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jueves, 23 de agosto de 2007

¿Existe la literatura de anticipación informática?

Este verano --seguramente debido al binomio cuarentena/revisión vital en el que me encuentro-- me ha dado por leer aquellos libros de juventud que, por una u otra razón, no leí en su momento. De R. L. Stevenson, por ejemplo, cogí La isla del tesoro (1883), que es de lo poco que me queda por leer de este autor; y de Julio Verne 20.000 leguas de viaje submarino (1870), de la que sólo recuerdo haber visto la versión cinematográfica de 1954, dirigida por Richard Fleischer. Dejando de lado valoraciones acerca de la calidad literaria y demás criterios especializados, debo confesar que he disfrutado como un adolescente leyéndolas. Pero la cosa no ha quedado ahí: sobre todo la novela de Verne me ha hecho pensar en la literatura de anticipación científica, y de eso es de lo que quiero escribir ahora.

No soy un experto en el género, pero como lector puedo comprender la dificultad que implica hacerlo bien, porque se trata de levantar relatos que conecten ficción con conocimiento científico total o parcialmente existente, ya que de lo contrario la verosimilitud del argumento --uno de sus principales atractivos-- cae por su base. La anticipación científica plantea un futuro posible que puede resultar hasta inspirador para los que se dedican a la investigación. Por esta razón, tener estudios o experiencia científicos es fundamental. Cuando no existe esa conexión con la ciencia "real" ya no estamos hablando de literatura de anticipación científica, sino de la sucursal más importante de la literatura fantástica: la ciencia ficción, un término acuñado por Hugo Gernsback, el fundador de la primera revista moderna sobre el tema --Amazing Stories (1926)-- y que da su nombre al premio literario más prestigioso del género.

La ciencia ficción por tanto, es una parte de la literatura fantástica a la que se le añade el ingrediente de la tecnología. En general, el tema y la localización espacio-temporal son los criterios para distinguir sus principales tendencias, cuya enorme influencia ha alcanzado en ocasiones hasta el mundo audiovisual:

1) La trascendental-tardorromántica, cuyo autor insignia es H. P. Lovecraft y la serie de novelas que componen los Mitos de Cthulhu (1926-1934). Es la menos ligada a la ciencia ficción, puesto que no incluye elementos tecnológicos, pero las criaturas que aparecen en ella sí encontrarán hueco en muchas narraciones posteriores. En este sentido, es una corriente precursora de uno de los elementos que con el tiempo se convertirá en fundamental: las criaturas extraterrestres.

2) La de imaginación y evasión (de gran tirón popular debido a su formato), representada por la serie Buck Rogers (la saga en cómic se publicó con intermitencias entre 1928 y 1967; las dos series de televisión entre 1950-51 y 1979-81). La popularidad todavía vigente de mitos televisivos como Star Trek (1966-2005) o Espacio: 1999 (1975-1977), demuestra que este estilo se adapta bien a los nuevos formatos narrativos. Estas obras persiguen la pura y simple distracción a base de recrear mundos, sistemas físicos y criaturas completamente imposibles. No existe intención de ser verosímil --excepto en lo referente a las claves narrativas para la resolución del argumento--, ni ninguna relación verídica con principios científicos establecidos. Ni siquiera --como más de uno pretende-- existe intención de extrapolar enigmas vigentes en el momento de ser creadas, con lo que --años después, cuando la ciencia ha superado la ficción-- se pueden reinterpretar en clave de ficción profética.

3) La posindustrial y tecnocrática (más conocida como cyberpunk), asociada al auge de las tecnologías de la información, en la que el futuro suele ser una degeneración ultratecnificada de la sociedad atrofiada y dictatorial como la que retrató George Orwell en 1984 (1948). La obra que inaugura la etapa específicamente ligada a la informática es Neuromante (1984) de William Gibson. El éxito generacional de la película Blade runner (1982) está relacionada precisamente con su espectacular combinación de tecnología y anomia social, una mezcla que se ha convertido en la marca de la vertiente cinematográfica del género (o como dice el eslogan: "high tech, low life"). Es fácil confundir el cyberpunk con la anticipación científica, puesto que muchos de los elementos que emplea son realidades consolidadas en la informática cotidiana (sistemas de reconocimiento, realidades incipientemente virtuales, sistemas planetarios de control y comunicación); pero esta impresión se desmonta enseguida tras un análisis un poco más riguroso: las capacidades que exhiben las máquinas requieren una potencia de proceso hoy inexistente, así como un nivel de inteligencia que difícilmente se obtendrá mediante las actuales líneas de investigación.

Al margen de estas tendencias, hay que destacar tres obras cruciales de notable influencia en toda la ciencia ficción del siglo XX: Los viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift; La guerra de los mundos (1898) de H. G. Wells y Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley. No tienen nada que ver entre sí, pero poseen hallazgos parciales de los que se han nutrido generaciones enteras de autores del género.

La anticipación científica, al ingrediente de la tecnología propio de la ciencia ficción, le añade otro más: una base científica contrastada y/o contrastable --al menos parcialmente-- en el mundo real. La anticipación científica trata de conectar explícitamente la ciencia de la ficción con la real, de manera que el recorrido que se realiza en el relato más allá de los datos probados pueda verse como una posibilidad factible, no el simple producto de una imaginación para deslumbrar al usuario/consumidor. Son narraciones que incluso inspiran vías de investigación hasta entonces inéditas, hipótesis para resolver aspectos no resueltos de un problema, o generan una jerga especial que se acopla al vocabulario científico. Todo ello con la ventaja incomparable de resultar entretenidas.

