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sábado, 14 de abril de 2007

Nuevo positivismo digital (III)

Nuevo positivismo digital (I)
Nuevo positivismo digital (II)


Habitamos un mundo que, contemplado desde determinados puntos de vista, parece gobernado por designios desconocidos, y sin embargo los ha parido el mismo ser humano que los contempla aturdido. Tras esta paradoja se esconde una verdad fundamental: la complejidad es una de las más potentes fuentes de extrañamiento que existen.

Jonathan Swift escribió en 1726 Los viajes de Gulliver, una sátira a veces desternillante, otras cruel, pero casi siempre certera, en la que pretendía llevar al absurdo algunas de las más firmes convicciones y valores sociales de la época. En uno de los capítulos la emprendió con la ciencia o, mejor dicho, con una sociedad histéricamente volcada en el cientifismo empirista. Y es que desde 1687, año en que Newton había publicado sus Principia mathematica (en el que cuantificaba el universo de una forma tan sencilla y exacta a base de leyes expresadas en forma matemática), todos los estudiosos y científicos de la época se habían lanzado a desentrañar leyes de idéntica manera para todos los órdenes de la vida: desde la química hasta la ingeniería social. En Gran Bretaña fue la Royal Society, convencida de antemano del infinito poder de la ciencia y de la matemática recién armada por Leibniz y Newton, la institución que financió una innumerable serie de proyectos que pretendían mejorar objetiva y racionalmente las condiciones de vida de la humanidad. Eran los tiempos del apogeo de la Nueva Ciencia formulada por Francis Bacon: una conjunción de progreso social y tecnológico sobre la base de un método científico volcado en el minucioso análisis de la naturaleza. Esta Nueva Ciencia iba a cambiar el mundo e incluso debía borrar las huellas del pecado original en la Tierra. Este nuevo paradigma científico no tardó en alcanzar de lleno al capitalismo de principios del siglo XVIII, cristalizando en lo que se denominó el “espíritu proyectista”, ocupado básicamente en especular y hallar mejoras que convirtieran en millonario a su descubridor. La ciencia acabó convirtiéndose en el medio de conseguir rentabilidad económica fácil y rápida.

En la novela de Swift, Gulliver llegaba a Laputa, una extraña isla voladora gobernada por eminentes científicos preocupados por el bienestar de la sociedad, los cuales, gracias a los conocimientos adquiridos sobre magnetismo, mantenían a Laputa suspendida en el aire sobre la tierra de Balbinari, a cuyos habitantes sometían a una terrible dictadura. Una dictadura no basada en la violencia, sino en el mantenimiento a rajatabla de las jerarquías del conocimiento. A los balbinarianos se les escamoteaba por sistema toda información sobre los principios científicos que permitían a la isla mantenerse en el aire, y con ello perpetuaban una desigualdad que se hacía pasar por una premisa de orden natural. La Academia de la isla de Laputa es una parodia de esta nueva ciencia especulativa promovida por la Royal Society; incluso Laputa misma no es otra cosa que una dictadura idéntica a la descrita por George Orwell en 1984: un sistema totalitario basado en el estricto control de la información.

Uno de los efectos del nuevo énfasis cientifista consistió en una avalancha incontenible de libros que pronosticaban el inminente cambio de poder del que iba a ser testigo la sociedad del siglo XVIII. En este sentido, la crítica de Swift es demoledora y certera porque no se ocupa de la ciencia y su método, sino de aquellos aspectos aparentemente inocuos y secundarios: una práctica especulativa apoyada en una falsa ciencia que provocó devastadores efectos sociales en la Revolución Industrial que acabó gestando. Un repaso a los escritos de la época revela la permanente promesa de inicio de algo completamente nuevo que iba a invertir la tendencia de lo que hasta ahora había sido una decadencia iniciada casi en los tiempos de Platón.

