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sábado, 25 de agosto de 2012

Teorías convenientes para mi mentalidad: 15. El clan de las menos guapas (I)

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja
8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar
9. Los herbívoros, el nuevo Contrato Matrimonial y la paradoja Huxley-Houellebecq
10. La teoría del carrete
11. Las precondiciones de la relación ideal
12. La decepción oculta masculina
13. El bosón de Higgs de las relaciones urbanas
14. ¿A cuántos mojitos estás de la infidelidad?

«A las feas hay que conocerlas; en cambio a las guapas basta con mirarlas. Esa es la gran paradoja: que quienes atraen menos requieren más esfuerzo. En eso la naturaleza, la evolución, el instinto, o lo que sea, se equivocaron»...

La primera premisa fundamental es tan cierta como mutua y conscientemente ignorada por hombres y mujeres: todos/as estamos perfectamente capacitados/as para detectar y establecer objetivamente, en un grupo humano de cualquier número y composición, al hombre y/o mujer más atractivo. Es más, no se tarda más de diez segundos en decidir algo así (siempre que se tenga a la vista a la totalidad de miembros en liza). Se sabe y punto. Hombres y mujeres.

Otra cosa es que existan poderosas razones para fingir que somos incapaces de hacerlo: quedar bien con el resto, ahorrarnos una opinión sincera e incómoda, evitar oir una dolorosa verdad, convencernos a nosotros mismos de que somos una excepción a la regla, ocultar determinadas e inevitables microenvidias (otro día me extenderé en este concepto)... El caso es que --ellas sobre todo-- negamos tener esa capacidad, más bien instinto innato, y aparentamos conducirnos como si estuviéramos en una zona intermedia en la que todas las opciones están abiertas e intactas para todos, cuando no es así. Lo cierto es que el atractivo físico distorsiona y determina nuestras oportunidades y nos sitúa por encima o por debajo en función de ese criterio básico (que no único).

Todo esto viene a cuento porque hay que partir de esta premisa para desarrollar el tema: en todos los grupos hay un hombre y una mujer objetivamente más atractivos que el resto. Y todos sus miembros lo saben. Esa misma gente que jerarquiza los atractivos físicos sin dificultad, en la intimidad de su pensamiento --incluso los que están en la cúspide de la lista de deseos ajenos se otorgan, con vergüenza (o no), la posición que ocupan-- actúa como si las diferencias no existieran o no contaran: altura, peso, color de pelo, tobillos, tableta de chocolate, culos, tetas, actitud, ropa, maquillaje... Cosas que nos perturban en lo más íntimo, cada día, pero eludimos mostrar sus efectos.

La sicología social admite desde hace tiempo que a las personas atractivas les va mejor en la vida: todo el mundo está pendiente de sus entradas y salidas, les hacen más caso, ganan más dinero... Y eso permite que puedan cuidarse más y mejor. El resultado es que los genes responsables de su belleza salen reforzados, porque suelen procrear con personas igualmente atractivas (otra cosa es la compatibilidad interior, pero eso no viene al caso ahora), de manera que a la siguiente generación la cosa funcionará igual.

Seamos un poco más precisos: en las pandillas juveniles y en los grupos laborales es donde con más claridad y rotundidad se percibe este principio activo, y donde con más fuerza se elude o se rechaza. No es que nos guste llevar la contraria porque sí; lo hacemos por un impulso darwinista de supervivencia aplicado con coherencia cabal: si fingimos no saber quién es el/la más atractivo/a de un grupo nos ahorraremos dos cosas: a) verificar a través de terceros que no somos nosotros y b) evitar un mal trago al averiguar el puesto que ocupamos en la lista de preferencias ajenas.

De manera que tenemos en todos los grupos un hombre y una mujer deseados por el resto; y también un comportamiento disfuncional o extraño: todos (deseados y deseantes) esconden, simulan o niegan sus preferencias. ¿Por qué sabemos que es así? Al igual que la ciencia aprovecha las singularidades de la naturaleza para poner a prueba algunas hipótesis extremas, la sicología social aprovecha las fiestas para sacar conclusiones. Y lo que se observa en esas reuniones es cómo el mapa oculto y sublimado de deseos sale a la luz en cuanto hay una ligera combinación de caos y estimulantes varios. Las personas atractivas notan que la gente les entra más: les cuentan más cosas, tratan de hacerles reir, les tiran tejos con más o menos descaro y/o torpeza, incluso se les tiran encima a saco. Otro momento singular igualmente revelador: cuando los más atractivos quedan eventualmente disponibles se nota un ronroneo de hormonas agitándose, de gente menos atractiva que busca posiciones ventajosas para asaltar su objeto de deseo. Es una lucha invisible y latente que únicamente perciben los que participan en ella. Como decía aquel malvado galáctivo: revisad vuestros sentimientos.

La segunda premisa es que a todos nos gustaría ser los más guapos/as de un grupo y que nunca abandonamos del todo la esperanza de recalar en uno en el que por fin lo seamos. La competitividad a este nivel superficial y narcisista, aunque lo neguemos sorprendidos o escandalizados, nos mueve en un momento u otro de nuestras existencias.

