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viernes, 27 de abril de 2007

¿Desaparecerán alguna vez nuestros discos duros?

Me gustaría dar con una palabra que designara todos esos esfuerzos y productos que lanza Google para competir en el terreno tradicional de Microsoft, el ofimático. Se me ocurrió "Woogle", pero por suerte antes de empezar a escribir esto pensé en preguntarle al Dr. Google y me enteré que es un buscador "tan divertido como inútil" (igual que mi supuesto hallazgo); y por si se me ocurría alguna variante parecida también me advertía que "Toogle" también existe. Ambos son buscadores basados en la búsqueda de imágenes de su hermanito mayor Google. No soy nada original inventando palabras. Así que, parafraseando a Prince, diremos que esas aplicaciones ofimáticas de Google son Las - herramientas - ofimáticas - antiguamente - monopolizadas - por - Microsoft, y una importante vía de desgaste para Google.

Me explico: Google domina Internet porque sabe encontrar lo que se le pide en la maraña inabarcable que es la red. Y además ese tremendo poder se apoya en un ingenioso modelo de negocio basado en la publicidad contextual. Hasta aquí no he descubierto nada, si acaso he exhibido mi envidiable capacidad de síntesis. El tema está en que Google poco a poco se interna en el terreno de Microsoft, el que domina desde hace décadas, y trata de desplazar el escritorio local de Windows e imponer su escritorio remoto, hecho de aplicaciones que se ejecutan en el navegador, que incluso almacenan los documentos en Internet, no en los discos duros. Google Calendar, Google Docs & Spreadsheets, Google Page Creator... Otras, en cambio, sí que son auténticos revulsivos para complementar la potencia del buscador: Google Earth y Google Maps. Google no dedica recursos humanos ni medios técnicos en esta labor de desgaste, sino que lo hace mediante el sistema Microsoft: a base de talonario, que para eso se les sale el dinero por los píxeles. La última, Marratech, una empresa sueca experta en videoconferencias por Internet.

A lo mejor los sistemas operativos de la próxima década tendrán un escritorio que será la ventana del navegador, la cual no se podrá cerrar porque debajo de ella no estarán nuestros iconos ni el entrañable tapiz con la foto de nuestra niña, sino algo parecido al agujero negro del DOS que se abría en cuanto salíamos de Windows 3.11. Ese día todo se ejecutará y se almacenará en Internet y nuestros ordenadores personales habrán mutado de nuevo en estaciones remotas, dando paso a una metáfora actualizada de los sistemas ultracentralizados. Tampoco descubro nada, si acaso lo expreso haciendo hincapié en los cambios radicales que experimentará el usuario/consumidor de a pie: no habrá discos duros para almacenar nuestras cositas; todo estará guardado en máquinas de terceros desconocidos; y puede que nuestra tesis duerma en un servidor de China o de Santa Mónica, vete tú a saber.

No es tan descabellado: de momento, hasta los más escépticos, los que despotrican por defecto de Microsoft, no tienen problema en confiar a Google el almacenamiento de sus correos, sus fotos familiares y sus citas y teléfonos. Información personal y delicada donde la haya. Lo hacen, dicen, porque, Google sí que da buen rollo, y en cambio Microsoft no porque son unos chupasangres comelicencias. Pues yo ya no estoy tan seguro a la vista de tanta iniciativa ofimática, la cual me parece un desgaste peligroso por parte de Google.

Está claro que nadie podrá monopolizar la red, pero cuando una plataforma o una herramienta se hace popular el poder y los ingresos que provocan son tan espectaculares que cualquiera podría llegar a pensar que sí es posible.

sábado, 14 de abril de 2007

Nuevo positivismo digital (III)

Nuevo positivismo digital (I)
Nuevo positivismo digital (II)


Habitamos un mundo que, contemplado desde determinados puntos de vista, parece gobernado por designios desconocidos, y sin embargo los ha parido el mismo ser humano que los contempla aturdido. Tras esta paradoja se esconde una verdad fundamental: la complejidad es una de las más potentes fuentes de extrañamiento que existen.

