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martes, 4 de diciembre de 2012

Teorías convenientes para mi mentalidad: 17. Sistemas Femeninos de Datación Sentimental

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja
8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar
9. Los herbívoros, el nuevo Contrato Matrimonial y la paradoja Huxley-Houellebecq
10. La teoría del carrete
11. Las precondiciones de la relación ideal
12. La decepción oculta masculina
13. El bosón de Higgs de las relaciones urbanas
14. ¿A cuántos mojitos estás de la infidelidad?
15. El clan de las menos guapas (I)
16. El clan de las menos guapas (II)

El Carbono-14 (y cito la Wikipedia) es «un isótopo radioactivo del carbono, descubierto el 27 de febrero de 1940 por Martin Kamen y Sam Ruben. Su núcleo contiene 6 protones y 8 neutrones. Willard Libby determinó un valor para el periodo de semidesintegración o semivida de este isótopo: 5.568 años. Determinaciones posteriores en Cambridge produjeron un valor de 5.730 años. Debido a su presencia en todos los materiales orgánicos, el carbono-14 se emplea en la datación de especímenes orgánicos». Pero no es el único sistema para datar acontecimientos. ¿Quién no ha escuchado alguna vez esta frase (o una versión muy parecida)?: «Recuerdo muy bien cuándo pasó porque por aquel entonces yo estaba embarazada...», que es más o menos la formulación doméstica de otro método de datación tanto o más fiable que el carbono-14: los Sistemas Femeninos de Datación Sentimental.

Uno podría pensar que los seres humanos, con una esperanza de vida que --en el mejor de los casos-- ronda los 80 años, no deberían tener problemas para situar sus hitos vitales fundamentales (así como acontecimientos de todo tipo). En todo caso, si preguntáramos al azar no encontraríamos a nadie que pudiera señalar más de cinco. Pues bien, no es así: llega una edad en la que todos esos sucesos, experiencias, traumas, revoluciones, descubrimientos, celebraciones, éxitos, fracasos, alegrías y/o decepciones forman un magma en el que nos cuesta horrores establecer una línea de tiempo fiable y estable.

Llega un momento --especialmente entre el género masculino--en que, hartos de tanta delicadeza y tanto lubricante social, nos dejamos arrastrar por una corriente de deseos egoístas y otros deslumbramientos de orden social. O dicho en plan políticamente incorrecto: hacer lo que nos apetece y decir lo que nos pasa por la cabeza sin pensar en las consecuencias sobre los demás. Cuando eso sucede nos desentendemos de la cronología: recordamos las cosas, pero nos importa un bledo el orden, las causas y las consecuencias.

A las mujeres, en cambio, mantener esa tensión cultural no parece suponerles un esfuerzo adicional ni sobrehumano. Quizá sea porque, desde la adolescencia, han sido adiestradas para contar los días que dura la regla, los días que faltan para que baje, para que se vaya, los que dura la ovulación, los días que ha tardado en defraudarlas su pareja, las semanas que han pasado desde el último coito (y, por tanto, quién es el padre de su bebé)... Cuentas, cuentas, cuentas... Es posible que este hecho evolutivo, además del propio desarrollo de la cultura occidental, haya propiciado la predisposición y la facilidad femenina para recordar las cosas en el orden adecuado, sin olvidar un detallito.

Las mujeres han desarrollado y perfeccionado con el tiempo diversos Sistemas Femeninos de Datación Sentimental --de fiabilidad descendente-- que ayudan a establecer con gran fiabilidad el tiempo, el orden y la natyuraleza de los más diversos acontecimientos. En función del tipo y/o importancia, se suelen datar tradicional y preferentemente con uno u otro método. Para los hombres, esa tendencia a aparecer juntos determinados tipos de sucesos y métodos, puede suponer una pista muy valiosa a la hora de intentar oponer alguna resistencia al dato que nos ofrecen ellas, ponerlo en duda, argumentarlo parcialmente en contra o, simplemente, callar y tomarlo por verdadero... Por eso es importante aprender a reconocer cuándo una mujer los emplea y en qué circunstancias, porque eso nos brinda la oportunidad de salir airosos en una disputa verbal. Los principales Sistemas Femeninos de Datación Sentimental, ordenados de mayor a menor fiabilidad, son los siguientes:

1. El nacimiento de los hijos (y, por extensión, todo el tiempo que dura el embarazo y los meses inmediatamente posteriores): en esa época privilegiada las mujeres ven exponencialmente incrementada, además de su capacidad de percepción, la de asociar vivencias, experiencias, testimonios y sucesos. Si un día, en pleno debate, te sueltan algo así: «eso sucedió en tal año; lo sé porque entonces estaba embarazada de tantos meses y tenía estos síntomas» más vale que te retires y admitas tu derrota, porque te acaban de datar un acontecimiento con el Sistema Femenino de Datación Femenina más fiable que existe. No cabe imaginar mayor precisión. Si ella estaba embarazada o hacía poco que había parido, lo que sea que sucediera sucedió cuando ella dice que sucedió. En todo caso, como hombres que somos, podemos consolarnos apreciando la sutil lógica del argumento: el tener unas determinadas molestias de embarazo es la prueba irrefutable de que aquello sucedió. La rotundidad inapelable de este argumento, sin embargo, reduce considerablemente el número de cosas que se pueden datar con él, ya que el tiempo que pasan embarazadas respecto al total de tiempo de vida es ínfimo. Probablemente más de una echará de menos un grado semejante de lucidez durante el resto de su vida.

2. Hitos biológico-sentimentales: se trata de sucesos vinculados al desarrollo biológico femenino, incluyendo las secuelas sentimentales --no siempre negativas-- que provocan: la primera regla, el primer polvo, la última regla... La fiabilidad de estos Sistemas Secundarios es más limitada: permiten situar cualquier suceso al menos entre uno u otro de estos hitos, reduciendo considerablemente el rango de años en disputa. Para acabarnos de convencer deben echar mano de datos y recuerdos adicionales que corroboren su verdad: un primer novio, un desengaño, un primer polvo de mala calidad, un alargamiento inusual de la menopausia. Ahí los hombres sí que tenemos una oportunidad de establecer con más fiabilidad un suceso, pero siempre sin salir del rango preestablecido.

3. Hitos sociales: en este grupo entran todos aquellos eventos importantes en la vida de una mujer, y constituyen el llamado Grupo de Sistemas Terciarios. Son hitos sociales que permiten establecer órbitas cercanas de acontecimientos, incluso ordenarlos por proximidad, anterioridad, posterioridad o coincidencia con cosas como bodas, divorcios, viajes con amigas, viajes interoceánicos con novios, la muerte de los padres (incluso de los hijos), matrimonios de los hijos, divorcios de los hijos... Estos últimos son hitos relativamente recientes, fruto de la mayor esperanza de vida. No se trata tanto de acotar fechas como de decretar su posición aproximada respecto a estas «balizas sociales» que puntúan la biografía de las mujeres. Su eficacia es menor que la de los Sistemas Secundarios, ya que al no haber una relación estable entre tipos de sucesos datados y balizas empleadas, los hombres nos sentimos dispuestos a impugnar con éxito la cronología. No lo conseguimos en la mayoría de casos.

De manera que si una mujer saca a relucir su embarazo para asegurar que algo sucedió durante su período de gestación, puedes apostar todo tu patrimonio a que tiene razón y tú estás equivocado. En cambio si opina que la caída del Muro de Berlín sucedió cuando faltaba poco para casarse, aun hay alguna esperanza de encontrar una grieta por la que colar algún argumento en contra, porque si utiliza un sistema secundario o terciario significa que no está del todo convencida...

Emparejar adecuadamente hechos del pasado en disputa cronológica y el sistema de datación empleado por ellas son dos indicadores muy útiles a la hora de sortear esos temibles «pozos conversacionales» (un término del que me ocuparé otro día) que se abren inesperadamente en cualquier conversación, amenazando con devorarnos sin piedad ni utilidad...





http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2012/12/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad.html

viernes, 9 de noviembre de 2012

¿Somos buena gente?

¿Existe alguna contradicción entre nuestro apropiado estilo de vida urbano y nuestros abstractos e inconcretos deseos de justicia e igualdad global? ¿Acaso nuestras opiniones sobre el lamentable estado del mundo pueden llevarse a la práctica con acciones a nuestro alcance? ¿Estamos contribuyendo, con esos mismos bienintencionados deseos, a reducir las desigualdades, mejorar la calidad de la democracia o preservar el medio ambiente?

Sabiendo que nuestra vida es finita y nuestra capacidad para influir (directamente) en los problemas que nos preocupan tiende a cero, ¿podemos encontrar una forma de modificar las cosas que, aun sabiendo que es mínima, nos deje íntima e intersubjetivamente satifechos? ¿Podemos presumir de esas pocas cosas que podemos cambiar? ¿Debemos actuar y arriesgarnos aun sabiendo que no nos beneficiaremos de muchos de los efectos de nuestras acciones?

