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miércoles, 18 de agosto de 2010

Trenes perdidos y paisajes tras la batalla de la copia

Para empezar: Javier Candeira escribió un texto modélico, entre lúcido e indignado, que habla de opciones de negocio viables y reales en un mercado que asume la copia privada como parte de las reglas del juego. Vale la pena tomarse el tiempo de leerlo.

Cada vez más, los gurús tecnócratas se cortan menos: ya se atreven a poner en negro sobre blanco que es mejor la escucha mediante streaming, que el negocio de la venta de CD está acabado... Incluso algunos se preguntan por qué las discográficas permitieron que Apple se les llevara un buen pedazo de cuota con iTunes, el modelo hacia el que claramente --lo admiten ahora, después de toneladas de papel gastadas en demandas y en corporativistas y plañideros manifiestos-- deberían tender los gigantes de la distribución musical (parece ser que finalmente lo harán, aunque sea a regañadientes).



Se acabó el monopolio de los contratos blindados, las cláusulas abusivas, los márgenes de beneficio ultradescompensados, la promoción exclusivamente orientada a las ventas (casi nunca para apoyar a talentos emergentes), se acabaron los discos de oro y de platino, se acabó el paripé social de las entregas de premios y los conciertos benéficos, y sí --¡anatema sobre mí, que me atrevo a pronunciarlo!-- tendrán que bajar los precios. De ahora en adelante tendrán que abrir su tiendecita virtual, dejar de vender copias de CD y convertirse en asesores desinteresados de sus clientes.

Las discográficas pequeñas, los artistas anteriormente consagrados pero hoy venidos a menos, los talentos que empiezan... toda esta gente lo tiene de coña para reciclar su manera de estar en el mercado: las primeras convirtiéndose en abanderados jurídicos y mercantiles de una serie de cantantes y grupos, adaptando su tamaño y sus funciones hasta abarcar exactamente la discografía de quienes representan; los segundos --como Kiko Veneno, que se lo monta por libre-- se sacuden la tiranía de los contratos y contactan con sus fans a través de su web, incluso vende directamente sus canciones; y los terceros --como La Troba Kung Fú regalando su primer disco y, con el boca a oreja de los conciertos, lanzarse a vender el segundo gracias a la mínima masa crítica reunida. Conceptualmente, la música deja de ser un inmenso catálogo en el que destacan tales o cuales nombres y nosotros hacemos elecciones más o menos afortunadas, y se convierte en un servicio, algo así como un hilo musical a la carta, con tarifa plana (por lo general se incluye junto con un ADSL o un contrato de telefonía móvil) y listo para personalizar con nuestras listas de favoritos. «Enséñame tus favoritos», diremos ahora, en lugar de fisgar en las colecciones de CD de nuestros amigos...

Por su parte, el cine tenderá hacia el formato indie, adaptando sus presupuestos a una producción no industrial (la carrera comercial no dará para tanto), compatibilizando rodajes con otras actividades profesionales. Igual que la música, la distribución será inicialmente gratuita, luego los éxitos irán destacando nombres propios, facilitando el acceso a una auténtica difusión comercial (internet, canales de pago, estrenos en salas). El formato 3D --más minoritario en cuanto a títulos pero con una audiencia potencialmente más numerosa-- mantendrá sus elevados presupuestos, y su exhibición se hará como en los antiguos dioramas de finales del siglo XIX: palacios de la técnica cada vez más sofisticados llenos de familias y audiencias jóvenes, disfrutando de películas en las que la intensidad y la espectacularidad sustituyen a la narración. En unos años dejará de ser narrativo, transformándose en un cine de las sensaciones, en la línea de los experimentos audiovisuales de las vanguardias artísticas de los años 20 del siglo XX.

Todo indica que la creatividad volverá a ser algo básicamente amateur, una emanación personal, una contribución a cambio de nada. Sólo escaparán a este esquema unos pocos profesionales, artistas populares o espabilados negociantes, privilegiados que podrán vivir de su trabajo por obra y gracia de los contratos de mercadotecnia (las ventas de sus creaciones no será suficiente). Esta elite profesional soportará el doble de presión, porque si no vende regresará a la masa anónima de los que crean a cambio de nada.

Del lado del usuario/consumidor las cosas también andan revueltas: internet y la televisión están moldeando con fuerza nuevos y viejos formatos: para empezar, es posible un arte narrativo que mezcle lugares y tiempos, sin los problemas que experimentaron títulos como Intolerancia (1916) o Ulises (1922). Los argumentos abandonan la linealidad, la causalidad y la motivación, ofreciendo a cambio una serie de «estados del mundo», simultáneos o no. Se valorará a los narradores por méritos más propios de un DJ que de un creador: la selección, el orden y los cambios en las historias. No esperamos ni necesitamos un principio ni un desarrollo ni un final. Nos bastan unas pocas claves para montarnos nuestra significación. La tendencia a la brevedad y al salto que proponen los hiperenlaces y el zapeo (dos prácticas que acabarán siendo una) y el tono cada vez más biográfico de las ficciones están dando lugar a un nuevo formato menos dependiente del relato clásico.

--¿Señor editor? La doctora Internet le espera en su consulta. Ya puede pasar...

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/08/trenes-perdidos-y-paisajes-tras-la.html

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