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jueves, 22 de abril de 2010

La miseria de la tecnocracia: 4. La piel de la cultura

1. Los Señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno
2. La Galaxia Internet
3. La cultura humana

«Somos los habitantes primitivos de una nueva cultura global» (Derrick de Kerckhove, 1995:104)

Derrick de Kerckhove es un semiólogo, y eso significa que en sus textos caben todo tipo de teorizaciones, explicaciones y argumentaciones. Todo, absolutamente todo. Además, como buen científico social, en su tono y en su estilo abundan de forma preocupante las advertencias (sospechosamente basadas en la psicología) ante posibles riesgos morales, perversiones, malos usos, errores y otros abismos a los que nos exponemos debido a nuestra irresponsabilidad colectiva en materia tecnológica. De Kerckhove, de paso, airea en cuanto puede su condición de heredero intelectual de Marshall McLuhan, con el que trabajó durante años, como si eso supusiera una importante contribución a la veracidad de sus propias conclusiones. Para contrarrestar tantos prejuicios mencionaré en su defensa que La piel de la cultura fue escrito en 1995 (el año de la eclosión social de internet y en pleno apogeo de las redes informáticas); así que, mientras leemos, podemos contrastar sus predicciones y profecías con la contundencia de los quince años transcurridos desde entonces.

La piel de la cultura es un cuaderno de notas antes que un libro: está compuesto por pequeñas píldoras de pensamiento, apuntes, ideas, hipótesis, predicciones... que carecen de hilo conductor, de una teoría coherente y visible que dé sentido a la distribución de los contenidos. Se nota que los diversos capítulos corresponden a escritos de diferentes épocas y orígenes, reiterativos a veces, sin un trabajo previo de homogeneización y estructuración. De Kerckhove --igual que su admirado mentor-- se conforma con un suave análisis semiótico-psicológico para dar por buenas y validadas sus explicaciones. En conjunto, es un libro que carece de profundidad y rigurosidad, algo que sin duda prejudica a su credibilidad y hace que envejezca mucho más rápido que otros.

La metáfora básica que sostiene todas las argumentaciones y propuestas del libro es que toda novedad tecnológica se convierte en una extensión sensorial de nuestra mente, por lo que es inevitable que nuestra psicología se vea afectada. La televisión, por ejemplo, es una prolongación de nuestra vista y oído, permitiéndonos llegar más allá de nuestra capacidad de desplazamiento natural. Es un planteamiento tan original como poco útil; pero permite ejecutar sin problemas la maniobra del humanista (De Kerckhove es filólogo y sociólogo del arte): trasladar todo el debate al terreno de la elucubración psicológico-simbólica, desplazando el análisis hacia áreas del conocimiento donde la jerarquización y la significación se basan en la interpretación del autor, extraídas básicamente de sus propias reflexiones. Como antiguo estudiante de ciencia social sé de lo que hablo.



Para empezar, sus ideas sobre la televisión (capítulo 2): siempre he considerado su apotegma «la televisión le habla al cuerpo, no a la mente» como una gran verdad, pensando que se refería a que la pequeña pantalla despierta y/o activa nuestras respuestas más instintivas (sexo, violencia, territorialidad, gregarismo...). El diagnóstico no puede ser más certero a la vista de la evolución de la televisión en la última década. Pero resulta que no, De Kerckhove era mucho más literal en su afirmación: al parecer, ciertos experimentos psicológicos demuestran que el movimiento constante de la imagen en la pantalla no sólo atrae nuestra mirada, sino que provoca miles de respuestas somáticas, insconscientes e involuntarias. Su conclusión es clara: a pesar de que las evidencias que avalan el potencial poder devastador del medio, las cadenas de televisión no lo han sabido aprovechar, puesto que se limitan a colarnos sus mensajes subliminal-publicitarios a base de imágenes más o menos obvias; sin rastro de utilización de sutiles mecanismos de manipulación (otra de las palabras que les encanta agitar a los humanistas). Y para redondear el apocalipsis, un montón más de advertencias sobre la imposibilidad de fijar una respuesta a los estímulos de la imagen televisiva, cambios de plano que impiden saber en qué punto del discurso nos encontramos y bla, bla, bla...

