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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 9. Los herbívoros, el nuevo Contrato Matrimonial y la paradoja Huxley-Houellebecq

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja
8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar

El matrimonio, la institución romántico-sentimental que actualmente conocemos, no es más que el resultado jurídico-legal de dos mil años de obsesión masculina por tener la certeza de que los hijos que pare su mujer son suyos. El matrimonio estableció la monogamia, la fidelidad y (antes de que se inventaran los anticonceptivos) también la virginidad como requisitos capaces de satisfacer esa extraña garantía, imprescindible para los hombres.

Pero ha llovido mucho desde entonces, y hoy --por fortuna-- la mujer se ha sacudido buena parte (no toda) de la carga machista que le imponía el matrimonio y lo que venía con él pero no se decía ni se quería ver: hogar, hijos, sacrificio, ninguneo social, sumisión, infraeducación. En los años sesenta del siglo XX se produjo la batalla final contra la virginidad, que quedó definitivamente desprestigiada. En un momento indeterminado entre los ochenta y los noventa, le tocó el turno a la fidelidad. La definición de matrimonio que ha logrado llegar al siglo XXI apenas consiste en una declaración formal de monogamia, más que nada para garantizar las premisas legales sobre las que se levantaron en su día leyes tan fundamentales como el Código Civil (herencias, propiedades, nacionalidad...). El matrimonio debe seguir siendo monógamo porque de lo contrario deberíamos cambiar unos cuantos fundamentos sociales, y el poder político tendría la sensación de que demasiadas cosas escapan a su control (las uniones de hecho son una primera amenaza ante la que ha tenido que sucumbir). En todo este entramado legal la fidelidad era una mera fórmula protocolaria, así que no había problema si la perdíamos por el camino. La práctica social realmente existente del matrimonio consiste hoy en una secuencia de relaciones monógamas separadas por períodos desiguales e imprevisibles de infidelidad, desencanto y soltería. Sólo falta acabar con la monogamia.

Hace falta un nuevo Contrato Matrimonial que se ajuste, no a la necesidad del hombre por saber que cría al heredero de sus genes (y también las propiedades y el dinero, de ahí su obsesión, si no de qué le iba a importar de quién era el hijo que paría su mujer), sino a la realidad biológica del hombre y la mujer. Y no me refiero a lo que parecen ser pulsiones genéticas que no encajan demasiado bien con la monogamia o la práctica continuada del sexo con la misma persona, sino a la evidencia de un deterioro físico y hormonal que tiene efectos sobre la actividad sexual y el significado que eso tiene sobre las expectativas de una convivencia que --al menos en el plano teórico-- se encara como inacabable.

De entrada, para los que aún creen que hay cosas intocables, líneas rojas infranqueables o intituciones que no pueden/deben modificarse, en Japón asisten a los primeros síntomas de lo que --en cuestión de décadas-- podría acabar mutando en una revolución... o un nuevo modelo de relación: en ese país, casi el 50% de los hombres entre 18 y 34 años, prefiere evitar toda relación (de convivencia o sexual). Son los denominados «hombres herbívoros», una generación que huye de la presión por el ascenso laboral, pero también del evidente desgaste que supone buscarse las lentejas sexuales o mantener viva una relación convivencial. Estos jóvenes prefieren vivir solos, disfrutando de sus ingresos (que esperan estables y constantes), y no complicarse la existencia con parejas, obligaciones y rutinas. Son hombres que han comprendido que la maldición del hombre es precisamente su deseo sexual insaciable e inacabable, y han emprendido --en solitario y con todo en contra-- una cruzada para obligar a la genética a plegarse ante unas pautas sociales. Exactamente lo que predice Houellebecq en Las partículas elementales (1998).

Por contra, las treintañeras japonesas todavía no se han sacudido la presión de la maternidad o el emparejamiento obligado, y su agresividad a la hora de buscar marido aumenta respecto a generaciones precedentes. Son las mujeres carnívoras. Se está produciendo una curiosa inversión de roles: ellas fuerzan el contacto --aportando una mayor agresividad sexual-- mientras que ellos alegan dolor de cabeza para escabullirse. Los hombres renuncian al placer sexual porque creen que tras él sólo hay obligaciones sentimentales y, más allá, una convivencia que mutará en decepción. Como lo que quieren no es posible, prefieren renunciar antes que arriesgarse.