Jonathan Swift escribió en 1726 Los viajes de Gulliver, una sátira a veces desternillante, otras cruel, pero casi siempre certera, en la que pretendía llevar al absurdo algunas de las más firmes convicciones y valores sociales de la época. En uno de los capítulos la emprendió con la ciencia o, mejor dicho, con una sociedad histéricamente volcada en el cientifismo empirista. Y es que desde 1687, año en que Newton había publicado sus Principia mathematica (en el que cuantificaba el universo de una forma tan sencilla y exacta a base de leyes expresadas en forma matemática), todos los estudiosos y científicos de la época se habían lanzado a desentrañar leyes de idéntica manera para todos los órdenes de la vida: desde la química hasta la ingeniería social. En Gran Bretaña fue la Royal Society, convencida de antemano del infinito poder de la ciencia y de la matemática recién armada por Leibniz y Newton, la institución que financió una innumerable serie de proyectos que pretendían mejorar objetiva y racionalmente las condiciones de vida de la humanidad. Eran los tiempos del apogeo de la Nueva Ciencia formulada por Francis Bacon: una conjunción de progreso social y tecnológico sobre la base de un método científico volcado en el minucioso análisis de la naturaleza. Esta Nueva Ciencia iba a cambiar el mundo e incluso debía borrar las huellas del pecado original en la Tierra. Este nuevo paradigma científico no tardó en alcanzar de lleno al capitalismo de principios del siglo XVIII, cristalizando en lo que se denominó el “espíritu proyectista”, ocupado básicamente en especular y hallar mejoras que convirtieran en millonario a su descubridor. La ciencia acabó convirtiéndose en el medio de conseguir rentabilidad económica fácil y rápida.

En la novela de Swift, Gulliver llegaba a Laputa, una extraña isla voladora gobernada por eminentes científicos preocupados por el bienestar de la sociedad, los cuales, gracias a los conocimientos adquiridos sobre magnetismo, mantenían a Laputa suspendida en el aire sobre la tierra de Balbinari, a cuyos habitantes sometían a una terrible dictadura. Una dictadura no basada en la violencia, sino en el mantenimiento a rajatabla de las jerarquías del conocimiento. A los balbinarianos se les escamoteaba por sistema toda información sobre los principios científicos que permitían a la isla mantenerse en el aire, y con ello perpetuaban una desigualdad que se hacía pasar por una premisa de orden natural. La Academia de la isla de Laputa es una parodia de esta nueva ciencia especulativa promovida por la Royal Society; incluso Laputa misma no es otra cosa que una dictadura idéntica a la descrita por George Orwell en 1984: un sistema totalitario basado en el estricto control de la información.

Uno de los efectos del nuevo énfasis cientifista consistió en una avalancha incontenible de libros que pronosticaban el inminente cambio de poder del que iba a ser testigo la sociedad del siglo XVIII. En este sentido, la crítica de Swift es demoledora y certera porque no se ocupa de la ciencia y su método, sino de aquellos aspectos aparentemente inocuos y secundarios: una práctica especulativa apoyada en una falsa ciencia que provocó devastadores efectos sociales en la Revolución Industrial que acabó gestando. Un repaso a los escritos de la época revela la permanente promesa de inicio de algo completamente nuevo que iba a invertir la tendencia de lo que hasta ahora había sido una decadencia iniciada casi en los tiempos de Platón.

Un paralelismo más antes de entrar en materia: aunque desde 1801 ya circulaban vehículos por “carriles de hierro” tirados por caballos, no fue hasta 1828, con la implantación de las locomotoras de vapor, cuando se inicia la verdadera expansión del ferrocarril. Primero dedicado al transporte de mercancías (fundamentalmente carbón, desde las minas hasta las ciudades), muy pronto al de viajeros; el ferrocarril fue la auténtica “locomotora” de la Revolución Industrial, puesto que las infraestructuras que requería involucraban a sectores en pleno auge gracias a los avances de las máquinas de vapor: la industria siderúrgica (fabricación de los rieles), la del carbón (el combustible empleado por las locomotoras) y toda clase de ingenieros (trazado de vías, obras de acondicionamiento, talas de bosques, construcción de estaciones...) y trabajadores. La “época del ferrocarril” fue un proceso en el que las propias necesidades de expansión de la red ferroviaria espolearon la investigación y la extensión de mejoras tecnológicas, cada vez más palpables, que redundaban en una mayor eficiencia económica en los sectores directamente implicados en la tarea de tender líneas y construir el material rodante. Se invirtieron siglos de esfuerzo en alcanzar algo que pudiera denominarse con fundamento una “red mundial” de ferrocarriles: primero Gran Bretaña, luego el resto del continente europeo, y de ahí poco a poco a las colonias del resto del mundo, dependiendo de la prioridad y de la actividad de explotación económica que iban a sostener: la India, Sudáfrica, Sudán, Egipto... Estados Unidos y Latinoamérica también fueron testigos del despliegue del ferrocarril coincidiendo con períodos de fuerte expansión económica o de explotación colonial; fue un despliegue sometido a las necesidades de la mejora de las comunicaciones entre la metrópoli y sus territorios colonizados, y aunque el resultado ha consistido en una vasta red de millones de kilómetros que beneficia a la práctica totalidad de la población mundial, no hay que olvidar que se trató de un proyecto impulsado por las elites económicas que colateralmente poseía un incuestionable beneficio social. Una vez más, vicios privados, públicas virtudes.

