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domingo, 18 de octubre de 2009

La miseria de la tecnocracia: 3. La cultura humana

La miseria de la tecnocracia: 1. Los Señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno
La miseria de la tecnocracia: 2. La Galaxia Internet

Quería continuar la serie de miserias tecnócratas con un libro que incorporara el punto de vista de un humanista, y creía haberlo encontrado en La cultura humana (2009) de Jesús Mosterín. Pero no ha sido así. La obra es un mero compendio de actividades humanas al más puro estilo erudito-enciclopédico, algunos interesantes por desconocidos, curiosos otros, innecesarios a medida que se acumulan durante la lectura y cargantes hacia el final. La cultura humana es la típica obra de senectud de un filósofo de primerísima fila que, en la etapa final de su producción, aprovecha su inmenso bagaje de lector e investigador para exponer --en libros con clara vocación de manual-- todo tipo de temas en un tono divulgativo. Estoy convencido de que se trata de un texto escrito de corrido, sin prácticamente recurrir a bibliografía escrita para documentar determinados capítulos.

A pesar de la decepción inicial, para los tecnócratas resulta útil e interesante el primer capítulo --el mejor del libro con diferencia--, y luego continúen con el 2, 3, 7, 8, 9 y 10. Por su parte, los curiosos de la cotidianeidad sin más pretensiones disfrutarán con el 4, 5, 6 y del 10 en adelante, una síntesis para no iniciados de toda clase de cachivaches, técnicas y costumbres humanas: desde los tipos de alcoholes e infusiones hasta el turismo y la historia de la bicicleta. Y es que a partir del décimo capítulo --dedicado a la escritura-- la obra se desliza por la pendiente de la mera descripción etnográfica, incapaz de levantar cabeza con un poco de síntesis o de mínima teorización. No hay un atisbo de conclusiones, ni de balance, ni de nada parecido; es como si el autor sintiera que ha culminado su labor de puesta en orden del vasto campo de la cultura humana y ya pudiera dedicarse a su siguiente libro divulgativo.

Por ser mi especialidad universitaria, leí con gran interés el capítulo dedicado al desarrollo de la teoría antropológica: a pesar de la palpable y parcial influencia de la obra de Marvin Harris como manual de referencia, es curioso comprobar cómo la mayoría de debates, problemas y teorías que monopolizaron mis dos últimos años en la universidad han sido desmentidos por el conocimiento científico, revelando los equivocados planteamientos y explicaciones de los antropólogos, y de paso reduciendo nuestras polémicas y críticas a simple cháchara de pedantes ociosos sentados al margen de los caminos de la realidad: el tabú del incesto (pp. 142-143); la distorsionada investigación de Margaret Mead en Samoa para refrendar las tesis freudianas sobre la represión de los adolescentes estadounidenses (pp. 135-136); el historicismo empirista de Franz Boas; el neoevolucionismo a ultranza de Leslie White; la interpretación densa [subjetiva, incontrastable y pedante] de la cultura según Clifford Geertz; el materialismo cultural del propio Harris; el funcionalismo británico; Marshall Sahlins y su feroz y retrógrado negacionismo de los factores biológicos (sin embargo Mosterín no menciona del mismo autor su desmitificador estudio de la «sociedad opulenta primitiva»: La economía de la Edad de Piedra de 1983); el fracaso de las posturas relativistas, evolucionistas, ecologistas y demás «ismos» de la teoría antropológica; el giro de los boasianos hacia la interpretación textual de la cultura (una vez culminada la desaparición de la humanidad primitiva contemporánea y la falsedad e ineficacia de toooodas sus teorías); el tránsito con cara de circunstancias de la mayoría de «expertos» hacia disciplinas aplicadas (arqueología, genética, sociología, neurobiología....). Un completo repaso que culmina en el rechazo de la epistemología científica, es decir, la conversión de la antropología en pura charlatanería de gente apoltronada en cátedras universitarias, dedicada a pontificar sobre la naturaleza humana sin salir de sus gabinetes, recibiendo estupendos sueldos del erario público y escribiendo acerca de temas en las antípodas de los retos y problemas del mundo que les rodea (y encima se los publican). Al releer sus biografías no he visto que ninguno de ellos se significara por su activismo en pro de la igualdad, la crítica contra el Sistema ahí-donde-más-duele o los Derechos Humanos, lo cual no impedía que al final de cada artículo o libro se reivindicaran como paladines de la justicia y se les llenara la boca con grandes y universales deseos para la Humanidad. Siento que, aparte de mi flagrante equivocación, fui estafado por mis profesores, cómplices de esta gran mentira disciplinar que ha sido la antropología de los siglos XIX y XX. Que conste en acta.

