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miércoles, 28 de febrero de 2007

Nuevo positivismo digital (I)

Cada vez que alguien intenta hacer un travelling por la historia de la informática comienza hablando de las máquinas cibernéticas de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, que si la máquina de Turing y artefactos por el estilo. En realidad deberían remontarse hasta el cálculo binario de Leibniz, un proyecto de lenguaje universal (deducible a unos y ceros) cuyo creador, como ilustrado ingenuo y pardillo que era, pensaba que acabaría con los problemas de comunicación (en realidad de entendimiento) que atenazaban a la humanidad y la sacudían de guerra en guerra. El problema es que esta idea de Leibniz tuvo que esperar hasta 1854 para convertirse en realidad, cuando George Boole formuló la notación algorítmica. Y aún hubo que esperar otro siglo para que todo eso fuera aplicado a la informática.

Lo que traducido al lenguaje del consumidor/usuario significa que Leibniz fue el que inventó el algoritmo (una secuencia ordenada de operaciones elementales extraídas de un repertorio de operaciones ejecutables en un tiempo dado). Creo que todavía debería traducir más: Leibniz fue quien concibió teóricamente los códecs, esos algoritmos (como el K-Lite Codec Pack) que nos permiten comprimir y decodificar imágenes en movimiento de las películas que nos descargamos o nos copiamos. No esta mal como alternativa a la archisabida historia de los pijos en el garaje de papá...

Este proyecto que empezó con Leibniz y Bacon (y continuó con Boole, Wilkins, Babbage, Wiener y Turing entre otros) estaba enfocado a la creación de pensamiento en el interior de una máquina. Creo que las evidencias tecnológicas actuales rebajan un tanto ese ambicioso objetivo y deberíamos decir que lo que han conseguido es introducir un limitado criterio lógico en determinadas máquinas. ¿Inteligencia Artificial? Creo que el concepto no pasa de ser un oxímoron un tanto pretencioso (igual que música militar, o responsabilidad social), y como Douglas Hofstadter desmonta de forma tan sencilla y comprensible esta contradicción no puedo por menos que resumir aquí su razonamiento.

La inteligencia humana se caracteriza por ocho características básicas:

1) Responder flexiblemente a las situaciones
2) Sacar provecho de circunstancias fortuitas
3) Hallar sentido en mensajes ambiguos o contradictorios
4) Reconocer la importancia relativa de los diferentes elementos de una situación
5) Encontrar semejanzas entre varias situaciones, pese a las diferencias que puedan separarlas
6) Descubrir diferencias entre varias situaciones, pese a las semejanzas que puedan vincularlas
7) Sintetizar nuevos conceptos sobre la base de conceptos viejos que se toman y se reacomodan de nuevas maneras
8) Dar con ideas novedosas

Según esto, paradójicamente, los ordenadores son las creaciones más inflexibles e inconscientes que existen. La inteligencia artificial (ahora ya en minúscula) no es otra cosa que el intento de proporcionar conjuntos cada vez más amplios de reglas y normas para que las máquinas puedan tomar decisiones. Los ordenadores que tanto nos fascinan están sobradamente preparados para realizar tareas rutinarias, pero de un modo tal que son incapaces de advertir los hechos más obvios vinculados con lo que están haciendo (no son capaces de discernir si una pausa prolongada significa que el usuario se ha ido a comer o no sabe qué hacer). Y pone un ejemplo crucial: un automóvil jamás captará la idea de que es necesario no chocar con otros automóviles o con obstáculos cuando circule; es más, por mucho o muy bien que haya sido conducido, tampoco llegará a aprender ni siquiera los trayectos más habituales de su propietario. La diferencia entre la inteligencia artificial y la humana es que ésta última puede examinar lo que hace, plantarse de un salto “fuera” del sistema en el que trabaja y reflexionar sobre él. Esto, desegañémonos, no lo hará nunca ninguna máquina.

