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jueves, 20 de marzo de 2008

¿Qué más da --a estas alturas-- que haya o no haya canon? El verdadero mal ya está hecho

El debate sobre el problema del canon se ha dilatado tanto que ha dado tiempo a las industrias disqueras a probar alternativas de negocio (como la de Apple, como la de Nokia). El problema es que todas se estrellan contra la lógica aplastante del usuario/consumidor llevada con toda coherencia hasta sus últimas consecuencias (el cual, al fin y al cabo, exhibe la misma racionalidad implacable que caracteriza a las empresas): ¿Por que comprar algo muy, muy barato si lo puedo conseguir gratis?

El argumento es definitivo y no se le puede oponer nada mientras estemos en una economía de mercado libre frente a una demanda bajo la dictadura del precio de todo y el valor de nada. De aquí no vamos a sacar a la legión de usuarios/consumidores que se baja de todo por las redes P2P. Da igual si pagamos canon por los consumibles para tostar o si al final lo amplían también a los discos duros multimedia. Pero es que también da lo mismo si lo quitan definitivamente. Los usuarios/consumidores seguirán comprando consumibles para tostar y/o almacenar lo que obtienen gratis. ¿O acaso el canon actualmente vigente está resultando un freno para las ventas de este tipo de dispositivos? Yo creo que no. En ese sentido sí que actuamos con una inmadurez flagrante: reclamando la supresión del canon para que el precio --tendente a cero ya de por sí, no nos engañemos-- baje aún más cuando obtenemos gratis los contenidos. Es como esos pardillos que se manifiestan para que las copas en los bares sean más baratas; tan inútil y absurdo como si los narcotraficantes se manifestaran pidiendo precios controlados en el mercado de la droga.

El problema que ha acabado generando el debate del canon, y los sucesivos intentos de levantar modelos de negocio que sustituyan la economía de la copia que imperaba en la venta de discos, es que han provocado un cambio de costumbres. La gente --no solamente los usuarios/consumidores-- no está dispuesta a pagar nada por la música. Frente a esta realidad impuesta por una conjunción de factores en la que no hay un responsable claro, es casi imposible dar marcha atrás, porque la ley no puede ir contra el inmenso tráfico que circula en sentido contrario.

Las empresas nacen, se desarrollan y mueren. No importa que algunas fracasen por el camino porque vendrán otras nuevas a sustituirlas. Al final, la creación orientada a un mercado no saldrá a cuenta, y la música --que no va a desaparecer, digan lo que digan los apocalípticos agoreros-- puede que se busque la vida por otros caminos, más ligados a la autogestión, las giras o lanzamientos de productos de todo tipo. Mientras se desvela esta incógnita a las disqueras sólo les queda agotar un mercado mientras madura otro basado en negocios paralelos y/o adyacentes al consumo de música (mayoritariamente, para su desgracia, gratuita, tostable y distribuible).

Da igual quien provocara este cambio, tanto da que alguien lo anunciara o sobreviniera por pura evolución de la tecnología (al fin y al cabo nadie nunca ha cuestionado, que yo sepa, el lanzamiento de ningún dispositivo de copia digital). No vale la pena desgastarse en documentar el proceso, lo que importa es el resultado. La tecnología ha permitido que surgieran las redes P2P, un mercado descuidado por unas confiadas disqueras y los ciclos económicos han hecho el resto.

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