¿Es suficiente con contribuir económicamente ante ONG con las que, debido a nuestros conocimientos y experiencia y al tipo de actividad que realizan, nunca podremos colaborar directamente? ¿La educación que damos a nuestros hijos compensa nuestra ausencia de influencia en todos los demás ámbitos en los que nos hallamos inmersos? ¿Estamos preparados para convivir con nuestra limitada capacidad para influir en un mundo básicamente injusto que se administra con una peligrosa tendencia a la desigualdad creciente? ¿Es suficiente con votar cada vez que se nos convoca? ¿Debemos limitar estrictamente nuestras acciones al ámbito de lo que se considera cívico? ¿Podemos echar mano de un cierto grado de desobediencia sin perder legitimidad? ¿Hasta qué punto? ¿Quién decidirá cuándo es suficiente?

¿Cómo podemos dar salida a la indignación, tanto la racionalizada como la sobrevenida? ¿Qué nos queda cuando renunciamos a comprender y actuar sobre el mundo? ¿Podemos seguir opinando sobre él? ¿Son más coherentes quienes se inhiben de todo problema que supera su propio ámbito vital? ¿Existe alguna forma de vivir la vida con una mínima coherencia entre pensamiento y acción o siempre es necesario elegir uno u otra?

A pesar de todo, ¿se nos puede seguir considerando buena gente por el mero hecho de desear, anhelar, preferir o declarar que el mundo debería ser mejor? Va a tener razón Victòria Camps cuando dice que la ética son sólo palabras que se evaporan en cuanto tenemos que tomar una decisión o hacer una elección. ¿Ser buena gente, entonces, nos convierte en puro humo?





http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2012/11/somos-buena-gente.html

viernes, 5 de octubre de 2012

Ritos pre-bladerunnerianos: Café del Mar

Café del Mar es el nombre de un bar, fundado el año 1980 en Sant Antoni de Portmany (Ibiza), que no tendría más historia si no fuera por el curioso ritual al que ha dado lugar con el tiempo. En su momento, abrió con un objetivo modesto, basado en un producto barato e inagotable: la puesta de sol frente al mar. Al igual que centenares de locales en toda clase de destinos turísticos alrededor del mundo, no se trata de vender un ambiente exclusivo, ni del aliciente de las mezclas exóticas, ni la dificultad de acceso; simplemente un lugar desde el que contemplar un fenómeno que la naturaleza ofrece gratis y a diario. Café del Mar empezó siendo un lugar curioso por la decoración del local (el primero que abrió), vanguardista por la mezcla de música ambiente en un entorno humano entre sofisticado y diletante, rodeado de una aureola de serenidad inducida y buenrollismo. El resto de la experiencia lo proporciona toda clase de estimulantes (etílicos o no). Café del Mar vende un estado de ánimo, pero no uno cualquiera, sino esa extraña mezcla de intensidad, fugacidad, transcendencia, narcisismo y autocomplacencia que afila nuestros sentidos durante el crepúsculo, haciéndonos creer que durante esos minutos, o justo después, accederemos a alguna verdad fundamental. Casi nunca sucede, pero ahí estamos cada atardecer ibicenco, tentando al destino...

Tras alimentar convenientemente el mito durante más de una década, y con Ibiza coronada como el gineceo de la fiesta y la capital mundial de la música dance, Café del Mar lanzó su propia colección de compilaciones ambient-chill (y más adelante chill-house, mi combinación preferida), una mezcla de sonidos potenciadores, capaces de mejorar nuestra experiencia interior del crepúsculo veraniego. Tampoco en esto se ha distinguido del resto de locales (ibicencos o no) que aspiran a convertirse en un polo de atracción musical y/o de ocio. Tampoco es eso.

Lo verdaderamente curioso de Café del Mar es que la retroalimentación de mitos, ficciones y realidades convenientemente amputadas ha dado origen a un ritual que se expande por el planeta con la fuerza de una religión laica, una especie de peregrinación que es necesario realizar en algún momento de la vida, preferentemente durante la juventud. Decenas de jóvenes (y no tan jóvenes), familias, curiosos, despistados, se arremolinan en torno al Café del Mar a medida que el sol se acerca al horizonte. La gente actúa como si fuera a producirse un fenómeno singularmente espectacular, cuando lo cierto es que todo forma parte de una rutina milenaria y previsible. Cuando el crepúsculo enciende el ambiente y la luz se desvanece no se hace un silencio respetuoso, al contrario: la gente sigue conversando, bebiendo y fumando; algunos miran de soslayo el disco rojizo, mientras otros lo observan en silencio temiendo perderse algún detalle. No se trata de una liturgia, es simplemente un ritual, algo que ha ido adquiriendo entidad y significado por el simple paso de los años.

La puesta de sol en Café del Mar se ha convertido en el stargate de la actividad nocturna de Ibiza, y para los no iniciados o entrados en años, una ventana abierta al mundo al que no fueron capaces de acceder o abandonaron hace años. En cuanto desaparece el último rayo de luz bajo la línea del horizonte y se apagan los inefables e incomprensibles aplausos de los asistentes que abarrotan las mesas, la mayoría se dispersa en busca de su propia idea de la diversión. Algo más fuerte en todo caso.

Ibiza se ha convertido por derecho propio en un fascinante laboratorio social, una anticipación de lo que será el ocio occidental cuando alcancemos el orden social que proponen ficciones intergeneracionales como Un mundo feliz, Blade runner, Las partículas elementales o Hijos de los hombres. El imperio de los sentidos ha cedido el paso al del narcisismo (sensual y sexual), a la revolución del no sin consecuencias, al personismo, al exceso a que da lugar la ultraprofesionalización del ocio, a la irrefrenable sensación de habitar un planeta ajeno, un microcosmos que en la práctica actúa como si formara parte de un decorado o un plató cinematográfico; de una ficción que pretendiera convertir en realidad algo en lo que todos creímos, persuadidos de que era un mito inalcanzable, y a lo que, sin embargo, terminamos por renunciar sin saber muy bien por qué.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2012/10/ritos-pre-bladerunnerianos-cafe-del-mar.html

jueves, 13 de septiembre de 2012

Teorías convenientes para mi mentalidad: 16. El clan de las menos guapas (II)

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja
8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar
9. Los herbívoros, el nuevo Contrato Matrimonial y la paradoja Huxley-Houellebecq
10. La teoría del carrete
11. Las precondiciones de la relación ideal
12. La decepción oculta masculina
13. El bosón de Higgs de las relaciones urbanas
14. ¿A cuántos mojitos estás de la infidelidad?
15. El clan de las menos guapas (I)

Así pues, en todos los grupos hay mujeres menos guapas (vamos a llamarlas así) las cuales, por culpa de una o varias más guapas que ellas, se ven relegadas a la periferia en la nube de los deseos invisibles y potenciales. Porque, no lo olvidemos, se trata de preferencias que mantenemos deliberadamente ocultas que sólo asoman cuando creemos que tenemos posibilidades de hacerlas realidad. El resto del tiempo esas preferencias se mantienen latentes, en forma de simpatías mutuas, de confianzas más o menos sólidas, por encima incluso de los emparejamientos oficiales.

¿Por qué toda esta argumentación previa tan quisquillosa y machacona? Pues porque a estas alturas, las docenas de lectoras/es que han llegado hasta aquí se resisten a aceptar que sus preferencias internas en cuanto a aspecto no coinciden necesariamente con las que, por compromiso, relación o cercanía, deben exteriorizar. Me revienta que la mayoría despache este tema restándole importancia, negando su existencia o, simplemente, etiquetándome de raro, obsesivo, interesado o revanchista.

Y por la misma razón que existe un orden de preferencias en cuanto a aspecto, hay alternativas para avanzar algunos puestos en la clasificación. Las menos guapas no lo tienen tan fácil como esas otras que sin apenas esfuerzo están siempre deseables, encantadoras y monísimas, pero es posible acercarse a ellas, incluso hacerles sombra; aunque se necesita tiempo, esfuerzo, voluntad, dinero... (depende de cada caso). Existen otras ventajas competitivas, ya sean innatas o adquiridas, capaces de hacerlas brillar con más intensidad. Esto tampoco significa que las menos guapas estén obsesionadas por esta competición implícita, al contrario, la mayoría renuncia a ella por principios, por incapacidad, por desidia... Pero es una motivación latente en muchas decisiones y actitudes. Ellas, por supuesto, lo negarán todo; pero, en ocasiones, sus actos las desmienten.

Las menos guapas suelen ser resultonas, más simpáticas, observadoras y atentas a los ojos de los hombres que las rodean; y lo que resulta aún más paradójico: son grandes amigas de sus potenciales rivales. El clan de las menos guapas, en un grupo lo suficientemente numeroso, suele estar compuesto por un conjunto de mejores amigas que, en el apogeo de su generación (la treintena), suele proporcionar al resto los momentos más intensos durante el tiempo que permanencen juntos. Las menos guapas suelen ser esas divertidas damas de honor que hacen que las novias tengan despedidas de soltera irrepetibles, dignas de recordar (aunque a veces no se lo merezcan). En los cumpleaños hacen regalos increíblemente personales, detalles conmovedores en reuniones emblemáticas y fechas señaladas. No hacen discursos, pero en los apartes de toda fiesta dejan caer frases y comentarios que las guapas siempre recordarán. Puede que incluso esas palabras determinen su futuro...

