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miércoles, 29 de agosto de 2007

¿Necesitamos otra lógica?

Los expertos, los políticos y los concienciados acaban llegando a esta conclusión en uno u otro momento: extender el bienestar --tal y como lo concebimos hoy en Occidente-- al resto de la humanidad que aún subsiste en la pobreza es imposible. Imposible porque no hay materia prima que pueda sostener semejante nivel de crecimiento ni el incremento de consumo que implica. Hacer eso es un suicidio. La razón diría que lo que hay que hacer es bajar en nivel de consumo y ¡ojo! EL DE BIENESTAR para que la mayoría de la población alcance un punto medio que está por debajo de lo que nosotros estamos acostumbrados y por encima de lo que conoce el resto de la humanidad pobre. ¿Alguien en Occidente está dispuesto a renunciar voluntariamente a una parte de su bienestar? Un ejemplo: si se liberaliza como debe ser el comercio mundial ¿acaso no subirán productos básicos que hasta ahora se mantienen artificialmente bajos gracias a las distorsiones que introduce Occidente en los flujos comerciales internacionales? ¿Comprenderíamos que ese encarecimiento es una consecuencia natural, lógica y hasta más justa, de unas reglas de juego iguales para todos? Cuando hablo de bajar el nivel de bienestar me refiero a esto: a que el mínimo vital aumente y eso obligue a renunciar a parte de nuestro consumo de ocio. No somos más pobres, simplemente destinamos más a subsistir. ¿Algún experto, político o concienciado se atrevería a defender algo así?

Como la respuesta unánime es "NO" la razón nos dice que nos olvidemos de la justicia, de utopías y de otras zarandajas humanitaristas. El sentido común nos grita que defendamos nuestros privilegios comerciales y de cualquier otro tipo y, como mucho, dediquemos algunos excedentes no comprometedores de nuestro nivel de vida a esa porción de pobres que, al parecer, viven más allá de las fronteras del bienestar. Que nadie se extrañe si el mundo no mejora, porque lo único que estamos haciendo es aplicar la razón y el instinto de supervivencia. Lo hacen las empresas, lo hacen las instituciones y lo hacemos nosotros, los individuos de a pie.

Si queremos que algo cambie habrá que empezar por abandonar esta lógica de la supervivencia egoísta y sin embargo consecuente que nos tiene atrapados. Ahora bien, qué actitud o que lógica cabe adoptar a continuación no lo sé, ni creo que lo sepa nadie, porque desde luego no vamos a sustituir la lógica racional por las pasiones; la historia demuestra que sería un fracaso tanto mayor que la lógica que actualmente rige nuestros actos. Así que:

1) Asumamos que lo que hacemos actualmente es irresponsable.
2) Extender nuestra irresponsabilidad es insostenible.
3) Renunciar a la irresponsabilidad implica renunciar a la lógica vigente.
4) No tenemos otra lógica.
5) En el pasado, las alternativas a la lógica (religión, ideologías no igualitaristas) han resultado aún peores que la lógica vigente.
6) ¿...?

Como no tengo más respuestas ni puedo ir más allá debería asumir y declarar que defenderé con uñas y dientes –o dicho de forma más elegante: lucharé activamente por-- los privilegios que la lotería genética me ha otorgado al haber nacido en una zona rica del planeta; que apoyaré políticas que permitan quedarnos como estamos hasta que este invento reviente, y asumiré además que quien venga detrás que arree. Pero como así de claro no se puede decir, y mucho menos en voz alta, me limitaré a formular el reverso positivo de este planteamiento egoísta: desearé que todos puedan acceder a mi nivel de bienestar y haré lo posible por ceder a los desheredados aquello que me sobre.

Es curioso: aplicando sólo la lógica uno se convierte en un neocon. ¿Los del otro lado --altermundistas, ONG y demás agentes de la economía social-- qué lógica defienden y aplican? Que venga el jefe de Greenpeace y me lo explique. No lo hará.

jueves, 23 de agosto de 2007

¿Existe la literatura de anticipación informática?

Este verano --seguramente debido al binomio cuarentena/revisión vital en el que me encuentro-- me ha dado por leer aquellos libros de juventud que, por una u otra razón, no leí en su momento. De R. L. Stevenson, por ejemplo, cogí La isla del tesoro (1883), que es de lo poco que me queda por leer de este autor; y de Julio Verne 20.000 leguas de viaje submarino (1870), de la que sólo recuerdo haber visto la versión cinematográfica de 1954, dirigida por Richard Fleischer. Dejando de lado valoraciones acerca de la calidad literaria y demás criterios especializados, debo confesar que he disfrutado como un adolescente leyéndolas. Pero la cosa no ha quedado ahí: sobre todo la novela de Verne me ha hecho pensar en la literatura de anticipación científica, y de eso es de lo que quiero escribir ahora.