Si resulta que hay guapos y guapas intersubjetivamente designables, hay que admitir por lo menos otras dos categorías en todo grupo: 1) los que están en el extremo opuesto en cuanto a atractivo físico: los feos y las feas y (aquí es donde quería llegar) 2) los que están inmediatamente por debajo de los más atractivos/as. Me voy a ocupar solamente de la parte femenina de este segundo grupo, por ser mucho más interesante y revelador, más conocido como el clan de las menos guapas.


(continuará)




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2012/08/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad_25.html

sábado, 4 de agosto de 2012

Instagram + SocialCam = Pinterest. Iconografía sustitutiva

La imagen empieza a sustituir con éxito a la palabra en las plataformas sociales. En menos de un lustro Twitter y Facebook han quedado asociadas a viejunos de la Era Gramática que todavía creen que darse a conocer y colaborar se debe hacer mediante la escritura. Ambas han visto drásticamente reducida la longitud de sus textos (ya de por sí limitados en la primera) y han pasado a alimentarse fundamentalmente de imágenes. Los comentarios no acompañados de imágenes apenas se prodigan, la mayoría sirven para puntuar fotos, lugares, estados de ánimo, vídeos, canciones, encuestas, anécdotas, chorradas... Y si hay poco tiempo y ganas, un simple «Me Gusta» es suficiente. No importa que se trate de la reseña de una catástrofe, porque el verdadero significado es que «me gusta lo que ha colgado mi amigo/a, independientemente de su contenido». Haría falta un botón específico para estos casos de malas noticias o desgracias, porque las reacciones a base de Me Gusta producen un efecto ambiguo o desestabilizador.

Proveer de imágenes las redes sociales no sería posible sin unas herramientas ubicuas, sencillas y presentes en todos los smartphones: Instagram (recién adquirida por Facebook en abril de 2012) y SocialCam (recién adquirida por AutoDesk en junio). La primera permite compartir fotos y la segunda vídeos al instante. Lo que está sucediendo tiene un casi inmediato reflejo en la web, hasta el punto de que, igual que sucede con los viajes turísticos, da la sensación de que es más importante decir que se ha vivido que vivir. Probablemente ésta sea una de las causas del exceso de narcisismo que transpiran estos tiempos.

Poco a poco se consolidan las aplicaciones sociales en las que la palabra escrita ya no es el principal vehículo de expresión; se prefiere la imagen porque no requiere articulación del pensamiento. Pinterest es el nuevo muro de moda entre los nativos digitales más jóvenes: un inmenso panel virtual en el que compartir imágenes de aficiones o pasiones. Aunque el usuario/consumidor ya se las sabe casi todas y enseguida, antes incluso de que la propia aplicación tenga detrás un modelo de negocio, han surgido usos imprevistos más sistemáticos y orientados a la promoción comercial y publicitaria: recetas de cocina, ideas para decoración, maquillaje, moda... Profesionales que aprovechan el medio para conseguir audiencia y hacerse un hueco en el mercado. Aunque por encima de todo, y en eso consiste la verdadera clave del éxito de Pinterest, está su enorme capacidad para, de una forma sencilla y directa, dar salida a todo nuestro narcisismo latente: en teoría deberían ser imágenes para expresar estados de ánimo, o visitas a lugares interesantes, momentos perfectos... pero en la práctica son fotos (las privadas) que en ocasiones bordean el sexting emocional. Y gatos, muchísimos gatos... Es curioso: la mujer que vive sola con un gato es, en nuestra cultura sentimental, el arquetipo de la solterona urbana rarita y misántropa. ¿Será que este colectivo ha encontrado un lugar para dar salida a sus obsesiones solipsistas o es que hay muchas más de las que creemos? Cualquiera de las opciones da miedo.

La gente visita Pinterest por la misma razón que nuestros abuelos llevaban exvotos a los santuarios con fama de milagreros: a ver quién y qué había colgado. No era tanto el agradecimiento por la curación como la curiosidad por ver lo que la gente dejaba como ofrenda. De momento, ni creadores ni audiencia saben exactamente a qué obedecen sus respectivos impulsos ni las razones verdaderas de su éxito, pero la acumulación de imágenes está ahí. Y aunque la imagen apenas está contextualizada, al menos --respecto a Facebook-- hemos superado la fase de respuestas a base de lugares comunes, felicitaciones de cumpleaños o meras banalidades: «¡Guapa!», «¡Precioso!», «¡Te lo mereces!», «¡Eres la mejor!», «Wapi!!!»...

Son innegables las ventajas de la imagen sobre la palabra: su éxito es clave en una sociedad que la explota para alimentar el deseo y el consumo inagotables. Le habla al cuerpo antes que a la mente. Se dirige a lo instintivo --ahí están esos miles de petabytes de porno que no paran de crecer-- antes que a lo reflexivo, por lo que no debe sorprender su eficacia entre una juventud tecnológicamente funcional. La palabra exige capacidad de comprensión superior, esfuerzo de síntesis, sentido analítico, espíritu crítico... y no hay tiempo ni ganas para todas esas cosas. Es una cuestión de economía: la imagen proporciona más o menos lo mismo en forma balbuciente con un esfuerzo mínimo, y de paso sugiere significación básica (en realidad meros estados del mundo o del ánimo), la suficiente para que cada cual la complete en función de su experiencia y entendimiento. Sin contexto y sin mensaje apenas puede decirse que haya comunicación, si acaso una bienintencionada y/o egoísta comunión de intenciones.




http://bajarsealbit.blogspot.com.es/2012/08/instagram-socialcam-pinterest.html

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