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jueves, 31 de enero de 2008

Hipofuncionalidad en un mundo de sobreservicios (1)

Hipofuncionalidad: escasez de o por debajo de un nivel dado de funcionalidad. Sobreservicio: superposición, intensificación o exceso de un servicio. Dos realidades simultáneas presentes en el mercado de la tecnología que revelan con sus prefijos --hipo y sobre-- un preocupante desajuste cuyo principal perjudicado es el usuario/consumidor.

La tecnología produce soluciones cada vez más integradoras (muchas funciones en un sólo aparato); esto es evidente tanto en el hardware (teléfonos-agenda, reproductores/videoconsolas) como en el software (procesadores de texto con videoconferencia, aplicaciones de grabación-edición). La concentración de funcionalidades es cada vez mayor, un reflejo del intento de los fabricantes por sumar nuevos nichos del mercado que aumenten los ingresos. El problema de este proceso no es la confusión de utilidades resultante, sino que el usuario/consumidor no tiene tiempo de asimilar ni de aprender su manejo ni de explotar ciertos usos potenciales. El resultado es que se usa apenas un 15% (y no siempre en todas sus posibilidades) de las funciones del hardware y del software; el resto como si no existiera. ¿Vale la pena este esfuerzo integrador?

En el otro lado, la oferta de servicios muestra igualmente una fuerte tendencia a la adición: las compañías de telefonía ofrecen televisión digital, los medios escritos digitales inician una mitosis que dará lugar a un canal audiovisual, las aerolíneas ofrecen speed dating a bordo de viajes full included, las compañías de buscadores se adentran en el mundo de la telefonía móvil, los inventores de sistemas operativos fabrican videoconsolas, los propietarios de sistemas propietarios montan tiendas de música, producen filmes de animación, fabrican reproductores MP4 y teléfonos móviles, las librerías online venden cacharros para leer libros electrónicos... El objetivo es aportar todos los componentes tecnológicos necesarios para abastecer el proceso que subyace en su modelo de negocio. De esta manera se cubren todas las oportunidades de obtener beneficio, asegurando en la medida de lo posible (el usuario/consumidor tiene la última palabra) la inversión. El efecto inmediato de esta política es que toda la tecnología aplicada en este ciclo debe ser esclava, limitada por decreto y por patente a las plataformas y compañías involucradas en el mismo.

Las tecnologías de la información --ya lo he dicho en más de un post--, especialmente las esclavizadas a un modelo de negocio, generan hoy día los mayores márgenes de beneficio del mercado, así que no es de extrañar que desde otros sectores más maduros y estabilizados (y por tanto de menor rendimiento) traten de involucrarse en el negocio como sea. Las continuas novedades impiden el asentamiento de unas cuotas de mercado y una legislación que ponga límites a abusos o trate de ordenar una competencia desregulada por definición (ya que se trata de tecnología de vanguardia). Las novedades que se pisotean en la línea de salida, por tanto, son una parte crucial del modelo de negocio digital, así que nadie espere que ese proceso vaya a ralentizarse, espaciarse o racionalizarse. La tecnología que esclaviza es, en este contexto, parte de la ecuación y no se puede despejar porque entonces el invento se viene abajo.

Esta estrategia está alimentada por el terror a perder cuota de mercado en cuanto se pierda el tren de la innovación. La industria cultural se encuentra en una situación muy parecida, y sus estrategias, por tanto, orientadas a erradicar lo que consideran la raíz de todos sus males: sabotear toda iniciativa que amenace su control en el proceso de copia de sus productos (la base tradicional de sus beneficios), poner trabas a aquellas propuestas que asuman que la base del negocio no está en la venta de copias, sino en la ampliación y segmentación de la oferta. De la misma manera, en el sector de las tecnologías de la información, recurren a tecnologías esclavas para sus modelos de negocio porque temen --incluso más que a la inflación-- que la competencia sea capaz de mejorarla y de arrebatarles el monopolio que las sostiene. O sea que no lo hacen por capricho: igual que es necesario que las novedades tecnológicas se atropellen para evitar la regulación y aprovechar el río revuelto, la tecnología debe esclavizarse para hacer viable un modelo de negocio, blindando un nicho tecnológico en el que poder funcionar en régimen de monopolio. Por este lado, tampoco cabe esperar sorpresas.

La siguiente pregunta es ¿qué puede hacer el usuario/consumidor para aprovechar esta situación? ¿Cómo puede mantenerse sobre la tabla el máximo tiempo antes de que la ola tecnológica pierda fuerza o le lance al agua? Esto queda para otro post.

viernes, 25 de enero de 2008

Los futuros del blog (Los futuros del libro)

Versión beta (04/01/2008): ¿El futuro del libro es Los futuros del libro?

