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martes, 20 de diciembre de 2011

Patologías conceptuales de la Generación X

La Generación X es una denominación sociológica que agrupa --año arriba, año abajo-- a los nacidos entre 1964 y 1980, más conocidos en los libros de texto como los baby boomers, cuyo crecimiento vegetativo está modificando la composición de la pirámide de edades de la sociedad occidental, amenazando con convertirla en un trapecio invertido. El escritor Douglas Coupland publicó en 1991 una novela titulada precisamente Generación X, que popularizó el término y puso el foco en una generación que presumía de haber roto barreras y clichés sin necesidad de dinamitar --por primera vez en la historia-- todos los puentes con la de sus padres. Cuatro años más tarde, Coupland remachó el clavo con el retrato de los últimos baby boomers en Microsiervos (1995): veinteañeros recién salidos de la adolescencia que se autoconvencieron de que la tecnología que estaba a punto de dar lugar a Internet prolongaría el parque temático que había sido su infancia hasta bien entrada la madurez. El asamblearismo de los incipientes foros digitales contribuyó poderosamente a consolidar ese espejismo infantilizador: creyeron que la diversión en el trabajo no estaba reñida con una alta probabilidad de hacerse millonario cabalgando sobre una ola de tecnología inédita que les llevaría a un lugar donde no habría sitio para la desigualdad, el sufrimiento o la decepción. Y así fue, pero resultó que aquel lugar no era Jauja, sino el consumismo, el convencionalismo y otros ismos menos benévolos.



El paso de los años ha puesto en su sitio el escaso alcance de las reformas y revoluciones de la Generación X, desmentido su aparente neutralidad respecto al pasado y a su descendencia y evidenciado su preocupante tendencia al conformismo y al conservadurismo, acorde con el incremento de la estabilidad laboral y sentimental. En mi opinión, lo que verdaderamente marcó la juventud de la Generación X fue el miedo al paro, el temor a no ser consumidores de pleno de derecho, como lo fueron sus padres. Todo lo demás era accesorio. Sus hijos, en cambio, crecen sabiendo que el trabajo estable al que finalmente accedieron sus padres ya no será posible; ellos tendrán que conformarse con una vida laboral discontinua y precaria, y sobre esa evidencia construyen su ética, su ocio y sus estructuras sentimentales y familiares. Serán otros quienes cuenten cómo acaba esa historia. De momento, y sólo para entretenernos, profundicemos en algunas de las filias y fobias de la Generación X, ingeniosamente descritas por Coupland en Microsiervos. Quién sabe si saldremos mejorados de la lectura:

Géiser de ketchup emotivo: reprimir las emociones y opiniones dentro de uno de modo que broten violentamente todas a la vez, sorprendiendo y confundiendo a los jefes y los compañeros de trabajo, la mayoría de los cuales creían que las cosas iban bien. Un clásico de todos los tiempos tan consolidado que ha acabado convirtiéndose en un tópico de telefilme.

Envidia demográfica: envidia de la riqueza y el bienestar material de los miembros de la generación de los años cuarenta en virtud de su afortunado nacimiento. Ese sentimiento se ha trasvasado, mediante complejos y oscuros malabarismos sociopolíticos, a los hijos de la Generación X.

Solidaridad generacional: necesidad que tiene una generación de detectar defectos en la siguiente con objeto de reforzar el propio ego colectivo: «los chicos de hoy no hacen nada. Son unos apáticos. Nosotros salíamos a protestar. Lo único que hacen es comprar y quejarse». Coupland sintetiza, quizá sin saberlo, uno de los inconscientes universales de toda generación con descendencia o sucesión. En todo caso, las frases que pone de ejemplo son la prueba de que la Generación X también la experimenta.

Exitofobia: miedo a que si se tiene éxito se olvidarán las necesidades personales y nunca se satisfarán las necesidades infantiles. Uno de los perversos efectos colaterales de la nostalgia mal digerida del núcleo familiar de la infancia.

Bambificación: transformación mental de las criaturas de carne y hueso en personajes de los dibujos animados que poseen las actitudes y la moral burguesa judeo-cristiana. Variante del Síndrome del visitante de Tierra Santa en versión Generación X: suele aparecer tras la primera visita a un parque Disney en compañía de niños pequeños.

Menosismo: filosofía según la cual uno se reconcilia consigo mismo disminuyendo las expectativas de riqueza material. Último puente moral que se reserva la Generación X para autoconvencerse de que su completa rendición ante el consumismo sin asomo de mala conciencia es meramente pasajero.

Culto de la soledad: necesidad de autonomía a toda costa, por lo general a expensas de las relaciones duraderas. Con frecuencia surge porque se espera mucho de los demás. Muy propio de los que acaban de salir de una ruptura traumática. Es un propósito que no se suele alargar más allá de la primera relación sexual de la nueva fase.

Pan y circuitos: tendencia de la era electrónica a considerar los partidos políticos superados, por no ser relevantes, significativos ni útiles para las exigencias de las sociedades modernas, y resultar peligrosos en muchos casos. En la práctica, se consideran superados por innecesarios (el mundo funciona por inercia según la Generación X), no porque la era electrónica los haya hecho prescindibles. El compromiso político, en general, disminuye a medida que aumenta el deseo de comodidad y el absurdo empeño por comprender un mundo crecientemente complejo a base de argumentarios que duren lo mismo que un spot publicitario.

Boicot del votante: intento, inútil por otra parte, de expresar el desacuerdo con respecto al actual sistema político no votando. Es el correlato práctico del punto anterior.

Rebelión pospuesta: tendencia juvenil a evitar las actividades y experiencias artísticas típicas de la juventud para concentrarse en una perspectiva laboral seria. A veces, hacia los treinta años, la tristeza por haber desperdiciado la juventud va acompañada de cortes de pelo absurdos y ropa cara pero ridícula. Sin duda, la mejor definición del ochentero que se ha dado hasta ahora.

Minimalismo ostentoso: estrategia vital semejante a la sustitución de status. Rechazo de bienes materiales exhibido como índice de superioridad moral e intelectual. Es la versión profesional del menosismo: consiste en la adopción en una ética elitista que anuncia la consagración social de los bobos.

Teleparábolas: enseñanzas morales utilizadas en la vida cotidiana que se derivan de series televisivas. Extraña aspiración/fijación de los padres de la Generación X, que anhelan ofrecer una pedagogía estúpidamente adaptada a los tiempos y formas de la narración audiovisual adolescente.

Conejismo: hipersensibilidad a los grupos, típica de quienes se han criado en una familia numerosa. (Constituyen una rareza en los nacidos después de 1965). Los síntomas de conejismo incluyen facilidad para los juegos mentales, tendencia a la introversión en situaciones de superpoblación, y una profunda necesidad de espacio personal muy bien definido. Creo que yo lo padezco.

Propietarios: el subgrupo más frecuente de la Generación X, y el único subgrupo dado a reproducirse. Los «propietarios» existen casi exclusivamente por parejas y son reconocibles por sus intentos frenéticos por recrear algo parecido a la abundancia de la época Eisenhower en su vida diaria, a pesar de los precios exorbitantes de las casas y la necesidad de tener dos sueldos. Los «propietarios» tienden a estar a menudo exhaustos debido a su voracidad adquisitiva de muebles y chucherías. La sobreabundancia de «propietarios» hace que, en ocasiones, se les considere la única y principal seña de identidad de la Generación X.

Personalidad diezmada: precio que se paga por convertirse en pareja; los seres humanos, anteriormente divertidos, se convierten en aburridos. Uno de los mitos urbanos más arraigados de la Generación X. Tal es su poder, que se ha transmitido a la siguiente sin pérdida apreciable de prestigio y/o aura de certeza.

Ironía refleja condicionada: tendencia a hacer automáticamente comentarios irónicos en las conversaciones cotidianas. Efecto indeseable del conejismo, habitual en personas con estudios superiores y facilidad de palabra que acumulan un amplio historial de decepciones sentimentales inconscientemente autosaboteadas.

Apatía inducida por la fama: convicción de que ninguna actividad merece la pena a menos que uno se pueda hacer muy famoso. La apatía inducida por la fama se parece a la pereza, pero sus raíces son mucho más profundas. La gasolina que alimentó los sueños de juventud de una generación, hoy apenas visible en libros, películas o canciones nostálgicas acerca de un pasado feliz que lo es precisamente porque no podemos volver a él y nadie nos lo puede modificar.


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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 9. Los herbívoros, el nuevo Contrato Matrimonial y la paradoja Huxley-Houellebecq

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja
8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar

El matrimonio, la institución romántico-sentimental que actualmente conocemos, no es más que el resultado jurídico-legal de dos mil años de obsesión masculina por tener la certeza de que los hijos que pare su mujer son suyos. El matrimonio estableció la monogamia, la fidelidad y (antes de que se inventaran los anticonceptivos) también la virginidad como requisitos capaces de satisfacer esa extraña garantía, imprescindible para los hombres.

