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jueves, 20 de diciembre de 2007

La Web 2.0 y su coche escoba

Acabo de leer el libro Web 2.0 de Antonio Fumero, Genís Roca y Fernando Sáez Vacas, centrado en las perspectivas y repercusiones de la tecnología participativa --también conocida como 2.0-- en nuestra sociedad. A continuación, la casualidad ha hecho que lea La gacela de Wirayut, de Emilio Arias, y me ha venido a la mente la imagen del coche escoba ese que descalifica a todos los ciclistas rezagados que alcanza durante su recorrido. Porque el libro de Arias me ha provocado el mismo efecto sobre toda esa ciencia previsional y paradisíaca de la Web 2.0 de Fumero, Roca y Sáez: por mucha democracia participativa, mucha igualdad de oportunidades y mucha creatividad individual que facilite la tecnología, el trabajo por cuenta ajena sigue siendo la forma más extendida de supervivencia para la inmensa mayoría de humanos; mientras que por su parte las empresas siguen inmersas en un mercado regido por la optimización de los costes en un contexto de --no auténticamente-- libre competencia. Así que unamos los dos polos y reflexionemos tras la lectura de ambos textos.

El de Fumero, aparte de que debía haber revisado mejor la ortografía y la sintaxis antes de publicarlo, tiene un grave defecto fundamental: carecer de hilo conductor. En él repasa sin esquema previo --y si lo había se me pasó por encima, escondido entre tanto neologismo-- fenómenos más o menos recientes sobre los cuales hay puestas grandes expectativas de negocio, así como una serie de inminentes revoluciones "apalancadas" (un término que gusta mucho de repetir). En definitiva, una acumulación de jerga y siglas que dan cuenta de lugares comunes y previsiones lanzadas sin demasiado fundamento empírico. Mucho marketing y poca utilidad del lado del usuario/consumidor. Es el típico informe escrito en el lenguaje que los inversores esperan de los expertos: describir pautas de consumo en los que "apalancar" otras tantas oportunidades de negocio... Fenómenos que ya hemos visto, leído y oído en demasiados medios; esperaba un poco más de elaboración (al fin y al cabo es un libro). Con todo, lo que más me ha llamado la atención es su admiración desmedida por el éxito de Second life, cuyas cifras e iniciativas asume y apoya sin asomo de crítica, deslumbrado como está por el hecho de que es un ejemplo perfecto de economía virtual (¡fíjate tú qué cosas!).

Algo en lo que estoy totalmente de acuerdo con Fumero --y que Sáez también menciona-- es que por primera vez en la historia de la humanidad la tecnología es capaz de generar vínculos de socialización en forma de comunidades virtuales. Desde siempre la tecnología --el cine y la literatura están llenitas de parábolas al respecto-- se ha contemplado como una amenaza y un peligro de aislacionismo individualista. Esta "socialización por la tecnología" va a tener unas enormes repercusiones en toda la psicología social, que deberá asumir que la socialización interpersonal no es ya la única forma existente de integración en una comunidad (del tamaño y tipo que sea), sino que existe otra socialización alternativa --sucedánea, de limitados efectos, de peor calidad, todo lo que se quiera-- pero que está ahí y que tiene sus ventajas e inconvenientes. Los expertos del ramo van a estar ocupados unos cuantos años: algunos escandalizándose sin más, otros ignorando el cambio producido y aferrándose a la disciplina de toda la vida, los de más allá lanzándose de cabeza al nuevo paradigma de forma acrítica; y finalmente otros --los auténticos nuevos maestros de la psicología social de la era digital-- planteando teorías contrastables con la realidad. Así de previsibles y miserables son las revoluciones científicas en la ciencia social.

El texto de Roca, en cambio, está muy bien estructurado: ordena los conceptos y se ciñe al desarrollo anticipado de antemano. Se nota que tiene una base de estudios de letras y que ha rentabilizado su MBA. Su esquema de la realidad económica de la blogosfera me parece una excelente hoja de ruta que pienso asumir para desmenuzar y ordenar esta realidad en constante cambio. Según él, en la blogosfera cabe distinguir tres grandes intereses mutuamente interseccionados: los de las personas --iniciativas con y sin retorno económico--, los de las organizaciones --modelos de negocio-- y los del capital --las inversiones--, y dentro de ellas una serie de estrategias que extracto a continuación:

1) Los intereses de las personas
a) Iniciativas sin expectativa de retorno económico
b) Iniciativas con expectativa de retorno económico centrado en la persona
-Apóstoles o evangelizadores
-Implantadores
-Productores
-Proveedores de soporte
-Formadores

c) Iniciativas con expectativa de retorno económico centrado en el proyecto
-El modelo turista accidental
-El modelo "discográfico"