Admitámoslo sin complejos: muchos de los que mantenemos un blog de prospección y análisis de la actualidad relacionada con lo digital lo hacemos con la esperanza de dar el salto a la siguiente pantalla, que consiste en publicar nuestros textos de forma remunerada o convertir audiencia --la divisa de la visibilidad en Internet-- en prestigio. Mientras ese momento llega, el blog sirve a muchos y buenos fines: mejorar el estilo, estar al día en informaciones útiles, darse a conocer entre revistas y publicaciones, contactar con personas que comparten intereses y preocupaciones, aumentar la disciplina de trabajo... Un blog es una solución perfecta para esa emanación creativa que sentimos muchos autores sin prestigio ni arropados por una estructura mediática.

Por otro lado, el desbarajuste que la digitalización ha introducido en la cultura de consumo es una excusa perfecta para sacar tajada en río revuelto: aprovechamos la coyuntura para otear el futuro --gracias a nuestra mayor o menor experiencia, conocimiento e intuición-- y jugamos a ser gurús profesionales en un reducido ámbito, augurando nuestros propios giros copernicanos para el mundo digital. Básicamente es lo que hacemos quienes mantenemos un blog prospectivo sobre tecnología y usos sociales y culturales.

Empecé a leer Edición 2.0. Los futuros del libro de Joaquín Rodríguez --autor de un blog con idéntico título-- en la versión beta que se podía descargar gratuitamente desde Melusina, la editorial que lo ha publicado. Y gracias a la amabilidad de José Pons, su editor, he acabado accediendo a la versión premium. Las diferencias entre ambas ediciones saltan a la vista y muestran perfectamente las dificultades que encuentran las editoriales que se acercan hasta la frontera digital para compatibilizar apuestas novedosas con los canales de distribución tradicionales en los que aún deben trabajar.

Agrupación temática, eliminación de la fecha de publicación en el original, conversión de los enlaces de hipertexto en notas al pie, adición de un prólogo y de una introducción del autor: en esto ha consistido el salto al papel de Los futuros del libro. Aun así, insisto en señalar mi principal temor: al no existir una reelaboración de los textos, la dispersión y reiteración propia de los posts --algo lógico dado su formato y su función-- ha pasado al papel sin apenas cambios. Y no será porque el concienzudo repaso de la actualidad relacionada con el mundo editorial que hace Joaquín Rodríguez no le sitúa en una posición idónea para establecer teorías y propuestas generales; es precisamente esa oportunidad perdida lo que lamento. Las numerosas entradas dedicadas a la Ley del libro y la lectura, la transición digital de las editoriales, o el debate sobre los derechos de propiedad intelectual son buenos ejemplos de algunos temas que habrían salido mejorados gracias a una reescritura más estructurada.

Ahora bien, confieso que con el libro he aprendido mucho acerca del mundo editorial, especialmente sobre iniciativas de publicación online de textos científicos. La idea-fuerza que más me ha calado tras la lectura es que en la era digital todo parece indicar que se pagará por publicar, exactamente al revés que en la analógica. Me parece una estrategia que cuadra muy bien con la sobreabundancia de este tipo de escritos. En cambio, el modelo de negocio de las editoriales de ficción sigue siendo una incógnita: su vinculación a la economía de la copia y el temor a perder el control en este proceso impiden adoptar una estrategia clara y unánime. Y como ya escribí en otro lado refiriéndome al tránsito digital de la distribución cinematográfica, la clave del éxito es como la materia oscura que llena el universo: está ahí pero no la podemos ver, aunque deducimos su existencia a través de los indicios que vamos encontrando por el camino. Con los libros sucede lo mismo. Por último, debo señalar que he añadido a mi lista de lecturas pendientes La biblioteca de noche de Alberto Manguel. Un libro descubre y/o incentiva la lectura de otro: creo que esa es (o debería ser) la máxima satisfacción de un autor y el mayor beneficio para un lector.

Un blog puede suplir perfectamente --de hecho lo está haciendo: pásate por la web del diario Público-- a la sección de opinión y firmas de cualquier diario digital. La business class de la blogosfera corresponde hoy al comentario de la actualidad política y social, junto con aquellas bitácoras de consultores y analistas de prestigio o autores consagrados editorialmente (cumpliendo en ocasiones una función equivalente al cuaderno de notas o al borrador de futuros textos para ser distribuidos por el canal editorial tradicional). En esta categoría también entran los blogs de aspirantes a consultores y analistas, así como los de determinados autores consagrados editorialmente cuyo objetivo consiste en mantener una mera presencia en Internet (puesto que su producción se sigue orientando al canal clásico del libro-papel), con contenidos esporádicos y sin opción a la participación (eluden o ignoran los comentarios de los usuarios). Para esta gente el futuro del blog es el pasado del libro. Finalmente, en la clase turista low cost, estamos todos los demás; blogs mantenidos por autores no consagrados, esperando agazapados nuestra oportunidad.

Sinceramente, creo que el blog y el libro de Joaquín Rodríguez pertenecen a la categoría de vocación de utilidad pública y satisfacción creativa personal; un camino por el que hoy día transita mucho tráfico contracorriente. Esperemos que esta vía no se banalice ni se apague y acabemos convirtiendo el blog en la antesala del libro y el libro en la evolución del blog, porque aunque no son lo mismo y cumplen funciones distintas están condenados a encontrarse.

martes, 22 de enero de 2008

La mano que mueve el ratón

Empiezo con un extenso fragmento rebosante de sentido común extraído de una entrevista a Manuel Castells en El País (la negrita es mía):

«P. Si Internet es tan determinante de la vida social y económica, ¿su acceso puede ser el principal factor de exclusión?

