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domingo, 5 de mayo de 2013

El metalenguaje de la globalización (Globalización. Las consecuencias humanas)

En marzo de 1994, en Buenos Aires, Al Gore inauguró con su intervención ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) el argumentario político ingenuo-utopista acerca de la mejora de la calidad de la democracia gracias a las tecnologías de la información; un discurso que los profesionales de la política de todo occidente --a pesar de las falsedades, lagunas y contradicciones que ha revelado con el tiempo-- se empeñan en situar como una de las bases fundamentales (como un elemento crucial de modernidad y progreso) en sus programas políticos, intervenciones y demás peroratas públicas. Se trata de una radiación de fondo que enlaza con casi cualquier ámbito de la gestión pública, de manera que si hay tecnología por medio todo parece más eficaz y mejor. La simple mención de la tecnología al principio, de los beneficios de las Autopistas de la Información tras la introducción del concepto por Al Gore después y, finalmente, el término Globalización son etapas en una conceptualización manejada sin criterio ni reflexión, como una especie de utopía civil que sirva ante los electores como sustituto de la ideología. Su uso constante como coartada y/o proyecto se debe a que los políticos consideran la tecnología y sus consecuencias como algo inocuo, el simple resultado del proceso científico. Hablan de ella como meros descubrimientos cuyo origen, éxito y uso (previsto o no) carecen de consecuencias y, por tanto, no es necesario analizar con sentido crítico. El hecho de que se impongan a nivel planetario los convierte en ejemplos tremendamente útiles para hacerlos pasar como un modelo de gestión irreprochable, incluso como el amanecer de una nueva civilización. Lo verdaderamente preocupante no es el analfabetismo tecnológico de los políticos, sino que la tecnología nunca sea objeto de debate político desde un punto de vista crítico. La política cree que la globalización es, en esencia, la posibilidad de extender el mercado a todo el planeta, de entenderse con toda la humanidad, de viajar rápido, de comunicarse en movilidad; un proceso inevitable, simple, bueno y práctico que carece de zonas oscuras, significados ocultos y consecuencias sociales que van mucho más allá de las modas.

Sólo cuatro años después, en 1998, el sociólogo Zygmunt Bauman (teórico de la modernidad líquida) publicó Globalización. Las consecuencias humanas, que se ocupa precisamente de la parte del discurso sobre la tecnología de la que nunca hablan los políticos. En él, Bauman pretende poner al descubierto el significado y el alcance completos de los conceptos que se manejan en el debate político sin la menor prevención, convirtiéndolos en tópicos, ofreciendo al público únicamente la parte que interesa. En esa labor, Bauman se preocupa por emparejar fenómenos que van estrechamente unidos y que, sin embargo, el discurso político se empeña en presentar como si fueran realidades diferentes. En definitiva, explica determinados conceptos que creemos conocer perfectamente y, además, los contextualiza desde el punto de vista histórico e ideológico, mostrando que se trata de realidades al servicio de unos intereses determinados. La globalización no es un fenómeno unívoco, tampoco es el fruto de la evolución socio-tecnológica de la humanidad, es un discurso que se fabrica con objetivos concretos desde determinados ámbitos del poder, la cultura y la economía. Profundizar en el lenguaje completo de la globalización es crucial para vacunarnos contra el abuso y la ignorancia inducida por terceras partes interesadas.

En su libro, Bauman propone una nueva lectura de ese metalenguaje en el que se ha convertido el progreso tecnológico. Aquí van algunos conceptos clave para aprender a moverse en el océano revuelto de la ideología política de la modernidad tecnócrata:

1. Globalización/localismo: a pesar de que se suelen presentar como dos fuerzas en permanente tensión, una de cuyas consecuencias supone un retraso o un retroceso lamentable para la primera, en realidad se trata de dos procesos mutuamente complementarios. Es la expresión material de la redistribución de la soberanía, el poder y la libertad de actuar desencadenado por las tecnologías de la comunicación inmediata. No es un fenómeno accidental, y mucho menos rectificable. La correlación de fuerzas entre ambas posiciones provoca efectos en el reparto de privilegios y privaciones, en la riqueza y en la pobreza, en los recursos y en la impotencia. La globalización y los localismos están provocando, a escala mundial, una reestratificación, una nueva jerarquía sociocultural.

