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domingo, 31 de julio de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 3. Hombres

1. Las fases en una relación de pareja
2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina

«Los hombres como promesa de ternura tan a menudo traicionada [...] Los hombres como sorpresa de la vida, como regalo feliz o envenenado [...] Los hombres como interlocutores estimulantes, como niños tontos, como amigos galantes o enemigos feroces. Hombres de piel golosa y embriagador aroma fugitivo. Tan fastidiosos y sin embargo tan necesarios, ay, en fin, los hombres» Rosa Montero [Artículo completo]

Capaces de soltar las mayores crueldades en una conversación sin darse cuenta del efecto que provocan sus palabras. Nada de insultos o expresiones degradantes, tan sólo opiniones sobre asuntos domésticos o terceras personas que revelan miserias acerca de nuestra personalidad y forma de pensar más de lo que creemos. Luego, cuando llega el momento de enfrentar cara a cara nuestro egoísmo o brutalidad somos incapaces de comprender que haya quien recuerde lo que dijimos sin darle importancia. Tan sólo nos quedamos con la parte del iceberg que asoma y duele: «las mujeres recuerdan cada puñetero detallito». Hasta que ellas no se toman la molestia de exponernos el argumento completo no sabemos de qué nos están hablando. Esta asincronía genética de la comunicación está en el origen del 90% de los malentendidos y broncas conyugales.

Disocian constantemente y sin esfuerzo el amor y la fidelidad del sexo y el deseo fugaz. Atrapados en la esclavitud del deseo permanente: amigas, compañeras, conocidas, desconocidas que pasan por la calle... Una actividad incesante que resulta aún más devastadora cuando, hacia el final de la vida, se transforma en el deseo del deseo (Houellebecq dixit): cuando el cuerpo no puede acompañar las constantes pulsiones de la mente, que sólo desaparecen --al igual que el deseo de poder-- con la muerte. Aun así, todavía quedan ingenuas que creen que tooooodos los hombres del planeta --menos su maridito-- miran a otras mujeres cuando ellas no están delante. Qué suerte la suya.

Atrapados entre la generación de sus padres, que disfrutaron de las indudables ventajas que proporcionaba el machismo tradicional, y la igualdad rupturista y aparente que suelen abrazar tras el nacimiento de su primogénito. Tras actuar como padres ejemplares durante unos años acabamos renegando de ella tras la doble decepción, la invisibilidad y el espejismo de unos hijos que pensamos no necesitan supervisión a partir de los 10 años. De pronto, a los 45 no nos asusta reconocer que pretendemos reconquistar algunas comodidades de un machismo que compense parcialmente las renuncias personales y los servicios domésticos prestados. Retomar aficiones de juventud, encontrar otras nuevas, expresar sin ambigüedades opiniones que diluimos o maquillamos (por miedo o respeto) durante la fase de igualdad, disponer de nuestro propio tiempo de ocio; signos todos ellos que indican que ha llegado el momento de apropiarse de determinados privilegios (eso sí, rebajados respecto a los de nuestros progenitores o, en todo caso, con menores efectos colaterales) que se nos deben, merecemos o nos hemos ganado. Este intento, generalmente no culminado en su totalidad planificada y plagado de reyertas, garantiza que la siguiente generación de hombres vuelva a atravesar las mismas fases y a cometer los mismos errores en cada una de ellas.

Justifican mentalmente cualquier interés, egoísmo, incoherencia, contradicción, infidelidad o mentira que se cruce ante sus actos; mientras que de palabra apenas logran hacerse entender. Tras la suficiente dosis de convivencia, nos persuadimos interiormente de que cuando finalmente ella se va a dormir podemos expresar nuestra autèntica personalidad, liberados de su supervisión y de la pleitesía de la mínima cordialidad social. En esos momentos de soledad robada imaginamos disfrutar de una vida plena de ambiciones que culminamos apenas quince minutos después frente a la luz miserable y fría del ordenador.

Capaces de detectar síntomas de sensualidad y/o erotismo en infinidad de desconocidas e ignorar las accesibles virtudes de su propia pareja, aunque se pasee en tanga por la casa. Nadie, ni siquiera Scarlett Johansson, escapa a esta maldición.