Si esto se convirtiera en una pauta mayoritaria significaría que no habríamos evolucionado nada, simplemente se trataría de una vuelta al calcetín tras la que todo seguiría funcionando igual de mal. El nuevo Contrato Matrimonial no está al final de un mundo de herbívoros y carnívoras (o viceversa en cuanto a géneros y etiquetas), sino en una redefinición completa de dos factores:

a) Acceso libre, múltiple y simultáneo a la sexualidad mediante pautas desligadas de toda ingeniería social (cortejo, roles, prevenciones, objetivos, intereses...).

b) Completamente desvinculado del punto anterior, establecer un nuevo Contrato Matrimonial que, además de reflejar las mutaciones biológicas de hombres y mujeres, sea capaz de ofrecer un vínculo sentimental y convivencial sólido y --esto es fundamental-- sin expectativas de larga duración.

Para que ese nuevo Contrato Matrimonial se imponga, antes tendríamos que resolver el acceso al sexo en términos muy parecidos a los que describía Huxley en Un mundo feliz (1932). Pero para que eso suceda hace falta dilapidar mucha energía y renunciar a lo que hoy consideramos la gasolina que nos mantiene en pie: una sexualidad dotada de significación profunda y sentimental. Y por si eso no fuera poco, a continuación habría que resolver satisfactoriamente el problema de la caducidad de la convivencia sin que afectara a la estabilidad emocional y afectiva de las generaciones que nos toca críar y educar. No será facil.

La paradoja Huxley-Houellebecq ya no se parece a una utopía ni a una pesadilla. No descartemos nada todavía...

(continuará)


http://bajarsealbit.blogspot.com/2011/11/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad_30.html

jueves, 24 de noviembre de 2011

Pornografía para mujeres: nuevas fronteras

Sabemos de sobra de qué va el cine porno para hombres, así que no hace falta demorarse demasiado en sus fundamentos: llaman a la puerta, es la repartidora de pizzas, y nada más ver tu casa comenta que estaría bien echar un vistazo a las habitaciones. ¿Podrías acompañarme? Hace mucho calor... Los argumentos del cine porno (más bien su ausencia), reflejan a la perfección la idea masculina de la sexualidad: lanzarse directamente al guisante, saltándose todos los prolegómenos. Y cuando digo los prolegómenos me refiero no sólo a los toqueteos previos, sino a toda la ingeniería social que les precede. Nada de charla o de cualquier cosa que demore la aparición de los pezones, el indicador universalmente reconocido que marca el inicio del acto sexual (Seinfeld dixit): en cuanto aparce una mujer está necesariamente cachonda y deseando convertirse en objeto de deseo. El cine porno para hombres necesita, para completar el espejismo de una relación mutamente consentida y deseada, disfrazar el deseo masculino de respuesta inevitable, agradable e inequívoca a un estímulo femenino idéntico. Si ella toma la iniciativa o expresa su deseo irrefrenable se conjura el fantasma de la explotación sexual y la cópula parece algo natural y formalmente libre. En el cine porno, la mujer se comporta tal y como el hombre la imagina en su universo mental. Es egoísta, puede resultar degradante; pero funciona, y por eso triunfa.

El cine porno es una industria floreciente que cada año gana en aceptación social y normalidad creadora, con su star system, sus festivales, su cobertura médica, sus análisis trimestrales de SIDA... Aunque, gracias al auge de Internet, los artesanos de la explotación sexual --arrinconados por la industria y la presión social-- conocen una segunda edad de plata: amateurismo, señuelo publicitario, cutrismo, garrulismo, grupos de afirmación (aparentes y no tan aparentes), negocio carente de escrúpulo...

Ahora les toca el turno a ellas. Su consolidación en la cima del poder de la industria del porno --al fin y al cabo suponen una materia prima fundamental-- hace que reclamen por derecho propio su valor como audiencia, sus puntos de vista y sus fetiches. La directora no es una excepción o una rareza en el cine porno: aportan nuevos matices y renuevan un género esclerotizado y rancio por culpa de la testosterona. Sus películas tienen poco que ver con el tópico: las mujeres no esperan hasta el final para ver si la protagonista se casa, ni tratan de invertir con exactitud las proporciones de los argumentos masculinos (90% prolegómenos y 10% penetración). Para ellas, el sexo oral no es una obligación, ni el anal; tampoco son imprescindibles los besos blancos o negros ni demás apologías del flujo seminal.

¿Entonces qué? ¿Juguetitos y complementos eróticos? ¿Mimitos y caricias sensuales? ¿Masajitos subidos de tono? Pues tampoco. Todo eso no es más que la variación mimética del género --hecho por mujeres-- desde los parámetros establecidos por el hombre. Es una simple recombinación de los mismos elementos que funcionan para los hombres. En este tipo de cine, aparentemente dirigido a las mujeres, lo único que cambian son las dosis, los detallitos y los tiempos.

