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viernes, 20 de marzo de 2009

¿Para qué comprar un tocadiscos si sólo puedo escuchar música medieval?

Me entero por un amigo que unos grandes almacenes comienzan a vender el hardware para leer libros electrónicos. Después de la conversación, me pongo a reflexionar --una vez más-- sobre el futuro de la industria editorial: en este mundillo (como sostiene mi amigo, que para eso está metido en el ramo) las novedades son el caballo de batalla porque ahí está el negocio. Sin embargo, con los libros electrónicos, debido a la incertidumbre ante las perspectivas acerca de su viabilidad, únicamente ofrecen obras libres de derechos o cedidas expresamente porque su vigencia no supone una amenaza de pérdida de ganancias; de esta manera se evitan problemas sin que cueste prácticamente nada la inversión. Desde el punto de vista del usuario/consumidor la cosa se ve muy diferente; y en esto de nuevo mi amigo la clava cuando resume el problema del libro electrónico tal y como se está planteando: "¿para qué comprar un tocadiscos si sólo puedo escuchar música medieval?". Quizá la primera fase del cambio de modelo consista en que el libro electrónico sustituya al de bolsillo, puesto que su precio es similar y no eclipsaría el negocio de las novedades. Eso supondría que las librerías dejarían de vender un 10% de lo que ahora facturan, por lo que sería altamente recomendable que abrieran una sucursal digital y ofrecieran ediciones de bolsillo electrónicas. Pero si eso lo hacen las librerías ¿qué les impediría hacerlo también a las editoriales? Ellas podrían vender directamente lo que editan en sus tiendas on-line. Pero si eso lo hacen las editoriales ¿que les impediría hacerlo también a los autores? El papel de distribuidor ha salido a subasta. Una vez en este punto, el debate entra en la misma vía y con idéntico posicionamiento respecto a discográficas y compositores; y no se puede decir que esta gente haya sacado mucho en claro, puesto que siguen a la greña tanteando fórmulas, renegociando porcentajes... Hay debate para rato.

En el negocio musical las discográficas se han lanzado --finalmente-- a vender canciones sin soporte físico. Pero si lo hacen las discográficas ¿qué les impide hacerlo también a los fabricantes de móviles (Nokia), a los ISP (Telefónica) o a los fabricantes de hardware y software (Apple)? Mientras el negocio no acaba de definirse, está claro que la música se ha devaluado, no sólo en cuanto a precio, sino a su consideración como bien cultural: hoy día es una especie de anzuelo para atraer tráfico a los sitios web, igual que las fotos de chicas guapas o las noticias relacionadas con el sexo; un gancho más para colocar los servicios que el usuario/consumidor sí está dispuesto a pagar más caros (ancho de banda, entradas para espectáculos, tecnología de uso personal...). La música que se vende por Internet es, en muchos aspectos, una mutación funcional de la publicidad. En la práctica, para los compositores las alternativas están muy determinadas por la audiencia y el grado de fama alcanzado: los que empiezan regalan su música o pagan por editarla; los que ya conocen un éxito incipiente se plantean cobrar una cantidad simbólica/asequible; finalmente, los consagrados preparan el lanzamiento de sus propias tiendas on-line que inaugurarán la era de los compositores-intérpretes-agentes-distribuidores. Por el camino quedarán discográficas reconvertidas en agentes (dedicadas a difundir las obras de sus representados) y distribuidoras transformadas en mayordomos culturales (ofreciendo servicios añadidos a la compra de música: selección de artículos, búsqueda de rarezas, mantenimiento de suscripciones, trato preferente....). En la frase anterior sustituyamos la palabra discográficas por editoriales y música por literatura y veremos que el significado de la parábola encaja igual de bien.

¿Qué le impide a un Saramago, a un Zafón, a un Coetzee, montar su propia web y vender sus libros en exclusiva desde ella? Si ahora obtienen 2€ por cada libro que venden en las librerías a 20€, bastaría con que los pusieran a 4€ para sacar el doble de lo que ganan ahora; y el usuario/consumidor tan contento porque se ahorra 16€. Todos ganan (excepto los intermediarios). De todo este lío, lo único que saco en claro es que los creadores han trabajado para las editoriales en unas condiciones muy precarias, y de pronto llega la tecnología para ofrecerles (un poco de rebote, es cierto) la oportunidad --a unos pocos elegidos-- de reequilibrar la balanza, incluso de prescindir de ella.

