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miércoles, 26 de septiembre de 2007

¿La Larga Cola es la nueva locomotora o el nuevo uso de un vagón readaptado?

Hay algunas preguntas que quiero lanzar para comprender mejor eso de la Larga cola (Long Tail). Se trata de un concepto acuñado por Chris Anderson en 2004 (y que se convirtió en libro en 2006) que sostiene básicamente --y cito a Enrique Dans, cuyo artículo sobre el tema en PC Actual Nº 196 es la causa de mis dudas-- que:

"En un mundo en el que la gama de productos y servicios tiende a infinito, y en el que además todos ellos están disponibles con prácticamente igual facilidad, parece razonable pensar que el mercado se estructurará con unos patrones completamente diferentes a los que adoptaba cuando la oferta era muy limitada en gama, y los canales de información en manos del cliente eran muy escasos y estaban casi todos bajo el control del fabricante".

Lo primero que quiero recordar es que --a pesar de las inmensas mutaciones sociales y tecnológicas-- el cliente (el usuario/consumidor) sólo se ha podido hacer fuerte en un único canal de información: el de las redes sociales. De éstas sólo unas pocas están incrustadas en webs con modelos de negocio maduros y rentables (eBay, Netflix o Amazon básicamente; aunque también la especializada y emergente Facebook), las cuales se potencian y se optimizan por evidentes razones de interés económico, y cuya continuidad no está garantizada puesto que está supeditada a la viabilidad del negocio en el tiempo. Así que no nos dejemos llevar por la euforia igualitaria ni el anuncio de nuevos paraísos sobrevenidos.

Esta es mi primera pregunta: ¿se puede hablar de Larga Cola cuando no hay un modelo de negocio detrás? Porque a mí la Wikipedia me parece sólo un buen ejemplo de red social emergente que eclipsa a otros canales especializados, no un ejemplo de "economía Larga Cola".

Lo nuevo y revolucionario de la Larga Cola --sigue diciendo Dans-- es que si antes el 80% de los ingresos lo proporcionaban el 20% de los productos (Pareto dixit); en la Nueva Economía Digital la proporción queda como sigue: un 2% genera el 50% de los ingresos (siendo generosos), un 8% el 25% y el 90% restante el otro 25%. Según esto, el primer modelo --lo que Dans denomina la "economía del hit"--, en el que los ingresos se fian al éxito de un solo producto, está en regresión o directamente obsoleto.

Y aquí va mi segunda pregunta: ¿la Larga Cola implica necesariamente un núcleo-hit que permite la existencia misma y la posibilidad de explotar la estela --el resto de productos que no son hits--, o la estela sustituye al núcleo en el papel de locomotora? Porque lo que yo veo por todas partes son alabanzas sin límites a los éxitos alcanzados por eBay o Amazon (no olvidemos que en el mundillo económico sólo se cuentan las historias que acaban en beneficios), acerca de las bondades de sus respectivos sistemas de feedback y de recomendaciones mantenidos por los propios usuarios/consumidores, y de lo bueno que es eso porque da la voz al cliente y porque es más justo y porque bla, bla, bla... Si hemos de ser consecuentes con la metáfora, los cometas no tendrían cola si no hubiera un núcleo que la causara; de la misma manera, si no se obtiene el 50% de los ingresos con auténticos best-sellers, los buscadores de rarezas no se acercarán ni por asomo adonde no los venden (por una simple cuestión de confianza y de nombre).

Mi tercera pregunta es doble: si la Larga Cola no necesita un núcleo ¿resultarán viables sitios web que no comercialicen productos-núcleo? En cambio, si la Larga Cola implica un núcleo (este papel pueden desempeñarlo otros webs de la competencia), ¿éste se explota de la misma forma que hasta ahora o hay novedades también?

¿Bastará con desarrollar algoritmos que potencien al máximo las contribuciones de los usuarios/consumidores para asegurar una economía digital basada en el mercado de la Larga Cola? ¿Serán capaces estos sistemas sostenidos por individuos ajenos y desconocidos, sin embargo integrados en negocios web completamente privados, de independizarse de las empresas que ahora los potencian y encima seguir siendo influyentes? ¿Es viable un mercado digital compuesto de tooodo, absolutamente tooodo lo que producen los individuos, o más bien hay un límite para el número de agentes que puedan explotar el mercado de la Larga Cola?

