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jueves, 24 de noviembre de 2011

Pornografía para mujeres: nuevas fronteras

Sabemos de sobra de qué va el cine porno para hombres, así que no hace falta demorarse demasiado en sus fundamentos: llaman a la puerta, es la repartidora de pizzas, y nada más ver tu casa comenta que estaría bien echar un vistazo a las habitaciones. ¿Podrías acompañarme? Hace mucho calor... Los argumentos del cine porno (más bien su ausencia), reflejan a la perfección la idea masculina de la sexualidad: lanzarse directamente al guisante, saltándose todos los prolegómenos. Y cuando digo los prolegómenos me refiero no sólo a los toqueteos previos, sino a toda la ingeniería social que les precede. Nada de charla o de cualquier cosa que demore la aparición de los pezones, el indicador universalmente reconocido que marca el inicio del acto sexual (Seinfeld dixit): en cuanto aparce una mujer está necesariamente cachonda y deseando convertirse en objeto de deseo. El cine porno para hombres necesita, para completar el espejismo de una relación mutamente consentida y deseada, disfrazar el deseo masculino de respuesta inevitable, agradable e inequívoca a un estímulo femenino idéntico. Si ella toma la iniciativa o expresa su deseo irrefrenable se conjura el fantasma de la explotación sexual y la cópula parece algo natural y formalmente libre. En el cine porno, la mujer se comporta tal y como el hombre la imagina en su universo mental. Es egoísta, puede resultar degradante; pero funciona, y por eso triunfa.

El cine porno es una industria floreciente que cada año gana en aceptación social y normalidad creadora, con su star system, sus festivales, su cobertura médica, sus análisis trimestrales de SIDA... Aunque, gracias al auge de Internet, los artesanos de la explotación sexual --arrinconados por la industria y la presión social-- conocen una segunda edad de plata: amateurismo, señuelo publicitario, cutrismo, garrulismo, grupos de afirmación (aparentes y no tan aparentes), negocio carente de escrúpulo...

Ahora les toca el turno a ellas. Su consolidación en la cima del poder de la industria del porno --al fin y al cabo suponen una materia prima fundamental-- hace que reclamen por derecho propio su valor como audiencia, sus puntos de vista y sus fetiches. La directora no es una excepción o una rareza en el cine porno: aportan nuevos matices y renuevan un género esclerotizado y rancio por culpa de la testosterona. Sus películas tienen poco que ver con el tópico: las mujeres no esperan hasta el final para ver si la protagonista se casa, ni tratan de invertir con exactitud las proporciones de los argumentos masculinos (90% prolegómenos y 10% penetración). Para ellas, el sexo oral no es una obligación, ni el anal; tampoco son imprescindibles los besos blancos o negros ni demás apologías del flujo seminal.

¿Entonces qué? ¿Juguetitos y complementos eróticos? ¿Mimitos y caricias sensuales? ¿Masajitos subidos de tono? Pues tampoco. Todo eso no es más que la variación mimética del género --hecho por mujeres-- desde los parámetros establecidos por el hombre. Es una simple recombinación de los mismos elementos que funcionan para los hombres. En este tipo de cine, aparentemente dirigido a las mujeres, lo único que cambian son las dosis, los detallitos y los tiempos.

Otro cine porno para mujeres es posible: no necesariamente hecho para mojigatas, que no rehúye retos físicos. A un determinado nivel, también se podrían considerar pornografía películas que mostraran a hombres limpiando, devanándose los sesos con los menús de la semana que viene o preparando la bolsa de gimnasia sin que se lo tengan que recordar. También entraría en esta categoría una película que contara la historia de un grupo de amigas que se reunen en un bar para charlar, sin malos rollos, sin malentendidos. Entre ellas no hay secretos, si acaso las críticas son para otras mujeres desconocidas que no vienen al caso. Cuando llevan un rato disfrutando de su conversación inteligente sin renunciar a deslumbrar con su apariencia impecable, aparecen sus novios, maridos, parejas no convivenciales o relaciones estrictamente basadas en lo físico (para no dar a entender que se potencia un cierto tipo de vínculo sentimental en detrimento de otros) para irse, cada cual por separado, a pasar una animada noche de sábado. Cenan en sofisticados restaurantes exóticos, rodeados de iguales; acuden a estrenos y eventos culturales formal y estéticamente innovadores o improvisan planes con la dosis exacta, demostrando que, a pesar de tanta planificación, saben evitar caer en el acartonamiento. En esta película, los hombres no sufren apalancamiento, ni resultan previsibles, zafios o decepcionantes. Tampoco generan cabreo oculto, ni están deseando regresar a casa para darse el lote. Y van al gimnasio y son sensibles. Las mujeres pueden expresarles sus sentimientos de forma sutil y compleja, porque ellos empatizan sin esfuerzo y las escuchan sin desconectar todo el tiempo que haga falta.

Cuando, de madrugada, vuelven a casa, a él no le importa encender antes doscientas velas en el dormitorio para crear el clima erótico adecuado, sin presiones ni prisas. Tampoco olvidará regalarle la rosa roja que cada día --cada día-- ofrece a su pareja como prueba material (y todas sus amigas no dejan de interpretarlo así) de que gozan de un amor mutuamente correspondido.

Al día siguiente las chicas se vuelven a reunir y comentan (por un estricto y nunca explícitado orden), como si nada, lo bien que lo pasaron con sus respectivas parejas. Lo bien alcanzados que estuvieron sus respectivos orgasmos, lo delicadamente que las abrazaron tras el éxtasis y las profundas reflexiones que sostuvieron después acerca de su relación durante dos horas, sin que él hiciera el más mínimo amago de bostezo.

La película consistiría, básicamente en un yuxtaposición de cuidadas variaciones de estos dos tipos de escenas, dependiendo de la habilidad y talento de guionistas y directoras. En eso no escaparían al rígido esquema ¿argumental? del cine porno para hombres: mamada, penetración, cambio de postura, penetración, cambio de postura, entrada por detrás, cambio de postura, penetración, collar de perlas. Aquí la reiteración también es la pauta, pero en lugar de culminar con una siempre ansiada y abundante eyaculación, ellas descubren extasiadas que las cuatro han conseguido llevar sus relaciones hasta la Fase 3. Por primera vez en la Historia de la Humanidad, más de tres parejas acceden a ella en un mismo siglo, y todas ellas pertenecientes al mismo grupo de amigas. La felicidad será eterna y no conocerá vaivenes ni crisis. Fin.

¿Estamos seguros de que el sexo es lo único que identifica al cine porno? ¿Estamos seguros de que el tratamiendo de la sexualidad es lo que realmente distingue el porno para hombres del que se dirige a mujeres? Las dos cosas entran dentro de lo posible. En cambio, es sorprendente que ambos compartan otro ingrediente fundamental, además del sexo, algo que está en la base de sus ficciones: una irrealidad egoísta y placentera hecha de reiteración sin apenas variaciones. No sé si consolarme o preocuparme...

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