Por eso las guapas obtienen casi siempre inmejorables recuerdos en sus hitos vitales; y sin embargo, cuando la menos guapa se casa, la otra nunca está a la altura a la hora de compensar la delicadeza de los gestos y los instantes irrepetibles. A las guapas, que han quemado etapas más deprisa, normalmente las pilla en mal momento: intentando recuperar el prestigio perdido tras un matrimonio de baja calidad o una relación fallida, incluso un embarazo reciente. Así que se dedican a lucir un palmito de impacto decreciente durante la fiesta y a beber más de la cuenta para ganar la seguridad perdida. Creen que expresan su cariño abrazando mucho a la novia, fingiendo una intimidad que ya no existe; pero en realidad están pensando en cómo quedar bien en cada foto.

Las menos guapas brillan con fuerza brindando su apoyo y su lucidez en esas madrugadas míticas llenas de confesiones interminables, casi siempre a raíz de decepciones con novios, en las que las más guapas se sienten como una mierda. Cumpleaños, enfermedades, desgracias (reales o ficticias). Las menos guapas no aprovechan esas circunstancias favorables, al contrario, se comportan con generosidad y afecto, sin tratar de manipular las circunstancias en beneficio propio (o sea, que si el novio cesante les gusta, aunque quede libre renuncian por coherencia y lealtad). Las menos guapas son el mejor airbag emocional que existe.

Cuando los grupos se atomizan (las parejas consolidadas los abandonan, la gente se muda, otros se pierden en el limbo de las cosas), la competición no desaparace, sino que se adapta a pequeñas camarillas mixtas de tres a cinco miembros, en los que hay una única rival a batir y quizá uno o dos componentes masculinos. En estos casos, cuando apenas hay concursantes a los que optar y las menos guapas están menos dispuestas a quedar en segundo plano, los conflictos estallan con más facilidad, acelerando el proceso de disolución definitiva.

¿Dónde acaban las menos guapas? ¿Cómo reconocerlas una vez que la aceptación de su (irreal) desventaja física las convierte en mujeres íntegras? Después de ver por última vez a su amiga guapa en la boda, la maternidad las coloca en la comunidad de las madres fértiles, el colectivo más prestigioso de todos por los que pasarán a lo largo de su vida. En el grupo de las madres fértiles el aspecto ya no es tan importante (para los maridos sí, pero eso ahora no toca), y sí la capacidad para improvisar soluciones sobre la marcha a la vez que se encaran retos constantes. Las menos guapas se pueden vengar entonces (a través de terceras) de sus antiguas amigas/rivales: convocar a su alrededor a una legión de madres inexpertas y/o influenciables que las admirarán y requeriran de ellas todo tipo de consejos. Es una variante mucho más gratificante del papel de sensata entrañable y divertida que desempeñó cuando era más joven. Y sin embargo, no tendrán que haber trabajado ni conspirado para obtener semejante estatus: no han orientado su vida de forma obsesiva hacia el matrimonio y/o tener hijos sanos con el fin de alcanzar esa posición privilegiada; simplemente las circunstancias las han colocado en esa situación, su sentido común y su inteligencia han hecho el resto. ¡Bravo por las menos guapas!

Su mayor riesgo es acabar convertidas en madres profesionales. Cuando los hijos empiezan a ser autónomos, dan el salto a las redes sociales, y aun así la práctica totalidad de los contenidos que aportan tiene que ver con sus rorros, las cosas que han hecho, hacen y harán. Se pasan el día clicando «Me gusta» y escribiendo «¡Guapa!» en las fotos y comentarios de las discípulas/amigas (algunas también han sido antiguas menos guapas) que han colocado en su órbita por trabajo o renovación generacional. Comparsas necesarias, sincera y adecuadamente valoradas y estimadas, pero sin comparación (eso lo saben) con el regimiento de fans masculinos que exhibieron y exhiben las guapas (las de ahora y las de entonces): compañeros de estudios, amigos, exnovios, colegas, compañeros de trabajo... Hombres agazapados (con su lista de deseos afilada y camuflada) a la espera de cualquier indicio que señale una especie de vía libre. Triste destino, a veces, el del clan de las menos guapas...




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2012/09/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad.html

sábado, 25 de agosto de 2012

Teorías convenientes para mi mentalidad: 15. El clan de las menos guapas (I)

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja
8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar
9. Los herbívoros, el nuevo Contrato Matrimonial y la paradoja Huxley-Houellebecq
10. La teoría del carrete
11. Las precondiciones de la relación ideal
12. La decepción oculta masculina
13. El bosón de Higgs de las relaciones urbanas
14. ¿A cuántos mojitos estás de la infidelidad?

«A las feas hay que conocerlas; en cambio a las guapas basta con mirarlas. Esa es la gran paradoja: que quienes atraen menos requieren más esfuerzo. En eso la naturaleza, la evolución, el instinto, o lo que sea, se equivocaron»...

La primera premisa fundamental es tan cierta como mutua y conscientemente ignorada por hombres y mujeres: todos/as estamos perfectamente capacitados/as para detectar y establecer objetivamente, en un grupo humano de cualquier número y composición, al hombre y/o mujer más atractivo. Es más, no se tarda más de diez segundos en decidir algo así (siempre que se tenga a la vista a la totalidad de miembros en liza). Se sabe y punto. Hombres y mujeres.

Otra cosa es que existan poderosas razones para fingir que somos incapaces de hacerlo: quedar bien con el resto, ahorrarnos una opinión sincera e incómoda, evitar oir una dolorosa verdad, convencernos a nosotros mismos de que somos una excepción a la regla, ocultar determinadas e inevitables microenvidias (otro día me extenderé en este concepto)... El caso es que --ellas sobre todo-- negamos tener esa capacidad, más bien instinto innato, y aparentamos conducirnos como si estuviéramos en una zona intermedia en la que todas las opciones están abiertas e intactas para todos, cuando no es así. Lo cierto es que el atractivo físico distorsiona y determina nuestras oportunidades y nos sitúa por encima o por debajo en función de ese criterio básico (que no único).

Todo esto viene a cuento porque hay que partir de esta premisa para desarrollar el tema: en todos los grupos hay un hombre y una mujer objetivamente más atractivos que el resto. Y todos sus miembros lo saben. Esa misma gente que jerarquiza los atractivos físicos sin dificultad, en la intimidad de su pensamiento --incluso los que están en la cúspide de la lista de deseos ajenos se otorgan, con vergüenza (o no), la posición que ocupan-- actúa como si las diferencias no existieran o no contaran: altura, peso, color de pelo, tobillos, tableta de chocolate, culos, tetas, actitud, ropa, maquillaje... Cosas que nos perturban en lo más íntimo, cada día, pero eludimos mostrar sus efectos.

La sicología social admite desde hace tiempo que a las personas atractivas les va mejor en la vida: todo el mundo está pendiente de sus entradas y salidas, les hacen más caso, ganan más dinero... Y eso permite que puedan cuidarse más y mejor. El resultado es que los genes responsables de su belleza salen reforzados, porque suelen procrear con personas igualmente atractivas (otra cosa es la compatibilidad interior, pero eso no viene al caso ahora), de manera que a la siguiente generación la cosa funcionará igual.

Seamos un poco más precisos: en las pandillas juveniles y en los grupos laborales es donde con más claridad y rotundidad se percibe este principio activo, y donde con más fuerza se elude o se rechaza. No es que nos guste llevar la contraria porque sí; lo hacemos por un impulso darwinista de supervivencia aplicado con coherencia cabal: si fingimos no saber quién es el/la más atractivo/a de un grupo nos ahorraremos dos cosas: a) verificar a través de terceros que no somos nosotros y b) evitar un mal trago al averiguar el puesto que ocupamos en la lista de preferencias ajenas.

De manera que tenemos en todos los grupos un hombre y una mujer deseados por el resto; y también un comportamiento disfuncional o extraño: todos (deseados y deseantes) esconden, simulan o niegan sus preferencias. ¿Por qué sabemos que es así? Al igual que la ciencia aprovecha las singularidades de la naturaleza para poner a prueba algunas hipótesis extremas, la sicología social aprovecha las fiestas para sacar conclusiones. Y lo que se observa en esas reuniones es cómo el mapa oculto y sublimado de deseos sale a la luz en cuanto hay una ligera combinación de caos y estimulantes varios. Las personas atractivas notan que la gente les entra más: les cuentan más cosas, tratan de hacerles reir, les tiran tejos con más o menos descaro y/o torpeza, incluso se les tiran encima a saco. Otro momento singular igualmente revelador: cuando los más atractivos quedan eventualmente disponibles se nota un ronroneo de hormonas agitándose, de gente menos atractiva que busca posiciones ventajosas para asaltar su objeto de deseo. Es una lucha invisible y latente que únicamente perciben los que participan en ella. Como decía aquel malvado galáctivo: revisad vuestros sentimientos.