R. No, el más importante seguirá siendo el acceso al trabajo y a la carrera profesional, y antes el nivel educativo, porque, sin educación, la tecnología no sirve para nada. [...] En la sociedad de Internet, lo complicado no es saber navegar, sino saber dónde ir, dónde buscar lo que se quiere encontrar y qué hacer con lo que se encuentra. Y esto requiere educación. En realidad, Internet amplifica la más vieja brecha social de la historia, que es el nivel de educación. Que un 55% de los adultos no haya completado en España la educación secundaria, ésa es la verdadera brecha digital.

Hay una nueva sociedad que yo he intentado definir teóricamente con el concepto de sociedad-red, [...] es una sociedad en que todo está articulado de forma transversal y hay menos control de las instituciones tradicionales [...] Se extiende la idea de que las instituciones centrales de la sociedad, el Estado y la familia tradicional, ya no funcionan. Entonces se nos mueve todo el suelo a la vez. Primero, la gente piensa que sus gobiernos no la representan y no son fiables. Empezamos, pues, mal. Segundo, piensan que el mercado les va bien a los que ganan y mal a los que pierden. Como la mayoría pierde, hay una desconfianza hacia lo que la lógica pura y dura del mercado le pueda proporcionar a la gente. Tercero, estamos globalizados; esto quiere decir que nuestro dinero está en algún flujo global que no controlamos, que la población se ve sometida a unas presiones migratorias muy fuertes, de modo que cada vez es más difícil encerrar a la gente en una cultura o en unas fronteras nacionales.

[Internet] Por un lado, al permitirnos acceder a toda la información, aumenta la incertidumbre, pero al mismo tiempo es un instrumento clave para la autonomía de las personas [...] Cuando una persona tiene un fuerte proyecto de autonomía, en cualquiera de esas dimensiones, utiliza Internet con mucha más frecuencia e intensidad. Y el uso de Internet refuerza a la vez su autonomía. Pero, claro, cuanto más controla una persona su vida, menos se fía de las instituciones.

P. Y mayor puede ser su frustración por la distancia que hay entre las posibilidades teóricas de participación y las que ejercen en la práctica, que se limitan a votar cada cuatro años, ¿no cree?

R. Sí, hay un desfase enorme entre la capacidad tecnológica y la cultura política. Muchos municipios han puesto puntos Wi-Fi de acceso, pero si al mismo tiempo no son capaces de articular un sistema de participación, sirven para que la gente organice mejor sus propias redes, pero no para participar en la vida pública. El problema es que el sistema político no está abierto a la participación, al diálogo constante con los ciudadanos, a la cultura de la autonomía, y, por tanto, estas tecnologías lo que hacen es distanciar todavía más la política de la ciudadanía».

Todavía no se han acabado de dar cuenta los gurús de que la tecnología requiere o presupone un cierto nivel competencial para manejarla y para extraer rendimiento de ella; y para eso previamente hay que educar y formar a la gente en las materias analógicas de toda la vida (lenguaje, matemáticas, historia, ciencia...). Puede que para enseñar esas materias el uso de la tecnología contribuya a optimizar el resultado, pero lo que no se puede obviar es el aprendizaje previo a la tecnología. Éste siempre debe existir.

El pensamiento previsional ignora todo lo que no sea la tecnología y sus aledaños, y el hecho de que, por ejemplo, haya empleos en los que tiene difícil cabida una gestión de las comunicaciones internas mediante blogs. El fenómeno blog es una convulsión en entornos de trabajo en los que los empleados tienen un cierto nivel de cualificación, pero de alcance más limitado en el mundo de las PYMES (electricistas, pizzeros, lavanderos...).

Es posible que el sector tecnológico acapare portadas mediáticas y ocupe a muchos analistas, pero si lo hace es porque en él se producen los mayores rendimientos económicos (telecomunicaciones, software, móviles...), pero eso no significa que detrás haya un montón de sectores que deberán seguir trabajando sin esperar que la tecnología venga a ponerlo todo patas arriba, porque hay cosas que NO se pueden hacer con ordenadores: cultivar, transportar, pescar, manufacturar, atender al público, construir.... En estos sectores "de retaguardia", si acaso, la tecnología aportará herramientas y facilitará la gestión, pero no lo trastornará todo como en el cine, la televisión, las discográficas o las editoriales.

