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viernes, 25 de abril de 2008

¿Por qué se queman los blogs?

El 21 de abril Nacho de la Fuente, el periodista gallego que mantenía La huella digital desde hace al menos tres años, anunció que su blog quedaba aparcado de forma temporal aunque indefinida. Después de ganar un premio Bob al mejor blog en español de 2006 y un radical cambio de plantilla, Nacho anuncia que detiene la publicación de posts porque tiene una familia. No voy a meterme donde no me llaman, así que no haré comentario alguno acerca de sus razones para hacer lo que hace, únicamente diré que lo lamento como lector habitual de sus textos.

Sin embargo, la noticia me ha dado que pensar, y de eso sí que quiero hablar. ¿Por qué se queman los blogs? Las razones son de sentido común: falta de constancia, tema poco original, excesivamente especializado, excesivamente abundante o excesivamente raro, ausencia de visitas, agotamiento de ideas, desencanto ante la escasa repercusión, integración en una comunidad de blogs similares, falta de tiempo, agotamiento/atrofia por síndrome de actualización constante, moda pasajera... Creo que no me dejo ninguna de las importantes. La cosa es que uno comienza a publicar posts, consigue dar salida a una emanación creativa más o menos fuerte, valiosa, gratuita y/o relativamente sencilla, y claro, espera una reacción, un cambio. Desconozco los motivos de los demás, en mi caso se trata de dar a conocer mis textos, propiciar un cambio de fase y, de paso, afilar mi estilo personal. No se puede decir que de momento haya tenido mucho éxito (date una vuelta por mis anoréxicas estadísticas o comprueba la frecuencia de los comentarios), aunque puedo asegurar que mi estilo ha mejorado mucho.

Cada tanto (cuando tengo tiempo o no hay ningún post a la vista) me da por revisar el blogroll y me doy cuenta de lo fácil que es que se muera un blog, porque siempre tengo algún enlace para eliminar debido a que su contenido ha quedado congelado. No sé si Technorati tendrá en cuenta este factor a la hora de otorgar el codiciado índice de "autoridad" a una bitácora.

Al fin y al cabo un blog es una contribución voluntaria, por lo que si no se obtiene respuesta lo normal es que termine por extinguirse. Lo que yo me pregunto es qué pasará cuando se haga evidente que la Web 2.0 no es ninguna revolución sino una moda; cuando los millares de anónimos que se lanzaron a aportar información, cultura y conocimiento decidan que ya está bien de proporcionar tráfico e ingresos a sus anfitriones sin obtener nada a cambio. ¿Descubriremos entonces a los auténticos blogueros? ¿Surgirá algún nuevo gurú capaz de dar el salto a los canales de comunicación que sí están dentro del mercado? ¿Habrá alguna vez un presentador de televisión que haya sido antes un exitoso bloguero?

Me asusta un poco pensar en esos blogs supervivientes como una actividad sin fin ni finalidad, mantenidos por pura inercia y con apenas visitantes y reacciones. ¿En que se habrá convertido entonces la blogosfera? Yo os lo diré: en una actividad idéntica a la que llevaba a cabo aquella gente que en los años noventa del siglo XX rodaba en Super 8 cuando el video era una realidad asentada e insoslayable. Y una pregunta más: ¿El declive se producirá porque habrá surgido algún otro fenómeno capaz de eclipsar al blog o porque habrá disminuido la pulsión creativa del usuario/consumidor como si de un ciclo económico se tratara?

jueves, 17 de abril de 2008

Problemas en el paraíso

Los economistas tienen un problema: han permitido que la gratuidad forme parte de la ecuación del mercado y ahora no hay manera de despejarla para regresar al clásico esquema "vende, compra y paga" que todos los usuarios/consumidores practicábamos antes de 1995. Ahora en Internet no despega un negocio nuevo si no aparece la palabra "Gratis" en el catálogo de productos y servicios, aunque sea para la gama base. De lo contrario ningún inversor se fía de que la cosa vaya a funcionar ni ningún usuario/consumidor se decide a probar. ¿Cómo hemos llegado a esta perversión de la lógica económica?

Lo que más me diverte es ver cómo los expertos de los think tanks de prestigio se las tienen que ver con problemas tan cotidianos y cercanos al usuario/consumidor, del que suelen vivir alejados. Las miserias del consumo ocupan por una vez sus eruditos y espesos pensamientos; pero lo más divertido de todo es que sus soluciones tendrán que ser igual de cotidianas y cutres que las estrategias de todo hijo de vecino para, pongamos por caso, deshacerse de una visita plasta o llegar a fin de mes.

