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martes, 26 de febrero de 2008

Nuevo positivismo digital (VII): El cuarto protocolo y la teoría de la evolución

Nuevo positivismo digital: I, II, III, IV
Nuevo positivismo digital (V): Los turoperadores del océano cibernético
Nuevo positivismo digital (VI): El enésimo tránsito a la modernez cultural

Hasta el 1 de abril de 2004 me parecía definitiva la siguiente teoría de Internet, basada en una idea y dos hitos tecnológicos: una idea que aspiraba a lograr el envío de información desde un punto a otro de una red de forma descentralizada y sin enrutamientos predeterminados, escogiendo el camino idóneo en función del estado del tráfico y de las comunicaciones, dividiendo la información en paquetes para aumentar la seguridad, minimizando el riesgo de intercepción, para finalmente recomponerse en destino de forma transparente para el destinatario. Y en segundo lugar, una infraestructura técnica que hace realidad todos esos requisitos: el protocolo de comunicaciones TCP/IP, un invento igual de crucial que el descubrimiento del ADN (con el que comparte algunas estrategias de supervivencia), que ha permitido el crecimiento exponencial de Internet sin colapsar las redes físicas de comunicación que la componen. Y en tercer lugar, un lenguaje representacional que se superpone al protocolo de comunicación y permite al usuario/consumidor interactuar con la red sin apenas conocimientos previos: el hipertexto o HTML.

Sobre esas tres premisas se ha tejido en un tiempo récord la telaraña mundial (también conocida como World Wide Web), que es el interfaz con el que los usuarios/consumidores identifican a Internet. Los expertos reniegan de esta identificación porque la consideran incompleta o inexacta; es posible que desde un punto de vista técnico sea cierto, pero creo que lo importante no es que los conceptos reflejen fielmente una realidad técnica para iniciados, sino el uso que la mayoría hace de ella.

De modo que, a pesar de las matizaciones que se empeñen en introducir las numerosas definiciones técnicas de Internet, desde la experiencia del usuario/consumidor, ésta se concibe como una gigantesca esfera hipertextual cuya facilidad de uso y autoaprendizaje por intuición son las claves de su enorme difusión en menos de una década. El resto de servicios que componen la infraestuctura técnica de Internet --FTP, ARP, Telnet, IRC; o lo que es lo mismo: transferencia de ficheros, resolución de direcciones, acceso remoto a equipos y chat-- quedan eclipsados por el éxito del servicio estrella, el HTTP (el protocolo que controla la navegación). Únicamente el servicio de correo electrónico --controlado por los protocolos SMTP y POP-- escapa a esta tendencia y se mantiene como una actividad en sí misma ya que el usuario/consumidor la distingue claramente de la navegación.

Esto es, en pocas palabras, Internet; definida con la jerga justa y sin perder de vista el uso real. Sobran esas historias --repetidas como un mantra cansino y vacío de contenido-- acerca de los orígenes militares de Internet en los años sesenta del siglo XX, la conversión libertaria que sufrió en las universidades estadounidenses durante los setenta, la formación de tribus vinculadas a todo tipo de credos cívicos, religiosos, políticos y sociales en los ochenta, la eclosión de la actividad empresarial en los noventa... bla, bla, bla. Todo eso no es más que cháchara anecdótica de relleno en una presentación para pardillos y novatos. Lo importante es saber cómo se usa Internet y recordar que detrás de cada protocolo suele haber un uso social no necesariamente previsto.

La Web 2.0, las redes sociales, el auge de la web interactiva... todos estos conceptos aparecen una y otra vez en los ensayos del pensamiento previsional de los expertos, y su éxito social --dicen ellos, y es cierto-- obliga a repensar el concepto que hasta ahora teníamos de Internet. Como en toda ciencia, si una teoría no explica todos los hechos hay que rehacer la teoría. Aquí sucede los mismo: a aquella idea crucial de red descentralizada sostenida por dos tecnologías fundamentales (TCP/IP y HTML) hay que añadir un cuarto pilar, sin el cual no se explican fenómenos como la blogosfera o las redes sociales: la tecnología AJAX.

