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jueves, 11 de diciembre de 2008

¿Y no será que confundimos el ciclo de la vida con el ciclo económico?

1. 28/07/2002: a propósito del estallido de la burbuja puntocom Joaquín Estefanía escribió en El País un lúcido texto titulado «La enfermedad moral del capitalismo» en el que hablaba del enorme escándalo que se montó cuando se hizo público que las auditoras más prestigiosas del mundo actuaban como juez y parte de aquello que auditaban:

«De Enron a WorlCom pasando por Andersen. En muchas de las compañías con problemas, la compañía auditora, la encargada de reconocer si los estados contables eran correctos, era Andersen, el patrón oro de las auditoras mundiales. Andersen ha comunicado a la SEC que a partir de ahora renuncia a auditar compañías que cotizan en Bolsa, [...] Estos escándalos contienen, como las muñecas rusas, distintos capítulos de responsabilidad y de conflictos de intereses: entre los Consejos de Administración y los accionistas; entre los accionistas y los ejecutivos; entre las empresas y sus compañías auditoras; en las auditoras, entre sus servicios de auditoría y de consultoría; en los bancos de negocios, entre sus servicios de inversión y los de asesoría. Fallan las murallas chinas. Se pone en cuestión la imparcialidad y la independencia de cada actor».

«Otro protagonista de lujo, afectado por esta monumental crisis de confianza, ha sido el banco de inversión Merril Lynch. Se conoció un correo electrónico interno del banco en el que algunos de sus analistas bromeaban sobre el nulo valor de unas acciones que oficialmente recomendaban. A continuación se supo que ello no era una excepción, sino que había multitud de casos en los que no existía separación entre las divisiones de análisis y de inversión de los bancos de negocios: tenían a las empresas como clientes, por una parte, y, por la otra, como objeto de análisis».

El diagnóstico estaba claro: «La autorregulación es la enfermedad infantil del capitalismo [...] Liberalización y desregulación conducen, como demuestra ab nauseam la última coyuntura, al abuso».

2. 07/12/2003: el mismo Estefanía remachaba su análisis con otro texto igual de inspirado, «Cuando el capitalismo pierde la cabeza», donde repasaba uno tras otro la serie de escándalos sobre abusos y delitos que afectaban tanto a gestores de fondos de inversión como a los principales responsables de las entidades que les debían supervisar. Es prácticamente un ensayo general con luces y vestuario de lo que un lustro después ha sucedido entre bancos, inversores y agentes inmobiliarios. Para explicarlo acude esta vez a Joseph Stiglitz:

«La regulación [...] impide a las empresas y al sector financiero aprovecharse de su capacidad de monopolio cuando la competencia es limitada; ayuda a mitigar los conflictos de intereses y las prácticas abusivas, de modo que los inversores puedan tener confianza en que el mercado proporciona un marco de juego limpio y que aquellos que dicen que actúan en defensa de sus intereses en realidad lo hacen así. Pero la otra cara de todo esto es que la regulación actúa en detrimento de los beneficios rápidos; por eso se han multiplicado los lobbys autorregulación. [...] Los escándalos generalizados han derrumbado estrepitosamente los fundamentos intelectuales de la economía del laissez faire: la creencia en que los mercados se bastan a sí mismos para manejar con eficacia, no digamos con justicia, toda la economía. En su último libro Los felices noventa, concluye: "El mantra de la desregulación se ha revelado como una trampa que, lejos de llevarnos al grado de regulación más adecuado, nos ha conducido a la supresión irreflexiva y sin más de todo mecanismo regulador. Nada tiene de casual que el origen de tantos problemas de los felices noventa se remonte al momento en el que se desregularon sectores como el de las eléctricas, telecomunicaciones o finanzas... Las economías de mercado no se autorregulan, son zarandeadas por golpes que están fuera de su control, tienen tendencia a las manías y a los pánicos [...] a la exageración irracional y al pesimismo, a las estafas y a una asunción de riesgos que roza la de los juegos de azar, y a que muchos de sus errores y fechorías sean soportadas por toda la sociedad"».

Sí, sí, sí... muy bien explicado todo, un diagnóstico perfectamente expuesto. La pregunta es ¿por qué nunca se aplica? ¿De qué sirve saber exactamente qué se espera de cada agente del mercado si nadie actúa como debería?

3. 04/12/2008: David Fernández pregunta a Rafael Sarandeses (secretario general del Instituto Español de Analistas Financieros) en «Por qué los profetas no lo vieron venir» (publicado también por El País):

«¿Por qué cuesta tanto escribir en un informe de Bolsa la palabra vender? "Por la propia estructura del mercado. Una entidad financiera suele tener conflictos entre el análisis y el negocio. Esta situación puede significar que la independencia de los analistas a la hora de emitir sus opiniones se vea limitada" [...] A pesar de entonar el mea culpa, Sarandeses matiza que esta crisis no se debe a los errores de los analistas sino "a los fallos de los supervisores financieros y a las malas prácticas de las agencias de calificación de riesgos"».

En versión usuario/consumidor: reconoce que existen graves conflictos de intereses dentro de las empresas consultoras/asesoras, pero la culpa es de los supervisores que no les han supervisado bien. ¿Pero no habíamos quedado en que el mercado se autorregulaba? ¿No era mejor eliminar cualquier injerencia en el mercado porque así se mantiene en perfecto funcionamiento el mejor de los mundos posibles?

Tanta argumentación, tanta documentación, tanta exposición ordenada, tanta indignación, tanta verdad dilapidada... no son más que cubitos de hielo en pleno océano. Se desharán tan rápido que hasta dudaremos de su existencia. Las crisis se suceden porque cada generación hace sus propias leyes: se enriquece, sufre las consecuencias de los excesos y fallos del sistema y finalmente trata de parchear los errores, que se convertirán en las leyes que empleará la siguiente generación para enriquecerse a través de sus lagunas y puntos débiles. Si las leyes del ciclo económico parecen inevitables no es porque los gurús de la economía hayan dado con preclaras teorías desde las que establecer sus constantes, sino porque cada generación no ha sufrido en sus bolsillos la anterior. Lo preocupante en este caso es que una misma generación haya metido la pata tres veces en el mismo agujero.

Describir la herida no alivia el dolor; pero es el único consuelo que nos queda a los tecnócratas de letras.

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