder judicial está hecho unos zorros. Por inversión, por eficacia, por productividad, incluso por profesionalidad. La justicia es un ámbito fuertemente endogámico, corporativista, meritocrático y, por si esto no fuera suficiente, conservador. En este ámbito --como en tantos otros que tiene que ver con lo público-- se airea mucho esa conocida teoría escrita sobre papel mojado que afirma que los mejor preparados escalarán hasta la cúspide de la pirámide de mando. Pues ahora resulta que unos científicos italianos han demostrado matemáticamente que es más fiable designar al azar a una persona para promocionarla a cargos de responsabilidad que seleccionarla entre unos pocos candidatos a dedo (idóneos a priori por experiencia y trayectoria, que es como se suelen hacer todos los nombramientos en Occidente). A los autores de este trabajo les han concedido por este descubrimiento el premio IgNobel, un galardón que concede una revista estadounidense de humor científico a aquellos trabajos que, aun careciendo de utilidad, revelan aspectos tristes pero ciertos de la realidad. En este caso más bien triste: que para puestos que requieren alta preparación y experiencia resulte que la elección racional no suponga ninguna garantía de acierto desmonta por completo todo el entramado de favores, contrafavores, nepotismos y otros chachullos revestidos de decisiones ponderadas en el que han vivido instalados los políticos desde hace más de un siglo. Basta echar una mirada a los juzgados para comprender que existen evidencias empíricas que sustentan esta triste verdad: la justicia es una máquina renqueante que apenas se mueve, los jueces han perdido todo contacto con la realidad y las sentencias (de dudosa utilidad práctica) tardan décadas en dictarse y/o aplicarse.

En el terreno de la gestión de los dineros públicos la cosa tampoco está para tirar cohetes. El diagnóstico --tan certero como pedante-- de un experto sobre los errores y males del IRPF apunta al mismo mal originario: si defraudar al fisco es una elección racional no estamos ante un uso perverso de una legislación fundamentalmente justa, sino ante una grieta legal que permite eludir una parte de los impuestos a los aprovechados ante las narices mismas de los necesitados. El autor, gracias a su puesto de funcionario (a salvo de vaivenes laborales), junto con una libertad de prensa, por fortuna firmemente consagrada, puede denunciar sin problemas lo que todo el que lee y reflexiona un poco sabe sin necesidad de que se lo tengan que explicar. Su acierto en el diagnóstico, sin embargo, no contribuye en nada a que cambie el estado de cosas que denuncia. Así como el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, la denuncia de la injusticia no significa que ésta involucre por decreto a quienes tienen la potestad de cambiar las leyes.

Del lado del usuario/consumidor la pauta es la misma: en Francia, las recientes protestas contra el retraso de la edad de jubilación (de 60 a 62, una de las más bajas del mundo desarrollado) se desarrollan con total fiereza sin examinar siquiera las posibles consecuencias a largo plazo que implica enrocarse en el inmovilismo. Igual que en el caso de jueces y economistas, se trata de una elección racional (el mantenimiento del statu quo), exactamente la misma que exhibe el gobierno de Sarkozy para defender la medida. Éste maneja argumentos macroeconómicos que vaticinan un colapso financiero ante la conjunción letal de cuatro factores: aumento de la esperanza de vida, descenso de la natalidad, uso perverso de la prejubilación y trabas a la libre circulación de personas por motivos que no sean turísticos. Los trabajadores, en cambio, se niegan a abandonar la lógica de su microeconomía doméstica porque es el único contexto que les proporciona munición para sus protestas. Esa gente lucha por conseguir el máximo de renta para la vejez y mantener quizá un precario nivel de vida que les permita seguir siendo consumidores. Con la misma racionalidad implacable, los empresarios exprimen hasta el límite la legislación con el objetivo declarado y legítimo de pagar menos impuestos. Elección racional en ambos casos.

Los métodos (elección racional) y los fines (beneficio personal) son los mismos, sin embargo las desigualdades políticas y económicas introducen una distorsión fundamental: resultados muy diferentes dependiendo del origen de la iniciativa. Las virtudes de una sociedad libre --análisis crítico, reflexión, posibilidad de réplica y de debate-- no son capaces de poner en marcha desde abajo los cambios que una estricta aplicación de los principios legislativos más altos y sagrados (declaraciones de derechos, preámbulos) implicaría. Esto significa que hay que actuar con una ética diferente en función del bando en el que se esté. No estoy descubriendo ni proponiendo nada nuevo, esto ya es así porque se trata de elecciones racionales. Empresarios y trabajadores están obligados a manejar éticas contrapuestas porque las repercusiones de sus acciones, además de concretarse desde ámbitos muy diferentes, obtienen resultados radicalmente opuestos. Las éticas de unos y otros son, pues, irreconciliables e inintercambiables. No se puede ser trabajador y empresario a la vez (los mandos intermedios son híbridos mutantes sin salida evolutiva), igual que no se puede ser peatón y conductor a la vez. Eso no significa que no se pueda cambiar de lado cuando se quiera y cuantas veces haga falta. Lo que sí es imposible es manejar una ética que trate de encontrar zonas de consenso comunes, porque algo así no existe ni es posible que exista en un libre mercado capitalista.

En este contexto, la ética que mejor sirve a los Don Nadies del lado de la demanda es una ética de la supervivencia, y eso significa que todo su contenido debe ser útil, y si no lo es se desecha o se cambia.

1. Ignorar cualquier clase de contradicción, aun las más flagrantes, que se desprenda de decisiones, actitudes o acciones que tengan como resultado un beneficio propio. Todo lo que amenace cuestionar, anular o minimizar este propósito es un estorbo. En caso de duda o debilidad, tomar ejemplo de los políticos o los empresarios y desechar toda mala conciencia.

2. No olvidar nunca que el discurso político y el empresarial es tan interesado y distorsionador como el de cualquier Don Nadie. En caso de duda o debilidad, recordar que la demagogia está al alcance de cualquiera.

Formulados así, estos principios no parecen demasiado solemnes, pero el usuario/consumidor no puede permitirse el lujo de una ética teórica e independiente de la economía. La supervivencia aprieta y no queda tiempo para imperativos categóricos.

(continuará)

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/12/etica-para-don-nadies-2-la-paradoja-de.html

domingo, 5 de diciembre de 2010

Réquiem por Julian Assange

Julian Assange ha dicho que el rey está desnudo y ahora quieren borrar su nombre de la faz de internet. Los textos que ha filtrado en la difunta Wikileaks sobre las actividades de espionaje de las embajadas estadounidenses en todo el mundo sólo confirman lo que todos intuíamos por otros medios: que EE UU defiende sus intereses económicos donde sea y como sea.

Lo hemos visto demasiadas veces en el cine y leído en más de una novela: una teoría de la conspiración en manos de funcionarios de alguna oscura agencia gubernamental se atreve a manipular y desvirtuar la sacrosanta democracia en los EE UU. Al final el sistema siempre quedaba a salvo porque los corruptos actuaban a título individual; no se trataba de un mal estructural, sino de un uso pervertido y parcial. Si presidentes o congresistas tomaban decisiones equivocadas era porque estaban mal aconsejados.

Esta vez no hay error que valga: lo que revelan los documentos destapados por Assange no es el trabajo deseal de unos pocos embajadores salidos de madre, vinculados a un gabinete concreto, sino la puesta en práctica de una política sistemática de espionaje, no cuestionada por ningún inquilino de la Casa Blanca. Tampoco es para tanto: todo el mundo sabe que las embajadas son centros de espionaje legales, bendecidas por las anticuadas normas de la diplomacia internacional.