AJAX (Asynchronous Javascript and XML): se ha convertido en el cuarto protocolo de Internet y es la base técnica que ha permitido el nacimiento de la Web 2.0. Lo empleó por primera vez Google en GMail --disponible desde el 1 de abril de 2004, de ahí la fecha de caducidad de mi teoría-- y era una tecnología conocida hace tiempo aunque desaprovechada por la mayoría de desarrolladores. Desde este punto de vista, la Web 2.0 es un desvío inesperado que sin duda está retrasando la llegada de la web semántica. Ésta, al ser parcialmente un proyecto público (como el genoma) tiene unos plazos mucho más dilatados. Esto demuestra que Internet como medio de comunicación es un proyecto abierto, y que al igual que la prensa escrita, la industria editorial o la del videojuego, experimenta cambios que son en realidad nuevos usos. Algunos son diseñados cuidadosamente, otros --como la Web 2.0-- son el resultado de una mutación imprevista en el desarrollo de servicios en Internet: el HTML tradicional no es un lenguaje que permita demasiada interactividad, así que las primeras páginas web fueron fundamentalmente estáticas, llenas de texto; después, cuando los formatos de compresión y el ancho de banda lo permitieron se extendieron las páginas dinámicas (porque en ellas se movían cosas). Finalmente --por el momento-- la tecnología AJAX facilitó la actualización en línea de páginas web: primero GMail, luego las páginas "wiki", algunas de las cuales acabaron mutando en blogs y en foros de todo tipo.

AJAX se ha implantado de forma rápida y no traumática porque no requería un cambio de plataforma, simplemente hubo que desempolvar viejos manuales de Javascript. En cambio, la web semántica, tal y como se anuncia, no requerirá una nueva plataforma tecnológica, pero sí el desarrollo de nuevos navegadores "inteligentes" (al fin y al cabo salen nuevas versiones cada relativamente poco). Así que Darwin y la teoría de la evolución nos dan una pista: un cambio drástico de plataforma sólo se producirá en caso de colapso de la existente, o por imposición de un agente muy poderoso del mercado (Google, Microsoft, IBM...). Dicho así no suena amenazador ni trascendente, pero sí plausible.

jueves, 14 de febrero de 2008

¿A qué temperatura arde la música?

El Reino Unido prepara una ley que tiene como objetivo no el ordenamiento de un sector tecnológico y sus usos sociales, sino perseguir y castigar a los que se descargan de todo mediante redes de intercambio P2P. El sistema de los tres avisos que propone la ley es para partirse de risa: son tan ingenuos estos legisladores...

En Francia también están por la labor de persecución, y su solución consiste en elaborar listas de usuarios, llenas de auténticos "bajones reincidentes", para evitar que se puedan dar de alta en otras compañías. Igual que existen listas de morosos habría listas de gente a la que se le niega el derecho de conexión.

Los jueces europeos, por su parte, acaban de dictaminar que las compañías de telecomunicaciones no están obligadas a facilitar datos de sus abonados a no ser que sea una causa penal (y las que se abren contra las redes de intercambio, si no lo he entendido mal, son de tipo civil). Ya estoy viendo venir la solución de los legisladores europeos: para seguir con sus planes sin esas minucias garantistas convertirán la descarga desde determinadas redes en un delito penal. No lo descartemos tan rápidamente: ya ha sucedido con determinadas infracciones de tráfico.

Mientras tanto, las discográficas --el sector "cultural" que más avanzada tiene la metástasis de su modelo de negocio-- lanzan Qtrax, una red de intercambio bendecida por ellos mismos que se financiará mediante ingresos publicitarios. La música llevará incorporada tecnología DRM que impedirá tostarlas en un CD o soporte similar. Nada se dice de dispositivos con memoria Flash, a las que al parecer sí se podrán copiar (como si desde allí no se pudieran distribuir). Si esto es así, ¿dónde están las garantías de que no habrá duplicación incontrolada? Está claro que las discográficas se apuntan a la publicidad como motor de su negocio, puesto que piensan que ella sola generará más ingresos que la venta de música (más que nada porque el usuario/consumidor ya no está dispuesto a pagar por ella). Otra cosa será cuando la coyuntura económica haga caer la inversión en publicidad.

