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viernes, 19 de diciembre de 2008

Nuevo positivismo digital (IX): Nuevo colonialismo digital

Nuevo positivismo digital: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII


Resulta que en el Club de lectura de este mes nos toca leer El corazón de las tinieblas (1902) de Joseph Conrad, lo cual me ha venido muy bien por varias razones: la primera que se trata de un libro que leí demasiado pronto, del que apenas recordaba que me había gustado, pero poco más exceptuando el argumento central y la clásica imagen del barco cañoneando la selva africana. Gracias a la relectura he podido descubrir muchos y nuevos significados, todos ellos profundos y complementarios; pero no sólo eso, también me ha servido para constatar la imagen irreal y distorsionada de la mujer (estamos en 1902 y la sociedad sigue siendo fuertemente patriarcal) y el etnocentrismo que --a pesar del tono crítico general-- destilan las descripciones. Incluso me ha servido para darme cuenta del uso reiterativo y excesivamente grandilocuente de todo aquello que tiene que ver con África y las situaciones límite en las que se ve envuelto el protagonista, así como el fallido final, claramente mejorado por Coppola en su modélica adaptación (nunca mejor dicho) cinematográfica de la novela, Apocalypse now (1979). La novela denuncia sin ambigüedad el trato que recibía la población autóctona (esclavos considerados como simple fuerza de trabajo, una materia prima más proporcionada por la tierra), y aunque Marlow --el protagonista de la historia-- deja muy claro que todo eso le escandaliza (el propio Conrad sin duda fue testigo de situaciones parecidas cuando viajó al Congo en 1890) no expresa nada más allá del mero deseo de un trato más humano, ni se convierte a causa de ello en un revolucionario o un antisistema. Se limita a dejar constancia de una injusticia y procura pasar sobre ella sin empeorarla, pero tampoco sin impedirla (al fin y al cabo, como el resto de europeos, se sirve de los esclavos para manejar su barco). Es la misma actitud ilustrada del XVIII que estableció unos derechos humanos universales sin que de ello se derivara una denuncia del colonialismo ejercido por las grandes potencias occidentales. Buenos sentimientos sí, pero coherencia y praxis política bien poca.

Literatura y vivencias personales aparte, El corazón de las tinieblas es una de las primeras novelas que se atreve a retratar sin tapujos el expolio humano y natural que Occidente estaba llevando a cabo en África desde hacía decenios (expolio vigente en la actualidad, encubierto bajo la apariencia de acuerdos comerciales de dudoso beneficio mutuo). Y lo hace a través de la perplejidad de Marlow, un marino que se enfrenta a un entorno extraño, hostil y desconocido, habitado por europeos patéticos, avariciosos y crueles y una población indígena que produce pánico o lástima (según el contexto). La peripecia africana de Marlow, sin objetivos, prolongada durante meses, amenaza con provocarle un cortocircuito mental, del que no se libró Kurtz, un dictatorial y eficaz comerciante cuya figura y métodos le resultan fascinantes y repulsivos a partes iguales. Aun así, la vigencia de la novela de Conrad tiene más que ver con la calidad de la aventura que propone (un viaje a los límites psicológicos y sociales de un mundo que, para presentarlo hoy de forma equivalente, tendríamos que ambientar en otro planeta), y no tanto por la crítica de fondo. Lo único que en mi opinión no consigue transmitir la novela son los sentimientos encontrados que consumen a Marlow (el horror y la fascinación ante el poder omnímodo de Kurtz): todo queda en una serie de metáforas de tono cósmico y apocalíptico tras las cuales nunca asoma nada, ningún dato o acontecimiento que materialice esa transcendencia apenas intuida (aunque tan eficaz en lo literario). En ese sentido la prosa de Conrad funciona igual que en los relatos de H. P. Lovecraft en Los mitos de Cthulhu: la inminencia de un horror definitivo nunca concretado en algo tangible y sin embargo descrito con tal acumulación de desmesuras que luego, al no materializarse en su totalidad, produce un efecto de distanciamiento que enfría la tensión y defrauda al lector, justamente lo contrario de lo que se pretendía.