2) Los intereses de las organizaciones
a) Modelos de negocio basados en la audiencia
-Publicidad
-Comisiones
-Donaciones
-Pay per view

b) Modelos de negocio basados en la tecnología
-Pay for premium use

3) Los intereses del capital

Pero sobre todo quiero destacar su acierto al señalar el enorme error de cálculo de los inversores que dio lugar a la "burbuja tecnológica" del año 2000: pensar que podrían convertir en clientes una mera recopilación de audiencias reunida desde el señuelo de la gratuidad (esto último lo he añadido yo). Esta gran metida de pata inicial está pendiente de enmienda y en esa labor aún se encuentran embarcados personas, organizaciones e inversores.

El texto de Sáez sigue la línea del de Fumero, pero añadiéndole ese puntito de vanidad de autor consagrado. Se nota que su contribución (tampoco es que lo oculte) es un refrito de textos anteriores, así que poco aporta. Las notas al pie dan la medida de los poco que ha revisado el texto (echar un vistazo a los números 183 y 184).

Aun así, me reconforta comprobar cómo le preocupa el tema de la creciente complejidad tecnológica --una idea crucial que es el centro de gravedad de este blog-- y la dudosa capacidad del usuario para asimilarla y emplearla adecuadamente. Por un momento, creí que iba a hablar de "la tecnología que nos esclaviza", y la verdad es que hay párrafos en los que anda bastante cerca:

"Del efecto combinado de la interacción desequilibrada entre la complejidad creciente de la tecnología y la habitualmente escasa preparación del usuario medio se deriva esa forma moderna de «esclavitud» del humano respecto de la tecnología [...] La hipermultifuncionalidad instrumental potencialmente disponible acaba resultando superflua cuando es subexplotada por el usuario, tiende entonces a convertirse en hipofuncionalidad y queda inédita, invisible" (p. 105)

Aunque prefiero desarrollarlo en otro post, avanzo que mi concepto de la esclavitud tecnológica no se refiere --como en el caso de Sáez-- a la destreza de quienes la manejan, sino a la manera deliberada en que se diseñan e implementan tecnologías en modelos de negocio, servicios o plataformas, encadenadas a un exclusivo recinto técnico/económico del que deberán brotar beneficios. Esas "tecnologías esclavas" no pueden encontrar nuevos usos o mejoras en manos de la competencia, porque por decreto están encerradas en los nichos donde --en el éxito y en el fracaso; en la utilidad y en la inutilidad-- sus propietarios las han incrustado. Y aunque es cierto que en un mundo tan cambiante y en constante evolución técnica la única manera de consolidar un modelo de negocio que ofrezca resultados es la esclavización tecnológica, también es cierto que es altamente dudoso que una política opuesta esté condenada al fracaso: Android, la plataforma de software para telefonía móvil patrocinada por Google es de libre acceso, y eso no impide que sobre ella se sustenten otras tecnologías esclavas de alto rendimiento económico. Lo bueno es que la base se ha construido de forma consensuada y compartida, y ese tanto hay que anotárselo a Google. Otra cosa es que la compañía del buscador, gracias a esta iniciativa, no se asegure la compatibilidad total de sus aplicaciones web en todos los modelos de móviles que usen Android (eso si no exige que sus servicios vayan de serie en toda implementación). Pero ese es uno de los axiomas que consiguen que el capitalismo funcione: "vicios privados, públicas virtudes" (Mandeville dixit).

La parte final de su texto es un refundido de datos sobradamente conocidos (cifras de penetración social de la banda ancha, inversiones I+D, uso de la web...) con una mezcla de advertencias y lamentaciones sobre lo que hemos perdido por el camino: tiempo de reflexión y de análisis, el sentido de la prioridad de nuestras necesidades, relaciones cara a cara... y lo hemos sustituido por la celeridad, la superficialidad, el ansia de negocio rápido y la tecnificación a toda costa. En fin, el panorama que gusta pintar a los autores que --desde un punto de vista generacional o debido a sus estudios de letras-- echan de menos la sociedad más auténtica desplazada por esta otra descafeinada que propone la tecnología. Y aunque es cierto que hay excesos y pérdidas graves --las peores: la saturación informativa, el imperativo de la inmediatez y la automatización, el desprestigio de la lectura y la escritura analíticas, fundamento de la ciencia que produce esa misma tecnología-- no me gusta perder el tiempo en anotar aquello que hemos estropeado en lugar de destacar lo (poco o mucho) que vamos a ganar. Puede que sea algo diferente, puede que nos obligue a esforzarnos en no perder de vista ciertas capacidades y destrezas; pero ya que estos tiempos tecnológicos están aquí para quedarse, prefiero trabajar para adaptar lo bueno que ya teníamos; y si hemos de salir modificados --que saldremos-- que sea para mejor.

