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miércoles, 28 de noviembre de 2007

Nuevo positivismo digital (VI): El enésimo tránsito a la modernez cultural

Nuevo positivismo digital (I)
Nuevo positivismo digital (II)
Nuevo positivismo digital (III)
Nuevo positivismo digital (IV)
Nuevo positivismo digital (V): Los turoperadores del océano cibernético


Leo el artículo-decálogo de Vicente Verdú sobre la "superviviencia" de la novela y no sé si es un cabreo sin más, un cabreo calculado que pretende convulsionar o un desvarío fruto del despiste o de un exceso de modernez mal digerida. Esperaré a que lo leas en este enlace antes de seguir con mi reflexión.

Una vez acabado, seré obvio y pondré por escrito algo que el señor Verdú sabe perfectamente: la literatura --y mucho menos la novela-- no es la única forma de narración existente. Otra cosa es que sea la segunda más vieja (la primera, por supuesto, es la oral). De manera que, si debemos rasgarnos las vestiduras o prepararnos para el cambio habrá que hacerlo por el único tipo de ficción novelesca que corre peligro: la que cristalizó en el último tercio del siglo XX; y cuyo éxito social ha sido, esto también es obvio, la principal fuente de ingresos de la industria editorial. Si hablamos de un cambio de este modelo al nuevo que describe Verdú entonces no tengo nada que objetar, sino aplaudir.

Pero el tono y el contenido del texto no me dan esta impresión, así que yo sigo con lo mío. Según Verdú la nueva novela debe ser:

1) Estar escrita de forma que se impida conscientemente su adaptación a otro medio (audiovisual en la práctica).

2) Valorarse no por sus complejos o atractivos argumentos sino por "la intensa degustación del texto". Esto ya está inventado: es la poesía.

3) Dar primacía absoluta a lo inmediato y lo fragmentado frente a la dosificación del efectismo. Un blog --el modelo no declarado que está tomando-- no es un formato narrativo, en todo caso es nuestra tendencia innata a percibir la discontinuidad como un continuo lo que puede hacer creer lo contrario.

4) Potenciar la interacción y la multiplicidad de tramas. En este caso el videojuego es el modelo narrativo no declarado, pero cuidado, sus (aparentemente) infinitas tramas argumentales posibles no dejan de ser cauces prefabricados, en los que la elección del jugador se hace a partir de las opciones que se presentan según el contexto. En un videojuego, el usuario/consumidor nunca "crea" nada que no haya sido planificado de antemano en fábrica. Muchas opciones para elegir puede ser interactividad, pero nunca creatividad; nuestra única aportación creativa es la suma de todas las opciones elegidas, y aun así no se trata más que de una variación de elementos finitos.

5) Manejar como tema estrella y casi exclusivo la peripecia interior del autor, basada en vivencias propias y transmitidas en primera persona del singular. Si la literatura del último tercio del siglo XX ya era de fuerte tendencia autobiográfica (incluida la ficción), ahora se trata de elevar a la enésima potencia esta premisa, hasta rozar casi la atrofia: la narración del Yo-Yo-Yo.

6) Cultivar como ingrediente necesario el sentido del humor, o mejor aún, la ironía. Su presencia sería el antídoto contra la sacralización y la ritualización nefastas hacia las que tiende la novela actual. Contra lo sagrado, la banalización de las vidas individuales, contradictorias y miserables.


Lo que parece poner más enfermo a Verdú es el acartonamiento y la falsa solemnidad que se da a sí misma la literatura junto con "los novelistas a la violeta que siguen autoestimándose como demiurgos y atribuyen a la literatura una supuesta misión de libertad, de salvación universal y de formidables tontadas por el estilo". Creo que este es el germen de todo su cabreado decálogo, y ciertamente su sintético diagnóstico no me parece nada desencaminado: zarandajas.