(continuará)

domingo, 25 de febrero de 2007

Tendencias, contradicciones... revelaciones

Leo dos noticias en el mismo periódico (de fechas diferentes, pero con esto de las ediciones web todo está disponible a la vez): por un lado Jimmy Wales (fundador del proyecto Wikipedia) anuncia Wikiasari, un buscador basado en el modelo de participación libre que ha hecho de Wikipedia un referente mundial. La diferencia es que esta vez se trata de un proyecto con fines lucrativos. Wales ha fundado una empresa (Wikia) y con ella pretende dar con un modelo de negocio que no abandone el buen rollo que da Wikipedia (algo así como Google, que gana dinero a espuertas pero a nadie cabrea, lo contrario que Microsoft). Después leo que en EE UU la universidad de Middlebury ha prohibido realizar trabajos cortando y pegando contenidos de Wikipedia. La razón que aducen es que no es información fiable y claro, resulta problemático en una institución dedicada a la enseñanza. El autor del artículo cita un comentario del propio Wales sobre la conveniencia de prohibir también copiar y pegar de la Enciclopedia Británica, porque no está bien copiar de las enciclopedias.

Es curioso: por un lado, los catedráticos y los elitistas expertos prohíben Wikipedia porque la ven como una amenaza (la Enciclopedia Británica no lo es porque no es gratuita y además da trabajo a muchos colegas), y mientras tanto Wikipedia intenta finalmente hacer dinero y convertirse en una Enciclopedia Británica. Me parece un síntoma del despiste generalizado que nos invade.

También quiero comentar el artículo de Pere Guixà en el suplemento Culturas del 21/02/2007 en La Vanguardia (el cual no puedo enlazar directamente debido al absurdo diseño de su web, todavía concebida como un complemento a la edición impresa, que es la que da dinero): en él habla de Second life, ese universo virtual donde se puede (re)crear uno mismo, incluyendo aspecto físico, vivienda, profesión, carácter... Desde Second life se accede a Metaverso (un nombre sacado de Snow crash (1992), una novela de Neal Stepehnson), igual que Neuromante (1984) de William Gibson (que escribía a máquina y no tenía ni idea de tecnologías emergentes), pasó a la historia por ser el primero en usar la palabra "ciberespacio"; y una vez allí es posible acumular lindens (la moneda de curso legal en Metaverso) y cambiarlos por dólares. Ahí y sólo ahí está la clave de su éxito (nada de Web social ni otras modas etiquetadoras). Da igual que Second life sea en realidad un foro, y como tal posea todas las características de un lugar donde las identidades falsas campan a sus anchas (como las webs para encontrar pareja, sobre las que me despacharé otro día); lo realmente importante es que aprovechando la novedad hay espabilados que pueden hacer negocio. Si esto fuera un proyecto al estilo Wikipedia, Second life no dejaría de ser otra moda entre frikis. Sin embargo los auténticos frikis de esta historia son las multinacionales: Coca Cola, Sony y otras tantas (hasta las agencias de noticias reales emiten boletines especiales para Second life) se han instalado en Metaverso y demuestran con su actitud que están dispuestas a colgar un banner en el mismo infierno con tal de vender.

Guixà menciona a Huxley, Dick, Orwell y Bradbury como precedentes literarios de lo que es ya una distopía digital, y acaba sentenciando que asistimos a un forcejeo entre la palabra y el audiovisual. Estoy de acuerdo; es una buena etiqueta para definir este periodo de paradójico despiste.

Actualización (08/03/2007): leo que es noticia que siete profesores canarios se reunen en Second life para debatir sus proyectos educativos. Lo hacen después de quemar etapas con el teléfono, el correo, los foros y los blogs y comprobar que no pueden avanzar gracias a todas estas tecnologías. Nada parece satisfacer sus requisitos, nada excepto Second life (que, casualmente, está de moda). Seamos sinceros: ¿acaso su reunioncita habría tenido repercusión en los suplementos tecnológicos de no ser porque la celebran en la web virtual de moda? Me parece una actitud muy característica de los tiempos: eclipsar los fines con los medios; en este caso hacer cualquier cosa con tal de evitar el encuentro cara a cara. Y encima dicen que en Second life han encontrado un lugar "que aporta calidez". Estos "tecnócratas de letras" presentan síntomas claros de la ortodoxia de los conversos.

martes, 20 de febrero de 2007

Intuiciones acerca del software que desembarcará en nuestros discos duros

El otro día me desinstalé (¡finalmente después de tres años!) mi antivirus Panda 2006 y es como si hubiera soltado de golpe 500 quilos de lastre. Mi ordenador (un AMD a 700) no es que sea de última hornada, pero he descubierto que al menos rinde mejor de lo que pensaba y puede aguantar unos años más con Windows XP. Es como el chiste ese del tío que va caminando con una cabina de teléfonos encima y cuando le preguntan por qué lo hace responde que si se encuentra con un león la tira y así puede correr mucho más rápido. Igual me siento yo sin mi Panda antivirus, como si hubiera lanzado la cabina de teléfonos.

