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lunes, 21 de mayo de 2007

Andanada

El pensamiento previsional (Mattelart dixit) es hoy día un mercado más que consolidado: los consultores cobran cantidades de escándalo por dibujar los escenarios anticipatorios del futuro tecnológico y sus repercusiones en el uso social (en realidad consumo). El pronóstico tecnócrata es un sector aún más emergente que la propia tecnología que lo propicia, por lo menos en EE UU desde mediados de los sesenta del siglo XX. Desde mi perspectiva de usuario/consumidor todo esto me suena a la canción esa que aseguraba que estamos "agotados de esperar el fin".

Las multinacionales se parecen cada vez más a las universidades: dinosaurios que se mueven con dificultad, junglas en las que son necesarios ciertos saberes iniciáticos que permitan sobrevivir. Instituciones cada vez menos permeables (o directamente de espaldas) a la realidad que emplean su prestigio social y las subvenciones que reciben (en lugar de sus ventajas competitivas) para influir en todo entorno que amenace su cuota de mercado. Otro dato más: en 1960 Daniel Bell publicó El fin de las ideologías, un ensayo que profetizaba lo que, treinta y dos años después, nos volvió a vender con otro nombre Francis Fukuyama con la coña aquella de El fin de la historia. Lo sorprendente es que el "Guardar como..." coló, igual que coló cuando las discográficas nos volvieron a vender en CD más caros los mismos vinilos que habíamos comprado en la era analógica. Es la dictadura de los expertos y los iniciados frente a las audiencias cautivas de los ingenuos bajo el principio del consumo. Así es la auténtica tecnología (y compañía) que nos esclaviza.

¿Economía y comercio, pues, se han quedado solos? ¿Campan a sus anchas por la red? No, todavía una comunidad, desestructurada por definición, resiste y sobrevive a todos los intentos de normalizarla y diluirla en el Mercado (con mayúsculas). Son comunidades de consumidores/usuarios que crean sus propios espacios o se hacen fuertes en otros ajenos (creados para generar beneficio con el tráfico que genera la comunidad, no gracias a sus contenidos). En estas comunidades es donde más de uno ve la democracia participativa que Al Gore prometía a la UIT y que más de un progresista trasnochado elogia después de poner de vuelta y media el mal uso que se hace de las tecnologías. Por ese lado sólo encontramos mitómanos y paisajes idílicos completamente irreales. Sin embargo, las comunidades de usuarios/consumidores siguen intercambiando información útil mientras escapan a todas las normas (legales y de mercado) que les acusan de violar.

Luego esos mismos expertos e iniciados concluyen en sus textos que existe cada año una mayor desmovilización de las masas. Igual que en el divorcio entre política y ciudadanos, los usuarios/consumidores se buscan la vida como francotiradores para resolver sus cotidianas necesidades al margen del mercado (esta vez con minúsculas). ¿Mis hijos quieren el nuevo estreno de Disney? Lo descargo de eMule ¿Necesito un software para gestionar mi PYME? Busco un freeware y lo descargo o uno privativo y luego mi coleguita tecnócrata me lo "crakea"? Malos tiempos para vender intangibles o ejecutables. Mientras tanto, las consultoras repiten impasibles su mantra: las empresas que no estén digitalizadas perderán oportunidades de negocio y el tren del futuro.

En el tiempo que ellos pasan analizando una realidad lejana, el usuario/consumidor se ha conectado a Internet para buscar soluciones a sus puntas de trabajo, saber cuánto le costará una licencia en caso de tener que comprarla, y cuánto tiempo le durará su nuevo hardware antes de que un nuevo sistema operativo se lo deje obsoleto. Por la noche, en casa, mientras los consultores disfrutan de sus viajes de incentivo interoceánicos los mismos usuarios/consumidores buscan conversores de formatos, gestores de tiempo, simuladores de vuelo, recetarios, programas y juegos educativos, libros, películas, música...

¿De qué realidad estamos hablando?

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