Pero ha llovido mucho desde entonces, y hoy --por fortuna-- la mujer se ha sacudido buena parte (no toda) de la carga machista que le imponía el matrimonio y lo que venía con él pero no se decía ni se quería ver: hogar, hijos, sacrificio, ninguneo social, sumisión, infraeducación. En los años sesenta del siglo XX se produjo la batalla final contra la virginidad, que quedó definitivamente desprestigiada. En un momento indeterminado entre los ochenta y los noventa, le tocó el turno a la fidelidad. La definición de matrimonio que ha logrado llegar al siglo XXI apenas consiste en una declaración formal de monogamia, más que nada para garantizar las premisas legales sobre las que se levantaron en su día leyes tan fundamentales como el Código Civil (herencias, propiedades, nacionalidad...). El matrimonio debe seguir siendo monógamo porque de lo contrario deberíamos cambiar unos cuantos fundamentos sociales, y el poder político tendría la sensación de que demasiadas cosas escapan a su control (las uniones de hecho son una primera amenaza ante la que ha tenido que sucumbir). En todo este entramado legal la fidelidad era una mera fórmula protocolaria, así que no había problema si la perdíamos por el camino. La práctica social realmente existente del matrimonio consiste hoy en una secuencia de relaciones monógamas separadas por períodos desiguales e imprevisibles de infidelidad, desencanto y soltería. Sólo falta acabar con la monogamia.

Hace falta un nuevo Contrato Matrimonial que se ajuste, no a la necesidad del hombre por saber que cría al heredero de sus genes (y también las propiedades y el dinero, de ahí su obsesión, si no de qué le iba a importar de quién era el hijo que paría su mujer), sino a la realidad biológica del hombre y la mujer. Y no me refiero a lo que parecen ser pulsiones genéticas que no encajan demasiado bien con la monogamia o la práctica continuada del sexo con la misma persona, sino a la evidencia de un deterioro físico y hormonal que tiene efectos sobre la actividad sexual y el significado que eso tiene sobre las expectativas de una convivencia que --al menos en el plano teórico-- se encara como inacabable.

De entrada, para los que aún creen que hay cosas intocables, líneas rojas infranqueables o intituciones que no pueden/deben modificarse, en Japón asisten a los primeros síntomas de lo que --en cuestión de décadas-- podría acabar mutando en una revolución... o un nuevo modelo de relación: en ese país, casi el 50% de los hombres entre 18 y 34 años, prefiere evitar toda relación (de convivencia o sexual). Son los denominados «hombres herbívoros», una generación que huye de la presión por el ascenso laboral, pero también del evidente desgaste que supone buscarse las lentejas sexuales o mantener viva una relación convivencial. Estos jóvenes prefieren vivir solos, disfrutando de sus ingresos (que esperan estables y constantes), y no complicarse la existencia con parejas, obligaciones y rutinas. Son hombres que han comprendido que la maldición del hombre es precisamente su deseo sexual insaciable e inacabable, y han emprendido --en solitario y con todo en contra-- una cruzada para obligar a la genética a plegarse ante unas pautas sociales. Exactamente lo que predice Houellebecq en Las partículas elementales (1998).

Por contra, las treintañeras japonesas todavía no se han sacudido la presión de la maternidad o el emparejamiento obligado, y su agresividad a la hora de buscar marido aumenta respecto a generaciones precedentes. Son las mujeres carnívoras. Se está produciendo una curiosa inversión de roles: ellas fuerzan el contacto --aportando una mayor agresividad sexual-- mientras que ellos alegan dolor de cabeza para escabullirse. Los hombres renuncian al placer sexual porque creen que tras él sólo hay obligaciones sentimentales y, más allá, una convivencia que mutará en decepción. Como lo que quieren no es posible, prefieren renunciar antes que arriesgarse.

Si esto se convirtiera en una pauta mayoritaria significaría que no habríamos evolucionado nada, simplemente se trataría de una vuelta al calcetín tras la que todo seguiría funcionando igual de mal. El nuevo Contrato Matrimonial no está al final de un mundo de herbívoros y carnívoras (o viceversa en cuanto a géneros y etiquetas), sino en una redefinición completa de dos factores:

a) Acceso libre, múltiple y simultáneo a la sexualidad mediante pautas desligadas de toda ingeniería social (cortejo, roles, prevenciones, objetivos, intereses...).

b) Completamente desvinculado del punto anterior, establecer un nuevo Contrato Matrimonial que, además de reflejar las mutaciones biológicas de hombres y mujeres, sea capaz de ofrecer un vínculo sentimental y convivencial sólido y --esto es fundamental-- sin expectativas de larga duración.

Para que ese nuevo Contrato Matrimonial se imponga, antes tendríamos que resolver el acceso al sexo en términos muy parecidos a los que describía Huxley en Un mundo feliz (1932). Pero para que eso suceda hace falta dilapidar mucha energía y renunciar a lo que hoy consideramos la gasolina que nos mantiene en pie: una sexualidad dotada de significación profunda y sentimental. Y por si eso no fuera poco, a continuación habría que resolver satisfactoriamente el problema de la caducidad de la convivencia sin que afectara a la estabilidad emocional y afectiva de las generaciones que nos toca críar y educar. No será facil.

La paradoja Huxley-Houellebecq ya no se parece a una utopía ni a una pesadilla. No descartemos nada todavía...

(continuará)


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jueves, 24 de noviembre de 2011

Pornografía para mujeres: nuevas fronteras

Sabemos de sobra de qué va el cine porno para hombres, así que no hace falta demorarse demasiado en sus fundamentos: llaman a la puerta, es la repartidora de pizzas, y nada más ver tu casa comenta que estaría bien echar un vistazo a las habitaciones. ¿Podrías acompañarme? Hace mucho calor... Los argumentos del cine porno (más bien su ausencia), reflejan a la perfección la idea masculina de la sexualidad: lanzarse directamente al guisante, saltándose todos los prolegómenos. Y cuando digo los prolegómenos me refiero no sólo a los toqueteos previos, sino a toda la ingeniería social que les precede. Nada de charla o de cualquier cosa que demore la aparición de los pezones, el indicador universalmente reconocido que marca el inicio del acto sexual (Seinfeld dixit): en cuanto aparce una mujer está necesariamente cachonda y deseando convertirse en objeto de deseo. El cine porno para hombres necesita, para completar el espejismo de una relación mutamente consentida y deseada, disfrazar el deseo masculino de respuesta inevitable, agradable e inequívoca a un estímulo femenino idéntico. Si ella toma la iniciativa o expresa su deseo irrefrenable se conjura el fantasma de la explotación sexual y la cópula parece algo natural y formalmente libre. En el cine porno, la mujer se comporta tal y como el hombre la imagina en su universo mental. Es egoísta, puede resultar degradante; pero funciona, y por eso triunfa.

El cine porno es una industria floreciente que cada año gana en aceptación social y normalidad creadora, con su star system, sus festivales, su cobertura médica, sus análisis trimestrales de SIDA... Aunque, gracias al auge de Internet, los artesanos de la explotación sexual --arrinconados por la industria y la presión social-- conocen una segunda edad de plata: amateurismo, señuelo publicitario, cutrismo, garrulismo, grupos de afirmación (aparentes y no tan aparentes), negocio carente de escrúpulo...

Ahora les toca el turno a ellas. Su consolidación en la cima del poder de la industria del porno --al fin y al cabo suponen una materia prima fundamental-- hace que reclamen por derecho propio su valor como audiencia, sus puntos de vista y sus fetiches. La directora no es una excepción o una rareza en el cine porno: aportan nuevos matices y renuevan un género esclerotizado y rancio por culpa de la testosterona. Sus películas tienen poco que ver con el tópico: las mujeres no esperan hasta el final para ver si la protagonista se casa, ni tratan de invertir con exactitud las proporciones de los argumentos masculinos (90% prolegómenos y 10% penetración). Para ellas, el sexo oral no es una obligación, ni el anal; tampoco son imprescindibles los besos blancos o negros ni demás apologías del flujo seminal.

¿Entonces qué? ¿Juguetitos y complementos eróticos? ¿Mimitos y caricias sensuales? ¿Masajitos subidos de tono? Pues tampoco. Todo eso no es más que la variación mimética del género --hecho por mujeres-- desde los parámetros establecidos por el hombre. Es una simple recombinación de los mismos elementos que funcionan para los hombres. En este tipo de cine, aparentemente dirigido a las mujeres, lo único que cambian son las dosis, los detallitos y los tiempos.