No soy un experto en el género, pero como lector puedo comprender la dificultad que implica hacerlo bien, porque se trata de levantar relatos que conecten ficción con conocimiento científico total o parcialmente existente, ya que de lo contrario la verosimilitud del argumento --uno de sus principales atractivos-- cae por su base. La anticipación científica plantea un futuro posible que puede resultar hasta inspirador para los que se dedican a la investigación. Por esta razón, tener estudios o experiencia científicos es fundamental. Cuando no existe esa conexión con la ciencia "real" ya no estamos hablando de literatura de anticipación científica, sino de la sucursal más importante de la literatura fantástica: la ciencia ficción, un término acuñado por Hugo Gernsback, el fundador de la primera revista moderna sobre el tema --Amazing Stories (1926)-- y que da su nombre al premio literario más prestigioso del género.

La ciencia ficción por tanto, es una parte de la literatura fantástica a la que se le añade el ingrediente de la tecnología. En general, el tema y la localización espacio-temporal son los criterios para distinguir sus principales tendencias, cuya enorme influencia ha alcanzado en ocasiones hasta el mundo audiovisual:

1) La trascendental-tardorromántica, cuyo autor insignia es H. P. Lovecraft y la serie de novelas que componen los Mitos de Cthulhu (1926-1934). Es la menos ligada a la ciencia ficción, puesto que no incluye elementos tecnológicos, pero las criaturas que aparecen en ella sí encontrarán hueco en muchas narraciones posteriores. En este sentido, es una corriente precursora de uno de los elementos que con el tiempo se convertirá en fundamental: las criaturas extraterrestres.

2) La de imaginación y evasión (de gran tirón popular debido a su formato), representada por la serie Buck Rogers (la saga en cómic se publicó con intermitencias entre 1928 y 1967; las dos series de televisión entre 1950-51 y 1979-81). La popularidad todavía vigente de mitos televisivos como Star Trek (1966-2005) o Espacio: 1999 (1975-1977), demuestra que este estilo se adapta bien a los nuevos formatos narrativos. Estas obras persiguen la pura y simple distracción a base de recrear mundos, sistemas físicos y criaturas completamente imposibles. No existe intención de ser verosímil --excepto en lo referente a las claves narrativas para la resolución del argumento--, ni ninguna relación verídica con principios científicos establecidos. Ni siquiera --como más de uno pretende-- existe intención de extrapolar enigmas vigentes en el momento de ser creadas, con lo que --años después, cuando la ciencia ha superado la ficción-- se pueden reinterpretar en clave de ficción profética.

3) La posindustrial y tecnocrática (más conocida como cyberpunk), asociada al auge de las tecnologías de la información, en la que el futuro suele ser una degeneración ultratecnificada de la sociedad atrofiada y dictatorial como la que retrató George Orwell en 1984 (1948). La obra que inaugura la etapa específicamente ligada a la informática es Neuromante (1984) de William Gibson. El éxito generacional de la película Blade runner (1982) está relacionada precisamente con su espectacular combinación de tecnología y anomia social, una mezcla que se ha convertido en la marca de la vertiente cinematográfica del género (o como dice el eslogan: "high tech, low life"). Es fácil confundir el cyberpunk con la anticipación científica, puesto que muchos de los elementos que emplea son realidades consolidadas en la informática cotidiana (sistemas de reconocimiento, realidades incipientemente virtuales, sistemas planetarios de control y comunicación); pero esta impresión se desmonta enseguida tras un análisis un poco más riguroso: las capacidades que exhiben las máquinas requieren una potencia de proceso hoy inexistente, así como un nivel de inteligencia que difícilmente se obtendrá mediante las actuales líneas de investigación.

Al margen de estas tendencias, hay que destacar tres obras cruciales de notable influencia en toda la ciencia ficción del siglo XX: Los viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift; La guerra de los mundos (1898) de H. G. Wells y Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley. No tienen nada que ver entre sí, pero poseen hallazgos parciales de los que se han nutrido generaciones enteras de autores del género.