El corazón de las tinieblas, además de una aventura equinoccial del siglo XX, es la crónica cotidiana del expolio de un continente: los tipos humanos, los métodos, el trato degradante, despiadado y cruel, la negación de toda condición humana a la población indígena; en otras palabras, un manual acerca de cómo llevar a la práctica una política colonial orientada al enriquecimiento personal y al monopolio comercial. África era en 1902 un continente todavía desconocido (muchas zonas de interior continuaban siendo tierras vírgenes para Occidente), y adentrarse en busca de riquezas implicaba también la tarea de descubrir culturas y gentes completamente desconocidas. Si a eso sumamos las rígidas categorías mentales (firmemente ancladas en el evolucionismo unilineal) que incorporaba de serie el hombre occidental de aquella época --gracias al éxito popular de la obra de Darwin El origen de las especies (1859)-- estaba garantizado el cortocircuito mental, al que sucumbe Kurtz y por poco Marlow. En este punto la novela sí que acierta en lo esencial, al describir el choque mental que supone el descubrimiento de una humanidad inédita, regida por unos patrones diferentes a los propios, las consecuencias inesperadas que esto provoca y, sobre todo, la respuesta en forma de regresión a lo más instintivo y animal de la conducta humana. Una respuesta fundamentada en dos premisas autoimpuestas: que Occidente estaba destinado a imponer la civilización en esas remotas zonas del planeta, y que los pueblos que las habitaban eran tan radicalmente diferentes (en costumbres, en idioma, en actitud) que el ejercicio del poder absoluto era una tentación demasiado grande para no sucumbir a ella. El libro de Conrad describe de qué manera reacciona nuestro cerebro cuando todo a su alrededor le resulta incomprensible: el pánico a lo desconocido --potenciado en este caso por la codicia-- y una sensación de (supuesto) vacío racional que deja paso a la violencia como defensa. Esa es la principal aportación del libro de Conrad, la descripción de un choque cultural, también conocido como colonialismo.

Ahora pensemos en Internet como un nuevo continente recién descubierto para la humanidad en 1995 por un tal Berners-Lee. Aunque otros viajeros --militares, científicos profesores, estudiantes universitarios anglosajones-- ya lo conocían debido a sus actividades secretas y/o especializadas, hasta ese año no se abrieron sus fronteras para cualquier usuario/consumidor. De modo que sólo han pasado trece años desde entonces y, a pesar de la evolución imparable de la tecnología, el sentido común nos dice que apenas conocemos sus costas y los territorios adyacentes a las principales autopistas que lo atraviesan. Todavía quedan muchos parajes por conocer, yacimientos de negocio por explotar, materiales que transformar en riqueza (algunos lo llaman simplemente «nuevos mercados»)... Ahora imaginemos las webs comerciales, las sedes electrónicas de las multinacionales, las redes sociales, la blogosfera, los portales temáticos, como caudalosos ríos por los que se aventuran expertos consultores (los exploradores profesionales del siglo XXI) y simples usuarios/consumidores (personas como Marlow o como yo mismo) en busca de riqueza y de fama fáciles. Visto así, Internet es un continente que, hoy por hoy, se encuentra en pleno proceso de colonización para usos simples, miserables o lucrativos, dejando de lado --como suele ser habitual-- la oportunidad de aprovechar una tecnología para mejorar, por ejemplo, la calidad de nuestras democracias formales y representativas, compuestas hasta la fecha por elites y gobernadas bajo dictaduras de infinidad de expertos. En este sentido Internet no es una excepción: con todos los avances de la técnica (cinematógrafo, teléfono, televisión) ha pasado lo mismo: los usos que generan beneficios inmediatos son los que en la práctica se acaban imponiendo al resto, arrinconando otras posibilidades más filantrópicas. Así pues, no estamos ante un fenómeno inédito, y por eso El corazón de las tinieblas puede ser una guía útil para intuir por dónde irán los tiros en la colonización digital de Internet. ¿En qué se parecen ambos procesos? ¿En qué se diferencian? ¿Podemos extraer alguna lección? ¿Nos puede servir para estar prevenidos? ¿Vamos a repetir las mismas pautas y a cometer los mismos errores?