Otro cine porno para mujeres es posible: no necesariamente hecho para mojigatas, que no rehúye retos físicos. A un determinado nivel, también se podrían considerar pornografía películas que mostraran a hombres limpiando, devanándose los sesos con los menús de la semana que viene o preparando la bolsa de gimnasia sin que se lo tengan que recordar. También entraría en esta categoría una película que contara la historia de un grupo de amigas que se reunen en un bar para charlar, sin malos rollos, sin malentendidos. Entre ellas no hay secretos, si acaso las críticas son para otras mujeres desconocidas que no vienen al caso. Cuando llevan un rato disfrutando de su conversación inteligente sin renunciar a deslumbrar con su apariencia impecable, aparecen sus novios, maridos, parejas no convivenciales o relaciones estrictamente basadas en lo físico (para no dar a entender que se potencia un cierto tipo de vínculo sentimental en detrimento de otros) para irse, cada cual por separado, a pasar una animada noche de sábado. Cenan en sofisticados restaurantes exóticos, rodeados de iguales; acuden a estrenos y eventos culturales formal y estéticamente innovadores o improvisan planes con la dosis exacta, demostrando que, a pesar de tanta planificación, saben evitar caer en el acartonamiento. En esta película, los hombres no sufren apalancamiento, ni resultan previsibles, zafios o decepcionantes. Tampoco generan cabreo oculto, ni están deseando regresar a casa para darse el lote. Y van al gimnasio y son sensibles. Las mujeres pueden expresarles sus sentimientos de forma sutil y compleja, porque ellos empatizan sin esfuerzo y las escuchan sin desconectar todo el tiempo que haga falta.

Cuando, de madrugada, vuelven a casa, a él no le importa encender antes doscientas velas en el dormitorio para crear el clima erótico adecuado, sin presiones ni prisas. Tampoco olvidará regalarle la rosa roja que cada día --cada día-- ofrece a su pareja como prueba material (y todas sus amigas no dejan de interpretarlo así) de que gozan de un amor mutuamente correspondido.

Al día siguiente las chicas se vuelven a reunir y comentan (por un estricto y nunca explícitado orden), como si nada, lo bien que lo pasaron con sus respectivas parejas. Lo bien alcanzados que estuvieron sus respectivos orgasmos, lo delicadamente que las abrazaron tras el éxtasis y las profundas reflexiones que sostuvieron después acerca de su relación durante dos horas, sin que él hiciera el más mínimo amago de bostezo.

La película consistiría, básicamente en un yuxtaposición de cuidadas variaciones de estos dos tipos de escenas, dependiendo de la habilidad y talento de guionistas y directoras. En eso no escaparían al rígido esquema ¿argumental? del cine porno para hombres: mamada, penetración, cambio de postura, penetración, cambio de postura, entrada por detrás, cambio de postura, penetración, collar de perlas. Aquí la reiteración también es la pauta, pero en lugar de culminar con una siempre ansiada y abundante eyaculación, ellas descubren extasiadas que las cuatro han conseguido llevar sus relaciones hasta la Fase 3. Por primera vez en la Historia de la Humanidad, más de tres parejas acceden a ella en un mismo siglo, y todas ellas pertenecientes al mismo grupo de amigas. La felicidad será eterna y no conocerá vaivenes ni crisis. Fin.

¿Estamos seguros de que el sexo es lo único que identifica al cine porno? ¿Estamos seguros de que el tratamiendo de la sexualidad es lo que realmente distingue el porno para hombres del que se dirige a mujeres? Las dos cosas entran dentro de lo posible. En cambio, es sorprendente que ambos compartan otro ingrediente fundamental, además del sexo, algo que está en la base de sus ficciones: una irrealidad egoísta y placentera hecha de reiteración sin apenas variaciones. No sé si consolarme o preocuparme...

viernes, 4 de noviembre de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja

Las escaramuzas conyugales se han convertido hace tiempo en un género por derecho propio gracias a la ficción cinematográfica y televisiva, pero también, y muy especialmente, a la labor divulgadora y estereotipante de los monólogos humorísticos de base teatral. A estas alturas de película, acumulan un considerable repertorio de personajes y situaciones sobre las que el ingenio puede arriesgar enfoques, perspectivas y gags casi siempre nuevos e interesantes.

La escaramuza conyugal es como una máquina de Turing de la disputa en la que los contendientes deben asumir obligatoriamente un papel preestablecido: ofensor u ofendido. No hay medias tintas, ni términos medios ni alternativas: o uno u otro. Y punto. En el momento en que uno de los contendientes adopta uno, el otro debe apechugar sin remedio con el que queda. Esto es así y no hay alternativa. Es una ley universal que no conoce excepciones: todo el mundo lo sabe y además es profecía. Donde sí quedan alternativas es en el matiz interpretativo que cada cual le dé a su papel: para ello existe una serie --todavía incipiente y no explícita-- de numeritos que permiten dirigir la discusión y dar salida a la ira de forma fluida, dejando sin alternativas al rival. Estos «numeritos conyugales», un territorio poco explorado con infinitas posibilidades de éxito y manipulación, tienen la ventaja de permitir que el talento propio para el histrionismo pueda servir de valiosa ayuda.

Los numeritos conyugales hace tiempo que se utilizan en todo el mundo, pero al carecer de una definición consensuada no estamos seguros de interpretarlos ni servirnos de ellos adecuadamente. Es urgente que nos pongamos a ello para evitar discusiones sin sentido ni objetivo. El problema será cuando la mayoría los conozca y uno pueda cortar de raíz al otro, desmontando todo el argumentario de la indignación con un «No me hagas el numerito de [...] que ya me lo conozco de sobra!». Para incrementar la eficacia de algunas escaramuzas conyugales comunes, todavía inconscientemente ejecutadas, señalaré cuatro numeritos que empiezan a ser recurrentes y reconocidos (todavía de forma instintiva). Me limito a darles un nombre que facilite su identificación/ejecución. Ahí van los principales clásicos de la escaramuza conyugal:

1. El gatito abandonado: lo adopta el/la ofensor/a cuando espera conseguir lo que desea a base de inspirar lástima. Suele incluir un tono de voz meloso y apagado que incrementa la sensación de desamparo. En el lenguaje universal de signos se identifica levantando el antebrazo derecho, colocando la mano en forma de garra semicerrada haciendo un suave movimiento hacia adelante y atrás. Muy eficaz para primerizos/as.

2. La marquesa: lo adopta el/la ofendido/a cuando, en un giro desfavorable de la discusión, finge que el otro ha traspasado una línea roja que, sin haberlo mencionado nunca antes, ambos saben que es infranqueable. Este numerito permite, si quien lo interpreta es suficientemente audaz, intercambiar los papeles sobre la marcha, sin necesidad de terminar la disputa y comenzar otra. Hay que tener cuidado porque es difícil conseguir no excederse en el nivel de indignación y caer en la sobreactuación. En el lenguaje de signos se identifica con una elevación insolente del rostro y una expresión facial de desprecio aristócrata.

3. La virgen ultrajada: es una variante del anterior, pero añadiendo mucha más intensidad e histrionismo a la reacción. Se recurre a él cuando falla el anterior o se quiere enfatizar que el ataque recibido ha adquirido un componente personal intolerable y se considera una ofensa grave. Incluye mucha alharaca y verborrea incontrolada. Un clásico femenino de todos los tiempos que la mayoría de hombres está en disposición de detectar instintivamente. En el lenguaje de los signos se representa con un gesto torcido de boca y mirada, echando el rostro y el cuerpo hacia atrás.

4. El hombre falsamente torpe y/o gazmoño: aunque no parece un papel propio de una escaramuza conyugal sí que lo es; lo que sucede es que su alto nivel de sutileza hace que no esté al alcance de la mayoría (aparte de que es de uso exclusivamente masculino). Consiste en adoptar un falso pudor y/o impericia congénita a la hora de realizar determinadas tareas, casi siempre relacionadas con la división sexual del trabajo (ir de compras, adquirir lencería o cualquier producto de uso íntimo femenino, tareas domésticas...). Si se hace bien, ella suele asumir la responsabilidad en la disputa convencida de hacer un favor al otro, o de haber ganado la batalla debido a la torpeza del rival, cuando en realidad es exactamente al revés (el hombre se escaquea y encima ella no se entera). Demasiado complejo para reproducirlo exclusivamente mediante signos.

Estás avisado/a: cuando detectes en tu rival cualquiera de estos síntomas, puedes dar un golpe ganador a tu escaramuza conyugal desmontando su estrategia. O mejor aún: sírvete de ellas para canalizar creativamente tu indignación.


(continuará)


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jueves, 27 de octubre de 2011

Agotados de esperar el fin (de la crisis)

Si Paul Krugman pide que Grecia (y con ella el euro) se hunda significa dos cosas: la primera que es más que probable que tal hundimiento se produzca; la segunda --y todavía mejor-- que no será ningún apocalipsis social, ni crisis inédita del capitalismo, ni amenaza global al estilo Lehman Brothers ni bla, bla, bla... Si al final la debacle se produce los inversores privados van a perder mucho, mucho, mucho, pero que mucho dinero. Para evitar unas pérdidas millonarias (privadas, lo remacho una vez más) de quienes les prestan dinero y les ofrecen liquidez a corto plazo, los políticos europeos diseñan planes de rescate a todo trapo: cantidades, proporciones, países afectados, procedimientos, garantías políticas... todas las variables se modifican menos una, que parece sagrada, aunque cada vez más cuestionada: que los bancos deben ser rescatados porque no deben perder dinero. Y es que si los bancos pierden dinero los Estados (y los mandatarios en activo) se quedan sin liquidez para gobernar. No porque no lo puedan conseguir por vía legislativo-fiscal, sino porque los mercados (privados) no les fían ni les adelantan.