Lo que ya no me parece tan bien es el camino que toma en su huida hacia adelante, en el que se topa de bruces, nada más echar a correr, con el fenómeno blog. La evidencia de un alto porcentaje de blogs que no son narraciones de ficción no parecen ser un obstáculo lógico para su razonamiento; a Verdú le bastan las altas dosis de sentido común, sinceridad y desparpajo que emanan (al fin y al cabo sus autores carecen en su inmensa mayoría del prestigio de los autores consagrados) los blogs para otorgarles sin decirlo claramente el relevo como vanguardia de la novela. De modo que toda esa revolución revulsiva e irreverente de una nueva novela se queda en renegar del pasado y lanzarse en brazos de la primera pseudomodernidad que se tiene a mano (y casualmente, no lo olvidemos, el medio en el que se viene expresando con mayor asiduidad el autor). Quizá un pelo exagerado ¿no?

Lo detectamos en los demás casi siempre y al experimentarlo uno mismo se tiende a negarlo con vehemencia: cuando uno despotrica contra todo y vaticina crisis de valores inéditas y apocalípticas lo que suele haber detrás es una crisis de los valores de quien escribe. La literatura y el cine son sectores económicos maduros --con pocas perspectivas de una revolución en cuanto a márgenes comerciales-- y con escasa o nula iniciativa de renovación desde dentro; sin embargo, en la red cada dos meses todo se pone patas arriba, con la consiguiente ganancia de río revuelto. Yo diría que la renovación más importante no vendrá del lado de los blogs (al fin y al cabo un fenómeno parasitario: necesitan que haya grandes medios para existir como alternativa), sino del sector de los videojuegos. En él sucede todo lo contrario: la esclavización tecnológica a base de plataformas privativas y la enorme rotación de novedades hacen que los márgenes sean mucho más elevados --estilo telefonía móvil-- y generen el triple de ingresos y expectación que cualquier estreno de Hollywood. Un ejemplo: el lanzamiento de Halo 3 para XBox 360 consiguió recaudar 300 millones de dólares; en ese mismo fin de semana, la película Matrimonio compulsivo (2007), un producto de consumo a priori socialmente mayoritario, logró apenas 14. Está claro que si eres inversor y te dejan escoger, ¿dónde meterías tu dinero?

El videojuego va ganando prestigio y comiendo mercado al cine a base de producir unos beneficios que asustan
. Jordi Costa cree que se trata de un salto hacia la "alta cultura" debido a la madurez de su industria. A mí me parece un síntoma de beneficios a raudales. Basta echar un vistazo a esos videojuegos para comprobar que tras esos renderizados de primerísima calidad hay argumentos simplificados al máximo, por lo que habría que relativizar un tanto eso de "alta cultura".

No a la alta cultura, pero sí se está produciendo un asalto: a los espacios del poder mediático. Guionistas de videojuegos como Michel Ancel --creador de Rayman o Beyond God & Evil--, Shigeru Miyamoto --Super Mario Bros, Donkey Kong-- o programadores como Fréderick Raynal --padre de la saga Alone in the dark-- son entrevistados, condecorados y compilados en exposiciones como si fueran escultores o arquitectos. Les piden su opinión sobre la creatividad, el futuro del ocio narrativo, la evolución de los efectos digitales y, por supuesto, las obligadas profecías acerca del negocio... Adoptan el mismo rol social que interpretan desde hace décadas escritores y cineastas (ese que parece reventar tanto a Verdú), la diferencia es que ahora el dinero llega desde otro lado, así que eso tiene que notarse en el minutaje de los medios.

Es cierto, la novela y el cine agonizan; asistimos a un cambio de modelo. Sin embargo, a diferencia de otros tránsitos del pasado, esta vez sí se dan factores realmente inéditos. Puede que en las sucesivas etapas de consumo de ocio narrativo --literatura popular, seriales radiofónicos, tardes de domingo en el cine y luego en el salón de casa-- haya un elemento común: se trata de un proceso de transferencia de audiencias alimentadas por una minoría de artistas y gentes del espectáculo (escritores, locutores, directores). Con el videojuego la cosa cambia: detrás de esta industria no hay autores más o menos hechos a sí mismos, sino una legión de técnicos que precisan unos conocimientos y formación en unas herramientas especializadas (interactividad, dialoguistas, paisajistas, programadores, artistas visuales, sonido, guionistas...) que superan con creces los requisitos habituales de cualquier ocio mayoritario que hayamos conocido antes.

