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jueves, 24 de mayo de 2007

El triángulo isósceles de la Web 2.0

Versión beta (06/05/2007): Descargas privadas, públicas demagogias

La cara positiva del ataque de los usuarios de Digg (la web mantenida por los mismos usuarios que la visitan) ya tiene su noticia: el anuncio de Dell de los primeros ordenadores con Ubuntu preinstalado. Es la prueba más contundente de lo que Francis Pisani denomina una demostración del poder de los usuarios en la Web 2.0, los cuales parecen haber tomado plena conciencia de sí mismos, igual que el superordenador central de Terminator 2 (1991), momento a partir del cual fue imposible desconectarlo.

A toro pasado la situación nos parece de una evidencia meridiana, pero hasta ahora nadie había señalado (con la de previsiones que se hacen al día) el hecho de que el negocio de un número creciente de webs procede del tráfico que genera la acumulación de contenidos creados por usuarios que no reciben nada a cambio. La fórmula es: ingresos por publicidad a cambio de tráfico generado por acumulación de contenidos. Se trata de un triángulo isósceles en el que cada lado va por libre; y está claro que tiene mal arreglo, ya que para generar una cantidad semejante de contenido es imposible plantearse pagar por contribución. Si este va a ser el modelo de negocio de la Web 2.0, con semejante situación de desequilibrio como punto de partida, no será raro que la blogosfera tecnológica vaya a copar unos cuantos titulares en un futuro próximo.

lunes, 21 de mayo de 2007

Andanada

El pensamiento previsional (Mattelart dixit) es hoy día un mercado más que consolidado: los consultores cobran cantidades de escándalo por dibujar los escenarios anticipatorios del futuro tecnológico y sus repercusiones en el uso social (en realidad consumo). El pronóstico tecnócrata es un sector aún más emergente que la propia tecnología que lo propicia, por lo menos en EE UU desde mediados de los sesenta del siglo XX. Desde mi perspectiva de usuario/consumidor todo esto me suena a la canción esa que aseguraba que estamos "agotados de esperar el fin".

Las multinacionales se parecen cada vez más a las universidades: dinosaurios que se mueven con dificultad, junglas en las que son necesarios ciertos saberes iniciáticos que permitan sobrevivir. Instituciones cada vez menos permeables (o directamente de espaldas) a la realidad que emplean su prestigio social y las subvenciones que reciben (en lugar de sus ventajas competitivas) para influir en todo entorno que amenace su cuota de mercado. Otro dato más: en 1960 Daniel Bell publicó El fin de las ideologías, un ensayo que profetizaba lo que, treinta y dos años después, nos volvió a vender con otro nombre Francis Fukuyama con la coña aquella de El fin de la historia. Lo sorprendente es que el "Guardar como..." coló, igual que coló cuando las discográficas nos volvieron a vender en CD más caros los mismos vinilos que habíamos comprado en la era analógica. Es la dictadura de los expertos y los iniciados frente a las audiencias cautivas de los ingenuos bajo el principio del consumo. Así es la auténtica tecnología (y compañía) que nos esclaviza.

¿Economía y comercio, pues, se han quedado solos? ¿Campan a sus anchas por la red? No, todavía una comunidad, desestructurada por definición, resiste y sobrevive a todos los intentos de normalizarla y diluirla en el Mercado (con mayúsculas). Son comunidades de consumidores/usuarios que crean sus propios espacios o se hacen fuertes en otros ajenos (creados para generar beneficio con el tráfico que genera la comunidad, no gracias a sus contenidos). En estas comunidades es donde más de uno ve la democracia participativa que Al Gore prometía a la UIT y que más de un progresista trasnochado elogia después de poner de vuelta y media el mal uso que se hace de las tecnologías. Por ese lado sólo encontramos mitómanos y paisajes idílicos completamente irreales. Sin embargo, las comunidades de usuarios/consumidores siguen intercambiando información útil mientras escapan a todas las normas (legales y de mercado) que les acusan de violar.

Luego esos mismos expertos e iniciados concluyen en sus textos que existe cada año una mayor desmovilización de las masas. Igual que en el divorcio entre política y ciudadanos, los usuarios/consumidores se buscan la vida como francotiradores para resolver sus cotidianas necesidades al margen del mercado (esta vez con minúsculas). ¿Mis hijos quieren el nuevo estreno de Disney? Lo descargo de eMule ¿Necesito un software para gestionar mi PYME? Busco un freeware y lo descargo o uno privativo y luego mi coleguita tecnócrata me lo "crakea"? Malos tiempos para vender intangibles o ejecutables. Mientras tanto, las consultoras repiten impasibles su mantra: las empresas que no estén digitalizadas perderán oportunidades de negocio y el tren del futuro.

En el tiempo que ellos pasan analizando una realidad lejana, el usuario/consumidor se ha conectado a Internet para buscar soluciones a sus puntas de trabajo, saber cuánto le costará una licencia en caso de tener que comprarla, y cuánto tiempo le durará su nuevo hardware antes de que un nuevo sistema operativo se lo deje obsoleto. Por la noche, en casa, mientras los consultores disfrutan de sus viajes de incentivo interoceánicos los mismos usuarios/consumidores buscan conversores de formatos, gestores de tiempo, simuladores de vuelo, recetarios, programas y juegos educativos, libros, películas, música...

