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jueves, 21 de enero de 2010

La información cotiza. ¿Y el conocimiento?

Todo parece indicar que los buscadores están dispuestos a pagar por incluir determinados resultados (mejor si son exclusivos): Twitter ha llegado a un acuerdo con Google y Microsoft para gestionar datos de esta red social en sus páginas. Eso significa, en corto y claro, que Twitter hará negocio con los contenidos generados por sus usuarios (o con la información que han facilitado en sus perfiles). Por eso modificó las condiciones del servicio en agosto de 2009. Los usuarios/consumidores dados de alta, sin saberlo, estamos generando beneficios a cambio de 140 caracteres (y de la gratuidad del servicio, no lo olvidemos). No tenemos que hacer nada, la mera existencia de nuestros perfiles personales nos valoriza como mercancía. En un mercado donde las búsquedas se consolidan como la principal actividad (después del correo) del internauta es cuestión de obtener ventajas competitivas por contrato. Llega el momento de poner fronteras al inmenso contenedor de datos en el que todos los buscadores escarbaban sin preocuparse del resto.

Algo muy parecido sucede en la blogosfera: cada vez más se abren blogs de blogs (algo así como una combinación de lector de feeds con sugerencias editoriales) dedicados a reunir, seleccionar, ordenar y extractar los contenidos que los innumerables blogueros cuelgan por pura emanación creativa y sin ánimo de lucro. Estas webs obtienen contenidos gratuitos (no deben mantener un equipo de redacción) y como tienen orientación comercial se supone que atraen más visitas y al bloguero anónimo le resulta atractiva la posibilidad de dar a conocer su trabajo (yo estoy metido en dos: MoviePilot y Paperblog). El lado oscuro de este invento es que el bloguero puede pasarse toda la vida haciendo su contribución que no verá ni un duro a cambio; es más, nadie la echará de menos si deja de hacerla porque hay otros cien mil para escoger. Sólo unos pocos serán capaces de distinguirse como autores gracias a su estilo, la audacia del tema o el contexto en el que se realiza. El bloguero es un chollo como proveedor de contenido. Mi pregunta es: ¿existe una alternativa al señuelo de los contenidos a cambio de una probable notoriedad? Lo cierto es que sin un dato o acontecimiento ajeno al mundo virtual que nos sitúe en el mapa (ganar un concurso, hacer política, escribir un best-seller, estar implicado en un juicio, casarse con un famoso/a...) no hay forma de conseguir que nadie se plantee pagar por tus textos. Para los que no pertenecemos a los elegidos, los blogs de blogs son nuestra única esperanza.

Esta misma pauta de obtención de contenidos gratis explica la resistencia de las cadenas de televisión a abandonar una telerrealidad con evidentes síntomas de agotamiento: son programas baratos en los que basta con acotar los espacios de filmación y enchufar las cámaras; los contenidos los generan por emanación de garrulismo quienes se prestan a la pantomima (un concurso, una selección de candidatos, un experimento...). Incluso se puede complementar con debates en los que los familiares y algunos expertos en banalidades analizan y comentan lo sucedido. Es la forma más barata de llenar horas y horas de la parrilla, la mejor estrategia para estos tiempos de contracción inversora.

Está claro que el conocimiento no es rentable, la información banal, en cambio (al menos potencialmente), sí lo es. Los textos que cuidadosamente dejamos caer en nuestros blogs no valen nada, pero saber si vives en Barcelona, te gusta el cine o tienes hijos en edad Disney establece tu cotización de inmediato.

Al otro lado del monitor, Rupert Murdoch continúa su prometeica lucha contra la tendencia general que apuesta por los contenidos gratuitos, defendiendo el modelo de negocio tradicional: el pago a cambio de información avalada por profesionales. El objetivo no es otro que rentabilizar las versiones digitales de sus diarios: harto de los gurús que han provocado que el usuario/consumidor piense que todo es gratis en Internet, y harto también de que los buscadores puenteen el acceso a sus webs, negocia un acuerdo en exclusiva para que sólo uno (Bing) devuelva contenidos de las ediciones digitales de sus periódicos. Eso implicará que al resto tendrá que impedirle que indexen los contenidos de sus webs (en principio no dejando pasar al spider), u obligarles a que dejen de hacerlo. ¿Será tan fácil como escribirlo?

Murdoch lucha por mantener a flote el modelo de pago a base de estrategia, pero todavía hay muchos que optan por la misma causa demonizando con el mismo exceso de ideología que sólo detectan en el enemigo, son los fundamentalistas del capital, para quienes todo lo que huele a gratis es una hidra venenosa que es necesario erradicar, porque eso les devolverá al paraíso del mercado perfecto, en el que el usuario/consumidor calla y paga:

«La verdadera revolución no viene de la mano de las redes sociales, sino de la aplicación asesina de mayor éxito en Internet: los portales P2P. O del disfrute online de todo tipo de contenidos, empaquetados por nuevos intermediarios. Un modelo que consiste en intercambiar archivos gratuitos que otros hicieron trabajando e invirtiendo su dinero. Hasta ahora, el mercado tiene dos caras que se equilibran: los que pagan y los que no. El día en que se generalice a escala planetaria la gratuidad se acabará la información contrastada, las buenas películas, series y música. Éstas surgen de un esfuerzo que no se puede traducir más que en rentas de trabajo y en beneficios empresariales.