Está claro que no queda bien regalar libros electrónicos; aunque sólo sea por ese atavismo que requiere un objeto físico para depositar en las manos. Únicamente por convencionalismo social, la música y la literatura seguirán vendiéndose enlatadas. El problema es saber qué habrá más allá de la tienda de regalos una vez se asiente este vendaval tecnológico...

lunes, 9 de marzo de 2009

La miseria de la tecnocracia: 2. La Galaxia Internet

La miseria de la tecnocracia: 1. Los Señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno

«Los controladores conocen los códigos de la red mientras que los controlados los desconocen. El software es confidencial y propietario y únicamente puede ser modificado por su dueño. Una vez en la red, el usuario medio se encuentra prisionero en una arquitectura que le es ajena» (Manuel Castells, 2001:197).


El segundo libro de la serie es La galaxia Internet (2001) de Manuel Castells. Aunque su monumental trilogía La era de la información --compuesta por La sociedad red (1996), El poder de la identidad (1997) y Fin de milenio (1998)-- es su obra cumbre me parece que esta otra sintetiza mucho mejor la parte de su pensamiento que se ocupa el tema tecnócrata, especialmente sus repercusiones económicas. El que quiera darse baño de datos y teorías que se sumerja en la trilogía, eso sí, sabiendo qué es lo que busca, pues es una obra que desborda por su amplitud. La galaxia Internet, en cambio, es una guía más sintética con un objetivo muy parecido al libro de Echeverría pero renunciando explícitamente a las profecías a corto y medio plazo (una tentación a la que aun así acaba sucumbiendo).

El objetivo del libro es describir los usos que se hacen de lo digital, no especular con su esencia, aportando una gran cantidad de datos contextualizadores (de momento vamos bien). Eso sí, no renuncia a ofrecer la breve reseña de hitos tecnológicos que dieron lugar a Internet (ARPANET, las universidades, los RFC, los foros Usenet...) hasta culminar con el hipertexto y la aplicación que lo interpretaba de forma ágil y sencilla para el usuario/consumidor: el navegador --Enquire, Mosaic (luego convertido en Nestcape por razones legales), Explorer...--, un hito que al autor le resulta fascinante y sobre el que proyecta quizá demasiadas expectativas. Hasta llegar a 1995, año en que los usuarios/consumidores de todo el mundo que nada tenían que ver con el mundo académico ni científico descubrieron que había una red compuesta de redes abierta a la iniciativa privada. En este recorrido se detiene expresamente para resaltar que todos estos logros fueron posibles gracias al beneficioso entorno académico --con su ambiente libertario y creativo-- unida a una gran iniciativa individual [=privada], con la paradoja que suponía estar financiados por el poder militar. Dicho en corto: que los buenos de la historia son sus colegas, y los miopes las instituciones públicas y las empresas privadas, precisamente quienes ahora se benefician más que nadie de Internet. Con todo es un capítulo muy interesante y bien sintetizado, lleno de datos precisos que despeja mucha neblina de tópicos que circula por muchos libros del género. Recomendable incluso como lectura independiente.