La anticipación científica, al ingrediente de la tecnología propio de la ciencia ficción, le añade otro más: una base científica contrastada y/o contrastable --al menos parcialmente-- en el mundo real. La anticipación científica trata de conectar explícitamente la ciencia de la ficción con la real, de manera que el recorrido que se realiza en el relato más allá de los datos probados pueda verse como una posibilidad factible, no el simple producto de una imaginación para deslumbrar al usuario/consumidor. Son narraciones que incluso inspiran vías de investigación hasta entonces inéditas, hipótesis para resolver aspectos no resueltos de un problema, o generan una jerga especial que se acopla al vocabulario científico. Todo ello con la ventaja incomparable de resultar entretenidas.

20.000 leguas de viaje submarino es un ejemplo canónico de novela de anticipación científica, tanto por el tiempo en que se publicó como por el modelo que representa para escritores actuales, puesto que la evolución de la ciencia no ha desmentido lo básico de la tecnología que avanza. Verne es un caso claro de rigor científico con un margen muy escaso de anticipación: sus novelas --pertenecientes casi en su totalidad a la colección Viajes Extraordinarios (1863-1910)-- no suelen internarse mucho en el futuro (raras veces más de una década), debido a su obsesión por resultar actual y apoyarse en descubrimientos y teorías probados en el momento de ser escritas. En este sentido, y respecto a autores posteriores, su anticipación no pierde de vista la realidad cotidiana, sin apenas margen para la especulación. Los autores contemporáneos, en cambio, son mucho más flexibles y genéricos en sus razonamientos; Verne --siguiendo con el ejemplo de 20.000 leguas de viaje submarino-- únicamente se atreve a especular sobre la existencia de un paso submarino bajo el canal de Suez (inaugurado un año antes de que se publicara la novela) o de un mar rodeado de hielo en el polo sur geográfico (adonde no se logró llegar hasta 1911). Para lo demás se basa en realidades; con la paradoja de que algunas de ellas han acabado plegándose a su ficción. La primera y más importante el Nautilus, cuando hasta 1888 el submarino no comenzó a ser una realidad: Verne dedica todo un capítulo a describir sus medidas, su distribución interna y los secretos de su fuerza (la electricidad, la energía estrella de la época). Pero no menos importante es toda la labor deductiva realizada a propósito de la vida en los océanos (las consecuencias de la presión del agua, la detallada descripción de la fauna y la flora marinas...), una labor de documentación que brilla --a veces en exceso-- a lo largo de toda la obra. Sin embargo, las hipótesis geográficas y arqueológicas han resultado las más equivocadas (el "túnel arábigo", la Atlántida, el polo sur), y no los fabulosos instrumentos de los que se rodea el capitán Nemo.

Después de este recorrido situacionista, la siguiente pregunta es: ¿existe una literatura de anticipación específicamente informática? ¿un subgénero temático fiable basado en el futuro probable de la sociedad de la información, una descripción --más o menos verosímil-- de los usos futuros de la tecnología informática en, pongamos por caso, dos décadas? 20 años es mucho, pero en tecnología informática casi equivalen a 80 años analógicos. ¿Existe algún autor-profeta que esté abriendo camino con su obra como hizo Verne con la suya?

Douglas Coupland, aunque sitúa sus historia en un ambiente muy tecnócrata, no entra aquí, porque es un cronista --impecable-- del presente, detector infalible de las consecuencias sociales y a corto plazo de una tecnología digerida prácticamente sin masticar. Carl Sagan sería el precursor perfecto si estuviéramos hablando de la exploración del universo, pero no es el caso. La mayoría de los autores consagrados entrarían sólo parcialmente en el tema de la anticipación informática, ya que han tocado numerosos temas relacionados con el futuro, no sólo con la tecnología informática, y en todo caso cuando escribieron ésta no había alcanzado el nivel de despliegue actual, por lo que sus especulaciones son limitadas o han quedado superadas (el caso más claro: la extraña vigencia de documentos en papel en un mundo hipertecnológico situado mil años en el futuro). Me refiero a gente como Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Robert A. Heinlein, Michel Crichton, Douglas Adams, Philip K. Dick, J. G. Ballard, Frank Herbert, Bruce Sterling... Algunos poseen el valor añadido de ser escritores notables, y sus textos no sólo resultan amenos, sino que proporcionan visiones del futuro coherentes desde un punto de vista narrativo y explicativo, así como una sólida lógica científica, en la que introducen pequeñas licencias argumentales. Estoy convencido de que las nuevas generaciones de escritores de ciencia ficción saldrán de las facultades técnicas: triunfarán aquellos que estén mejor dotados para la narración y posean capacidad para comunicar realidades complejas a una audiencia no iniciada. Es una cuestión de estadística. No en vano --desde 1991-- la Universitat Politècnica de Catalunya convoca unos premios de narrativa de ciencia ficción, convencida sin duda de que la convergencia entre estudios científicos y literatura de ficción es la mejor combinación para que los profesionales tengan mayor perspectiva y el género dé sus frutos.