La tentación del poder absoluto sigue siendo la norma: los exploradores profesionales [consultores] sueñan con establecer monopolios comerciales gracias a tecnologías esclavas; y en esta carrera --como en África-- el primero que llega es el que se queda con la mejor parte. Por su parte, los nativos [los usuarios/consumidores, los geeks] que llegaron por otras rutas a los espacios que actualmente ocupan (vía foros Usenet y otras comunidades similares) poco a poco se van integrando en los circuitos comerciales que establecen los profesionales [las redes sociales]. Es curioso: igual que los negros fueron convertidos en esclavos los usuarios/consumidores alimentan hoy las webs sociales a cambio de nada; que se reconozcan formalmente sus derechos es un tecnicismo secundario.

¿Qué nos enseña la historia del colonialismo occidental? Pues que la violencia cada vez resultaba menos eficaz para mantener a raya los movimientos secesionistas. La primera en lograr la independencia fue la India (1948), y en los sesenta del siglo XX la mayoría de los países africanos. El expolio se sustituyó por acuerdos comerciales (preferentemente con el ex-colonizador), de manera que se respetaran formalmente los principios de fair-play comercial. Hoy podemos comprobar que se trataba de un engaño: África es un continente todavía más pobrecido que cuando accedió a la independencia, y la emigración y las pandemias hacen estragos entre su población. La pregunta es si Internet sufrirá una evolución similar. Teniendo en cuenta que los intereses comerciales son los mismos no hay que sorprenderse si al final del trayecto nos encontramos con un espacio originariamente público [Internet] cortocircuitado y peligrosamente distorsionado en sus principales flujos por los intereses de las empresas. ¿Exagero? Cada tecnología esclava que aparece en el mercado es un intento de monopolio sobre una parte de ese espacio virtualmente libre (en ambos sentidos) que es (o era) Internet. Cada red social que pasa de moda, desaparece o se integra en la «knowledge database» de una web privada con ánimo de lucro es una confirmación más de que las iniciativas sin estructura formal y sin financiación propia están condenadas al fracaso, como la Comuna de París. Eso no quiere decir que Internet pueda conocer una etapa de auténtica libertad (no caigamos en la tentación de suspirar por unos mejores tiempos pasados), en todo caso ha tenido un pasado mucho más desestructurado que el actual, y eso quizá ha contribuido a mitificar el espejismo de libertad que ha rodeado sus orígenes. En realidad la libertad realmente existente de la proto-Internet consistía en una serie de limitaciones técnicas que, una vez superadas, han estructurado la red (haciéndola más segura, es cierto, pero también más previsible) y más permeable al pelotazo enriquecedor.

Después de leer El corazón de las tinieblas sigo sin entender qué es lo que Marlow encontraba tan fascinante en Kurtz; del mismo modo que no consigo entender por qué las tecnologías esclavas se han convertido en la principal herramienta de negocio en la colonización de Internet. Lo único que se me ocurre es que Conrad, a pesar de la repugnancia que sentía ante el trato que recibía la población indígena, en el fondo seguía siendo un europeo que consideraba a Occidente el baluarte de la civilización, y que su deber (además de levantar una industria que generara beneficios) era exportar su moral, su división del trabajo y sus jerarquías sociales; y para eso piensa que --como hace Kurtz-- es necesario imponer primero la dictadura de la ley y ejercerla sin piedad. ¿Te sientes capaz de completar la metáfora?

jueves, 11 de diciembre de 2008

¿Y no será que confundimos el ciclo de la vida con el ciclo económico?