De manera que los legisladores se aprestan a cerrar el paso a las redes de intercambio, y sin embargo las compañías discográficas apuestan por ellas como solución para la continuidad de sus negocios. Ya veo venir la solución combinada de ambos frentes: sólo serán legales las redes amparadas por los propietarios de los derechos de explotación, las demás serán declaradas directamente ilegales. Con la música sucederá algo parecido al sector del tabaco: las empresas tabaqueras son legales y venden sus productos a pesar de que existe una abundante legislación restrictiva y disuasoria al respecto. No es sano, no está bien visto, pero la gente sigue fumando y las tabaqueras obtienen enormes beneficios por ello. Además del tabaco hay otras drogas blandas de consumo muy extendido que no son legales, y aun así la gente se las apaña para conseguirlas a través de redes paralelas --formalmente ilegales, en la práctica toleradas-- que todo el mundo conoce. Ya estoy oyendo a padres y madres recomendando a sus hijitos adolescentes: "sobre todo, no aceptéis música de desconocidos. Y si tus amigos consumen música de redes de intercambio ilegales, no la aceptéis, no la escuchéis; no hagáis lo mismo que ellos. ¡La música de redes ilegales es caca!".

Para hacer más llevadero el argumentario, tomemos la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 (1953): en ella se describía un futuro indeterminado en el que los libros estaban prohibidos, y unas brigadas especiales de bomberos-policía se encargaban de proceder a su quema (Book runners diríamos hoy), una vez localizadas las pocas bibliotecas personales clandestinas que algunos héroes se empeñan aún en mantener. El protagonista de la novela es uno de esos bomberos-policía que, fascinado por su aparentemente peligroso contenido, acaba contactando con una organización ilegal dedicada a memorizar libros como alternativa a la preservación de un conocimiento amenazado por decreto. Para las generaciones poco amigas de la lectura recomiendo la adaptación cinematográfica rodada en 1966 por François Truffaut. Para los que no quieran ni una ni otra que se conformen con este resumen y sigan leyendo.

La situación no es exactamente la misma con el tema de la música, ni tiene los tintes dramáticos y de denuncia de un futuro condenado a la dictadura del conocimiento, pero hay ciertos paralelismos que quiero señalar:

-Imaginemos un mundo en el que la iniciativa legal y la tecnología han conseguido acabar con las redes de intercambio no ligadas al mercado y a los propietarios de los derechos de explotación. En un contexto así se me hace muy difícil imaginar que los usuarios/consumidores se conformen con dejar de practicar sin más el intercambio gratuito de estos materiales.

-Este intercambio entre particulares se ha producido siempre, desde que el negocio se basó en la venta de copias. En muchos mercadillos dominicales era (y es todavía en algunas ciudades y para determinados productos) habitual el intercambio informal de estas copias (y en ocasiones venta semiclandestina). Este canal no permite una duplicación exponencial de los contenidos intercambiados, por lo que nunca se ha actuado contra él. La persecución de las redes P2P es una simple cuestión de número, porque la práctica como tal es imposible de erradicar.

-¿Acaso los legisladores y los propietarios de los derechos de explotación creen que van a detener algo así, aun suponiendo de que dispusieran de una tecnología de control inexistente hoy en día y se saltaran por la cara infinidad de garantías jurídicas? ¿Acaso creen que no surgirán otras formas de intercambiar contenidos? ¿Acaso no saben que hay universidades, escuelas, centros de trabajo, donde la gente se encuentra por necesidad y es inevitable el intercambio? Para que eso ocurriera deberían dejar de venderse dispositivos grabadores/reproductores y de almacenamiento, así como soportes para la duplicación. ¿Acaso los fabricantes soportarían semejante recorte de ingresos sin chistar?


No estoy diciendo que --como en la novela de Bradbury-- los usuarios/consumidores asuman la ingente tarea de aprenderse canciones, libros o películas para transmitirlas de forma oral a otras personas y generaciones, no va a ser necesario. Sólo digo que existen infinidad de alternativas que no podrán impedir el intercambio gratuito (incluso por vía digital, a la que tanto temen los legisladores y el mercado) de esos bienes que al parecer sólo se consideran culturales cuando han agotado todas sus opciones como bienes de consumo.