De la misma manera, la anticipación científica (como la ciencia ficción en general) se irá adaptando a la sociedad que retrata: igual que Internet y la globalización de la red atomizan la realidad y relativizan las consecuencias de cualquier cambio, intuyo que la narración breve (altamente compatible con el post bloguero) será el formato que mejor se ajuste a este tipo de historias. Los best sellers clásicos al estilo Crichton o Sagan no me parece que cuadren con una realidad tan dinámica. Bastarán las cuatro pinceladas de un cuento corto para sugerir un futuro indeterminado y sus posibles consecuencias. O puede que sea el audiovisual quien tome el relevo a la literatura: Brazil (1985), Doce monos (1995), Matrix (1999), Minority report (2002), I, robot (2004)... Al fin y al cabo, mientras asistimos al pulso entre la palabra y el audiovisual (Pere Guixà dixit), esperamos a que se nos revele el Julio Verne del ciberespacio...

viernes, 17 de agosto de 2007

Regreso al planeta Tierra

Versión beta (25/02/2007): Tendencias, contradicciones... revelaciones

Puede que sea debido al típico bajón veraniego, quizá un suceso aislado, pero como también es un dato que se ajusta a mis teorías lo anoto en mi cuenta de argumentaciones válidas: la noticia habla del precipitado cierre de las empresas que habían abierto "sede" en Second Life, el juego de los juegos. La causa es la misma que cualquier cierre patronal en el mundo real: no hay visitantes, no hay clientes, no hay compradores, no hay ingresos.

Al parecer la mayor parte de los escasos (según las expectativas) visitantes "sólo buscan conseguir dinero gratis o practicar perversiones sexuales. Por eso, los sitios más visitados son Money Island (donde se obtienen los linden dollars, la moneda oficial de SL), con 136.000 visitantes de media diaria en junio, y Sexy Beach, el paraíso del sexo, adonde acudieron 133.000". Sexo y dinero son las preferencias de la mayoría. Es que me parto de risa: ¿qué esperaban, que se apuntaría una legión de catedráticos e intelectuales para diseñar un nuevo mundo, del que surgiría sin más una sociedad idílica y feliz? La mayoría de la gente es como es y busca lo que busca...

Aquellos que se animaron a crear su avatar (mayoritaria y sospechosamente de un estilo Beverly Hills mal digerido) se dan cuenta de pronto de que en Second Life hay que pagar por todo, y que limitarse a pasear es tan aburrido como ir a un centro comercial sin dinero. Quizá el sentido común se está imponiendo poco a poco, y lo que comenzó como un juego se revela ahora como lo que en realidad es: una operación destinada a generar ingresos. La clave para explicar el aluvión de usuarios registrados es la gran cantidad de gente descontenta con su cuerpo y con su vida, gente que ha aprovechado la oportunidad ofrecida para re-crearse de nuevo en un mundo virtual y experimentar en la intimidad de casa las cosas que no se atreve a hacer en público o cara a cara. Pero una vez conseguido eso se topan de bruces con la misma lógica económica de la vida biológica: o consumes o no existes.

Second Life es el reverso oscuro de las comunidades de usuarios y de las redes sociales: en éstas las personas se buscan y se reúnen movidas por un interés concreto, (aficiones, objetivos, mejoras en su vida cotidiana), mientras que Second Life es básicamente un baile de máscaras en el que sí, puedes hacerte el disfraz a medida y sin límite de presupuesto, pero la diversión se acaba en cuanto se te acaban los lindens.

Nunca entenderé la absurda fascinación que ejerce la creación de un universo digital paralelo: es una utopía idiota fuertemente arraigada en el imaginario colectivo de la sociedad tecnocrática. A ese objetivo se dedican inmensos recursos y se dilapida el trabajo de muchas personas. Después, cuando creen haberlo conseguido, se sorprenden y se defraudan al comprobar que se repiten errores, pautas, miserias y perversiones que nos resultan muy familiares. Como decía el chiste: ¿por qué fabricar niños en el laboratorio si se lo pasa uno tan bien haciéndolos por el método tradicional? Pues eso.

lunes, 13 de agosto de 2007

Portales de contactos. 2. Instrucciones de uso

Portales de contactos. 1. ¿Cómo han llegado a hacerse imprescindibles?