Assange se ha atrevido a airear las miserias de la política exterior estadounidense y ahora le llueven los cargos judiciales y se ha convertido en el fugitivo más buscado por la policía británica; sin contar con las descaradas maniobras para ahogar completamente su web. Tras el bloqueo del dominio original, los sucesivos intentos de alojarse en otros dominios han fracasado bajo la presión intolerable del gobierno de EE UU. Cualquiera que se atreva a alojar sus archivos será perseguido y acosado hasta que expulse fuera de sus servidores toda la basura que de pronto representa Assange. Ahora sólo queda lograr que el ICANN elimine directamente su dirección IP (la única forma que existe hoy por hoy de acceder a Wikileaks), de manera que sin ella parezca que ni el problema ni sus consecuencias hayan existido.

Algunos piensan que, una vez logrado eso, irán a pedirle a Google y a los demás indexadores de información que eliminen las búsquedas que hagan referencia al caso Assange/Wikileaks, como si por ese simple hecho fueramos a olvidar lo que hemos leído; como si pudieran echar marcha atrás y negar la existencia de algo que ya ha sido difundido. Incluso Wikipedia se ha curado en salud con una patética advertencia acerca del contenido de la entrada Wikileaks, como si no descartara que les obligaran a eliminarla. ¿Acaso el gobierno de EE UU cree que somos tan idiotas como para no relacionar la persecución descarada, ilegal y desproporcionada que hace de Wikileaks con la enfermiza obsesión del gobierno chino con Tiananmen? ¿No estamos ante un caso equivalente de censura, abuso de poder, prepotencia, incoherencia, negación de la realidad y desprecio total a la opinión pública?

Tanta basura esparcida en tan poco tiempo, tantos países puestos en ridículo, tantas declaraciones secretas de políticos, valoraciones personales... Parecía que el mundo se iba a poner en pie de guerra, que los embajadores serían llamados a consultas, que las alianzas se quebrarían, que se exigirían explicaciones de cancillería a cancillería... Pues nada de eso ha pasado. Los gobiernos se visitan, se llaman, y hacen como si la cosa no fuera con ellos. En parte porque es inevitable negar la verdad, y también porque no saben hacer otra cosa.

Y por último hablemos de los medios impresos a los que Wikileaks hizo partícipes de su información antes de filtrarla (The New York Times, The Guardian, Le Monde, Spiegel y El País). Todos se enorgullecían de haber sido elegidos por su prestigio, y se frotaban las manos con lo que pensaban iba a ser una forma de fidelizar audiencias, filtrando poco a poco titulares... Pero luego han visto que los lectores han pasado más bien de todo. De modo que esos titulares apocalípticos han ido empequeñeciéndose, y la noticia resbalando por la primera página. De la retórica pomposa acerca del papel de la prensa como garante de la bondad de los gobiernos se pasó en apenas tres días al mero cotilleo. Y luego la información sobre la persecución de Assange y el desmantelamiento de su web: todavía no he leído nada que censure abiertamente el comportamiento de EE UU. Mucha filosofía sobre política y derecho, mucha cobertura informativa, pero no veo que ningún medio tome partido en la defensa de un periodista ensalzado hace poco como referente de una nueva manera de entender el periodismo y ahora en busca y captura. Demasiados intereses económicos impiden a los medios de comunicación (especialmente a los que Assange escogió para compartir su filtración) indisponerse con el poder de unos EE UU cabreados que no se preocupan de guardar las formas ni de abusar de su posición. No olvidemos que el sistema de nombres de dominio sigue en manos de una entidad gubernamental estadounidense, y que, en esencia, Internet funciona porque lo tolera EE UU.

El desarrollo de los acontecimientos revela una preocupante actitud infantil por parte de los gobiernos (el de EE UU, los que colaboran en su búsqueda y los que niegan su apoyo a la web de Assange): como si acabar con el supuesto culpable y borrar toda huella de su trabajo fuera a dejar las cosas como estaban. Y luego a seguir como si nada, como si la memoria no existiera, ni hubiera gente con criterio y opinión propia, como si esos papeles no estuvieran ya circulando encriptados por las redes P2P. En definitiva, todo este asunto demuestra que es imposible controlar la información que circula por internet; y supone un paso más hacia su inevitable fragmentación técnica y física (lo que algunos ingenuos denominan la neutralidad de la red). Otro síntoma del final de la red única, no de la red neutral que nunca ha sido. Todo indica que Assange va a ser uno de sus mártires.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/12/requiem-por-julian-assange.html

martes, 26 de octubre de 2010

Ética para Don Nadies 1. Sobrevivir en sociedades políticamente degradadas

Extractos del mismo ejemplar de El País (08/10/2010):

1. «Ante la dificultad para conciliar en condiciones, algunas mujeres optan por dedicarse de lleno a ser madres [...] Eva Gracia, 28 años, se hizo esta pregunta después de que en septiembre, cuando solicitó la jornada reducida, le anunciaran que su puesto "ya no existe" y que, si se reincorporaba, lo haría para ocuparse de "las tareas que fueran surgiendo". Se las enumeraron vagamente y vio que tenían que ver con las de una administrativa o una secretaria, no con las de una consultora jurídica, que era el puesto que desempeñaba antes de ser madre. "Al final pacté un despido" [...]

»Ahora está en casa, tiene un blog (mamacontracorriente.com) que le aporta "autoestima, y puede que llegue a dar dinero", y cuida de su hijo. "Al principio no quería dejar de trabajar, tenía miedo a perder el tren. Es una pena pasarse años estudiando, primero Derecho y luego un máster en Mercantil, para esto. Además, he visto que económicamente no me compensaba la reducción de jornada. Iba a cobrar 750 euros al mes, pero eso implicaba pagar una guardería privada en Madrid: 350 euros. Y es barata"»
. (Pre)Parados/19

2. «Un trabajo precario y mal remunerado no es un aliciente que pueda disuadir a las mujeres de que su identidad como féminas se solapa con la maternidad full time
tal como se les predica.

»Ante estos cantos de sirena, no viene mal recordar, en clave beauvoireana, que la hembra humana tiene la posibilidad -y el deber existencial- de hacer de su subordinación a la especie un proyecto individualizado en el que ella sea quien fije los estándares de su entrega. Por supuesto con responsabilidad, disponibilidad y generosidad, pero de manera que la haga compatible con otros proyectos propios del ser humano que es». Comentario sobre el libro Le conflit. La femme et la mére (2010) de Elisabeth Badinter.

Anexo: Una entrevista al marido de Badinter --exministro de Mitterand y actualmente embajador francés en Madrid-- ocupa la contraportada del mismo diario, como si el lector fuera incapaz de darse cuenta que la coincidencia de ambos textos no es casual, y que la selección de noticias y contenidos también tiene sus propios hilos rojos de la conveniencia.


El tremendo desajuste entre la situación de Eva Gracia y la teoría de Elisabeth Badinter no es conceptual, sino que debe entenderse en términos de diferencial de bienestar: la primera expresa --atrapada en su acuciante día a día de la maternidad y el trabajo precario-- la imposibilidad de alcanzar un análisis económico de su situación, debido a que las necesidades de su presente le impiden hacerse cargo de los errores y carencias. La segunda --con ese estilo pedante e inservible tan caro a los funcionarios intelectuales-- describe una realidad sólo visible desde su torre de marfil universitaria, desmenuzando desde la seguridad de sus ingresos y su puesto de trabajo fijo problemas bien lejanos a su entorno. Una impostura que no le impide --ni a ella ni a ninguno en su misma situación-- considerarse a sí misma como una persona implicada en la batalla por la igualdad.

Dos noticias, dos vidas, dos mujeres, que revelan la dualidad estructural hacia la que tiende peligrosamente la sociedad occidental. Dualidad irreconciliable no por lo opuesto de los posicionamientos, sino por el distinto nivel de bienestar que implica a una y otra. Las reflexiones teóricas oficiales no rehuyen prácticamente ningún debate, por polémico que sea, pero toda esa actividad incansable y positiva tiene todas las virtudes de una modélica sociedad civil y un único defecto: carecer de utilidad práctica para modificar el statu quo --como el de Eva Gracia-- marcado por la penuria económica y la falta de apoyos o salidas. Es algo común a las instancias del poder (economía, política, medios de comunicación, expertos en todos los temas imaginables): su discurso se reduce a mera palabrería, textos que se limitan a señalar las causas y a enunciar lo más deseable en un contexto adverso. Todo lo demás (legislación, cambios, límites, renuncias, acciones) se da por supuesto, mencionando de pasada un vago anhelo acerca de unas supuestas bondades para el caso de que las cosas fueran de otra manera.