Estamos en el siglo XXI y una evidencia recorre el planeta de punta a punta: la ciencia y la tecnología se hallan en un momento semejante al descrito por Swift, imbricadas tan estrechamente que es imposible distinguirlas. Mientras tanto, la economía conoce un período equivalente de efervescencia semejante al del trazado de líneas de ferrocarril, inmersa en un proyecto de extensión de infraestructuras vinculadas al sector tecnológico que sirve de locomotora al crecimiento empresarial y que repercute directamente en la investigación tecnológica que la sustenta: las telecomunicaciones digitales. Los plazos se aceleran considerablemente, y la red de ferrocarril que costó siglos en ser trazada ahora es cuestión de décadas en lo que se refiere a las redes de telecomunicaciones. Y, de la misma manera que entonces, se anuncia en libros, blogs, conferencias y documentales que la Sociedad de la Información va a provocar un cambio para mejor tan radical que no podremos digerirlo en una única generación; un cambio brutal que nunca acaba de asomar del todo y que sólo deja reformas (importantes sí) parciales.

En el siglo XVIII, una de las consecuencias de ese aluvión de Nueva Ciencia y de empirismo baconiano fue el proyecto Ilustrado, que al coincidir en el tiempo con la Revolución Francesa sirvió de ideología para el nuevo paradigma político surgido de ella. Sin embargo, ya hemos visto los escasos resultados prácticos de todo ese reformismo humanista que no se atrevió a cuestionar el colonialismo a pesar de entrar en contradicción con el igualitarismo universal que proclamaba. En el origen del fracaso de la Ilustración estuvo su elitismo acomodaticio, que de paso propició una reacción posterior que optó por ensalzar lo opuesto al racionalismo: el Romanticismo arrambló con el proyecto de mejora científica y apostó fuerte por el retorno a las pasiones y el convencimiento de que en los instintos se hallaba lo auténticamente humano. El Romanticismo se opuso al conservadurismo racionalista ilustrado, pero en su afán de retorno a la naturaleza se desentendió del enriquecimiento que se estaba produciendo con la extensión imparable del ferrocarril que culminó en esos mismos años. No lo hizo fundamentalmente porque, al igual que la Ilustración, se trataba de un movimiento cultural y político de escasa praxis social. El resultado fue una sociedad reforzada en su individualismo, renovada en su moral, pero que cuando perdió fuerza se encontró con un mundo nuevo que no comprendía y al que debía adaptarse tecnológicamente hablando.

A comienzos del siglo XXI también la sociedad occidental se encuentra inmersa en un proceso de reforzamiento del individualismo y encantada con los beneficios de una tecnología ubicua en los órdenes más cotidianos de la vida (comenzando por los sexuales). Igual que si acabáramos de asistir al derrumbe de un segundo proyecto ilustrado nos desentendemos de todo lo que tenga que ver con la responsabilidad, la comprensión o la extensión de la tecnología a ámbitos no directamente relacionados con el placer inmediato e individual. A pesar de este uso mísero de la tecnología no creo que estemos a las puertas de ninguna dictadura de la información en el sentido orwelliano del término, sino más bien de algo que se me antoja próximo a una nueva vanguardia artística y a un neo[otro más]rromanticismo cultural. Quizá tengamos también que adaptarnos a un nuevo mundo tecnológicamente desconocido.

(continuará)

jueves, 5 de abril de 2007

El spam matará (está matando) a la Web semántica

Leo con enorme interés una entrevista a Héctor García porque en el titular aparece el témino Web semántica. En primer lugar, extractaré los fragmentos que más me han llamado la atención:

"El tiempo que transcurre entre que un blog publica un contenido hasta que lo muestra Technorati es mucho menor que en los buscadores tradicionales, y además ahora estamos intentando ordenar la información por criterios adicionales al temporal, tener en cuenta la relevancia o autoridad de quien escribe". Y dos respuestas después: "El valor que tiene cada página es el mismo, siempre que sea un blog, el que la página se publique bajo el dominio de Internet de una empresa famosa no hace que para Technorati esa web tenga más relevancia". Estoy seguro de que es posible combinar ambos criterios, pero se me hace difícil creer que cuando hablan de relevancia o autoridad personal no se deslicen sigilosamente hacia la relevancia o autoridad de dominio o marca...

