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viernes, 21 de noviembre de 2008

La fábula del transportista y el GPS

Había una vez una empresa de transportes que se gastó una pasta en dotar de GPS su flota de vehículos. El objetivo era doble: evitar demoras y problemas en las entregas, y de paso paliar los negativos efectos de la alta rotación de chóferes que impone el mercado actual, de manera que la incorporación de una persona que no conozca el callejero local se compensaría por la ayuda que ofrece el dispositivo. Cuando estuvieron instalados se dieron cuenta de que los chóferes sin experiencia no eran capaces de distinguir si una dirección cuya ruta estaban a punto de introducir en el GPS era errónea o no, aunque fuese por culpa de una sola letra. Ni siquiera aunque el software estuviera lo suficientemente bien diseñado como para ofrecer alternativas al estilo "Quizá ha querido decir..." acompañado de una lista de direcciones similares, puesto que el chófer no sabía por cuál decidirse, ya que no tenía ninguna información previa con la que contrastar los datos (básicamente porque no le suenan ni los nombres de las calles). Nadie pensó que algo así podría suceder, y una cosa tan simple como no reconocer que "Avinguda Duagonal" significa en realidad "Avinguda Diagonal" inutiliza de golpe una costosa y planificada inversión. Esta bonita historia ilustra cómo hasta la tecnología más sofisticada requiere que detrás haya personas que tengan más información que la que poseen los dispositivos automáticos, aunque sólo sea la justa para permitir filtrar errores elementales.

La sofisticación tecnológica permite ofrecer servicios fundamentales y especializados, y de paso refuerza aún más el principio capitalista que sostiene que en la ecuación empresarial el factor humano es el elemento a despejar y/o evitar a toda costa. La tecnología, por muy cara que sea, se amortiza; a las personas, en cambio, hay que formarlas, pagarles antigüedad, motivarlas, sustituirlas mientras caen enfermas... A la larga nunca interesa contratar personas si se pueden sustituir por tecnología. Las máquinas no protestan, no hacen huelgas, no conocen horarios, se puede uno deshacer de ellas con facilidad... Y aunque fallen y se estropeen se pueden contratar planes de mantenimiento que se hacen cargo de todo. Este es el tabú más sagrado y nunca violado de la economía política, la razón principal de la esquizofrenia que atraviesa la contradicción flagrante entre las palabras y las acciones del empresariado, y también la intuición no verbalizada que palpita entre quienes sufren las consecuencias. Desde el siglo XIX el capitalismo está empeñado en sustituir personas por tecnología (el economista David Ricardo --un personaje poco sospechoso de revolucionario-- se atrevió a poner por escrito que "comprendía" la ira de los obreros que destrozaban los telares mecánicos que les quitaban sus puestos de trabajo). Esta es una tendencia que no tiene trazas de invertirse, ni perspectivas de cambio y mucho menos de ser sustituida por alguna alternativa realista. Se trata de una condición necesaria del sistema (igual que la ley de hierro de los salarios del mismo Ricardo) y hay que asumirla mientras no haya otro sistema. Al menos historias como la del GPS evidencian la incoherencia entre la realidad de un empleo decreciente y precario y la necesidad de contar con personas formadas y motivadas para lograr que la tecnología sea útil.

Un conocido fabricante de neumáticos, con gran criterio, anunciaba hace tiempo que «La potencia sin control no sirve de nada» y mostraba a Carl Lewis con zapatos de tacón en posición de salida para una carrera. Pues de un modo similar se podría decir aquí que «la tecnología sin personas no sirve para nada», aunque quizá hayamos querido decir: «...no se aprovecha a pleno rendimiento», o «...genera más problemas de los que resuelve» o «...no sirve para resolver TODOS los problemas».