En cambio, los capítulos séptimo y octavo, dedicados a la comparación intercultural, la polémica entre etnocentrismo y relativismo, los memes, el problema de su alcance y variabilidad según el contexto de investigación (en comparación con la monosemia de los genes) y los grupos culturales, desvelan el que debería haber sido el proyecto paradigmático de la investigación antropológica, la ciencia normal que no fue porque la mayoría la ignoró por comodidad o conveniencia. Apenas recuerdo unas pocas clases dedicadas a los Human Relations Area Files, una base de datos --creada por varias universidades estadounidenses en 1949, e inspirada por los trabajos de comparación intercultural realizados por George Peter Murdock-- que en la actualidad incluye información acerca de casi 400 sociedades (pasadas y presentes) con la que es posible poner a prueba hipótesis sobre la cultura humana. Entonces no supe calibrar su importancia, pues estaba totalmente enganchado a los estudios sobre cine y, por extensión, al cine etnográfico.

Si la cultura humana --como la define Mosterín-- es información transmitida por aprendizaje social, sólo se puede considerar cultura aquello que reside en los cerebros humanos y es transmitido desde allí a otros seres humanos; o en todo caso codificado en soportes ajenos al individuo para que otros seres humanos no coetáneos ni contemporáneos puedan conocerla. Consecuente con esta premisa, la piedra angular en este esquema enciclopédico es la escritura, la herramienta que permite a los cerebros humanos trascender los límites de su espacio y su tiempo en la transmisión de información. El problema es la superficialidad descriptiva que lo llena todo. De la escritura pasa a las enciclopedias, luego a los diccionarios, las bibliotecas, el mundo editorial... Ámbitos todos ellos que el autor conoce bien y sin duda admira como bibliófilo, para acabar con un corta/pega de noticias sobre el Kindle y el Sony Reader que en el que incluye capacidades y hasta ¡precios! (p. 240). De ahí da el salto al mundo digital --con unos conceptos e ideas que no pasan de usuario/consumidor semiavanzado-- y a Internet, a la que sitúa --como cualquier tecnócrata-- en la cúspide de la pirámide de la cultura, la forma más depurada, eficaz y universal de codificación y transmisión de información cultural. Resulta decepcionante que el autor no haga el menor asomo de crítica, ni de aporte filosófico a todo este tema, cuando su obra precedente demuestra que está perfectamente capacitado para hacerlo.

Los capítulos dedicados a la tecnología (13, 17 y 18) no contienen nada aprovechable: una sarta de siglas y lugares habituales en historias de la informática y de Internet, narrados desde el punto de vista del autor como un usuario/consumidor de a pie, no desde la óptica crítica del investigador. Lo que más he echado de menos es una breve valoración de toda esa serie de hitos expuestos sin más, como si su mención bastara para hacernos una idea de su importancia. El que quiera una buena introducción crítica que lea el libro de Castells. Es posible que Mosterín no sea un tecnócrata, pero posee suficientes conocimientos para valorar determinados descubrimientos y usos de la informática desde un punto de vista social, histórico o filosófico; pero renuncia a hacerlo, da la sensación de que sólo le preocupa exponer «ordenadamente» los aspectos fundamentales de la actividad humana sobre la Tierra; y disfrutar autolimitándose a un tono divulgativo que desciende muchos enteros respecto a lo que nos tiene acostumbrados.