Los sectores necesariamente analógicos se van a quedar como estaban en parte debido a la naturaleza de su negocio (totalmente tangible) y en parte a la madurez de un mercado que impide revoluciones en los márgenes y las cuotas. Pero también --y esto es crucial-- porque el perfil laboral no da para que cada empleado tenga un blog corporativo con cosas interesantes que decir. Las empresas donde sí es posible que florezcan intranets creativas son aquellas en las que predomina un perfil de trabajador con estudios superiores y ausencia de actividad física. Estoy convencido de que el en departamento de logística y almacén de Microsoft hay muchas menos aportaciones corporativas individuales que en el de marketing. No todo el mundo tiene algo que decir ni está en condiciones de ponerlo por escrito de forma coherente y amena. Aunque ni siquiera esto es totalmente exacto, porque entre la gente con estudios superiores tampoco es que predominen los que escriben sin faltas, ni los que tienen tiempo y ganas de colaborar en los sistemas de socialización voluntaria de sus empresas.

Ya va siendo hora de que los profetas de la tecnología tengan presentes estas miserias de la vida cotidiana a la hora de lanzar sus revoluciones inéditas y sus giros copernicanos de cada primer jueves de mes. Ya va siendo hora de que sus sesudos análisis delimiten previa y explícitamente el alcance de sus propuestas, asumiendo que, en la práctica, están teorizando acerca del mundo de las multinacionales del sector servicios, especialmente los tecnológicos. Hacer esto diluye un poco el tono grandilocuente de sus afirmaciones, es cierto, pero también permite que su vigencia se alargue más allá de los seis meses.

Señores gurús: tatúenselo en la mano con la que mueven el ratón...

martes, 15 de enero de 2008

Visión súbita, emoción certera. Impacto (apéndice apócrifo de Yo y tú, objetos de lujo)

Acabo de terminar Yo y tú, objetos de lujo. El personismo: la primera revolución cultural del siglo XXI (2005) de Vicente Verdú y lo primero que quiero señalar es la curiosa forma en que lo he leído, manejando hasta tres ejemplares diferentes, algo que sin duda ilustra algunos de los cambios que retrata el autor sobre la sociedad individualista de masas y el capitalismo de ficción en los que tan a gusto nos encontramos.

Cogí el libro de la biblioteca y me enganché con los dos primeros capítulos. El fin de semana siguiente llevé a mi hija a una fiesta infantil en un centro comercial en el que, por fortuna, enfrente había un Fnac; así que dejé a mi niña con sus amiguitas y me fui allí a seguir leyendo el libro (los 5 primeros capítulos son antológicos) durante casi dos horas. Al final no pude resistir la tentación de comprar el libro (la edición de bolsillo sólo cuesta 7,55 €) y con ese ejemplar terminé de leerlo entre casa y el metro. La moraleja de esta historia es que el consumo se ha convertido en un continuo de abundancia que circula bajo la discontinuidad de nuestras vidas. Allá donde vayamos --y no me refiero al mundo virtual-- siempre se puede encontrar de todo y en permanente disponibilidad. De eso va el libro de Verdú.

Los filósofos y pensadores progres del 68 clamaron contra el empobrecimiento vital que suponía el auge del consumismo; a cambio proponían esforzarse en conocer las leyes de la historia y después modificarlas para convertir la Tierra en un paraíso de igualdad. No es que este objetivo no sea loable, lo malo es que el tiempo ha demostrado que sus reticencias a la mejora del nivel de vida de los trabajadores escondían el auténtico carácter clasista de estos textos:

"En el universo de la muchedumbre se formó el intelectual que heredó de Sartre a Chomsky el espíritu de la contestación [...] Pero ese intelectual que bregó codo a codo con los obreros hace medio siglo siente hoy rechazo ante las colas de la clase media frente a los museos mediáticos. La mítica del obrero se estropea con la vulgaridad del consumo cultural medio y el canto a la Revolución se detiene ante la canalla verbena de los centros comerciales del extrarradio. De hecho, en cuanto los obreros han pasado de trabajadores explotados a consumidores ilusionados se ha clausurado la complicidad. Pero además estos obreros convertidos en clase media, en ejemplares de cultura «mediocre», crecieron tanto en capacidad adquisitiva que inclinaron la oferta hacia sus gustos, y sus gustos, a estas alturas, conforman no sólo su ropa interior sino las películas o los libros de más éxito" (Verdú, 2005:33).

A pesar de estas agoreras profecías resulta que hoy el "empobrecido" usuario/consumidor tiene un enorme poder de decisión, aunque sólo sea porque es mayoría, y además es más consciente que nunca de sus derechos, los cuales ejerce en toda la extensión de sus posibilidades.

Marcuse fue uno de los primeros pensadores marxistas que quisieron superar esta visión centrada en la política y la lucha de clases. Según Freud, el capitalismo de producción característico del siglo XIX y principios del XX se basó en la apropiación de la energía sexual innata del ser humano para invertirla en trabajo; la civilización occidental, en suma, se alzaba sobre este principio del placer sublimado. Marcuse opinaba que la madurez del capitalismo --que comenzaba a mutar de productivo a consumista-- permitía introducir un principio de actuación que sustituyera a esa realidad vigente sublimada y represora. Consideraba que las sociedades de capitalismo avanzado habían llegado a una plenitud de recursos intelectuales y materiales que permitía la construcción de una civilización no represiva que disfrutara sin complejos del placer que el consumo proporciona. Lanzó esta propuesta en su libro Eros y civilización (1955), en el que auguraba la conquista de la felicidad y la recuperación del placer robado gracias (entre otras cosas) al progreso tecnológico. No debe extrañarnos que algunas de estas ideas se convirtieran en la gasolina de los movimientos de la estela hippiosa y contracultural de los años sesenta en EE UU y Europa.