El resultado: cabreo entre los afectados que aún se molestan en leer estos textos o desistimiento en la inmensa mayoría. Es necesario tomar pedazos sueltos, y conectarlos --como estas dos noticias-- para que se revelen los auténticos males estructurales, porque ninguna noticia o análisis por sí solo se atreve a apuntar a las causas sin importar a quién salpica. Está en juego no sólo la supervivencia física (la gestión del mínimo), sino la estabilidad mental: permanecer serenos ante un desastre ubicuo y contra el cual sabemos --literalmente-- que no podemos actuar sin empeñar la existencia misma.

Es cierto que la sociedad occidental admite el cambio desde abajo, ha sucedido varias veces en la última década, pero el coste es tremendo para quienes llevan la iniciativa en el desgaste frente al poder. Ante la disyuntiva de hipotecar la vida a un proyecto cuyos beneficios no disfrutarás frente a una existencia que permita sobrevivir con un estrecho margen de bienestar, está claro que la mayoría optamos por lo segundo, porque nos va la vida en ello. Cuando uno de esos proyectos triunfa sus líderes son incorporados al panteón cívico del poder, y sus vidas convenientemente reinterpretadas como ejemplo para las generaciones futuras, pero detrás de esos fastos se ocultan problemas laborales, disputas por prioridades, conflictos familiares, acusaciones de inflexibilidad, ingenuidad e inutilidad.... Nunca podremos saldar nuestra deuda con personas así.

En Occidente hace tiempo que se sabe que quienes abandonan sus estudios obligatorios están condenados a la precariedad laboral y a los sueldos de miseria, y de paso se exponen a un alto riesgo de desestructuración familiar. Por su parte, la gestión empresarial y los cambios legislativos han conseguido que incluso los mejor preparados tengan que competir por los mismos empleos mal pagados que habitualmente desempeñan quienes carecen de formación. Si esto es así, ¿qué argumento les queda a los maestros para convencer a sus alumnos de que es preferible estudiar a no hacerlo si la calidad de vida y el puesto de trabajo serán igual de precarios?

En este hábitat esquizofrénico una legión de Don Nadies debe soportar la prolongación y/o degradación de las condiciones laborales, sufragar la parte básica de los servicios fundamentales de los que el Estado no puede hacerse cargo, conseguir que los hijos no abandonen los estudios y --lo que es todavía más difícil-- transmitir fe en el futuro a la siguiente generación. Para hacer todo eso hace falta una ética capaz de ignorar las contradicciones sin perder la confianza en las bondades de la vida en sociedad tal y como la conocemos hoy.

(continuará)

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/10/etica-para-don-nadies-1-sobrevivir-en.html

martes, 14 de septiembre de 2010

Las lágrimas de Diderot y D'Alembert

Pocos imaginaron que una enciclopedia en línea como Wikipedia se convertiría en referencia mundial del conocimiento no formal ni especializado, por encima de otras de mayor renombre y prestigio, igualmente en línea. Quizá no sea una fuente útil para generar conocimiento científico, pero está claro que el liderazgo de Wikipedia es incuestionable en lo que se refiere a trabajos escolares, consultas puntuales, simple sed de cultura o acopio de curiosidades. Estoy seguro de que grandes prohombres de la Ilustración como Diderot y D'Alembert --tan llenos sus textos de buenas intenciones para la humanidad, tan vacías sus vidas de iniciativas prácticas consecuentes-- derramarían lágrimas de emoción si pudiéramos exponerles el caso. Su proyecto de Encyclopèdie (más de 71.000 artículos en 28 volúmenes) fue todo un logro para los tiempos que corrían (la última edición de la Encyclopædia Britannica contiene 500.000 artículos), ha sido ampliamente superado por la obra de Jimmy Wales y su reducido equipo de administradores (15.000.000 de artículos en 271 ediciones --cada una correspondiente a un idioma «activo», en el que se hacen aportaciones y correcciones regularmente-- doce de las cuales superan las 300.000 entradas).

El concepto de Wikipedia --en realidad el buque insignia del movimiento wiki, nacido alrededor de 2001-- es algo así como la encarnación de un anhelo anarquista, una especie de utopía social como las que florecieron brevemente durante la Guerra Civil española y desaparecieron sin apenas consecuencias. La diferencia es que aquí se trata de todo lo contrario: el invento se ha consolidado como una aportación crucial a la cultura universal realizada por voluntarios anónimos que vuelcan desinteresadamente su conocimiento limitado sobre cualquier parcela de la realidad y la ficción. Y para acabar de rematarlo: en menos de una década ha superado en número de consultas a las enciclopedias de la competencia, por lo general grandes marcas de toda la vida que migraron sus contenidos del papel al disco duro (eso sí, sin olvidar limitar el acceso, o proporcionándolo bajo suscripción) tras la debacle generalizada de la venta de enciclopedias al peso.

Otro de los factores del éxito de la Wikipedia es que una buena parte de sus contenidos (el 30%) hace referencia a temas, objetos y tendencias de la cultura popular: personajes de comic, series y programas de TV, tribus urbanas, modas, curiosidades... eso sin contar los que se ocupan en detalle de obras de ficción de todo tipo. En cambio, apenas el 1% se compone de artículos científicos y/o filosóficos (lo que no impide que algunos destaquen por su alta calidad). Una auténtica radiografía de la legión de usuarios/consumidores que la alimentan constantemente, y de por dónde van sus preferencias e intereses.

Como todo proyecto realizado por no especialistas, desde un principio se cuestionó la utilidad de parte de sus contenidos, argumentando que se trataba básicamente de una moda. Cuando se vio que aquello adquiría coherencia y se consolidaba la labor de mantenimiento, entonces dijeron que los artículos eran poco fiables o escritos por don nadies (la pataleta del experto se le llama a eso), y que incluía saberes demasiado populares, cuando no directamente estúpidos e inútiles. De nada sirvió: Wikipedia siguió aumentando de volumen y su uso se extendió por encima de criterios de verdad y legitimidad. Como todo nuevo credo de rápida difusión, experimentó cismas internos (en jerga wiki se denominan forks o bifurcaciones); así como proyectos paralelos, basados en la misma tecnología pero con un criterio más específico, por lo general geográfico: comarcas, pueblos, incluso barrios, abrieron sus propias enciclopedias para dejar constancia de todo aquello que tuviera que ver con su historia y su ámbito cultural. Animadas por este éxito, muchas tribus urbanas y no urbanas y toda clase de entidades hicieron lo mismo.

El éxito de Wikipedia se basa en dos premisas: facilidad de acceso y gratuidad (el santo y seña del usuario/consumidor de internet). Después de casi una década, tanta información disponible se ha convertido en una tentación para los creadores: Michel Houellebecq se ha visto envuelto en la enésima acusación de copia/pega de párrafos enteros de la Wikipedia en su nueva novela, La carte et le territoire (2010). Siendo como es Houellebecq, aparte de que el tema se la traerá floja, le encantará (y a sus editores también, por supuesto) que se monte una polémica así, puesto que ayuda a que el libro se promocione más, mejor y gratis. La novedad es la reacción de Wikipedia que ha dicho que, dado que los contenidos están bajo licencia de Creative Commons, que permite la copia bajo determinadas condiciones (las cuales, por cierto, se cumplen en este caso), pues que haga lo que quiera. Los escritores y expertos, mientras tanto, debaten por un quítame allá unas comillas. El tema no da para más, pero en los mentideros de la polémica purista a la antigua usanza no se dan por enterados. Quizá Houellebecq no sea tan escrupuloso como Fernández Mallo (que prefiere citar sus fuentes al final de sus obras, aunque tampoco se atreve a censurar al escritor francés), pero ya puestos a hilar fino, Wikipedia no produce los contenidos que publica, y las condiciones de aportación de contenidos dejan muy claro en qué términos se hace.

