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jueves, 31 de enero de 2008

Hipofuncionalidad en un mundo de sobreservicios (1)

Hipofuncionalidad: escasez de o por debajo de un nivel dado de funcionalidad. Sobreservicio: superposición, intensificación o exceso de un servicio. Dos realidades simultáneas presentes en el mercado de la tecnología que revelan con sus prefijos --hipo y sobre-- un preocupante desajuste cuyo principal perjudicado es el usuario/consumidor.

La tecnología produce soluciones cada vez más integradoras (muchas funciones en un sólo aparato); esto es evidente tanto en el hardware (teléfonos-agenda, reproductores/videoconsolas) como en el software (procesadores de texto con videoconferencia, aplicaciones de grabación-edición). La concentración de funcionalidades es cada vez mayor, un reflejo del intento de los fabricantes por sumar nuevos nichos del mercado que aumenten los ingresos. El problema de este proceso no es la confusión de utilidades resultante, sino que el usuario/consumidor no tiene tiempo de asimilar ni de aprender su manejo ni de explotar ciertos usos potenciales. El resultado es que se usa apenas un 15% (y no siempre en todas sus posibilidades) de las funciones del hardware y del software; el resto como si no existiera. ¿Vale la pena este esfuerzo integrador?

En el otro lado, la oferta de servicios muestra igualmente una fuerte tendencia a la adición: las compañías de telefonía ofrecen televisión digital, los medios escritos digitales inician una mitosis que dará lugar a un canal audiovisual, las aerolíneas ofrecen speed dating a bordo de viajes full included, las compañías de buscadores se adentran en el mundo de la telefonía móvil, los inventores de sistemas operativos fabrican videoconsolas, los propietarios de sistemas propietarios montan tiendas de música, producen filmes de animación, fabrican reproductores MP4 y teléfonos móviles, las librerías online venden cacharros para leer libros electrónicos... El objetivo es aportar todos los componentes tecnológicos necesarios para abastecer el proceso que subyace en su modelo de negocio. De esta manera se cubren todas las oportunidades de obtener beneficio, asegurando en la medida de lo posible (el usuario/consumidor tiene la última palabra) la inversión. El efecto inmediato de esta política es que toda la tecnología aplicada en este ciclo debe ser esclava, limitada por decreto y por patente a las plataformas y compañías involucradas en el mismo.

Las tecnologías de la información --ya lo he dicho en más de un post--, especialmente las esclavizadas a un modelo de negocio, generan hoy día los mayores márgenes de beneficio del mercado, así que no es de extrañar que desde otros sectores más maduros y estabilizados (y por tanto de menor rendimiento) traten de involucrarse en el negocio como sea. Las continuas novedades impiden el asentamiento de unas cuotas de mercado y una legislación que ponga límites a abusos o trate de ordenar una competencia desregulada por definición (ya que se trata de tecnología de vanguardia). Las novedades que se pisotean en la línea de salida, por tanto, son una parte crucial del modelo de negocio digital, así que nadie espere que ese proceso vaya a ralentizarse, espaciarse o racionalizarse. La tecnología que esclaviza es, en este contexto, parte de la ecuación y no se puede despejar porque entonces el invento se viene abajo.

Esta estrategia está alimentada por el terror a perder cuota de mercado en cuanto se pierda el tren de la innovación. La industria cultural se encuentra en una situación muy parecida, y sus estrategias, por tanto, orientadas a erradicar lo que consideran la raíz de todos sus males: sabotear toda iniciativa que amenace su control en el proceso de copia de sus productos (la base tradicional de sus beneficios), poner trabas a aquellas propuestas que asuman que la base del negocio no está en la venta de copias, sino en la ampliación y segmentación de la oferta. De la misma manera, en el sector de las tecnologías de la información, recurren a tecnologías esclavas para sus modelos de negocio porque temen --incluso más que a la inflación-- que la competencia sea capaz de mejorarla y de arrebatarles el monopolio que las sostiene. O sea que no lo hacen por capricho: igual que es necesario que las novedades tecnológicas se atropellen para evitar la regulación y aprovechar el río revuelto, la tecnología debe esclavizarse para hacer viable un modelo de negocio, blindando un nicho tecnológico en el que poder funcionar en régimen de monopolio. Por este lado, tampoco cabe esperar sorpresas.

La siguiente pregunta es ¿qué puede hacer el usuario/consumidor para aprovechar esta situación? ¿Cómo puede mantenerse sobre la tabla el máximo tiempo antes de que la ola tecnológica pierda fuerza o le lance al agua? Esto queda para otro post.

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