En definitiva: ¿es la Larga Cola la nueva locomotora de la planificación estratégica de las empresas o es una forma de adecentar ese vagón viejo y olvidado para obtener de él un nuevo aunque limitado rendimiento? Si este blog tuviera más audiencia se montaría un interesante debate a base de comentarios, pero la selección natural también existe en la blogosfera.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Baños de realidad

The New York Times, el diario de referencia para el resto de diarios occidentales no necesariamente conservadores, ha decidido abrir (=convertir en gratuita) completamente su edición digital, teniendo en cuenta que actualmente --mediante las cuotas pagadas por los abonados-- obtienen 7,2 millones de euros y que, por publicidad, seguramente podrían obtener mucho más. En la práctica, el acceso de pago estaba restringido a las firmas estelares y a la hemeroteca; después de este cambio de criterio, esas firmas serán accesibles como el resto de noticias y el archivo también (entre 1851 y 1923 porque los derechos han caducado y debe ser de acceso libre; y entre 1987 y 2007 porque es una forma de atraer visitantes). La razón argumentada por la dirección es la de siempre: como todo es gratis en Internet pues hay que mimetizarse con el entorno. Como siempre, en un segundo plano queda la pregunta que debería estar en la cabecera de todos esos infinitos debates sobre el futuro de la prensa escrita: ¿debe ser la edición digital de un periódico un calco de la impresa? Y si no debe serlo (que es lo que yo creo, porque el medio es muy diferente), ¿qué formato debe adoptar? Esta es la pregunta clave por la que deben comenzar las tertulias y los análisis de los expertos. Acabemos ya con las nostalgias y los apocalipsis de cada jueves y los lamentos plañideros de quienes intuyen que su prestigio y su negocio se van a ir al garete o a sufrir un importante recorte de ingresos (a menos que adopten cambios radicales).

Los ministerios de Industria y de Cultura españoles ya tienen perfilado el nuevo sistema de gravamen de los dispositivos y soportes digitales. El cambio más importante es que los móviles con tecnología MP3 pagarán canon, los discos duros quedan exentos (porque lo dice explícitamente la Ley de Propiedad Intelectual), mientras que los CD y DVD seguirán pagando canon pero menos. Además, el criterio de gravamen según capacidad queda aparcado, sustituyéndose por otro que hace referencia al tipo de dispositivo/soporte. Con las cifras del año pasado en la mano, han sido 24 millones de móviles con MP3 vendidos, a 1,5 euros cada uno, son 36 millones de euros al bote. Una cifra sólo superada por los CD. Dicen algunas entidades de gestión que no es suficiente, otras callan y esperan a que las tarifas sean oficiales. Los usuarios, por su parte, dicen que la música descargada a través de móvil es prácticamente toda legal, por lo que ya están pagando un canon por compra. ¿Debe pagarse igualmente el canon en previsión de un futuro eMule para móviles o es para compensar la posibilidad de que la música descargada por ordenador vaya a parar luego a los móviles? Expongo una vez más mi postura: de acuerdo, paguemos un canon, y que lo supervise el gobierno, no las entidades de gestión; pero que se acaben los lamentos y las campañas de demonización del P2P, y que las operadoras de telecomunicaciones dejen de penalizar el tráfico de intercambio de ficheros. Que las entidades de gestión sigan repartiendo a su manera --de acuerdo con sus opacos y escasamente democráticos procedimientos-- lo que recaudan con el canon por compensación; que las operadoras de telecomunicaciones se olviden de establecer tarifas por tipo de tráfico; y que los usuarios/consumidores compartan lo que quieran porque ya pagan sus impuestos revolucionarios en forma de canon y de tarifas planas de ADSL.


Actualización (30/09/2007): Me tranquiliza leer algunas de las conclusiones del debate celebrado en Segovia, en el que participaron Alan Rusbridger (The Guardian) y Javier Moreno (El País), porque eso significa que hay gente en lo más alto que sí parece darse cuenta de los cambios que se están produciendo. Poco a poco se el paisaje se hace más nítido, y ni todo es tan catastrófico ni todo va a estar gobernado por una tecnología ubicua orientada al lucro:

1. Los medios de comunicación proporcionan el espacio público en el que se debaten los grandes temas. Sin medios de comunicación no hay democracia. Esto es un axioma.

2. Como muy bien observó Manuel Castells, el poder se dirime en el espacio público (porque no hay otro), por eso los medios de comunicación se ven salpicados por el desprestigio de los políticos, o acusados de ser parte de su entramado. Esto también es un axioma.

