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lunes, 29 de marzo de 2010

¿Necesitamos otra lógica? (3)

Versiones anteriores:
29/08/2007
04/05/2009

Los ingenuos, los humanistas, los utópicos, los ecologistas, los agentes de la economía social, los foros altermundistas, todos estos colectivos lo vienen anunciando hace décadas con mayor o mejor fortuna, con mejores o peores argumentos: el crecimiento --una de las variables sacrosantas de la teoría económica clásica-- tiene límites, igual que la capacidad del planeta para soportar la depredación que ejercemos los humanos sobre él. El problema es que --hasta ahora-- estas verdades de perogrullo las exponían gentes sin prestigio académico, político y/o económico, por lo que sus declaraciones eran sistemáticamente escuchadas como parte del juego en el debate político, pero ignoradas a la hora de tomar decisiones legislativas. El decrecimiento se ignora como pensamiento y como praxis desde, al menos, 1971.

En los últimos años ha cobrado auge --que no prestigio-- el movimiento por el decrecimiento, que sostiene machaconamente algo que mediante cualquier lógica objetiva se podría demostrar en menos de dos folios: que los pilares de la teoría económica no están basados en evidencias empíricas, ni siquiera en determinados principios de utilidad social, sino en premisas cuya verdad sólo alcanzan para la formulación de casos individuales, incluso para la suma de un número limitado de casos individuales, pero no para un número ilimitado de elementos. Los economistas han pontificado durante siglos sabiéndolo, pero han preferido pasar de puntillas ante estas incómodas certezas para garantizar su supervivencia como gremio. Sin embargo, los nuevos teóricos del decrecimiento (un palabra que a los ortodoxos les sonará a herejía) plantean sus subversivas ideas como un supuesto y audaz desarrollo de la teoría económica, conclusiones inéditas a las que han llegado gracias a sus preclaros pensamientos.



Sesudos expertos como Mauro Bonaiuti, François Schneider, Giorgos Kallis y Federico Demaria parecen haber despertado de un letargo que parecía eterno y dedican grandes esfuerzos a difundir el nuevo paradigma: el crecimiento económico tiene límites. Y no sólo el crecimiento, también la capacidad de aguante de la naturaleza, y la de consumo. ¿Y cómo se han dado cuenta? Pues porque en los países con salarios medios más elevados los índices de felicidad declarada por el usuario/consumidor no han aumentado desde 1970, al contrario, descienden sin parar desde 1990. Creo recordar un antiguo refrán que mencionaba algo sobre dinero y felicidad; menos mal que los gurús nos han iluminado con este cruce de datos tan audaz.

Hubo un tiempo en que el átomo se consideraba la partícula fundamental del universo, pero al final lo abrieron y sacaron un montón de mierda de su interior (Phoebe Buffay dixit). Con el crecimiento económico ha sucedido algo parecido: después de jurar por lo más sagrado que era infinito, inamovible e indivisible, se lo miran un poco más de cerca y resulta que tiene límites. A continuación cabría preguntarse «¿cómo debemos actuar ante esta nueva evidencia?», aunque los expertos prefieren plantearse una versión ligeramente modificada: «¿cuántos foros, congresos, libros, seminarios y posgrados debemos organizar alrededor de esta nueva evidencia?».

¿Será capaz la economía clásica de trabajar con unos límites que escapan a su control? ¿Los agentes del lado de la oferta aceptarán semejante cambio de reglas de juego en pleno partido? ¿Lo aceptará el usuario/consumidor, atrapado desde hace más de un siglo en la bruma del precio? No estamos hablando de desarrollo sostenible, un concepto que llena la boca de políticos y corporaciones hace tiempo, sino de a) poner freno a, o b) cambiar completamente la forma de administrar el mercado. Y no sólo eso, sino de asumir que las nuevas barreras infranqueables las establecerán disciplinas como la biología, la ecología, la demografía... «Que todo el mundo quiera consumir el mismo nivel de recursos que el mundo rico no es sostenible», dice el converso François Schneider. ¿Se lo explicará él a los países pobres? ¿Cómo argumentará ante los ricos la necesidad de rebajar su nivel de vida?

No nos engañemos: es imposible encajar una idea así en una lógica dominada por teorías y actitudes tan arraigadas y tan radicalmente opuestas como las vigentes. Es necesario un colapso, un desastre, una hecatombe, para que pueda calar en la clase política. El cerebro humano, por desgracia, funciona así. Sigamos esperando...

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/03/necesitamos-otra-logica-3.html

lunes, 15 de marzo de 2010

¿Pero es que hubo alguna vez un principio de neutralidad en Internet?

En los ochenta Microsoft se consolidó como empresa innovadora, locomotora de la revolución del hardware orientado al usuario/consumidor no especializado; en la década siguiente se acabó la fiesta: su tecnología se volvió altamente esclavizante y, además, cometieron el grave error estratégico de menospreciar el potencial de Internet como mercado. Su renuncia la aprovechó una joven y desconocida Google cuyo único producto era un buscador de uso y funcionamiento insultantemente fácil y eficaz. Su espartana web se convirtió en la página de inicio de millones de máquinas y ha sido (y todavía es) la herramienta que ha moldeado nuestra relación con La Red: usarla equivale a meter la cabeza en un gigantesco saco de datos y a emplearla como cedazo hasta dar con lo que buscamos. Este uso sigue vigente (hoy el 6% del tráfico de Internet comienza con una búsqueda en Google) y no tiene visos inmediatos de cambiar en lo esencial. Cuando lo haga --probablemente sustituido por la web semántica-- estaremos ante un nuevo paradigma al estilo de las revoluciones científicas de Kuhn.