Adiestrados para no escuchar más allá de los 30 segundos que estipula su protocolo de atención. Desconectamos cuando una conversación sobre cualquier tema amenaza con detenerse o recrearse en detalles y luego, completamente despistados e incapaces de recuperar el hilo, pretendemos aportar un comentario inteligente. Esta anomalía de nuestro diseño cerebral --que se agudiza exponencialmente a partir de los 40-- es la responsable del 10% restante de malentendidos y broncas conyugales

Incapaces de reivindicar sus limitaciones con orgullo y hacer de ellas una ventaja competitiva que mejore la convivencia diaria. No sabemos sacar suficiente partido de la teoría de la caja vacía, nuestra incapacidad para procesar varias cosas a la vez o admitir cierta inutilidad congénita para encarar determinadas cuestiones de orden práctico.



Denominación genérica prácticamente universal, sin apenas mejoras evolutivas, subcategorías ni tipologías. Exhibimos diferencias inapreciables desde nuestra primera juventud, cambiamos durante unos breves años para recuperar un comportamiento que parecía desterrado (dormido en el mejor de los casos), gracias a lo que ellas consideraron en su momento una costosa labor de ingeniería social conyugal. Un cambio que siempre --en condiciones de estabilidad sentimental y convivencial-- acaba por manifestarse y que no deja de sorprender a quienes lo viven en primera persona. Al parecer no basta esta machacona y previsible repetición a lo largo de generaciones porque todavía sigue (y seguirá) entristeciendo y decepcionando a cientos de miles de mujeres.

Hombres: así, sin paliativos ni añadidos. Hombres y nada más. Ay, en fin, los hombres...

(continuará)


http://bajarsealbit.blogspot.com/2011/07/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad_31.html

viernes, 15 de julio de 2011

Vacaciones

El tiempo acaba imponiéndome una triste certeza: es poco probable que podamos transmitir las inquietudes y sentimientos más profundos a otra persona, cara a cara y en voz alta. Es necesario un clima, una preparación de los sentidos y de la situación que es difícil que suceda de forma natural y espontánea; y mucho menos que al otro lado encontremos una persona en nuestro mismo punto de disponibilidad. Aun así, se producen variables imprevistas que hacen que exista una predisposición mutua e inusual para expresar sentimientos íntimos, o por lo menos lo suficientemente estimulantes como para conseguir que casi se nos escapen a nuestro pesar. En realidad, las circunstancias ideales y propicias sólo se dan cinco o menos veces en una vida.

Lo normal es que al hablar no sepamos expresar los mismos matices que tan bien suenan en nuestro pensamiento, que no encontremos las palabras adecuadas, que no nos tomemos el tiempo necesario para expresarnos. El resultado es una desincronía que requiere multiples contrarréplicas que arruinan o desvirtúan el objetivo de comunión de pensamientos. La gente dirá que exagero, que es posible un nivel de confianza (aunque reducido a unas pocas personas) que permite la confidencia: noches fundacionales, coincidencias maravillosas, hitos generacionales, momentos perfectos... Y es cierto, existen privilegiadas relaciones de confianza, lo admito, pero no las aprovechamos como deberíamos. Reto a los convencidos de antemano a que revisen mentalmente sus vidas y sus relaciones a largo plazo, las veces que realmente podrían decir que han revelado algún pensamiento íntimo que les llevara rondando por la cabeza previamente, y no me refiero a nada que tenga que ver con la pareja o las relaciones personales, sino a ideas y pensamientos propios, de cualquier clase... No más de cinco, estoy seguro. La palabra hablada es imperfecta, no llega al fondo de las cuestiones porque no hay tiempo, no hay vocabulario, no hay orden, no hay sintonía mutua...


La escritura, en cambio, no requiere de tanta concurrencia de elementos: basta la propia predisposición interior, orden en las ideas y comenzar a teclear. El lector, por su parte, se aviene a escuchar cuando decide ponerse a leer. Aunque sea de forma diferida, existe sincronización de almas y pensamientos, existe, en una palabra, comunicación. En eso la escritura supera a la palabra hablada. Escribo porque la escritura me permite expresarme sin demoras ni tener que buscar, propiciar o preparar el ambiente. Escribo porque no puedo esperar. Escribo porque necesito expresar con precisión las cadencias que impone mi pensamiento.


Quizá espero demasiado de la comunicación interpersonal y deba conformarme con ese sucedáneo que es la emoción silenciosa
, la certeza íntima experimentada por separado y en paralelo junto a otra persona sin necesidad de decir nada. El silencio intenso, puede que las lágrimas; pero no es suficiente...