La segunda premisa es que a todos nos gustaría ser los más guapos/as de un grupo y que nunca abandonamos del todo la esperanza de recalar en uno en el que por fin lo seamos. La competitividad a este nivel superficial y narcisista, aunque lo neguemos sorprendidos o escandalizados, nos mueve en un momento u otro de nuestras existencias.

Si resulta que hay guapos y guapas intersubjetivamente designables, hay que admitir por lo menos otras dos categorías en todo grupo: 1) los que están en el extremo opuesto en cuanto a atractivo físico: los feos y las feas y (aquí es donde quería llegar) 2) los que están inmediatamente por debajo de los más atractivos/as. Me voy a ocupar solamente de la parte femenina de este segundo grupo, por ser mucho más interesante y revelador, más conocido como el clan de las menos guapas.


(continuará)




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2012/08/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad_25.html

sábado, 4 de agosto de 2012

Instagram + SocialCam = Pinterest. Iconografía sustitutiva

La imagen empieza a sustituir con éxito a la palabra en las plataformas sociales. En menos de un lustro Twitter y Facebook han quedado asociadas a viejunos de la Era Gramática que todavía creen que darse a conocer y colaborar se debe hacer mediante la escritura. Ambas han visto drásticamente reducida la longitud de sus textos (ya de por sí limitados en la primera) y han pasado a alimentarse fundamentalmente de imágenes. Los comentarios no acompañados de imágenes apenas se prodigan, la mayoría sirven para puntuar fotos, lugares, estados de ánimo, vídeos, canciones, encuestas, anécdotas, chorradas... Y si hay poco tiempo y ganas, un simple «Me Gusta» es suficiente. No importa que se trate de la reseña de una catástrofe, porque el verdadero significado es que «me gusta lo que ha colgado mi amigo/a, independientemente de su contenido». Haría falta un botón específico para estos casos de malas noticias o desgracias, porque las reacciones a base de Me Gusta producen un efecto ambiguo o desestabilizador.

Proveer de imágenes las redes sociales no sería posible sin unas herramientas ubicuas, sencillas y presentes en todos los smartphones: Instagram (recién adquirida por Facebook en abril de 2012) y SocialCam (recién adquirida por AutoDesk en junio). La primera permite compartir fotos y la segunda vídeos al instante. Lo que está sucediendo tiene un casi inmediato reflejo en la web, hasta el punto de que, igual que sucede con los viajes turísticos, da la sensación de que es más importante decir que se ha vivido que vivir. Probablemente ésta sea una de las causas del exceso de narcisismo que transpiran estos tiempos.

Poco a poco se consolidan las aplicaciones sociales en las que la palabra escrita ya no es el principal vehículo de expresión; se prefiere la imagen porque no requiere articulación del pensamiento. Pinterest es el nuevo muro de moda entre los nativos digitales más jóvenes: un inmenso panel virtual en el que compartir imágenes de aficiones o pasiones. Aunque el usuario/consumidor ya se las sabe casi todas y enseguida, antes incluso de que la propia aplicación tenga detrás un modelo de negocio, han surgido usos imprevistos más sistemáticos y orientados a la promoción comercial y publicitaria: recetas de cocina, ideas para decoración, maquillaje, moda... Profesionales que aprovechan el medio para conseguir audiencia y hacerse un hueco en el mercado. Aunque por encima de todo, y en eso consiste la verdadera clave del éxito de Pinterest, está su enorme capacidad para, de una forma sencilla y directa, dar salida a todo nuestro narcisismo latente: en teoría deberían ser imágenes para expresar estados de ánimo, o visitas a lugares interesantes, momentos perfectos... pero en la práctica son fotos (las privadas) que en ocasiones bordean el sexting emocional. Y gatos, muchísimos gatos... Es curioso: la mujer que vive sola con un gato es, en nuestra cultura sentimental, el arquetipo de la solterona urbana rarita y misántropa. ¿Será que este colectivo ha encontrado un lugar para dar salida a sus obsesiones solipsistas o es que hay muchas más de las que creemos? Cualquiera de las opciones da miedo.

La gente visita Pinterest por la misma razón que nuestros abuelos llevaban exvotos a los santuarios con fama de milagreros: a ver quién y qué había colgado. No era tanto el agradecimiento por la curación como la curiosidad por ver lo que la gente dejaba como ofrenda. De momento, ni creadores ni audiencia saben exactamente a qué obedecen sus respectivos impulsos ni las razones verdaderas de su éxito, pero la acumulación de imágenes está ahí. Y aunque la imagen apenas está contextualizada, al menos --respecto a Facebook-- hemos superado la fase de respuestas a base de lugares comunes, felicitaciones de cumpleaños o meras banalidades: «¡Guapa!», «¡Precioso!», «¡Te lo mereces!», «¡Eres la mejor!», «Wapi!!!»...

Son innegables las ventajas de la imagen sobre la palabra: su éxito es clave en una sociedad que la explota para alimentar el deseo y el consumo inagotables. Le habla al cuerpo antes que a la mente. Se dirige a lo instintivo --ahí están esos miles de petabytes de porno que no paran de crecer-- antes que a lo reflexivo, por lo que no debe sorprender su eficacia entre una juventud tecnológicamente funcional. La palabra exige capacidad de comprensión superior, esfuerzo de síntesis, sentido analítico, espíritu crítico... y no hay tiempo ni ganas para todas esas cosas. Es una cuestión de economía: la imagen proporciona más o menos lo mismo en forma balbuciente con un esfuerzo mínimo, y de paso sugiere significación básica (en realidad meros estados del mundo o del ánimo), la suficiente para que cada cual la complete en función de su experiencia y entendimiento. Sin contexto y sin mensaje apenas puede decirse que haya comunicación, si acaso una bienintencionada y/o egoísta comunión de intenciones.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2012/08/instagram-socialcam-pinterest.html

sábado, 14 de julio de 2012

Para el verano...

Imagina el lecho seco de un río. Cada día pasas por allí y dejas algo, o caen una ramas; el viento desplaza unas hojas... Otro día lanzas una piedra que rebota y hace que otras se desplacen levemente. De pronto llega el deshielo y el agua lo cambia todo: remueve lo liviano, se adapta a lo pesado, pero consigue su objetivo: derribar o sortear los más diversos obstáculos. En los lugares más alejados del curso principal se forman pequeños remansos. A pesar de todas las dificultades, el agua, poco a poco, se va abriendo paso. Entonces apareces de nuevo y empiezas a retirar lo que sobra, los estorbos secundarios, todo aquello que provoca meandros innecesarios: piedras, embudos de hojas, extraños objetos... No paras hasta conseguir un único cauce que fluya constante en el que no falte ni sobre nada.

Así es exactamente mi forma de escribir: el lecho seco es mi bloc de notas, que utilizo como repositorio, una especie de prolongación de mis sentidos y de mi memoria sentimental. Constantemente anoto frases, palabras, expresiones, diálogos, impresiones, puntos de partida, paradojas, finales... Un buen día me da por releerlo todo: reordeno algunos párrafos, añado cosas, incluyo ideas que rondan por mi cabeza... y de pronto siento que fluye la narración, el caudal que dará sentido a todo esto que no era más que una desordenada sucesión de palabras. Empiezo a cubrir huecos argumentales, a hilvanar causas y consecuencias, a encajar momentos que se me antojan perfectos. El cauce se va pareciendo por momentos a un canal bien trazado.

Finalmente, cuando el recorrido está completo lo repaso todo con la perspectiva del tiempo y la distancia: me dedico a pulir pequeños trechos donde parece que el agua se atasca más de lo imprescindible: quito adjetivos, simplifico frases, sustituyo palabras y limo toda clase de aristas hasta que tengo la certeza de que el conjunto está compuesto exclusivamente de suaves curvas bien peraltadas.

Así escribo. Así me sale lo que escribo. Así quiero que quede lo que escribo
.



Este verano ya tiene su libro: se titula «Atolones de pelusa» y lo he escrito yo. Incluye una selección de narraciones breves, algunas llevaban durmiendo en el disco duro más de una década, que han sufrido varios procesos de reescritura (algunos bastante severos). Y como en una parodia mediocre de Amélie Nothomb, sólo ha llegado a ver la luz una quinta parte del total.

Mi recomendación, por supuesto, es que lo compréis en papel o en eBook; pero sobre todo que lo leáis, preferiblemente en la playa, porque ahí es donde más receptivo está uno. Pero también para que otros os vean disfrutando con el libro de este debutante en la ficción.

Feliz verano!!!!!


lunes, 25 de junio de 2012

Teorías convenientes para mi mentalidad: 14. ¿A cuántos mojitos estás de la infidelidad?