1. 28/07/2002: a propósito del estallido de la burbuja puntocom Joaquín Estefanía escribió en El País un lúcido texto titulado «La enfermedad moral del capitalismo» en el que hablaba del enorme escándalo que se montó cuando se hizo público que las auditoras más prestigiosas del mundo actuaban como juez y parte de aquello que auditaban:

«De Enron a WorlCom pasando por Andersen. En muchas de las compañías con problemas, la compañía auditora, la encargada de reconocer si los estados contables eran correctos, era Andersen, el patrón oro de las auditoras mundiales. Andersen ha comunicado a la SEC que a partir de ahora renuncia a auditar compañías que cotizan en Bolsa, [...] Estos escándalos contienen, como las muñecas rusas, distintos capítulos de responsabilidad y de conflictos de intereses: entre los Consejos de Administración y los accionistas; entre los accionistas y los ejecutivos; entre las empresas y sus compañías auditoras; en las auditoras, entre sus servicios de auditoría y de consultoría; en los bancos de negocios, entre sus servicios de inversión y los de asesoría. Fallan las murallas chinas. Se pone en cuestión la imparcialidad y la independencia de cada actor».

«Otro protagonista de lujo, afectado por esta monumental crisis de confianza, ha sido el banco de inversión Merril Lynch. Se conoció un correo electrónico interno del banco en el que algunos de sus analistas bromeaban sobre el nulo valor de unas acciones que oficialmente recomendaban. A continuación se supo que ello no era una excepción, sino que había multitud de casos en los que no existía separación entre las divisiones de análisis y de inversión de los bancos de negocios: tenían a las empresas como clientes, por una parte, y, por la otra, como objeto de análisis».

El diagnóstico estaba claro: «La autorregulación es la enfermedad infantil del capitalismo [...] Liberalización y desregulación conducen, como demuestra ab nauseam la última coyuntura, al abuso».

2. 07/12/2003: el mismo Estefanía remachaba su análisis con otro texto igual de inspirado, «Cuando el capitalismo pierde la cabeza», donde repasaba uno tras otro la serie de escándalos sobre abusos y delitos que afectaban tanto a gestores de fondos de inversión como a los principales responsables de las entidades que les debían supervisar. Es prácticamente un ensayo general con luces y vestuario de lo que un lustro después ha sucedido entre bancos, inversores y agentes inmobiliarios. Para explicarlo acude esta vez a Joseph Stiglitz:

«La regulación [...] impide a las empresas y al sector financiero aprovecharse de su capacidad de monopolio cuando la competencia es limitada; ayuda a mitigar los conflictos de intereses y las prácticas abusivas, de modo que los inversores puedan tener confianza en que el mercado proporciona un marco de juego limpio y que aquellos que dicen que actúan en defensa de sus intereses en realidad lo hacen así. Pero la otra cara de todo esto es que la regulación actúa en detrimento de los beneficios rápidos; por eso se han multiplicado los lobbys autorregulación. [...] Los escándalos generalizados han derrumbado estrepitosamente los fundamentos intelectuales de la economía del laissez faire: la creencia en que los mercados se bastan a sí mismos para manejar con eficacia, no digamos con justicia, toda la economía. En su último libro Los felices noventa, concluye: "El mantra de la desregulación se ha revelado como una trampa que, lejos de llevarnos al grado de regulación más adecuado, nos ha conducido a la supresión irreflexiva y sin más de todo mecanismo regulador. Nada tiene de casual que el origen de tantos problemas de los felices noventa se remonte al momento en el que se desregularon sectores como el de las eléctricas, telecomunicaciones o finanzas... Las economías de mercado no se autorregulan, son zarandeadas por golpes que están fuera de su control, tienen tendencia a las manías y a los pánicos [...] a la exageración irracional y al pesimismo, a las estafas y a una asunción de riesgos que roza la de los juegos de azar, y a que muchos de sus errores y fechorías sean soportadas por toda la sociedad"».

Sí, sí, sí... muy bien explicado todo, un diagnóstico perfectamente expuesto. La pregunta es ¿por qué nunca se aplica? ¿De qué sirve saber exactamente qué se espera de cada agente del mercado si nadie actúa como debería?