En 1964, en plena ebullición contestataria y de liberaciones de todo tipo, Bob Dylan acertó a definir exactamente la naturaleza del problema sin necesidad de tanta erudición:

Come mothers and fathers
Throughout the land
And don't criticize
What you can't understand
Your sons and your daughters
Are beyond your command
Your old road is
Rapidly agin'


(The times they are a-changin')

Básicamente se trataba de un enfrentamiento generacional, con la novedad --inédita en la historia de Occidente-- de que por primera vez una generación pugnaba por abrir su propio camino, renegando de la seguridad y el conservadurismo que representaba el de sus padres.

Tras el capitalismo de producción y el de consumo, dice Verdú, llegó el de ficción, cuya expresión social es el personismo. Esta "revolución cultural" como la define su autor, está volcada en la producción de sensaciones y experiencias personales únicas e irrepetibles; pero a diferencia del individualismo, el personismo necesita establecer vínculos con los demás --gracias, una vez más, a la tecnología-- y huye de todo intento de homogeneización. El personismo busca la distinción mediante una selección irrepetible e intrasferible de preferencias individuales y de contactos sociales. De esta manera, a cada capitalismo le correspondería su propia praxis social:

a) capitalismo de producción: lucha de clases
b) capitalismo de consumo: individualismo
c) capitalismo de ficción: personismo

Hoy, el personismo representa una segunda vuelta de tuerca en el proceso de alejamiento intergeneracional iniciado hace 50 años: se da por supuesto que los jóvenes buscarán sus propias señas de identidad, y que lo harán por reacción a lo existente y establecido; la diferencia es que ahora son ellos --de nuevo gracias a la tecnología-- quienes están al frente de la modernidad y de la vanguardia cultural, tirando del carro de los usos sociales. Sus mayores, como miembros de una generación rebasada, no deberíamos criticar lo que no podemos comprender:

"Es frecuente que se hable de la decadencia del cine de Hollywood, pero posiblemente Hollywood, que ha sabido siempre mucho de cine y de público, ha mutado al compás de la nueva sociedad. Nosotros, los «ilustrados», seguimos viendo cine con códigos literarios y hasta filosóficos, esperamos de la cinta lo que demandaríamos paralelamente a un libro de Faulkner o Marguerite Duras, pero esa historia ha concluido. La celebración de horrendas películas llenas de efectos especiales por parte de la juventud no es consecuencia directa de que «no saben nada», sino de que saben algo que los adultos no llegaremos a saber jamás: ver cine con el canon de la imagen y el sonido, sin la expectativa de recibir estímulos morales o intelectuales, sino con la sola idea de pasar un buen rato" (Verdú, 2005:23).

Las elites intelectuales se siguen escandalizando ante el empobrecimiento que supone la cultura de masas, y Verdú se pregunta si ese malestar no esconderá en realidad una mala conciencia de generación amenazada en su ejercicio del poder. Nos encontramos en la misma inflexión revolucionaria que escandalizó a filósofos y pensadores en los años sesenta del siglo XX y encandiló a estudiantes y obreros. Es el mismo cambio de modelo, sólo que esta vez no se trata de poner patas arriba la cultura, sino también la economía, los medios de comunicación y el estilo de vida en su conjunto.

El personismo evidencia el fracaso de las formas de socialización y de comunicación tradicionales: hoy el público sólo demuestra interés a partir de noticias que llamen su atención, acontecimientos cuya espectacularidad destaque entre la infinidad de estímulos diarios, de lo cuales no tiene muy claro cuál escoger. A partir de ahí puede que haya quien profundice en películas, libros y demás productos culturales de toda la vida, pero porque detrás de eso existe el deseo de extraer una emoción, un sentimiento. No con el objetivo de ser mejores ciudadanos, sino de completar la propia personalidad con una experiencia única y gratificante. Todo proceso de aprendizaje tradicional resulta a estas alturas imposible de aplicar: sentar unas bases en forma de teorías generales, esperar que el interés personal compense los esfuerzos que requiere adquirir conocimiento... Es una tarea prácticamente imposible en un mundo que vive bajo el trastorno por déficit de atención. El desprestigio de las aulas y los índices de fracaso escolar lo demuestran.

Aunque no es sólo la revolución cultural del personismo y los cambios que introduce en todos los ámbitos, para mí es más preocupante la perspectiva de una sociedad que se acerca peligrosamente al inmovilismo ideológico:

"Los sujetos y los objetos entran y salen de los media, pero en un caudal tan copioso que el dintel se borra [...], un espacio diáfano que, como ocurre con el capitalismo, tiende a perder sus confines, a difundirse como realidad.