Por último, el texto de Arias: me ha defraudado porque esperaba algo más elaborado. Lo mismo que dije para Fumero vale aquí: falta revisar la sintaxis y la ortografía, aunque me parece estupenda su apuesta por la autoedición con precio asequible vía Lulu. Quizá esperaba el relato en primera persona de una experiencia de trabajo en entornos globalizados/deslocados, sobre los efectos de todos estos cambios que anuncian Fumero, Roca y Sáez. Pero me encuentro con una crónica demasiado castiza para mi gusto sobre el folclore de la oficina, que no se parece en nada a la saludable ironía de El principio de Dilbert (1997) de Scott Adams. Un coche escoba que se queda en plumerillo.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Hablemos de comercio electrónico

Esta vez no hay advertencias ni paradojas de ninguna clase, tan sólo quiero comentar dos experiencias de compra de regalos navideños por Internet.

La primera es en Playmobil, en la que he conseguido unos complementos para la casa colonial de muñecas que no encontraba por ninguna parte. Lo primero que debo decir es que el proceso no es nada amigable; eficaz sí, pero no agradable: tras el consabido registro hay que localizar el producto entrando por la gama que le corresponde, ya que la herramienta de búsqueda no sirve para nada a menos que se parametrice según los apartados del catálogo (algo absurdo desde el punto de vista del usuario/consumidor, que no tiene por qué conocerlos de antemano). Aunque lo peor de todo es la nula comunicación ofrecida por el vendedor: no envían un mísero correo al finalizar la transacción (eso siempre da seguridad el usuario/consumidor, que tiene algo a lo que agarrarse en caso de dudas o reclamaciones). Ni siquiera se dignaron responder a los dos mensajes que les envié solicitando confirmación de mi pedido. Tan deficiente atención queda compensada en parte con la celeridad en la llegada del pedido: exactamente a los cinco días (el almacén está en Valencia y la ciudad de destino era Barcelona, por lo que se comprende) sin ningún tipo de incidencia. Tanta eficacia queda deslucida por la ausencia de comunicación, así que les otorgo un regular.

La segunda es en la tienda Disney-Europa, localizada en Londres. Antes había llamado a varias tiendas de mi ciudad preguntando por un producto de la película Encantada (2007) y en todas obtuve la misma respuesta: "lo hemos tenido, pero ahora está agotado. No sabemos cuándo llegará porque no disponemos de esa información. Tampoco avisamos cuando reponen el producto ni hacemos reservas". Todo facilidades para el usuario/consumidor...

Lo que sí me llama la atención es que, siendo Disney una corporación tan global y globalizada, su tienda web no sea multilingüe. Aunque el registro y el inicio de sesión aparecen en español, cuando se accede a la tienda virtual todo está en inglés. El segundo gran defecto es la navegación: imagino que debido a su obsesión por la seguridad, cada fase del proceso se ejecuta en una nueva ventana del navegador, con lo que uno acaba con la barra de tareas llenita, llenita. Sobre la experiencia de compra, lo habitual cuando se trata de empresas estadounidenses: muy bien. Todo bien explicado, información adecuada, buscador eficaz, proceso de compra rápido y claro... Sólo debo mencionar un error en la penúltima ventana previa al pago: en el código postal de la dirección de envío aparecía el mismo que para la dirección de facturación (cuando yo había especificado dos diferentes), lo que me hizo dudar como usuario/consumidor y repetir el proceso otras dos veces ante el temor de cometer un error al indicar la dirección de entrega. Envían un correo de confirmación de pedido con un clausurado detallado y amplio (como estadounidenses que son), y otro más cuando el pedido ha sido entregado al logístico --DHL--, incluyendo el número de identificación del envío, para que pueda consultar su situación vía web (¡muy bien!). En la factura que venía con la mercancía incluyen una etiqueta postal preparada por si deseo devolver el producto (¡de nuevo muy bien!).