Otro cine porno para mujeres es posible: no necesariamente hecho para mojigatas, que no rehúye retos físicos. A un determinado nivel, también se podrían considerar pornografía películas que mostraran a hombres limpiando, devanándose los sesos con los menús de la semana que viene o preparando la bolsa de gimnasia sin que se lo tengan que recordar. También entraría en esta categoría una película que contara la historia de un grupo de amigas que se reunen en un bar para charlar, sin malos rollos, sin malentendidos. Entre ellas no hay secretos, si acaso las críticas son para otras mujeres desconocidas que no vienen al caso. Cuando llevan un rato disfrutando de su conversación inteligente sin renunciar a deslumbrar con su apariencia impecable, aparecen sus novios, maridos, parejas no convivenciales o relaciones estrictamente basadas en lo físico (para no dar a entender que se potencia un cierto tipo de vínculo sentimental en detrimento de otros) para irse, cada cual por separado, a pasar una animada noche de sábado. Cenan en sofisticados restaurantes exóticos, rodeados de iguales; acuden a estrenos y eventos culturales formal y estéticamente innovadores o improvisan planes con la dosis exacta, demostrando que, a pesar de tanta planificación, saben evitar caer en el acartonamiento. En esta película, los hombres no sufren apalancamiento, ni resultan previsibles, zafios o decepcionantes. Tampoco generan cabreo oculto, ni están deseando regresar a casa para darse el lote. Y van al gimnasio y son sensibles. Las mujeres pueden expresarles sus sentimientos de forma sutil y compleja, porque ellos empatizan sin esfuerzo y las escuchan sin desconectar todo el tiempo que haga falta.

Cuando, de madrugada, vuelven a casa, a él no le importa encender antes doscientas velas en el dormitorio para crear el clima erótico adecuado, sin presiones ni prisas. Tampoco olvidará regalarle la rosa roja que cada día --cada día-- ofrece a su pareja como prueba material (y todas sus amigas no dejan de interpretarlo así) de que gozan de un amor mutuamente correspondido.

Al día siguiente las chicas se vuelven a reunir y comentan (por un estricto y nunca explícitado orden), como si nada, lo bien que lo pasaron con sus respectivas parejas. Lo bien alcanzados que estuvieron sus respectivos orgasmos, lo delicadamente que las abrazaron tras el éxtasis y las profundas reflexiones que sostuvieron después acerca de su relación durante dos horas, sin que él hiciera el más mínimo amago de bostezo.

La película consistiría, básicamente en un yuxtaposición de cuidadas variaciones de estos dos tipos de escenas, dependiendo de la habilidad y talento de guionistas y directoras. En eso no escaparían al rígido esquema ¿argumental? del cine porno para hombres: mamada, penetración, cambio de postura, penetración, cambio de postura, entrada por detrás, cambio de postura, penetración, collar de perlas. Aquí la reiteración también es la pauta, pero en lugar de culminar con una siempre ansiada y abundante eyaculación, ellas descubren extasiadas que las cuatro han conseguido llevar sus relaciones hasta la Fase 3. Por primera vez en la Historia de la Humanidad, más de tres parejas acceden a ella en un mismo siglo, y todas ellas pertenecientes al mismo grupo de amigas. La felicidad será eterna y no conocerá vaivenes ni crisis. Fin.

¿Estamos seguros de que el sexo es lo único que identifica al cine porno? ¿Estamos seguros de que el tratamiendo de la sexualidad es lo que realmente distingue el porno para hombres del que se dirige a mujeres? Las dos cosas entran dentro de lo posible. En cambio, es sorprendente que ambos compartan otro ingrediente fundamental, además del sexo, algo que está en la base de sus ficciones: una irrealidad egoísta y placentera hecha de reiteración sin apenas variaciones. No sé si consolarme o preocuparme...

viernes, 4 de noviembre de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 8. Numeritos conyugales: que no te los cuelen sin avisar

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina
3. Hombres
4. Ese universal e irrefrenable deseo de convivencia
5. Wapis
6. Madres profesionales. Madres eclipsadas
7. Historia universal de la convivencia en pareja

Las escaramuzas conyugales se han convertido hace tiempo en un género por derecho propio gracias a la ficción cinematográfica y televisiva, pero también, y muy especialmente, a la labor divulgadora y estereotipante de los monólogos humorísticos de base teatral. A estas alturas de película, acumulan un considerable repertorio de personajes y situaciones sobre las que el ingenio puede arriesgar enfoques, perspectivas y gags casi siempre nuevos e interesantes.