Existen dos ámbitos que han conseguido situarse en la escala global, por encima de la legislación y del poder local (los estados-nación): el capital y los mercados financieros; mientras que el trabajo y la identidad permanecen fuertemente anclados en el territorio, enfrentados a los otros dos en desigualdad de condiciones y contextos.

2. Hardware y Software/Wetware: los dos primeros son términos sobradamente conocidos, sin embargo, el wetware completa la imagen de una humanidad que vive en creciente simbiosis con la tecnología y que amenaza con convertirse en parasitismo. Marta Escribà --traductora del libro-- ofrece una inmejorable síntesis del concepto (acuñado por el novelista y matemático Rudy Rucker, autor de The ware tetralogy): en términos generales, se refiere al sistema nervioso humano en oposición al hardware y el software de los sistemas informáticos. Por extensión, abarca al conjunto de seres humanos (programadores, operadores, administradores) ligados a un sistema informático. También designa el único componente no metálico (hardware) ni intangible (software) del mundo informático, que es el ser humano y su cerebro. También se usa como metáfora para describir un medio ambiente --en realidad una capa superior de tipo biocultural-- que incluye hardware, software y seres vivos con sus cerebros. La idea fuerza que se esconde tras este paisaje ficcionalmente atractivo es la de una humanidad que se disuelve en la dependencia de la tecnología, incapaz de enfrentarla con sentido crítico.

3. Diferenciación simétrica/complementaria: ¿Qué pasa cuando un grupo humano no consigue responder con un tipo de comportamiento idéntico a un desafío cualquiera lanzado desde otro grupo? Pues que no se rompe la cadena cismogenética (teoría formulada por Gregory Bateson según la cual el enfrentamiento aparecerá y se profundizará hasta lo irreparable porque la conducta X, Y, Z es la réplica estándar a X, Y, Z), sino que adopta una diferenciación complementaria en lugar de simétrica, que es cuando la respuesta a ese desafío consiste en una respuesta incrementada y con un énfasis que, a su vez, genera otra respuesta incrementada. La consecuencia de ambos tipos de comportamiento es el colapso del sistema: en el caso de la diferenciación complementaria la respuesta insiste y ahonda en la respuesta opuesta hasta derivar en conflicto abierto, mientras que la simétrica eleva la intensidad hasta niveles insostenibles e insoportables. Ambos patrones están inmersos en la mayoría de debates y disputas y tensiones entres las fuerzas globales (capital, mercados) y las locales (identidad, trabajo).

4. Panóptico/Sinóptico: el primer término hace referencia a la construcción carcelaria diseñada por Jeremy Bentham a finales del siglo XVIII que permitía la vigilancia con visión directa de todas las celdas desde un único punto. Por extensión, es un concepto que alude a entornos excesivamente vigilados, al imperio de la imagen o a una saturación audiovisual excesiva. Siempre posee, en ciencias sociales, un componente orwelliano que amenaza con destruir o pervertir un fenómeno o un estado de cosas deseable. El sinóptico (aquello que se puede ver de una ojeada) es un concepto acuñado por Thomas Mathiesen en 1997 para definir el fenómeno global de la observación en el canal específico del ciberespacio, donde la localización o la distancia del espectador --a diferencia del panóptico-- son irrelevantes y donde se han invertido los roles: los observados en el diseño de Bentham son ahora los observadores, y el observador es el observado. El panóptico situaba a los observados en la única posición posible que permitía vigilarlos, en el sinóptico no se da la coacción del entorno carcelario, sino un diseño tecnológico que induce a la mirada. En este sentido, la interactividad de los medios digitales --tan cacareada por políticos y tecnócratas-- es una exageración; en todo caso habría que hablar de medios interactivos unidireccionales, ya que no hay infinitas opciones de elección de contenidos ni canales para la respuesta en las mejores condiciones.