Los humanistas no estamos tan cerca de la tecnocracia como creemos, aún está por llegar ese texto capaz de encarar sin mitificaciones ni exageraciones los constantes nuevos usos de la tecnología, quitar el IVA a las ensoñaciones de los expertos y determinar de forma verosímil el alcance de la variable tecnológica en una jerga comprensible por humanos. En este proceso de aproximación, el libro de Mosterín --dirigido casi en exclusiva a doctores y licenciados en filosofía y letras y humanidades-- es un rodeo innecesario.

domingo, 4 de octubre de 2009

Agoreros trascendentales (La sociedad de la ignorancia y otros ensayos)

He leído hace poco La sociedad de la ignorancia, compuesto por tres ensayos de Antoni Brey (tecnócrata humanista), Daniel Innerarity y Gonçal Mayos (ambos filósofos de la vieja escuela) en los que cada autor ofrece, desde su estilo y perspectiva, un panorama entre pesimista y admonitorio acerca de los peligros a los que nos abocamos por culpa de nuestras malas prácticas digitales. Además, cada uno propone su adjetivo para la definición de turno (los tecnócratas son casi tan prolíficos como los filósofos y humanistas en esto de etiquetar conceptos y teorías con nombres atractivos y chocantes): Brey habla de Ignorancia, Innerarity de Desconocimiento y Mayos de Incultura. Tanta similitud semántica puede hacer pensar que la coherencia temática es una de las preocupaciones primeras del libro, pero no es así: se trata de tres reflexiones superficiales que desembocan en el mismo punto --la denuncia de unos cuantos errores y algunas amenazas-- desde puntos de partida incomparables. Cada cual pone el acento en el concepto que le resulta más conocido, atractivo o útil, pero siempre sucumbiendo a ese tono de grave advertencia tan caro a todos los tecnócratas.



Imagino que la longitud de cada texto venía determinada de antemano por los editores, pero precisamente por eso uno espera algo más que una declaración de intenciones o una retahíla de posibles nefastas consecuencias ante nefastos peligros. Los tres ensayos son un aviso a navegantes escritos desde el implícito convencimiento de quienes están seguros de tener la razón a pesar de todas las apariencias en contra; mientras que los lectores, gobernantes y demás agentes del mercado digital están equivocados. Cuesta aceptar puntos de vista tan poco argumentados, y más teniendo en cuenta que el usuario/consumidor de a pie ignora avisos mucho más acuciantes en temas más cercanos, como por ejemplo el cambio climático (todavía hay quien cuestiona su existencia como consecuencia de una actividad humana poco respetuosa con el medio ambiente). Si esto es así qué caso harán en temas mucho abstractos, llenos de jerga neotécnica. Con las pocas ganas de leer que hay ahí fuera...

Como aperitivo, Brey propone una curiosa teoría de la historia en la que la variable informacional es el único elemento que cuenta:

1. Aparición del lenguaje
2. Aparición de la escritura
3. Aparición de la imprenta
4. Aparición de los medios de comunicación y de la cultura de masas


Un poco tendenciosamente simplificador ¿no? Para un consultor como Brey, es lógico que acontecimientos tales como la agricultura, las guerras de religión, la revoluciones sociales, las ideologías, los inventos, los descubrimientos y demás imprevistos sean meras fruslerías que en nada afectan a la evolución humana en la Tierra («rugosidades y ecos» las denomina). No es que carezca de coherencia interna, ni de utilidad para su razonamiento posterior, pero sobraba ese reduccionismo de toda la historia a un simple flujo informativo.

Sobre los ensayos, sus hilos argumentales resultan de sentido común: para Brey el crecimiento exponencial de la información nos provoca parálisis y rechazo ante la evidencia de no poder atenderla debidamente. Preferimos lo sencillo, la satifacción inmediata, y por eso --en la práctica-- nos volvemos más ignorantes. Brey olvida que no todo el mundo está igualmente capacitado --ni siquiera con la tecnología más moderna-- para hacer un uso avanzado de la información. La Sociedad del Conocimiento a la que aspira (como la gran mayoría de expertos) es una utopía (inalcanzable por definición), una meta siempre virtual que sirva de acicate para conseguir mejoras parciales. La Sociedad del Conocimiento nunca podrá encarnarse en una realidad sociohistórica. Que los poderes públicos, los agentes del mercado, la comunidad científica, la incorporen a su actividad es una tendencia deseable; pero a la inmensa mayoría de usuarios/consumidores les basta con el entretenimiento.