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja
8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar
9. Los herbívoros, el nuevo Contrato Matrimonial y la paradoja Huxley-Houellebecq
10. La teoría del carrete
11. Las precondiciones de la relación ideal
12. La decepción oculta masculina
13. El bosón de Higgs de las relaciones urbanas

La infidelidad no es solo la respuesta instintiva e irreflexiva a un impulso hormonal imposible de evitar (en realidad equivale a la típica excusa en plan «no puedo controlarlo, es superior a mí», como si eso sirviera de atenuante o de eximente). Aun así, hay que admitir que ese tipo de infidelidad existe, no hay duda, pero se trata de un caso tan cierto como minoritario dentro del amplísimo catálogo de deslealtades de pareja. Y sin embargo es la única que admitimos (tras toneladas y toneladas de machacona insistencia conversacional) con desgravación de mucho IVA y otras alharacas argumentales de dudosa validez. De hecho, la infidelidad realmente existente es de tipo procesual, no algo involuntario, no planificado o producto de un subconsciente mal sublimado. A la infidelidad se llega. La infidelidad, en definitiva, es un estado mental.

Y es precisamente al alcanzar ese estado mental, mediante razones y vericuetos emocionales que cada cual conoce de sobras, cuando nos convertimos en personas potencialmente infieles. El primer indicio de que se está culminando el proceso de interiorización de la infidelidad es muy fácil de detectar: proponer como tema de debate --en foros compuestos mayoritariamente de parejas amigas-- si la infidelidad mental es verdaderamente una clase de infidelidad o un componente estructural de nuestra conciencia, sin valor ni significado alguno. Esta polémica es, probablemente, tan vieja como estúpida, pero se repite una y otra vez porque siempre habrá quien desee escuchar por boca de otro/a que todos esos pensamientos (sucios o no) que nos asaltan son «naturales», propios de nuestra naturaleza voluble, egoísta y traicionera. Si resulta que están en nuestro genoma --nos consolamos de regreso a casa-- querrá decir que están por encima de toda consideración legal o moral y que es normal tenerlos. En definitiva, queremos que alguien nos confirme «que no los podemos evitar» y que no es necesario rechazarlos. Incluso podemos recrearnos en ellos un ratito...

Ya hemos alcanzado el estado mental de la infidelidad y hemos dejado de reprimir pensamientos infieles mediante un dudoso tecnicismo lógico. La siguiente pregunta es: ¿A cuántos mojitos estamos de admitir verbalmente la posibilidad de una infidelidad real? Más que nada porque el poder desinhibidor del alcohol es el desencadenante habitual en este tipo de conductas (concretamente el mojito, un cóctel transversal en cuanto a preferencias entre hombres y mujeres). Cualquier suceso, nimio o crucial, imprevisto o provocado, real o ficticio, puede desembocar en una confesión en voz alta no planificada de disponibilidad hacia la infidelidad, y lo más probable es que haya una ingesta de alcohol por medio. El mojito está de moda, pedimos una ronda tras otra, nos animamos, estamos rodeados de personas de confianza (del mismo sexo), es el momento perfecto. Ahí va...

El número de mojitos que necesitamos para confesar que tenemos pensamientos infieles es inversamente proporcional a varios factores:

1. El tiempo que hace que mantienes una relación estable
2. La experiencia acumulada en temas de pareja (la mochila emocional)
3. La presencia cercana y accesible de una persona sobre la que proyectar el deseo (existencia de oportunidad lo llaman los detectives).

En la Fase 1 es probable que hagan falta más de cinco; y que ni aun así tu cerebro se plantee tal posibilidad. Sin embargo, en una Fase 2 de mala calidad, en plan empresita de servicios, apenas uno y medio bastarán para soltarlo todo.

También hay un número inversamente proporcional de mojitos para verbalizar los diversos grados de infidelidad:

1. ¿Cuántos mojitos necesitas para hacer comentarios sobre lo deseables que son otras personas que no son tu pareja y/o admitir que te perturban por uno u otro motivo?
2. ¿Cuántos para admitir que por tu pensamiento ha cruzado la idea de una infidelidad concreta, con cara, ojos, nombre y cuerpo?
3. ¿Cuántos para ironizar abiertamente (siempre hay que intercalar capas de seguridad/ambigüedad en la conversación) acerca de estar madurando un proceso avanzado de comisión de infidelidad?
4. Y lo que es más importante: ¿Cuántos necesitas para llevarla a cabo?

No subestimemos el poder de desgaste de una relación ni sobrestimemos nuestra capacidad de aguante con el alcohol, porque podemos estar a medio mojito de reescribir la historia...




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sábado, 2 de junio de 2012

Teorías convenientes para mi mentalidad: 13. El bosón de Higgs de las relaciones urbanas

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja
8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar
9. Los herbívoros, el nuevo Contrato Matrimonial y la paradoja Huxley-Houellebecq
10. La teoría del carrete
11. Las precondiciones de la relación ideal
12. La decepción oculta masculina

El bosón de Higgs es la última partícula del modelo estándar que queda por descubrir. Su existencia está prevista de forma teórica desde 1964, año en que el físico británico Peter Higgs lo propuso para explicar, entre otras cosas que no vienen al caso, la ausencia de masa en los fotones y sí en la de los bosones, la interacción electromagnética y la fuerza débil (con los años esta última denominación parece un homenaje de científico soseras a la saga de George Lucas).

Para empezar, ójala existiera un modelo estándar para las relaciones (como existe para la física de partículas) al que nos pudiéramos acoger para explicar tanto las interacciones previstas para --digamos-- un muón y un leptón o, por poner un ejemplo al azar, una posgraduada de 29 años y un macoyas poligonero. ¿No sería fantástico poder predecir qué saldría de cada combinación posible? Bastaría hurgar un poco en la teoría y descubrir si estamos (o no) dentro de alguna interacción prevista, lo cual nos tranquilizaría al comprobar que seguimos dentro de la normalidad o nos desquiciaría porque descubrimos que nos enfrentamos a un bosón relacional cuyos componentes y fuerzas aún están por conocer.

Otro problema que resolvería este modelo: ¿Qué partículas componen el puzzle de las relaciones urbanas? ¿Cómo interactúan entre sí? Si yo fuera capaz de contestar por lo menos una mínima parte de al menos una de estas dos preguntas sería recordado para siempre como un genio universal, por encima incluso de Newton, Einstein o Hawking. Pero no la tengo. Lo único que podemos hacer con las relaciones es observar y reaccionar; luego observar la reacción a nuestra reacción y volver a reaccionar. Y así hasta el infinito. En el modelo estándar de las relaciones también se cumple a rajatabla el principio de indeterminación de Heisenberg, el axioma fundamental de la mecánica cuántica: con sólo observarlo ya estamos modificando o influyendo en un fenómeno. Apliquemos esto a las relaciones y veremos que --sólo por esto-- estamos rozando una gran verdad fundacional.



Si profundizamos en la metáfora, es posible que podamos aventurar la existencia de una serie de particulas que interactúan en un gran número de relaciones, y aunque no podamos afirmar que es una fuerza universal, sí que podemos esperar algunas reacciones comunes en personas muy diferentes y alejadas en el espacio y el tiempo: ¿Por qué la gran mayoría prefiere a las guapas? ¿Cómo explicar esa minoría que aun así deja a su chica por otra más fea? ¿Y las que dejan a su chico por otro más pobre?

El problema es que no es posible ir más allá en la metáfora: la física de particulas se compone de 12 elementos, agrupados en 3 familias; mientras que las relaciones son inabarcables por definición. El primero es un modelo básicamente deductivo, guiado por la lógica, mientras que el segundo es completamente empírico, alimentado por el instinto y el principio del placer. Es imposible generalizar más allá de --como mucho-- cinco casos conocidos.

Las relaciones, como las partículas, se forman a partir de choques al azar con otras partículas que hay por los alrededores. Pero mientras que en la física el catálogo de resultados está --al parecer-- bastante limitado a las cuatro interacciones fundamentales, las relaciones tienen que ver con lo espontáneo, lo instintivo, lo conveniente y lo egoísta. ¿Podría decirse que son éstas sus cuatro interacciones fundamentales?

O puede que debamos ser positivos: mantener la esperanza en el descubrimiento de un elemento --desconocido pero previsto por ciertos indicios-- que explique el sistema tal como ahora lo conocemos pero inyectando una dosis de consistencia, igual que sucede con ese maldito bosón de Higgs que todavía se resiste o la materia oscura que por lo visto llena casi todo el universo pero somos incapaces de detectarla. ¿Que haríamos si un día diéramos con ese bosón de las relaciones y completáramos el rompecabezas? Estaríamos más cerca de la perspectiva exacta para resolver algunas encrucijadas o, mejor aún, saber que al final de lo que hacemos está lo que queremos.