Su opinión sobre la web semántica, en cambio, sí me da que pensar:

"Yo siempre digo que la web semántica supone pasar el marrón a los demás, a los usuarios y creadores de contenidos. Actualmente, Internet es un desastre en cuanto a organización de la información, y los buscadores no hemos sido capaces de clasificarla, técnicamente hablando cada uno actúa por su cuenta y pocos creadores de páginas las marcan con herramientas que describan sus contenidos. Los buscadores acudimos a ellas y recopilamos información, palabras clave, enlaces, etc, pero sin tener mucha información real sobre el contenido. La web semántica pide a los creadores de contenidos que los marquen especificando de qué va cada página, con sistemas que luego se pueden leer automáticamente. Es una forma de pasarles la pelota a ellos y a quienes desarrollan herramientas para la creación de páginas, pero luego el trabajo volverá a los buscadores, que tendrían que ser capaces de leer toda esa información".

En primer lugar, la inexactitud del titular que afirma que la web semántica traslada el marrón al usuario: el mismo García lo diagnostica adecuadamente en el texto al señalar que son los proveedores de contenido quienes deben asumir la labor de identificar y etiquetar correctamente sus páginas, y también que los buscadores deben ser modificados (y eso supone un importante trabajo) para poder "leer" las etiquetas semánticas de cada web. Pero bueno, cada cambio tecnológico supone una tarea ingente para ambas partes. En todo caso el usuario/consumidor de a pie deberá aprender a ser más exacto en el tecleo de sus búsquedas, lo cual no me parece mal porque supondría un avance respecto al actual "free sex download".

Eso sí, debo admitir mi error matizando y revisando mi (hasta ahora) fe inquebrantable en la Web semántica, porque me doy cuenta de que la idea de que los navegadores y otras aplicaciones de la web puedan discernir significados polisémicos y ser más "humanas" en su trabajo se basa en una premisa utópica: que todo el mundo será tan honrado como para etiquetar semánticamente y sin desviarse de la verdad el contenido de sus páginas. La, a pesar de todo, eficacia del spam, la necesidad de visibilidad en los resultados de búsquedas, el cobro por posicionamiento, el reto tecnológico y la notoriedad que implica, los francotiradores del comercio electrónico y de la pornografía... Todo esto distorsiona y distorsionará la universalización de la web semántica. Si acaso, ésta podrá ser factible en determinadas webs, y quedar así delimitada como en esos barrios que se diseñan ex-novo en las ciudades, ofreciendo de serie lo que en el resto de zonas es un añadido posterior (o simplemente un lujo): cableado de fibra, iluminación ecológica, recogida neumática de basura... Pues la Web semántica igual: ofrecerá de serie lo que para el resto será un accesorio (caro) de implantar. Fuera de la "zona semántica" el caos absoluto (sobre el que Google reina porque sabe interpretarlo muy bien) seguirá siendo la pauta generalizada.

Soy un ingenuo y la Web semántica es un proyecto al estilo ilustrado, y precisamente por eso está parcialmente condenada al fracaso: porque supone que todos somos racionales y aceptamos unas reglas del juego idénticas para todos. El spam es la pauta realmente existente en Internet, la distorsión primera y más importante que impide ordenar mínimamente toda la información que contiene; así que más vale quitar el IVA a la Web semántica y profundizar, de momento, en la mejora de los actuales algoritmos de indexación, que tenemos Google para rato...

lunes, 2 de abril de 2007

De mandos a distancia y ratones: periodistas y blogueros

A lo mejor estamos a las puertas de una revolución que no hemos sabido calibrar o se está produciendo de manera tan rápida que no hemos podido reaccionar adecuadamente: me refiero al fenómeno blog y la crisis de credibilidad de los medios de comunicación tradicionales (diarios en papel, televisiones y radios generalistas...).