Ahora mismo estamos así: los políticos europeos reuniendo dinero con el que garantizar una deuda telúrica (provocada por los mercados) de los países con problemas. Y además, consecuentes con este objetivo, recortando gastos en todo lo que parezca derroche en servicios públicos que de pronto, por necesidades coyunturales, se caen de la lista de prioridades básicas del estado del bienestar.

Desde la perspectiva del usuario/consumidor, en cambio, el análisis es muy diferente: el problema se debería atacar al revés, por el lado de los ingresos (aumentar impuestos a los ricos, porque existe una clara percepción de margen para hacerlo) en lugar de reducir irresponsablemente el gasto (hasta dejar la deuda en niveles manejables). De este modo, argumentan en bares, taxis y tertulias de sobremesa, se dispondría de dinero para pagar la deuda sin necesidad de recortar servicios básicos, tradicionalmente gratuitos y universales. La gran paradoja es que de pronto el usuario/consumidor reclama aumentar impuestos después de dos décadas completas de aplaudir y votar cualquier rebaja fiscal que afectara a su patrimonio de supervivencia. Primer síntoma de un colapso financiero profético: olvidar y/o ignorar (por conveniencia interesada) que si la principal beneficiaria de una rebaja de impuestos es la clase media los ingresos del Estado se irán a pique. Pero claro, antes de 2007 eran otros tiempos, y hasta los muertos de hambre querían pagar menos impuestos. Segundo síntoma del desastre profético: cuando los muertos de hambre apoyan rebajas de impuestos sin dejar de exigir una mayor inversión y extensión de los servicios gratuitos y universales del estado del bienestar. Durante demasiado tiempo, a la clase media le interesó olvidar que si ellos se beneficiaban de una reforma fiscal, los ricos se beneficiaban el triple.

Los empresarios y los inversores, como es lógico, no quieren oír ni hablar de aumentar la presión fiscal, porque eso les impedirá cumplir la tarea a la que se sienten tan dignamente llamados: sacar a las economías nacionales de la depresión. Con la boca pequeña, además, reconocen que les deja sin el margen financiero del que han disfrutado durante veinte años, el cual les permitía invertir con garantías o hibernar el capital y vivir sin problemas (que es lo que están haciendo ahora). Llevamos demasiado tiempo haciendo apología del inversor y del emprendedor: antes de 1980 los elogios populistas se los llevaba el trabajador por cuenta ajena; ahora encadenamos treinta años machacando con el mantra del empresario como el corazón del crecimiento y del bienestar. El discurso oficial deja muy claro que sin empresarios no hay capital ni riqueza, mientras que los trabajadores --que purgan con su salario mínimo su cautela o su falta de visión estratégica-- apenas contribuyen a la cadena de valor. Al contrario: resultan más bien un lastre al no plegarse a toda exigencia de flexibilidad.

La quita de la deuda griega pactada por la Unión Europea equivale a evaporar ganancias por decreto (aunque nadie admite en voz alta que, a estas alturas, las posibilidades de cobro son prácticamente nulas), algo así como resetear el contador hasta un punto menos crítico decidido por consenso unilateral; y supone enormes pérdidas para la banca que aceptó prestar dinero avalado por unas garantías más que dudosas. A pesar de eso, las economías europeas no se detendrán, ni dejará de circular el dinero, simplemente habremos alcanzado el escenario que los ricos temen por encima de la muerte, el Gran Tabú Innombrable: la suspensión de pagos. Será necesario volver a apostar por una economía industrial y de servicios (de menores beneficios pero más estable) como motor de la recuperación económica y olvidarse de una financiera (de grandes beneficios inmediatos pero de una inestabilidad imprevisible).

Mientras los inversores se recuperan del batacazo a la demanda interna ni se la verá ni se la esperará, porque todos estaremos conteniendo la respiración, cruzando los dedos para conservar o no nuestros puestos de trabajo, lo único que no podemos permitirnos el lujo de perder. Ese es nuestro único consuelo. En cambio, los bancos, los emprededores, los financieros, los inversores, los políticos europeos, habrán perdido algo más valioso que el dinero: el prestigio que les hacía intocables, infalibles, ¿admirables? Como advierte Krugman: ahora mismo, los ajustes que padece el usuario/consumidor están generando mucho sufrimiento, pero no para volver al crecimiento tras un purgatorio económico y social, sino para generar un sufrimiento mayor y más duradero. ¿La razón? Que los gestores de lo público siguen creyendo en la necesidad de que los inversores privados no pierdan dinero, especialmente los bancos de su misma nacionalidad.

Hay una cosa que cada vez está más clara: en una crisis financiera es más complicada la solución que el problema, porque después de ¡cuatro años! ni los expertos se ponen de acuerdo sobre la magnitud de la tragedia.


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miércoles, 12 de octubre de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 7. Historia universal de la convivencia en pareja

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas

Durante 9.983 años las mujeres se ocuparon de la casa, sus maridos y, muy especialmente, del cuidado de los hijos. Entonces, cuando quedaban diecisiete años para celebrar por todo lo alto los primeros 10.000 años de vigencia de este bonito modelo, llegó un señor llamado Woody Allen y dijo que muy bien, que cumpliría con las responsabilidades de un padre respecto a los hijos adoptados de su pareja, pero que prefería quedarse en su casa, mientras ella y la prole se arremolinaban en otra, y pasar allí fines de semana, escribir sus guiones, ver tele y demás momentos puntuales. Seguramente no fue el primer caso de relación no convivencial de la historia de la humanidad, pero como se trataba de un personaje famoso la cosa tuvo bastante repercusión social y ha quedado bastante bien documentada.

Más tarde, cuando los divorcios anuales superaron a los matrimonios y los solteros/as más enquistados se resistían a perder sus zulos de ocio, independencia y nivel de vida a cambio de un modelo antiguo sin garantías, surgieron por todas partes las parejas no convivenciales, con o sin hijos. Resultó que todo eran ventajas respecto al viejo modelo todos-en-la-misma-casa (también denominado a veces bomba de tiempo): distribución de tiempos y responsabilidades, posibilidad de poner tierra de por medio en caso de tensiones o disputas, agradable (aunque irreal) sensación de estar siempre en la Fase 1, que, en todo caso, era evidente que duraba más que en el modelo antiguo. Todo encajaba sin dificultad, daba la sensación de ser una solución mucho más civilizada, menos intrusiva y mejor para todo lo doméstico en general. Lo malo es que esta gente no previó el factor apalancamiento masculino: al final el hombre pasa más tiempo en casa de ella que en la suya y no hay manera de sacarlo de allí (porque es más cómodo, claro). El modelo no convivencial mutó, se degradó hasta extremos desconocidos y acabó convertido en una variante --mejorada en sus defectos-- del modelo antiguo. Y todo ello sin que hubiera habido acuerdo mutuo ni previo.

Han pasado más de dos décadas desde que el modelo no convivencial amenazó (levemente, ahora ya lo sabemos) al antiguo, y nuevos decubrimientos parecen anunciar probables mejoras que hay que explorar, gracias a las lecciones aprendidas. Por ejemplo, ahora sabemos que si un miembro cualquiera de la pareja se subroga unilateralmente cualquier tarea doméstica (especialmente de las que hay que realizar por narices en días laborables) provoca un implícito y nunca declarado efecto liberador equivalente en su cónyuge, que se siente --implícitamente también-- exonerado de por vida. Por eso, la mayoría de individuos que conviven en pareja se cuida muy mucho de hacer algo así, porque eso supone abrir una primera grieta que dejará paso --tiempo al tiempo-- al modelo antiguo. La realidad práctica es que la convivencia en días laborables se convierte en un campo de batalla repleto de escaramuzas no anunciadas, gestos parciales nunca acordados y leves derrotas que provocan cabreo oculto. Este concepto es otro descubrimiento relativamente reciente, y consiste en el resquemor que acumula cualquier miembro de una pareja cuando descubre que su cónyuge se escaquea todo lo que puede, especialmente en las tareas domésticas. Lo que aún no sabemos es si algún día daremos con una fórmula que permita calcular el punto de ignición del cabreo oculto. Lo curioso es que, quienes --por circunstancias-- no tienen pareja o crían a sus hijos sin ella, como no tienen más remedio que hacerse cargo cada día de cada día de cada día de las tareas domésticas, resulta que responden mucho mejor a este imperativo situacional y se organizan mejor. Y además, según han puesto de manifiesto algunos experimentos en entorno controlado, no acumulan cabreo oculto.