¿Qué pasaría si alguien publicara una selección de artículos de Wikipedia (o de cualquier fuente donde la copia estuviera permitida) con un criterio personal, no comercial y citando las fuentes, y cosechara un éxito que le permitiera luego enriquecerse vendiendo otras obras suyas? En este campo aún no hemos llegado al nivel de Linux, donde la libre distribución y la copia no son incompatibles con la explotación comercial que las empresas hacen de sus propias distros. Habrá que ir acostumbrándose a estas cosas y a no darles tanta importancia a medida que se repitan.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/09/las-lagrimas-de-diderot-y-dalembert.html

miércoles, 18 de agosto de 2010

Trenes perdidos y paisajes tras la batalla de la copia

Para empezar: Javier Candeira escribió un texto modélico, entre lúcido e indignado, que habla de opciones de negocio viables y reales en un mercado que asume la copia privada como parte de las reglas del juego. Vale la pena tomarse el tiempo de leerlo.

Cada vez más, los gurús tecnócratas se cortan menos: ya se atreven a poner en negro sobre blanco que es mejor la escucha mediante streaming, que el negocio de la venta de CD está acabado... Incluso algunos se preguntan por qué las discográficas permitieron que Apple se les llevara un buen pedazo de cuota con iTunes, el modelo hacia el que claramente --lo admiten ahora, después de toneladas de papel gastadas en demandas y en corporativistas y plañideros manifiestos-- deberían tender los gigantes de la distribución musical (parece ser que finalmente lo harán, aunque sea a regañadientes).



Se acabó el monopolio de los contratos blindados, las cláusulas abusivas, los márgenes de beneficio ultradescompensados, la promoción exclusivamente orientada a las ventas (casi nunca para apoyar a talentos emergentes), se acabaron los discos de oro y de platino, se acabó el paripé social de las entregas de premios y los conciertos benéficos, y sí --¡anatema sobre mí, que me atrevo a pronunciarlo!-- tendrán que bajar los precios. De ahora en adelante tendrán que abrir su tiendecita virtual, dejar de vender copias de CD y convertirse en asesores desinteresados de sus clientes.

Las discográficas pequeñas, los artistas anteriormente consagrados pero hoy venidos a menos, los talentos que empiezan... toda esta gente lo tiene de coña para reciclar su manera de estar en el mercado: las primeras convirtiéndose en abanderados jurídicos y mercantiles de una serie de cantantes y grupos, adaptando su tamaño y sus funciones hasta abarcar exactamente la discografía de quienes representan; los segundos --como Kiko Veneno, que se lo monta por libre-- se sacuden la tiranía de los contratos y contactan con sus fans a través de su web, incluso vende directamente sus canciones; y los terceros --como La Troba Kung Fú regalando su primer disco y, con el boca a oreja de los conciertos, lanzarse a vender el segundo gracias a la mínima masa crítica reunida. Conceptualmente, la música deja de ser un inmenso catálogo en el que destacan tales o cuales nombres y nosotros hacemos elecciones más o menos afortunadas, y se convierte en un servicio, algo así como un hilo musical a la carta, con tarifa plana (por lo general se incluye junto con un ADSL o un contrato de telefonía móvil) y listo para personalizar con nuestras listas de favoritos. «Enséñame tus favoritos», diremos ahora, en lugar de fisgar en las colecciones de CD de nuestros amigos...

Por su parte, el cine tenderá hacia el formato indie, adaptando sus presupuestos a una producción no industrial (la carrera comercial no dará para tanto), compatibilizando rodajes con otras actividades profesionales. Igual que la música, la distribución será inicialmente gratuita, luego los éxitos irán destacando nombres propios, facilitando el acceso a una auténtica difusión comercial (internet, canales de pago, estrenos en salas). El formato 3D --más minoritario en cuanto a títulos pero con una audiencia potencialmente más numerosa-- mantendrá sus elevados presupuestos, y su exhibición se hará como en los antiguos dioramas de finales del siglo XIX: palacios de la técnica cada vez más sofisticados llenos de familias y audiencias jóvenes, disfrutando de películas en las que la intensidad y la espectacularidad sustituyen a la narración. En unos años dejará de ser narrativo, transformándose en un cine de las sensaciones, en la línea de los experimentos audiovisuales de las vanguardias artísticas de los años 20 del siglo XX.

Todo indica que la creatividad volverá a ser algo básicamente amateur, una emanación personal, una contribución a cambio de nada. Sólo escaparán a este esquema unos pocos profesionales, artistas populares o espabilados negociantes, privilegiados que podrán vivir de su trabajo por obra y gracia de los contratos de mercadotecnia (las ventas de sus creaciones no será suficiente). Esta elite profesional soportará el doble de presión, porque si no vende regresará a la masa anónima de los que crean a cambio de nada.

Del lado del usuario/consumidor las cosas también andan revueltas: internet y la televisión están moldeando con fuerza nuevos y viejos formatos: para empezar, es posible un arte narrativo que mezcle lugares y tiempos, sin los problemas que experimentaron títulos como Intolerancia (1916) o Ulises (1922). Los argumentos abandonan la linealidad, la causalidad y la motivación, ofreciendo a cambio una serie de «estados del mundo», simultáneos o no. Se valorará a los narradores por méritos más propios de un DJ que de un creador: la selección, el orden y los cambios en las historias. No esperamos ni necesitamos un principio ni un desarrollo ni un final. Nos bastan unas pocas claves para montarnos nuestra significación. La tendencia a la brevedad y al salto que proponen los hiperenlaces y el zapeo (dos prácticas que acabarán siendo una) y el tono cada vez más biográfico de las ficciones están dando lugar a un nuevo formato menos dependiente del relato clásico.

--¿Señor editor? La doctora Internet le espera en su consulta. Ya puede pasar...

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/08/trenes-perdidos-y-paisajes-tras-la.html

viernes, 16 de julio de 2010

Interludio (Pausa por vacaciones)

Ya lo dijo Borges: el lenguaje es una cadena infinita de combinaciones de palabras. Pero mientras que las letras son finitas, no existe límite para la formación de palabras ni oraciones. De modo que es imposible concebir un número que describa las combinaciones posibles. En esa cadena infinita, extendida de forma secuencial, sólo una pequeña parte tiene sentido: las oraciones bien construidas y con significado completo. En el inabarcable dominio del lenguaje, lo racional ocupa una parte infinitesimal: axiomas, teoremas, reglas de inferencia, criterios de verificación.

En las fronteras de lo racional existe un territorio mucho mayor en el que habitan aquellas oraciones en las que no se da la completitud total que exigen la gramática y la semántica: no son formalmente correctas ni carecen por completo de sentido, porque su sentido suele ir más allá de lo racional. Son aquellas oraciones ambiguas que apelan a lo instintivo, lo paradójico, lo aparente; al humor, a lo imprevisto. En una palabra: intensidad. Es el dominio de la poesía, más vasto aún que lo racional: «El que lleva por máscara su rostro» (Octavio Paz).

Las cadenas restantes, formando un universo aún mayor que los otros dos juntos, está a merced del sinsentido, la reiteración y el absurdo. A la espera quizá de que una imprevista ampliación de lo racional las dote de significado --por medio de inefables recovecos de la mente humana-- se abre la inmensidad del surrealismo, donde la misma ley de la combinatoria es capaz de extraer (tras millones de quilómetros de secuencias imposibles y ridículas) un chispazo que se parece a la significación: De, de, de. Más, más, más. Ontario. Sagrado.