No se vayan todavía, que aún hay más: la televisión comenzó siguiendo los pasos del cinematógrafo, pero --señala el autor-- el mero hecho de ser un dispositivo electromagnético trastocó su naturaleza y su función (p. 44). Y se queda tan ancho, como si un cambio así fuera capaz de modificar la significación de los recursos narrativos que emplea. Y no sólo eso: esa mutación por lo visto estableció una diferencia crucial entre el discurso narrativo cinematográfico (natural por definición) y la televisión (manipulador debido a su origen electromagnético). Como si el cine hubiera conseguido estructurar su narración en una serie codificada de recursos --reconocida y aceptada por el usuario/consumidor-- y cinco décadas de televisión no fueran suficientes para hacer lo mismo. De ser cierto esto, hoy día seríamos incapaces de comprender los informativos, cuando en realidad están todos fabricados con una rígida estructura que ha variado muy poco en el tiempo: se distribuyen en secciones (como los diarios), el presentador introduce cada noticia con un encabezado redactado por él mismo y luego entra el reportaje. ¿Acaso somos incapaces de comprender esto? ¿Y los debates? ¿Y las series? ¿Y las retransmisiones en directo? El hecho de que exista un uso que coincida con lo descrito por los experimentos de los psicólogos no quiere decir que todo el medio funcione según esos criterios. En el libro, todo lo relativo a la televisión, está modelado por la amenaza de un complot cuyo objetivo es colarnos información no deseada, en un tono orwelliano de escasísima base real. Me quedo con mi propia interpretación del eslógan del autor, que me parece mucho más verosímil. En general, la parte en la que se ocupa de la televisión no es sólo que esté desactualizada, sino que es completamente absurda: basta echar una mirada a la evolución del medio en la última década --su fortaleza, las mutaciones que ha experimentado, y que De Kerckhove ni siquiera alcanza a intuir-- para darse cuenta de que sus afirmaciones permanecen todavía en la fase conspirativa de los científicos sociales cuya formación transcurrió en la era analógica. Términos como control, manipulación, subliminal, amenaza, puntúan constantemente sus textos y, superando la miopía de McLuhan respecto al medio televisivo, logra culminar una de las cumbres más altas de la argumentación ridícula y risible.

El capítulo 5, en cambio, es una buena síntesis de los cambios que la tecnología de redes permitía vislumbrar en aquellos años, tanto en el mercado como en las costumbres del usuario/consumidor. Sin salirse de un guión básico acierta en un gran número de aspectos: la aparición de una blogosfera marcada por aportaciones de individuos anónimos, el aumento del ancho de banda, la problemática que supondrán los derechos de autor, el salto de una internet textual y estática a otra multimedia y dinámica... Con la ventaja que da tener el tiempo de mi lado, puedo decir que hay dos cosas que nadie supo incluir en el lote de las profecías: el fracaso del pago por uso y el triunfo de las tarifas planas, y que --en toda esta evolución tecnológica-- ni inversores, ni empresas, ni legisladores, ni expertos, vieron venir el golpe de estado que supuso la aparición del P2P, la auténtica toma del poder por parte del usuario/consumidor, una atalaya de la cual no va a ser fácil desalojarle.

El capítulo 6, dedicado a cuestiones geopolíticas y económicas, es un ejemplo perfecto de cómo gente que no tiene ni idea de ambas cosas suple sus carencias reinterpretando simbólicamente determinados hechos y conceptos, sugiriendo de paso que los demás que se han ocupado del tema no saben de lo que hablan. A eso se le llama ir de sobrado. De Kerckhove divaga sobre el lunes negro de 1987, la inflación y cuatro tópicos sobre los mercados sometidos a la tecnología informática. Ni entonces ni ahora este capítulo tiene mucha utilidad. En el 12 vuelve a la carga, haciendo un repaso de tendencias dominantes a nivel económico, social y psicológico, oponiendo los paradigmas que representan la década de los setenta y los ochenta. Unos paradigmas que en el prólogo admite que requieren una revisión a fondo, dada la evolución de la tecnología y la sociedad. Se puede estar de acuerdo o no con sus conclusiones, pero el título del parágrafo final (p. 167) y la frase que cierra el capítulo (p. 168) revelan la profundísima ceguera del autor sobre las transformaciones económicas que provoca la tecnología. Esta vez su lenguaje hegeliano-freudiano llega a sugerir instituciones que encarnan el Espíritu Absoluto que adquieren autoconsciencia. Triste, triste, triste...

