Sólo repiten la historia los tontos, los mediocres, los fracasados y las especies en vías de extinción (1)
A pesar de todas las prevenciones estéticas y exageracionistas, los años treinta del siglo XXI prometen ser un calco de los del XX. Basta leer cualquier manual básico de historia contemporánea y las noticias del día. Y si te da pereza, tienes una buena selección de películas y series ambientadas en la Europa de entreguerras que lo explican con más sentimiento. ¿Qué cómo se llegó a semejante degradación política e histerismo social? Las causas se arrastraban desde el XIX: piques entre potencias occidentales por garantizarse materias primas y mercados por el método de la colonización. Luego vino el inesperado triunfo bolchevique en 1917 y a las elites conservadoras les entró el acojone total (sólo pensar que los obreros se alzaban y les expropiaban los medios de producción, es que se ponían malos). Y de remate, unas cuantas paranoias conspiranoides populares que recuperaron fuerza tras casi cien años olvido (convenientemente alentadas desde arriba, no hay que dejar de mencionarlo): el absurdo debate sobre la jerarquía de las razas, la obsesión por una conspiración secreta de los judíos para hundir la economía... Buena carne de meme si hubieran existido las redes sociales. La aristocracia (que hasta entonces copaba cargos políticos, electos o no) se encontraba en plena fase final de sustitución por la burguesía (esto sí que fue un auténtico remplazo, no la paranoia actual de los blanquitos pobres). El hundimiento de la bolsa en 1929 dio paso a un ciclo de depresión mundial que incrementó aún más las protestas obreras; y entonces aristócratas y burgueses, ante el terror a que la semilla revolucionarias fructificase en sus países, por conveniencia consciente, decidieron apoyar a líderes ultras y grupos paramilitares que hacían de la mano dura contra los trabajadores su seña de identidad. Tontos útiles y mediocres como Hitler o Mussolini, incluso Franco, fueron apoyados sin contrapartida porque prometían meter en cintura a los obreros, acabar con sus reivindicaciones y huelgas e imponer una paz basada en la represión, el miedo y el clasismo. Exactamente lo que estaban deseando escuchar una nobleza decadente y unos ambiciosos empresarios. Se dejaron embaucar con promesas de una era de resregulación y retorno a lo tradicional, así que les apoyaron en su asalto al poder. Estoy seguro de que pensaron que podrían controlarles una vez en los gobiernos; pero volvieron a errar el cálculo y la cosa se les fue de las manos.
Ahora echemos un vistazo al panorama actual: encontramos también unas causas primeras que arrancan en el siglo anterior, concretamente en la desregulación económica, el desmantelamiento del sector público y la pérdida de derechos iniciados en 1980. Es difícil resistir la tentación de encajar los mismos agentes y fuerzas en conflicto. Los restos de la aristocracia del siglo XXI se han diluido con los nuevos ricos que amasan fortunas a base de herencias y pelotazos --tolerados o ilegales-- y con rentistas inmobiliarios. La burguesía ha generado su propia elite, compuesta por dirigentes de multinacionales planetarias y políticos, los cuales trabajan para desregular la economía, obtener/mantener privilegios en los intercambios comerciales y/o mantenerse en el poder por decreto: los Musk, Trump, Meloni, Milei, Netanyahu, Erdogan, Maduro, Putin, Kim Jong-Un, Xi Jinping y demás acólitos segundones. Gentes que se ponen los parlamentos de adorno (no les remiten leyes para su debate), rebajan impuestos a quienes ya son ricos y buscan incansablemente nuevos nichos en el mercado sin regular (el tecnológico casi siempre) donde aún funcione le ley del más salvaje. La única diferencia con el siglo XX --no menor e igualmente preocupante-- es que esta burguesía no ha recurrido a tontos útiles para que gobiernen, sino que ellos mismos se reservan ese papel. Cada vez más países sucumben a un tardocapitalismo extractivo que se perpetua en el poder porque una masa creciente de votantes se inhibe en cada nueva convocatoria electoral, convencida de que a ellos no les afectarán tantas concesiones, de que es compatible su bienestar con la desigualdad y el recorte de derechos (siempre que sea a los demás, no a ellos). Una variante muy parecida de las sociedades histéricas que produjeron los treinta en el siglo XX. Mismos antecedentes, mismas elites, mismos estímulos, misma especie gregaria... ¿Por qué no?
Estas comparaciones siempre suenan a erudición estética y a diagnóstico agorero; pero, al igual que en la prevención de enfermedades y catástrofes, es imperativo jugárnosla e invertir esfuerzos para evitar que nos explote en la cara algo que aún no ha sucedido (pero sí hemos visto suceder en el pasado, anunciado con señales muy similares). En estas situaciones, como especie, debemos ir en contra de todos nuestros instintos, porque las consecuencias serán mucho peores. Por eso a veces se repite la historia: porque nuestro legado genético como especie pesa demasiado. Sólo reaccionamos durante períodos limitados, y únicamente porque aún viven quienes padecieron los desastres y errores de la etapa anterior. Pero en cuanto esa generación desaparece, se relajan los controles, se olvidan los motivos por los que se mantienen, se pierden de vista los beneficios de la igualdad de oportunidades, la lucha contra la pobreza y el sometimiento del mercado al imperio de la ley. La vez que hemos aguantado más en contra de nuestro instinto fue en los Treinta Gloriosos.
(Continuará)
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