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domingo, 16 de septiembre de 2007

Nuevo positivismo digital (V): Los turoperadores del océano cibernético

Nuevo positivismo digital (I)
Nuevo positivismo digital (II)
Nuevo positivismo digital (III)
Nuevo positivismo digital (IV)

El imparable ritmo al que se suceden los acontecimientos en la historia de la informática --o de Internet y sus usos, que viene a ser prácticamente lo mismo-- es lo bueno y lo malo de esta historia.

Allá por el Paleolítico de la red navegar por la protoInternet era una experiencia al borde de lo surreal: nos fascinaba más saber que estábamos "viajando" por el mundo a través de la pantalla del ordenador que no el objetivo ni el resultado mismo del viaje. Puede que al final acabaras con un bonito mapa térmico de Japón (que maldita falta nos hacía), que la lejanía de la procedencia parecía justificar todo absurdo.

La propia estructura de Mosaic (el primer navegador realmente popular de Internet), no solamente es que fuera espartana, sino que daba por supuesto todo el mundo imaginaba que Internet debía organizarse igual que nuestros discos duros. Así, las ventanas se componían de interminables listas de carpetas (por temas, por países...) en la que uno iba subiendo y bajando, entrando y saliendo. Buscar era una tarea que requería tiempo, así que había que ser mínimamente deductivo y apostar por una de las carpetas como si estuviéramos ante la puerta de un laberinto. Sabiendo esto, no es de extrañar que el primer gran negocio de la red fueran los buscadores, ya que nadie se aclaraba en aquella especie de biblioteca de Babel hecha de carpetas.

El segundo gran negocio fueron los portales, los puertos desde los que solían partir la inmensa mayoría de viajes por el ciberespacio. Siguiendo la metáfora arqueológica, si Mosaic fue el Paleolítico, los buscadores el Neolítico y la Era de los Grandes Portales (EGP) el equivalente a la Edad de los Metales. Algo así como el advenimiento del primer gran imperio de la antigüedad: espectaculares obras públicas, mezcla de diferentes orígenes, concentración, inmovilismo, saturación... Igualito, igualito...

Al entrar en la Era de los Grandes Portales cambio la metáfora arqueológica por otra muchísimo más bella y eficaz que tomo prestada de Carl Sagan, en el prímer capítulo de la serie Cosmos (1981): consiste en definir la Tierra como "Las costas del océano cósmico". Lo que me fascina de esta imagen es cómo Sagan da la vuelta a la idea de la vastedad del universo: desde nuestro minúsculo punto de vista, como habitantes de un minúsculo planeta, el Universo es como un océano que nos rodea por todas partes; y sin embargo, aun sabiendo que no somos más que una parte infinitesimal de ese todo, no dejamos de sentirnos el centro neurálgico de ese mar. Contemplándolo se nos hace evidente su inmensidad, aunque --debido a nuestras limitaciones y carencias-- sabemos que sólo podemos aspirar a conocer bien las partes cercanas a la costa, quizá algunos fondos poco profundos; más allá sólo podemos especular, imaginar o deducir... Con el Cosmos sucede lo mismo: el planeta Tierra está rodeado de un océano cósmico del que apenas conocemos sus orillas (la Luna, las órbitas de los planetas cercanos, algunos cometas, el Sol...), más allá de estos objetos se abre un océano infinito sobre el cual aún no disponemos de capacidad para navegar; en este sentido aún vivimos en el siglo XIV de la navegación espacial. Me fascina esta metáfora porque es capaz de explicar no sólo la vastedad que nos rodea, sino la posición que nosotros, individuos minúsculos, ocupamos en ella y las distorsiones conceptuales --básicamente centrípetas-- que introducimos al tratar de explicarla.

