Sólo repiten la historia los tontos, los mediocres, los fracasados y las especies en vías de extinción (y 2)


El último decenio del siglo XX conoció un proyecto --no del todo consciente-- que busca desde entonces atraer a las clases trabajadoras hacia el lado conservador del espectro político (en realidad, hacia su extremo más radical), basado en dos errores no forzados de la izquierda: el pacto del socialismo con el gran capital (una pauta sin excepciones a medida que alcanzaba el poder en diferentes países) y el rechazo a compartir espacios y competir con la población emigrante para conseguir empleo. El documental Regreso a Reims (2021) es una crónica lúcida y descarnada de este proceso en Francia, pero que, a grandes rasgos, es aplicable a toda Europa. Luego, ya entrados en el XXI, la izquierda perdió otro set cuando cedió la iniciativa contestataria y progresista propia de la juventud a partidos radicales e involucionistas que se alineaban sin ocultarlo con el gran capital. El nuevo proyecto de radicalización se centra el las denominadas batallas culturales: reivindicar pasados coloniales, patriarcales y/o discriminatorios como si fuera un acto de valentía ante un contexto progresista que actúa como censor/devaluador de una época de esplendor; pero también responder a esos mismos ataques denunciando sesgos ideológicos en el mundo artístico, o una supuesta sobrerregulación en políticas de igualdad, diversidad y emigración... El nuevo radicalismo le ha dado la vuelta a su discurso de siempre: defender un retorno a la oscuridad social y cultural como si el gesto mismo de mencionarlo implicara jugarse la vida, porque las izquierdas les acusan de hacer referencia a verdades prohibidas, y esa audacia les permite presentarse como revolucionarios, incluso como víctimas. Evocan un mundo idílico que nunca existió, autopercibido como funcional y sin conflictos, cuando en realidad esa aparente paz era un velo negaba estatus a los diferentes y ocultaba las disidencias internas. De lo que nunca hablan es de cómo administrar el funcionamiento de su utopía: ni media palabra sobre impuestos, deberes, mejoras, inversiones, redistribución... Y no lo hace porque, primero, no tienen ni idea de cómo hacerlo y, segundo, bajarse al barro de la gestión resta glamur a sus discursos, les pone a tiro de la crítica y les obliga a debatir con los rivales. Gracias este relato ultrasimplificador que se niega a ser contrastado han atraído a buena parte de las clases populares, aprovechando que, por tradición, desconfían de cualquier elite política. Aquí va una buena síntesis de esta segunda derrota.

Si se repite la historia no es para que los expertos se entretengan en señalar paralelismos en los que pesa más la estética que la advertencia. Se repite porque cada vez la protagoniza gente distinta y en momentos distintos. Las generaciones se suceden, la evolución social, tecnológica y cultural no se detiene, eso debería bastar para garantizar que cada tiempo fuera único. Lo que sí se repite son una serie de constantes del comportamiento, más allá de épocas y territorios, que están detrás de ciertas decisiones o acciones: formas de resolver conflictos, lograr consensos, acaparar la abundancia o someterse a las jerarquías. Vienen de serie con nuestra naturaleza gregaria: instinto agresivo, egoísmo de la supervivencia del más fuerte, resolución de diferencias mediante conquista y/o exterminio, prolongación de privilegios y organización de la reproducción para mantener el poder más allá del tiempo de vida. Comportamientos que tenemos documentados desde hace al menos 6.000 años, y no tiene pinta de que de pronto vayamos a cambiar por una mágica conversión de los espíritus.

A esta herencia genética se suman dos factores más. El primero es la abundancia material, lograda a costa de una modificación irreversible de nuestro entorno natural y el sacrificio de buena parte de la humanidad. Una abundancia ofrecida sin esfuerzo que contrasta con todas nuestras habilidades, desarrolladas y determinadas durante milenios por la escasez. Esta transformación ha intensificado comportamientos que nos hacen aún más peligrosos e inestables: la pereza, el terror al cambio, una autoconciencia paralizante y la disolución de vínculos interpersonales por culpa de un individualismo a ultranza. La cosa es que no estamos reaccionando bien ante esta abundancia sobrevenida, porque nunca se da de forma espontánea en la naturaleza, pero al haberla impuesto de forma artificial y violenta nos hemos creído que es para siempre.

El segundo factor es tanto o más ambicioso que aquel proyecto de Francis Bacon, convencido de que el poder de la ciencia y la técnica borrarían los efectos del Pecado original en la Tierra. La diferencia es que no se trata de un deseo, sino de una realidad: detener la evolución natural de la especie humana e iniciar un proceso de mejora artificial basado también en la ciencia y la tecnología que nos haga inmunes a todas las enfermedades y prácticamente inmortales. Ya la hemos detenido consiguiendo que sobrevivan el 93% de nacidos vivos. Detener nuestra evolución y una sobreproducción material suponen una interferencia letal que acabará afectando a la continuidad de ecosistemas que nos resultan vitales pero que nos importan una mierda porque estamos convencidos de poder replicarlos (y monetizarlos) a base de tecnología.

Alteraciones como especie. Imperio de los sentimientos y subjetivismo a flor de piel. Sobreexplotación de los ecosistemas. Son señales que anuncian una mutación, probablemente el inicio del declive. Ofrecer como solución el regreso (imposible) a un mundo simple (donde las jerarquías se mantienen en la sombra) demuestra que estamos a merced de tontos, mediocres y fracasados. Da la sensación de que dan por hecho que el apantallamiento generalizado de las masas seguirá funcionando como narcótico universal y permitirá que transijamos acríticamente con cualquier mandato político por injusto y precarizador que sea. Pero, ¿qué pasará cuando las redes colapsen y no haya entretenimiento en cascada infinita? ¿Qué realidad nos veremos obligados a contemplar?

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