¿De qué realidad estamos hablando?

sábado, 12 de mayo de 2007

Acabo de leer Microsiervos y...

... debo reconocer que me ha cautivado porque tiene todos los elementos necesarios para convertirse en una novela generacional. Y su autor, Douglas Coupland, lo sabe y lo explota con toda la lucidez de la que es capaz. Estamos en 1995: en España todavía permanecemos en la fase de deslumbramiento por los "procesadores" de textos (como si los textos fueran algo que se procesara, al estilo de las instrucciones que maneja un ordenador), esperando en cada versión que nuestro "procesador" hiciera más cosas y disfrutáramos de más funciones adicionales que el vecino. Eran los tiempos en los que pasábamos del espartano interfaz del WordPerfect 5.1 (quienes dominaban esta versión decían que era el canon eternamente remontante de los procesadores de texto) al entorno gráfico de Word 5.1 (los de Seattle se saltaron unas cuantas versiones para superar en el subdígito a WordPerfect). Mientras tanto, los recién llegados predicábamos las virtudes de Amipro/WordPro, como si nuestra alternativa supusiera alguna novedad respecto al desierto programado.

Sin embargo, en EE UU, en ese mismo año, a pesar de que las grandes corporaciones entretenían sus recursos en cosas como la versión noruega y sin fallos de Word, disfrutaban de una incipiente Web 2.0, la misma que nos parece hoy tan moderna. Eran los tiempos en los que un nerd podía plantear sus paradojas/perplejidades a una comunidad mundial, anónima, e igualmente deslumbrada por la tecnología: los grupos de noticias, en los que cada entrada suponía una nueva versión de la realidad. Hoy día esos grupos son historia (a veces cargante, como la de los hippies) y han mutado en blogs: cada aportación está mucho más individualizada, expresada en una serie de enlaces escogidos, un título, un perfil de usuario... Y sin embargo, antes era cuestión de un simple nick que dejaba su anónima contribución. La blogosfera no es un invento surgido de la nada, a pesar de que siga manteniendo el espejismo de un mundo solidario que trata de aportar luz a los enigmas del mundo que contribuimos a enredar cada hora. Al fin y al cabo, la edad y el concepto de generación no son algo banal en Microsiervos.

Siguiendo una política muy parecida, Google desembolsó en 2001 una buena cantidad de dólares para hacerse con los grupos de Usenet, el mítico servicio de foros que almacenaba los contenidos publicados desde 1981 en los 'newsgroups', los foros del paleozoico de Internet, atravesados de cabo a rabo por la utopía solidaria (como las asambleas okupas), y que se convirtieron (previa creación de cuenta de usuario) en Google Groups. Me pregunto si todo ese desembolso por una información igual de útil que el registro de bautismos de Palencia ha servido para algo, excepto para que unos pocos nostálgicos/pioneros sientan que Google se preocupa verdaderamente por los usuarios/consumidores, la etiqueten de la auténtica sucesora de la "auténtica Internet", y le concedan su bendición en los blogs de éxito que ahora mantienen.

Da igual, Coupland escribe muy bien y demuestra su oficio retratando a la complaciente sociedad estadounidense de los noventa, cuyo conservadurismo se impone a pesar de las deformaciones inéditas introducidas por la vida rodeada de tecnología emergente que caracteriza al Valle del Silicio: la familia, los amigos, el amor, la autenticidad de las cosas... Y no sólo eso, también sabe clavar el retrato inmisericorde de los tecnócratas y su estilo de vida, sin duda la mejor manera que tiene cualquiera de eliminar todo rastro de vida personal: trabajar en Microsoft o en cualquier corporación que mute en algo igual de universal.

Termino con un fragmento de la novela (pensando ingenuamente que eso espoleará a alguno a leerla) que todavía me da que pensar: "Intenta no pensar que pelas una naranja. Intenta no imaginar el jugo que te chorrea por los dedos, la suave cara interior de la piel. El olor. Inténtalo, pero no podrás. El cerebro no procesa negaciones".

¿Será verdad?

domingo, 6 de mayo de 2007

Descargas privadas, públicas demagogias

El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en su barómetro de marzo ha preguntado a la gente acerca de sus relaciones con la cultura digital, revelando la contradictoria actitud que la mayoría de usuarios/consumidores adoptamos frente a lo digital, así como una serie de argumentos justificativos acerca de la cultura que nadie se toma en serio: 1) toooodooos nos descargamos de tooodooo, pero lo decimos con la boca pequeña en nuestro círculo de amistades; 2) penalizar las descargas P2P nos parece poner puertas al campo, y por eso pensamos seguir haciéndolo caiga quien caiga; 3) nos escudamos en el alto precio de los bienes culturales para justificar nuestro recurso al P2P y nuestra deserción de los espectáculos en directo (a pesar de que sabemos que aunque bajaran espectacularmente los precios seguiríamos obteniendo de todo en el P2P, más que nada porque... si lo podemos conseguir gratis ¿para qué pagar?). La cultura nos parece un bien a proteger, excepto en el más que probable caso de que debamos pagar para mantenerla.