El texto de Innerarity es el más pedante de todos: para revestir de modernidad su jerga de filósofo, incorpora la tecnología y sus retos --hoy tema estrella del mundo intelectual-- a sus reflexiones, también muchos conceptos (reliable knowledge, science-based ignorance, unknown unknows) y gran cantidad de paradojas. Para Innerarity lo importante no es el saber (ni su calidad), que es lo que preocupa y denuncia a los falsos expertos, sino el no-saber. Este detalle tan sencillo y crucial (basta con darle la vuelta al calcetín), en el que sólo pensadores como él han reparado, es la clave del problema. Según este filósofo nos enfrentamos a graves problemas para gestionar el desconocimiento y a una seria amenzana democrática; pero no hay que preocuparse, no se trata de problemas «reales», ya que la solución es puramente epistemológica: «desarrollar una cultura de la inseguridad, que no perciba el no-saber como un ámbito exterior de lo todavía no investigado [...] sino como algo constitutivo del saber y de la ciencia» (p. 47). Menos mal, yo pensaba que los políticos y los tecnócratas tendrían que actuar. Creía que el no-saber es una realidad estrechamente relacionada con el fracaso escolar, con los insuficientes recursos públicos para educación, y que esas eran las causas del desconocimiento contra el que alerta. Pero no, todo se reduce a un cambio en la forma de percibir el entorno, en olvidarnos de las seguridades y en convivir con lo inseguro. En realidad es la típica metodología del intelectual analógico: abordar un probrema de moda, rellenarlo con citas de autores y títulos recientes, añadirle una pizca de lenguaje paradójico y luego dejarlo todo como está.

Mayos, por su parte, hace una recapitulación de las obviedades anteriores (es el único que cita a los otros dos), disponiendo los mismos conceptos de otra manera para que destaquen aún más: crecimiento «malthusiano» de la información, aumento del poder de los expertos y desinterés de la mayoría por todo lo que no sea descargar, gratis y sexo. Su principal preocupación es que la incultura generalizada que amenaza a la población empobrezca nuestras democracias, como si la baja calidad democrática que padecemos hace tiempo fuera una mala digestión de las tecnologías digitales, en lugar de una pauta visible desde mucho antes de la eclosión del fenómeno digital: abtencionismo electoral creciente, partidos políticos organizados de forma dictatorial, abandono de discursos accesibles, pérdida de vista de los problemas cotidianos, corrupción... ¿Hace falta que siga?. No, señor Mayos, tras el crecimiento exponencial de la información (es cierto, en su mayoría inútil y/o errónea) se encuentra el acceso del usuario/consumidor a los mismos canales de distribución informativa de los que antes gozaba en exclusiva la élite intelectual (hoy invadida por recién llegados sin prestigio) que se escandaliza ante el espectáculo indecente de la dilapidación de la información.

Recapitulemos: la información es la mercancía que manejan los consultores, asesores, gurús, expertos y demás tecnócratas, así que en sus reflexiones y teorías necesitan valorizarla al máximo para venderla a buen precio. Si la información abunda en exceso se devalúa su cotización en el mercado, y por eso están acojonados ante la posibilidad de que cualquiera pueda fabricarla. Buenos conocedores de los entresijos de la teoría de la escasez económica, no les precocupa la calidad, porque eso no influye en el valor final, sino la cantidad. Y por la misma razón, el momento actual --rebosante de una confianza ilimitada en las posibilidades de negocio de las novedades tecnológicas-- siempre lo describen como la culminación de un proceso que derivará (si les hacemos caso como expertos que son) en una nueva Edad de Oro de la Humanidad en la que la tecnología se pondrá al servicio de nuestras vidas para hacerlas más felices. Me sorprende esa tendencia --en personas tan doctas, políglotas y leídas-- a dejarse llevar por un estilo tan trascendente (y apocalíptico en ocasiones) cuando podrían ofrecer datos y tendencias estadísticas. Igual que se toman tantas molestias en poner límites en sus presentaciones de proyectos, llenos de cláusulas y contextos de validación, ¿no podrían hacer lo mismo con sus predicciones? ¿No podrían ser un poco más amenos y un poco menos agoreros?

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