El artículo de Francis Pisani del pasado 10/04/2008 me reconforta porque viene a decir que la economía de lo gratuito no sirve para rentabilizar o expandir un mercado: quizá sea útil en momentos concretos (para desbancar a una marca rival, durante una fase de lanzamiento, para darse a conocer...), siempre en un contexto de "anormalidad", no como parte estructural del modelo de negocio.

Chris Anderson, el editor de Wired y padre de la teoría de la Larga Cola (Long Tale), de pronto lo tiene clarísimo:

«Ciertos precios bajan lo suficiente como para volverse insignificantes en las empresas. El problema, sin embargo, se plantea de manera distinta para los consumidores. "Cero define un mercado mientras todos los demás precios constituyen otro", escribe Anderson. "La enorme brecha psicológica que separa casi cero de cero explica el fracaso de los micropagos"».

Me encanta porque es prácticamente lo mismo que tres semanas antes escribía yo todo convencido (y me cito):

«El problema es que todas se estrellan contra la lógica aplastante del usuario/consumidor llevada con toda coherencia hasta sus últimas consecuencias (el cual, al fin y al cabo, exhibe la misma racionalidad implacable que caracteriza a las empresas): ¿Por que comprar algo muy, muy barato si lo puedo conseguir gratis?».

¿Estaré asumiendo sin darme cuenta o sin admitirlo los tics del gurú tecnócrata? Me da lo mismo; ahí van dos perlas más:

«Al estimar el valor de las cosas no podemos pensar que el dinero es el único elemento escaso. Pasa lo mismo con el tiempo y la reputación. Google, por ejemplo, transforma la reputación de un sitio en tráfico y de ahí en publicidad. "Cualquier cosa que se pueda transformar de manera continua en efectivo es una forma de moneda y Google está desempeñando el papel de banco central para las economías nuevas"».

«Sería un error, además, creer que los consumidores van a seguir aceptando eternamente producir gratuitamente contenidos para empresas multimillonarias de la Web 2.0 sin pedir más beneficios que el servicio ofrecido».

Es evidente que --para nosotros los usuarios/consumidores-- hay una enorme diferencia entre no pagar NADA y pagar MUY POCO; como también lo es que los primeros éxitos de lo gratuito en los inicios de la difusión y consolidación social de Internet se confundieron luego con la fórmula para generar beneficios vía publicidad. Los ortodoxos dirán lo que quieran, pero Google es la prueba viviente de que la economía digital funciona igual que cualquier cadena de televisión generalista: o conviertes audiencia en publicidad o te vas a la calle.

miércoles, 9 de abril de 2008

Microvidas (Nocilla Dream)

Acabo de leer Nocilla Dream (2007) de Agustín Fernández Mallo y ya estoy deseando meterle mano a las otras dos partes de la trilogía --Nocilla Experience (2008) y Nocilla Lab. (aún no publicada pero ya escrita)--. Aunque no tienen demasiados elementos en común (de narración fragmentaria y formato experimental una, crónica de un momento sociotecnológico muy concreto y de estilo más convencional la otra), la he leído comparándola constantemente con Microsiervos (1995) de Douglas Coupland.

Nocilla Dream es un libro en prosa escrito por un poeta, y eso significa varias cosas: en primer lugar intensidad fragmentada, que es lo que suele procurar la poesía; en segundo lugar, experimentación formal como requisito, por lo que las mínimas anécdotas narradas se alternan con auténticas citas de artículos y libros de todo género (lo que el autor considera la parte documental de la obra). En tercer lugar, no basta con retratar una serie de momentos entre privilegiados y anodinos, sino de conseguir que además todos ellos tengan --de una forma extremadamente sutil, lo cual me ha hecho retroceder páginas en más de una ocasión-- una vinculación causal y/o casual, de manera que ciertas incógnitas o incertidumbres queden explicadas por factores completamente ajenos, impensables, miserables, paralizantes, risibles o directamente idiotas.

Nocilla Dream, además, está escrita por un físico de partículas en ejercicio, y de esta gente siempre esperamos una lucidez superior a la de los escritores "humanistas"; como si sus conocimientos sobre las partículas elementales y los fundamentos de la materia les permitieran una nueva y mayor capacidad de comprensión de una realidad incomprensible, y sin embargo completamente determinada por el material de que estamos hechos. Al menos eso es lo que yo --tecnócrata de letras-- espero de un físico-escritor (o viceversa).