3. La tecnología aplicada a los medios de comunicación posee el efecto --perverso si se quiere-- de fragmentar la audiencia (porque pretende personalizar la oferta como máxima expresión de la ventaja competitiva). Esa fragmentación se hace a costa de reducir el espacio público, ya que las micro-audiencias se desentienden de lo general (ya lo advertía Dominique Wolton). Así que hay que ir con cuidado: ¿fragmentar con servicios a la carta? sí, pero colaborando en el mantenimiento del espacio público. Por mucho perfil personalizado que haya, siempre es bueno que se cuelen cosas que no estaban en las preferencias del usuario/consumidor. Esto no es un axioma, es una política a seguir, defender y mantener.

4. El usuario/consumidor es cada vez más consciente de las oportunidades que le ofrece la tecnología, así que busca espacios en los que se le permita participar. Es otro efecto colateral de la tecnología: permite modificar el canal unidireccional que establecían los medios de masas tradicionales. Esto ya es una realidad.

5. El periodismo es una actividad hecha por personas, y "un periódico no es su papel. Son sus redactores, sus fotógrafos, sus editorialistas, sus valores. Su mirada compartida con los lectores" (Javier Moreno dixit), así que si el papel desaparece qué le vamos a hacer, pero tendremos unos diarios digitales mucho mejores, llenos de puntos de vista y de criterios diferentes. Esto debería ser una realidad a asumir.

Sólo nos queda esperar el lanzamiento de un dispositivo digital que permita disfrutar de la lectura de la misma forma que hacen el iPod y el iPhone con la música y la voz. Con ese artilugio caerá el último bastión de la industria cultural que se aferra a los canales de distribución analógicos: los periódicos y las editoriales. En otro post me ocuparé de detallar mi análisis de requerimientos al respecto.


Actualización (23/10/2007): siguiendo la estela de The New York Times, El País también ha optado por abrir al completo su archivo hemerográfico. No es una decisión altruista, ya que --igual que el diario estadounidense-- es una medida que pretende atraer más publicidad ante el previsible aumento de visitas que supondrá el señuelo de la gratuidad. No en vano aquello de "vicios privados, públicas virtudes" es un axioma del capitalismo; los economistas sociales dirían que "todos ganan".

domingo, 16 de septiembre de 2007

Nuevo positivismo digital (V): Los turoperadores del océano cibernético

Nuevo positivismo digital (I)
Nuevo positivismo digital (II)
Nuevo positivismo digital (III)
Nuevo positivismo digital (IV)

El imparable ritmo al que se suceden los acontecimientos en la historia de la informática --o de Internet y sus usos, que viene a ser prácticamente lo mismo-- es lo bueno y lo malo de esta historia.

Allá por el Paleolítico de la red navegar por la protoInternet era una experiencia al borde de lo surreal: nos fascinaba más saber que estábamos "viajando" por el mundo a través de la pantalla del ordenador que no el objetivo ni el resultado mismo del viaje. Puede que al final acabaras con un bonito mapa térmico de Japón (que maldita falta nos hacía), que la lejanía de la procedencia parecía justificar todo absurdo.

La propia estructura de Mosaic (el primer navegador realmente popular de Internet), no solamente es que fuera espartana, sino que daba por supuesto todo el mundo imaginaba que Internet debía organizarse igual que nuestros discos duros. Así, las ventanas se componían de interminables listas de carpetas (por temas, por países...) en la que uno iba subiendo y bajando, entrando y saliendo. Buscar era una tarea que requería tiempo, así que había que ser mínimamente deductivo y apostar por una de las carpetas como si estuviéramos ante la puerta de un laberinto. Sabiendo esto, no es de extrañar que el primer gran negocio de la red fueran los buscadores, ya que nadie se aclaraba en aquella especie de biblioteca de Babel hecha de carpetas.

El segundo gran negocio fueron los portales, los puertos desde los que solían partir la inmensa mayoría de viajes por el ciberespacio. Siguiendo la metáfora arqueológica, si Mosaic fue el Paleolítico, los buscadores el Neolítico y la Era de los Grandes Portales (EGP) el equivalente a la Edad de los Metales. Algo así como el advenimiento del primer gran imperio de la antigüedad: espectaculares obras públicas, mezcla de diferentes orígenes, concentración, inmovilismo, saturación... Igualito, igualito...

