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viernes, 9 de noviembre de 2012

¿Somos buena gente?

¿Existe alguna contradicción entre nuestro apropiado estilo de vida urbano y nuestros abstractos e inconcretos deseos de justicia e igualdad global? ¿Acaso nuestras opiniones sobre el lamentable estado del mundo pueden llevarse a la práctica con acciones a nuestro alcance? ¿Estamos contribuyendo, con esos mismos bienintencionados deseos, a reducir las desigualdades, mejorar la calidad de la democracia o preservar el medio ambiente?

Sabiendo que nuestra vida es finita y nuestra capacidad para influir (directamente) en los problemas que nos preocupan tiende a cero, ¿podemos encontrar una forma de modificar las cosas que, aun sabiendo que es mínima, nos deje íntima e intersubjetivamente satifechos? ¿Podemos presumir de esas pocas cosas que podemos cambiar? ¿Debemos actuar y arriesgarnos aun sabiendo que no nos beneficiaremos de muchos de los efectos de nuestras acciones?

¿Es suficiente con contribuir económicamente ante ONG con las que, debido a nuestros conocimientos y experiencia y al tipo de actividad que realizan, nunca podremos colaborar directamente? ¿La educación que damos a nuestros hijos compensa nuestra ausencia de influencia en todos los demás ámbitos en los que nos hallamos inmersos? ¿Estamos preparados para convivir con nuestra limitada capacidad para influir en un mundo básicamente injusto que se administra con una peligrosa tendencia a la desigualdad creciente? ¿Es suficiente con votar cada vez que se nos convoca? ¿Debemos limitar estrictamente nuestras acciones al ámbito de lo que se considera cívico? ¿Podemos echar mano de un cierto grado de desobediencia sin perder legitimidad? ¿Hasta qué punto? ¿Quién decidirá cuándo es suficiente?

¿Cómo podemos dar salida a la indignación, tanto la racionalizada como la sobrevenida? ¿Qué nos queda cuando renunciamos a comprender y actuar sobre el mundo? ¿Podemos seguir opinando sobre él? ¿Son más coherentes quienes se inhiben de todo problema que supera su propio ámbito vital? ¿Existe alguna forma de vivir la vida con una mínima coherencia entre pensamiento y acción o siempre es necesario elegir uno u otra?

A pesar de todo, ¿se nos puede seguir considerando buena gente por el mero hecho de desear, anhelar, preferir o declarar que el mundo debería ser mejor? Va a tener razón Victòria Camps cuando dice que la ética son sólo palabras que se evaporan en cuanto tenemos que tomar una decisión o hacer una elección. ¿Ser buena gente, entonces, nos convierte en puro humo?





http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2012/11/somos-buena-gente.html

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