5. Estado-nación/exterritorialidad: durante más de doscientos años, los estados-nación han sido los únicos que han reclamado el derecho legítimo para establecer y hacer cumplir las reglas y normas vinculadas a los asuntos de un territorio. Estas reglas y normas convierten la contingencia en determinación, lo aleatorio en regular. Esa labor está en el origen del concepto de soberanía. Los estados reclaman el monopolio de los medios de coerción y su uso dentro del ámbito de su soberanía. La emancipación global del capital y de los mercados ha provocado que los estados-nación dejen de realizar algunas de estas funciones: ya no se espera de ellos que mantengan los niveles de consumo, de productividad, la demanda interna... Todas esas cosas dependen ahora de la esfera global y ya no tienen instrumentos para influir en esos indicadores. La liberación de las leyes sobre comercio y los movimientos de capital han provocado que el poder político ya no pueda controlar la economía, que ha pasado a ser un asunto plenamente en manos de las empresas. Lo único que éstas esperan de los estados-nación es la obligación de presentar presupuestos equilibrados que gestionen las tensiones de sus mercados localizados y que no entren en conflicto con las actividades del mercado exterritorial.

Desde hace más de una década, la tendencia dominante (presentada como ideología) que transmiten las elites globalizadas es que cuanto más desregulen los estados-nación las actividades económicas, mejor le irá a las libertades políticas y a toda la gente en general, cuando en realidad la legislación, aparte de que ya no puede influir en la marcha de aquellas actividades globalizadas, hace lo contrario: ceder cada vez más terreno a los mercados y al capital. El lenguaje de la globalización es en realidad una jerga a la que se le amputa deliberadamente una parte de su significado, más concretamente todo lo que tiene que ver con la acumulación de riqueza en manos de esas misma elites. Este proceso de acumulación nunca se hace explícito, aunque existen al menos tres recursos --según Ryszard Kapuściński-- con los que contribuyen los medios de comunicación a ocultarla:

1. Presentar el hambre, la pobreza y, en general, las desigualdades, como una consecuencia de la degradación sociopolítica de los países donde se denuncian estos fenómenos. La pobreza, viene a decirse, es fruto de un cúmulo de circunstancias donde influyen más los atavismos culturales que las asimetrías en la legislación sobre el comercio mundial explícitamente creadas y mantenidas por Occidente.

2. Reducir el tema de la pobreza exclusivamente al problema del hambre, de manera que la acción solidaria consista simplemente en alimentar a los que pasan hambre. El resto de variables (condiciones de vida y de vivienda, enfermedades, analfabetismo, violencia, migraciones forzosas, debilitamiento de los vínculos sociales, ausencia de perspectivas de futuro y de productividad) simplemente se ignoran, dejando que el elemento más visible eclipse al resto. Como esos otros no se mencionan, no forman parte del problema. Con alimentar a los pobres ya es suficiente; las reformas estructurales que impidan que haya que hacerlo constantemente ni se plantean.

3. El espectáculo de los desastres (guerras, asesinatos, drogas, saqueos, enfermedades, refugiados...) son acontecimientos ajenos, propios de países alejados, ajenos nuestra cultura occidental y civilizada. A corto plazo, estos sucesos sirven para descargar las existencias acumuladas de sentimientos morales, una especie de espejismo de solidaridad y compromiso humanitario; a la larga, provocan extrañamiento y distancia, levantando un muro que evita el compromiso porque siempre se trata de lugares desconocidos y remotos. Todo lo que se pueda hacer en el corto plazo, vienen a decir los medios, no tendrá efecto porque los verdaderos problemas de esos países pobres son estructurales, en la existencia de tradiciones culturales que impiden que la democracia y la igualdad puedan convertirse en una ética civil y política.

La globalización es la ideología dominante de la economía política contemporánea, tristemente banalizada por el discurso mediocre e ignorante de los políticos, no un fenómeno surgido por la simple evolución de las tecnologías de la información y de la comunicación.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2013/05/el-metalenguaje-de-la-globalizacion.html

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