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viernes, 20 de junio de 2014

La contracultura de masas: 3. Las industrias contraculturales

1. Las industrias culturales
2. La contracultura oficial

¿Amazon es una industria contracultural? ¿y Youtube? ¿y Apple? ¿y eBay? ¿y Uber?

El imperialismo cultural, una expresión bien conocida del ala crítica de toda izquierda occidental durante el siglo XX, ha quedado en el XXI vacía de contenido gracias a la buena labor de los think tanks neocon, que han sabido sacar un innegable provecho de la teoría de los marcos de referencia y han desecado con eficacia los pozos de cualquier ideología molesta, opuesta o crítica con su complejo político-económico. Este vaciado ha afectado también a las ideologías, pensamientos y teorías tradicionalmente críticas y/o alternativas con el capitalismo, entre ellas la contracultura y todas sus variantes, incluida la contracultura de masas. De manera que hoy, sin oposición, todos los mensajes críticos están del mismo lado, al servicio de los intereses que antes denostaban y juraban combatir. No es que los antisistema hayan sido integrados, es que se han apropiado de su termonología para designar otra clase de pensamiento que se pretende innovador, presentado como si fueran estrategias inéditas y transformadoras de la teoría económica; un ejemplo perfecto de revolución del no sin consecuencias. Como resultado de este desplazamiento conceptual con cambio de titularidad incluido, los tradicionales abanderados de la contracultura --vanguardias artísticas, colectivos antisistema-- se consideran ahora antiguallas ideológicas, terroristas sin ideas, chusma indecente, un estorbo que hay que erradicar de la sociedad biempensante porque impiden la convivencia y el progreso general.

Este desalojo de la contracultura hacia el lado de la economía de mercado no es una excepción en el negocio de lo cultural. No voy a detenerme es esto, basta echar un vistazo al libro de Robert Levine para comprobar lo mal que los antiguos propietarios analógicos lo ha hecho en el pasado y lo bien que se les da ahora a los nuevos recrearse en los mismos errores. A su pesar, acabará por imponerse un nuevo mercado de la cultura digital cuyos principales agentes serán otras industrias culturales, diferentes de las que ahora nos sirven de referencia. Algunas ya funcionan con éxito y generan beneficios, pero todavía no han logrado sancionar por decreto unas nuevas reglas del juego que les beneficien descaradamente, garantizándose así privilegios comerciales (como a sus predecesores), pero están en ello. Mientras lo consiguen, se sirven de una estrategia contracultural absolutamente eficaz: presentarse como los inventores de una nueva relación con los usuarios/consumidores que, al contrario de apaños que les precedieron, es definitivamente justa e igualitaria, y fingir que este hito es producto de una actitud valiente y arriesgada. Simulan una cesión del control del proceso al usuario/consumidor, abren nuevas formas de comunicación y personalización con infinidad de opciones, libertad de elección y precios imbatibles a la baja. Son corporaciones informales, modernas, jóvenes, dinámicas, reaccionan rápido, ofrecen garantías y seguridades y, para desdicha de la competencia analógica, consiguen cubrir expectativas en tiempo y precio.

Ahí está el éxito de Amazon, de Apple, de eBay y, más recientemente, de Uber. Pero este buenrollismo contracultural también posee su lado oscuro: el dumping es una opción entre tantas en sus manuales internos, reducen a la mínima expresión los porcentajes de los creadores, acumulan ofertas y productos sin demasiado criterio y las condiciones laborales están en el límite --cuando no completamente dentro-- de lo que se considera explotación. La cultura, gracias a estas empresas, es una mercancía que tiende a devaluarse todavía más en el mercado global y, por obra y gracia de la teoría de la larga cola, pueden obtener de ella beneficios sin necesidad de basar sus ingresos en unos pocos productos estrella ni recurrir a las tradicionales economías de escala.

Gracias a las nuevas industrias contraculturales, cualquiera puede sentirse ascendido a la categoría de creador y abandonar la patulea de consumidores/usuarios en la que llevaba toda la vida. El secreto del éxito de este espejismo está en la realidad (nunca verbalizada ni admitida por estas coporaciones contraculturales) de que para ser lo primero hace falta talento, esfuerzo, suerte y contactos. Convertir a los usuarios/consumidores en creadores permite tolerar incluso la presencia de temas y productos críticos e incómodos que impugnan en sistema; se acrecienta así la sensación de libertad, de posicionamiento victorioso frente a la cultura elitista, analógica y tradicional. Por fin una contracultura de masas ve triunfar sus postulados, se difunde a través de los canales establecidos, es objeto de debates serios y prestigiosos, gana adeptos y triunfa. Que la contracultura, por definición, sea algo opuesto a la cultura oficial y que, en cuanto pasa a ser mayoritaria y aceptada, deja de ser contracultura, es una superfluosidad menor sin apenas trascendencia.

De momento seguimos anclados en un pleistoceno cultural en el que los nuevos dinosaurios como Amazon acaparan el medio ambiente del mercado y esquilman los recursos con una política de precios ultra-agresiva e insostenible. Alguno podría objetar, a pesar de este desastre anunciado, que al menos su modelo de negocio supone grandes avances respecto a las industrias culturales analógicas (venta de segunda mano, opiniones, compras relacionadas). Es posible, pero el resultado práctico es la misma jungla donde todo vale y el pez grande se come al chico.

La reverberación libertaria programada por las industrias contraculturales acerca de un mercado digital libre e igualitario capaz de anular contradicciones y diluir roles no se sostiene. La lectura atenta, el aprendizaje por influencia, la reflexión y el análisis son pautas en retroceso que encajan mal en este paisaje porque sus beneficios no son visibles a corto plazo. Puede que sirvan de modelo pedagógico, de acicate para inspirar nuevas creaciones... pero desde luego hoy no se consideran un componente principal ni activo del mercado de la (contra)cultura.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2014/06/la-contracultura-de-masas-3-las.html


3 comentarios:

Ricard Martí dijo...

Els plantejaments innovadors són amb el temps assimilats pel poder dominant i deixen d'aportar res. ¿La història és una repetició constant d'aquest cicle? Sempre en queda alguna cosa que es pot aprofitar: és la saviesa dels clàssics. Afortunadament, tornaran a sortir noves propostes de la nova gent que acaba d'arribar a una certa lucidesa, o no?

Ricard Martí dijo...

Els plantejaments innovadors són amb el temps assimilats pel poder dominant i deixen d'aportar res. ¿La història és una repetició constant d'aquest cicle? Sempre en queda alguna cosa que es pot aprofitar: és la saviesa dels clàssics. Afortunadament, tornaran a sortir noves propostes de la nova gent que acaba d'arribar a una certa lucidesa, o no?

El tecnócrata de letras dijo...

Potser tens raó, però el que jo volia dir és que el marketing d'aquestes empreses es revesteix de contracultural quan és economia clàssica de tota la vida... No seran una bombolla els Amazons, Spotifys de tota la resta?

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