Y es que este Panda al cual estuve licenciado estos años no paraba de dar problemas: después de cada actualización crítica del sistema se multiplicaban los problemas al cargar, avisaba de Explorer desactualizado justo después de actualizarlo, recordaba cada día (¡cada día!, sin permitir la mosquita esa de "No mostrar más este aviso") que no tenía activado el Firewall. No lo tenía porque daba muchos problemas con cantidad de software (y encima no permite instalar el antivirus sin Firewall: o todo o nada). Cada actualización del catálogo de virus era un sin vivir que paralizaba toda actividad... En fin, un rosario de miserias que reventó cuando comenzaron a enviarme correos avisando con 6 meses de que mi licencia iba a caducar, y que era el momento de "ampliar servicios" a un precio sin competencia. Traducción para el usuario/consumidor: al ampliar servicios, cuando tocara renovar la licencia no cobrarían más por el antivirus, sino por los demás servicios que contraté pensando que me ahorraría algo. Traducción en plan mitinero: la ampliación de servicios es la forma de subir el precio de la licencia justificando de paso una subida exagerada de cuotas.

Así que, a falta de 1 mes para que expirara la licencia me harté: desinstalé Panda y puse el BitDefender 8 Free Edition y mi equipo vuela. Ahora no me dedico a ver aparecer los diferentes elementos de las ventanas, y las tareas desaparecen de la barra de inicio en segundos; puedo usar el Firewall que me da la gana (ZoneAlarm) y encima BitDefender me protege con eficacia y sin penalizar mi actividad. ¡Tomen nota señores de Panda!

Luego me acuerdo del agujero ese que descubrieron hace poco en el Adobe y me digo que me voy a actualizar. Creo que era para la versión profesional, que no afectaba al Reader (gratuito, que es el que uso), pero como llevo dos versiones de retraso ahí voy. En la web corporativa ni media palabra sobre el agujero de marras, eso sí todo son invitaciones a la prueba y a la descarga. Localizo mi producto, mi idioma y mi versión y veo que me baja un archivo de 500Kb que al ejecutarse ejecuta a su vez un programa para bajar los archivos de instalación. Traducción para el usuario/consumidor: a pesar de ser un software gratuito, el Acrobat Reader no quedará en tu disco duro, tan sólo la versión final instalada. Si lo pierdes tendrás que volver a Adobe a que te dejen bajar otra copia. Lo entiendo en el caso de aplicaciones de pago, pero estamos hablando del Reader (no del Photoshop) cuya especificación PDF acaba de pasar a ser gestionada por la ISO. Pero no debe extrañarnos, porque estos señores de Adobe, como buenos estadounidenses, son extremadamente cautos en cuanto a la propiedad intelectual se refiere. Y si no, sólo hay que echar un vistazo a la cantidad de patentes que han registrado de partes de su código, no sea que alguien innove y ellos no puedan sacar tajada (el mejor ejemplo es la imagen de arranque de la versión 5 del Reader. Es un poco antigua pero no tiene desperdicio).

Este es el panorama softwarístico que nos espera: por un lado antivirus (y otras aplicaciones "de seguridad") que con la excusa de la protección se apoderan de nuestro equipo como si fuera un troyano (a mí me recuerda a la estrategia Bush contra el terrorismo global: lo hacen por nuestro bien); y por el otro aplicaciones que son estándares de facto en versión gratuita que se gestionan y protegen como si fueran un posible foco de piratería. Por un lado software que se adueña del disco duro y por otro un paso intermedio hacia el software residente en red. ¿En qué quedamos?