No habrá, pues, ningún espacio mercantil neto ni tampoco un perímetro para el sistema capitalista. ¿Tampoco lucha de clases? La sociedad de consumo culmina dentro del actual capitalismo de ficción la desaparición del sistema como sistema, la desaparición de sus contradicciones internas en cuanto conflicto destructor. El capitalismo pasa de ser una forma concreta a una transparencia. Desaparece así, como formación histórica, para hacerse dueño de la historia, tal y como Marx soñaba, paradójicamente, para el comunismo. Un capitalismo dueño de la realidad y de la producción de realidad [...] Esto es el capitalismo de ficción"
(Verdú, 2005:96-97).

En ese contexto, la única subversión posible es la que el propio Verdú denomina la revolución del NO sin consecuencias: una acertadísima expresión para indicar que el capitalismo permite y acepta cualquier expresión crítica --por muy amenazadora del statu quo que parezca-- a través de cualquier medio, puesto que su omnipresencia garantiza que no habrá consecuencia práctica alguna. En este sentido, el personismo es idéntico a la Ilustración: carece por completo de praxis social. El desprestigio de la política es el indicador más claro de este proceso.

Las exageraciones --que también las hay-- se hacen más visibles en su diagnóstico sobre el futuro de la educación: puede que en esencia todo lo que dice Verdú sea cierto, pero también lo es la imposibilidad de sustituir la educación mediante cultura tradicional por otra basada en los saberes de la sociedad de consumo. Los niños y los jóvenes deben conocer el lenguaje (sin él no podrán relacionarse), el sistema político y económico en el que están inmersos (sin esa información no podrán manejarse en él) y --especialmente-- la ciencia (sin ella no podrán prolongar su confort y su estilo de vida basado en una mezcla de tecnología y estado de bienestar). El grupo-clase sigue siendo la mejor forma conocida hasta ahora para socializar seres humanos; de modo que, por mucha tecnología que entre en ella, el aula siempre estará llena de alumnos formando un universo.

Lo más curioso, con todo, es la posición en la que se sitúa Verdú como narrador: en el centro de su crítica está su propia actividad como autor tradicional (lector, ensayista, escritor, columnista), por lo que es juez y parte en el invento. El tono y el tema le permiten lanzarse a fondo contra todo lo establecido, presentándose como un visionario capaz de apartar el velo que oculta la realidad al resto de su generación. Encuentro en esta pose una cierta autocomplacencia, especialmente en los ataques al prestigio del libro y a quienes se aferran al saber adquirido a través de ellos: es posible que sus profecías se acaben cumpliendo, es posible que la propia generación de Verdú --incluso la siguiente-- esté definitivamente echada a perder o fuera de juego; pero eso no le impide como autor seguir cultivando el ensayo de toda la vida y escribir libros para un reducidísimo mercado donde solamente unos pocos pueden publicar (en lugar de volcarse en las nuevas formas digitales de expresión). En definitiva: un perfecto ejemplo de la revolución del NO sin consecuencias. Su clarividencia analítica no impide que le podamos aplicar aquella frase lapidaria que le suelta Libertad a Mafalda después de que ésta haya logrado dar con la clave de la triste verdad en la vida de las hormigas: "es tan cierto eso que acabas de decir que no sirve absolutamente para nada".

viernes, 4 de enero de 2008

¿El futuro del libro es Los futuros del libro?

Estoy leyendo el libro Los futuros del libro de Joaquín Rodríguez. Lo descargué porque era gratuito --como la mayoría de las obras que se ocupan del futuro digital de los tradicionales sectores analógicos-- y descubro con sorpresa que se trata de una cuidada recopilación cronológica de 100 posts que el autor colgó en su blog durante algo más de un año (noviembre 2006-mayo 2007). El libro aparecerá no obstante en papel publicado por la editorial Melusina. Creo que se trata de un buen ejemplo para ilustrar las contradicciones flagrantes que vive el sector editorial: ¿qué rendimiento espera obtener Melusina si desde su misma web se puede descargar gratuitamente en PDF? ¿Acaso la promesa de una edición prologada, aumentada, corregida, temáticamente agrupada, anotada y con la relación completa de recursos normalizada --tal como se especifica en la página 6-- servirá de argumento suficiente para hacer pasar por caja al lector? Los índices de lectura en España, un tema especializado y mi lógica de usuario/consumidor me dicen que no; y sin embargo ahí está: editores tratando de colar libros en versión premium mientras regalan versiones beta del mismo texto. Si esto funciona así, en cuanto alcance un número suficiente de entradas en cualquiera de mis blogs hago lo mismo que Joaquín Rodríguez.