 

Ha llegado el momento de salir de vacaciones. Aparte de este texto que me salió del tirón el otro día, no tengo recomendaciones muy distintas de otros años: desconexión, descanso, reflexión, curiosidad y un cuaderno siempre al lado por si hay alguna idea que anotar...

Las lecturas para estas vacaciones son 1Q84 de Murakami, con la que llevo bastante tiempo sin conseguir renunciar a ella, y los Cuentos de Hemingway (recurrir a ellos cada tanto es la mejor manera de recargar ideas y depurar el estilo).

Termino con mis habituales píldoras audiovisuales previas a la partida: la primera es Puerto presente, de Macaco & Fito, una canción de la que no consigo despegarme; y The flood, el regreso de Take That, una canción ñoña cuyo vídeo promocional expresa a la perfección lo que comercialmente debe ser el regreso de un has been.





Nos leemos a la vuelta!!!!!

miércoles, 6 de julio de 2011

Teorías convenientes para mi mentalidad: 2. La invisibilidad no sincronizada y la doble decepción masculina

1. Las fases en una relación de pareja

Los hombres y las mujeres acaban volviéndose invisibles, pero lo hacen en momentos y por causas muy diferentes. Los hombres desaparecen cuando nace su primogénito. En ese instante la madre comienza un proceso de transferencia hacia el recién nacido que deja al hombre prácticamente a oscuras. También en ese instante, las madres descubren, con el fruto de sus entrañas en los brazos, que ahí tienen el amor incondicional e indefraudable que han anhelado siempre y que ningún hombre supo (ni sabrá, eso lo comprenden entonces) darles. Esa es la primera decepción masculina. El paso de los primeros años confirma que es cierto: se derriten al comprobar que su sola presencia basta para colmar los deseos de su rorro, que tienen la última palabra en un montón de decisiones domésticas, que son las que mejor pueden satisfacer sus necesidades y, por si todo esto no bastara, el vínculo genético les parece inmodificable de por vida. Ahí culmina la invisibilidad masculina, como resultado de la primera decepción. Los hombres invisibles quedan en segundo plano como meros ejecutores de órdenes, descienden un peldaño en el escalafón y, en casos extremos, quedan apartados de la toma de decisiones. Algunos hombres interpretan esta situación como una amenaza, una especie de expulsión forzosa del mercado de las relaciones, por lo que reinvierten su invisibilidad y entran por otra puerta.

La segunda decepción se produce hacia el quinto año de vida del primogénito, cuando a ella le resulta evidente que el hombre se escaquea todo lo que puede de las tareas domésticas y del cuidado de los hijos. Las vacaciones de verano y el incidente de la cervecita playera suelen ser un desencadenante habitual: la familia disfruta de la playa con amigos y/o familiares diversos; es la hora de comer del bebé, aunque demasiado pronto para los mayores. El hombre, que lo sabe, prefiere quedarse tomando una cervecita con sus iguales, así que ignorará el tema hasta que sea ella quien asuma la responsabilidad de llevárselo para darle de comer y ocuparse de la enojosa logística del bebé ella sola. Finalmente, sin la obligación de supervisar al bebé y a la madre, puede irse a tomar esa cervecita con los amigos sin preocuparse de nada más. Conoce perfectamente el significado de la mirada fulminante que ella le ha lanzado mientras se marchaba, pero le da igual; no puede evitarlo.

Las mujeres se vuelven invisibles décadas después de los hombres, por simple deterioro físico, cuando la gravedad ha realizado su trabajo. Es una consecuencia de la exigencia social (masculina) que hace que la mujer deba estar (o parecer) siempre joven y atractiva. Llega un momento que no es posible cumplir o retrasar este requisito, y entonces es cuando se accede a la invisibilidad. El síntoma definitivo es cuando otras más jóvenes son las que atraen las miradas masculinas. Una vez superada la transición (a veces dolorosa y traumática en mujeres particularmente bellas o que han basado su éxito en el aspecto externo) se abre la posibilidad de una etapa de bienestar y tranquilidad personal, sin las interferencias que provoca la obligación de estar siempre perfectas ni los cortocircuitos (a veces cargantes) de los deseos masculinos.

(continuará)


http://bajarsealbit.blogspot.com/2011/07/teorias-convenientes-para-mi-mentalidad.html

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