viernes, 9 de febrero de 2007

Estándares de facto y software libre

Quienes defienden el software libre y desprotegido de derechos de propiedad argumentan que esta medida fomentaría la creatividad y serviría de incentivo para la innovación. Veamos un ejemplo concreto: Skype fue una aplicación gratuita que ofrecía la posibilidad de hablar por teléfono a través de Internet (de gratis) entre ordenadores que tuvieran instalado el mismo software; o en todo caso por un precio muy económico con teléfonos fijos y hasta con móviles. Si no fuera por Skype las grandes operadoras de telecomunicación, esas que se aferran a las cuotas de conexión como si fuera el impuesto revolucionario, no habrían movido un solo dedo para modificar las condiciones ni las tarifas del servicio que prestan. Pero dado que hay gente que se lanza a la aventura por una vía más atrevida (que no ingenua, porque también quieren ganar dinero), pues estas grandes corporaciones tienen que asumir la realidad y tomar medidas (aunque sean parciales) que vayan en detrimento de su beneficio. En condiciones normales, cualquier cambio legislativo que regule sus ingresos se le repercute al usuario por otro lado. Esto vale para la telefonía, para la ecología, para los servicios, para las mercancías... Este es el estándar de facto del sistema.

Si Skype no hubiera sido gratuito a nadie de los que dominan el cotarro le interesaría apostar por una forma de comunicación alternativa, puesto que la inmensa mayoría ya es audiencia cautiva de las operadoras tradicionales aun sin obtener servicio alguno a cambio. Luego es cierto: el incentivo para el cambio, necesariamente, debe ser la gratuidad.

Ese es el objetivo del software libre: poner en marcha la rueda del cambio en determinados mercados, caracterizados por el estancamiento y el abuso de poder, con una tendencia al inmovilismo y al oligopolio que asusta. Quienes desafían este statu quo a base de software gratuito no son ni visionarios ni ingenuos ni francotiradores ni piratas que pretenden que todo sea gratis; al contrario, son personas y empresas que buscan un nuevo modelo de negocio viable, estable, pero que no dependa de un monopolio tecnológico (basado en patentes, el monopolio legal por excelencia), sino en el triunfo de una tecnología que se imponga por su utilidad y su sencillez. Y una vez difundida y estabilizada la tecnología, explorar nuevos yacimientos de negocio en forma de servicios asociados. El beneficio no está en la tecnología, puesto que está al alcance de cualquiera, sino en el servicio asociado.

Microsoft es el paradigma de ese modelo de empresa que surgió en la época inmediatamente precedente a Internet: pagar por estándares de software. Google la desafió con un modelo alternativo basado en servicios asociados a una tecnología que explota hasta el límite el principal rasgo de la web actual: la dispersión, la sobreabundancia y el desorden de la información. Google morirá como modelo de negocio cuando la web semántica sea capaz de estructurar la información de la web y los buscadores sepan interpretarla correctamente. Ese día el negocio estará de nuevo en el software inteligente; de nuevo los tecnócratas podrán tomar la iniciativa. Hasta que la tecnología esté lo suficientemente madura y extendida como para permitir el relevo por una nueva generación de expertos en contenido, en servicios.

Eso sí, mientras cada cual pueda etiquetar sus páginas como le venga en gana Google no bajará del pedestal.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Jobs huye hacia adelante

Hay varias cosas que no entiendo en la carta abierta que ha publicado Steve Jobs sobre el futuro de la música digital. Resulta que Francia, Alemania y Noruega ya se han pronunciado en contra de su sistema anticopia (sistema DRM que se denomina Fairplay). Este sistema obliga a escuchar la música comprada en iTunes en un iPod o en cinco ordenadores a los que el usuario autoriza (aunque sólo en 1 puede sincronizar el PC y el iPod).

El caso es que Jobs arremete contra los sistemas DRM, que son precisamente el centro de la polémica de su negocio. Si son ciertos sus cálculos (90 millones de iPod en 2006 y 2.000 canciones descargadas equivalen a 22 canciones legales en cada iPod); si la media real en cada iPod es de 1.000 canciones, entonces sólo el 3% de la música que escuchamos tiene origen digital legal. Jobs hace muy bien en preguntarse si tiene sentido mantener sistemas DRM ante esta realidad.