¿El futuro del libro --al menos el del libro de ensayo-- va por aquí, en recopilar cada tanto las entradas del blog y publicarlas gratuitamente por orden cronológico y en versión de pago ordenadas por tema? ¿La labor de agrupación justifica el precio a pagar? Esto lo llevan haciendo desde hace décadas todos los columnistas de diarios: reuniendo en libros sus escritos periodísticos; así que la fórmula no es nueva, sino adaptada del mundo analógico (luego es cierto: las estrategias económicas analógicas funcionan en el mundo digital). Las estrategias y los retos son los mismos, lo que cambia es el concepto: que los expertos, los gurús y los consultores que cobran por dar conferencias y emitir opiniones especializadas, adopten este formato de publicación y modifiquen radicalmente la calidad y profundidad de sus textos. La mayoría de esta gente mantiene sus propios blogs, obteniendo en algunos casos unos bonitos ingresos por publicidad a cambio del tráfico generado; de esa actividad discontinua, breve y superficial de análisis surgen los posts que, al acumularse en el tiempo, constituyen una masa crítica suficiente para mutar en libro. Siempre se han vendido recopilaciones de artículos, así que la cosa no va a cambiar si se trata de entradas de un blog. La diferencia es que éstos se encuentran disponibles gratuitamente (y además ahora la mayoría de hemerotecas de los periódicos digitales son de acceso libre); así que el único valor añadido para colocar un libro de este tipo es el trabajo de recopilación llevado a cabo por la editorial, ya que el autor no modifica apenas el texto. Nada nuevo hasta ahora. Lo que a mí me preocupa es que toda la producción ensayística se genere en formato blog, y que nadie conciba obras pensadas originalmente para aparecer como libro, dadas las dificultades de publicación y los más que dudosos rendimientos por venta.

La aparición de Kindle --el lector de libros electrónicos lanzado por Amazon-- como último eslabón de un modelo de negocio basado en el comercio electrónico, ha levantado una buena polvareda entre las editoriales, puesto que todos los indicios apuntan a que van a entrar en el mismo proceso crítico en el que están embarcadas hace años las discográficas. La crisis es un cambio de canal que obligará a redefinir cuotas y márgenes, y eso es lo que asusta, pero como apuntan algunos editores hay posibilidades de reconversión que garantizan la viabilidad del sector:

a) Cambios en la distribución de las ganancias, siendo el autor el más beneficiado gracias a la eliminación de intermediarios. Para que luego se rasguen las vestiduras compositores e intérpretes.

b) El editor adoptará un papel de selección de textos con valor añadido en un mercado saturado de novedades. Esta es la única alternativa que les queda a los pequeños libreros: convertir sus locales en tiendas online donde llevar a cabo su labor de intermediación/venta sobre géneros y temas superespecializados. No será fácil.

c) La publicación dejará de ser una actividad ligada a las editoriales, puesto que no hará falta convertir el texto en objeto de papel. El autor entregará su obra en formato electrónico y si acaso el editor incluirá enlaces de valor añadido. Este proceso no tiene por qué quebrar la sagrada integridad del texto que posee la literatura en papel; así que nada de intercalar enlaces ni convertir la obra en un hipertexto.

d) Como todo mercado que se digitaliza, habrá que trabajar con microaudiencias, segmentando al máximo géneros y productos. Los medios de comunicación serán los encargados y los responsables de dar a conocer los "libros transversales", que se convertirán --igual de las series, las películas, las canciones y los programas de éxito-- en el auténtico pegamento cohesionador en una sociedad que avanza sin parar hacia el marketing individual y que amenaza la existencia misma de un espacio público en el que encontrar elementos comunes para debatir. No se me va de la cabeza esta advertencia de Dominique Wolton y no me cansaré de predicarla porque estoy convencido de su absoluta verdad.

El paisaje que augura Kindle --y los dispositivos que surjan tras su estela-- es el de un mercado con lectores pero sin librerías, como consecuencia de la modificación del canal de venta. Igual que sucedió con las operadoras de telecomunicaciones, sobrevendrá una espectacular concentración de capital que absorberá --en el mejor de los casos-- o dejará fuera --en el peor-- a los pequeños. También los libros de consulta y los de texto tienen los días contados (las enciclopedias hace años que han sufrido una acelerada digitalización): si las editoriales no publican en papel tampoco se ocuparán de pagar a equipos de profesores y pedagogos para que produzcan materiales escolares. Los padres serán los principales beneficiados, puesto que los libros podrán descargarse directamente en la escuela y los padres pagar una cuota --convenientemente aumentada-- de material escolar que incluya los libros de texto.

Lo que no tiene por qué variar es la existencia de ferias sectoriales, ni el contacto del autor con sus lectores. Las firmas de libros, las conferencias, los encuentros y debates, todo eso no tiene por qué desaparecer. Incluso sería bueno que los autores estuvieran accesibles en foros o a través del correo electrónico. Su fama --y esto es algo que aprendieron hace tiempo de la industria musical-- depende de su presencia no sólo en los medios sino del trato directo con el público. Eso no está amenazado por mucha digitalización que esté en marcha.