Señoras y señores legisladores, señoras y señores explotadores de derechos: todo indica que no sólo han perdido la batalla contra la tecnología, sino que han dinamitado desde sus mismísimas bases el uso y el consumo que la sociedad ha hecho tradicionalmente de determinados productos "culturales" comercializados mediante copia. Todo indica que estamos siendo legislados por una patulea chusmosa e indecente de ineptos analógicamente carcas.

jueves, 7 de febrero de 2008

Hipofuncionalidad en un mundo de sobreservicios (y 2)

Versión beta (31/01/2008): Hipofuncionalidad en un mundo de sobreservicios (1)

En el lado de la demanda, la consecuencia del cruce entre la hipofuncionalidad y el sobreservicio se concreta cada vez más en iniciativas de tecnologías no esclavas, ni ancladas a un modelo de negocio, ni sujetas a limitaciones jurídicas para su mejora y explotación. El movimiento para el software libre y la Free Software Foundation --fundada en 1985-- son iniciativas con gran experiencia y cuyos resultados revelan claramente que existe una alternativa eficaz, segura y sostenible al modelo de tecnología esclava.

Desde el punto de vista del usuario/consumidor las cosas se ven de diferente manera: existen necesidades (personales, sociales, laborales) que satisfacer, y la tecnología que necesitan esperan conseguirla sin tener que entrar en el mercado. Para el usuario/consumidor, la sociedad es la que tira de la tecnología; sin embargo, gurús, consultores, economistas, departamentos de marketing y demás agentes del lado de la oferta aseguran que es exactamente al revés. Mientras que para el usuario/consumidor, el producto es la interfaz; para personas como Philip Kotler --uno de los mayores gurús del marketing -- es al revés. No lo hacen para fastidiar, les va el empleo en ello. La solución que proponen está expuesta en un post anterior: esclavizar tecnologías a modelos de negocio. Ahora revisaré la que defendería un usuario/consumidor.

Android, el conjunto de aplicaciones para la telefonía móvil apadrinada por Google y 25 empresas tecnológicas más, es un modelo de cuyos resultados depende buena parte de la credibilidad y el futuro de las tecnologías no esclavas. A diferencia de otras iniciativas del pasado, centradas en recortar la dependencia del usuario/consumidor respecto a las aplicaciones de Microsoft (sistema operativo, suites ofimáticas, navegadores, multimedia....), Android es una apuesta impulsada desde sectores tradicionalmente ligados al software propietario (independientemente de si promueven o no plataforma abiertas: al fin y al cabo, los algoritmos de indexación y de almacenamiento de Google son tan ultrasecretos como la fórmula de la Coca-Cola). Android no es, desde luego, el único proyecto de estándares abiertos patrocinado por multinacionales (los que tienen como protagonistas a los fabricantes de hardware y a Linux son cada vez más frecuentes); pero es precisamente su origen no vinculado a movimientos externos al mercado tradicional, y un eventual éxito, lo que demostrará que es posible un mercado sin tecnología esclava capaz de generar ingresos ni penalizar por decreto la competencia.

Hay que ser conscientes de que las iniciativas "ajenas" al mercado tendrán siempre un carácter parasitario (a menos que su éxito no las acabe incorporando a él), necesitarán surgir como respuesta a una situación perjudicial o injusta (siempre desde el punto de vista del usuario/consumidor) o como reacción a un medio o servicio tradicional, oficial y/o de pago. Todas estas propuestas --como la Web social, como la blogosfera-- dependen de la tecnología propietaria sobre la que se implementan, y tienen en contra la desestructuración consustancial a toda iniciativa de este tipo, estrechamente vinculada al entusiasmo individual y al nivel de agitación del momento. Se trata de acciones puntuales fruto de un estado de opinión o de contestación; y cuando la euforia decae también lo hacen la capacidad de influencia y los beneficios obtenidos.

El cuarto poder del sistema democrático debería ser el del usuario/consumidor (la prensa debería ser el quinto), al mismo nivel que el legislativo, el ejecutivo y el judicial; sería la única forma de eliminar la aleatoriedad y la falta de continuidad de las iniciativas del lado de la demanda. Como parte orgánica del sistema tendría una garantía de supervivencia y de estabilidad de las que ahora carece.

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