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miércoles, 10 de junio de 2015

Subsistencia aumentada o la lógica de la supervivencia científica

«El tiempo seudocíclico es el del consumo de la supervivencia económica moderna, la supervivencia aumentada, donde lo vivido cotidiano queda privado de decisión y sometido ya no al orden natural, sino a la seudonaturaleza desarrollada en el trabajo alienado; y por tanto este tiempo reencuentra naturalmente el viejo ritmo cíclico que regulaba la supervivencia de las sociedades preindustriales» (Guy Debord, La sociedad del espectáculo, 1967)


La cultura impone y aplica la misma lógica depredadora del mínimo esfuerzo que exhibe la naturaleza, con sólo dos diferencias fundamentales: la primera apenas tiene 10.000 años de antigüedad, mientras que la segunda ha dominado y demostrado su eficacia desde hace varios eones; la segunda es que la cultura --por definición-- implica el dominio y la domesticación de la naturaleza. Por eso los efectos, resultados y consecuencias de la cultura sobre el planeta en apenas 60.000 generaciones humanas son infinitamente más visibles y eficaces que millones de años de selección natural.

Gracias a Darwin y a Malthus, sabemos que los animales buscan satisfacer sus pulsiones instintivas de la manera más rápida, segura y eficaz. Si un día encuentran caza o alguna manera de reproducirse (en un paraje o bajo determinadas circunstancias) es seguro que volverán a por más, porque la urgencia y la necesidad les llevan a preferir lo que suponga un menor desgaste energético. Cuando un ecosistema es sobreexplotado por una especie demasiado numerosa se altera el equilibrio impuesto por la selección natural y se quiebra la estabilidad del ecosistema mismo, que ya no es capaz de prolongar las condiciones vigentes de subsistencia y entra en una fase de desequilibrio de consecuencias imprevisibles. Hasta que el ecosistema recupere el equilibrio (aunque sea a costa de sacrificar cualquiera de sus componentes) no existirán garantías de supervivencia para los grupos de seres vivos que han superado la alteración.

Con la cultura --y con este término designo deliberadamente toda actividad humana racional y medianamente sistemática-- sucede exactamente lo mismo: a medida que la ciencia ha alcanzado ciertas seguridades y descubierto determinadas regularidades en la naturaleza, el equilibrio de la selección natural se ha ido resquebrajando. Esto es especialmente obvio en la explotación de los recursos naturales: cuando un recurso o un ecosistema proporciona un beneficio --ya sea para la supervivencia inmediata o económico-- el ser humano lo explota hasta esquilmarlo. Y no lo hace a mala idea, lo que pasa es que aplica la lógica racional que le impone la ciencia, que es la herramienta fundamental que le permite subsistir con tanta holgura, reproduciendo a la perfección la Tragedia de los Comunes descrita por Garrett Hardin en 1968, y cuya vigencia es tan abrumadora como preocupante. Con el tiempo, la humanidad ha sido capaz de mejorar y afinar los métodos de explotación (en ocasiones alargando la vida del recurso), pero en ningún caso se plantea renunciar o interrumpirla. Las fuentes de energía, las minas, los caladeros... si alguno de estos recursos ha sobrevivido al rodillo de la actividad humana es porque hemos encontrado recursos alternativos (o desconocidos hasta entonces) que ofrecen mayor seguridad y beneficios.

La actividad humana, gracias a la tecnología proporcionada por la ciencia, ha podido dar un salto cualitativo en sus condiciones de supervivencia, convirtiéndolas en lo que Guy Debord denominó supervivencia aumentada. Aunque originalmente designa la concepción del tiempo en sociedades capitalistas avanzadas, describe tangencial y perfectamente la cultura como actividad característica de la especie humana en tanto que lucha por superar los límites de la selección natural y por obtener una supervivencia mejorada, incrementada --aumentada-- gracias a la eficacia de los hallazgos científicos y técnicos.

Pero lo más doloroso es la increíble paradoja que encierra esta condición de la existencia: si por un azar quisiéramos corregir o evitar los desequilibrios irreversibles y nefastos que la cultura introduce en la naturaleza tendríamos que actuar en contra de los mismos instintos culturales que nos permiten sobrevivir; y no de forma esporádica, discontinua, perezosa o imprevista (por ejemplo como reacción inmediata a determinadas catástrofes y calamidades), sino como parte de una pauta sistemática que va en contra de todo nuestro juicio racional acumulado. Es imposible sustraerse a esta lógica como principio porque, a pesar de su complejidad y diversidad, en lo básico, la cultura no deja de ser una estrategia de supervivencia, bastante más que un capricho o una emanación inexplicada. ¿O es que acaso cualquier especie animal, por el mero hecho de haber incrementado su población hasta límites casi insostenibles y de provocar con su actividad un desequilibrio en el ecosistema de pronto, cuando su subsistencia está seriamente amenazada, modifica su pauta de supervivencia? ¿Acaso los perros mueven los labios cuando leen? Pues eso.

La racionalidad científica producto de la cultura no es una mejora ni un añadido ni una garantía de nada, si acaso es una sofisticada respuesta, una extensibilidad de la subsistencia que a pesar de todo es incapaz de superar la lógica fundamental y las limitaciones de la selección natural.

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