En toda obra del género tecnócrata la nueva economía es el tema estrella, y el libro de Castells no es una excepción: tras un primer apartado dedicado a los cambios que introduce la tecnología en las empresas industriales (bastante lleno de tópicos y sin salirse del guión, como si fuera una presentación comercial), describe las mutaciones experimentadas por el capitalismo financiero en la era digital: el mercado electrónico fue una apuesta de las operadoras analógicas, las cuales levantaron redes privadas que permitían a sus clientes comprar y vender de forma electrónica y, por tanto, más rápida. El éxito de estas primeras redes --completamente cerradas y que nada tienen que ver con los protocolos ni la expansión del uso de Internet-- hizo que al final todo el sector entrara por esa vía, construyendo cada cual su propia infraestructura electrónica para operar sin tener que pasar por el parqué (la pionera fue Nasdaq, en 1971, razón por la cual ha acabado asociada a las empresas tecnológicas). Sin embargo, es un lugar común comenzar diciendo que Internet es, en parte, el resultado de un proceso que comenzó como la electronificación del mercado de valores, cuando en realidad se trata de dos fenómenos paralelos que sólo al final convergen por interés mutuo. A continuación entra de lleno en algunas de las causas del estallido de la burbuja puntocom (hacía apenas un año en el momento de publicarse el libro) y ofrece algunos elementos de reflexión que incluso valen para la actual crisis de confianza. Sólo mencionaré uno lo suficientemente ilustrativo: “¿Por qué importa tanto la tecnología de las transacciones? Porque reduce los gastos de las mismas en un 50% al menos [...] El resultado general es un incremento de la volatilidad del mercado, ya que la complejidad, el tamaño y la velocidad provocan un modelo de comportamiento de reacción rápida en los inversores que se sirven de Internet, lo cual conduce a una dinámica caótica y a intentos de adelantarse a las expectativas del mercado, en tiempo real. Así, tanto la transformación de las finanzas como la transformación de la tecnología del comercio financiero convergen hacia una mayor volatilidad del mercado como tendencia sistémica [...] Durante un período de casi una década, la diferencia entre el valor financiero de las acciones y las ganancias por acción ha aumentado considerablemente. Los datos empíricos demuestran que la valoración en bolsa de las empresas cada vez está más alejada de su valor contable” (pp. 102-103).

La caracterización de la nueva economía y sus ciclos es la parte a la que Castells dedica más esfuerzo teórico y de síntesis. Extraigo unas cuantas ideas-fuerza de enorme utilidad para orientarse entre tanta literatura tecnócrata:

1. La nueva economía no es una economía on-line sino una economía cuyo motor es la tecnología de la información (y su dudosa forma de valorarla contablemente según criterios de la economía industrial, todo hay que decirlo).

2. Se caracteriza por un incremento simultáneo de la productividad del trabajo y la creciente competitividad de las empresas como resultado de la innovación.

3. Innovación que se sustenta en tres factores: la creación de nuevos conocimientos en ciencia y tecnología, la disponibilidad de trabajo autoprogramable y de alto nivel educativo y la existencia de capital riesgo.

4. El motor de la
nueva economía son los mercados financieros y su alta expectativa de crecimiento de las acciones fruto de la una tecnología que se convierte en una ventaja competitiva crucial (y más cuando es exclusiva).

5. Unos mercados financieros que funcionan en red y actúan en tiempo real implica que su volatilidad es sistémica y no coyuntural.

6. La interacción permanente de los mercados financieros hace que estén fuera de control y se hayan convertido en una especie de autómata que no responde a una lógica económica estricta, sino a una complejidad caótica en forma de
turbulencia informativa en la que inciden condiciones macroeconómicas, decisiones políticas, cambios legales, estados de ánimo o (supuestas) anticipaciones tecnológicas.

7. El ciclo económico de la
nueva economía se caracteriza, a diferencia de los ciclos del capitalismo industrial, porque las fluctuaciones del mercado de valores están sincronizadas con el ciclo económico, ya que esas mismas fluctuaciones son las que determinan los ciclos de inversión e innovación.

8. En la
nueva economía una turbulencia informativa puede dar lugar a una espiral descendente que sacuda los mercados y rebaje las expectativas de ganancia. Semejante dinámica no se puede detener con mecanismos tradicionales de formación de precios, es necesario subvertir las expectativas a base de inyectar al mercado nueva información, esta vez de signo contrario, sobre buenas perspectivas de futuro.

9. El ciclo de
nueva economía que hemos experimentado en la primera década del siglo XXI ha sido posible gracias a las enormes expectativas depositadas en la revolución tecnológica de las comunicaciones y de la información.

10. La
nueva economía, a diferencia de la economía clásica, es más dependiente de la tecnología y de los flujos informativos que de la coyuntura económica.

Sobre la socialización a través de la tecnología digital y las comunidades virtuales (apenas un lustro después las denominamos redes sociales), en comparación con el capítulo anterior, pasa de puntillas; lo justo para desbrozar de tópicos un ámbito bastante desconocido en sus pormenores. Para estudiarlas adecuadamente sugiere tres fundamentos sobre los que construir conocimiento teórico al respecto: las comunidades estables basadas en la territorialidad y la proximidad física, tal y como las representan muchos expertos, son un mito que no ha existido nunca,; las redes sociales no amenazan ningún modelo de relación tradicional ni fomentan de manera especial el individualismo; la tecnología lo que hace es facilitar el establecimiento de relaciones débiles y frágiles, sujetas a intereses y afinidades personales y que no necesariamente se prolongan en el tiempo. Pocas veces las relaciones virtuales desembocan en el encuentro cara a cara, los que hemos frecuentado las webs de contactos lo sabemos hace tiempo.