»La sociedad amateur, la free culture de Lessing o la free economics de Andersson son un sueño imposible, que se está convirtiendo en una nueva religión con excesiva ideología. Los contenidos financiados solamente por publicidad y los autogenerados por los usuarios sin lucro no pueden sustituir al conjunto de los medios de comunicación y a las industrias del entretenimiento al mermar drásticamente sus recursos. Se abrirá claramente una brecha entre contenidos low cost y premium. Al igual que ahora, unos los pagará la publicidad y los otros directamente los usuarios-consumidores. Mientras tanto, la web 2.0 no da beneficios, y ya se habla de la web 3.0. Otros ponen el prefijo 2.0 a todo porque está de moda, esperando que caigan las nueces sin varear la noguera»
.

Está claro que el modelo de contenidos proporcionados por aficionados o no profesionales no genera suficientes ingresos, por eso asistimos a una revalorización de la información: negociar --gracias al prestigio adquirido dentro y fuera del mundo digital-- acuerdos que permitan obtener ingresos de unos contenidos gratuitos que, hoy por hoy, generan tráfico pero no ingresos. O si no, reunir datos únicos (como los datos personales de millones de usuarios/consumidores de las redes sociales) que otorguen ventajas competitivas a los buscadores que los manejan, y quizá de paso negociar con empresas que nos pondrán en el punto de mira de su bombardeo publicitario. Igual que hemos descubierto de la forma más dolorosa que los ejecutivos de Wall Street no saben de nada que no sea llenar sus bolsillos, poco a poco se va extendiendo la opinión de que no existe una teoría económica especial para los negocios digitales, y que las estrategias y los ciclos son idénticos a los del mundo físico. El caso Amazon y otros casos similares no parece afectar a más de un tecnócrata visionario que sigue empeñado en dar con el atajo que le haga millonario de golpe.

La contradicción entre libertad y negocio es insuperable: la rentabilidad sólo se consigue a base de fronteras, ya sean tecnológicas (tecnologías esclavas) o de la información (exclusivas por contrato). Aun así, es fundamental que los tecnócratas asuman que existen y existirán parcelas en Internet (debido a sus orígenes universitarios) de las que será imposible erradicar la temida free culture (por mucho que les reviente a trasnochados neocon como José Mª Álvarez Monzoncillo), y habrá que tolerarlas como si de una reserva digital de la digitoesfera se trataran. Al otro lado, los idealistas y los populistas también deberán asumir que (herencia de sus orígenes militares y su apertura a la iniciativa privada) habrá inmensos territorios dedicados al negocio puro y duro, y será inevitable que se reproduzca en ellos el mapa de las desigualdades geopolíticas que observamos en el planeta.

Para los neocon Google es la agencia de publicidad más poderosa del mundo; para los idealistas la encarnación digital del sueño renacentista. No debe extrañarnos que en este debate las posturas parezcan tan irreconciliables.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/01/la-informacion-cotiza-y-el-conocimiento.html

martes, 12 de enero de 2010

La soltería: nueva filosofía política

La soltería es la nueva filosofía política: ha logrado sustituir con éxito a sus predecesoras, como la revolucionario-contestataria de los setenta, la neocon de los ochenta y la bohemio-burguesa de los noventa. Lo curioso es que, a diferencia de sus competidoras, la soltería propone una praxis social cuyo objetivo es salir de ella. No se trata de culminar ningún sueño --un mundo igualitario y justo, un mercado perfecto y desregulado, la conciliación de todas las contradicciones--, sino de poner fin a una pesadilla que impediría completarse.

En los ochenta, las perversiones y vicios varios que se escoraban peligrosamente respecto al desierto oficialmente programado encontraron una denominación políticamente correcta que las hacía tolerables: eran las «parafilias»; en los noventa alguien advirtió que esta concesión a la dignidad conceptual no hacía justicia a algunos de sus contenidos, que por entonces abandonaban la clandestinidad o los prejuicios y se mudaban al discurso legislativo-social mayoritario, así que desde entonces fueron etiquetadas como «grupos de afirmación». Estas respetuosas comunidades han mutado una vez más y --ya en el siglo XXI-- han alcanzado el estatus de nuevos credos urbanos, el máximo permitido desde un punto de vista cultural. La soltería es hoy una religión: depende del contexto o de la fe; por eso unos la sobrellevan como un estigma y otros hacen de ella un arte, un puro exhibicionismo, un estilo de vida donde no queda espacio para la duda o el arrepentimiento. Pero no, la soltería es algo más que un sistema de creencias, también es una filosofía política porque pretende modificar el mundo, aunque sólo sea la parte más cercana que nos rodea.

