Translate

martes, 24 de noviembre de 2009

Ficciones autobiográficas: icebergs ocultos bajo las aguas (Ni de Eva ni de Adán)

La adolescente mano que mece la literatura (Antichrista)

Es un recurso casi tan viejo como la literatura: usar --con más o menos ligeras variaciones-- la propia vida como principal materia prima para la ficción. Cuando alguien explota ese recurso de forma tan sistemática es porque en el proceso de creación hay algo de catarsis, ajuste de cuentas, liberación de fantasmas, deseo irrefrenable de compartir, incluso exhibicionismo. Cuando un diario íntimo no basta, cuando se escribe a escondidas pensando que otros lo leerán, cuando el autor se atrinchera en el burladero de la comunicación asíncrona que ofrece la novela, cuando la soledad creativa permite una cierta ausencia de implicación y de justificación (excepto en pleno circo mediático de las ruedas de prensa)... Cuando todo eso sucede ya no estamos hablando de literatura, hablamos de otra cosa que no sabemos qué es aunque también pueda merecer la pena.

¿Y qué pasa cuando todo lo anterior concurre de forma simultánea y, por si no fuera suficiente, la escritura es capaz de remontar más allá de la descripción rutinaria y previsible de acontecimientos cotidianos? Cuando escribimos sobre nuestras vidas, para nosotros o para los demás, consciente o inconscientemente, tendemos a colocar cada pieza en el sitio más adecuado para que el conjunto se parezca a una narración. No recuerdo quién dijo que necesitamos convertir nuestra vida en narración para hacérnosla comprensible, pero tenía toda la razón del mundo. Basta echar una ojeada al género autobiográfico más reciente para comprobar que cada vez se asemeja más al relato de vidas tamizadas por el cedazo de la ficción (orden, equilibrio, paradojas, excursos, significados ocultos, enlaces inesperados, tensión, dosificación de la información).

Si de pronto te encuentras con todo esto, expresado mediante una excelente simbiosis de experiencia vital y estilo ameno, es muy probable que tengas entre manos un libro de Amélie Nothomb.



Nothomb es una mujer excepcionalmente dotada para la narración. No se complica la vida por la sencilla razón de que habla de la suya. Sus genes, su entorno familiar, su bagaje cultural, aportan suficientes dosis de síntesis, estilo directo y realismo rebajado con ficción para hacer tan empáticas sus novelas. Javier Cercas presume en sus ficciones de haber dado con una mutación en la secuencia genética de la novela: la novela real. Una vez leído el resultado, se comprende que el hallazgo se limita a dos cosas: 1) alinear significativamente tres o cuatro acontecimientos biográficos para levantar un argumento y 2) situarse él mismo entre la nómina de personajes. Nothomb, en cambio, asume la etiqueta hasta sus verdaderas últimas consecuencias y convierte fragmentos completos de su vida en novelas, sin esconder nombres ni fechas, sin interponer vanguardismos narrativos que den la (falsa) impresión de distancia entre autor y personaje. Quizá falte a la verdad, mienta, manipule, exagere, omita o tome prestado, pero por lo menos no trata de ocultarse tras el relato como hace Cercas.

Así, Ni de Eva ni de Adán completa el círculo que comenzó a trazar Estupor y temblores, y ambos libros conforman su ajuste personal de cuentas con Japón, el país que la tuvo fascinada hasta los 23 años. Y, como si estuviera en una película de Kubrick, siente la necesidad de cerrar el círculo narrativo a base de repetir lo ya contado: el tiempo del relato que abarca Estupor y temblores está contenido en los dos últimos capítulos de Ni de Eva ni de Adán. Es curioso que en esta segunda obra accedamos a la vida de Nothomb fuera de su traumática experiencia en una multinacional japonesa, y más teniendo en cuenta que esa crisis sentimental sin duda afectaba a su actitud y comportamiento laborales. Al contrario, ha decidido disociar al máximo ambas historias, como si fueran dos personas distintas quienes las protagonizan. ¿Higiene mental, conveniencia editorial, deseo estético o innata capacidad para el proceso en paralelo? Una de las características de la timidez es que suele desembocar en múltiples personalidades estancas que se exhiben exclusivamente ante los respectivos públicos para las que fueron creadas; y la mera posibilidad de intercambiar unas y otros provoca auténtico pánico o inexplicable pudor. Esta (calculada) sinceridad o ausencia de complejos es una de las principales obsesiones de Nothomb, como si cada libro tuviese prohibido rebasar los límites de la parte de su vida que su autora ha decidido transcribir. De la misma manera, su obra se puede contemplar como una sucesión de compartimentos estancos que, vistos con la suficiente perspectiva, ofrecieran al lector el retrato planificado, proyectado, deseado, de su existencia.