La segunda noticia es el ataque sufrido por el portal Digg, al parecer por parte de sus propios usuarios, a raíz de la supresión de una noticia donde se hablaba a bajo nivel acerca de la clave cifrada de los HD-DVD (el nuevo estándar de vídeo que quiere sustituir al DVD-MPEG2 actual). La Web 2.0 es un fenómeno social que demuestra que las masas pueden ser colaborativas, pero también que pueden y saben actuar para proteger lo que consideran sus derechos adquiridos. El motivo del cabreo no es otro que la sensación de que los futuros estándares que servirán de distribución a la cultura digital podrían ver limitada su difusión, y por tanto las posibilidades de ser convenientemente "compartidos". No es la primera vez que Digg elimina noticias por considerarlas inconvenientes o fraudulentas, y nadie se ha quejado; pero esta vez han tocado un tema muy sensible y las alarmas han saltado.

Los usuarios/consumidores de estos tiempos de transición a lo totalmente digital tenemos una curiosa relación con la cultura: la queremos disponible y gratuita para poder recuperar toda esa música de nuestra analógica juventud; la queremos también para sortear el omnipresente consumismo inevitablemente asociado al mundo infantil (estrenos, bandas sonoras, juegos...), que nos permite estar al día y satisfacer los caprichos de nuestros menores de edad sin recurrir al "no" selectivo. La queremos finalmente, unos pocos, para seguir ampliando nuestro horizonte: conocer nuevos intérpretes y estilos, recuperar rarezas...; y todo eso a pesar de que, de forma simultánea, somos conscientes de que modificamos definitivamente el modelo de negocio de las industrias culturales.

Porque vamos a ver, si nos preguntaran cómo compatibilizar la existencia de un mercado P2P permanente y gratuito de toda la cultura digital con una industria cultural (autores, intérpretes, productores...) que pudiera ser autosostenible, casi nadie estaríamos en disposición de contestar con un mínimo de seriedad. Sí claro, responderíamos que los músicos deberían obtener sus ingresos con las actuaciones en directo y olvidarse de la ventas de grabaciones, los cineastas con los derechos de las televisiones, las empresas de software con los juegos en red... Y ahí se acabaría todo. Que otros se encarguen de los detalles; nosotros seguiremos (como prisioneros de la lógica de la supervivencia que somos) bajando de todo y "de gratis". No es nuestro problema: en todo caso contribuimos a empeorar una situación creada por la industria; nos limitamos a abrir el paraguas en la grieta que hemos encontrado en el sistema. Por algo somos el usuario/consumidor final, ¿no?

Sólo un apunte borde e incoherente para terminar: si los actores de la economía del lado de la oferta (no puedo tratar de ser más políticamente correcto) niegan, retrasan, manipulan, distorsionan, critican y/o evitan cualquier iniciativa que amenace con modificar su cuota de mercado, sus ingresos o las reglas del juego que perpetúan su beneficio ¿por qué desde el lado de la demanda tenemos que dar lecciones de coherencia y de buenismo? Mientras sigamos atrapados en el principio de la escasez, el poder de la palabra GRATIS no nos dejará ver el bosque en el que nos estamos perdiendo.

Actualización (18/05/2007): Richard Stallman, gurú de la Free Software Foundation (FSF) se reunió en Madrid con una representación de periodistas, políticos y filósofos para extender el concepto de software libre al de "conocimiento libre". Sucede que a veces se retuerce tanto el argumento que se incurre en errores o en ridiculeces porque se enfoca el problema desde el lado opuesto: señores y señoras del LibreMeeting, el conocimiento libre es el conocimiento científico, que por definición circula libremente beneficiando a la comunidad de científicos y permitiendo el progreso mismo de la ciencia. Si no hay libre acceso no hay ciencia que valga. Esta gente parece que viene ahora a descubrir la pólvora pariendo un concepto que tiene más de 300 años; mezclando conocimiento científico con información que actualmente está protegida por patentes y leyes de propiedad intelectual. No es lo mismo.

Soy partidario del software libre, pero no de intentar que sus ventajas y argumentos se ajusten de cualquier manera a cualquier reivindicación posible. Los comentarios de Stallman sobre la industria y entidades de derechos de autor son, sencillamente, de risa: considera que las leyes que protegen a estas corporaciones "son injustas y no merecen obediencia" porque obstaculizan el desarrollo de la cultura libre "con la excusa de que defienden a los artistas". Incluso se aventuró a lanzar sus alternativas para remunerar a los autores libres: "Reemplazar el canon por un impuesto o bien pagos voluntarios: que el reproductor de música tenga un botón y, al presionarlo, se envíe dinero al grupo". No sé qué es peor: si quedar como un ingenuo o como un trasnochado.

Ya lo dije antes: muy pocos están en condiciones de hacer propuestas serias acerca del marco legal de las industrias culturales digitales; pero si ni Stallman está a la altura ¿quién lo está?

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