3. 04/12/2008: David Fernández pregunta a Rafael Sarandeses (secretario general del Instituto Español de Analistas Financieros) en «Por qué los profetas no lo vieron venir» (publicado también por El País):

«¿Por qué cuesta tanto escribir en un informe de Bolsa la palabra vender? "Por la propia estructura del mercado. Una entidad financiera suele tener conflictos entre el análisis y el negocio. Esta situación puede significar que la independencia de los analistas a la hora de emitir sus opiniones se vea limitada" [...] A pesar de entonar el mea culpa, Sarandeses matiza que esta crisis no se debe a los errores de los analistas sino "a los fallos de los supervisores financieros y a las malas prácticas de las agencias de calificación de riesgos"».

En versión usuario/consumidor: reconoce que existen graves conflictos de intereses dentro de las empresas consultoras/asesoras, pero la culpa es de los supervisores que no les han supervisado bien. ¿Pero no habíamos quedado en que el mercado se autorregulaba? ¿No era mejor eliminar cualquier injerencia en el mercado porque así se mantiene en perfecto funcionamiento el mejor de los mundos posibles?

Tanta argumentación, tanta documentación, tanta exposición ordenada, tanta indignación, tanta verdad dilapidada... no son más que cubitos de hielo en pleno océano. Se desharán tan rápido que hasta dudaremos de su existencia. Las crisis se suceden porque cada generación hace sus propias leyes: se enriquece, sufre las consecuencias de los excesos y fallos del sistema y finalmente trata de parchear los errores, que se convertirán en las leyes que empleará la siguiente generación para enriquecerse a través de sus lagunas y puntos débiles. Si las leyes del ciclo económico parecen inevitables no es porque los gurús de la economía hayan dado con preclaras teorías desde las que establecer sus constantes, sino porque cada generación no ha sufrido en sus bolsillos la anterior. Lo preocupante en este caso es que una misma generación haya metido la pata tres veces en el mismo agujero.

Describir la herida no alivia el dolor; pero es el único consuelo que nos queda a los tecnócratas de letras.

martes, 2 de diciembre de 2008

Contra-contrarréplica

El Ministerio de Cultura español ha lanzado una campaña institucional contra la piratería que ha desatado un alud de críticas airadas además de un cachondeo generalizado: por sus contenidos, por sus formas, por sus argumentos, por sus testimonios... Todo indica que su efecto sobre los hábitos del usuario/consumidor será nulo, igual que esos "intimidatorios" anuncios que pasan en los cines informando que «el robo en Internet queda registrado».

Yo no sé mucho de esto, pero lo único que veo es que la gente se pasa por el forro de las gónadas todas esas advertencias, básicamente porque aplican un principio aplastante del sentido común: es imposible perseguir --y por lo tanto, considerar delito-- algo que obligaría a encarcelar al 90% de la población. Las descargas desde redes P2P son hoy día como el adulterio en los tiempos anteriores al Mayo del 68: todo el mundo lo practica pero --por miedo o por vergüenza-- nadie se atreve a confesar que lo comete. No hace falta explicar cómo acabó aquello porque aún disfrutamos de las beneficiosas consecuencias del derrumbe de semejante doble moral.

El País, en un texto muy original de Ramón Muñoz, ha publicado el decálogo del Ministerio de Cultura ([Cultura]) añadiendo las contrarréplicas de las asociaciones de internautas y demás colectivos del lado de la demanda ([Refutantes]). La tentación es demasiado grande, así que (gracias al corta-pega) reproduzco íntegro el doble decálogo y le añado mi propio punto de vista ([Bajarse al bit]), que para eso tengo un blog.

1. Lo que está en Internet es gratis

[Cultura]: ¡Falso! La música, el cine, las imágenes, los textos, los videojuegos que están en Internet han sido creados por personas. Es a ellas a las que corresponde disponer si su utilización es libre y gratuita o, por el contrario, poner un precio a su uso.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Lo que está en Internet puede ser gratis, de pago o incluso de ambas categorías, gratis por un tiempo con opción a compra (share). En el caso de los vídeos y la música, los creadores pueden exigir un precio a los que comercializan esos contenidos o se lucran con ellos (iTunes, Google, Yahoo, etcétera).