Alejemos aún más la cámara: consideremos esa sucesión de compartimentos como la parte visible del inmenso iceberg que al parecer forma el conjunto de sus escritos (la mayoría inéditos) y preguntémonos: ¿La parte sumergida mantiene la coherencia con la publicada? ¿Existe alguna razón para que esas cuatro quintas partes permanezcan ocultas?

http://bajarsealbit.blogspot.com/2009/11/ficciones-autobiograficas-icebergs.html

martes, 3 de noviembre de 2009

Y 30 años después, resulta que IBM tenía razón...

Igual que en la trilogía aquella, la historia se convirtió en leyenda, y la leyenda en mito, y durante 30 años el sentido de aquel instante privilegiado pasó desapercibido, y ya no se sabe qué parte es cierta y qué parte inventada. Tanto da, lo importante es que existe una base real que se puede reconstruir en las hemerotecas y cualquier usuario/consumidor (lo suficientemente veterano) echar mano de su memoria personal y sacar conclusiones. Estoy hablando de la decisión crucial (con el tiempo se reveló crucial, en su momento pareció una nadería) tomada por IBM en 1981 y permitir que unos pelagatos rascacódigo que se autodenominaban Microsoft diseñaran el sistema operativo de la nueva arquitectura IBM PC, llamada a revolucionar la vida de los hogares y empresas en Occidente. Hay que reconocer que ahí Microsoft estuvo brillante y consiguió que, además de suministrar a IBM en exclusiva el sistema operativo (más conocido como IBM PC-DOS), les autorizaran a licenciar el producto para ser vendido a terceros (el MS-DOS). Desde el punto de vista de IBM, semejante decisión resultó de una miopía flagrante, en las antípodas de la dictadura de los monopolios tecnológicos que la misma Microsoft se encargó de instaurar pocos años después. Para acabar de redondear la paradoja, los de Redmond estuvieron igual de miopes al minusvalorar o despreciar el potencial de negocio de Internet, y para cuando quisieron reaccionar habían perdido la carrera. En cambio, para el usuario/consumidor, la estandarización y la compatibilidad en la capa básica (tarea que hoy asume casi en solitario Google por razones puramente estratégicas, y no sólo filantrópicas), esa misma decisión resultó ser un enorme acierto. La misma clase de acierto que supuso en su momento el bipedismo, el dominio del fuego o la adquisición del lenguaje: una increíble y fascinante cadena de casualidades fruto del azar que culminó con la aparición de la especie humana tal como la conocemos hoy.

Durante casi tres décadas las teorías de la historia de la informática se han construido sobre esta piedra angular: el error de bulto de IBM al considerar que el negocio estaba en el hardware y no en el software. Está claro que subestimaron la capacidad de Bill Gates para los negocios (que quizá él mismo descubrió a costa de asumir sus limitaciones como programador y diseñador de software), a pesar de que los productos que suministraba --por un inefable cúmulo de factores-- fueran reacciones tardías a tendencias generales de la competencia, inundando el mercado con aplicaciones llenas de errores azules e inesperados. Sin embargo, el estado actual de los usos de la tecnología parece indicar lo contrario: si hoy se reescribiera la prehistoria de la informática más de uno señalaría la visión preclara de los ejecutivos de IBM al despreciar el software como mercancía susceptible de beneficio, visto el éxito de tantos dispositivos propietarios y tecnologías esclavas. Treinta años no son nada en la evolución de la tecnología, así que quizá los historiadores de la tecnología se decanten dentro de poco por una visión ganadora de IBM. Ahora bien, desde el punto de vista de los negocios tres décadas son una vida; así que los mismos ejecutivos de IBM que podrían ser héroes en los libros de historia aparecen como idiotas a evitar en las escuelas de negocios de todo el mundo. ¿Cuánto dinero dejaron de ingresar los de Armonk por culpa de su mítico error? El mismo que ingresó Microsoft con su MS-DOS, incluyendo una complicada transición a la interfaz gráfica (obligada por la evidencia de sus ventajas de uso y aprendizaje) que convirtió a Windows en el sistema operativo favorito del mundo a finales del siglo XX.

