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lunes, 15 de octubre de 2007

Más tecnología que esclaviza

George Hotz ha pasado a la galería de nombres de la contracultura informática al anunciar que ha conseguido desbloquear el iPhone para que pueda operar con otras compañías además de ATT, que es con la que Apple ha acordado la exclusividad para EE UU. Mientras tanto, Jobs busca acuerdos, también en exclusiva, para operar en Europa.

Además de exclusivas, las empresas siguen vendiendo sus productos a la vieja usanza, desde arriba, mediante acuerdos globales. Sin embargo, los productos objeto del acuerdo son tecnologías basadas en la Web 2.0, con un alto componente de nueva filosofía de la organización empresarial. Pisani opina que la estrategia debería ser la contraria: convencer, desde abajo, a los usuarios/consumidores para que al alcanzar una masa crítica la cosa se impusiera por su propio peso. A mí me parece que, por muy emergentes y modernas que sean, las empresas siguen teniendo los pies en la tierra, saben dónde está el dinero y hacia él se dirigen por el camino más seguro para colocar sus productos. Los experimentos se quedan para las redes sociales, esas que no dan dinero pero sirven de laboratorio. Es preferible un buen convenio firmado y sellado por un director ejecutivo que miles de usuarios operando con una tecnología gratuita (que encima, cuando deje de serlo, migrarán a la empresa emergente que viene detrás y ofrecerá lo mismo mejorado y gratis).

Se vende como si fueran componentes industriales, y sin embargo la tecnología Web 2.0 intenta trasladar todo lo que hacían los ordenadores y servidores corporativos a la red, socavando la organización empresarial más tradicional. Desde el punto de vista de una multinacional, ¿le interesa trasladar sus bases de datos y aplicaciones a la red? ¿Es seguro? ¿Es fiable? Desde el punto de vista de una PYME, ¿es rentable trasladar su entorno de usuario a la red? ¿Le compensa dado su escaso volumen? Desde el punto de vista de un usuario/consumidor, ¿se lanzará sin más a guardar los álbumes familiares (algunos ya lo hacen), el correo, los vídeos --pero también los documentos personales, sus reclamaciones, sus facturas-- en máquinas ajenas después de invertir una considerable suma de dinero en un ordenador con cuyo hardware puede tostar su ocio? ¿Acaso un ordenador que asumiera que todas las tareas se ejecutan en la red precisaría de dispositivos de almacenamiento/lectura/grabación y de tanta potencia de proceso? ¿Pasarían por ese aro las legiones de usuarios/consumidores que actualmente hacen sus apaños locales con la música, el cine, la televisión y los videojuegos? Ya lo comenté en otro post, y mi impresión desde entonces no ha cambiado.

Microsoft ha presentado su propuesta de telefonía gratuita... incrustada en su clásico de los clásicos: Office. Es un ejemplo canónico de aprovechamiento de canales estratégicos; lo dicen todos los manuales de mercadotecnia empresarial: si tienes una ventaja competitiva, exprímela al máximo. El canal estratégico más importante (después del hecho de que el 90% de los ordenadores del mundo use sistemas operativos de Microsoft) es Office, la suite ofimática que usan la inmensa mayoría de las empresas del mundo; así que si es necesario lanzar una nueva línea de productos en la que la empresa no tiene experiencia directa previa --porque los mayores márgenes de negocio se encuentran hoy por hoy en ese sector-- qué mejor que incluirla en otro completamente maduro y de sobras conocido. Desde hace un año Google está haciendo sus pinitos para meter la cabeza en el negocio de la telefonía móvil, así que expectativas de beneficio hay, y muchas.

De manera que a Office le ha salido una utilidad para realizar videoconferencias de audio/video. ¿De verdad da para tanto un documento, una hoja de cálculo, una presentación, una base de datos, un mensaje de correo, para justificar una charla digital? ¿No ocupa ya bastante en el disco ni hace suficientes cosas para además añadirle esto? IBM-Lotus se estrelló en un arrecife muy parecido: estaban convencidos de que la gente escribía sus textos y confeccionaba sus hojas de cálculo en grupo, y por tanto los procesadores de texto y demás aplicaciones de su paquete ofimático Smartsuite debían incluir herramientas para la edición colectiva y on-line de documentos. Se encontraron con que casi nadie hace eso; la mayoría escribe, hace sus formulitas, prepara sus presentaciones, y luego las envía por correo para revisar y/o aprobar. Quizá un 10% de usuarios use estas funciones de edición simultánea, pero la mitad son empleados de Microsoft, y la otra mitad de IBM-Lotus. El resto, crea sus archivos en solitario. Aun así, Microsoft insiste en engordar Office con montones de utilidades añadidas, olvidando que un procesador de textos es básicamente eso, un procesador de textos, y no un ERP. Cuando eso suceda --que Office se convierta en un ERP-- se habrá completado su actual proceso de transformación en un dinosaurio del software, y como tal se extinguirá debido a su peso y su complejidad. Es una simple cuestión de entropía.

Por último, la noticia de que la Universitat de Barcelona, una institución que se pretende puntera y seria, anuncia que dará cursos en Second Life. Justo ahora que las empresas huyen ante la evidencia de un experimento fallido, ahora que los únicos usuarios/consumidores que quedan son los que buscan sexo y dinero, llega la Universitat de Barcelona para dar cursos... ¿En qué mundo vivimos? ¿En qué están pensando los gurús de la mercadotecnia? ¿En qué gastamos nuestro dinero? Si no fuera patético nos podríamos partir de risa.

La economía del monopolio tecnológico goza de muy buena salud, quizá porque de momento es la única fórmula que conocemos capaz de frenar parcialmente y durante un tiempo --el necesario para obtener beneficios, a veces ni eso-- el imparable empuje de las novedades tecnológicas. Eso significa que tenemos esclavitud colateral para rato.

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