Así pues, estamos ante una mutación social de la que --¡oh novedad!-- la tecnología no es responsable. Al contrario, acude rauda a poner su granito de arena para compensarla en la medida de lo posible. Es un caso claro de aplicación de la filosofía del "todos ganan": ayudar a la gente y de paso hacer dinero. Los portales de contactos son la solución ideal para los tímidos, como en general lo es cualquier solución a través de Internet que garantice el anonimato y el control casi total de la privacidad. Los portales de contactos no son para los profesionales del flirteo (los especialistas), quienes mantienen intactas sus opciones, sus estrategias y su terreno de juego, y desde luego no son víctimas de ninguna mutación social imprevista.

Para la legión de los no especialistas, sí se ha producido un cambio en la pauta de relación entre hombres y mujeres que afecta no solamente a las formas externas del flirteo, sino a la posición que el hombre y la mujer asumen en esta nueva etapa (insisto que estoy hablando de personas en edad postmatrimonial o que han dejado atrás la juventud y se encuentran sin pareja estable). Más que un cambio fruto del progreso o los cambios en las costumbres es un efecto secundario imprevisto provocado por la incidencia --cada vez mayor-- de fenómenos como el individualismo, el hedonismo, el narcisismo y el miedo al fracaso. Su consecuencia más visible es un bloqueo en los cauces tradicionales de relación entre sexos, y que afecta sobre todo a las personas no especialmente dotadas para el flirteo (el resto se busca las lentejas sin problemas y rehace su vida, no todo van a ser desgracias).

Este bloqueo se produce unilateralmente desde el lado masculino y consiste básicamente en una "dimisión de la iniciativa", que es más o menos como sigue: las mujeres reproducen sus grupos de amigas solteras a la espera de que los hombres vuelvan a rondarlas y a ponerlas en el mercado; pero nosotros, una vez en el terreno de juego por segunda vez, y fundamentalmente debido a los años que llevamos sin tener que practicar el flirteo, no estamos tan dispuestos a disipar tanta cantidad de energía como cuando éramos jóvenes. Siguiendo ese mismo principio de conservación, nos movemos únicamente cuando observamos claros indicios y posibilidades de triunfar. En este contexto los profesionales del flirteo (a los que intentábamos imitar de jóvenes y al comienzo de nuestro retorno al mercado libre) triunfan más que nunca, puesto que la competencia se ha reducido, y porque ellos sí emplean las estrategias que ellas nos atribuyen por tradición (de hecho, nunca han dejado de hacerlo). Los torpes, los tímidos, los airados, los desencantados, los analistas, los que se engañan a sí mismos, los que renuncian a apuntarse a actividades para tener un grupo en el que probar suerte, dimiten (dimitimos) --a veces de forma inconsciente-- de su papel de precipitadores de todo contacto que podría iniciar una nueva relación. En esta situación distorsionada es complicado que se cumpla aquello de "amar a quien se encuentra", puesto que la dimisión ha dejado el camino casi despejado, la mayoría permanece agazapada... tras los ordenadores.

Aun así somos afortunados porque Internet nos proporciona una oportunidad impensable gracias a los portales de contactos (meetic, match, adultfriendfinder). Se trata de sitios web cuidadosamente diseñados con un modelo de negocio muy claro: obtener ingresos a cambio de reunir y gestionar el acceso a una comunidad que busca relacionarse y tentar a la suerte. La cuota de abono (sin la que no puedes hacer nada) es como la entrada que se pagaba a la puerta de la discoteca, sólo que en los portales es como si dispusiéramos de un abono mensual; los foros on-line equivalen a la barra y a la pista de baile, zonas virtuales donde abordar a las personas conectadas y que te atraen por alguna razón: respondes sus preguntas, las ignoras y hasta las puedes vetar definitivamente. Todo sin salir de casa, sin necesidad de arreglarse ni quedar, sin la angustia de aparcar el coche, sin llegar a casa apestando a humo y fracaso, y la ventaja incomparable de que esos mismos fracasos quedan minimizados por la comodidad de haberlo hecho sin salir de casa y sin testigos.