Y aquí desembocamos en la que considero la mayor paradoja de todos estos tránsitos: desde hace unos años se ha extendido la idea de que la formación es un valor que genera no sólo conocimiento sino también beneficios. Los políticos se llenan la boca con ella cada dos por tres y las iniciativas en esta línea son apoyadas por amplias mayorías. La ampliación de la educación obligatoria hasta los 16 años fue una de esas medidas, a pesar de lo cual muchos países de la OCDE exhiben preocupantes índices de fracaso escolar. Para combatir esos malos resultados se habla de extender esa edad en Gran Bretaña hasta los 18. ¿Cómo se conjuga la evidencia de un segmento de población obligada a escolarizarse que desea abandonar los estudios para acceder al mercado laboral (y así disponer de dinero con que pagar su ocio) con una demanda laboral para el sector del ocio que requiere gente formada y especializada? No sé la respuesta, lo único que veo es una brecha social entre una mayoría que anhela ser audiencia (más o menos pasiva, sin estudios, sólo con poder adquisitivo) y una minoría --cuya formación requiere tiempo, sacrificio y esfuerzo-- que se encarga de proporcionárselo en dosis cada vez más sofisticadas.

Procuraré que no me deslumbren las cifras ni la radicalidad de las novedades anunciadas: la interactividad limitada del videojuego alimenta el espejismo de un salto cualitativo respecto a la ficción cinematográfica y novelesca. En realidad hay un cambio tecnológico acompañado de otro de negocio: nuevos productos, nuevas reglas. Si la palabra debe medir su prestigio y su "superviviencia" con el audiovisual, dentro del ámbito de lo audiovisual están claras las semifinales de esta Champions tecnológica y económica: la televisión juega contra Internet y el cine contra los videojuegos. ¿Alguien apuesta por una final Internet-Videojuegos? Yo no estaría tan seguro...

(continuará)

jueves, 22 de noviembre de 2007

Levitando

Hablando de la aprobación de la Ley de Acceso Electrónico de los Ciudadanos a los Servicios Públicos Javier Candeira celebra algunos de sus logros y lamenta tres de sus principales defectos, por las consecuencias tecnológicas y sociales que pueden acarrear. El primero y el tercero son razonados y razonables (y el que quiera conocerlos en detalle que acceda al texto, pues vale la pena), pero el segundo he tenido que leerlo dos veces porque no podía creerlo: "Tampoco se garantiza el principio de transparencia y el derecho a conocer todo lo relativo a los procesos públicos. Los ciudadanos deberían tener derecho a auditar el código fuente de los sistemas informáticos que tramitan sus procedimientos administrativos. El no tener este acceso supone una falta de transparencia, que se traduce en una merma de las garantías democráticas de nuestro Estado" (PC Actual Nº 198:20).

Que yo sepa, desde que existen los servicios públicos, las garantías están en los requisitos de entrada (todo el mundo debe poder acceder en igualdad de condiciones y atendiendo a determinados criterios compensatorios de tipo social/personal) y los resultados de salida (plazos, forma). ¿Acaso alguien --en la era analógica y del papel-- se ha rasgado las vestiduras por no poder auditar cómo pasa de negociado a negociado su expediente? Eso sin entrar a debatir cuánta gente está en condiciones, tiene tiempo y ganas de auditar el código fuente de --pongamos por caso-- el procedimiento de renovación del permiso de conducir. Quizá diez o doce ingenieros --filántropos y desconfiados a la vez-- estén dispuestos a hacerlo, pero la mayoría creo que se conformaría con poder tener su renovación a tiempo y gratis. ¿Vale la pena montar un acceso público y garantizado a dicho código para tan poca gente capacitada? ¿A qué viene esta paranoia? ¿No deberíamos seguir auditando las entradas y las salidas, que además de más sencillo es igualmente eficaz?

Javier Candeira, sigo con interés tus artículos, y comparto tu punto de vista sobre la necesidad de apostar por los estándares abiertos, ya que eso --aparte del ahorro que supone para el Estado-- obligaría a las corporaciones que monopolizan de facto el mercado a abrir parte de sus plataformas; pero admitamos que a veces levitamos tanto que olvidamos que estamos hablando de tecnología aplicada a la vida cotidiana, y no en un avanzado debate cuyo alcance no supera los límites de la tecnología informática, donde esa obsesión auditora quizá tenga más sentido.

lunes, 12 de noviembre de 2007

¿Cómo me gustaría que fuera el iRead (o el GBook)?