[Bajarse al bit]: está claro que se trata de una generalización con un claro propósito manipulador. La frase completa en realidad expresa que «todo lo que está en Internet es gratis porque está en Internet», lo cual es una perogrullada. Pero también los es afirmar que detrás de los contenidos hay personas que los crean, y también decir que hay contenidos gratuitos y de pago. Todo eso son tautologías que no significan nada. Antes de afirmar o negar la verdad de tan contundentes declaraciones es necesario preguntarse: ¿Quiénes han provocado que el usuario/consumidor tenga la sensación de que todo lo que hay en Internet es gratis? ¿Seguro que no tiene nada que ver con una estrategia de mercadotecnia de la que se ha abusado hasta enquistarla? De semejante abuso no están libres de pecado ni los distribuidores, ni los editores ni los autores.

2. Bajarse música o películas de Internet es legal

[Cultura]: ¡Falso! Cuando los dueños de contenidos autorizan la descarga gratuita, sí es legal. Si la descarga no está autorizada por los titulares de los derechos, tiene lugar una infracción de la propiedad intelectual.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Las descargas de música son legales o, más precisamente, no son ilegales. Lo dice una sentencia de 2006 del juzgado de lo Penal número 3 de Santander que absolvió a un internauta, para quien se pedían dos años de cárcel por descargar y compartir música en Internet, por considerar que esa práctica no es delito, si no existe ánimo de lucro, y está amparada por el derecho de copia privada.


[Bajarse al bit]: Cultura tiene razón tal y como expone su argumento, mientras que los Refutantes olvidan especificar que «las descargas de música [desde redes P2P] son legales o, más precisamente, no son ilegales [porque no hay legislación al respecto]». El derecho de copia privada, sancionado por ley, es el argumento insalvable contra el que se estrella todo intento de redireccionar al usuario/consumidor hacia el mercado de pago. Ambas partes tienen razón, lo que sucede es que hablan de cosas distintas.

3. Si no aparece el símbolo © en un contenido en Internet lo puedo utilizar

[Cultura]: ¡Falso! La ausencia del símbolo no indica que el contenido es de utilización libre. Para que así sea el titular lo ha tenido que hacer constar expresamente.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Siempre que no tenga ánimo de lucro, el usuario particular no tiene medios a su alcance para comprobar si un contenido está o no protegido por copyright. Corresponde a las empresas de la Red poner los medios tecnológicos para garantizar este derecho. Por ejemplo, YouTube ha creado su sistema Video ID que permite a los titulares de los derechos identificar sus contenidos y decidir que hacer con ellos: bloquearlos, autorizarlos o comercializarlos.

[Bajarse al bit]: el símbolo © es un tecnicismo legal que ni ampara ni detiene a nadie. La coexistencia de mercados de pago y redes de intercambio gratuito es lo que desquicia a las industrias culturales, que piensan que sin estas últimas la continuidad de sus negocios estaría garantizada. No se plantean que aspectos como las condiciones de compra, el precio o la posibilidad de escapar del monopolio que ejercen en el acceso a las audiencias son factores importantes para el usuario/consumidor.

4. Es legal copiar o utilizar un contenido de Internet siempre que se cite al autor

[Cultura]: ¡Falso! Debemos mencionar la fuente y el autor cuando utilizamos una cita en un trabajo de investigación o en un artículo. En estos casos, el fragmento ha de ser corto y proporcionado al fin de la incorporación. Y si no estamos citando, sino utilizando una obra sin autorización, debemos obtener una autorización del titular.

[Refutantes]: Verdadero. El propio enunciado de Cultura se contradice. Una cosa es usar un contenido y otra plagiar. El plagio es perseguible dentro y fuera de Internet. La cita, no. Respecto a la copia, en España se paga un
canon por todo aparato o servicio que es susceptible de copiar o grabar (DVD, MP3, móviles, fotocopiadoras, memorias flash y USB, etcétera) contenidos protegidos. El importe de ese canon digital (118 millones de euros este año) se reparte entre los autores y creadores.