Por si esto no fuera suficiente para que la leas, la novela está localizada en el planeta Tierra, preferentemente en el Estado de Nevada (EE UU): el desierto --una vez más-- es la metáfora perfecta del vacío que llena las vidas de unos personajes que se entrecruzan por sus aislados pueblos y carreteras. Algunas de las imágenes recurrentes del libro (el álamo solitario plagado de zapatos colgando, la maleta llena de fotografías encontradas, el zapato en mitad del asfalto) remiten de forma automática a ese cine independiente estadounidense que ha sabido explotar como nadie los espacios abiertos hasta convertirlos casi en un género, lo cual potencia (agradablemente en mi caso) la experiencia lectora. La desolación del paisaje sigue funcionando como complemento directo de la desolación vital o de la lucidez (según el caso).

Los autores citados --perfectamente localizados al final del libro (de una forma que pienso copiar descaradamente para mis propios textos)--, intercalados entre los episodios de ficción, dan cuenta de un mundo (el de la ciencia en general, el de la informática en particular) que acumula certezas a la vez que sus pobladores vamos desarrollando el sentido de la perplejidad hasta rozar el colapso. Quizá esa paradoja sea la que me ha recordado tanto a Microsiervos: el uso de una tecnología que facilita la comunicación, la conciencia planetaria y la localización de cualquier ser humano dificulta sin embargo el conocimiento más simple.

También al final se añade un brevísimo y ejemplar contexto de creación de la obra, tras encadenar el autor cuatro sucesos fortuitos pero coincidentes en el tiempo: un texto de Charlie LeDuff (que no he podido localizar para enlazar), un verso de Yeats en un azucarillo, una canción de Siniestro Total y un artículo de Félix de Azúa. El cerebro humano sigue siendo el acelerador de partículas más potente que existe.

La obra ha dado lugar a una nueva generación: la Generación Nocilla (tan joven que ni siquiera tiene web oficial), que por lo visto agrupa a los ibéricos nacidos después de 1970. Está bien que la gente se arremoline y se identifique a partir de libros, así algunos de ellos tienen la oportunidad única de convertirse en teorías que tratan de explicar los mismos fenómenos que la física de lo mínimo.

viernes, 4 de abril de 2008

La era posdigital

Según Lou Marinoff --el de Más Platón y menos Prozac (1999) y El ABC de la felicidad: Aristóteles, Buda y Confucio (2006)-- sólo hay 4 tradiciones que han contribuido al desarrollo cognitivo humano: oral, escrita, visual y digital. Pues bien, ya llevamos unos cuantos años digitalizados y el adjetivo como tal --a estas alturas-- sólo sirve para diferenciar lo actual por contraposición a lo que había antes (como lo posmoderno con lo moderno), sea lo que sea: música digital, cine digital, oficina digital, telefonía digital, edición digital, administración digital, televisión digital, hogar digital, sociedad digital... Todo es susceptible de etiquetarse bajo una denominación tan genérica, supliendo a expresiones mucho más precisas (pero también claramente más simplistas o irreales y que rebajan el tono grandilocuente que posee por sí misma la palabra digital) como "revolución imparable", "felicidad garantizada" o "negocio seguro". Estos tres ejes tan abstractos nunca explícitamente declarados se dan por supuestos en un concepto tan vago y amplio como el de "era digital".

Ya va siendo hora de que el término digital a secas deje paso a otros más exactos y que describan mejor los cambios que se están produciendo en cada uno de los sectores que he enumerado; porque no todos están involucrados de la misma forma en lo digital, ni ante los mismos cambios y retos ni en el mismo punto en su tránsito hacia la digitalización; como tampoco es la digitalización total la garantía de su continuidad y/o mejora.

De manera que si hablamos de...

...música, deberíamos sustituir el adjetivo "digital" por "cambio de canal de venta".

...cine por "cambio de canal de distribución".

...oficinas (del sector servicios) por "cambio de plataformas software".

...telefonía por "agregación de nuevos servicios" (inéditos la mayoría de ellos).

...edición por "cambio de formato y de canal de venta".

...administración por "eliminación de la esclerosis funcionarial gracias a una feliz combinación de agotamiento vegetativo y tecnología".

...televisión por "atomización temática, de canales y de audiencias".

...hogares por "conversión en centros de consumo del ocio que antes se disfrutaba en público".

...la sociedad en general por "surgimiento y consolidación de estrategias y herramientas que proporcionan un primer nivel (nunca suficiente pero sí necesario) de socialización básica"
.

Visto así el paisaje que presenta la "era digital" no se parece a esa utopía que perfilan los fabricantes y proveedores de servicios en las que todo converge en una especie de Metaverso global; como si no existiera nada más fuera de lo digital, como si no hubiera más modelos de negocio que los digitales, como si --en definitiva-- toda actividad fuera susceptible de ser digitalizada y adquirir sin más un valor inédito.

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