Las industrias editoriales son las últimas del sector cultural fuertemente arraigadas al modelo analógico de distribución. Esto no es malo en sí mismo, pero hay numerosos síntomas de que los usuarios/consumidores aspiran a que vaya por otro sitio, muy probablemente con la esperanza de aumentar las posibilidades de una bajada de precios o de sortear unas reglas de juego que --una vez dado el mismo tránsito a lo digital en otros sectores-- les beneficie de forma colateral. Por su parte, los diarios en papel se han encontrado con un fenómeno --parcialmente inesperado y analógico-- que ha acelerado su tránsito hacia lo digital: los diarios gratuitos; surgidos en su momento como una eficaz arma para conseguir publicidad a cambio de unos contenidos mínimamente periodísticos, y también ante la pérdida de credibilidad y la amenaza del descenso de ventas en papel. La prensa analógica --una vez asumido el fracaso de trasladar el modelo de suscripción en papel a la web-- ha probado de todo, siendo la medida más reciente mimetizar todo lo posible sus diseños con los de los diarios gratuitos; pero no sólo eso, sino también diluyendo la calidad de los contenidos (creyendo erróneamente que ahí está una de las causas del descenso de ventas), rebajando en muchas ocasiones el nivel de profundidad del análisis y/o reduciendo el espectro de temas a tratar (priorizando los de cotilleo y la adopción de un punto de vista de eficacia garantizada: el bolsillo del consumidor).

Las editoriales están capeando mejor el temporal por una razón evidente: excepto las "majors", la mayoría han vivido al filo de las pérdidas gracias a que la lectura no es ni mucho menos una prioridad entre los usuarios/consumidores (a diferencia del cine, la música o los videojuegos). Tradicionalmente, el autor literario ha sido el peor tratado por las industrias culturales, con unos contratos abusivos de derechos de por vida. Resulta paradójico, ahora que la labor pionera de la agente literaria Carmen Balcells comienza a dar sus frutos (con unos contratos mucho más justos y adaptados a la realidad), que les pille el toro del cambio tecnológico. Esperemos que los avances en materia de derechos de autor no se echen a perder con el más que previsible desbarajuste en las cuotas de mercado que sobrevendrá con el tránsito digital. Sin embargo, otras dos circunstancias --una ergonómica y otra estratégica-- mantienen a los editores sólidamente establecidos en el universo de lo analógico: la lectura en pantalla de textos largos resulta incómoda, y la inexistencia de apuestas serias por dispositivos portátiles para la lectura de libros electrónicos que vayan acompañados (como es el caso de iTunes y otras tiendas que han seguido su estela) de un modelo de distribución y venta de obras literarias. Es necesario que una marca --con la capacidad de repercusión mediática y social de Apple o Google-- abran una brecha en este sector que se sostiene precariamente desde hace décadas a pesar de todos los apocalipsis que se le vaticinan de manera recurrente.

Vaya por delante que no estoy en contra del papel ni de los modelos de negocio basados en canales analógicos de distribución, ni tengo ninguna animadversión personal hacia ellos; simplemente aspiro a que la tecnología --que ya está facilitando cambios y reestructuraciones en el equilibrio de fuerzas existente en otros sectores-- mejore y potencie mi experiencia lectora. Y esto no me parece que sea algo que amenace ni necesite de la sustitución de un modelo por otro. Otra cosa muy distinta es hacia dónde se decantan los usuarios/consumidores, como está pasando con la prensa gratuita o las descargas de música. Defiendo y defenderé la lectura, pero no me convertiré en un fetichista del papel ni de lo digital a cualquier precio.