[Bajarse al bit]: cita, copia y plagio son tres cosas diferentes. Nadie se escuda en la cita para descargarse música o películas, y además existe el inconveniente de que la informática (y eso incluye a Internet), nos guste o no, está diseñada sobre la capacidad de réplica. El usuario/consumidor, ante esto, lo único que sabe oponer es que como paga un canon por un montón de dispositivos y soportes digitales está compensando a los autores y titulares de derechos (no por lo que pierden, sino por lo que dejan de ganar). El plagio, por contra, es simplemente un problema de autores mediocres que ahora no viene a cuento. Aquí el punto hay que anotárselo a los Refutantes: si pagamos un canon para compensar a los autores ¿por qué se persigue el intercambio gratuito y sin ánimo de lucro? Si no existiera el canon la postura de las industrias culturales tendría coherencia, pero en las actuales circunstancias es insostenible.

5. Cuando intercambio música y contenidos a través de programas peer to peer (P2P), no necesito autorización

[Cultura]: ¡Falso! La utilización de estos programas supone la explotación de derechos de propiedad intelectual que no han sido autorizados, por lo que constituye una infracción de los derechos de propiedad intelectual.

[Refutantes]: ¡Verdadero!. En España, no hay ningún fallo judicial que diga que el P2P necesita autorización. Al contrario, una sentencia firme de la Audiencia Provincial de Madrid del pasado mes de septiembre absolvió a los promotores de Sharemula, una página web de enlaces, señalando que enlazar a las redes de P2P "no supone vulneración de los derechos de propiedad intelectual".


[Bajarse al bit]: grave error de concepto por parte de Cultura y de argumento por los Refutantes. Las aplicaciones que conectan con las redes P2P y la conexión a las mismas son gratuitas y libres; el hecho de acceder a ellas no vulnera ninguna propiedad intelectual. Otra cosa es el uso que se haga de ellas. La mención a Sharemula resulta aquí irrelevante, ya que en ella se habla de enlaces a redes, no de la conexión a ellas.

6. Los intercambios de archivos a través de las redes P2P son legales

[Cultura]: ¡Falso! Si estos intercambios tienen lugar sin la autorización de los titulares de los derechos de propiedad intelectual, son actos ilegales.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Además de lo dicho en el punto cinco, la doctrina de la Fiscalía General del Estado (circular de mayo de 2006) señala que el intercambio de archivos través del sistema P2P no es incriminable penalmente. Es cierto que la Fiscalía señala que pueden constituir un ilícito civil, pero tampoco ha habido un fallo judicial en vía civil contra internautas que hayan usado el P2P sin ánimo de lucro.

[Bajarse al bit]: el argumento de los Refutantes es definitivo. El intercambio mediante P2P, mientras exista copia privada y pago de canon, no vulnera ningún derecho ni es punible. Por ese lado es imposible atacar.

7. Las redes P2P son seguras

[Cultura]: ¡Falso! La seguridad es un grave problema ya que damos entrada a nuestro ordenador a todos aquellos que estén conectados a ella. Cualquiera puede circular libremente y acceder a nuestros datos: IP, tipo de descargas que estamos haciendo, número de teléfono y otra información de seguridad que figure en el ordenador.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Las redes P2P son tan seguras como lo quiera el usuario, que puede decidir libremente los contenidos que comparte de su ordenador y filtrar mediante antivirus los contenidos que se descarga. Es curioso que Cultura denuncie esta falta de seguridad cuando quiere implantar un modelo de control de las descargas como el francés por el que una autoridad extrajudicial tendría acceso a todos esos datos de nuestro ordenador.


[Bajarse al bit]: estas redes son tan seguras como quieren que lo sean quienes las diseñan ¿Acaso nadie se acuerda ya de aquella versión de Kazaa que incluía spyware? La mención a la inseguridad está muy bien contrarrestada por los Refutantes.