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lunes, 28 de mayo de 2012

Raritos que pagamos impuestos

La población mundial no parará nunca de crecer --quizá experimente leves retrocesos en casos de catástrofe sobrevenida-- más que nada porque la gente no va a renunciar a follar así como así. ¿Qué alternativas tenemos para ralentizar o racionalizar un crecimiento que ya es una seria amenaza para la supervivencia? La renuncia a la descendencia a base de argumentos de bienestar egoísta, el uso sistemático y responsable de anticonceptivos, el recurso a la cirugía en según qué factores socio-genéticos... Opciones viables y posibles hoy día, con todas las ventajas y un único inconveniente: que son voluntarias y nadie está por la labor. Si ya nos parece inconcebible que pueda promulgarse una legislación que obligue a un ser humano a aceptar unilateralmente una limitación que afecte a su capacidad procreadora, qué cabría esperar si esa restricción/prohibición tuviera que ver con el libre ejercicio de la sexualidad... Nos dicen que el follar se va a acabar y se monta una que no veas.

No existe (y es probable que no vuelva a existir) ninguna política que se atreva a decretar sobre la esterilización, voluntaria o no, ni sobre sus límites, condiciones, edad o circunstancias. Y si llega a darse es que estamos al borde de la extinción. Lo mismo cabe decir de la forma en que damos rienda suelta a nuestros instintos sexuales: no se puede hacer nada para acabar con las pulsiones irracionales y desordenadas que provocan el crecimiento descontrolado y desatendido de la población; como mucho, podemos sentarnos tranquilamente a ver del partido y ser testigos del incesante aumento de nacidos.

Y sin embargo, sabemos que la Tierra posee un límite a la capacidad de producción de alimentos y fuentes de energía. Tal y como está la biota, Gaia o como mierda queramos llamarla, está al alcance de nuestros conocimientos calcular el número máximo de habitantes vivos que admite el planeta. Es más, conocemos con precisión cuánto queda para alcanzar ese límite fatal y, lo que resulta aún más escandalosamente paradójico: sabemos perfectamente qué hay que hacer para ralentizar (nunca detener) el avance hacia el colapso. Pero no hacemos nada.

Seguimos dando por supuesto y actuando como si los recursos fueran inagotables, incrementando y diversificando el consumo como si el crecimiento de la población fuera una variable sin efecto sobre el medio ambiente, como si las modificaciones que introducimos por causa de nuestras (infinitas) necesidades de bienestar no afectaran a nuestras condiciones de vida. La teoría económica hace tiempo que acepta de manera oficial que la suma de los egoísmos parciales equivale al caos; el problema es que la desagregación individualista de esos mismos egoísmos conduce igualmente a una --mayor si cabe-- feroz resistencia al cambio (¿por qué yo y no los demás?). Desde todos los puntos de vista --genético, de los instintos, evolucionarios, de la cultura, del ocio-- la conclusión es preocupante. Pero no hacemos nada.

¿Esterilización preventiva y/o voluntaria? ¿Esterilización por imperativo legal a partir de cierta edad y/o número de descendientes? Ahora parece lunático y eugenésico, pero a medida que se reduzca el margen para la supervivencia asistiremos al surgimiento de iniciativas legislativas inéditas y sin precedentes que aun hoy no merecen ni siquiera un lugar en nuestro pensamiento.




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jueves, 10 de mayo de 2012

Teorías convenientes para mi mentalidad: 12. La decepción oculta masculina

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja
8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar
9. Los herbívoros, el nuevo Contrato Matrimonial y la paradoja Huxley-Houellebecq
10. La teoría del carrete
11. Las precondiciones de la relación ideal

¿Tu hombre siempre se va a dormir después que tú? ¿Se excusa diciendo que prefiere ver un rato la tele o que «ahora va»? ¿Espera pacientemente a que te duermas y luego se mete en la cama cuidadosa y silenciosamente? Pues una de dos: o se va a dedicar un ratito al porno-sin-compromiso o padece decepción oculta masculina. Se trata de dos momentos en una pendiente por la que los hombres suelen deslizarse en un momento u otro de una relación estable que acumula ya un largo recorrido. Es una curiosa sublimación del instinto polígamo que todo hombre guarda en algún rincón de su ADN y que, por diversas razones e intereses, reprime porque prefiere no dinamitar su relación actual. El comportamiento típico de decepción oculta masculina incluye ausencia de malos humores, conformismo y/o confortabilidad en la rutina y renuncia (y resignación) a las reyertas nocturnas bajo las sábanas. Suele culminar con una revelación más o menos inesperada y el anuncio de un cambio de orientación sexual, una disfunción eréctil, la llegada de un cambio radical de vida (incluyendo un cambio de hemisferio y el objetivo declarado de montar un chiringuito en una playa caribeña) o el reconocimiento de una relación oculta con otra mujer más joven...

Si no se produce ninguna de estas revelaciones, la cosa deriva en una mentira mutuamente interpretada y consentida, que no tiene que ser mala, pero sí tremendamente aburrida. Muy pocas veces hay ocasión de desvelar los hilos rojos de semejante pantomima implícita pero, igual que sucedió con los eclipses y la teoría de la relatividad, hay que saber esperar el momento oportuno: las mentiras que soltamos en una encuesta sobre actividad sexual. En la penúltima se afirmaba que, a pesar de la crisis, tres de cada cuatro españoles estaban satisfechos con su vida sexual... Claro, claro, por eso las redes de contactos están a reventar cada noche, y los locales de ocio llenitos de casados ansiosos por darse un garbeo por la frontera de la infidelidad.

¿Dos veces por semana? Con suerte cada tres, incluso una vez al mes. Haz un rápido repaso mental: rutina, cansancio, falta de deseo, desórdenes afectivos, conflictos de pareja... Tensiones latentes que espacian y retardan los revolcones. En realidad, mentir acerca de la propia actividad sexual es lo mismo que esas encuestas que preguntan sobre el nivel de felicidad percibido: nadie quiere admitir ante un desconocido que no es feliz o que no practica el sexo todo lo que quisiera. Se trata de un puro mecanismo de defensa, una estrategia adaptativa, una forma de rodear el problema con la esperanza de llegar al otro lado, donde se solucionará todo como por arte de magia. Eso nunca sucede, pero nos lo decimos a nosotros mismos porque así el trayecto se hace más llevadero. Aunque nadie sabrá que has admitido que no mantienes relaciones sexuales (y menos en una encuesta anónima) nos resistimos a decirlo en voz alta porque es como admitir que tenemos una basurita en el alma.

Las mujeres no reacionan mejor ante los síntomas de la decepción oculta masculina: además de mentir en las encuestas, mienten a sus amigas acerca de la realidad de su relación y, mientras tanto, por las noches, se alegran de no tener que hacerse las dormidas ni quedarse inmóviles en la cama cuando notan que él se acuesta. «Esta noche no toca embestida súbita», suspiran aliviadas. Puede que alguna ingenua piense que eso significa que su protocolo sexual está dejando de ser una actividad silenciosa e implícita para convertirse en algo más civilizado y «telefilmesco».

La gente no cambia radicalmente de la noche a la mañana fruto de una decisión personal y unilateral, lo normal es que detrás haya un motivo nuevo y poderoso. La decepción oculta masculina no es el resultado de una mala gestión de la sexualidad por parte de las mujeres, más bien es la grieta que los hombres creemos encontrar para escapar de una relación acabada.




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jueves, 15 de marzo de 2012

Ejecutivos de lo cultural tan alcanforados y tan rezagados que se creen que van delante

La tozudería de algunos sectores de la industria cultural parece mostrar esperanzadores síntomas de desgaste. Ya no lo llena todo un discurso monocorde y obtuso que se niega a afrontar una realidad adversa para su mercado tradicional, sino que se abren paso otras perspectivas que contemplan lo digital como un negocio viable más allá de los beneficios basados en simples derechos. El cierre de Megaupload no parece haber hecho mella en la actividad de lo que estas industrias consideran el «internauta delincuente», ni siquiera en otras webs similares que, tras esconder la cabeza durante unos días, vuelven a aflorar los contenidos de siempre. Y las que desaparecen son sustituidas por otras nuevas en un proceso imparable. Aun así, todavía quedan cazurros que opinan que se puede detener y controlar el mercado a golpe de decretos-ley.

El usuario/consumidor, en cambio, se ha acostumbrado a utilizar y disfrutar de Spotify (en cuyo accionariado, no lo olvidemos, participan las propias disqueras) como si fuera una radio personalizada, una especie de radiación de fondo del bienestar musical. Los hay que prefieren pagar una cuota para no soportar la publicidad, otros la toleramos como en las emisoras de radio de toda la vida. La obsesión del almacenamiento ha dejado de ser la prioridad en música, una vez que la disponibilidad permanente de los catálogos musicales parece garantizada. Aun así, las disqueras creen que erradicando las descargas sus ventas volverán a los niveles de 1995, como si esa simple (e inviable medida) devolviera al usuario/consumidor el poder adquisitivo y el deseo de adquirir canciones en lugar de escuchar música mediante tarifa plana, que es la pauta de consumo que ha sustituido (así, en pasado) a los formatos de almacenamiento.