martes, 11 de noviembre de 2008

Stalin, inventor del Photoshop

"Conocéis las tres formas de comunismo, ¿no?"
"No, Todd. Pero estoy seguro de que nos las vas a enseñar."
"Oh, nooo..."
"En primer lugar, está el marxismo-leninismo. En segundo lugar, está el estalinismo: bueno, la verdad es que el estalinismo es sólo una aplicación, no un sistema operativo. Vamos, que si quieres borrar a 40 millones de personas, instalas el estalinismo en tu disco duro. Es un verdadero virus Ebola político."
[...]
"Por último, existe el maoísmo. El maoísmo va de la eliminación total de toda la cultura. Cualquier cosa que huela a cultura es mala. Todo, desde las sombrillitas para los cócteles hasta Mozart. Todo tiene que desaparecer."


Douglas Coupland. Microsiervos (1995)


No soy el primero que establece esta conexión entre el dictador georgiano y este conocido software, pero no por ello renuncio a desarrollarla a mi manera: cuando la informática era apenas el sueño de unos pocos científicos en todo el mundo, Stalin, el sucesor de Lenin al frente de la antigua URSS, fue el primero en encontrar una utilidad política --que se acabó convirtiendo en necesidad-- a la manipulación de imágenes (hoy lo llamamos de forma más inocua retoque). Desde Niepce, Daguerre y los hermanos Lumière, la imagen fotocinematográfica disfrutaba desde comienzos del siglo XX de un incuestionado estatuto de fidelidad y veracidad en la reproducción del mundo natural, a pesar de las deficiencias existentes en la capacidad de los soportes para reproducir con fidelidad en condiciones precarias o sin la ayuda de luz artificial. A pesar de esas limitaciones el hecho mismo de atrapar la luz y captar el movimiento se consideraban un logro científico sin precedentes, algo parecido a la fascinación que todavía hoy algunos tecnócratas de letras sentimos cuando nos intentan explicar que a partir de unos y ceros los monitores son capaces de reproducir imágenes y todo tipo de objetos o, pongamos por caso, el funcionamiento mismo del protocolo TCP/IP.

La corrupción y la tentación dictatorial entre los líderes que estaban al frente de la Revolución comunista culminó con Stalin, el cual impuso entre 1936 y 1938 una brutal reescritura del pasado. Para lograr su objetivo se convenció de que no bastaba con la simple destrucción de pruebas físicas o escritas, sino que era necesario borrar literalmente cualquier huella o rastro de quienes iban sucumbiendo por el camino --siempre cruel e imprevisible-- de la dictadura del proletariado, de manera que fuera imposible reconstruir una versión de la historia distinta a la establecida oficialmente (tan enfatuado estaba Stalin de su poder omnímodo). Por eso ordenó la desaparición de toda mención documental a sus ex-compañeros Trotski, Zinóviev, Bujarin y Kámenev, así como una ingente revisión de fotos donde aparecieran represaliados o momentos cruciales de la reciente epopeya revolucionaria para que expresaran estrictamente aquello que el poder deseaba en cada momento y, de paso, que no quedase rastro alguno de aquellos de quienes se había decretado su inexistencia oficial. Estoy convencido de que los fotógrafos de la época conocían desde hacía tiempo un montón de técnicas para realizar este tipo de trucajes, aunque es el uso que hizo el poder lo que estableció su incorporación a la línea de la historia. Desde el punto de vista del usuario/consumidor, quien crea la necesidad se lleva la autoría moral del invento; los ingenieros, en cambio, estoy seguro que manejan una periodización y unos nombres muy diferentes.

Graham Bell pensaba que el teléfono sólo tendría un uso terapeútico relacionado con el estudio y el tratamiento de la sordera; los hermanos Lumière que el cine no pasaría de atracción de feria o intrumento científico; incluso los papás de la World Wide Web --Tim Berners-Lee y Robert Cailliau-- concibieron su hallazgo para mejorar el intercambio de información entre la comunidad científica. De manera que no esperemos que los ingenieros sean además unos visionarios; ya tienen bastante con materializar sus ideas y hacer que funcionen.

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