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lunes, 24 de agosto de 2009

Nuevo positivismo digital (XII): Un pequeño paso para los navegadores, un gran salto para los sistemas operativos

Nuevo positivismo digital: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI


¿Alguien se acuerda de Tron (1982)? Es un filme alucinante, ingenuamente visionario y que puede considerarse un precedente juvenil de Matrix (1998). En ella el ordenador central es una superficie negra, completamente lisa y retroiluminada, en la que basta rozar las teclas para que se enciendan y se apaguen las ventanas --pantallas las llamábamos entonces-- que devolvían la información solicitada. Era un dispositivo combinado de entrada/salida fascinante que nos convenció de las ilimitadas posibilidades de la tecnología digital. El tiempo y la física demuestran cada día que esos límites existen, pero desde luego no son los que el filme daba a entender. En lo que respecta a Tron está claro que la realidad ha alcanzado a la ficción, y esa interfaz tan sugerentemente zen existe, y además tiene un tamaño que ni los creadores de la película pudieron imaginar: es el iPhone. Para 2010 está anunciada la secuela de este título crucial en la evolución del género, Tron legacy, con Jeff Bridges repitiendo papel y la colaboración de John Hurt y Olivia Wilde (chica House desde 2007). Veremos dónde sitúa este filme los nuevos límites y si la trilogía de los hermanos Wachowski ejerce lo que podríamos denominar una curiosa retroinfluencia.





El de Tron no es un caso único de ficción superada; sin embargo, más infrecuente resulta una utopía que se convierte en realidad de forma y mediante agentes del mercado no previstos, como ha sucedido con la materialización del sueño de cualquier defensor del software libre y gratuito. El cloud computing es hoy una realidad tecnológica pujante, aunque el usuario/consumidor todavía permanezca mayoritariamente aferrado a técnicas de almacenamiento en local propias de los años noventa del siglo XX. Las prospecciones de los gurús, no obstante, aseguran que esto cambiará en breve: de acuerdo con la evolución programada por el complejo industrial-tecnológico, y sin necesidad de que ningún meteorito impacte sobre la Tierra, los navegadores se convertirán en sistemas operativos, aunque por una mera cuestión práctica, y a pesar de que básicamente sean aplicaciones para navegar por internet, los seguiremos llamando Sistemas Operativos. La aparición de Chrome en septiembre de 2008 equivale, en términos evolutivos, a la primera criatura que abandonó el medio marino y se convirtió en anfibia. El diseño y la implementación de Chrome suponen un primer caso de aplicación híbrida capaz de respirar en ambos medios: sigue siendo un navegador, pero su ADN ya contiene los genes necesarios que le permitirán convertirse en Chrome OS, un navegador que, además, podrá realizar las funciones de un sistema operativo. Sin duda un gran hito en la historia de la informática, pero más importante aún en el imaginario del usuario/consumidor porque ambos son gratis total. De momento, Chrome OS se preinstalará en Netbooks y otros dispositivos móviles, pero será cuestión de tiempo el asalto a los grandes sistemas corporativos.

La aparición de este primer navegador anfibio supondrá unos cuantos cambios en el ecosistema digital del usuario/consumidor. Hace una década, el abaratamiento de los sistemas de almacenamiento dio por finalizada la era del tostado recurrente (todo se digitalizaba y luego se grababa en CD/DVD). La culminación de esta línea evolutiva ha sido el disco duro multimedia, que permite prescindir de la fase de tostado final (y pagar una única vez el canon por copia privada, reconozcámoslo). Como consecuencia de esta mutación de uso, los ordenadores domésticos y sus diversos periféricos se han convertido en vertederos de toda clase de información, con un preocupante aumento exponencial de tamaño: vídeos, fotos, documentos, música, películas, libros, curiosidades, chorradas... Todo cabe en estos repositorios magnéticos de capacidad creciente y tamaño menguante. Esta nueva funcionalidad ha eclipsado a la que tuvieron en el pasado como plataformas de ejecución de videojuegos: la enorme capacidad de proceso que éstos requieren hizo que surgiera una rama mucho más especializada de aparatos, denominados videoconsolas. Una vez liberados de ese cometido los ordenadores domésticos sobrevivieron a base de navegación y almacenamiento indiscriminados.

El cloud computing viene a liberarlos de la segunda tarea (y quizá también a provocar una mutación en la propia internet): ya no será necesario dejar caer en nuestros discos duros megas y megas sin control ni criterio, porque dispondremos de una nebulosa donde meter --al parecer sin límite de espacio-- lo que ahora simplemente nos obsesiona poseer. Y de la misma manera que no necesitaremos copias de películas ni de canciones (el fin de la pesadilla para las industrias culturales), nuestras fotos, películas domésticas y documentos personales encontrarán un lugar donde esperar a ser requeridos. Quizá sea el primer hito de un cambio de mentalidad más profundo para el usuario/consumidor, y para algunos expertos supondrá una reducción importante del flujo de descargas. En lugar de ver la red como un inmenso bosque por esquilmar donde quien llega primero se lleva el doble que el resto, y la navegación como una recolección indiscriminada de todo tipo de productos para nuestra despensa local, este cambio de tendencia propone un uso compartido que haga innecesaria la proliferación de copias, sostenibles determinados modelos de negocio y ahorre recursos de almacenamiento. Uso responsable, sostenibilidad, ahorro... ¿Hablamos de ecología o de hacer dinero con unos y ceros? Igual resulta que vale para ambas cosas.