Las editoriales también empiezan a comprender que internet, más concretamente la blogosfera, es un vivero de escritores. Antes eran los editores y los agentes espabilados quienes detectaban o encontraban a jóvenes promesas de la literatura. Autores a los que el tiempo, la habilidad propia, la mercadotecnia y la buena fortuna acababan convirtiendo en escritores. Ahora la cosa es bastante más diferente: prácticamente todo aquel que sabe escribir (medianamente bien) puede hacer públicas sus aportaciones. Lo más rápido, directo y sencillo es a través de blogs y otras colaboraciones puntuales, que contribuyen a moldear temas, puntos de vista, estilo..., y lo que es más importante, la rapidez e inmediatez en la realización. Un blog acelera (cuando hay conocimientos suficientes, interés y precondiciones) la cristalización de un estilo literario; aunque también --hay que admitirlo-- modifica radicalmente el concepto de ficción literaria: ésta se hace más breve, aún más biográfica, de estilo más directo, con temas que se acercan más a lo cotidiano, casi siempre sin salir de lo popular... Pero es inevitable: las masas han tomado la palabra (escrita) y es normal que la literatura del siglo XXI se vea atravesada de arriba abajo por un boom de contenidos digitales creados por usuarios/consumidores prácticamente anónimos, con obsesiones y preocupaciones bastante alejadas de las antiguas elites consagradas.

Pero la cosa todavía va más allá, las editoriales se han dado cuenta de dos cosas: 1) que es imposible dar salida por los canales tradicionales a tantísimas aportaciones individuales (ficción, no ficción, estudios, análisis, compendios....); y 2) los autores nativos digitales ya pueden puentear sin problemas los canales tradicionales que --hasta ahora-- actuaban de filtro y les impedían dar a conocer sus textos. Las soluciones de autopublicación, las plataformas de venta a disposición de particulares (como la de Amazon), las webs de contenidos sindicados... son soluciones que funcionan (y muy bien) y amenazan con dejar fuera a los editores de toda la vida. Por eso se han puesto manos a la obra, y --de momento lo hacen las pequeñas editoriales y las más nuevas-- se dedican a bucear entre los desconocidos que más venden y les proponen dar el salto al papel. De aquí surgirán muy probablemente nuevas figuras literarias: personas que comenzaron emborronando blogs, luego epubs y finalmente, papel. Quizá un prurito de dignidad gremial impedía a los editores admitir este estado de cosas y lanzarse a husmear entre los «aficionados», pero al menos algunos se han sacudido los complejos.

El sector cinematográfico, en cambio, sigue enrocado en la fase de negar las evidencias, criminalizar al usuario/consumidor e ignorar las flagrantes posibilidades de negocio que les brinda internet, un mercado que desprecian porque son analfabetos digitales (igual que las disqueras hace diez años y las editoriales hace cinco). Las plataformas de cine por internet se multiplican, demuestran su solvencia técnica y de servicio, pero las multinacionales analógicas las ningunean impidiendo o evitando que incluyan en sus catálogos títulos de riguroso estreno. ¿Por qué? Pues porque asocian todo lo digital a copia incontrolada, a descarga ilegal, y porque están empeñadas en que el cine sólo se vea en sus salas. Los dispuestos a pagar (muchos ya lo hacen) por una tarifa plana que les permita disfrutar del cine en casa lo tienen jodido, porque es un modelo de consumo que desde el lado de la oferta no se acepta. O sala de cine (y luego DVD y, cinco años después, por televisión) o nada. El texto de Francisco Griñán en Sur.es todavía guarda las formas afirmando de entrada que el cine se debe consumir en pantalla grande, pero luego lanza los dardos a las heridas que duelen: la verdadera razón por la que NetFlix no desembarca en España es por las elevadas tasas de derechos de autor, no por la piratería ni la inexistencia de un mercado potencial (estos son los argumentos empresariales esgrimidos en sintonía con el clima político neoconservador imperante). Toneladas de negacionismo que se combinan con una ceguera tecnológica que afecta a ejecutivos de la vieja escuela, tan rezagados en sus conocimientos y apreciaciones que se creen que van delante.

¿Por qué no podemos ver estrenos de cine, simultáneamente, en sala y en internet? ¿Acaso no hay familias (monoparentales o no) que no pueden costearse un canguro, dispuestas a ver buen cine actual cuando sus rorros se acuestan? ¿Por qué no puedes organizar una velada, en casa, con tus amigos, para disfrutar de una divertida comedia, celebrando con grandes risotadas cada gag, bebiendo cócteles o parando para mear cuando te apetezca? ¿No podemos organizar una fiesta infantil, en casa, y dejar que los pequeños disfruten juntos del último estreno de su personaje infantil favorito? ¿Por qué no podemos ver el cine que queramos cuando y dónde queramos? ¿Quienes son estas distribuidoras para imponer pautas de consumo?

Si algo puede lograr internet es quebrar de una vez el monopolio interno que atenaza a las industrias culturales: basadas en conglomerados empresariales que se ocupan de cada parte del proceso de fabricación, distribución y exhibición, de manera que --aparentemente-- todo transcurre en un ecosistema de libre competencia, cuando en realidad, como en el sector energético, es la misma empresa con diferente nombre la que impone sus criterios estratégicos.




http://bajarsealbit.blogspot.com/2012/03/ejecutivos-de-lo-cultural-alcanforados.html

jueves, 16 de febrero de 2012

¿Necesitamos otra lógica? (7). La democracia feudal

Versiones anteriores:
29/08/2007
04/05/2009
29/03/2010
03/02/2011
16/06/2011
06/10/2011

«Sucede que al eclipse de Europa se suma el declive de los Estados Unidos, con un sistema político crecientemente bloqueado que ofrece espectáculos como el de las primarias del Partido Republicano. Sucede, según explica Paul Krugman, que cunde la desigualdad y que los datos de la Oficina de Presupuestos del Congreso en Washington resaltan el aumento del desfase salarial y sitúan a Estados Unidos en la cima de los países donde la condición económica y social tiene más probabilidades de ser heredada. Entonces llegan los conservadores para restar importancia al estancamiento de los salarios y poner el foco en el hundimiento de los valores familiares de la clase trabajadora. Para estos abanderados de la moralidad tradicional es irrelevante que el salario base ajustado a la inflación de los hombres con el bachillerato terminado haya caído un 23% desde 1973 y que, mientras en 1980 el 65% de quienes con esta educación trabajaban en el sector privado tenían seguro médico, en 2009 ese porcentaje había descendido hasta el 29%».

Miguel Ángel Aguilar. 2012



El Antiguo Régimen fue un sistema político rígido, jerárquico y elitista que derivó en una economía y en una sociedad completamente injustas: cada estamento (la versión prehistórica de las clases sociales) tenía asignado en él un papel, y no había fuerza humana que pudiera modificar eso. Bueno, luego se comprobó que sí había algo: el dinero, el mejor y más eficaz ascensor social (entonces, ahora y siempre). Los campesinos trabajaban la tierra y criaban hijos que heredaban sus cargas y miserias. Luego estaba la casta religiosa, cuya función era velar por la justa aplicación de su propia versión de la espiritualidad, que administraba con una escandalosa doble moral. Y finalmente, en la cúspide de la pirámide, estaban los aristócratas y reyes, que disponían las leyes a su antojo y conveniencia y se beneficiaban del trabajo de los otros dos estamentos. Es lógico que un sistema como éste, que limitaba con el esclavismo (en ocasiones entraba de lleno en esa denominación), tuviera a mano, como contrapeso a un ímpetu impugnador y revolucionario que en la actualidad nos parecería de lo más normal, una ideología formalmente igualitarista que diera la impresión de que la escandalosa descompensación de la estructura social respondía a algo preternatural o divino, inasequible por tanto a la crítica y a la reforma. Esa ideología era la religión católica (aunque otras religiones han desempeñado ese mismo papel en diferentes momentos y civilizaciones), que sostenía que todos los hombres eran iguales a los ojos de Dios. Una igualdad universal estrictamente teórica, puesto que a los ojos de los hombres todo se reducía a una estructura orientada a la explotación de la mayoría por parte de una minoría que heredaba sus privilegios con la misma naturalidad que los demás la sumisión y la resignación. No había alternativa, tan solo sobrevivir en un mundo que era básicamente una pesadilla con la débil esperanza de una vida eterna, abundante y feliz más allá de la muerte, siempre y cuando se hubieran acatado una serie de mandamientos compatibles con el orden mundado preestablecido. Desde luego, a la religión católica hay que reconocerle un mérito indiscutible: haber fundamentado sus privilegios en el mejor servicio posventa que quepa imaginar. No existe evidencia de ningún cliente insatisfecho que haya regresado del más allá para desmentir las promesas que se le hicieron en vida. Este esquema lógico se sigue empleando en la actualidad en numerosos ámbitos: «Si no hay argumentos en contra es que lo que decimos, aunque no existe ningún argumento a favor, no sólo es cierto, sino que además queda demostrado en su verdad». Esto se conoce técnicamente como falacia lógica de negación del antecedente, un clásico de la manipulación política.