Al entrar en la Era de los Grandes Portales cambio la metáfora arqueológica por otra muchísimo más bella y eficaz que tomo prestada de Carl Sagan, en el prímer capítulo de la serie Cosmos (1981): consiste en definir la Tierra como "Las costas del océano cósmico". Lo que me fascina de esta imagen es cómo Sagan da la vuelta a la idea de la vastedad del universo: desde nuestro minúsculo punto de vista, como habitantes de un minúsculo planeta, el Universo es como un océano que nos rodea por todas partes; y sin embargo, aun sabiendo que no somos más que una parte infinitesimal de ese todo, no dejamos de sentirnos el centro neurálgico de ese mar. Contemplándolo se nos hace evidente su inmensidad, aunque --debido a nuestras limitaciones y carencias-- sabemos que sólo podemos aspirar a conocer bien las partes cercanas a la costa, quizá algunos fondos poco profundos; más allá sólo podemos especular, imaginar o deducir... Con el Cosmos sucede lo mismo: el planeta Tierra está rodeado de un océano cósmico del que apenas conocemos sus orillas (la Luna, las órbitas de los planetas cercanos, algunos cometas, el Sol...), más allá de estos objetos se abre un océano infinito sobre el cual aún no disponemos de capacidad para navegar; en este sentido aún vivimos en el siglo XIV de la navegación espacial. Me fascina esta metáfora porque es capaz de explicar no sólo la vastedad que nos rodea, sino la posición que nosotros, individuos minúsculos, ocupamos en ella y las distorsiones conceptuales --básicamente centrípetas-- que introducimos al tratar de explicarla.

Con los Grandes Portales sucede lo mismo: de pronto la tecnología nos abrió un océano de páginas web, el cual sólo es posible revisar desde una pequeña pantalla. No existía --ni existe aún-- ninguna atalaya desde la que divisar la red en perspectiva, teníamos que conformarnos con deducir su tamaño y diversidad. Por fortuna, la misma tecnología nos dotó de una herramienta que acoplar a la pantalla, que todavía hoy nos permite circular por ese océano de forma sencilla, eficaz, y bastante segura: los navegadores. Lo que no teníamos eran mapas, ni herramientas de búsqueda fiables. ¿Qué hacer? ¿Por dónde empezar, sabiendo que "todo" estaba en ese magma de datos en forma de webs? Lo único que nos hacía falta era saber llegar al sitio deseado. Por suerte nuestro navegador ya tenía entonces ese entrañable botón de "Home" (representado desde siempre como una casita), que nos trae de vuelta desde cualquier lugar en el que sintamos que hemos ido demasiado lejos. Esta es mi metáfora equivalente a la de Sagan para el Cosmos: los Grandes Portales --en la práctica las mismas compañías que nos daban acceso a la red-- fueron durante un tiempo nuestras "costas del océano cibernético", aunque sólo fuera porque eran nuestra página de inicio en el navegador (cuando muchos no sabían cambiarla, o creían que si lo hacían o no comenzaban desde ahí el viaje la conexión no funcionaría). Ese Sagrado Portal De Inicio se convirtió en un lugar donde obtener un poco de todo sin alejarse demasiado de la costa conocida: noticias, chat, música, juegos, correo, horóscopo, trabajo, cotilleos, páginas personales, compras, ocio... Durante un tiempo estos portales fueron algo así como mayoristas turísticos, acaparando la mayoría de los viajes contratados, porque la gente no necesitaba --o no se atrevía, ya que se contaban muchas historias terribles de virus espantosos, como aquellos monstruos marinos en el confín de los océanos en una Tierra plana-- un mundo inexplorado no tan políticamente correcto ni tan orientado al negocio de las multinacionales.

Los Grandes Portales hacían como los hoteles de lujo de los paraísos tropicales: ofrecer todo dentro del propio recinto para que no desees salir de él. Mucha gente ya se conforma con eso: viajan a la otra punta del planeta en busca de un poco de exotismo dosificado, espacios sin masificar, un trato algo más exclusivo y un cierto toque elitista. En la Internet operada por los Grandes Portales sucedía igual: reunían en una misma web un poco de todo lo que al parecer había por ahí y ya está; no era necesario ir más lejos para satisfacer necesidades estándar. No es nada malo; de hecho la televisión se utiliza mayoritariamente de este modo y nadie se escandaliza por eso. En estas condiciones, sólo unos pocos atrevidos y expertos se aventuraban a viajar por libre. El crecimiento exponencial de las webs personales, la caída de los mitos sobre los peligros de la red, el auge de los proyectos comunitarios y, sobre todo, la llegada en 1998 de Google, acabaron con el efímero esplendor de los Grandes Portales, los turoperadores de la Internet de la Edad del Hierro.