Ya están las secuencias extendidas hasta el infinito y en el mapa se aprecian las fronteras. ¿Qué queda por hacer? Saber si lo racional es la suma de la poesía más el surrealismo o si, una vez alcanzados los límites de lo racional, resulta que inventamos la poesía y reservamos el surrealismo (por obra y gracia de las leyes de la probabilidad) como posible yacimiento de intensidad. Es posible que la respuesta caiga en los tres dominios. O en ninguno.

Este verano tocará reflexionar sobre un clásico que revisé precisamente ahora hace un año: Sentido y sensibilidad (1995) de Ang Lee. He necesitado todo este tiempo para descubrir qué es lo que quiero escribir acerca de él. No me despido sin mi habitual píldora audiovisual. Este año le toca a Delafé y Las Flores Azules (antes conocidos como Facto Delafé y Las Flores Azules) y el vídeoclip de la canción Espíritu Santo: un perfecto ejemplo de buenrollismo naïf al estilo barcelonés con algunas caras de famosetes locales y una pizca de estilo Institut del Teatre, tan caro por estas tierras. Sin duda una de las canciones de mi verano 2010.



Y también este otro, formalmente impecable (todavía con Facto en el grupo), y que encaja perfectamente en el tono y en el estilo de la canción (El indio), subidón interior de adrenalina garantizado:



¡¡¡Nos leemos a la vuelta!!!

viernes, 25 de junio de 2010

¿Serán rentables el cine y la televisión en internet?

Tras ajustar cuentas con la cultura basada en la copia, hoy le toca al cine y las repercusiones en el sector a la digitalización de soportes de distribución. En primer lugar, señalar que los estrenos cinematográficos siguen siendo una actividad rentable, por lo menos para un determinado tipo de películas. Se estrenan en multitud de salas y países, alcanzando recaudaciones que cubren ampliamente los costes de producción (cada vez más altos). En la era analógica, la explotación posterior al estreno en salas consistía en el lanzamiento en vídeo, entre seis meses y un año, y la emisión en televisión (a veces hasta dos años después). La digitalización ha reducido increíblemente estos plazos, básicamente por temor a las copias de las redes de intercambio. A pesar de que los ingresos anuales van ligeramente a la baja, tanto en asistencia a salas como en venta de copias (ahora en DVD/Blu-Ray), las distribuidoras mantienen ambos hitos en la carrera comercial de una película en el mercado (salvo Corea del Sur, donde las majors no distribuyen DVD por los altos índices de piratería dicen ellos).

En España hemos asistido al estreno televisivo de la última temporada de Lost apenas unas horas después de ser emitida en EEUU, obligando a un doblaje contrarreloj y a unas estrictas medidas de seguridad que impidieran la filtración de detalles sobre el argumento o la proliferación de copias en las redes de intercambio. Muy probablemente la serie completa será distribuida en estuches «de coleccionista» que tendrán buena acogida entre los fans; otros, en cambio, hartos de la fragmentación publicitaria, los cambios de horarios y otras estrategias diversas, optan por descargarla de las redes de intercambio. A pesar de que los departamentos de mercadotecnia tienen más que identificados y segmentados estos comportamientos, nada indica que se planteen modificar los patrones actuales de la televisión comercial más convencional, y cuya consecuencia principal es que expulsa a los nativos digitales de la pequeña pantalla. Visto así, la televisión se extinguirá con la última generación del baby boom (o quizá antes).



Bastan estos dos apuntes para darse cuenta de la primera distorsión que introduce en el mercado el nuevo canal de internet: la atomización del plazo de comercialización. Un producto es apenas rentable más allá del impacto provocado por la novedad o el aura que se haya conseguido generar a su alrededor (polémicas, escándalos, filtraciones ciertas o interesadas...). Las películas se suceden en la cartelera a un ritmo imposible, componiendo un mosaico de innumerables opciones que estresa al usuario/consumidor; y lo mismo sudece con los lanzamientos en DVD/Blu-Ray: se acumulan cada semana, obligando casi a enlazarlos con el estreno, antes de que se desvanezca su repercusión o el público deje de mencionarlos en sus conversaciones.

Como usuarios/consumidores, nos resulta difícil seguir el ritmo de estrenos y de lanzamientos: la asistencia al cine compite con otras muchas opciones de ocio, y es habitual que retiren el filme escogido antes de que poder verlo (con la notable excepción de los estrenos infantiles). Por su parte, el aluvión de novedades editadas excede nuestra capacidad, no ya de compra, sino de consumo individual. En un mundo de ocio que tiende al infinito el verdadero problema no es la disponibilidad de tiempo (escaso desde la Revolución Industrial), ni la atención (limitada por pautas y costumbres extrapoladas desde el mundo laboral), sino la elección.

Estrenar películas y series en internet posee las mismas ventajas e inconvenientes que hacerlo en el cine y la televisión convencionales: hay que programarse para estar ante la pantalla el día y la hora indicadas; aunque ya no estamos por esa labor (salvo en acontecimientos planetarios en riguroso directo como Olimpíadas, Mundiales, Oscars...) y preferimos tirar de sistemas de copia privada de diponibilidad permanente. Aun así, con todos sus inconvenientes, son una opción tecnológicamente posible que podría ser rentable en términos de la teoría de la larga cola. De triunfar este nuevo canal se dispararía de nuevo el uso de copias privadas a partir de difusiones (no públicas sino individualmente agregadas) en streaming. Surgirían numerosas soluciones freeware para hacerlo posible, y además la legislación deberá contemplar esta modalidad, como en los tiempos del VHS, para hacer viable una práctica que es casi imposible controlar. Exactamente igual que las redes de intercambio desde hace años, a pesar de lo cual los distribuidores no han modificado en exceso sus estrategias comerciales.

Si pudiéramos contratar una película --de riguroso estreno-- para verla por internet lo primero que exigiríamos serían opciones, de acuerdo con la pauta a la que nos tiene acostumbrados internet: fecha, idioma, subtitulado, horario, formato, garantías de modificación de condiciones, capacidad para detener el visionado y flexibilidad para terminarla. Poco a poco van naciendo salas cinematográficas en internet (como Filmin) pero la oferta de títulos es limitadísima. Las posibilidades que se abren para cinematografías, creadores y títulos minoritarios son inmensas, incluso el cortometraje puede experimentar una nueva edad de plata. Pero como no hay perspectivas de enoooormes beneficios, nada de nada.

Si de momento --hoy por hoy-- no se contempla esta opción --tecnológicamente factible, no mediante software pionero, sino maduro y con plenas garantías-- es porque eso desplazaría el poder al usuario/consumidor. Probablemente las soluciones que se impongan en el mercado sean tecnologías esclavas, vinculadas unilateralmente a estándares propietarios, pero creo que el usuario/consumidor podría dejar ese factor de lado si le permiten ver el cine que quiere cómo, cuándo y dónde quiere.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/06/seran-rentables-el-cine-y-la-television.html

lunes, 10 de mayo de 2010

¿Mercado informatizado o controlado por personas tanto o más irracionales?

Lo sucedido en las Bolsas estadounidenses se parece a uno de esos sucesos cargados de significado que precedían la toma del poder por la máquinas en las sagas Terminator o Matrix. En ambas, la adquisición de autoconciencia por parte de potentísimos cerebros cibernéticos era el momento clave que desencadenaba el proceso imparable de sometimiento de los humanos a los dictados de los ordenadores. Suena exagerado, pero lo sucedido el 6 de mayo de 2010 será material para algún sesudo ensayo y más de una novela de política-ficción.