Los portales de contactos, como decía Mendoza en el post anterior, superan la fase en la que los encuentros se debían al azar, más o menos favorecido, más o menos buscado, sustituyéndola por otra muy parecida a la de la compra por catálogo. Esto facilita mucho las cosas, porque todos sabemos comprar y a la mayoría nos gusta hacerlo. En esta nueva fase se trata de individuos que toman la decisión de ir a buscar algo que sienten que les falta, sin esperar que la vida se lo tenga que poner delante. Esto desde luego me parece un avance importante. Y como estamos comprando tenemos unas expectativas (que esté buena, que no sea raro, que sea joven, que sea sensible, que gane dinero, que tenga su pasado resuelto) y unos requisitos (que no tenga hijos, que le guste viajar, que tenga estudios superiores, que no tenga más de 42 años, que no fume [sic]); y también unas preferencias a las que el otro debería adaptarse (que le guste ir al cine, salir a cenar, ir a tomar copas, salir a bailar salsa, tener sentido del humor, practicar deportes de riesgo). Por eso, tras el alta, es muy recomendable cumplimentar un cuestionario que sirva de perfil físico y vital para darse a conocer al resto; y también escribir un breve texto que nos describa de una manera más personal, una forma de ponernos un titular, de vendernos de forma divertida e informal, un anzuelo que facilite que alguien se detenga en nuestra ficha mientras repasa sin demasiado entusiasmo las largas listas de usuarios conectados un jueves por la noche (el día de mayor actividad). No rellenar el cuestionario y escribir dos líneas de texto que terminan con "busco amistad y si surge algo...", o "no quiero malos rollos, sólo busco pasármelo bien..." son el primer indicio de que no hay un verdadero interés en el contacto cara a cara.

El segundo indicio es no poner foto: como si el físico, la imagen, no haya sido --y lo siga siendo como sociedad narcisista que somos-- durante décadas el criterio que nos guía para desear contactar con un desconocido. Admitámoslo: la atracción física es lo primero que nos motiva, y eso vale para el mundo real y para el virtual. No poner foto por temor, o por avergonzarse de la propia imagen, da la medida de lo alejada que está esa persona del tipo de comunidad que forman los portales de contactos: si el objetivo es contactar tarde o temprano será inevitable mostrarse como se es, y es ingenuo pensar que unas semanas de conversación anónima previa pesarán más que la valoración del aspecto físico en el momento del primer encuentro. Las mujeres --las que no se consideran a sí mismas lo suficientemente atractivas, las que se sienten inseguras, las que desconfían de los desconocidos-- suelen actuar de este modo, creyendo que lo importante es el interior, y consideran un criterio de filtrado infalible un hombre que se aviene a conversar y conversar durante semanas sin solicitar dato físico alguno. La inmensa mayoría de hombres, en cambio, cuelga su foto porque intuye que es la manera más natural de demostrar que se aceptan las reglas del juego; o en todo caso, si se avienen a la fase de conversación anónima, lo hacen porque saben que tarde o temprano surgirá la opción del encuentro cara a cara, donde llevarán a cabo el auténtico filtrado. Luego ellas se defraudan o se cabrean porque tras el primer encuentro ellos se enfrían en las conversaciones on-line. ¿Con expectativas tan disímiles y con un sistema de filtrado tan irreal, de qué se extrañan?

(continuará)

domingo, 5 de agosto de 2007

Portales de contactos. 1. ¿Cómo han llegado a hacerse imprescindibles?

Tenía muchas ganas de escribir este post, pero lo he ido retrasando porque quería tener los conceptos claros y la perspectiva y la disposición mental y sentimental adecuadas. No en vano soy parte del problema y, aunque suelo ser radical en mis opiniones, me gustaría creer que lo que expongo no es simplemente el resultado de contar la feria según me va (gran verdad donde las haya), sino de una reflexión que apunta más alto. Y como advertencia final antes de entrar en materia, diré que soy usuario de los portales de contactos desde hace años.

Unos textos de Michel Houellebecq me ayudarán a acotar el tema y a introducir mi estado de ánimo al respecto:

«El deseo en si, contrariamente al placer, es fuente de sufrimiento, de odio y de desgracia. Esto, todos los filósofos --no sólo los budistas, no sólo los cristianos, sino todos los filósofos dignos de este nombre-- lo sabían y lo profesaban. La solución de los utopistas, desde Platón a Huxley pasando por Fourier, consiste en apagar el deseo y el sufrimiento resultantes organizando la satisfacción inmediata. En el otro lado, la sociedad erótico-publicitaria en la que vivimos se esfuerza en organizar el deseo, en desarrollar el deseo en proporciones inauditas, mientras mantiene su satisfacción en la esfera de la vida privada. Para que la sociedad funcione, para que continúe la competición, es necesario que el deseo crezca, se esparza y devore la vida de los hombres» Las partículas elementales (1998).

