Sólo repiten la historia los tontos, los mediocres, los fracasados y las especies en vías de extinción (y 2)
El nuevo radicalismo rancio le ha dado la vuelta a su discurso de siempre: defender un retorno a la oscuridad social y cultural como si el hecho mismo de mencionarlo implicara jugarse la vida por reivindicar cosas prohibidas por la izquierda. Este posicionamiento es la estrategia ganadora que les permite presentarse como revolucionarios, incluso como víctimas. En sus discursos evocan un mundo idílico que nunca existió, autopercibido como funcional y sin conflictos, cuando en realidad su aparente paz era un velo negaba estatus a los diferentes y ocultaba las disidencias internas. De lo que nunca hablan es de cómo administrar el funcionamiento de su utopía: ni media palabra sobre impuestos, deberes, mejoras, inversiones, redistribución... Y no lo hacen porque, primero, no tienen ni idea de cómo hacerlo y, segundo, bajarse al barro de la gestión resta glamur a sus discursos, les pone a tiro de la crítica, les obliga a debatir y revela sus graves carencias en política (y en educación en general). Gracias este relato ultrasimplificador que se niega a ser contrastado han atraído a buena parte de las clases populares, aprovechando que, por definición, desconfían de cualquier elite política. Aquí va una buena síntesis de esta segunda derrota.
Si se repite la historia no es para que los cínicos y los expertos se entretengan en señalar paralelismos en los que pesa más la estética que la advertencia. No se repite porque cada vez la protagoniza gente distinta en momentos distintos. Las generaciones se suceden, la evolución social, tecnológica y cultural no se detendrá nunca; eso debería bastar para garantizar que cada tiempo sea único. Lo que en realidad se repite son determinadas constantes de nuestro comportamiento como especie, más allá de épocas y territorios. Constantes que están detrás de ciertas decisiones o acciones catastróficas: formas de resolver conflictos, ignorar las ventajas de los consensos, acaparar la abundancia y/o someterse acríticamente a las jerarquías. Las llevamos de serie en nuestra naturaleza gregaria: agresividad, egoísmo de la supervivencia del más fuerte, resolución de diferencias mediante conquista y/o exterminio, prolongación de privilegios y organización de la reproducción para extender el ejercicio del poder más allá del tiempo de vida. Comportamientos que tenemos documentados desde hace al menos 8.000 años, y no tiene pinta de que de pronto vayamos a cambiar por una mágica conversión de los espíritus.
A esta herencia genética se suman dos factores más. El primero es la abundancia material, lograda a costa de una explotación irreversible de nuestro entorno natural y el sacrificio de buena parte de la humanidad para llevarla a cabo. Una abundancia luego ofrecida sin esfuerzo que contrasta con casi todas nuestras habilidades, desarrolladas y determinadas durante milenios por la escasez. Esta transformación ha intensificado comportamientos que nos hacen aún más peligrosos e inestables: la pereza, el terror al cambio, una autoconciencia paralizante, la disolución de vínculos interpersonales por culpa de un individualismo a ultranza. La cosa es que no estamos reaccionando bien ante esta abundancia sobrevenida, porque nunca se da de forma espontánea en la naturaleza --únicamente en biotas a punto de colapsar-- pero, al haberla impuesto de forma artificial y violenta, nos hemos creído que es para siempre.
El segundo factor es tanto o más ambicioso que aquel proyecto de Francis Bacon en 1620, convencido de que el poder de la ciencia y la técnica podrían borrar los efectos del Pecado Original en la Tierra. La diferencia es que ahora no se trata de un deseo, sino de una realidad: detener la evolución natural de la especie humana; del inicio de un proceso de mejora artificial --basado también en la ciencia y la tecnología-- que nos haga inmunes a todas las enfermedades e inmortales de facto. No existe ya la selección natural desde el momento en que sobreviven el 93% de nacidos vivos. Detener nuestra evolución biológica y una sobreproducción material suponen una interferencia letal que acabará afectando a la continuidad de ecosistemas que nos resultan vitales pero que nos importan una mierda porque estamos convencidos de poder replicarlos (y monetizarlos) a base de tecnología.
Alteraciones radicales como especie. Imperio de los sentimientos. Subjetivismo a flor de piel. Sobrexplotación de los ecosistemas. Señales que anuncian una mutación, muy probablemente también el inicio de un declive irreversible. Ofrecer como solución el regreso (imposible) a un mundo simple, donde las jerarquías se mantienen en la sombra (como en el Neolítico, en el feudalismo, en las dictaduras) demuestra que estamos a merced de tontos, mediocres y fracasados muy peligrosos. Una patulea de idiotas que dan por hecho que el apantallamiento generalizado de las masas seguirá funcionando como narcótico universal y permitirá que transijamos sin decir ni mu ante cualquier mandato político por injusto y precarizador que nos resulte. Pero, ¿qué pasará cuando las redes colapsen y no haya entretenimiento en cascada infinita? ¿Qué realidad nos veremos obligados a contemplar?

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