Un paralelismo más antes de entrar en materia: aunque desde 1801 ya circulaban vehículos por “carriles de hierro” tirados por caballos, no fue hasta 1828, con la implantación de las locomotoras de vapor, cuando se inicia la verdadera expansión del ferrocarril. Primero dedicado al transporte de mercancías (fundamentalmente carbón, desde las minas hasta las ciudades), muy pronto al de viajeros; el ferrocarril fue la auténtica “locomotora” de la Revolución Industrial, puesto que las infraestructuras que requería involucraban a sectores en pleno auge gracias a los avances de las máquinas de vapor: la industria siderúrgica (fabricación de los rieles), la del carbón (el combustible empleado por las locomotoras) y toda clase de ingenieros (trazado de vías, obras de acondicionamiento, talas de bosques, construcción de estaciones...) y trabajadores. La “época del ferrocarril” fue un proceso en el que las propias necesidades de expansión de la red ferroviaria espolearon la investigación y la extensión de mejoras tecnológicas, cada vez más palpables, que redundaban en una mayor eficiencia económica en los sectores directamente implicados en la tarea de tender líneas y construir el material rodante. Se invirtieron siglos de esfuerzo en alcanzar algo que pudiera denominarse con fundamento una “red mundial” de ferrocarriles: primero Gran Bretaña, luego el resto del continente europeo, y de ahí poco a poco a las colonias del resto del mundo, dependiendo de la prioridad y de la actividad de explotación económica que iban a sostener: la India, Sudáfrica, Sudán, Egipto... Estados Unidos y Latinoamérica también fueron testigos del despliegue del ferrocarril coincidiendo con períodos de fuerte expansión económica o de explotación colonial; fue un despliegue sometido a las necesidades de la mejora de las comunicaciones entre la metrópoli y sus territorios colonizados, y aunque el resultado ha consistido en una vasta red de millones de kilómetros que beneficia a la práctica totalidad de la población mundial, no hay que olvidar que se trató de un proyecto impulsado por las elites económicas que colateralmente poseía un incuestionable beneficio social. Una vez más, vicios privados, públicas virtudes.

Estamos en el siglo XXI y una evidencia recorre el planeta de punta a punta: la ciencia y la tecnología se hallan en un momento semejante al descrito por Swift, imbricadas tan estrechamente que es imposible distinguirlas. Mientras tanto, la economía conoce un período equivalente de efervescencia semejante al del trazado de líneas de ferrocarril, inmersa en un proyecto de extensión de infraestructuras vinculadas al sector tecnológico que sirve de locomotora al crecimiento empresarial y que repercute directamente en la investigación tecnológica que la sustenta: las telecomunicaciones digitales. Los plazos se aceleran considerablemente, y la red de ferrocarril que costó siglos en ser trazada ahora es cuestión de décadas en lo que se refiere a las redes de telecomunicaciones. Y, de la misma manera que entonces, se anuncia en libros, blogs, conferencias y documentales que la Sociedad de la Información va a provocar un cambio para mejor tan radical que no podremos digerirlo en una única generación; un cambio brutal que nunca acaba de asomar del todo y que sólo deja reformas (importantes sí) parciales.

En el siglo XVIII, una de las consecuencias de ese aluvión de Nueva Ciencia y de empirismo baconiano fue el proyecto Ilustrado, que al coincidir en el tiempo con la Revolución Francesa sirvió de ideología para el nuevo paradigma político surgido de ella. Sin embargo, ya hemos visto los escasos resultados prácticos de todo ese reformismo humanista que no se atrevió a cuestionar el colonialismo a pesar de entrar en contradicción con el igualitarismo universal que proclamaba. En el origen del fracaso de la Ilustración estuvo su elitismo acomodaticio, que de paso propició una reacción posterior que optó por ensalzar lo opuesto al racionalismo: el Romanticismo arrambló con el proyecto de mejora científica y apostó fuerte por el retorno a las pasiones y el convencimiento de que en los instintos se hallaba lo auténticamente humano. El Romanticismo se opuso al conservadurismo racionalista ilustrado, pero en su afán de retorno a la naturaleza se desentendió del enriquecimiento que se estaba produciendo con la extensión imparable del ferrocarril que culminó en esos mismos años. No lo hizo fundamentalmente porque, al igual que la Ilustración, se trataba de un movimiento cultural y político de escasa praxis social. El resultado fue una sociedad reforzada en su individualismo, renovada en su moral, pero que cuando perdió fuerza se encontró con un mundo nuevo que no comprendía y al que debía adaptarse tecnológicamente hablando.

A comienzos del siglo XXI también la sociedad occidental se encuentra inmersa en un proceso de reforzamiento del individualismo y encantada con los beneficios de una tecnología ubicua en los órdenes más cotidianos de la vida (comenzando por los sexuales). Igual que si acabáramos de asistir al derrumbe de un segundo proyecto ilustrado nos desentendemos de todo lo que tenga que ver con la responsabilidad, la comprensión o la extensión de la tecnología a ámbitos no directamente relacionados con el placer inmediato e individual. A pesar de este uso mísero de la tecnología no creo que estemos a las puertas de ninguna dictadura de la información en el sentido orwelliano del término, sino más bien de algo que se me antoja próximo a una nueva vanguardia artística y a un neo[otro más]rromanticismo cultural. Quizá tengamos también que adaptarnos a un nuevo mundo tecnológicamente desconocido.

(continuará)

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