20.000 leguas de viaje submarino es un ejemplo canónico de novela de anticipación científica, tanto por el tiempo en que se publicó como por el modelo que representa para escritores actuales, puesto que la evolución de la ciencia no ha desmentido lo básico de la tecnología que avanza. Verne es un caso claro de rigor científico con un margen muy escaso de anticipación: sus novelas --pertenecientes casi en su totalidad a la colección Viajes Extraordinarios (1863-1910)-- no suelen internarse mucho en el futuro (raras veces más de una década), debido a su obsesión por resultar actual y apoyarse en descubrimientos y teorías probados en el momento de ser escritas. En este sentido, y respecto a autores posteriores, su anticipación no pierde de vista la realidad cotidiana, sin apenas margen para la especulación. Los autores contemporáneos, en cambio, son mucho más flexibles y genéricos en sus razonamientos; Verne --siguiendo con el ejemplo de 20.000 leguas de viaje submarino-- únicamente se atreve a especular sobre la existencia de un paso submarino bajo el canal de Suez (inaugurado un año antes de que se publicara la novela) o de un mar rodeado de hielo en el polo sur geográfico (adonde no se logró llegar hasta 1911). Para lo demás se basa en realidades; con la paradoja de que algunas de ellas han acabado plegándose a su ficción. La primera y más importante el Nautilus, cuando hasta 1888 el submarino no comenzó a ser una realidad: Verne dedica todo un capítulo a describir sus medidas, su distribución interna y los secretos de su fuerza (la electricidad, la energía estrella de la época). Pero no menos importante es toda la labor deductiva realizada a propósito de la vida en los océanos (las consecuencias de la presión del agua, la detallada descripción de la fauna y la flora marinas...), una labor de documentación que brilla --a veces en exceso-- a lo largo de toda la obra. Sin embargo, las hipótesis geográficas y arqueológicas han resultado las más equivocadas (el "túnel arábigo", la Atlántida, el polo sur), y no los fabulosos instrumentos de los que se rodea el capitán Nemo.

Después de este recorrido situacionista, la siguiente pregunta es: ¿existe una literatura de anticipación específicamente informática? ¿un subgénero temático fiable basado en el futuro probable de la sociedad de la información, una descripción --más o menos verosímil-- de los usos futuros de la tecnología informática en, pongamos por caso, dos décadas? 20 años es mucho, pero en tecnología informática casi equivalen a 80 años analógicos. ¿Existe algún autor-profeta que esté abriendo camino con su obra como hizo Verne con la suya?

Douglas Coupland, aunque sitúa sus historia en un ambiente muy tecnócrata, no entra aquí, porque es un cronista --impecable-- del presente, detector infalible de las consecuencias sociales y a corto plazo de una tecnología digerida prácticamente sin masticar. Carl Sagan sería el precursor perfecto si estuviéramos hablando de la exploración del universo, pero no es el caso. La mayoría de los autores consagrados entrarían sólo parcialmente en el tema de la anticipación informática, ya que han tocado numerosos temas relacionados con el futuro, no sólo con la tecnología informática, y en todo caso cuando escribieron ésta no había alcanzado el nivel de despliegue actual, por lo que sus especulaciones son limitadas o han quedado superadas (el caso más claro: la extraña vigencia de documentos en papel en un mundo hipertecnológico situado mil años en el futuro). Me refiero a gente como Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Robert A. Heinlein, Michel Crichton, Douglas Adams, Philip K. Dick, J. G. Ballard, Frank Herbert, Bruce Sterling... Algunos poseen el valor añadido de ser escritores notables, y sus textos no sólo resultan amenos, sino que proporcionan visiones del futuro coherentes desde un punto de vista narrativo y explicativo, así como una sólida lógica científica, en la que introducen pequeñas licencias argumentales. Estoy convencido de que las nuevas generaciones de escritores de ciencia ficción saldrán de las facultades técnicas: triunfarán aquellos que estén mejor dotados para la narración y posean capacidad para comunicar realidades complejas a una audiencia no iniciada. Es una cuestión de estadística. No en vano --desde 1991-- la Universitat Politècnica de Catalunya convoca unos premios de narrativa de ciencia ficción, convencida sin duda de que la convergencia entre estudios científicos y literatura de ficción es la mejor combinación para que los profesionales tengan mayor perspectiva y el género dé sus frutos.

De la misma manera, la anticipación científica (como la ciencia ficción en general) se irá adaptando a la sociedad que retrata: igual que Internet y la globalización de la red atomizan la realidad y relativizan las consecuencias de cualquier cambio, intuyo que la narración breve (altamente compatible con el post bloguero) será el formato que mejor se ajuste a este tipo de historias. Los best sellers clásicos al estilo Crichton o Sagan no me parece que cuadren con una realidad tan dinámica. Bastarán las cuatro pinceladas de un cuento corto para sugerir un futuro indeterminado y sus posibles consecuencias. O puede que sea el audiovisual quien tome el relevo a la literatura: Brazil (1985), Doce monos (1995), Matrix (1999), Minority report (2002), I, robot (2004)... Al fin y al cabo, mientras asistimos al pulso entre la palabra y el audiovisual (Pere Guixà dixit), esperamos a que se nos revele el Julio Verne del ciberespacio...

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