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miércoles, 21 de mayo de 2008

«Mucha letra, pocas ganas de leer»

Lo decía en una de sus canciones El Último de la Fila, y resulta que se puede aplicar bastante bien a la blogosfera, incluso a Internet entera. Los blogs empiezan a estar pasados de moda; demasiado tiempo oyendo y/o leyendo acerca de las infinitas posibilidades de esta enésima eclosión de creatividad espontánea, demasiadas esperanzas puestas en la autogestión de un fenómeno con intenciones no del todo amateurs. Ya no está de moda expresarse mediante blogs, ya no suena a nuevo, sus contenidos han acabado mimetizándose con los canales de opinión establecidos (columnas en prensa, libros, conferencias), razón por la que los gurús consagrados los adoptaron en su día como medio de expresión para acabar declarando ahora que ya está bien de tanto "blogueo".

«Jonathan Schwartz, director general de Sun, manifestó en la reciente conferencia Web 2.0 Expo de San Francisco, que "llegará el momento en que la palabra bloguear se volverá anacrónica". Comentario relevante teniendo en cuenta que Schwartz promovió los blogs entre los ejecutivos de empresas como un método más económico y más eficiente de darse a conocer» (Pisani dixit).

La blogosfera --la Web 2.0 en general-- es una imprevista metáfora de la entropía negativa y la aceleración de la expansión que caracteriza al universo: el desorden se expresa en la creciente complejidad de los sistemas, en la inmediatez de la publicación y en la drástica reducción de los textos. Complejidad, aceleración e intensidad son las pautas que determinan la generación de contenido en Internet. La consecuencia de esta conjunción de factores está resumida en el apotegma que encabeza este post: mucha letra y pocas ganas de leer. Por eso los blogs empiezan a ser considerados como dinosaurios y en su lugar causan furor los microblogs.

Se trata de un servicio pensado y adaptado para el teléfono móvil, y la novedad radical que lo hace atractivo es que no está necesariamente vinculado al uso de un ordenador (relacionado con un mayor dominio de la tecnología y no tan implantado como los móviles). Consiste en enviar mensajes de texto (140 caracteres máximo, como cualquier SMS) que se publican en la página personal del autor (previamente dado de alta, por supuesto) y se difunden a los usuarios/consumidores que han solicitado recibirlos. Twitter fue la aplicación pionera, pero ya han llegado FriendFeed, Jaiku, Pownce y Khaces. Los tweets (nombre que reciben los mensajes de Twitter) demuestran que la blogosfera amenaza con convertirse en flor de un lustro. Los blogs --como este en el que estás ahora-- tienden peligrosamente hacia el monólogo, debido a la atrofia en la proliferación de opciones para un mismo tema y a la limitada capacidad del usuario/consumidor para dejar comentarios divertidos, nuevos e interesantes en todos ellos. La gente se empieza a cansar por una razón: las aportaciones presuponen que se ha leído el post que las han provocado, un tweet, en cambio, se lee en un suspiro, no hace perder el tiempo y se comprende casi por instinto. Simplicidad, velocidad, emoción: no cabe mejor apuesta para oponer a la entropía que anuncia la blogosfera.

Al fin y al cabo, un post, por muy breve que sea e independientemente del tema, requiere un mínimo de preparación, reflexión, documentación y redacción; y lo mismo cabe decir de su lectura; por su parte, los tweets y las conversaciones que germinan a su alrededor responden al impulso del momento, al estado del mundo, al sentimiento expresado casi en el mismo instante en que se experimenta. Para acceder a este grado de eficacia es necesario eliminar del proceso los cuatro requisitos del post; y el resultado es que los microblogs levantan acta del presente gracias a unos textos que describen sin más aquello que se hace. La mensajería instantánea (y en parte el correo electrónico) ha sido el caldo de cultivo en el que ha crecido esta cultura, nuevas alternativas que soy incapaz de digerir debido a mi edad y a mi formación humanístico-tecnócrata.

Los blogs sirven (desde hace cinco años más o menos) de válvula de escape a la emanación creativa de todos aquellos padawanes que no conseguimos plaza en alguna élite institucionalizada; quizá hayamos conseguido aportar un punto de vista menos acartonado, pero no nos engañemos: sigue siendo otra forma de asaltar la misma fortaleza que aún se nos resiste. El fenómeno blog se deshinchará cuando comprendamos que es imposible que quepamos todos, que no hay reacciones a unos textos más allá de las respuestas de otros aficionados como nosotros.