Con el tiempo y la experiencia la gente perdió el miedo, muchos aprendieron a cambiar la página de inicio, y escogieron mayoritariamente la de... Google. Su aspecto espartano y despejado estaba en las antípodas del barroquismo de los Grandes Portales (luego supimos que la razón era que sus fundadores no sabían mucho de HTML), y ese recuadro en blanco donde teclear las palabras a buscar era una invitación imposible de rechazar que nos susurraba: "¿Dónde quieres ir? Todo está preparado". Los resultados de cada búsqueda en Google son como un mapa balizado de cada tema generado en apenas 2 segundos. Fue esa forma de comenzar el viaje (acotando nuestros viajes a base de búsquedas y resultados) lo que cambió nuestra forma de concebir mentalmente Internet --y de usarla también-- y de paso cuestionó por completo la existencia de los Grandes Portales, convertidos de la noche a la mañana en dinosaurios, en el Festival de Eurovisión de las páginas web (carca, pasado de moda e infumable). Cuando lograron reaccionar retiraron servicios y contenidos, hasta quedar reducidos casi en exclusiva a los directamente relacionados con sus productos y servicios. Ya nadie los usa para informarse, ni para comprar ni para saber si será un buen día para enamorarse...

Netvibes es el punto final de esta historia (final porque alcanzamos los acontecimientos del presente, no porque hayan terminado los cambios): tras la extinción de los Grandes Portales a causa de la caída del meteorito Google se levantó una gran polvareda; aun así, más pequeña de lo que cabría esperar. A continuación, no se produjo ningún cambio estructural radical, tan sólo una atomización increíble de los portales: disminuyeron visiblemente de tamaño, especializándose por temas, usuarios, zonas geográficas, idiomas... Por otro lado, la eclosión de las páginas personales (luego mutadas en blogs, pero básicamente idénticas en cuanto a contenidos) hizo que ambas corrientes se encontraran finalmente: 1 usuario=1 página, que enseguida derivó en la ecuación (1 usuario=1 portal)=Netvibes. El paisaje que se deduce ahora --seguimos sin atalaya desde la que otear la red-- está lleno de pequeños portales personales personalizables. Es como esas imágenes aéreas --como las que toman sin parar los satélites que trabajan para Google-- de urbanizaciones de obra nueva: todas las casas parecen iguales desde lejos, hay que acercarse mucho para observar las narcisistas diferencias menores. Pero eso es bueno, es una muestra de la buena salud de la diversidad. ¿Serán estos Pequeños Portales Personales Personalizales (PPPP) los que definirán la Edad del Bronce en esta evolución zipeada?

(continuará)

viernes, 7 de septiembre de 2007

Portales de contactos. 3. Perversiones y distorsiones no tan sorprendentes

Portales de contactos. 1. ¿Cómo han llegado a hacerse imprescindibles?
Portales de contactos. 2. Instrucciones de uso

Tenemos, por tanto, una mutación imprevista en las relaciones entre los sexos provocada por un cambio imperativo en los modelos sociales; y tenemos también una tecnología emergente que trata de minimizar o resolver los inconvenientes que provoca esa mutación. Pero resulta que, a su vez, esa misma tecnología, una vez en manos de los usuarios, experimenta una nueva e imprevisible mutación, ya que el uso que se hace de ella no es el esperado, aunque eso no signifique que, en cierta forma, siga siendo eficaz.

La actividad diaria en estos portales es un calco virtual de la situación que se establecería en cualquier club: ellas acceden gratis, son el anzuelo que provoca que ellos se apunten y paguen la cuota mensual. Ellos tientan a la estadística contactando con las que parecen atractivas (de ahí la importancia de la foto), o las que parecen interesantes por cualquier detalle de su perfil (de ahí la importancia del texto y el cuestionario). También influye el hecho de que parezcan más lanzadas o desinhibidas en su descripción, o que vivan cerca, o del estado de ánimo y del tiempo de que se disponga. El caso es que se prueba hasta que suena la flauta: de pronto una responde (preferentemente a los que parecen más divertidos, aunque otras estudian cuidadosamente el perfil antes de hacerlo) y se aviene a charlar...

