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miércoles, 9 de febrero de 2011

Historia apestosa de Occidente (Vol 1. La noche de los enrutadores rotos)

La información abunda tanto que amenaza con desbordar los dispositivos de almacenamiento; hay tanta que su valor es práctiamente nulo. Cuesta tanto verificar su verdad o la fiabilidad de la fuente que resulta más económico y más sencillo controlar las autopistas por donde circula. En un mundo en el que hay tanta información que casi molesta pero donde las autopistas por las que se desplaza son limitadas y concretas, ¿por dónde empezarías a controlar? El poder ha acabado por comprenderlo/aceptarlo y se ha puesto manos a la obra.

Supongamos que el tráfico de internet se parece a ese experimento escolar que consistía es esparcir limaduras de hierro sobre una superficie a la que luego se acercaba por debajo un imán. Las limaduras se distribuían trazando las líneas de fuerza de la atracción electromagnética. Aplicando ese supuesto imán al tráfico de internet veríamos que las partículas (los paquetes de información) se agrupan alrededor de una serie de nodos: son los core routers o enrutadores principales que forman la columna vertebral de internet, algo así como los peajes por los que acaba pasando el 100% de la información que se envía de un sitio a otro. Si alguien pudiera manipular de forma sincronizada los core routers se haría con el control de internet. Como esto es prácticamente imposible, dada la enorme redundancia de la red, cabe la posiblidad de presionar a los ISP para que impidan la salida o la llegada de paquetes de información (generalmente un dominio, pero también un país) hacia/desde los enrutadores. En la práctica eso equivale a cerrar el grifo de internet.

Los chinos ya lo practican (durante un tiempo con la ayuda de Google) con Tiananmen y la disidencia política, EE UU se ha quitado complejos de encima con el asunto Wikileaks; pero se trata de iniciativas de censura parcial, basadas en acuerdos o en la presión política. A raíz de las revueltas en Túnez y Egipto hemos asistido al primer apagón de un país entero por motivos políticos, como reacción ante el temor que supone permitir en tiempos convulsos que la información circule libremente, sin control gubernamental. Y el presidente egipcio Mubarak ha tenido el dudoso honor de ser el primer gobernante que toma una medida tan drástica y dictatorial.

La medida ha sido radical, y Egipto prácticamente fue extirpada de la red (al menos las principales ciudades): el gobierno ordenó el 28/01/2011 la interrupción del tráfico hacia los core routers que permiten enlazar con las redes internacionales, provocando con ello que ordenadores y móviles quedaran prácticamente inservibles. Los primeros incapaces de conectar con cualquier página o recurso fuera de las fronteras egipcias; los segundos sin poder enviar SMS y dificultando la convocatoria de iniciativas indeseadas.

Así se ejercerá la censura en el siglo XXI: ya tenemos un precedente de apagón parcial, de manipulación radical y descarada de los enrutadores. Ya no parecen tan lejanos y sagrados, al contrario, ahora resultan visibles y útiles. Por su parte, las consecuencias sociales y políticas ante medidas de este tipo se concretan en forma de imagen penosa para los gobiernos (que tratan de controlar inútilmente los flujos de información no convenientes) y de activismo espontáneo, pleno de objetivos a corto plazo, entre los usuarios/consumidores. Manipular los enrutadores es factible y aporta grandes ventajas políticas, aunque resulte evidente y escandaloso. Mubarak ha sido el primero al que no le ha importado que se sepa que lo ha hecho. El precedente ya está sentado.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2011/02/historia-apestosa-de-occidente-vol-1-la.html

jueves, 3 de febrero de 2011

¿Necesitamos otra lógica? (4)

Versiones anteriores:
29/08/2007
04/05/2009
29/03/2010

Las democracias occidentales contemporáneas se han convertido en auténticas oligocracias al estilo de las antiguas teocracias gobernadas por elites endogámicas de los sumerios o los aztecas: legalistas, discutidoras, jerárquicas, burocráticas, oscurantistas. Los cinco adjetivos tienen vigencia en ambos contextos a pesar de los 5.000 años que las separan. Eso no impide que en los libros de texto se descalifique implícitamente el feudalismo, el absolutismo, las dictaduras o cualquier sistema político del pasado por estos o parecidos motivos. Cabría suponer que esto es así porque, desde una perspectiva pedagógica, es contraproducente resaltar los defectos del sistema democrático vigente porque eso restaría confianza en los valores que se pretenden transmitir.

Más preocupante resulta leer y oir a los gurús y opinadores profesionales recomendando a diestro y siniestro transiciones democráticas en países que aún no lo son, tratar de reconducir tensiones y conflictos locales por la vía del consenso y la renuncia a la violencia, o cantar el conocido mantra acerca de los logros y ventajas de las democracias occidentales en supuestos argumentarios para jóvenes y descreídos que cuestionan/amenazan la estabilidad del Sistema. Sin embargo, a esa misma gente no se le cae una palabra acerca de las contradicciones que amenazan con atrofiar su funcionamiento.

Si esto es así, ¿cuál es el lugar que le corresponde a la autocrítica sin maquillaje? ¿Dónde se puede y se debe airear sin mentiras ni medias verdades los auténticos defectos y los males de las democracias? Si esto queda únicamente para los airados, los antisistema o los que se consideran al margen de intereses ocultos, convencidos de estar en posesión de la objetividad y del único punto de vista correcto, apañados estamos.

La sinceridad, la exposición clara y sencilla de las cosas, hace tiempo que ha sido barrida de los medios de comunicación: todo es jerga especializada que certifica como experto a quien la maneja y oculta las vengüenzas que a los no iniciados les resultan obvias. Esta es una de las perversas consecuencias de la negativa del lenguaje político a reconocer errores y a llamar a las cosas por su nombre. Los líderes políticos siguen creyendo que hacer eso les restará popularidad (y a su partido, votos). Esa misma gente, aparentemente ultrapreparada, trabaja y actúa convencida de que la dimisión cotidiana ante una mala administración no es la causa de la desmovilización de los ciudadanos; estos pobres ingenuos siguen creyendo que sus declaraciones y actos son las únicas variables que influyen en los ascensos y descensos del compromiso electoral. Seamos claros: para que algo cambie, esto es lo primero que hay que erradicar.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2011/02/necesitamos-otra-logica-4.html

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