Quién sabe si estaremos a las puertas de un nuevo paradigma convivencial, compatible con nuestro actual estilo de vida formalmente igualitario. Lo que es seguro es que el modelo antiguo y su leve alternativa acumulan demasiadas evidencias en contra para resultar válidos y fiables por poco tiempo más. Necesitamos un Karl Popper de las relaciones que demuestre la inutilidad de tanta fruslería y se atreva con una nueva versión de La convivencia abierta y sus enemigos.

(continuará)


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jueves, 6 de octubre de 2011

¿Necesitamos otra lógica? (6)

Versiones anteriores:
29/08/2007
04/05/2009
29/03/2010
03/02/2011
16/06/2011

Grecia debería declarar de una puta vez la suspensión de pagos y dejar que el pánico se apodere de los mercados y de los gobiernos, que no han sabido y/o no les ha dado la gana hacer nada para poner remedio a una situación que pedía desesperadamente intervenir legislativa y fiscalmente. Trichet se va a su casa de una puta vez sin haber bajado el precio del dinero --que es lo que le reclama todo el mundo, aunque sólo sea por intereses parciales-- ni haber dudado un segundo de la utilidad de su lunática labor para mantener los precios estables, un indicador que en estos momentos a la mayoría se la trae floja. Los mandatarios al frente de los gobiernos europeos de la zona euro deberían subir de una puta vez los impuestos para aumentar los ingresos, en lugar de empecinarse en ahorrar. No basta ni sirve gastar menos para pagar una deuda inmensa con pocas probabilidades de cancelar; lo que hay que hacer --esto lo sabe un estudiante de primero de económicas-- es aumentar los ingresos, y ellos tienen el poder y los instrumentos legales para hacerlo; si no lo hacen es porque prefieren defender intereses más privados. Los profesionales de los mercados deberían, al menos una puta vez en su vida, poner en práctica eso que repiten debe ser el capitalismo pero nunca se aplican a sí mismos: dejar que se hundan los bancos con problemas, adoptar la misma actitud que aceleró la caída de Lehman Brothers. Será una hecatombe, un desastre en el que habrá dramas humanos y se perderá dinero, es cierto, pero cualquier cosa antes que esta dinámica de escamotear errores privados a base de obsesionar a la opinión pública por el pago de la deuda. La deuda la crearon ellos: me parece justo que también se la coman.

Hace poco, Alessio Rastani, un broker que trabaja en el distrito financiero londinense, dijo en voz alta, en el momento más inoportuno, lo que todos admiten en privado pero niegan o callan en público: que a los mercados lo único que les interesa es ganar dinero, aunque para eso tengan que hundir el sistema económico que les sirve de base. Es la misma lógica empresarial que apostará por las energías limpias después de --y sólo entonces-- haber vendido a buen precio la última gota de petróleo del planeta. La mayoría lo intuímos, los expertos lo saben y tienen pruebas, pero estos últimos (incluidos los políticos) se escandalizaron porque Rastani fuera sincero: que él --y todos los que hacen lo mismo que él-- está deseando que haya una recesión para maximizar su ganancia en río revuelto. O son estúpidos o tienen algún oscuro interés en que lo creamos...



El mercado financiero, intangible por definición, no genera riqueza en el sentido en que lo hace el industrial o el de servicios; no revaloriza los activos que sirven de garantía más que en un sentido virtual, puramente especulativo, basado en un consenso unilateral. En todo caso, es el mercado que genera beneficios de forma más rápida y mayor que el resto, y eso es lo que ha importado e importará a sus actores y partes interesadas. Un hundimiento parcial de algunas instituciones financieras privadas tendría efectos sobre el empleo y la circulación del dinero, pero no detendría, ni mucho menos, la economía. Habría que pagar un precio, está claro, pero ya no sería en forma de rescates con dinero público. Ahora, una vez que han demostrado que no saben gestionar con dinero propio ni ajeno, es hora de permitir que mueran en paz. Lo que venga después no se sabe de qué errores enfermará, pero muy idiotas tendríamos que ser para permitir que se desarrollara bajo las mismas reglas de juego que hasta ahora.

La única puta manera de que los actores que controlan la economía hoy día dejen el sitio a otros es que se arruinen y tengan que hacer las maletas. No tenemos ninguna garantía de que quienes les sustituyan tengan mejores soluciones, pero es que con los actuales estamos a las puertas de una nueva recesión sin haber acabado de salir de la anterior. ¿Seguro que saben lo que se hacen? Voto por dejar que el sistema resurja de las cenizas de ellos antes que de las mías.

Necesitamos unos cuantos Lehman Brothers más.


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martes, 27 de septiembre de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 6. Madres profesionales. Madres eclipsadas

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis

«Traigo noticias: ¡Me he enterado de que para salir al patio no les ponen los abrigos!»


Desde un punto de vista social, la maternidad es una circunstancia vital que roza lo sagrado. Pero, aunque no está bien decirlo, incluye terribles zonas oscuras: mutaciones, variaciones insoportables del sueño de la perfección en todos los ámbitos que perseguía la mujer ochentera (triunfadora en el triple papel de esposa, madre y trabajadora). Este modelo, que saltó por los aires hace más de quince años, ha sido sustituido por mujeres ultraespecializadas en su papel que creen estar convencidas, no sólo de haber superado las contradicciones de sus madres, sino de haber dado con el enfoque exacto que se debe dar a la maternidad. Cualquier otra contradicción, queda delicadamente omitida bajo un silencio cómplice y lleno de mala conciencia. Son las madres profesionales y las madres eclipsadas, dos tipologías no representativas ni mayoritarias de la maternidad que se extienden con la misma preocupante proporcionalidad que la sociedad busca seguridades vitales imposibles.

1. Madres profesionales: suelen formar corrillos a la salida de los colegios y se comportan como si pertenecieran a un club al que han accedido por méritos propios. Se las ve encantadas de tener temas exclusivos e inagotables de conversación (los hijos y la inabarcable logística asociada a sus estudios), pero lo cierto es que, a pesar de que para llegar a esa situación han pasado un largo, meditado y doloroso proceso, en realidad no han tenido que hacer ningún esfuerzo ni mental, ni consciente, ni racional, para ser fecundadas ni parir. La biología y la buena fortuna se han ocupado de todo. Aun así, ese azar a su alcance les permite el lujo de mirar al resto de mujeres que no están en su situación por encima del hombro: niñatas adolescentes que no saben nada de la vida ni del amor (ellas también lo fueron pero no se acuerdan); chicas fértiles y sin novio que desperdician su existencia conyugal; mujeres con una relación estable que aún no han comprendido el auténtico objetivo de toda relación (la descendencia); casadas sin hijos --su objetivo preferido-- que siempre estarán un peldaño por debajo y podrán dirigirse a ellas desde el pedestal de las que han pasado por todo antes y mejor, alardeando (siempre sin enfatizar, pero con ese puntito de sutil desdén de quien explica lo obvio) de las sabias decisiones que tomaron para resolver tantos y tantos problemas. También las que ya no están en edad fértil porque no tienen la última palabra en lo conveniente y pedagógico para sus hijos (olvidan que sus madres lo fueron y ellas también lo serán). Las madres profesionales se comportan como si estuvieran en un presente perfecto, ejerciendo un poder insoslayable y verdadero durante un tiempo (que ellas sienten como eterno) que al final se esfuma con la misma facilidad con que fueron ungidas por la lotería genética.

Estas profesionales de la maternidad se sienten destinadas a hacer realidad el estilo de vida que, como hijas y cónyuges, nunca pudieron desarrollar en su totalidad. La diferencia es que, ahora, revestidas sacramentalmente de madres, ejercen su poder con total autoconsciencia y a placer, sabiendo que su palabra es ley, ante la cual todos se hincarán de rodillas.

2. Madres eclipsadas: representan apenas un matiz respecto a la madre profesional, caracterizado por dedicar completamente sus vidas a los hijos, pero con una naturalidad tan estudiada que oculte con habilidad el hecho nunca admitido (ni de pensamiento ni de palabra) de que antes de la maternidad no hubo nada. Mientras esperan que sus hijos salgan del colegio, van tejiendo una red de anécdotas de infancia, noviazgos (previos, sin admitirlo), bodas, ocio... hasta lograr atrapar en ella a otra madre --profesional y/o eclipsada-- a la que narcotizan suministrándole una dosis interminable de teorías pedagógicas fabricadas por ella misma. Las madres eclipsadas, para poder sobrevivir, necesitan reclutar a mujeres en su misma situación como compañeras del viaje. Lo ideal es atrapar a la madre de un amigo/a de su hijo/a, de manera que puedan recorrer cómodamente el mismo camino que sus hijos han emprendido en el colegio. Asistir juntos (y sin necesidad de plantearse cómo llenar el día a día) a todo tipo de actos (escolares o no, lo importante es ir acompañado de iguales), y extender la relación hasta el máximo nivel conocido: compartir las vacaciones de verano. La pregunta surge inmediata: ¿Alrededor de qué orbitaba la vida de estas mujeres antes de ser madres?