Los hombres actúan igual que en el mundo real: entrando a todas las fichas de mujeres en los que hay algo que les gusta (especialmente el físico)
. En este sentido, el día a día en los portales de contactos se adapta a la pauta de actuación masculina. Las mujeres, aparte del hecho de que casi nunca inician el contacto, ven dinamitados sus grupos de amigas, los mismos que les proporcionaban seguridad y criterios de filtrado adicionales; ahora deben saltar al campo --con su portátil, tumbadas en el sofá de casa-- en solitario, y tratar con infinidad de desconocidos que las abordan sin poder contrastar primeras impresiones. Quizá esta modificación radical de las condiciones del flirteo para las mujeres sea una de las causas del uso imprevisto que se hace de estos portales.

Como en cualquier primer contacto, el momento más delicado es el intercambio de las primeras frases: es necesario ser divertido, nuevo, informal, demostrar seguridad, no incidir en exceso en los tópicos, ni parecer un desesperado ni un baboso... Se trata, más que nunca, que ellas muerdan nuestro anzuelo verbal, conseguir que, de entre todas las conversaciones simultáneas que mantienen (el diseño de su cerebro se lo permite), decidan quedarse en la nuestra. Esto deberá ser necesariamente así cada día, aunque se trate de la misma persona, hasta que seamos etiquetados como un amigo con el que se puede hablar --sin presión ni compromiso-- de todo un poco. Es una fase equivalente a esa del mundo real en la que ella --todavía por decantarse en sus preferencias-- dice que irá luego a tal club pero no es seguro que aparezca, pero nuestra presencia allí será interpretada como un inequívoco signo de interés. Deberán sucederse varios encuentros discontinuos (aparentemente casuales desde el lado de ella, demostrando un interés explícito en el de él) para que pueda existir una mínima coordinación (es decir, llamarse previamente y quedar en algún sitio). Hasta que no se supera esta fase --y esto vale tanto para hombres como para mujeres-- no se puede decir que se ha establecido un contacto.

El uso del chat, los foros diferidos y del correo electrónico durante esta fase inicial es muy útil
porque, mediante unas sencillas y discretas preguntas en plan ingeniería social bienintencionada, se puede filtrar con bastantes garantías a personas que no interesan y dejar pasar a las que sí. No se trata de un test infalible pero al menos no se desperdicia una noche esperando en el club que ella dijo que estaría a última hora. Esa es la gran ventaja de la tecnología: que permite conocer detalles de forma rápida e indolora. Ellas detectan y filtran al salido, al aprovechado, al insulso, al zumbado, al pesado...; ellos a las aburridas, las mojigatas, las reglosas, las permanentemente indecisas... Esta es sin duda la gran contribución de la tecnología a las relaciones entre los sexos.

El problema es que esta fase se suele alargar en el tiempo de forma inexplicable en muchas ocasiones. A pesar de que a ambos lados de teclado hay personas que han entrado en los portales de contactos con el objetivo de conocer gente (algunos y algunas dicen eufemísticamente para encontrar amistades), es decir, que existe una motivación previa, explícita y declarada, pues las conversaciones se eternizan, muchas veces en divagaciones sin sentido. Al final, incapaces de remontar más allá de lo cotidiano, se acaba explicando lo que se ha hecho durante el día (como si se tratara de personas con intimidad y confianza). Lo que no se hace casi nunca es ofrecer rasgos de la personalidad (que a veces se confunden con los datos personales) con el fin de darse a conocer. El miedo y la desconfianza, pero también la incapacidad para verbalizar los sentimientos y pensamientos propios (alexitimia), son la causa más habitual. Aun así, vistas las dificultades de partida, no es necesario ser transcendente ni pedante para obtener alguna información valiosa. La forma de escribir es el primer detalle fundamental: palabras abreviadas en exceso, uso de emoticonos para suplir expresiones de todo tipo y faltas de ortografía no es lo mismo que frases bien construidas y escritas.