Es habitual pensar que inversores, asesores, comentaristas especializados, analistas y demás habitantes del parqué bursátil es gente ultrapreparada para ejercer su trabajo: visten trajes caros, viven en lujosos adosados, hacen viajes interoceánicos por ocio y negocio y, por si no fuera suficiente para obtener nuestro respeto y admiración, dicen conocer muy bien aquello en lo que se consideran expertos. Luego resulta que toda esa sabiduría -- al parecer adquirida en elitistas MBA y tras años de experiencia en la administración de empresas-- puede sintetizarse en una serie de parámetros informáticos, que son los que disparan las órdenes de compra automática cuando el valor de las acciones supera un cierto umbral de caída o de cotización. Algo así como una agenda electrónica, pero en lugar de recordarte que tienes que llevar a tu hijo al dentista, evita que pierdas unos cuantos miles de dólares. Esas máquinas, dotadas de complejos algoritmos, entre las 14:40 y las 14:46, desencadenaron la segunda mayor caída bursátil desde el fatídico lunes negro de 1987. Seis minutos durante los que se produjo una especie de síndrome de China bursátil: una imparable (y, aparentemente, imprevisible) sucesión de órdenes de venta, que provocó el pánico entre las mismas personas que en su día establecieron que las órdenes de compra fueran automáticas en determinadas condiciones.

Este desplome, junto con las imágenes de la televisión mostrando los disturbios en Grecia, acabó de acojonar a los que esa mañana circulaban por el parqué. El problema es que esta gente olvida que la suma de los pánicos y los egoísmos individuales no se puede traducir a instrucciones de software. Estamos hablando de situaciones que superan de largo todos los escenarios contemplados durante el diseño y las simulaciones previas. La cosa es que todos temieron lo peor y reaccionaron como lo haría cualquier hijo de vecino: poniendo lo propio a salvo y el que venga detrás que arree. Estos gurús con estudios superiores no emplean una lógica de la gestión muy alejada de la de los mileuristas para llegar a final de mes; la única diferencia es que éstos últimos aciertan y yerran con su dinero. En economía, la suma de los intereses individuales es beneficiosa en un contexto muy específico de ganancias y coyuntura favorable; para todo lo demás resulta letal y devastadora.

Las reacciones y las explicaciones a toro pasado revelan lo despistados que están los expertos: todo quedará convertido por arte de magia en una comisión de investigación --integrada por políticos-- que se encargará de removerlo todo, hacer declaraciones en los medios y dejarlo como está un par de meses después. Las primeras declaraciones a pie de pista son un adelanto de las conclusiones y recomendaciones finales: que es necesario poner límites al poder de los ordenadores y dejar ciertas decisiones sólo a criterio de las personas y bla, bla, bla... Pero no se tocará ni media coma de la legislación vigente.

No pienso escandalizarme porque el mercado de valores esté en manos de ordenadores, sino porque quienes se sientan al teclado son unos irresponsables que se niegan a admitir que sus diagnósticos, sus herramientas y sus conocimientos teóricos no sirven para todo aquello que no sea crecimiento económico. No creo que las personas lo hagan mejor que las máquinas, básicamente porque emplean la lógica irracional del mercado bursátil.

Es curioso, las subidas espectaculares nunca alarman a los expertos: por todas partes surgen voces autorizadas dispuestas a desprestigiar a quienes advierten síntomas de burbujeo especulador. En cambio, las bajadas súbitas siempre resultan imprevisibles e inexplicables: o son el fruto de una singularidad o existe tal acumulación de factores que es imposible realizar un análisis de responsabilidades. En la práctica, los gurús bursátiles sólo admiten una única realidad hecha de ligerísimas fluctuaciones: lo suficientemente importantes como para que sean susceptibles de ser diagnosticadas con grandilocuencia, pero no demasiado, no sea que parezca que algo cambia y a los clientes les entre la flojera. El día a día en la bolsa se diluye con tales cantidades de sobreanálisis y de jerga para iniciados que, vista desde fuera, su realidad acaba pareciéndose a un yogur desnatado.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/05/mercado-informatizado-o-controlado-por.html

jueves, 22 de abril de 2010

La miseria de la tecnocracia: 4. La piel de la cultura

1. Los Señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno
2. La Galaxia Internet
3. La cultura humana

«Somos los habitantes primitivos de una nueva cultura global» (Derrick de Kerckhove, 1995:104)

Derrick de Kerckhove es un semiólogo, y eso significa que en sus textos caben todo tipo de teorizaciones, explicaciones y argumentaciones. Todo, absolutamente todo. Además, como buen científico social, en su tono y en su estilo abundan de forma preocupante las advertencias (sospechosamente basadas en la psicología) ante posibles riesgos morales, perversiones, malos usos, errores y otros abismos a los que nos exponemos debido a nuestra irresponsabilidad colectiva en materia tecnológica. De Kerckhove, de paso, airea en cuanto puede su condición de heredero intelectual de Marshall McLuhan, con el que trabajó durante años, como si eso supusiera una importante contribución a la veracidad de sus propias conclusiones. Para contrarrestar tantos prejuicios mencionaré en su defensa que La piel de la cultura fue escrito en 1995 (el año de la eclosión social de internet y en pleno apogeo de las redes informáticas); así que, mientras leemos, podemos contrastar sus predicciones y profecías con la contundencia de los quince años transcurridos desde entonces.

La piel de la cultura es un cuaderno de notas antes que un libro: está compuesto por pequeñas píldoras de pensamiento, apuntes, ideas, hipótesis, predicciones... que carecen de hilo conductor, de una teoría coherente y visible que dé sentido a la distribución de los contenidos. Se nota que los diversos capítulos corresponden a escritos de diferentes épocas y orígenes, reiterativos a veces, sin un trabajo previo de homogeneización y estructuración. De Kerckhove --igual que su admirado mentor-- se conforma con un suave análisis semiótico-psicológico para dar por buenas y validadas sus explicaciones. En conjunto, es un libro que carece de profundidad y rigurosidad, algo que sin duda prejudica a su credibilidad y hace que envejezca mucho más rápido que otros.

La metáfora básica que sostiene todas las argumentaciones y propuestas del libro es que toda novedad tecnológica se convierte en una extensión sensorial de nuestra mente, por lo que es inevitable que nuestra psicología se vea afectada. La televisión, por ejemplo, es una prolongación de nuestra vista y oído, permitiéndonos llegar más allá de nuestra capacidad de desplazamiento natural. Es un planteamiento tan original como poco útil; pero permite ejecutar sin problemas la maniobra del humanista (De Kerckhove es filólogo y sociólogo del arte): trasladar todo el debate al terreno de la elucubración psicológico-simbólica, desplazando el análisis hacia áreas del conocimiento donde la jerarquización y la significación se basan en la interpretación del autor, extraídas básicamente de sus propias reflexiones. Como antiguo estudiante de ciencia social sé de lo que hablo.



Para empezar, sus ideas sobre la televisión (capítulo 2): siempre he considerado su apotegma «la televisión le habla al cuerpo, no a la mente» como una gran verdad, pensando que se refería a que la pequeña pantalla despierta y/o activa nuestras respuestas más instintivas (sexo, violencia, territorialidad, gregarismo...). El diagnóstico no puede ser más certero a la vista de la evolución de la televisión en la última década. Pero resulta que no, De Kerckhove era mucho más literal en su afirmación: al parecer, ciertos experimentos psicológicos demuestran que el movimiento constante de la imagen en la pantalla no sólo atrae nuestra mirada, sino que provoca miles de respuestas somáticas, insconscientes e involuntarias. Su conclusión es clara: a pesar de que las evidencias que avalan el potencial poder devastador del medio, las cadenas de televisión no lo han sabido aprovechar, puesto que se limitan a colarnos sus mensajes subliminal-publicitarios a base de imágenes más o menos obvias; sin rastro de utilización de sutiles mecanismos de manipulación (otra de las palabras que les encanta agitar a los humanistas). Y para redondear el apocalipsis, un montón más de advertencias sobre la imposibilidad de fijar una respuesta a los estímulos de la imagen televisiva, cambios de plano que impiden saber en qué punto del discurso nos encontramos y bla, bla, bla...