El resultado fue un sistema estructuralmente semiesclavista, formalmente inatacable, que maquillaba la injusticia y la explotación con una ideología igualitarista que se concretaba FUERA del entramado social, mejor dicho, más allá de la existencia. La época de las revoluciones burguesas consistió en una serie de tentativas de asalto al poder por parte de una burguesía que había dejado de ser una patulea de desharrapados y había alcanzado suficiente masa crítica (y también fortuna) como para atreverse a cuestionar un poder ancestral enquistado. La Revolución Francesa fue la primera de una serie de intentonas que, sólo en Francia, se prolongó hasta la Comuna de París, y que en la actualidad siguen sucediéndose en países con una brusca transición (precedida o seguida de una guerra civil) desde un poder dictatorial a una especie de democracia formal representativa. Argelia, los Balcanes hace unos años, pero también Egipto, Libia, Siria... Aunque en diferente grado de violencia y de eficacia aperturista, todos ellos tienen en común un pasado semifeudal que acaba derrumbándose por acumulación de podredumbre y corrupción, igual que los Estados Generales de 1789 y, exactamente doscientos años después, los países de la órbita comunista tras la caída del Muro.

Desde 1945, en unos pocos países antes, la mayoría del mundo occidental adoptó por consenso pacífico sistemas democráticos de representación parlamentaria elegida por sufragio universal. Se trataba, finalmente, de la materialización políticamente estable del ideal que alimentó a los revolucionarios que se hicieron visibles para el mundo en la toma de la Bastilla. Este proceso ha durado casi dos siglos (dos conflictos bélicos mundiales incluidos), hasta que finalmente pudo intaurarse una democracia que consagraba la igualdad, la justicia y la solidaridad en lo más alto de la legislación. Durante cincuenta años hemos vivido instalados en una razonable comodidad mayoritaria, con altibajos importantes, es cierto, pero en esencia aceptables. La experiencia ha sido tan positiva que incluso, puesto en la encrucijada, más de uno estaría dispuesto a morir por un sistema así (de hecho, muchos anónimos nunca suficientemente homenajeados lo hicieron). Sin embargo, la rutina, la desmemoria, la corrupción, los intereses particulares, el afán de mantenerse en el poder, el deseo inagotable de privilegios, la abundancia de políticos mediocres y el absurdo convencimiento de que todos los logros de la democracia parlamentaria y el estado social nos vienen «de serie» o por decreto, han dado paso a un abstencionismo creciente en el electorado y la dejación de responsabilidades por parte de los cargos electos, que acaban creyendo que las elecciones y el derrocamiento incruento del gobierno son un mero trámite, y no uno de los mayores logros de la humanidad racional. Los parlamentos elegidos democráticamente han acabado pareciéndose demasiado a la asamblea de nobles y aristócratas de los Estados Generales de Francia: políticos profesionales que ejercen cargos por obediencia debida (antes era por herencia y linaje) que encadenan cargos legislación tras legislación, aupados y sostenidos por partidos políticos convertidos en factorías de tipos mediocres que lo supeditan todo al interés general... del partido, no del votante. La crisis económica, después de un lustro, ha dejado al descubierto una ideología democrática raquítica y meramente decorativa que se limita a mantener la apariencia oficial de un sistema social FORMALMENTE libre e igualitario, cuando en realidad vivimos en una pura y simple oligarquía.

Bastan cuatro indicadores (como los del texto extractado de Miguel Ángel Aguilar al principio, con datos prestados de Paul Krugman) para que salte el barniz de la solidaridad y la justicia y se vea la misma madera podrida que sostuvo a las elites económicas y políticas del feudalismo. Vamos mal.




http://bajarsealbit.blogspot.com/2012/02/necesitamos-otra-logica-7-la-democracia.html

jueves, 19 de enero de 2012

Teorías convenientes para mi mentalidad: 11. Las precondiciones de la relación ideal

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja
8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar
9. Los herbívoros, el nuevo Contrato Matrimonial y la paradoja Huxley-Houellebecq
10. La teoría del carrete

La esperanza de un éxito duradero y la pulsión sexual --también denominada lujuria a primera vista o, como prefieren los románticos políticamente correctos, atracción mutua-- es la combinación universal de factores que nos empuja a iniciar una relación. Asistimos constantemente a todo tipo de fracasos de pareja: lejanos o cercanos, previsibles o inesperados, tristes o liberadores, al final llegamos --a pesar de nuestra arrogante incredulidad-- a experimentarlo en primera persona, y aun así, siempre estamos dispuestos a intentarlo una vez más, repitiéndonos que esta vez será La Definitiva, que no cometeremos los mismos errores. Y a veces es cierto, pero otras muchas no lo es. Y así, en fin, vamos pasando la vida.

Lo intentamos porque el deseo, convertido con los meses en sentimientos íntimos, es demasiado fuerte, y los beneficios que aporta a corto, medio y largo plazo son mucho más gratificantes que los posibles riesgos. Ahora bien, igual que los padres procuran crear el mejor entorno familiar, pedagógico y lúdico para el nacimiento y crianza de sus rorros (llegando en ocasiones a extremos difícilmente justificables en asuntos donde se supone que las cosas se hacen únicamente por amor); pues me pregunto si, ya puestos a ser repelentemente previsores, ¿no cabría esperar la misma actitud racional a la hora de decantarse por una u otra persona con posibilidades de convertirse en relación estable? No me estoy refiriendo a encuentros sexuales mutuamente consentidos y esporádicos, ni a los que viven en una trabajada y permanente Fase 1, sino a los que intentan filtrar sinceramente los candidatos que encuentran --o se presentan-- con el objetivo de alcanzar una Fase 2 de buena calidad. De éstos, digo yo, cabría esperar un poco más de frialdad y perspectiva, evitando limitarse a la apariencia externa (fundamental, por supuesto, pero no determinante) y rebajando drásticamente las dosis de narcisismo; de manera que, al ampliar el foco y abarcar más personalidad, tengan en cuenta otras cosas, como el entorno familiar, opiniones en temas de calado (ideología, hijos, estatus...), la mochila sentimental... A veces debería preocuparnos más un pasado sin resolver que un futuro incierto.

Expuesto de esta manera, la cosa parece un rancio tratado de moral decimonónica para señoritas bien, pero es que, a toro pasado, más de uno y más de una se preguntan cómo no supieron ver y/o interpretar las señales que anunciaban el desastre. La mayoría de las veces, bastaría un análisis guiado por el sentido común y hacer una simulación virtual de la relación a medio plazo. Y no para descartar con fundamento entre uno u otro guaperas, pues para eso están las hormonas y los instintos (y está bien que sea así), sino para minimizar riesgos inútiles. Dejarse caer sin más en la Fase 2 sin haber hecho un test de desgaste de convivencia con una profundidad de, al menos, cinco años, es como entrar en casa de un desconocido para practicar sexo sin condón. Puedes esperar cualquier cosa.

Aunque cada edad y circunstancia tiene sus lugares comunes, y no existen fórmulas estrictas, ahí van unos pocos indicadores que pueden minimizar la sensación de ruleta rusa en que a veces se convierte una relación que se estabiliza:

Hermanos/as de amigas/os: es el vivero ideal para dejar crecer de forma natural una primera Gran Relación. Tanto se confía en su eficacia que el cine adolescente y cierta literatura juvenil lo presentan constantemente como la mejor opción. El hermano de una amiga (generalmente mayor) o la hermana de un amigo (generalmente menor) son personas que vas tratando poco a poco y que de pronto un día miras de forma diferente. Los padres, además, suspiran aliviados porque ya conocen a su futura familia política.

De amigo/a a novio/a: un clásico treintañero que se abre paso tras el fracaso de lo que uno creía que era El/La Definitivo/a. Tantos años hablando por teléfono, sirviendo de vertedero emocional, abrazos sin llegar a más, confidencias en conversaciones de vapor etílico en largas madrugadas... Si después de todo eso no sabes de qué pie cojea él/ella, es que eres un discapacitado sentimental.

Coincidencia fantástica: es la preferencia unánime de todos a los que realicé mi improvisado cuestionario. Ellos y ellas se decantan por un desconocido total hacia el que, de repente, te sientes irresistiblemente atraído/a debido a una increíble comunión de sentimientos e ideas que eleva el chute hormonal más allá de lo imaginado. A pesar de reconocer que no garantiza de éxito, todos lo señalan como la mejor opción (quizá porque es la que más se acerca al canon del amor romántico).

Será que el azar es precisamente la garantía de que seguiremos cometiendo los mismos errores. No es sólo que la evolución natural sea muy lista, es que también la educación sentimental deja estratégicas lagunas que facilitan la prolongación indefinida de la cadena de aciertos y fracasos.





http://bajarsealbit.blogspot.com/2012/01/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad_19.html

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