La cosa se comenzó a torcer cuando los discípulos de Linus Torvalds convirtieron a Linux en una alternativa abierta, segura, estable y gratuita para todo tipo de arquitecturas: desde ordenadores de sobremesa hasta servidores web y todo tipo de dispositivos móviles. Cuando quisieron darse cuenta, resultó que cada versión de Windows se había convertido en el coche-escoba de las utilidades que otros sistemas operativos y/o empresas habían incorporado/rentabilizafo meses --incluso años-- antes. De poco les sirvió regalar el navegador Explorer, tratando de ganar cuota de mercado desesperadamente, y acabar con el predominio de Netscape, ya que el usuario/consumidor prefirió otros navegadores en cuanto pudo escoger. Aun así, Netscape logró reencarnarse en el código de Firefox y hoy, junto con Chrome, Safari y Opera, hacen que Explorer parezca un dinosaurio que se alimenta casi en exclusiva de sus acuerdos comerciales con las grandes sedes web.

El punto de inflexión definitivo en este cambio de perspectiva (el hardware gana, el software pierde) quizá sea responsabilidad de Google con Android (un sistema operativo para dispositivos móviles), Chrome (un navegador que mutará a sistema operativo) y su firme decisión de lograr una capa básica de aplicaciones universal y abierta, facilitando la interoperatividad y que cada cual monte sus propias aplicaciones (y negocios) sobre ellas. Es decir, la estrategia opuesta de Microsoft, empeñada en patentar y extender sus sistemas como soluciones cerradas y verticales. Ahí va una pequeña muestra de los «hitos tecnológicos made in Redmond»:

1. DirectX: una colección privada de API, nacida tras el éxito de interfaces como OpenGL y, sobre todo, Java EE, cuya versatilidad había quedado más que demostrada en infinidad de aplicaciones web.

2. Ecma Office Open XML: la versión propietaria de XML lanzada en 2005 y basada en el estándar Office Open XML, de cuyo fracaso da la medida el hecho de que Office 2010 será la primera versión de la famosa suite ofimática enteramente compatible con el estándar internacional libre y gratuito.

3. El lenguaje de programación .NET: la respuesta tardía al éxito de lenguajes independientes de dispositivo y de plataforma al estilo de Java.

4. La tecnología ASP: la respuesta propietaria e igualmente tardía al lenguaje PHP para la creación de páginas dinámicas.

5. El servidor web Internet Information Services (IIS): el intento fallido de arrebatar el liderazgo en ese segmento a Apache. Siempre tarde y peor.

Hoy día la mejor estrategia es invertir en dispositivos (consolas, móviles, lectores, portátiles o no) en los que el requisito consiste es adquirir el hardware: Nintendo DSi, PSP, PlayStation 3, iPhone, Kindle... Ya no es imprescindible lanzarlos con sistemas cerrados, propietarios y exclusivos, como hace Sony con su estándar UMD para las PSP. El aluvión de novedades no cederá ni disminuirá, porque en la adquisición del hardware está el beneficio. El software, los contenidos, el parcheo, es lo de menos, pues el usuario/consumidor ya ha pasado por caja.

Por el lado del software tampoco regalan nada: ahora que Android comienza a ser una realidad en el mercado de los móviles --Nokia y Apple son las únicas que se niegan a implantarlo-- queda claro el objetivo estratégico de este proyecto: garantizar a Google la disponibilidad de 4.000 millones de teléfonos móviles --en agosto de 2009-- para colocar su publicidad y sus servicios. Los fabricantes de terminales, asustados, se apresuran a añadir interfaces personalizados para diferenciar sus productos, aunque sea a costa de anular determinadas funcionalidades de Android. La pregunta que habrá que contestar dentro de 15 años (quizá menos) es: ¿Existirá negocio en las escasas grietas de mercado que deja Google? ¿Quedará margen para nuevas teorías de la historia de la informática?

Quizás también te interese:

Plugin para WordPress, Blogger...

PrintPDF