El test de las cinco preguntas puede contribuir a superar el estancamiento de la fase inicial, con la ventaja de que no importa el orden en el que se plantean. La numeración se refiere únicamente a la importancia que le atribuyo a cada cuestión:

1-"¿Cuánto tiempo ha pasado desde tu última relación importante?". Esta pregunta sirve para determinar si una persona todavía está bajo la influencia negativa de una ruptura. Si hace poco (6 meses o menos) significa que habrá que hacer labor de desescombro y adecentamiento mental y sentimental, y lo que es peor: aguantar memoriales de agravios, cambios de humor imprevistos y tristezas sobrevenidas. Eso a veces no interesa, así que es importante saberlo de antemano. Lo ideal es que esa relación anterior tenga 1 año o más de antigüedad, ya que --a menos que sea una persona extremadamente influenciable-- pasado ese tiempo se puede dar por superada. La respuesta a esta pregunta permite pasar a temas igualmente importantes: si se tienen hijos, las veces (y el tiempo) que se ha convivido en pareja... En diez minutos se puede obtener --de forma no forzada-- el mapa sentimental (y puede que incluso su grado de madurez) de la otra persona.

2-"¿Cuál es la última película que has visto en el cine?". Al plantearla es importante incluir la coletilla final "en el cine", porque si no la gente responde la última que han visto en casa en el DVD. La pregunta sirve no solamente para conocer los gustos cinematográficos, sino si existe una rutina habitual de salidas a pesar de no tener pareja. Si la respuesta es que no se va mucho al cine indica que hay tendencia al cocooning, sosería o escasa vida cultural. Eso tampoco interesa, y además puede limitar en un hipotético futuro las opciones de salida. Lo mismo vale si la respuesta son títulos exclusivamente comerciales (violentos, pastelosos), revelan ausencia total de criterio, o son directamente frikis. Preferencia clara por un género, conocimiento de las novedades de la cartelera, salidas frecuentes (con amigos/as o en solitario) es lo ideal. Con esta respuesta se obtiene un perfil en cuanto al nivel de actividad y a la forma de encarar la vida sin pareja, lo cual ayuda a saber si es o no una persona autoconfiada e independiente.

3-"¿Qué libro estás leyendo ahora?". Esta pregunta revela sutilmente el nivel de estudios y las preferencias en cuanto al ocio que se consume en soledad. Las respuestas que deben activar las alarmas son: "no leo mucho... [últimamente]" (se suele añadir para disimular), o citar títulos de autoayuda del estilo "Eres perfecta, no cambies", "La culpa de todo lo que te pasa es de los demás", "Teorías convenientes para mi mentalidad" o "Tú no hagas nada, el bienestar emocional vendrá del espacio exterior"... Sin embargo los best-sellers estilo Dan Brown o Julia Navarro no son un mal síntoma, pues presuponen curiosidad y que se está al día en determinadas modas literarias. Obras especializadas, literatura de vanguardia y novedades editoriales serían la respuesta idónea. Es importante señalar que leer no es un rasgo imprescindible para ser una persona atractiva, pero indica hasta qué punto uno está informado y tiene opiniones para ciertos temas. Todo esto será útil para hablar de algo durante una supuesta cena.

4-"¿A qué sitios sueles ir por la noche?". Esta pregunta sirve para saber si el ocio nocturno consiste solamente en ir a cenar y a tomar una copa como parte de un ritual en el que no importa el lugar ni la compañía, sino únicamente salir. Dar nombres de restaurantes y clubes de moda, o decantarse por un tipo de ambiente, indica gustos bien definidos. Esos nombres también ayudan a conocer el tipo de música que se prefiere, lo cual es un dato adicional muy útil de cara a afinar actividades en común. Igual que con el tema de los libros, cuanto más concreta sea la respuesta, mejor; responder de forma vaga, con evasivas, o simplemente que se sale en grupo son indicios claros de sosería vital.

5-"¿Qué tal el fin de semana?". Esta pregunta tan genérica contribuye a reafirmar las buenas o malas impresiones de las anteriores, y dependiendo del nivel de detalle en la respuesta se obtiene mucha información adicional. Responder con un escueto "bien" indica aburrimiento o que se teme hablar de uno mismo; contar anécdotas de la última salida con los amigos en un síntoma de buen nivel de socialización, de vida activa y de confianza. A partir de este punto la conversación puede derivar hacia gustos personales, salidas que son retos pendientes o impresiones personales. En otras palabras, excusas perfectas para proponer un encuentro cara a cara...

Como norma común a todas las preguntas, es muy conveniente, en el momento de plantearlas, ofrecer toda o parte de la respuesta que se daría en caso de que nos la hicieran a nosotros. Es una manera de dar por anticipado lo que al intercolutor le puede parecer en su caso un dato demasiado sensible, y se evita también la desagradable sensación de interrogatorio realizado por un desconocido.