Tampoco entiendo eso de que no es posible escuchar la música de iTunes fuera de los iPod: hace tiempo que el software Jhymn desencripta el Fairplay/DRM de Apple y convierte los archivos M4P en MP3 puros y pelados. Lo bueno es que esta aplicación solicita la clave del usuario de iTunes con el que se compró la canción, por lo que simplemente se está haciendo uso del derecho del propietario a migrar el formato del archivo original. Yo no veo el problema que dicen que hay por ningún lado.

Tampoco entiendo por qué las discográficas sólo aceptaron vender sus catálogos en iTunes cuando se les garantizó que habría un sistema DRM; ni por qué siguen empeñadas en vender CD sin protección alguna y clamar luego contra la piratería. Tampoco entiendo de qué servirá licenciar Fairplay para que luego llegue otra empresa y saque el suyo. Aquí lo único que veo es un síndrome Microsoft terrible: todos se alían contra el que a todas luces se muestra capaz de hacerse con el mercado.

En lo que sí tiene razón Jobs es que la piratería no es cuestión de DRM; ésta se producirá siempre. Así que por lo menos no pongamos trabas a los que quieren levantar modelos de negocio. Recuerdo que hubo un tiempo en que decían que si uno tenía el vinilo de un álbum de música podía hacerse con una copia digital sin volver a pagar, pero que tenía que guardar el original para acreditar su legalidad. ¿Alguien hace esto? ¿Alguien se cree que Jobs defiende la piratería? ¿Alguien cree que Francia, Alemania o Noruega están luchando por una libertad digital que no depende para nada de estos pleitos?

martes, 6 de febrero de 2007

Reconversión industrial en pleno auge

A Bill Gates le espera un destino muy parecido al de Steve Jobs. Se comentó en numerosos foros y publicaciones durante los ochenta y es ya hoy prácticamente una historia para contar a nuestros niños preadolescentes que ya no creen en hadas: cuando la omnímoda IBM decidió ponerse a fabricar ordenadores personales encargó a una desconocida Microsoft el sistema operativo con el que el usuario hablaría con el ordenador. El futuro, decían los grandes gurús de IBM, estaba en el hardware, no en el software. El resto de la historia la conocemos porque es parte de nuestra existencia: el software se reveló crucial para la divulgación del ordenador, porque era la parte con la que interactuaba la persona. Así que mientras el hardware podía ser de cualquier manera, el software debía tener en cuenta esta fundamental premisa. Microsoft, amparándose en la audaz cláusula que arrancó a los cegatos abogados de IBM (por la cual tenían la exclusiva de sistema operativo para las máquinas IBM, pero también la opción de licenciarlo a terceros), se hizo con el mercado mundial de los sistemas operativos. Para cuando el resto de fabricantes reaccionaron y se organizó el movimiento GNU (para entendernos, aunque ellos lo nieguen, en la práctica significa software gratis), ya era demasiado tarde. La película Piratas de Silicon Valley lo explica todo esto muy bien.

Ahora tal parece que estamos al final de ese ciclo y que el escenario que se avecina es el que preveía IBM (eso no quiere decir que su estrategia fuera a largo plazo, simplemente es casualidad): hoy día por el software no paga nadie (sólo quienes se ven obligados a ello). El software se vende junto con el hardware o de lo contrario no se vende. Cuando un ordenador se nos queda pequeño o viejo ¿qué hacemos? Lo montamos en la habitación de los niños y compramos otro. Lo que venga preinstalado bien estará, y lo que falte lo pillaremos por ahí. Esta es la realidad. Los fabricantes de las videoconsolas lo han comprendido pronto: sus versiones se suceden como en tiempos lo hacían las de Word: PS/2, PS/3… y se anuncian en televisión igual que si se tratara del advenimiento del juicio final. Con cada cambio de hardware se pueden poner a la venta nuevos juegos "compatibles" (con las antiguas consolas no funcionen de forma deliberada), de manera que estamos comprando el mismo juego cada cinco años. Algo muy parecido sucede con los teléfonos móviles: cada vez reúnen las funciones más dispares: agenda, música, radio, televisión, cámara, GPS… Lo importante es tener el modelo más nuevo y diseñado; el software que hay detrás es lo de menos.