Confío en que, siendo los editores unos señores bastante leídos, tengan una reacción más adecuada, con mayor perspectiva del problema y de las posibles vías de solución, y no hagan como los ejecutivos de las discográficas, que se han lanzado a eludir responsabilidades, culpabilizar y criminalizar al cliente, pedir leyes que blinden su negocio y anunciar a días alternos apocalipsis de un mercado cultural del que ellos nunca se han preocupado ni por asomo. En este sentido, espero que el tránsito digital del libro sea más sereno y sin tanta demagogia como el de la música.

miércoles, 2 de enero de 2008

El ABCDE de los modelos de negocio digitales

A. Los expertos cada vez lo tienen más claro: ya no hay tantas diferencias entre el negocio digital y el presencial; han comprobado que las estrategias de uno funcionan para el otro, puesto que los agentes en juego son los mismos: proveedores y usuarios/consumidores. Si aceptamos esto, también deberemos aceptar que --igual que el Banco Mundial con Latinoamérica durante la década perdida de los ochenta-- hemos perdido diez años tratando de aislar las claves del nuevo paradigma de negocio digital cuando en realidad nos hallábamos ante el nacimiento de un nuevo canal.

Sin embargo, muchos siguen trabajando con la idea de que existe un --infalible-- modelo de negocio digital pendiente de descubrir y explotar, aunque las secuelas de esta búsqueda se dejan sentir en sectores y prácticas no digitales de la economía: "desde la óptica de la organización en general, y la empresa en particular, existe siempre el interés por entender qué utilidad puede tener para el negocio cualquier novedad tecnológica. El ritmo acelerado de la innovación infotécnológica, ha contribuido en gran medida a la aceleración propia de los mercados financieros, y al sentido de urgencia que los mismos han impuesto a la dinámica empresarial" (Antonio Fumero: Web 2.0, 2007:38).

B. En el Forum Mundial de Marketing y Ventas de 2004 celebrado en Barcelona, Philip Kotler definió a la empresa orientada a beneficios como aquella que reduce costes, sustituye a personas por tecnología y reduce el precio y el valor de los productos. En cambio, una empresa orientada a sus clientes invierte en marketing, otorga el poder a sus empleados utilizando tecnología y procura dar más valor a sus clientes aunque no siempre pueda reducir los precios.

Sin embargo, las organizaciones se siguen concibiendo como orientadas al cliente y sus acciones revelando que se guían básicamente por el beneficio. Esta esquizofrenia propia del capitalismo nos viene acompañando desde hace más de un siglo, así que nada ha cambiado en este sentido.

C. Actualmente, según Francis Pisani, existen cuatro modelos de negocio en la web:

1) Publicitario: el más antiguo y más eficaz; es el mismo que llevan usando hace décadas los medios tradicionales. Cada vez más iniciativas comerciales se apuntan a él, porque es el más maduro y el más rentable. Google, Yahoo!, Microsoft Live... y en general todas las nuevas aventuras exclusivas del canal digital.

2) Intermediario: agentes que reúnen en sus sitios, alrededor de una serie de servicios, una comunidad y regulan (mediante comisiones y similares) las relaciones e intercambios entre sus miembros. eBay, los portales de contactos...

3) Comercial: es el comercio electrónico puro y duro. Con él sólo los más grandes sobreviven, igual que sucede en el comercio presencial, del cual puede ser un canal complementario. Amazon es el ejemplo canónico de canal independiente (no hay tiendas físicas).

4) Suscriptor: tipo contrato de servicio entre cliente y proveedor. También es un modelo clásico, y requiere un esfuerzo estratégico suplementario respecto a los otros dos: mejora constante, seguimiento, promociones...

El modelo número 4 es al que tienden los gigantes de la industria de la informática (IBM, Sun, HP), pero también hay que señalar que ese mismo modelo es el que los diarios digitales están abandonando a toda marcha tras el fracaso de un lustro sin conseguir suficiente masa crítica de suscriptores en sus ediciones electrónicas. Lo abandonan en beneficio del modelo número 1, mucho más rentable y que no requiere trabajar directamente en la satisfacción del cliente.

D. En su entrevista a David Sifry (fundador de Technorati) Luz Fernández pone el dedo en la llaga al preguntar: ¿Cree que la publicidad va a poder generar tantos ingresos como para mantener todos los servicios gratuitos en Internet?

Es evidente que no. En cuanto haya una recesión los presupuestos para publicidad descenderán y eso afectará a los servicios gratuitos. Aun así, Sifry cree que existen modelos de negocio alternativos y rentables que no dependen de las buenas cifras que consiga la inversión en publicidad: el de eBay (modelo número 2) o el de Flickr (variante light del modelo número 3), y eso es una garantía de futuro. Aun así no veo que muchos se salgan de la autopista publicidad-por-servicios-gratuitos.

E. No hay que esperar que los emprendedores sean necesariamente los mejores gestores de su invento; al fin y al cabo su mérito y su prestigio consisten en haber dado con una fórmula de éxito, pero eso no significa que sean los más capacitados para explotarla. Esclavizar tecnologías a modelos de negocio es la mejor garantía para impedir o retrasar la posibilidad de optimizar la gestión de una idea valiosa, puesto que impide que otros tengan la oportunidad de mejorarla.

Escuchar a los usuarios/consumidores, compatibilizar su satisfacción con la rentabilidad de la empresa, un bonito ideario analógico a asumir por aquellas organizaciones orientadas al beneficio del mundo digital.

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