La escaramuza conyugal es como una máquina de Turing de la disputa en la que los contendientes deben asumir obligatoriamente un papel preestablecido: ofensor u ofendido. No hay medias tintas, ni términos medios ni alternativas: o uno u otro. Y punto. En el momento en que uno de los contendientes adopta uno, el otro debe apechugar sin remedio con el que queda. Esto es así y no hay alternativa. Es una ley universal que no conoce excepciones: todo el mundo lo sabe y además es profecía. Donde sí quedan alternativas es en el matiz interpretativo que cada cual le dé a su papel: para ello existe una serie --todavía incipiente y no explícita-- de numeritos que permiten dirigir la discusión y dar salida a la ira de forma fluida, dejando sin alternativas al rival. Estos «numeritos conyugales», un territorio poco explorado con infinitas posibilidades de éxito y manipulación, tienen la ventaja de permitir que el talento propio para el histrionismo pueda servir de valiosa ayuda.

Los numeritos conyugales hace tiempo que se utilizan en todo el mundo, pero al carecer de una definición consensuada no estamos seguros de interpretarlos ni servirnos de ellos adecuadamente. Es urgente que nos pongamos a ello para evitar discusiones sin sentido ni objetivo. El problema será cuando la mayoría los conozca y uno pueda cortar de raíz al otro, desmontando todo el argumentario de la indignación con un «No me hagas el numerito de [...] que ya me lo conozco de sobra!». Para incrementar la eficacia de algunas escaramuzas conyugales comunes, todavía inconscientemente ejecutadas, señalaré cuatro numeritos que empiezan a ser recurrentes y reconocidos (todavía de forma instintiva). Me limito a darles un nombre que facilite su identificación/ejecución. Ahí van los principales clásicos de la escaramuza conyugal:

1. El gatito abandonado: lo adopta el/la ofensor/a cuando espera conseguir lo que desea a base de inspirar lástima. Suele incluir un tono de voz meloso y apagado que incrementa la sensación de desamparo. En el lenguaje universal de signos se identifica levantando el antebrazo derecho, colocando la mano en forma de garra semicerrada haciendo un suave movimiento hacia adelante y atrás. Muy eficaz para primerizos/as.

2. La marquesa: lo adopta el/la ofendido/a cuando, en un giro desfavorable de la discusión, finge que el otro ha traspasado una línea roja que, sin haberlo mencionado nunca antes, ambos saben que es infranqueable. Este numerito permite, si quien lo interpreta es suficientemente audaz, intercambiar los papeles sobre la marcha, sin necesidad de terminar la disputa y comenzar otra. Hay que tener cuidado porque es difícil conseguir no excederse en el nivel de indignación y caer en la sobreactuación. En el lenguaje de signos se identifica con una elevación insolente del rostro y una expresión facial de desprecio aristócrata.

3. La virgen ultrajada: es una variante del anterior, pero añadiendo mucha más intensidad e histrionismo a la reacción. Se recurre a él cuando falla el anterior o se quiere enfatizar que el ataque recibido ha adquirido un componente personal intolerable y se considera una ofensa grave. Incluye mucha alharaca y verborrea incontrolada. Un clásico femenino de todos los tiempos que la mayoría de hombres está en disposición de detectar instintivamente. En el lenguaje de los signos se representa con un gesto torcido de boca y mirada, echando el rostro y el cuerpo hacia atrás.

4. El hombre falsamente torpe y/o gazmoño: aunque no parece un papel propio de una escaramuza conyugal sí que lo es; lo que sucede es que su alto nivel de sutileza hace que no esté al alcance de la mayoría (aparte de que es de uso exclusivamente masculino). Consiste en adoptar un falso pudor y/o impericia congénita a la hora de realizar determinadas tareas, casi siempre relacionadas con la división sexual del trabajo (ir de compras, adquirir lencería o cualquier producto de uso íntimo femenino, tareas domésticas...). Si se hace bien, ella suele asumir la responsabilidad en la disputa convencida de hacer un favor al otro, o de haber ganado la batalla debido a la torpeza del rival, cuando en realidad es exactamente al revés (el hombre se escaquea y encima ella no se entera). Demasiado complejo para reproducirlo exclusivamente mediante signos.

Estás avisado/a: cuando detectes en tu rival cualquiera de estos síntomas, puedes dar un golpe ganador a tu escaramuza conyugal desmontando su estrategia. O mejor aún: sírvete de ellas para canalizar creativamente tu indignación.


(continuará)


http://bajarsealbit.blogspot.com/2011/11/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad.html

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