Los blogs se hacen fuertes en directorios temáticos (como dmoz.org), al estilo de las páginas amarillas de los teléfonos. Por su parte, YouTube abre canales cada día (colectivos, artistas, individuos, productoras, hasta las propias televisiones generalistas lo hacen) y se parece cada vez más a una parrilla de canales digitales. La radio, también, aprende de los gustos del oyente, de sus elecciones... Todos estos cambios quiebran el modelo de comunicación establecido en el que la audiencia recibía y callaba. El mando a distancia, el auténtico tótem del poder del espectador por obra y gracia del zapeo, es en realidad un espejismo; el auténtico mando a distancia es hoy un dispositivo con dos botones y una rueda: el ratón, el auténtico mando a distancia universal.

Probablemente desde unos años antes, pero sobre todo desde que las mentiras y los silencios interesados de las grandes cadenas estadounidenses respecto a la guerra de Irak fueron conocidos y reconocidos por sus responsables, la credibilidad de estos medios no ha parado de bajar (a pesar de que las televisiones también las conocían, las primeras fotos de los cadáveres de soldados muertos en Irak se publicaron en blogs, puesto que los medios tradicionales cedieron a las presiones de la Casa Blanca para no hacerlo). La gente renuncia a informarse por los canales habituales y busca otras fuentes menos institucionalizadas y más cercanas a su realidad. Por si fuera poco, los diarios gratuitos aceleran aún más esta mutación de las costumbres: la información escrita (como la audiovisual) no se paga, y lo que no se paga no tiene valor. Y para acabar de rematarlo en Internet estalla el fenómeno blog, esa revolución de páginas de opinión personales (sobre cualquier tema posible) que multiplican hasta límites inabarcables la oferta de información, cultura y conocimiento (y también de chorradas). Sus autores son personas que carecen del prestigio académico o profesional de los periodistas tradicionales, pero su desparpajo y su agudeza analítica suplen perfectamente esas supuestas carencias. Lo único que diferencia a periodistas y blogueros es el apoyo de una marca que ofrezca credibilidad y que a la vez garantiza la difusión de sus textos. El bloguero debe superar estos hándicaps a base de éxito de audiencia, y una vez conseguido esto nada diferenciará al periodista del bloguero.

Muy pocos lo consiguen, puesto que se trata de una competición en un contexto de libertad anárquica (la que caracteriza a Internet), pero finalmente los blogueros consagrados son referencia hasta para los medios tradicionales, que los citan como fuente o reproducen sus opiniones. Su prestigio no proviene de la universidad ni de la empresa (a veces sí porque a ellos les interesa convertirse en blogueros) sino de la audiencia, de las visitas a su blog, la objetivación del éxito santificada por la televisión y luego extendida a todos los demás medios.

Si eliminamos de la ecuación la credibilidad y la difusión, un periodista y un bloguero no se diferencian en apenas nada. Es más, los últimos disfrutan de una mayor libertad para la crítica al no estar sometidos a una disciplina de intereses empresariales, además emplean un lenguaje más asequible para el no iniciado, lo cual hace más atractivos sus textos; y aunque es posible que no tengan tan presente aquello de contrastar las fuentes ni dar la voz a todas la partes en conflicto (yo mismo recurro a El País para contextualizar mis escritos) sus contenidos poseen la misma calidad. La gente los prefiere porque ofrecen un punto de vista no oficial, llaman a las cosas por su nombre y opinan sin perder de vista la realidad cotidiana. ¿Será por eso que la revista Life ha dejado de publicarse en papel? ¿será por eso que las ediciones digitales de los grandes medios se rodean de blogueros? ¿será por eso también que hasta las grandes firmas de los periódicos abren sus propios blogs con la esperanza de sacudirse la tiranía de sus editores?

Puede que dentro de poco la sección de opinión de los diarios digitales sea una selección de enlaces a grandes blogs; y hasta es posible que todavía veamos cómo los diarios en papel de pago desaparecen y sólo quedan los gratuitos en plan reliquia del pasado, como los CD y DVD para regalar. Puede que más de un experto se haya planteado ya un panorama semejante, pero lo que es seguro es que no se atreve a verbalizarlo. Si al final resulta que la información se muda a los blogs las personas tendrán que hacer un esfuerzo y seleccionar ellas mismas sus fuentes de información, lo cual supone el final de una forma de concebir la manipulación y la publicidad a través de los medios de comunicación. Aunque este avance también tiene su lado oscuro: tantas décadas de zapeo han anulado la iniciativa del espectador, así que una inmensa mayoría (porque no sabe o porque no quiere) seguirá esperando que le ofrezcan todo masticado, y que se lo lleven hasta la pantalla para sólo tener que apretar un botón. En esta audiencia en busca de amo renacerá la futura publicidad y la nueva manipulación personalizada.

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