Steve Jobs, el gurú de Apple, lo comprendió enseguida: tras el fracaso en 1993 de su aventura Next le ofreció 10 millones de dólares a George Lucas por Pixar, parte de la división de efectos especiales Lucasfilm. A continuación fichó a Ed Catmull y en 2003 tan sólo noventa de las 700 personas que componían Pixar se dedicaban a desarrollar software específico para las películas de la productora, exactamente lo contrario que el resto de compañías, que apostaban cada vez más por el software y menos en el guión. Jobs poseía ese año el 55% de las acciones de Pixar, que valían cuatro veces más de lo que poseía en acciones de Apple. A Jobs le llaman el Walt Disney del siglo XXI, pero es algo más, es el Leonardo da Vinci de la informática. Una persona que ha sabido ver que la tecnología ha de ser insultantemente sencilla (insultante para la competencia, que no consigue superarle) para cumplir con el objetivo de producir bienestar. La tecnología que nos hace disfrutar, no la que nos hace esclavos. Cuando en 2006 se deja comprar por Disney la cifra son 7.400 millones. Y encima se sitúa en la presidencia de ésta y es el accionista privado mayoritario (otra gran jugada de abogados cegatos al estilo IBM). Además de los éxitos cinematográficos está la tienda de música iTunes, por lo que el negocio del hardware (y no digamos el software) es residual. Bill Gates, como es norma de la casa, lo ha comprendido con años de retraso: es ahora cuando ha movido ficha con la XBox, y lo más seguro es que acabe comprando a un fabricante de videojuegos para proveerse de títulos y de adjudicarse de saque una buena cuota de mercado.

Los ordenadores (¡qué ironía!) son cosa del pasado, esas máquinas que compraban nuestros padres. Para la nueva generación Jobs y Gates no son los pioneros de la informática personal, son los nuevos mandamases del ocio planetario.

domingo, 4 de febrero de 2007

La Web 2.0 o la ley de la mínima organización

La autogestión es un mito. La autogestión es un eufemismo que equivale a proclamar “deja que me monte yo mi dictadura”. Por eso el movimiento okupa no triunfa: están atrapados en la fase de la autogestión; los pocos que establecen las normas las mantienen incluso aunque vengan después otros que hagan aportaciones mejores.
Luego, de pronto, una serie de sitios web se han vuelto muy populares entre los usuarios domésticos: Flickr, Wikipedia, Del.icio.us, You Tube… Y a resultas de esos éxitos se habla de una nueva Web, la Web 2.0, de carácter eminentemente social. Bueno, eso de social es una forma de hablar…, lo importante es que son sitios pensados para darse a conocer de forma gratuita (gratis, la palabra mágica, no lo olvidemos). La gente mira y aporta aquello que le gusta, la suma de todo eso es lo que aporta valor y permite el intercambio. ¿Y todo esto sin más? Desde luego la que menos futuro tiene me parece Del.icio.us, porque el menú Favoritos del Explorer (o Marcadores en versión Firefox) no es muy frecuentado por los usuarios. Por lo que yo sé, la mayoría tira del desplegable en que se convierte la barra de dirección o, esto ya es de expertos, del Historial. Así que eso de etiquetar, ordenar y categorizar, pues no sé... En cambio You Tube tiene todo el futuro como el canal de televisión donde cabrá todo y donde todos podrán chivarse hallazgos.

Me estaba desviando: lo importante es que tras estos éxitos de la Web 2.0 hay una comunidad, un grupo pone las normas. Mientras siga siendo gratuito (y siga estando de moda) la gente se adaptará, precisamente porque ellos no tienen que poner las normas, éstas son mínimas y están pensadas para beneficiar a quien las cumple. Así que nadie se deje engañar por el espejismo de la autogestión de la Web 2.0, porque están muy pero que muy bien pensadas. Otra cosa es que, desgraciadamente, estas comunidades “aparentemente bien autogestionadas” tienen muy difícil alcanzar la rentabilidad económica que, como mínimo, les permita mantener la infraestructura tecnológica y, de paso, ganar dinero, que para eso están todos en Silicon Valley. El mayor acierto de estos grupos o comunidades es que no penalizan al usuario, y además saben adaptarse cuando el uso que hace la gente tiene más éxito que su propia idea original. Aquí es cuando superan la fase dictatorial de la autogestión y el síndrome de la asamblea okupa.