(continuará)


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martes, 13 de septiembre de 2011

La canción de la década (de los noventa) y otras etiquetas que merecen ser definitivamente archivadas

No vale proponer cualquier cosa (ni hacerlo en cualquier momento) como la mejor canción para representar a toda una década. No existen normas internacionales para hacer una buena elección, pero sí una serie de factores a tener en cuenta. En primer lugar, la década a la que representará la canción: no es lo mismo recibir el encargo de seleccionar una canción por década para las últimas, digamos, cinco, que de pronto, plantarte en mitad de los cuarenta y sentir que estás capacitado para hacer pública tu propuesta. La juventud es la época en la que más música escuchamos, el tiempo en que estamos más abiertos a novedades y cambios de paso, así que --en este caso-- tiene mucho más valor la elección de la canción de la década que representa a tu juventud cuando hace tiempo que acabó que, por ejemplo, hacer lo mismo con la década que acaba de terminar y a ti no te ha supuesto ninguna modificación personal importante.

En segundo lugar, no vale elegir una canción con un significado íntimo y personal o cuyas claves sólo uno mismo posee, porque al resto no le dirá nada; hay que decantarse por una que posea una representatividad objetiva, o subjetiva y que se pueda argumentar. Además, es mejor que haya una numerosa legión de fans dispuestos a defenderla y, eventualmente, elevarla a la categoría de representante máxima de la década. También conviene tener en cuenta el intérprete: es mejor que la cima creativa de su trayectoria artística se condense mayoritariamente en la década en cuestión, de manera que su figura también pueda representar, de alguna retorcida manera, el espíritu de la época. Aun así, estas advertencias pueden quedar en segundo plano o quebrantarse sin problemas, al final casi todo depende de la habilidad de quien lanza la propuesta.



No soy crítico musical, mantengo y exhibo amplias y escandalosas lagunas en algunos estilos y épocas musicales básicos y se puede decir que llegué tarde --por edad y otros condicionamientos-- a algunos (no a todos) movimientos musicales de mi juventud, y sin embargo ha llegado mi momento. Ha llegado el momento de lanzarme a designar mi canción de la década de los noventa sin temor a avergonzarme minutos después. No voy a descubrir nada porque esta retahíla de premisas ya anuncia que mi elección será previsible y clásica (los puristas y entendidos preferirán decir comercial), pero recuerdo que no estoy hablando de valores musicales, sino de encontrar canciones que condensen el espíritu de diez años.

Los setenta pertenecen al movimiento punk, levantado a partir y en contra de las cenizas (ya cargantes) del movimiento hippie, que fue el que marcó los sesenta. Los ochenta, en cambio, estuvieron marcados por numerosas y divergentes tendencias musicales, y es precisamente esa mezcla ecléctica la que mejor los define: pop/rock electrónico, new romantic, disco, disco pachanga, heavy metal. No obstante, la mayor representatividad se la llevan los grupos de rock: The Police, a pesar de los escasos años en activo y la velocidad meteórica de su progresión creativa, es el grupo que representa para mí los ochenta. Por otro lado, si tuviera que establecer el pistoletazo de salida de los ochenta escogería Love will tear us apart de Joy Division, un ejemplo perfecto de caos creativo y personal que acabó cuajando en una juventud que anhelaba cambiar --como la mayoría-- sin saber muy bien hacia dónde.

Los noventa, finalmente, supusieron la eclosión de nuevos y arriesgados estilos, algunos por evolución de la música discotequera, compuestos a partir de mezclas cada vez más electrónicas e hipnóticas: para empezar, la música disco se convirtió en dance, el clan genérico del que derivarán importantes linajes (house, techno, progressive, trance, jungle...), cada cual formando parte de una liturgia bien diferenciada y generacional (las rave party) y sus propios menús sagrados (las drogas sintéticas). La Generación X completaba así el relevo a la ochentera.

Los noventa se cerraron en falso el 5 de abril de 1994, cuando Kurt Cobain, el líder de Nirvana se suicidó. Fue como si la travesía por un universo ético y artístico alternativo (el grunge), que hasta ese momento mantenía un cierto encanto tremendista entre la desesperación calculada y la pose narcisista, se revelara con aquella muerte como una actitud sin sentido; o por lo menos rebajada a la categoría --más realista-- de simple tendencia musical. Desde el punto de vista generacional, el suceso no se puede considerar una revelación, ni siquiera una decepción, más bien un baño de realidad. En lo musical, los noventa comienzan en la mismísima cumbre: Nirvana se daba a conocer en todo el mundo con Smells like teen spirit (1991), que podría considerarse la canción de la década si un año antes Depeche Mode no hubiera lanzado Enjoy the silence, probablemente su tema más famoso y el que contiene mayor carga nostálgica. Su letra atemporal, una melodía entre sugerente y bailable a la vez, la convierten en mi favorita de los noventa. Además, la imparable trayectoría artística que experimentó a partir de entonces Depeche Mode convierte los noventa en la década musical más fructífera de su carrera, que comenzó en 1977. Enjoy the silence --compuesta por Martin Gore-- ha inspirado a artistas de muy diversos géneros, que han reconocido públicamente la influencia de este tema en sus trayectorias, incluso como acicate inicial para lanzarse a componer y cantar.

Por todo eso, Enjoy the silence es (mi) canción favorita de los noventa.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 5. Wapis

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia

Las wapis son el resultado del cruce entre la tecnología móvil y el apogeo en la mitificación de la amistad femenina. Varios factores han permitido su eclosión social: el móvil y demás cacharrería portátil que garantizan un contacto permanente; la superación del sarampión de las llamadas one-to-one como forma de cohesión básica de un grupo; su sustitución por una comunicación discontinua y asíncrona tanto o más eficaz: tweets, whatsup, muros... El resultado es una sucesión inacabable de estados, comentarios de estados, fotos, comentarios de fotos, viajes, comentarios de viajes, tránsitos vitales, comentarios de tránsitos vitales, felicitaciones, comentarios de felicitaciones, comentarios de comentarios...

Las wapis son mujeres (generalmente jóvenes) que han creado un estilo propio basado en el uso creativo de la comunicación móvil, llevando a un límite insoportable la ostentación de las amigas como grupo de apoyo, confianza, diversión y buenos deseos mutuos. Algo así como si de pronto el irreal sentido de la lealtad de las cuatro protagonistas de Sexo en Nueva York se hubiera clonado en infinidad de grupos de amigas por todo Occidente.

Todo ello expresado con un entusiasmo que nunca decae, a base de pequeñas frases que transmiten apoyo inquebrantable en la adversidad, ánimo ilimitado y sincero ante cualquier circunstancia o imprevisto, la seguridad de que se pasará como nunca y como nadie antes de cualquier fiesta o evento de ocio, la seguridad de haberlo pasado como nunca y como nadie después de cualquier fiesta o evento de ocio, el convencimiento inobjetable de haber dado con la combinación exacta de amistad perfectamente dosificada a través de breves y constantes muestras de amistad por escrito.

A las wapis se las reconoce en seguida: sus mensajes son directos y sintéticos, siempre alaban incondicionalmente a la destinataria o emplean determinadas abreviaturas o variaciones, que se universalizaron durante el auge de los SMS y que están a punto de ser aceptadas por la RAE. Suelen emplear emoticonos simples como cierre de sus textos, pero lo que las identifica por encima de todo es el uso recursivo de ciertas expresiones que se han convertido en parte de su identidad:

a) wapi!!!!: se denominan entre sí por el uso constante de esta deformación de la palabra "guapa". Lo hacen para abreviar y porque consideran que recordándoselo unas a otras ofrecen una especie de sentimiento inefable hecho de consuelo, ánimo, alegría superficial (que no banal ni falsa) y saludo. Algo así como una economía eficaz de los sentimientos. Con esta palabra suelen comenzar o terminar cinco de cada tres frases, y abusan tanto de ella que ha acabado por convertirse en su principal característica.

b) Te lo mereces!!!!: expresión de ánimo incondicional dedicada exclusivamente a la destinataria del mensaje. Todo lo bueno que le pueda suceder a una amiga es siempre, siempre, porque se lo merece. No hay grados ni excepciones a este axioma.

c) Sois las mejores!!!!: expresión de agradecimiento sincero e inequívoco hacia cualquiera de las amigas que de paso sirve como respuesta inicial a cualquier comentario previo. En realidad va dirigida a todo el grupo, que, de una u otra forma, recibirá el mismo mensaje.

d) A ver si nos vemos!!!!: expresión del deseo irrefrenable, constante e inconcreto por tener un encuentro cara a cara con sus amigas. Tanto da la frecuencia y la distancia, se incluye para enfatizar la nostalgia de no estar juntas. Tampoco significa que haya que quedar ni coordinarse en fecha y lugares, se dice como un equivalente inocuo de "dale recuerdos a...".