8. La industria cultural y los artistas ya ganan suficiente así que no perjudico a nadie si no pago

[Cultura]: ¡Falso! Los autores, los artistas y las industrias de contenidos de propiedad intelectual tienen el derecho legítimo a ganar dinero, triunfar y tener una carrera exitosa, como ocurre en cualquier sector profesional. No se justifica que a este sector se le discrimine y se cuestione su derecho a ser retribuido.

[Refutantes]: ¡Verdadero! La industria cultural como todas debe adaptarse a los nuevos tiempos y a los cambios tecnológicos. Con los mismos argumentos, los linotipistas estarían autorizados a pedir la prohibición de la informática. En contra de lo que dice Cultura, es la propia industria audiovisual la que exige una discriminación positiva (subvenciones, prohibición del P2P, canon digital, etcétera) de la que no goza ningún otro sector productivo.


[Bajarse al bit]: nadie cuestiona el derecho de los autores a ser retribuidos, y además la evidencia demuestra que por lo menos los consagrados viven muy bien a pesar de las redes de intercambio P2P. De nuevo la contrarréplica de los Refutantes es impecable y demoledora.

9. Las descargas ilegales promocionan a los artistas y a los autores, que ven difundidos sus trabajos y se dan a conocer sin necesidad de la industria

[Cultura]: ¡Falso! Detrás de los autores y los artistas hay una industria que les da trabajo, los da a conocer e invierte en ellos.

[Refutantes]: ¡Verdadero! Ningún artista famosos se ha arruinado por las descargas ni siquiera los que como
Prince han tratado de perseguirlas (pidió una indemnización a una madre que le puso una canción suya a su bebé). En cuanto a los modestos, Internet ha dado la posibilidad a cientos de grupos, entre ellos algunos tan famosos como Arctic Monkeys, de acceder al público, sin tener que pasar por el filtro de las discográficas que decidían hasta ahora quién publicaba y quién no.

[Bajarse al bit]: las industrias culturales no son las únicas legitimadas ni autorizadas para dar a conocer artistas a las audiencias. Por fortuna, desde que existe Internet, tan sólo es una vía más. Ese monopolio ha terminado para la música y el cine, y está a punto de hacerlo para la literatura.

10. El acceso a los productos culturales tiene que ser gratis y eso es lo que consiguen las redes P2P

[Cultura]: ¡Falso! Las infracciones de derechos de propiedad intelectual realizadas a través de Internet (descargas ilegales) no pueden confundirse con el derecho de acceso a la cultura, una forma de libertad de expresión o de desobediencia civil legítima, ni tampoco como algo inevitable e intrínseco a la Red.

[Refutantes]:¡Verdadero! Las redes P2P democratizan el acceso a los contenidos culturales permitiendo disfrutar de obras que no se comercializan por falta de rentabilidad o porque están descatalogadas. La industria debe encontrar nuevas formas de rentabilizar sus activos. iTunes, Amazon y otras plataformas de pago ya han demostrado que se puede hacer.


[Bajarse al bit]: que yo sepa nadie reclama el cierre de las bibliotecas públicas porque en ellas se prestan libros, música y audiovisuales (desde 2007 el Estado paga el canon al que están obligadas para compensar a los autores por las ganancias que dejan de percibir por cuenta de los que acceden gratuitamente a sus obras). ¿Qué diferencia hay entre "acceso a la cultura" y el acceso gratuito que proponen las bibliotecas? Los Refutantes, por su parte, patinan un poco aireando otras cuestiones que poco tienen que ver con la gratuidad de la cultura.

¿Qué dijeron de los partidos socialistas europeos cuando, en el último tercio del siglo XIX, reclamaron seguros sociales y vacaciones pagadas? ¿y de los que a finales de los cincuenta del siglo XX reividicaron la homosexualidad como estilo de vida? ¿Qué dirán dentro de dos décadas de los pocos que hoy defienden una política de "papeles para todos"? ¿y de los que reclaman un mercado subvencionado, protegido por ley y financiado mediante tasas?

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