El argumentario es claro: me ahorro los desplazamientos, las aglomeraciones y tratar con vendedores mal formados y desinformados. El precio --incluyendo los gastos de envío-- no ha superado en ambos casos los 20 € (no he comprado cosas muy voluminosas ni caras, es cierto). Y aunque cada cual cuenta la feria según le va, yo digo a los usuarios/consumidores de la web: ¡no desaprovechemos algunas de las evidentes facilidades que nos brinda el comercio electrónico en fechas tan colapsadas como las navideñas!

martes, 4 de diciembre de 2007

Donde las cosas no tienen nombre

En el bar donde desayuno cada mañana, el dueño/camarero y los desayunantes de turno charlan sobre impuestos municipales. Por lo visto los bares y restaurantes deben abonar una tasa por anunciar productos y servicios propios (bocatas, comedor en el interior) a la calle. Cuesta comprender el sentido de la medida, ya que para los propietarios se trata de algo implícito en su actividad: promocionarse desde su propio local. Para el ayuntamiento de turno es una cuestión de gestión visual del espacio público.

Y hablando de tasas, el dueño recuerda los 90 € bimensuales que abona por tener la radio y la televisión funcionando en su bar. Por lo visto un bufete de abogados le remitió en su día una carta informándole de la conveniencia de realizar este pago a la SGAE, ya que no hacerlo podría acarrear consecuencias judiciales. El hombre, claro, se acojonó y ha empezado a pagar. ¿Qué bufete era ese? ¿Por cuenta de quién realizó ese mailing? ¿Qué porcentaje por tasa apalabrada se llevaba?

Desconecto de la conversación general y pongo en marcha mi dispositivo reflexionador guiado por un parcial y subjetivo sentido común: resulta que las emisoras de radio --la radiación de fondo de la inmensa mayoría de bares-- pagan religiosamente sus tasas a la SGAE por la música que emiten; pagan (imagino) por su licencia de actividad, o como mínimo su impuesto de sociedades. Creo que todo es correcto hasta aquí. Pero resulta que la fase final del proceso, la recepción de esas mismas emisiones gravadas en origen, también están sujetas a gravamen. La tasa no se aplica sobre la presencia de una radio o una televisión --aparatos que pagan su correspondiente canon incluido en el precio en el momento de su adquisición-- como servicio añadido al consumo de bebidas y comidas, sino sobre la escucha --inevitable, involuntaria, automática, indiferente-- del material sujeto a propiedad intelectual que llena parcialmente la programación. Me pregunto a quién debería remunerarse por escuchar esa otra parte que consiste en noticias o guiones originales redactados por el personal de las emisoras. Dado que los periodistas renuncian a los derechos de autor en sus contratos laborales, debería remunerarse a la entidad de gestión que se ocupara de la propiedad intelectual de las emisoras radiofónicas. Más aún, debería establecerse un porcentaje a repartir entre SGAE y emisoras en función del minutaje ocupado por la música y el material original. ¿Quién arbitraría ese porcentaje dado el inmenso espectro radiofónico? ¿Tiene sentido hacerlo?

Respecto a la televisión el problema es idéntico: éstas pagan sus licencias de actividad, sus impuestos de sociedades, pagan a la SGAE --puntualizo, creo que la única que paga religiosamente el canon a actores y directores es TV3, la televisión autonómica catalana-- por emitir contenidos audiovisuales sujetos a propiedad intelectual. Sin embargo, al otro lado del proceso, también existe otro hecho impositivo sobre el mismo material: la recepción individual en espacios privados de libre acceso. Caigo en la cuenta de que algunas radios y televisiones son públicas, no privadas: ¿qué pasa con las emisoras públicas? ¿Tiene sentido gravar la recepción de emisiones públicas libres, gratuitas y gravadas --como las privadas-- en origen? ¿Tiene sentido gravar emisiones de televisión privadas --gravadas en origen, como todas las demás-- para cuya recepción se abona previamente una cuota de suscripción?

Me pregunto si sería posible, en este contexto, que radios y televisiones trataran de recuperar parte del dinero que abonan por emitir material sujeto a propiedad intelectual gravando a su vez la recepción de sus materiales originales. ¿Cómo reaccionaría la audiencia? Es más, como soy un usuario/consumidor de a pie, mi populista sentido común me dice que esto es gravar dos veces el mismo producto o servicio.

Una última pregunta: ¿por qué nadie se molesta en controlar la distribución y exhibición indiscriminada de anuncios publicitarios? Si es inútil poner por escrito la respuesta, me gustaría que se pudiera aplicar en este caso el mismo razonamiento tautológico.

Mientras los parroquianos charlan y callan suena uno de los viejos éxitos de Dire Straits, luego This love de Maroon 5 y luego Grita de Jarabe de Palo. Me pregunto qué parte de los 90 € bimensuales llegará realmente a estos intérpretes en forma de cheque. Ahora suena Where the streets have no name de U2. Ya tengo título para este post.

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