Hoy ser soltero, o haber sobrevivido a una ruptura de pareja, proporciona mayores ingresos, multiplica el tiempo de ocio y aumenta el nivel de consumo sibarita. Si además no arrastras una mochila emocional te conviertes en el santo grial de la mercadotecnia. Las actividades organizadas específicamente para singles (el grupo de afirmación por excelencia, aunque sólo sea por su elevado número) ponen invariablemente el acento en la esperanza de miles de personas que esperan encontrar a su media naranja en encuentros diseñados para fomentar una suspensión temporal de todas las barreras a una posible relación. Puede que no sean tan expresivos ni lo exterioricen con el mismo entusiasmo que fieles evangelistas, pero en su interior resuena esa vocecita que mantiene viva la ilusión de un encuentro que les catapulte o les devuelva a la elite de los emparejados (el segundo grupo de afirmación en número, pero con un prestigio social indudablemente superior al de los solteros).

Es entonces, con la pareja agarradita de la mano y el acceso legítimamente garantizado a cenas de parejas en los que experimentarán el placer de segregarse por sexos y temas de conversación, cuando los nuevos miembros de la comunidad podrán dedicarse sin complejos a la fabricación del recuerdo perfecto: se hace para poder recrearlo ante amigos y conocidos, especialmente los que aún no han terminado su viaje por el purgatorio de la soltería, y para disfrutar narrándolo con todo lujo de matices, divertidas paradojas, encantadoras moralejas y significados únicos, igual que la relación a la que han dado lugar. En realidad, tras esa tramoya argumental, de una forma mucho menos ordenada y bella, y sólo para deleite íntimo, no transferible, lo único que ha existido es una serie no reconocida de placeres egoístas experimentados en paralelo y, con suerte, simultáneos: el vértigo de la novedad, el mareíto de los cócteles, los primeros síntomas de desinhibición, la interpretación --ante un desconocido excitante-- de nuestras mejores ocurrencias y anécdotas, la electricidad de los escarceos iniciales... Algo así como una tormenta perfecta de los sentidos, con la ventaja de que en cada ser humano es un ciclo que debe repetirse y, por tanto, asegura a los actores del lado de la oferta un yacimiento inagotable de usuarios/consumidores.

En cambio, para los que hacen de la soltería un elemento fundamental de su identidad, el rasgo más destacable de su conducta es el proselitismo orgulloso ante quienes la abandonaron en su momento. Una extraña alegría interior les embarga cuando asisten a pequeñas escaramuzas y tensiones de pareja en supermercados, tiendas de regalos en fechas navideñas, viajes organizados, reuniones mixtas de solteros y emparejados... Exhiben sin pudor su libertad para cambiar de opinión sin necesidad de dar explicaciones, la posibilidad de renunciar a una cena sin tener que encontrarse mal, no tener que explicar su día de trabajo, ni comentar cualquier banalidad en los minutos de la basura del sofá o ver la tele mientras cena de pie como El extranjero de Camus... En definitiva, hacer ostentación del cambio, de la eterna posibilidad de experimentar primeras sensaciones de nuevo, narrar o interpretar excitantes conversaciones para iniciados ante emparejados que desempolvan de este modo sus propios recuerdos de la soltería...

Las artes narrativas han utilizado a estos solteros fundamentalistas para apalancar determinadas advertencias sobre los riesgos de la soledad, amenazando a la vuelta de cualquier fracaso emocional o tras la mera acumulación de encuentros superficiales. No es que la sociedad contemporánea censure semejante praxis basada en encuentros fugaces (por lo general tendentes y limitados al contacto sexual), al contrario, se considera una etapa vital necesaria y recomendable para afilar las herramientas de seducción y filtrado mientras no aparece El/La Definitivo/Definitiva. Cuando lo coyuntural amenaza con convertirse en estructural es cuando asoma el soniquete moralizante, el arrepentimiento después de tanta frivolidad y sentimientos derrochados, la nostalgia de una seguridad emocional y hogareña, el inexplicable deseo de anclar la propia existencia a otra. Pocas veces nos atrevemos a mirar el sol sin protección, dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias de semejante actitud, a desear que se convierta en realidad ese mundo feliz que describió con valentía Aldous Huxley. La posibilidad de una humanidad compuesta por seres que afrontan una cuota de soledad establecida por decreto nos provoca un vértigo mayor que una realidad hecha de soledades aún más radicales, experimentadas con dolor porque son encaradas como algo pasajero (cuando en ocasiones no lo son). Mientras haya quien sobreviva de esta manera no necesitaremos cambiar nada.

http://bajarsealbit.blogspot.com/2010/01/la-solteria-nueva-filosofia-politica.html

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