Estoy convencido de que Steve Jobs ya está trabajando en un iRead (puede que Google también tenga algún proyecto parecido, en la línea de Android) que, si no revoluciona el mercado, por lo menos levantará una polvareda suficiente como para convulsionarlo y forzarlo a moverse hacia adelante. Lo que voy a poner por escrito es mi propio análisis de requerimientos desde mi perspectiva de lector, consumidor/usuario de a pie sin recursos infinitos y tecnócrata de letras regido por el sentido común.

Querido Steve/queridos Larry y Sergey, quiero un iRead/GBook que:

1) Sea pequeño, ergonómico y manejable, con una resolución de pantalla que haga cómoda la lectura. Poco peso (fundamental), tipos de letra, tamaño de letra, brillo regulable, cambio de página espectacular y encantador.

2) Aunque los antecedentes con Apple no vayan en esa dirección, el sistema operativo sea una plataforma de software libre (estilo Android), para permitir aportaciones de terceros, y sin perder de vista estos tres objetivos: intuitivo, sencillo y práctico.

3) Tenga un formato de libro electrónico que incluya, además del texto, un resumen, una valoración (opcional) y enlaces relacionados/recomendados/patrocinados con la obra y el autor.

4) Igual que cuando compramos un libro nos lo quedamos, que los libros electrónicos que compremos puedan adquirirse indistintamente desde el iRead/GBook o el ordenador, y transferirlos en cualquier dirección entre ambos, sin limitaciones ni DRM ni nada parecido.

5) Permita hacer anotaciones (con un teclado retráctil), copiar fragmentos para extractar (y/o enviar por correo sin interrumpir la lectura) y marcar páginas para accesos rápidos.

6) Tenga fácil acceso a notas "a pie de pantalla", posiblidad de ampliar mediante conexión a sitios relacionados/recomendados/patrocinados y opciones de personalización de las diferentes acciones.

7) Las anotaciones y extractos queden asociadas junto con el libro, pero en un fichero aparte fácilmente identificable y exportable a cualquier procesador de textos o gestor de blogs.

8) Se pueda leer, comprar y acceder tanto a libros como a prensa (la pantalla deberá poder rotar, igual que el iPhone).

9) Compartir, enviar y recibir libros electrónicos por correo sea completamente posible.

10) Por una cuota, una suscripción (aunque los tiempos parece que no están por esa labor) o un precio ligeramente más alto, se pueda acceder antes a novedades. Que determinados libros con derechos de autor caducados sean gratuitos para servir de incentivo a nuevos usuarios/consumidores.


Google apostó muy pronto por los libros, pero lo hizo desde una perspectiva estrechamente ligada a su producto estrella: el buscador. Su objetivo era digitalizar libros y localizarlos en enormes bibliotecas virtuales; y una vez localizados encontrar exactamente el fragmento de texto deseado. Todo un reto para una época en que el buscador era casi su único negocio. Hoy los problemas de derechos de autor y la diversificación de las actividades ha diluido un tanto este proyecto. Lo que es seguro es que "electronificar" libros tiene mucho futuro. No nos engañemos: los tecnócratas que leen tienden a tener poder adquisitivo medio-alto, y están dispuestos a pagar por rarezas, así que los fondos editoriales están de enhorabuena.

Asumo que los fondos editoriales se deberán contratar inicialmente mediante acuerdos en exclusiva (esclavizarlos a una tecnología), y que las expectativas de negocio de determinadas obras/autores serán los acicates durante los primeros pasos, pero lo que está claro es que hay un sector de usuarios/consumidores que quiere leer digitalmente y facilitar las reacciones que suelen provocar sus lecturas más provechosas.

En definitiva, Steve, Larry y Sergey: quiero un dispositivo que haga compatibles mis necesidades como lector y el surgimiento de nuevos yacimientos de negocio en el mercado editorial. Precisamente su viabilidad económica es la segunda garantía de continuidad de la literatura (la primera, claro está, son los autores); evitando en lo posible transferir y arrastrar por decreto monopolios (tecnócratas y de contenidos) desde el universo analógico.