Los navegadores anfibios estarán diseñados para trabajar en la nube digital y el usuario/consumidor lo notará enseguida: no habrá escritorio, porque la ventana del navegador ocupará su lugar. Tras ella no habrá nada, de modo que los botones de minimizar y maximizar perderán su utilidad actual, tal como sucedió con los pulgares oponibles cuando dejamos de trepar por los árboles. La Ventana Única del navegador --con capacidad para infinitas pestañas-- será la que nos permita asomarnos a la red y, en ocasiones, revisar las alacenas del mínimo disco duro, donde mantendremos una dotación mínima de información personal. Encender el ordenador perderá sentido como proceso inicial de arranque y conexión, ya que viviremos en un continuo conectado en el que se sucederán breves lapsos de mala cobertura, falta de disponibilidad del servicio o desconexiones programadas. Una de las primeras consecuencias de esta modificación del paisaje será la considerable pérdida de peso de los navegadores anfibios. A medida que se adapten al nuevo medio irán simplificando y mejorando su morfología. ¿Cómo responderá Microsoft a esta mutación radical de los sistemas operativos? Sin duda estos cambios trastocarán su sistema de licencias, la base de sus ingresos multibillonarios (sí, con "b"), así que algo tendrán que hacer. El día que se libere una versión cliente-servidor de Chrome OS (o de alguno de sus descendientes) se rasgará el velo de la sala de juntas de Microsoft y a más de uno le dará un tabardillo. En términos evolutivos será como si viéramos al primer homínido abandonar los árboles y comenzar a caminar sobre dos patas (luego piernas). Algo así no entraba ni en los mejores sueños de Richard Stallman.

De hecho, el software libre nació cuando se comprobó cómo determinados proyectos universitarios (surgidos en los setenta del siglo XX y extendidos con éxito a todo tipo de sectores económicos 30 años después) eran parcial o totalmente fagocitados por empresas alegando una serie de derechos adquiridos. Por otro lado, empresas como Microsoft establecieron una nueva pauta de funcionamiento del mercado a base de versiones "mejoradas" cada pocos años que (todavía hoy) impiden al usuario/consumidor amortizar sus costes y, debido a los perversos efectos de una agresiva política de patentes, provocaron una glaciación de la innovación tecnológica. Como respuesta a estos desafíos surgió el movimiento por el software libre, eso sin contar con la infinidad de pequeños programadores que se lanzaron a distribuir gratuitamente sus creaciones para los más diversos usos. Basta darse una vuelta por Softonic para comprobar que si uno paga por aplicaciones es porque quiere.

Hoy nos parece de tontos pagar por una cuenta de correo (que no es otra cosa que un depósito de mensajes), así que lo lógico será que, de entrada, nos ofrezcan almacenar el resto de nuestras cositas gratis. Pero poco a poco se irán añadiendo servicios y mejoras por las que estaremos dispuestos a soltar la pasta. Quizá la novedad no consista en la radicalidad de este cambio de costumbres del usuario/consumidor, sino en la audaz estrategia de Google: estandarizar, universalizar y garantizar acceso gratuito a la capa más básica de aplicaciones de software, de manera que cada cual pueda adaptarlo según sus necesidades. Sobre ese estrato común, una vez garantizada la compatibilidad y la interoperatividad (los dos principales obstáculos que impiden el deshielo de la innovación mediante la simplificación de numerosos procesos digitales, sean de ocio o de negocio), las empresas podrán levantar nuevas capas que hagan sostenibles modelos de negocio no esclavizados a una tecnología propietaria. El hecho de que la capa básica sea universal y gratuita restará importancia a si las aplicaciones que funcionen por encima sean propietarias o no, sino si son capaces de generar beneficios. Lo bueno de este modelo es que en él también tendrán cabida soluciones gratuitas, ya sean permanentes o para preparar el mercado de cara a introducir nuevos servicios de pago. El reto que propone Google en este momento (un reto que merece la pena apoyar) es conseguir que todo este entramado acabe con las guerras de protocolos de las tecnologías esclavas. El objetivo final debería ser que el usuario/consumidor elija con qué aplicaciones prefiere trabajar, y lo hará beneficiándose de un entorno de libre competencia basado en estándares realmente universales. Ahora parece que hablamos de derechos humanos. De momento estamos acotando el diseño de la capa básica, y si tenemos en cuenta que la evolución tecnológica tiene unos ciclos semejantes a los años de vida perrunos, es posible que en menos de una década tengamos más de la mitad del edificio construido.

Los servicios y aplicaciones universalizados a día de hoy (correo, suites ofimáticas, retoque digital, almacenamiento), esos que la mayoría tenemos en local y que, en versión cloud computing, aún son gratis. ¿Lo serán siempre? ¿Los mantendrán las empresas como parte de su estrategia de atracción de clientes? ¿El sector público acabará incluyendo como parte del Estado de Bienestar aquellos servicios digitales que no sean rentables? ¿Tendremos que admitir publicidad mientras editamos nuestras fotos o preparamos cualquier clase de documento? ¿No provocará esto un desplazamiento del péndulo hacia el lado opuesto y asistiremos, ante un mercado atrofiado por el pago por uso, a un nuevo auge del software en local? Que aplicaciones locales de segunda generación funcionen en los descendientes de los navegadores anfibios será un logro admirable. Otra pega: teniendo en cuenta que en internet, a día de hoy, la vida media de un enlace es de 58 días, ¿quién nos asegura que no solamente flotará en la nube aquello que a los titulares de los derechos de explotación les interese en cada momento, limitándose a productos de temporada, actualidad y/o éxito garantizado? Los agentes del lado de la oferta no son hermanitas de la caridad ni están por la labor de mantener archivos incrementales que suplan a nuestros desvanes de abuelito domésticos. Si el cloud computing se impone, ¿sobrevivirá la filosofía de la larga cola, la misma que hoy una elite empresarial se enorgullece de practicar? Demasiadas preguntas.

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