En diferente e indistinto momento, grado y orden, todas las wapis acaban recalando en uno de estos cuatro lugares comunes. No falla.

No se trata, desde luego, de un monopolio femenino, pero las wapis son las mejores notarias de la banalidad que existen: constantemente levantan acta de su paso por lugares (si son lejanos o exóticos, mejor) en los que simplemente están; aunque ellas, en todo caso, aprovechan para dejar constancia de su bienestar. Es algo así como la apoteosis de una variante de la libertad de expresión para las que no tienen casi nada interesante que decir.

¿A cuántas wapis conoces?


(continuará)


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lunes, 15 de agosto de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres

He querido documentar algunas de mis intuiciones antes de escribir esto, y he salido agradablemente reforzado de la experiencia: comencé leyendo El arte de enamorar de Antoni Bolinches y he comprobado que mi teoría de las tres fases es bastante compatible con la jerga profesional de los expertos en relaciones y otros gurús que hacen de las relaciones de pareja un modelo de negocio. El libro no dice nada que un poco de sentido común y autoestima proporcionen individualmente, pero es bueno que alguien con un poco de perspectiva ofrezca ayuda a los despistados o incompletos.

Aun así, tras tantos y tan buenos consejos, perfectamente argumentados, llenos de positividad, buena educación y ganas de superación, yo le pediría al señor Bolinches que se diera una vuelta por los locales de ocio juvenil y viera si sus recomendaciones son ciertamente la pauta mayoritaria. Y luego le preguntaría si cree que vale la pena universalizar una teoría sobre las relaciones asumiendo que es necesario tener un mínimo de veinte años de experiencia en ese campo (y casi seguro estudios superiores) para interiorizarla. Ya ni me planteo lo que supondría ponerla en práctica. Como paisaje ideal no está mal, pero lo cierto es que nadie que no tenga la necesidad urgente de recomponer/recuperar/enderezar una relación conyugal se comporta como dice el libro que nos deberíamos comportar.

No obstante, ya casi acabando, me encuentro con este diagnóstico tan certero como sintético; tan cierto como demoledor, capaz de abrir los ojos al más escéptico y explicar parcialmente la ingente tarea de evolución que nos queda por realizar como seres sociales. Su utilidad es tal que deberíamos tomarlo como un punto de partida; mejor aún, como una premisa dada al nacer. No, todavía mejor aún: como parte del núcleo duro de la educación sentimental de nuestros menores:

1. Lo que está en crisis no es la pareja como estructura básica de convivencia sino la expectativa de vínculo exclusivo y permanente.

2. Parte de los problemas de pareja no se generan por la relación sino que se manifiestan en ella [...] problemas personales que emergen en la convivencia.

3. La pareja, por tratarse de un compromiso voluntario de convivencia, puede actuar de marco facilitador para que las partes maduren como personas y se enriquezcan recíprocamente
.

Las negritas del primer punto son mías, y es una verdad tan cierta como ignorada, y deberían imprimirla por decreto ley en todas las servilletas de los banquetes de boda en un tipo de letra enorme. Pero ni aun así: igual que los accidentes de tráfico o los mensajes apocalípticos de las cajetillas de tabaco, la gente pensaría que eso no le va a pasar a él, que tiene su propio sistema para mantener a raya la rutina. Y además su relación de pareja es de Fase 3.

No es solamente lo lunático del vínculo permanente y exclusivo, es que además la convivencia conseguirá sacar lo peor de tí. Y encima, para acabar de rematarlo, resulta que aunque termine como el rosario de la aurora, existe la posibilidad de salir mejorado de la experiencia. Sólo por esto merece la pena lanzarse a convivir: porque proporciona evidencias irrefutables acerca de lo absurdo de nuestras primeras teorías sobre las relaciones; incluso nos lleva a desear no caer en los mismos errores en la siguiente oportunidad. La mala noticia es que --debido a nuestro genoma-- vamos a seguir metiendo la pata la primera vez; la buena es que a partir de la segunda --si estamos atentos-- nos dejarán introducir algunos cambios.

La convivencia resuelve de forma fácil y elegante el acceso regulado al sexo (no es la única opción, aunque sí la mayoritaria), garantiza unas buenas condiciones para la crianza de los hijos (no es la única opción, aunque sí la mayoritaria) y además, ¡permite madurar a algunos/as! Un fracaso convivencial no cuestiona la validez de un modelo tan eficaz, pero tampoco estaría de más encarar la primera relación de convivencia (y esto incluye la decisión de casarse y organizar un gran bodorrio) con la misma ilusión que otros tránsitos vitales más puntuales, igualmente voluntarios: licenciarse, trabajo estable, descendencia... Más de uno y más de una se ahorrarían unas cuantas decepciones.

Mientras llegan estos telúricos cambios, a modo de apoyo terapéutico, estaría bien repetir mentalmente, de vez en cuando, mientras conducimos o esperamos en cualquier cola, este sencillo mantra: la alternativa a una pareja mala o estropeada es otra pareja mejor. Tanto da que sea la misma u otra nueva.

(continuará)


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domingo, 31 de julio de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 3. Hombres

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina

«Los hombres como promesa de ternura tan a menudo traicionada [...] Los hombres como sorpresa de la vida, como regalo feliz o envenenado [...] Los hombres como interlocutores estimulantes, como niños tontos, como amigos galantes o enemigos feroces. Hombres de piel golosa y embriagador aroma fugitivo. Tan fastidiosos y sin embargo tan necesarios, ay, en fin, los hombres» Rosa Montero [Artículo completo]

Capaces de soltar las mayores crueldades en una conversación sin darse cuenta del efecto que provocan sus palabras. Nada de insultos o expresiones degradantes, tan sólo opiniones sobre asuntos domésticos o terceras personas que revelan miserias acerca de nuestra personalidad y forma de pensar más de lo que creemos. Luego, cuando llega el momento de enfrentar cara a cara nuestro egoísmo o brutalidad somos incapaces de comprender que haya quien recuerde lo que dijimos sin darle importancia. Tan sólo nos quedamos con la parte del iceberg que asoma y duele: «las mujeres recuerdan cada puñetero detallito». Hasta que ellas no se toman la molestia de exponernos el argumento completo no sabemos de qué nos están hablando. Esta asincronía genética de la comunicación está en el origen del 90% de los malentendidos y broncas conyugales.

Disocian constantemente y sin esfuerzo el amor y la fidelidad del sexo y el deseo fugaz. Atrapados en la esclavitud del deseo permanente: amigas, compañeras, conocidas, desconocidas que pasan por la calle... Una actividad incesante que resulta aún más devastadora cuando, hacia el final de la vida, se transforma en el deseo del deseo (Houellebecq dixit): cuando el cuerpo no puede acompañar las constantes pulsiones de la mente, que sólo desaparecen --al igual que el deseo de poder-- con la muerte. Aun así, todavía quedan ingenuas que creen que tooooodos los hombres del planeta --menos su maridito-- miran a otras mujeres cuando ellas no están delante. Qué suerte la suya.

Atrapados entre la generación de sus padres, que disfrutaron de las indudables ventajas que proporcionaba el machismo tradicional, y la igualdad rupturista y aparente que suelen abrazar tras el nacimiento de su primogénito. Tras actuar como padres ejemplares durante unos años acabamos renegando de ella tras la doble decepción, la invisibilidad y el espejismo de unos hijos que pensamos no necesitan supervisión a partir de los 10 años. De pronto, a los 45 no nos asusta reconocer que pretendemos reconquistar algunas comodidades de un machismo que compense parcialmente las renuncias personales y los servicios domésticos prestados. Retomar aficiones de juventud, encontrar otras nuevas, expresar sin ambigüedades opiniones que diluimos o maquillamos (por miedo o respeto) durante la fase de igualdad, disponer de nuestro propio tiempo de ocio; signos todos ellos que indican que ha llegado el momento de apropiarse de determinados privilegios (eso sí, rebajados respecto a los de nuestros progenitores o, en todo caso, con menores efectos colaterales) que se nos deben, merecemos o nos hemos ganado. Este intento, generalmente no culminado en su totalidad planificada y plagado de reyertas, garantiza que la siguiente generación de hombres vuelva a atravesar las mismas fases y a cometer los mismos errores en cada una de ellas.

Justifican mentalmente cualquier interés, egoísmo, incoherencia, contradicción, infidelidad o mentira que se cruce ante sus actos; mientras que de palabra apenas logran hacerse entender. Tras la suficiente dosis de convivencia, nos persuadimos interiormente de que cuando finalmente ella se va a dormir podemos expresar nuestra autèntica personalidad, liberados de su supervisión y de la pleitesía de la mínima cordialidad social. En esos momentos de soledad robada imaginamos disfrutar de una vida plena de ambiciones que culminamos apenas quince minutos después frente a la luz miserable y fría del ordenador.