Actualización (20/11/2007): parece que no soy el único en preguntarse por qué los libros son el último refugio de lo analógico, también es algo que preocupa a Jeff Bezos, el fundador de la librería Amazon. Casi como respuesta a mi carta se presenta en Nueva York Amazon Kindle, el lector de libros electrónicos que tiene detrás un modelo de negocio sólido y estable, el de la librería Amazon. Pero el titular de la noticia lo dice todo: "el iPod de los libros". Apple sigue siendo la referencia. Veamos qué proponen:

-300 gramos de peso, 19 centímetros de alto, pantalla con resolución 800x600, batería preparada para durar hasta 7 días, puerto mini USB y conexión de audio con auriculares (imagino que para audiolibros).

-Capacidad de almacenamiento: unos 200 libros (256 Mb ampliables), exclusivamente del formato con el que los vende Amazon por unos 7 €.

-Descarga directa desde Amazon (via modem wireless), pero sin posibilidad de sincronización con un ordenador ni conexión a Internet ni correo electrónico; y sin embargo tiene teclado. Que no funcione como reproductor de música o como teléfono me parece obvio, pero algunos parece que lo echan de menos.

-Enlaces recomendados/patrocinados: Wikipedia y New Oxford American Dictionary (requiere registro). Lectura de periódicos y blogs previo pago de cuota por cada uno de ellos (diarios prestigiosos 10 €; blogs sin prestigio 0,60 €).

-Precio: 280 € (disponible sólo en EE UU).


Por un lado me consuela comprobar cómo algunos de mis requerimientos forman parte de las preocupaciones de los fabricantes y editores; pero por otro me entristece el alto nivel de esclavitud tecnológica al que ha quedado anclado el Kindle (y eso que asumo que mi nivel de ingenuidad está por encima de la media): sin posiblidad de descarga a un ordenador, sin conectividad libre a Internet, sin información relacionada. Desde luego, en estas condiciones yo no me lo compro.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Sacar la pata de donde se ha metido y el cabreo de los expertos...

Es justo reconocer los errores, en este caso las inexactitudes: estoy leyendo el libro Web 2.0 (espero que Tim O'Reilly no me demande por usar su marca registrada) de los colaboradores de Microsiervos Antonio Fumero y Genís Roca, y en el que sí se preocupan de hablar del origen determinados conceptos que el señor Juan Cueto manejaba --en un artículo que me preocupé de alabar-- de una forma calculadamente ambigua, como si fueran inventos fruto de su reflexión. En aquel post elogié a Cueto por su agudeza al hablar de inmigrantes y nativos digitales, cuando en realidad son de Mark Prensky, que los parió en 2001. No sé si Cueto conoció la dicotomía nativo/inmigrante a través del libro de Fumero y Roca, o de la entrevista de Intervenir en 2005, o del mismo O'Reilly, o de ves a saber qué búsqueda googlera o conversación posconferencial/pospresentacional, pero por lo menos creo que debería mencionar --aunque fuera de pasada-- de dónde extrae sus fuentes de reflexión (aunque no sean dominicales). Por lo que a mí respecta, escribiré quinientas veces en mi Tablet PC: quitaré el IVA a todos mis gurús y procuraré llegar hasta la fuente original, o al menos contrastarla antes de lanzarme a elogiar o a criticar sin medida.

Y ahora que he purgado mi mala conciencia, me dedico a mi repaso reflexivo de las novedades tecnócratas:

Los expertos en rumores y filtraciones han quedado seriamente tocados bajo la línea de flotación, puesto que el esperado asalto a la telefonía móvil por parte de Google no es un terminal (imagino que los de Apple respirarán aliviados) sino el anuncio de una plataforma de software libre específicamente diseñada para terminales móviles, que es una cosa muy diferente. Aparte del hecho de que se trata de una iniciativa compartida con otras 24 empresas, lo cual le otorga unas garantías sólidas en su lanzamiento, es un proyecto directamente relacionado con lo que mejor hace Google: software, y encuadrado en el sector más emergente y de inmediato beneficio que existe: la telefonía móvil. Es un triple acierto al que hay que añadir el hecho de que sea una arquitectura abierta, con lo que la innovación y la libre competencia están garantizadas ¿Quién más puede decir lo mismo? Ahora sólo falta esperar que el craker de turno cuelgue en Youtube su tecno-briconsejo en el que ha conseguido instalar Android --así se llama el invento de Google, como la startup que compró sigilosamente en pleno verano de 2005-- en un iPhone. Más de uno estará ya dándole vueltas al tema.