«A veces el dinero se consigue por acumulación pura; o al contrario, por una acción audaz coronada por el éxito. [...] Al contrario, los criteros de la elección sexual eran exageradamente simples: se reducían a la juventud y a la belleza física. Claro que estas características tenían un precio, pero no un precio infinito. [...] Hoy, el reparto de poderes había cambiado: la belleza seguía teniendo todo su valor, pero se trataba de un valor de cambio, narcisista. Si al final la sexualidad había de entrar del todo en el sector de los bienes de intercambio, la mejor solución era sin duda recurrir al dinero, ese mediador universal que ya permitía asegurar una equivalencia precisa a la inteligencia, al talento, a la competencia técnica; que ya había permitido asegurar una estandarización perfecta de las opiniones, de los gustos, de los modos de vida» Las partículas elementales (1998).

«Una chica guapísima, a la que el conjunto de la población masculina --incluidos los que no tienen la menor esperanza de obtener con ello favor sexual alguno, que son la inmensa mayoría y quizás también los peores-- prodiga atenciones constantes y desmesuradas, [...] ante la que todas la dificultades desaparecen, a la que reciben en todas partes como si fuera la reina del mundo, se convierte de la manera más natural en un monstruo de egoísmo y de vanidad autosatisfecha. En este caso la belleza física desempeña exactamente el mismo papel que la nobleza de sangre en el Antiguo Régimen, y la breve conciencia que estas chicas guapísimas puedan tener en la adolescencia del origen meramente accidental de su rango pronto cede el paso a una sensación de superioridad innata, natural, instintiva, que las sitúa lejos y muy por encima del resto de la humanidad. De la misma manera, como todos los que la rodean no tienen otra meta que ahorrarle cualquier disgusto y adelantarse al menor de sus deseos, la chica guapísima llega a considerar que el resto del mundo se compone de criados suyos, mientras que ella no se ocupa de otra cosa que no sea cuidar su propio valor erótico en espera de conocer a un chico digno de recibir semejante obsequio» La posibilidad de una isla (2005).

Las novelas del escritor francés muestran tangencialmente una parte del fenómeno que aquí comento, pero sobre todo retratan a la perfección la tipología social y la moral predominantes de un mundo donde las relaciones entre los sexos han mutado tanto que el despiste, la desconfianza, la ira o la resignación son las reacciones más habituales ante el cambio sobrevenido, y en el que los portales de contactos han sido una consecuencia casi natural. Houellebecq muestra una sociedad occidental posindustrial y posideológica atrapada en una exigencia de hedonismo y narcisismo, subvencionada (por motivos económicos obvios) desde la publicidad y el consumismo. La reacción mayoritaria ante la imposibilidad de estar a la altura del modelo propuesto es, aparte de la decepción, el recurso al mercado como una forma de dar salida a unas necesidades cada vez más difíciles de satisfacer. El egoísmo y el miedo al fracaso dificultan todo compromiso sentimental, y una de sus consecuencias es la tendencia cada vez más extendida a vivir en soledad, junto con (en el caso de los hombres) el recurso, cada vez más aceptado socialmente, al mercado, cada vez menos alegal, de las relaciones sexuales. A pesar de su extremado pesimismo y radicalidad, estoy de acuerdo con lo fundamental de este panorama y las posibles consecuencias sociales que planean sobre él.

Ahora bien, el auténtico detonante de este post es otra cita, esta vez de Henry James, hecha por Eduardo Mendoza a propósito precisamente de estos portales de contactos: "las personas, afirma el personaje central de uno de sus relatos, no deciden a quién han de amar, sino que aman a quien encuentran". Esta breve sentencia era la pieza que me faltaba para encajar todo el puzzle desparramado sobre la mesa, el puerto desde el que partir.