Una vez intercalado este breve test dentro de una conversación inmotivada y variada (en una única sesión lo suficientemente relajada se puede hacer, pero también en varios días cuando al otro lado hay desconfianza o parquedad de palabras), se está en disposición de determinar si apetece encontrarse cara a cara. Y una vez tomada esa decisión, toda esa tecnología tan útil hasta ahora se convierte en un engorro, un lastre y un obstáculo; en un auténtico e insoportable coñazo. Alargar esta fase previa es una pérdida de tiempo, sobre todo si desde el otro lado se aprecian indicios de que lo obtenido hasta ahora ya le resulta suficiente (algo nunca verbalizado ni admitido con franqueza). Una vez comprendido esto más vale terminar educadamente el contacto (nunca se debe decir que ya se ha cenado en una conversación, porque es la excusa perfecta para salir zumbando de una charla-pestiño), porque hemos topado con el tercer indicio claro de la persona que rehuye el encuentro cara a cara: marear la perdiz o pelar la pava exclusivamente a través de los portales de contactos. Frente a este tercer indicio no hay nada que hacer. Fin de la partida y regreso a la casilla de salida.

Aun así, hay gente que se queda clavada en esta fase previa, lo cual implica dos problemas: 1) que te conviertes en usuario asiduo, enganchado a la rutina del posible contacto o la esperanza de conversación con los habituales de cada día, lo cual a los propietarios del portal les viene de perlas, fidelizando los ingresos cautivos de todos los usuarios y usuarias reticentes e inseguros; 2) pasar interminables horas ante el teclado y la pantalla esperando que alguien nuevo responda tus mensajes o que los habituales se conecten (algo que normalmente no avisan ni programan, dado su nivel de desconfianza), y poder charlar así de todo y de nada hasta altas horas de la madrugada. Cuando esto sucede no solamente te conviertes en esclavo de una tecnología, sino que además te aburres soberanamente; y además corres el riesgo de llegar a pensar que esta actividad es un fin en sí misma, cuya limitada seguridad, anonimato y gratificación egoísta son capaces de sustituir a la perfección al encuentro cara a cara.

Estas personas, a quienes ya les compensa que haya gente que contacte con ellas a través de la trinchera tecnológica y sentimental que han levantado gracias a los portales de contactos, mantienen sin embargo la ilusión de que tienen posibilidades de encontrar pareja. Y lo que es más curioso: se expresan como si su actitud nunca declarada de evitar o diferir al máximo un encuentro no supusiera ningún obstáculo en ese objetivo; es más, están convencidas de que no llegar al encuentro en persona es la forma adecuada de utilizar los portales de contactos. No cabe mayor esquizofrenia.

Se supone que un portal de contactos facilita precisamente eso, contactar con gente (unos conocen gente nueva y otros hacen negocio: el ejemplo perfecto de la filosofía del todos ganan); pero una vez puestos en contacto deberíamos poder seguir solos, sin intermediarios. Esa interminable fase en la que la mayoría se empeña en conocer al otro usando exclusivamente muletas tecnológicas me parece un uso perverso de esa misma tecnología, fruto de un miedo inmotivado a toparse con un tipo peligroso o a fracasar en una nueva relación. Esta distorsión de uso, además, tiene la nefasta consecuencia de provocar que la mayoría se quede enganchada al ordenador, sin verse, sin conocerse, sin tocarse, sin llegar a ninguna parte. Esta multitud, conectada con el único objetivo de picotear en charlitas que se sabe no llegarán a nada, exhibe una actitud infantil y ridícula. ¿O como describirías a alguien que se pasea constantemente por una tienda, esperando a que los vendedores le pregunten si desea algo --por el puro placer de sentirse objeto de atención de alguien que está casi obligado a ello--, pero sin expresar nunca lo que quiere ni comprar nada?

Ya tenemos una edad y al final acaba cansando tanta cháchara tópica, convencional o directamente inútil y entonces, como nuestros sentidos trabajan así, se busca algo más fuerte. En este caso portales de contactos donde la gente sea más directa y exprese sin circunloquios lo que quiere. No es de extrañar, por tanto, que la mayoría de los decepcionados acaben en comunidades del estilo quedemospafollar.com. Es la última parada en el trayecto antes del apeadero "Mercado-del-sexo-de-pago-de-toda-la-vida".

(continuará)

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