No se vayan todavía, que aún hay más: la televisión comenzó siguiendo los pasos del cinematógrafo, pero --señala el autor-- el mero hecho de ser un dispositivo electromagnético trastocó su naturaleza y su función (p. 44). Y se queda tan ancho, como si un cambio así fuera capaz de modificar la significación de los recursos narrativos que emplea. Y no sólo eso: esa mutación por lo visto estableció una diferencia crucial entre el discurso narrativo cinematográfico (natural por definición) y la televisión (manipulador debido a su origen electromagnético). Como si el cine hubiera conseguido estructurar su narración en una serie codificada de recursos --reconocida y aceptada por el usuario/consumidor-- y cinco décadas de televisión no fueran suficientes para hacer lo mismo. De ser cierto esto, hoy día seríamos incapaces de comprender los informativos, cuando en realidad están todos fabricados con una rígida estructura que ha variado muy poco en el tiempo: se distribuyen en secciones (como los diarios), el presentador introduce cada noticia con un encabezado redactado por él mismo y luego entra el reportaje. ¿Acaso somos incapaces de comprender esto? ¿Y los debates? ¿Y las series? ¿Y las retransmisiones en directo? El hecho de que exista un uso que coincida con lo descrito por los experimentos de los psicólogos no quiere decir que todo el medio funcione según esos criterios. En el libro, todo lo relativo a la televisión, está modelado por la amenaza de un complot cuyo objetivo es colarnos información no deseada, en un tono orwelliano de escasísima base real. Me quedo con mi propia interpretación del eslógan del autor, que me parece mucho más verosímil. En general, la parte en la que se ocupa de la televisión no es sólo que esté desactualizada, sino que es completamente absurda: basta echar una mirada a la evolución del medio en la última década --su fortaleza, las mutaciones que ha experimentado, y que De Kerckhove ni siquiera alcanza a intuir-- para darse cuenta de que sus afirmaciones permanecen todavía en la fase conspirativa de los científicos sociales cuya formación transcurrió en la era analógica. Términos como control, manipulación, subliminal, amenaza, puntúan constantemente sus textos y, superando la miopía de McLuhan respecto al medio televisivo, logra culminar una de las cumbres más altas de la argumentación ridícula y risible.

El capítulo 5, en cambio, es una buena síntesis de los cambios que la tecnología de redes permitía vislumbrar en aquellos años, tanto en el mercado como en las costumbres del usuario/consumidor. Sin salirse de un guión básico acierta en un gran número de aspectos: la aparición de una blogosfera marcada por aportaciones de individuos anónimos, el aumento del ancho de banda, la problemática que supondrán los derechos de autor, el salto de una internet textual y estática a otra multimedia y dinámica... Con la ventaja que da tener el tiempo de mi lado, puedo decir que hay dos cosas que nadie supo incluir en el lote de las profecías: el fracaso del pago por uso y el triunfo de las tarifas planas, y que --en toda esta evolución tecnológica-- ni inversores, ni empresas, ni legisladores, ni expertos, vieron venir el golpe de estado que supuso la aparición del P2P, la auténtica toma del poder por parte del usuario/consumidor, una atalaya de la cual no va a ser fácil desalojarle.

El capítulo 6, dedicado a cuestiones geopolíticas y económicas, es un ejemplo perfecto de cómo gente que no tiene ni idea de ambas cosas suple sus carencias reinterpretando simbólicamente determinados hechos y conceptos, sugiriendo de paso que los demás que se han ocupado del tema no saben de lo que hablan. A eso se le llama ir de sobrado. De Kerckhove divaga sobre el lunes negro de 1987, la inflación y cuatro tópicos sobre los mercados sometidos a la tecnología informática. Ni entonces ni ahora este capítulo tiene mucha utilidad. En el 12 vuelve a la carga, haciendo un repaso de tendencias dominantes a nivel económico, social y psicológico, oponiendo los paradigmas que representan la década de los setenta y los ochenta. Unos paradigmas que en el prólogo admite que requieren una revisión a fondo, dada la evolución de la tecnología y la sociedad. Se puede estar de acuerdo o no con sus conclusiones, pero el título del parágrafo final (p. 167) y la frase que cierra el capítulo (p. 168) revelan la profundísima ceguera del autor sobre las transformaciones económicas que provoca la tecnología. Esta vez su lenguaje hegeliano-freudiano llega a sugerir instituciones que encarnan el Espíritu Absoluto que adquieren autoconsciencia. Triste, triste, triste...

Su teoría sobre los alfabetos como sistemas operativos, en cambio, me merece todos los respetos, aunque sea necesario extraerla trabajosamente a lo largo del libro, porque De Kerckhove no se molesta en sintetizarla de forma explícita. Los capítulos 3, 7 y 18 se ocupan del primer sistema operativo (De Kerckhove los llama lenguajes de programación) de la historia de la humanidad: el lenguaje natural. 5.000 años después se liberó la tercera versión: el alfabeto fonético (la segunda fueron los ideográficos). Los efectos de este proceso sobre el funcionamiento del cerebro han sido determinantes en nuestra forma de entender e interpretar el mundo: el más importante acelerar la evolución de la cultura, gracias a la posibilidad de legar lo que se aprende y no es posible incorporar al código genético; en segundo lugar, la secuenciación del pensamiento y la argumentación lógica (lo demuestra la forma en que escribimos y leemos); y el tercero la narración. Ya en el siglo XIX se alcanzó una mutación crucial del alfabeto fonético: su implementación sobre impulsos eléctricos. El código morse fue el primer embrión de un protocolo de transporte a través de redes, una primitiva versión del TCP/IP. Nuestras mentes llevan siglos ancladas en la linealidad del alfabeto (la enseñanza obligatoria sigue basada en ella), pero desde hace algo más de una década la realidad tecnológica nos cortocircuita con unos medios de conocimiento y canales no lineales. Estamos todavía en pleno debate sobre lo que conviene hacer: lanzarnos de cabeza a una nueva realidad o mantener contra todo pronóstico el modelo lineal. Yo me quedo sin dudar con el segundo, puesto que el modelo no lineal no garantiza un pensamiento lo suficientemente abstracto, que es el que necesita la ciencia para existir y progresar. Mientras los modelos audiovisual e hipertextual no alcancen ese grado de sofisticación (y es dudoso que lo consigan) tendremos que seguir con una enseñanza basada en el alfabetismo, la literalidad y el costoso conocimiento abstracto que proporciona el lenguaje natural.

El capítulo 13 se recrea en las inmensas posibilidades de la realidad virtual y las redes neuronales, con un estilo lleno de optimismo contagiado por los enormes beneficios que intuyen empresas, escuelas, instituciones y áreas de conocimiento. Quince años después nada de todo esto se ha visto confirmado, no existen siquiera campos en los que se constaten avances significativos. Eso sí, hemos asistido al fiasco de Second Life, la comunidad virtual que ha demostrado los previsibles usos que hará el usuario/consumidor de esta tecnología: lucro personal y sexo. La realidad virtual sigue haciendo honor a su nombre. Lo mismo cabe decir del capítulo 14 (una reinterpretación psicosemiológica del diseño), del 17 (la globalización) y del 15 (el arte). Todo para acabar concluyendo que Internet es una «inteligencia colectiva», sin concretar nada más, y lamentar que la juventud se pase las horas enganchada a las videoconsolas (p. 201). Tanta erudición para terminar igual que un padre expresa sus preocupaciones en una reunión del APA.

La piel de la cultura promete un análisis del futuro digital, pero en la práctica la reflexión se centra en las consecuencias y modificaciones que se operarán en el medio televisivo a raíz de la irrupción de los ordenadores y las redes. Se nota que en el Programa de Cultura y Tecnología de la Universidad de Toronto apostaron fuerte por la televisión y les cuesta cambiar el paso.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/04/la-miseria-de-la-tecnocracia-4-la-piel.html

jueves, 8 de abril de 2010

Facebook organiza visitas guiadas a nuestros correos

El otro día, mi tía --83 años cumplidos y una capacidad envidiable para el aprendizaje de las nuevas tecnologías-- me contaba que había recibido en su correo una invitación para unirse al «Ferbú» (más conocido como Facebook), porque --le aseguraban-- en ella encontraría gente conocida, más concretamente un servidor, y que no perdiera el tiempo en apuntarse porque se lo pasaría de lo mejorcito. Ella, por descontado, lo borró enseguida porque no quería saber nada de esas cosas tan raras.