En los años cero del siglo XXI Google generaba el mismo buen rollito que Microsoft veinte años antes: sus iniciativas (gratuitas para el usuario/consumidor, no lo olvidemos) se recibían con agrado y confianza, porque eran sencillas, fiables y erosionaban el poder de Microsoft, que a duras penas se reponía de cada zarpazo. Ahora estrenamos década y parece que se ha terminado el crédito: las aplicaciones y servicios de Google levantan cada vez más suspicacias, aunque es cierto que se trata de legisladores y empresas rivales, porque el usuario/consumidor está encantado de que todo siga siendo gratis para él. También es cierto que los sectores en los que desembarca son cada vez más ajenos a su tradicional binomio búsquedas/publicidad contextual, donde la hegemonía es de empresas grandes y consolidadas. La amenaza que denuncian los afectados es la misma que con los de Redmond: el monopolio de facto, con la diferencia de que allá donde entran los de Mountain View arrasan con soluciones de tan alta calidad que desplazan al resto y se hacen con el mercado de un plumazo. Sin embargo, los errores por precipitación o exceso de ambición están provocando tormentas en un paisaje dominado hasta ahora por la placidez:

1. Google se metió en un gran berenjenal con su iniciativa de escaneo de libros, provocando una riada de pleitos y acuerdos previos en forma de compensaciones económicas. Ahora que el libro electrónico está a punto de desembarcar para quedarse los actores del lado de la oferta necesitan clarificar la situación y asegurarse de que Google no les puenteará con su buscador de libros cuando haya pasado la fase de lanzamiento, u ofreciendo libros descatalogados que ha conseguido escanear en bibliotecas.

2. Los diarios, por su parte, se han hartado y han comprendido que el usuario/consumidor prefiere informarse online, haciendo que servicios como Google News (que reúnen noticias de los principales periódicos y agencias del mundo) se conviertan en la solución preferida del lado de la demanda. Los diarios han visto fracasar sus ediciones digitales cuando eran gratis total (porque no las rentabilizaban con insuficiente publicidad y una innecesaria doble redacción) y cuando eran de pago (siempre había quien mantenía la gratuidad y el negocio se venía abajo). Ahora apuestan por un desplazamiento coordinado al modelo de pago impidiendo de paso que la araña de Google se les cuele en los servidores y les indexe los titulares; y si lo permiten que al menos les pague por ello (no pueden acusarles de enlazar titulares --el enlace es libre-- pero sí de lucrarse a su costa con la publicidad contextual). Mientras se preparan para el gran salto, los grandes diarios adelgazan sus redacciones, y probablemente deberán localizar sus temas y permitir a la audiencia opinar, incluso colaborar.

3. Si el modelo de información en línea se consolida como parece las televisiones generalistas acabarán comprendiendo que sus servicios informativos y sus bustos parlantes sobran, y es probable que renuncien en favor de un puñado de webs (las cuales heredarán su obsesión por airear expresiones rimbombantes como «derecho a la información», «servicio público», «pilar fundamental de la democracia» y otras lindezas por el estilo). Sin los informativos los canales generalistas se lanzarán de lleno al entretenimiento y al espectáculo, provocando un indeseado efecto colateral: el abandono de los beneficios socializadores de su actividad, ahondando aún más en el proceso de segmentación temática y de modelos altamente cortocircuitados por la publicidad. De hecho, tras esta mutación estarán mucho más cerca de convertirse en canales temáticos o especializados.

Tras el éxito de su sistema operativo para móviles (Android), Google se adentra en el mercado del hardware (la antítesis de sus orígenes): su propio teléfono inteligente, su propia versión del iPad, incluso el proyecto de una red por donde circularían sus datos y aplicaciones. Este anuncio coincide con la amenaza/sugerencia de los principales ISP de que Google debería pagarles por el uso lucrativo que hace de sus redes, las cuales cuesta mucho dinerito mantener (a pesar de lo cual obtienen beneficios).

Periodistas y gurús se rasgan las vestiduras por las intolerables amenazas al principio de neutralidad que esta propuesta implica; y argumentan que Internet fue concebida como una red en la que tanto da lo que circule, siempre y cuando todas las partes cumplan los estándares técnicos. Y concluyen que no es de recibo plantearse discriminar el tráfico con fines punitivos (como pretenden algunas entidades y gobiernos con el P2P) ni lucrativos (cobrar más por dejar pasar paquetes TCP/IP de una transacción comercial --es decir una comisión-- que la consulta de un estudiante a la Wikipedia).

Lo cierto es que si el principio de neutralidad existiese no habríamos asistido a varias batallas por estándares tecnológicos de grabación, reproducción o desarrollo. Si el principio de neutralidad existiese hace tiempo que todos los móviles tendrían un cargador universal. Agitar el principio de neutralidad en Internet es tan absurdo como hablar de «libre competencia», «trabajo digno» o «igualdad de oportunidades» en el mercado realmente existente.

En realidad, Internet está inmersa en un imparable proceso de privatización. Lejos quedan sus orígenes públicos (gobiernos, universidades), abiertos y desinteresados, en los que supuestamente se forjaron los principios sagrados que hoy tratan de defenderse. La apertura a la iniciativa privada, la actividad económica y la especialización han acabado convirtiendo en un mercado cada uno de los elementos que la componen. La fragmentación tecnológica y económica --además de política, social, cultural y (sobre todo) lingüística ya existentes-- es un proceso irreversible e inevitable: pagaremos por casi todo, tendremos que cruzar fronteras y necesitaremos hardware específico para trabajar con diferentes componentes y servicios. Bajo semejantes condiciones, hablar de «principio de neutralidad» es una forma tan grandilocuente como inútil de combatir las tecnologías esclavas que segmentan --y segmentarán-- Internet.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/03/pero-es-que-hubo-alguna-vez-un.html

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