Con los Grandes Portales sucede lo mismo: de pronto la tecnología nos abrió un océano de páginas web, el cual sólo es posible revisar desde una pequeña pantalla. No existía --ni existe aún-- ninguna atalaya desde la que divisar la red en perspectiva, teníamos que conformarnos con deducir su tamaño y diversidad. Por fortuna, la misma tecnología nos dotó de una herramienta que acoplar a la pantalla, que todavía hoy nos permite circular por ese océano de forma sencilla, eficaz, y bastante segura: los navegadores. Lo que no teníamos eran mapas, ni herramientas de búsqueda fiables. ¿Qué hacer? ¿Por dónde empezar, sabiendo que "todo" estaba en ese magma de datos en forma de webs? Lo único que nos hacía falta era saber llegar al sitio deseado. Por suerte nuestro navegador ya tenía entonces ese entrañable botón de "Home" (representado desde siempre como una casita), que nos trae de vuelta desde cualquier lugar en el que sintamos que hemos ido demasiado lejos. Esta es mi metáfora equivalente a la de Sagan para el Cosmos: los Grandes Portales --en la práctica las mismas compañías que nos daban acceso a la red-- fueron durante un tiempo nuestras "costas del océano cibernético", aunque sólo fuera porque eran nuestra página de inicio en el navegador (cuando muchos no sabían cambiarla, o creían que si lo hacían o no comenzaban desde ahí el viaje la conexión no funcionaría). Ese Sagrado Portal De Inicio se convirtió en un lugar donde obtener un poco de todo sin alejarse demasiado de la costa conocida: noticias, chat, música, juegos, correo, horóscopo, trabajo, cotilleos, páginas personales, compras, ocio... Durante un tiempo estos portales fueron algo así como mayoristas turísticos, acaparando la mayoría de los viajes contratados, porque la gente no necesitaba --o no se atrevía, ya que se contaban muchas historias terribles de virus espantosos, como aquellos monstruos marinos en el confín de los océanos en una Tierra plana-- un mundo inexplorado no tan políticamente correcto ni tan orientado al negocio de las multinacionales.

Los Grandes Portales hacían como los hoteles de lujo de los paraísos tropicales: ofrecer todo dentro del propio recinto para que no desees salir de él. Mucha gente ya se conforma con eso: viajan a la otra punta del planeta en busca de un poco de exotismo dosificado, espacios sin masificar, un trato algo más exclusivo y un cierto toque elitista. En la Internet operada por los Grandes Portales sucedía igual: reunían en una misma web un poco de todo lo que al parecer había por ahí y ya está; no era necesario ir más lejos para satisfacer necesidades estándar. No es nada malo; de hecho la televisión se utiliza mayoritariamente de este modo y nadie se escandaliza por eso. En estas condiciones, sólo unos pocos atrevidos y expertos se aventuraban a viajar por libre. El crecimiento exponencial de las webs personales, la caída de los mitos sobre los peligros de la red, el auge de los proyectos comunitarios y, sobre todo, la llegada en 1998 de Google, acabaron con el efímero esplendor de los Grandes Portales, los turoperadores de la Internet de la Edad del Hierro.

Con el tiempo y la experiencia la gente perdió el miedo, muchos aprendieron a cambiar la página de inicio, y escogieron mayoritariamente la de... Google. Su aspecto espartano y despejado estaba en las antípodas del barroquismo de los Grandes Portales (luego supimos que la razón era que sus fundadores no sabían mucho de HTML), y ese recuadro en blanco donde teclear las palabras a buscar era una invitación imposible de rechazar que nos susurraba: "¿Dónde quieres ir? Todo está preparado". Los resultados de cada búsqueda en Google son como un mapa balizado de cada tema generado en apenas 2 segundos. Fue esa forma de comenzar el viaje (acotando nuestros viajes a base de búsquedas y resultados) lo que cambió nuestra forma de concebir mentalmente Internet --y de usarla también-- y de paso cuestionó por completo la existencia de los Grandes Portales, convertidos de la noche a la mañana en dinosaurios, en el Festival de Eurovisión de las páginas web (carca, pasado de moda e infumable). Cuando lograron reaccionar retiraron servicios y contenidos, hasta quedar reducidos casi en exclusiva a los directamente relacionados con sus productos y servicios. Ya nadie los usa para informarse, ni para comprar ni para saber si será un buen día para enamorarse...

Netvibes es el punto final de esta historia (final porque alcanzamos los acontecimientos del presente, no porque hayan terminado los cambios): tras la extinción de los Grandes Portales a causa de la caída del meteorito Google se levantó una gran polvareda; aun así, más pequeña de lo que cabría esperar. A continuación, no se produjo ningún cambio estructural radical, tan sólo una atomización increíble de los portales: disminuyeron visiblemente de tamaño, especializándose por temas, usuarios, zonas geográficas, idiomas... Por otro lado, la eclosión de las páginas personales (luego mutadas en blogs, pero básicamente idénticas en cuanto a contenidos) hizo que ambas corrientes se encontraran finalmente: 1 usuario=1 página, que enseguida derivó en la ecuación (1 usuario=1 portal)=Netvibes. El paisaje que se deduce ahora --seguimos sin atalaya desde la que otear la red-- está lleno de pequeños portales personales personalizables. Es como esas imágenes aéreas --como las que toman sin parar los satélites que trabajan para Google-- de urbanizaciones de obra nueva: todas las casas parecen iguales desde lejos, hay que acercarse mucho para observar las narcisistas diferencias menores. Pero eso es bueno, es una muestra de la buena salud de la diversidad. ¿Serán estos Pequeños Portales Personales Personalizales (PPPP) los que definirán la Edad del Bronce en esta evolución zipeada?

(continuará)

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