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jueves, 14 de febrero de 2008

¿A qué temperatura arde la música?

El Reino Unido prepara una ley que tiene como objetivo no el ordenamiento de un sector tecnológico y sus usos sociales, sino perseguir y castigar a los que se descargan de todo mediante redes de intercambio P2P. El sistema de los tres avisos que propone la ley es para partirse de risa: son tan ingenuos estos legisladores...

En Francia también están por la labor de persecución, y su solución consiste en elaborar listas de usuarios, llenas de auténticos "bajones reincidentes", para evitar que se puedan dar de alta en otras compañías. Igual que existen listas de morosos habría listas de gente a la que se le niega el derecho de conexión.

Los jueces europeos, por su parte, acaban de dictaminar que las compañías de telecomunicaciones no están obligadas a facilitar datos de sus abonados a no ser que sea una causa penal (y las que se abren contra las redes de intercambio, si no lo he entendido mal, son de tipo civil). Ya estoy viendo venir la solución de los legisladores europeos: para seguir con sus planes sin esas minucias garantistas convertirán la descarga desde determinadas redes en un delito penal. No lo descartemos tan rápidamente: ya ha sucedido con determinadas infracciones de tráfico.

Mientras tanto, las discográficas --el sector "cultural" que más avanzada tiene la metástasis de su modelo de negocio-- lanzan Qtrax, una red de intercambio bendecida por ellos mismos que se financiará mediante ingresos publicitarios. La música llevará incorporada tecnología DRM que impedirá tostarlas en un CD o soporte similar. Nada se dice de dispositivos con memoria Flash, a las que al parecer sí se podrán copiar (como si desde allí no se pudieran distribuir). Si esto es así, ¿dónde están las garantías de que no habrá duplicación incontrolada? Está claro que las discográficas se apuntan a la publicidad como motor de su negocio, puesto que piensan que ella sola generará más ingresos que la venta de música (más que nada porque el usuario/consumidor ya no está dispuesto a pagar por ella). Otra cosa será cuando la coyuntura económica haga caer la inversión en publicidad.

De manera que los legisladores se aprestan a cerrar el paso a las redes de intercambio, y sin embargo las compañías discográficas apuestan por ellas como solución para la continuidad de sus negocios. Ya veo venir la solución combinada de ambos frentes: sólo serán legales las redes amparadas por los propietarios de los derechos de explotación, las demás serán declaradas directamente ilegales. Con la música sucederá algo parecido al sector del tabaco: las empresas tabaqueras son legales y venden sus productos a pesar de que existe una abundante legislación restrictiva y disuasoria al respecto. No es sano, no está bien visto, pero la gente sigue fumando y las tabaqueras obtienen enormes beneficios por ello. Además del tabaco hay otras drogas blandas de consumo muy extendido que no son legales, y aun así la gente se las apaña para conseguirlas a través de redes paralelas --formalmente ilegales, en la práctica toleradas-- que todo el mundo conoce. Ya estoy oyendo a padres y madres recomendando a sus hijitos adolescentes: "sobre todo, no aceptéis música de desconocidos. Y si tus amigos consumen música de redes de intercambio ilegales, no la aceptéis, no la escuchéis; no hagáis lo mismo que ellos. ¡La música de redes ilegales es caca!".

Para hacer más llevadero el argumentario, tomemos la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 (1953): en ella se describía un futuro indeterminado en el que los libros estaban prohibidos, y unas brigadas especiales de bomberos-policía se encargaban de proceder a su quema (Book runners diríamos hoy), una vez localizadas las pocas bibliotecas personales clandestinas que algunos héroes se empeñan aún en mantener. El protagonista de la novela es uno de esos bomberos-policía que, fascinado por su aparentemente peligroso contenido, acaba contactando con una organización ilegal dedicada a memorizar libros como alternativa a la preservación de un conocimiento amenazado por decreto. Para las generaciones poco amigas de la lectura recomiendo la adaptación cinematográfica rodada en 1966 por François Truffaut. Para los que no quieran ni una ni otra que se conformen con este resumen y sigan leyendo.

La situación no es exactamente la misma con el tema de la música, ni tiene los tintes dramáticos y de denuncia de un futuro condenado a la dictadura del conocimiento, pero hay ciertos paralelismos que quiero señalar:

-Imaginemos un mundo en el que la iniciativa legal y la tecnología han conseguido acabar con las redes de intercambio no ligadas al mercado y a los propietarios de los derechos de explotación. En un contexto así se me hace muy difícil imaginar que los usuarios/consumidores se conformen con dejar de practicar sin más el intercambio gratuito de estos materiales.

-Este intercambio entre particulares se ha producido siempre, desde que el negocio se basó en la venta de copias. En muchos mercadillos dominicales era (y es todavía en algunas ciudades y para determinados productos) habitual el intercambio informal de estas copias (y en ocasiones venta semiclandestina). Este canal no permite una duplicación exponencial de los contenidos intercambiados, por lo que nunca se ha actuado contra él. La persecución de las redes P2P es una simple cuestión de número, porque la práctica como tal es imposible de erradicar.

-¿Acaso los legisladores y los propietarios de los derechos de explotación creen que van a detener algo así, aun suponiendo de que dispusieran de una tecnología de control inexistente hoy en día y se saltaran por la cara infinidad de garantías jurídicas? ¿Acaso creen que no surgirán otras formas de intercambiar contenidos? ¿Acaso no saben que hay universidades, escuelas, centros de trabajo, donde la gente se encuentra por necesidad y es inevitable el intercambio? Para que eso ocurriera deberían dejar de venderse dispositivos grabadores/reproductores y de almacenamiento, así como soportes para la duplicación. ¿Acaso los fabricantes soportarían semejante recorte de ingresos sin chistar?


No estoy diciendo que --como en la novela de Bradbury-- los usuarios/consumidores asuman la ingente tarea de aprenderse canciones, libros o películas para transmitirlas de forma oral a otras personas y generaciones, no va a ser necesario. Sólo digo que existen infinidad de alternativas que no podrán impedir el intercambio gratuito (incluso por vía digital, a la que tanto temen los legisladores y el mercado) de esos bienes que al parecer sólo se consideran culturales cuando han agotado todas sus opciones como bienes de consumo.

Señoras y señores legisladores, señoras y señores explotadores de derechos: todo indica que no sólo han perdido la batalla contra la tecnología, sino que han dinamitado desde sus mismísimas bases el uso y el consumo que la sociedad ha hecho tradicionalmente de determinados productos "culturales" comercializados mediante copia. Todo indica que estamos siendo legislados por una patulea chusmosa e indecente de ineptos analógicamente carcas.

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