Su teoría sobre los alfabetos como sistemas operativos, en cambio, me merece todos los respetos, aunque sea necesario extraerla trabajosamente a lo largo del libro, porque De Kerckhove no se molesta en sintetizarla de forma explícita. Los capítulos 3, 7 y 18 se ocupan del primer sistema operativo (De Kerckhove los llama lenguajes de programación) de la historia de la humanidad: el lenguaje natural. 5.000 años después se liberó la tercera versión: el alfabeto fonético (la segunda fueron los ideográficos). Los efectos de este proceso sobre el funcionamiento del cerebro han sido determinantes en nuestra forma de entender e interpretar el mundo: el más importante acelerar la evolución de la cultura, gracias a la posibilidad de legar lo que se aprende y no es posible incorporar al código genético; en segundo lugar, la secuenciación del pensamiento y la argumentación lógica (lo demuestra la forma en que escribimos y leemos); y el tercero la narración. Ya en el siglo XIX se alcanzó una mutación crucial del alfabeto fonético: su implementación sobre impulsos eléctricos. El código morse fue el primer embrión de un protocolo de transporte a través de redes, una primitiva versión del TCP/IP. Nuestras mentes llevan siglos ancladas en la linealidad del alfabeto (la enseñanza obligatoria sigue basada en ella), pero desde hace algo más de una década la realidad tecnológica nos cortocircuita con unos medios de conocimiento y canales no lineales. Estamos todavía en pleno debate sobre lo que conviene hacer: lanzarnos de cabeza a una nueva realidad o mantener contra todo pronóstico el modelo lineal. Yo me quedo sin dudar con el segundo, puesto que el modelo no lineal no garantiza un pensamiento lo suficientemente abstracto, que es el que necesita la ciencia para existir y progresar. Mientras los modelos audiovisual e hipertextual no alcancen ese grado de sofisticación (y es dudoso que lo consigan) tendremos que seguir con una enseñanza basada en el alfabetismo, la literalidad y el costoso conocimiento abstracto que proporciona el lenguaje natural.

El capítulo 13 se recrea en las inmensas posibilidades de la realidad virtual y las redes neuronales, con un estilo lleno de optimismo contagiado por los enormes beneficios que intuyen empresas, escuelas, instituciones y áreas de conocimiento. Quince años después nada de todo esto se ha visto confirmado, no existen siquiera campos en los que se constaten avances significativos. Eso sí, hemos asistido al fiasco de Second Life, la comunidad virtual que ha demostrado los previsibles usos que hará el usuario/consumidor de esta tecnología: lucro personal y sexo. La realidad virtual sigue haciendo honor a su nombre. Lo mismo cabe decir del capítulo 14 (una reinterpretación psicosemiológica del diseño), del 17 (la globalización) y del 15 (el arte). Todo para acabar concluyendo que Internet es una «inteligencia colectiva», sin concretar nada más, y lamentar que la juventud se pase las horas enganchada a las videoconsolas (p. 201). Tanta erudición para terminar igual que un padre expresa sus preocupaciones en una reunión del APA.

La piel de la cultura promete un análisis del futuro digital, pero en la práctica la reflexión se centra en las consecuencias y modificaciones que se operarán en el medio televisivo a raíz de la irrupción de los ordenadores y las redes. Se nota que en el Programa de Cultura y Tecnología de la Universidad de Toronto apostaron fuerte por la televisión y les cuesta cambiar el paso.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/04/la-miseria-de-la-tecnocracia-4-la-piel.html

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