Capaces de detectar síntomas de sensualidad y/o erotismo en infinidad de desconocidas e ignorar las accesibles virtudes de su propia pareja, aunque se pasee en tanga por la casa. Nadie, ni siquiera Scarlett Johansson, escapa a esta maldición.

Adiestrados para no escuchar más allá de los 30 segundos que estipula su protocolo de atención. Desconectamos cuando una conversación sobre cualquier tema amenaza con detenerse o recrearse en detalles y luego, completamente despistados e incapaces de recuperar el hilo, pretendemos aportar un comentario inteligente. Esta anomalía de nuestro diseño cerebral --que se agudiza exponencialmente a partir de los 40-- es la responsable del 10% restante de malentendidos y broncas conyugales

Incapaces de reivindicar sus limitaciones con orgullo y hacer de ellas una ventaja competitiva que mejore la convivencia diaria. No sabemos sacar suficiente partido de la teoría de la caja vacía, nuestra incapacidad para procesar varias cosas a la vez o admitir cierta inutilidad congénita para encarar determinadas cuestiones de orden práctico.



Denominación genérica prácticamente universal, sin apenas mejoras evolutivas, subcategorías ni tipologías. Exhibimos diferencias inapreciables desde nuestra primera juventud, cambiamos durante unos breves años para recuperar un comportamiento que parecía desterrado (dormido en el mejor de los casos), gracias a lo que ellas consideraron en su momento una costosa labor de ingeniería social conyugal. Un cambio que siempre --en condiciones de estabilidad sentimental y convivencial-- acaba por manifestarse y que no deja de sorprender a quienes lo viven en primera persona. Al parecer no basta esta machacona y previsible repetición a lo largo de generaciones porque todavía sigue (y seguirá) entristeciendo y decepcionando a cientos de miles de mujeres.

Hombres: así, sin paliativos ni añadidos. Hombres y nada más. Ay, en fin, los hombres...

(continuará)


http://bajarsealbit.blogspot.com/2011/07/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad_31.html

viernes, 15 de julio de 2011

Vacaciones

El tiempo acaba imponiéndome una triste certeza: es poco probable que podamos transmitir las inquietudes y sentimientos más profundos a otra persona, cara a cara y en voz alta. Es necesario un clima, una preparación de los sentidos y de la situación que es difícil que suceda de forma natural y espontánea; y mucho menos que al otro lado encontremos una persona en nuestro mismo punto de disponibilidad. Aun así, se producen variables imprevistas que hacen que exista una predisposición mutua e inusual para expresar sentimientos íntimos, o por lo menos lo suficientemente estimulantes como para conseguir que casi se nos escapen a nuestro pesar. En realidad, las circunstancias ideales y propicias sólo se dan cinco o menos veces en una vida.

Lo normal es que al hablar no sepamos expresar los mismos matices que tan bien suenan en nuestro pensamiento, que no encontremos las palabras adecuadas, que no nos tomemos el tiempo necesario para expresarnos. El resultado es una desincronía que requiere multiples contrarréplicas que arruinan o desvirtúan el objetivo de comunión de pensamientos. La gente dirá que exagero, que es posible un nivel de confianza (aunque reducido a unas pocas personas) que permite la confidencia: noches fundacionales, coincidencias maravillosas, hitos generacionales, momentos perfectos... Y es cierto, existen privilegiadas relaciones de confianza, lo admito, pero no las aprovechamos como deberíamos. Reto a los convencidos de antemano a que revisen mentalmente sus vidas y sus relaciones a largo plazo, las veces que realmente podrían decir que han revelado algún pensamiento íntimo que les llevara rondando por la cabeza previamente, y no me refiero a nada que tenga que ver con la pareja o las relaciones personales, sino a ideas y pensamientos propios, de cualquier clase... No más de cinco, estoy seguro. La palabra hablada es imperfecta, no llega al fondo de las cuestiones porque no hay tiempo, no hay vocabulario, no hay orden, no hay sintonía mutua...


La escritura, en cambio, no requiere de tanta concurrencia de elementos: basta la propia predisposición interior, orden en las ideas y comenzar a teclear. El lector, por su parte, se aviene a escuchar cuando decide ponerse a leer. Aunque sea de forma diferida, existe sincronización de almas y pensamientos, existe, en una palabra, comunicación. En eso la escritura supera a la palabra hablada. Escribo porque la escritura me permite expresarme sin demoras ni tener que buscar, propiciar o preparar el ambiente. Escribo porque no puedo esperar. Escribo porque necesito expresar con precisión las cadencias que impone mi pensamiento.


Quizá espero demasiado de la comunicación interpersonal y deba conformarme con ese sucedáneo que es la emoción silenciosa
, la certeza íntima experimentada por separado y en paralelo junto a otra persona sin necesidad de decir nada. El silencio intenso, puede que las lágrimas; pero no es suficiente...

 

Ha llegado el momento de salir de vacaciones. Aparte de este texto que me salió del tirón el otro día, no tengo recomendaciones muy distintas de otros años: desconexión, descanso, reflexión, curiosidad y un cuaderno siempre al lado por si hay alguna idea que anotar...

Las lecturas para estas vacaciones son 1Q84 de Murakami, con la que llevo bastante tiempo sin conseguir renunciar a ella, y los Cuentos de Hemingway (recurrir a ellos cada tanto es la mejor manera de recargar ideas y depurar el estilo).

Termino con mis habituales píldoras audiovisuales previas a la partida: la primera es Puerto presente, de Macaco & Fito, una canción de la que no consigo despegarme; y The flood, el regreso de Take That, una canción ñoña cuyo vídeo promocional expresa a la perfección lo que comercialmente debe ser el regreso de un has been.





Nos leemos a la vuelta!!!!!

miércoles, 6 de julio de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina

1. Las fases en una relación de pareja

Los hombres y las mujeres acaban volviéndose invisibles, pero lo hacen en momentos y por causas muy diferentes. Los hombres desaparecen cuando nace su primogénito. En ese instante la madre comienza un proceso de transferencia hacia el recién nacido que deja al hombre prácticamente a oscuras. También en ese instante, las madres descubren, con el fruto de sus entrañas en los brazos, que ahí tienen el amor incondicional e indefraudable que han anhelado siempre y que ningún hombre supo (ni sabrá, eso lo comprenden entonces) darles. Esa es la primera decepción masculina. El paso de los primeros años confirma que es cierto: se derriten al comprobar que su sola presencia basta para colmar los deseos de su rorro, que tienen la última palabra en un montón de decisiones domésticas, que son las que mejor pueden satisfacer sus necesidades y, por si todo esto no bastara, el vínculo genético les parece inmodificable de por vida. Ahí culmina la invisibilidad masculina, como resultado de la primera decepción. Los hombres invisibles quedan en segundo plano como meros ejecutores de órdenes, descienden un peldaño en el escalafón y, en casos extremos, quedan apartados de la toma de decisiones. Algunos hombres interpretan esta situación como una amenaza, una especie de expulsión forzosa del mercado de las relaciones, por lo que reinvierten su invisibilidad y entran por otra puerta.

La segunda decepción se produce hacia el quinto año de vida del primogénito, cuando a ella le resulta evidente que el hombre se escaquea todo lo que puede de las tareas domésticas y del cuidado de los hijos. Las vacaciones de verano y el incidente de la cervecita playera suelen ser un desencadenante habitual: la familia disfruta de la playa con amigos y/o familiares diversos; es la hora de comer del bebé, aunque demasiado pronto para los mayores. El hombre, que lo sabe, prefiere quedarse tomando una cervecita con sus iguales, así que ignorará el tema hasta que sea ella quien asuma la responsabilidad de llevárselo para darle de comer y ocuparse de la enojosa logística del bebé ella sola. Finalmente, sin la obligación de supervisar al bebé y a la madre, puede irse a tomar esa cervecita con los amigos sin preocuparse de nada más. Conoce perfectamente el significado de la mirada fulminante que ella le ha lanzado mientras se marchaba, pero le da igual; no puede evitarlo.

Las mujeres se vuelven invisibles décadas después de los hombres, por simple deterioro físico, cuando la gravedad ha realizado su trabajo. Es una consecuencia de la exigencia social (masculina) que hace que la mujer deba estar (o parecer) siempre joven y atractiva. Llega un momento que no es posible cumplir o retrasar este requisito, y entonces es cuando se accede a la invisibilidad. El síntoma definitivo es cuando otras más jóvenes son las que atraen las miradas masculinas. Una vez superada la transición (a veces dolorosa y traumática en mujeres particularmente bellas o que han basado su éxito en el aspecto externo) se abre la posibilidad de una etapa de bienestar y tranquilidad personal, sin las interferencias que provoca la obligación de estar siempre perfectas ni los cortocircuitos (a veces cargantes) de los deseos masculinos.

(continuará)


http://bajarsealbit.blogspot.com/2011/07/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad.html

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