"Amar a quien se encuentra", ésta ha sido, efectivamente, la pauta de relación (sentimental y sexual) de la sociedad burguesa liberal, que sustituyó en su día a otra basada en acuerdos entre familias y una sexualidad oculta que corría en paralelo (vigente desde la Edad Media). Esta pauta, en su última versión, surgida de mayo del 68, ha funcionado (y lo sigue haciendo) a la perfección entre los jóvenes: no hay más que echar un vistazo a los clubs o ver las actitudes desinhibidas y frescas de chicos y chicas. Fármacos anticonceptivos consolidados, aceptación de múltiples orientaciones y parafilias sexuales... todos los factores se conjuran para que el hedonismo y el narcisismo se impongan como modelo social. Cuando uno es joven es fácil adoptar unos códigos preestablecidos, y más cuando es importante sentirse aceptado por la mayoría. En la práctica, la pauta vigente asume que los hombres dan el primer paso, demostrando interés por determinadas mujeres (generalmente jóvenes y atractivas, de acuerdo con el canon social establecido); el papel reservado a ellas es el de filtrar las solicitudes y decidir en última instancia (también basándose en criterios de juventud y belleza, pero también de seguridad y poder en cualquiera de sus extensiones sociales). Habrá quien me acuse de simplificador, de machista o de lunático, pero yo le recomendaría que vuelva a echar un vistazo a esos mismos clubs que mencionaba antes, o que lea las revistas de adolescentes y compruebe qué consejos se dan a las chicas de 14 a 16 años para atraer a su terreno al chico de sus sueños... Describo la pauta y la práctica mayoritaria, no estoy diciendo que todas las relaciones entren aquí.

Cuando se es joven el grupo-clase cumple las funciones de vivero de relaciones: aprendemos, tanteamos, probamos, fracasamos, triunfamos...; el grupo se renueva, cambian los gustos, las formas de ser... y casi sin darnos cuenta (salvo excepciones, debo decirlo) salimos de nuestra etapa de estudiantes con una novia o un novio en la mochila. Con una relación estable llega la edad de oro del bienestar emocional: tienes dinero, una cierta experiencia, vas conociendo y enamorándote de tu pareja...; sin duda es la mejor época para recordar. Con la misma naturalidad llega el compromiso formal, el matrimonio, la vida en común (que cada cual le llame como quiera), y acabamos arrinconando/olvidando las armas del flirteo que a cada cual sirvieron con mayor o menor suerte. Si algo tiene de bueno la vida en común es que evita el desgaste para la satisfacción de ciertas necesidades, ya que éstas vienen de serie o por decreto. Nos evitamos así esa labor de búsqueda y acoso de baja intensidad que con los años acaba cansándonos y que preferimos sustituir por una pareja estable. La disipación de energía que requieren esas actividades de flirteo es la misma que según Freud sirvió de cimiento a la sociedad civilizada, y que yo me atrevo a comparar con la que los primitivos cazadores-recolectores dilapidan para procurar su supervivencia alimentaria. La energía que ahorramos al cesar esas actividades de flirteo es posible invertirla, gracias al monopolio sexual que se establece, en mejorar nuestra relación sentimental.

Pero luego resulta que, en ocasiones, diversas circunstancias (fortuitas o provocadas, no voy a entrar en esto) nos devuelven al terreno de juego que abandonamos al hacernos con una relación estable (muchos años a veces), y nos vemos obligados a realizar un rápido reciclaje. Lo normal es que tiremos de los trucos que pulimos en nuestra juventud, para comprobar de inmediato que están obsoletos, y lo que es peor, delatan al momento nuestra situación, edad y estado mental; debemos encontrar otros nuevos para volver al campo. Los hombres, una vez que admitimos que las jovencitas se ríen en nuestra cara o que les resultamos directamente invisibles, volvemos la mirada hacia las de nuestra edad. Si los fracasos se prolongan más de lo que esperábamos, lo atribuimos a la estrechez mental y a la mojigatería de las mujeres de nuestra generación en nuestra misma situación de desemparejamiento sentimental, nunca a nuestra propia torpeza.

Para las mujeres la situación es muy similar: de regreso al mercado libre de los clubs nocturnos reproducen casi por instinto las pautas de su etapa de solteras. Sin excepción forman grupos de amigas en la misma situación y así, acompañadas de buenas amigas emparejadas, se hacen más fácil unas a otras el tránsito tan especial de esos momentos. El reciclaje para las mujeres es menos radical pero puede provocar los mismos efectos devastadores: la posibilidad de volver a formar un grupo de amigas con el que salir a tentar las suerte las convence de que el mercado del flirteo se rige por las mismas normas de su juventud, y el hecho de que algunos jovencitos las aborden es un argumento a favor de esta idea. El problema es que con el paso del tiempo comprenden que lo que buscan está entre los hombres de su generación, y comprueban que en ese terreno fracasan con el mismo elevado índice que nosotros. Ellas lo verbalizan diciendo que no hay hombres disponibles que valgan la pena (que no sean raros), o que hay demasiados gays.

(continuará)

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