No le di demasiada importancia, pero luego me puse a pensar cómo era posible que hubieran obtenido el correo electrónico de mi tía, que es prácticamente su única relación con Internet, y la explicación es bien sencilla: al poco de registrarme en Facebook utilicé una función mediante la cual, tecleando la clave de acceso a tu correo personal, das permiso a sus aplicaciones para que revisen tu libreta de direcciones y averigüen quienes de tus contactos están ya en la red social y poder ser «amigos». Ellos juran por la última novedad tecnológica que no guardarán información alguna de lo que encuentren, que todo se limitará a un recorrido de cortesía por tu buzón, dejándolo todo como estaba. La experiencia fue bien, encontró unos cuantos contactos, incluido el de una chica de una empresa de seguridad informática que me había enviado un correo informándome de las condiciones de mi suscripción (siempre he pensado que esos nombre eran ficticios, pero resulta que no, que la chica era de Pamplona, como la empresa). También rondaba por ahí la dirección de correo de mi tía, con la que suelo intercambiar mensajes, por lo que --según los términos de mi autorización puntual-- deberían haberla dejado como está. Aunque luego debieron pensar que si copiaban todas las direcciones de mi libreta tampoco iba a pasar nada; total, yo no me iba a enterar...

Una única vez lo hice porque no me hacía ninguna gracia teclear mi clave de acceso al correo en otra web que no es la de mi proveedor del servicio, pero pudo más el deseo de encontrar caras conocidas. Está claro que de aquella única visita Facebook tomó buena nota, porque un año después de aquella visita sigue guardando las direcciones que encontró para hacer proselitismo, enviando mensajes cuando le viene en gana y todo porque UNA VEZ consentí en que hicieran un chequeo a mi libreta de direcciones.

Si copiaron todos los contactos y no los han borrado, ¿por qué no iban a hacer lo mismo con la clave? Por si acaso ya he cambiado mi clave de acceso al correo, no sea que un día les dé por regresar a por más información..

Y si lo hace Facebook, ¿por qué no lo habría de hacer Microsoft cada vez que revisa a fondo nuestro equipo para saber qué actualizaciones de productos podemos descargar desde Microsoft Update?. O Google, con el agravante de que somos nosotros quienes depositamos voluntariamente nuestra información (y nuestras facturas, y confidencias) en sus servidores.

No estoy advirtiendo ante una seria amenaza a la seguridad porque estoy en contra de semejante actitud alarmista y desproporcionada. Este texto es fruto de la perplejidad que sucede a mi ingenuidad al pensar que si les debaja entrar al correo se limitarían a hacer lo que decían que harían. No voy a hacer el numerito de la virgen ultrajada con esto de la privacidad y el tráfico de datos personales porque en un mundo amerado de información banal (como la que yo genero) el único e ínfimo valor de mi buzón de correo es su mera existencia, y su capacidad de recibir publicidad, claro. ¿Qué más da si Facebook lo hace en una red atestada de correo no deseado? Lo marcas como spam y tan ricamente.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/04/facebook-organiza-visitas-guiada.html

lunes, 29 de marzo de 2010

¿Necesitamos otra lógica? (3)

Versiones anteriores:
29/08/2007
04/05/2009

Los ingenuos, los humanistas, los utópicos, los ecologistas, los agentes de la economía social, los foros altermundistas, todos estos colectivos lo vienen anunciando hace décadas con mayor o mejor fortuna, con mejores o peores argumentos: el crecimiento --una de las variables sacrosantas de la teoría económica clásica-- tiene límites, igual que la capacidad del planeta para soportar la depredación que ejercemos los humanos sobre él. El problema es que --hasta ahora-- estas verdades de perogrullo las exponían gentes sin prestigio académico, político y/o económico, por lo que sus declaraciones eran sistemáticamente escuchadas como parte del juego en el debate político, pero ignoradas a la hora de tomar decisiones legislativas. El decrecimiento se ignora como pensamiento y como praxis desde, al menos, 1971.

En los últimos años ha cobrado auge --que no prestigio-- el movimiento por el decrecimiento, que sostiene machaconamente algo que mediante cualquier lógica objetiva se podría demostrar en menos de dos folios: que los pilares de la teoría económica no están basados en evidencias empíricas, ni siquiera en determinados principios de utilidad social, sino en premisas cuya verdad sólo alcanzan para la formulación de casos individuales, incluso para la suma de un número limitado de casos individuales, pero no para un número ilimitado de elementos. Los economistas han pontificado durante siglos sabiéndolo, pero han preferido pasar de puntillas ante estas incómodas certezas para garantizar su supervivencia como gremio. Sin embargo, los nuevos teóricos del decrecimiento (un palabra que a los ortodoxos les sonará a herejía) plantean sus subversivas ideas como un supuesto y audaz desarrollo de la teoría económica, conclusiones inéditas a las que han llegado gracias a sus preclaros pensamientos.



Sesudos expertos como Mauro Bonaiuti, François Schneider, Giorgos Kallis y Federico Demaria parecen haber despertado de un letargo que parecía eterno y dedican grandes esfuerzos a difundir el nuevo paradigma: el crecimiento económico tiene límites. Y no sólo el crecimiento, también la capacidad de aguante de la naturaleza, y la de consumo. ¿Y cómo se han dado cuenta? Pues porque en los países con salarios medios más elevados los índices de felicidad declarada por el usuario/consumidor no han aumentado desde 1970, al contrario, descienden sin parar desde 1990. Creo recordar un antiguo refrán que mencionaba algo sobre dinero y felicidad; menos mal que los gurús nos han iluminado con este cruce de datos tan audaz.

Hubo un tiempo en que el átomo se consideraba la partícula fundamental del universo, pero al final lo abrieron y sacaron un montón de mierda de su interior (Phoebe Buffay dixit). Con el crecimiento económico ha sucedido algo parecido: después de jurar por lo más sagrado que era infinito, inamovible e indivisible, se lo miran un poco más de cerca y resulta que tiene límites. A continuación cabría preguntarse «¿cómo debemos actuar ante esta nueva evidencia?», aunque los expertos prefieren plantearse una versión ligeramente modificada: «¿cuántos foros, congresos, libros, seminarios y posgrados debemos organizar alrededor de esta nueva evidencia?».

¿Será capaz la economía clásica de trabajar con unos límites que escapan a su control? ¿Los agentes del lado de la oferta aceptarán semejante cambio de reglas de juego en pleno partido? ¿Lo aceptará el usuario/consumidor, atrapado desde hace más de un siglo en la bruma del precio? No estamos hablando de desarrollo sostenible, un concepto que llena la boca de políticos y corporaciones hace tiempo, sino de a) poner freno a, o b) cambiar completamente la forma de administrar el mercado. Y no sólo eso, sino de asumir que las nuevas barreras infranqueables las establecerán disciplinas como la biología, la ecología, la demografía... «Que todo el mundo quiera consumir el mismo nivel de recursos que el mundo rico no es sostenible», dice el converso François Schneider. ¿Se lo explicará él a los países pobres? ¿Cómo argumentará ante los ricos la necesidad de rebajar su nivel de vida?

No nos engañemos: es imposible encajar una idea así en una lógica dominada por teorías y actitudes tan arraigadas y tan radicalmente opuestas como las vigentes. Es necesario un colapso, un desastre, una hecatombe, para que pueda calar en la clase política. El cerebro humano, por desgracia, funciona así. Sigamos esperando...

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/03/necesitamos-otra-logica-3.html

Quizás también te interese:

Plugin para WordPress, Blogger...

PrintPDF