Y también porque no hemos sido capaces de generar ingresos, porque la gente es inconstante y porque Internet nos tiene acostumbrados a que cada tanto aparezcan nuevas aplicaciones a las que uno migra porque son nuevas y porque todo el mundo lo hace. No sé qué pasa pero estos primeros fenómenos de la sociedad digital no acaban de asentarse, se atropellan unos a otros mientras dura el tirón de la novedad, luego desaparecen sin apenas dejar rastro. ¿Hemos de acostumbrarnos a que esta sea la pauta y procurar extraer utilidades parciales para una mayor calidad de vida? Puede que dentro de poco algunos ortodoxos del blogueo debamos acostumbrarnos a trabajar en un entorno en el que los blogs no estarán de moda; y puede que también a una deserción en masa.

El microblogueo se apresta a sustituir a su hermano mayor en el candelero: bitácoras sin apenas visitas ni comentarios en las entradas, autores que las mantenemos por el simple empeño de dejar constancia. Mientras tanto, los impulsores del nuevo invento lo venden con un simple "¿Qué haces?".

lunes, 5 de mayo de 2008

El honor menguante de la SGAE

Me entero con mucho retraso y gracias a Javier Candeira que la sentencia de la demanda de la SGAE contra Vicente Herrera (editor de Frikipedia) es firme, y que éste último deberá pagar 600 € más las costas judiciales y los honorarios de su abogado (1.700 €). La historia, comentada en detalle por la prensa tradicional en noviembre de 2007, comenzó cuando un individuo anónimo, de las decenas de miles que diariamente hacen su contribución en forma de comentario (en el caso de Frikipedia en formato paródico-enciclopédico) en la web, puso por escrito que Pedro Farré es un mafioso, a lo que otro usuario/consumidor igualmente anónimo reaccionó colgando una foto retocada en la que aparecía disfrazado de pirata.

Candeira (en un texto que al parecer ya no está enlazable) se va un poco por los cerros de Úbeda cuando en plena y justificada indignación denuncia la conculcación del derecho al anonimato (al que denomina un "derecho moderno") y cita nada menos que al Tribunal Supremo de los EE UU. La Audiencia Provincial de Madrid, en cambio, ha estimado que Herrera, como editor de Frikipedia, es el responsable de todo lo que se publica en ella; y dado que los colaboradores (concretamente los injuriantes) no se identifican ni hay manera de rastrear la autoría de las aportaciones, otrosí concluyen que como es el único que pone la cara (y el nombre), pues a él le toca pagar. Queda claro que el concepto Web 2.0 no existe para los jueces españoles, que es exactamente lo mismo un editor que un webmaster, que la blogosfera es una simple traslación digital de los medios escritos tradicionales, carece de entidad propia, y por tanto sus contenidos son simples chiquilladas sin efectos ni consecuencias reales, tonterías de gente que pierde el tiempo y aprovecha la tecnología para publicar lo primero que se le pasa por la cabeza...

Estoy convencido de que la sentencia se ajusta a derecho y está perfectamente argumentada, pero desde el punto de vista del usuario/consumidor --y aquí Candeira sí que da en el clavo-- no se entiende por qué valen las parodias y las burlas de publicaciones como El Jueves (aunque algunas veces se atrevan a traspasar la sagrada línea monárquica y deban pasar por caja también), Las Noticias del Guiñol o Muchachada Nui y no las de Frikipedia. En todos estos programas se satiriza (de forma grotesca y exagerada a veces) a personajes públicos mucho más conocidos e importantes que el señor Farré, y sin embargo nadie les interpone demandas contra el honor. En cambio, Frikipedia, una web amateur sin prestigio y sin influencia mediática alguna, es un blanco fácil para una institución a la baja como la SGAE. Es la clásica estrategia que se ceba en los débiles como exhibición de un poder del que se carece o --como es el caso-- está en franco declive.

Únicamente por el hecho de obligarnos a escoger bando en este debate, la SGAE se ha colocado en la mejor posición para perder la partida.

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