En los dos capítulos siguientes se ocupa de la política pública y de la privada, aunque se empieza a notar que el contenido pierde fuerza y cede terreno a la simple compilación de información de fuentes diversas en lugar de elaboraciones teóricas o al planteamiento de hipótesis. Así, el capítulo 6 incluye dos apartados --uno sobre la iniciativa Amsterdam Digital y otro sobre la guerra cibernética-- que son claramente de relleno. Y algo parecido sucede con el dedicado a la privacidad, donde se lanza a enumerar casos y sucesos conocidos o a sintetizar un poco sobre la tecnología que amenaza la privacidad en Internet: pura jerga tecnócrata. No obstante, su análisis de las posibilidades reales de Internet para influir en la mejora de la calidad de las democracias es lúcida y acertada: en primer lugar Internet puede ser un problema antes que una ayuda para los políticos y las instituciones, puesto que es un canal que rompe con el esquema tradicional que ha dominado hasta ahora en las relaciones de poder y los medios de comunicación, basados en unos pocos emisores y muchos receptores (la radio y la televisión cumplen a rajatabla este requisito), mientras que Internet es de muchos emisores a muchos receptores y el control y la censura resultan imposibles. Asimismo, Internet también provoca que las actividades privadas se lleven a cabo sobre los mismos ámbitos tecnológicos donde se realizan las actividades públicas (a diferencia de la era analógica, donde lo público y lo privado se mantenían en canales bien diferenciados y segregados). La conclusión de Castells para este bloque es que la política en Internet quedará polarizada por el pulso entre gobiernos y movimientos libertarios por el control de la tecnología de encriptación: unos pretendiendo controlar el tráfico de las redes y otros protegiendo su privacidad.

El capítulo 7 está dedicado a la convergencia de la televisión e Internet en una misma pantalla, aunque --como el mismo Castells admite-- el ancho de banda y la escasa penetración (en el año 2001, no lo olvidemos) del ADSL en los hogares convertía este objetivo en una tendencia más que una realidad. No obstante su análisis, visto desde la perspectiva de 2009, resulta un baño de realidad bastante equilibrado y acertado: aparte del problema técnico y de madurez de mercado, el fracaso de esta convergencia en los noventa lo provocó la ceguera y la ambición de los conglomerados mediáticos que pensaban “que la demanda de ocio era ilimitada, y que esto era lo único que interesaba a los consumidores” (2001:219). Con todo, nadie se libra de meter la pata, y Castells asegura que los grandes diarios no tienen nada que temer ante Internet porque la credibilidad de la información pesará más que la gratuidad de acceso (p. 225) y por eso los principales cabeceras mantendrán sus suscriptores de pago on-line; exactamente lo contrario de lo que estamos viviendo hoy y que tiene contra las cuerdas a los diarios en papel.

A partir de este momento el libro pierde fuerza e interés rápidamente: los capítulos 8 y 9 (dedicados a la geografía de Internet y a la brecha digital) están anclados a la coyuntura tecnológica y social del momento, por lo que su valor reside únicamente en comprobar en qué ha acertado y en qué no. En todo caso, la acumulación de datos y el recurso mayoritario a una única fuente refuerza la idea de que se trata de bloques complementarios, de muy diferente calidad y profundidad respecto a los primeros. Al fin y al cabo, sus conclusiones sobre el teletrabajo y las razones que agrandan las diferencias digitales entre países, grupos sociales y etnias no pasan de lo obvio (lo cual no significa que no tenga razón en lo fundamental).

En definitiva, La Galaxia Internet revela las dotes de Castells como experto en economía, urbanismo y comunicación, pero también las dificultades que encuentra --como cualquier tecnócrata hijo de vecino-- para aventurar teorías que afectan directamente a la tecnología y los usos que hacemos de ella. Eso no quita que sea un libro muy recomendable para comenzar la inmersión en la Galaxia Tecnócrata.

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