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sábado, 11 de julio de 2009

Avances de (mi) verano 2009

Todo indica que la llegada de las vacaciones es inminente; y como cada julio --y que sean muchos más-- abandono mi hábitat urbano para embarrancar durante unos días en la playa. Llegaré allí con unas pocas aunque (espero) intensas lecturas, entre ellas la del periódico de cada mañana, incluyendo el ritual de ir a por él.

Las lecturas escogidas para estos días son Hombres salmonela en el planeta porno, un libro de relatos del inclasificable Tsutsui Yasutaka y Bobos en el paraíso. Ni hippies ni yuppies: un retrato de la nueva clase triunfadora de David Brooks, un irónico ensayo sobre esos nuevos e ingenuos pijos que ha producido la sociedad de la información y que pasan de la política pero pretenden cambiar el mundo a base de cultura.

Mientras llega el momento de retomar el dispositivo analítico-crítico que caracteriza a este blog, os dejo este cóctel audiovisual hecho de Wes Anderson (Viaje a Darjeeling) y OneRepublic (Stop and stare), dos buenos ingredientes que combinados resultan aún mejores y que espero os espolee hacia nuevas y trascendentes reflexiones sobre la vida (y el amor también) como lo ha hecho conmigo:



Y para compensar tanta ansia trascendental, una breve recomendación para estos días de descanso que es también una filosofía de la vida:

Pequeñas decepciones que nos sacan de quicio:

1. Darse cuenta al despertar de que no es el día de la semana que uno cree.
2. Perder un metro/autobús/tren/tranvía por muy poco.
3. Que no haya grapas cuando vas a grapar.
4. Cuando abres un medicamento y aparece el prospecto.
5. Cuando se nos adelantan por dos metros al entrar a un cajero.
6. Despertarse dos minutos antes de que suene el despertador.
7. Que nos cuelguen el teléfono en mitad de una frase.
8. Cuando decides correr para cruzar en verde y el semáforo empieza a parpadear.
9. Tener que abrir una maleta/bolso/taquilla cuando acabas de cerrarlo.
10. Cuando el bocado que has reservado para el final no es el mejor.


Nos leeremos!!!!

miércoles, 1 de julio de 2009

Profetas, apóstatas, conversos, renegados, iluminados y herejes de la nueva mercadotecnia digital

El pasado mayo se celebró en Barcelona el Practicioner Web Analytics, al que asistió Avinash Kaushik (más conocido por ser el autor del influyente blog Occam's razor), quien aprovechó para adelantarnos un par de ideas-fuerza de la nueva doctrina que moldeará el inmediato futuro: la mercadotecnia digital (para darle mayor énfasis al nuevo descubrimiento a la práctica antigua se le llama «mercadotecnia tradicional»).

1. Para empezar, algo que ya intuíamos sin necesidad de que viniera este hombre a predicarlo: que la Web 2.0, etiquetada como «social», será superada y sustituida por la Web 3.0, que será (por fin) la web semántica, y los buscadores entenderán qué queremos buscar porque sabrán interpretar el lenguaje natural, con sus adverbios y y polisemias, y por serán capaces de encontrar «el viaje más barato a EE UU» o «reserva hora con mi dentista el primer día de la semana que viene que tenga un hueco». Bueno, quizá así de sencillo no sea, pero bastante más que ahora.

2. La mercadotecnia tradicional y los principales canales distribuidores de publicidad (TV, prensa, revistas...) han defendido machaconamente durante décadas ante sus clientes (así que la idea no es nueva) que los atributos personales eran la forma de predecir lo que el usuario/consumidor deseaba (en función de su edad, nivel de ingresos y/o estudios, necesidades profesionales, sentimentales...). Por lo visto, dice Kaushik, esta teoría es fiable en un 20%, mientras que la mercadotecnia digital (basada en datos) mide comportamientos y puede alcanzar un 80% de fiabilidad. Desde luego es más democrática porque no mira quién eres, sino lo que clicas.



Yo me pregunto entonces: ¿Hasta que no ha surgido un modelo mejorado y/o más poderoso nadie se había dado cuenta de que trabajando con datos las predicciones eran más fiables y los resultados se acercaban más a lo esperado? Es un recorrido muy parecido al de la historia de la ciencia: mientras no apareció el paradigma de la relatividad no se aceptaron las limitaciones de la mecánica clásica. Con la televisión sólo se podía preguntar si un programa se había visto o no y sumar resultados; con Internet podemos conocer el qué, el dónde, el cómo y el cuándo de cada recorrido en clics de cada sesión de navegación. Las nuevas posibilidades nos han hecho comprender que hemos vivido bajo la dictadura de la mercadotecnia tradicional, que a falta de competidores podía pedir 100.000 dólares por cada emisión de un spot (precio medio). ¿Un precio tan alto por sólo un 20% de eficacia? No me extraña que las agencias de publicidad rebosaran dinero (y prestigio social y profesional); con estas circunstancias tan favorables lo raro es que no pidieran el doble.

Lo más sorprendente es que los conversos del nuevo paradigma no dudan en anatemizar a sus predecesores en el sector para colocar su producto. Poco importa que dejen en evidencia las estrategias de las agencias de publicidad tradicionales (las cuales, con el tiempo, se convertirán a la nueva fe y renegarán de la antigua como si nada); al fin y al cabo se trata de colocar productos y servicios y ante un reto así no caben corporativismos ni coherencias que valgan; basta con adaptarse a lo que diga el cliente y, si es necesario, defender lo contrario de lo que hasta ahora se consideraba una verdad incuestionable. En según qué profesiones y contextos uno no se puede permitir el lujo de tener una ética, y mucho menos si hay grandes cantidades de dinero. Puntualizo: cuando uno necesita la pasta lo último que desea es anclarse a una ética. El dinero es una condición suficiente, no necesaria.

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