Tras este fracaso evidente del pensamiento previsional más aparentemente capacitado no es de extrañar que el gremio contraataque: es noticia que los efectos masificadores de la blogosfera están pasando factura a expertos de todo tipo (en el sentido más tradicional del término: consultores, asesores, catedráticos...). Lo cual no nos debe extrañar, pues si todo el mundo tiene un blog, si todo el mundo opina, se hace muy difícil separar el grano de la paja y distinguir al buen profesional (antes había muy pocos y era fácil saber dónde encontrarlos) del aprovechado o del zumbado. Algo muy parecido les sucede a los editores: ya existen informes que argumentan con datos lo que el sentido común intuía hace tiempo, a saber, que lo que para los grandes medios tradicionales es noticia no lo es para esa multitud de personas anónimas que mantiene sus blogs a su manera. Para éstos se trata de destacar cosas prácticas, que aporten alguna ventaja (o afecten) a los temas y acontecimientos sobre los que se sienten concernidos. La conclusión a la que llega Nicholas Carr es que, al haber tantos editores como personas, las noticias se han embrutecido.

Nueva obviedad: está claro que no todo el mundo tiene algo interesante que decir, ni está capacitado para ofrecer una buena selección de hechos noticiables; hay gente que lo hace más o menos bien de forma natural e instintiva, mientras que una gran mayoría son torpes por naturaleza... Lo que no se puede hacer es denunciar la posibilidad de que cada individuo se convierta en editor (aficionado o con aspiraciones profesionales). Desde el punto de vista de un profesional de toda la vida, el problema más inmediato al que tiene que enfrentarse es que su competencia se verá incrementada con aquellos aficionados que lo hacen bien (no son tantos); aun así ¿a qué viene tanta preocupación por la legión de los que lo hacen mal si está claro que esos no son competencia? ¿A qué vienen estas pataletas clasistas?

Para certificar el acta de este divorcio entre agremiados y neófitos llega Andrew Keen, que en su libro The cult of the amateur denuncia precisamente el intrusismo de esos blogueros/editores recién llegados (en versión para el usuario/consumidor: de los que no estamos agremiados ni prestigiados a la manera tradicional, ni académica ni socialmente), quienes por lo visto representamos una amenaza. De hecho, el elitista argumento central de la obra no se basa en nuestra competencia, preparación y experiencia, sino en nuestra ausencia de prestigio, razón por la que no nos considera expertos en nada. Se trata de la clásica defensa del statu quo desde el corporativismo más rancio; síntoma inequívoco de que los expertos han visto peligrar sus fuentes de ingresos. Lo curioso es que esto no impide a Keen mantener su blog como si fuera un usuario/consumidor más. Imagino que lo que le debe sentar peor es tener tantos árboles alrededor y que su aportación --a veces no demasiado interesante-- tenga que abrirse paso por méritos propios.

Por suerte no todos los expertos piensan igual, y por ejemplo Francis Pisani coloca el debate en su contexto justo: la blogosfera --lo mismo que la Larga Cola-- no funciona sin la existencia de medios tradicionales ni sitios de información profesional. Se necesitan ambos para que florezca por reacción una blogosfera de aficionados, así que no hay que plantear las cosas en términos de enfrentamiento ni de sustitución de uno por otro. Lo que asusta es la libre competencia; esto lo saben muy bien los empresarios, quizá para los tecnócratas sea algo relativamente nuevo.

Termino con una idea-fuerza que he leído en varios textos recientes y que me ayuda a balizar mentalmente ese concepto inabarcable que es la Web. Lo resumo tal y como me lo formulo mentalmente: la sociedad digital ha acabado con las fronteras geográficas, pero potencia inevitablemente las idiomáticas. De nuevo encontramos un contexto en el que las lenguas pueden dividir; aunque esa misma división proporciona un criterio objetivo para empezar a segmentar el magma digital de usuarios/consumidores que ahora somos. No es una advertencia ni una amenaza sino un consuelo: aprender un idioma es más fácil que quedar atrapado en las alambradas de cualquier frontera geopolítica.

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