¿Alternativas? De momento fijémonos en You Tube, que intenta cerrar acuerdos con productoras para que estrenen en su sitio trailers, o agencias de publicidad para que hagan campañas-señuelo… Es el mismo sistema de financiación que el Festival de Cannes: llevar a Madonna para atraer periodistas y con el dinero obtenido proyectar esa película taiwanesa que a nadie parece importarle. Este sistema, a pesar de ser tan antiguo, ha sido rebautizado por los nuevos gurús como la teoría de la larga cola: los poderosos pagan, los peces pequeños no y se aprovechan de las grietas. A mí no me parece mal.

viernes, 2 de febrero de 2007

Reinas y señores del software

Recuerdo que en los noventa las suites ofimáticas (Office, Smartsuite) eran las reinas del software, y el procesador de textos y la hoja de cálculo aplicaciones a las que les pedíamos de todo, hasta que nos avisaran de la hora de la merienda. La gente se gastaba el dinero en software que emulaba una calculadora y una máquina de escribir. Luego llegó Internet y al poco la digitalización multimedia y ahí se acabó la historia de la ofimática. Desde entonces, ha conocido un proceso imparable de devaluación: ¿para qué pagar si se puede piratear? Justo antes de eso nos estuvimos unos meses pasando al ordenador nuestros apuntes de la universidad, que para eso nos habíamos comprado un ordenador. Pero pronto aquella absurda tarea quedó relegada y decidimos hacer cosas más creativas: cambiamos el ratón por el joystick. Ahí se acabó el reinado de las suites ofimáticas.

Tras su reinado aparecieron los señores del software libre, esos que, en sus ratos libres, se dedicaban a crear los programas que necesitaban (y que el mercado les negaba) y a ponerlos en circulación gratis-por-la-cara. Hoy tenemos software libre (freeware, para entendernos) para hacer prácticamente de todo: gestores de correo, procesadores de texto, presentaciones, diseño 2D y 3D, edición de foto y vídeo, bases de datos, servidores web, gestión comercial… El único software por el que pagamos (por cierto sin darnos cuenta) es el que viene preinstalado en los ordenadores que compramos.

Las empresas es diferente: ellas necesitan pagar las caras licencias por cuestiones legales, o porque precisan aplicaciones superespecializadas como Pinnacle Studio, o incluso por un Tablet PC que sea capaz de reconocer la escritura de su dueño (porque se supone que un ejecutivo ultra-ocupado no puede perder el tiempo en hacer “Archivo/Nuevo” y necesita anotar como sea el flash que le ha venido a la mente mientras esperaba en el aeropuerto). Yo personalmente no creo que haga falta, pero si todavía hay mercado pues que lo exploten.

Pero ¿y la gente? ¿Qué está dispuesta a pagar hoy la gente? Software desde luego no; en todo caso hardware, pero no cualquier hardware, sino concretamente todo el que esté ligado al ocio: películas, videojuegos, música… Aún queda un segmento del mercado (el de los ejecutivos) que todavía cree que es la locomotora de la innovación y se empeñan en exhibir sus juguetitos allá donde pueden. Pero cuando nadie les ve, anotan sus tareas en cualquier hoja de papel y suspiran por llegar a casa para jugar con Gears of War.

jueves, 1 de febrero de 2007

Buscar, no ordenar

Esa es la tendencia: trabajar con los ordenadores como si éstos fueran un saco al que no podemos asomarnos porque nos volveríamos locos, y por eso usamos herramientas que buceen en ese presunto caos y nos ofrezcan resultados. Todo lo que haya por medio nos la trae floja: nos basta con que en la pantalla aparezca lo que queremos.

Microsoft ha asumido lo que Google tardó mucho menos tiempo en comprender. La mayoría, pero lo que se dice la inmensa mayoría, de las personas usamos el ordenador sin realmente saber qué hacemos. Para muchos Internet es únicamente el acceso directo que puso el cuñado el día que le montó el ADSL, no se le pasa por la cabeza acceder desde otro sitio, y mucho menos dónde mirar en caso de que no aparezca la página de inicio.

Lo mismo sucede con los documentos: sí, los guardamos, básicamente fotos y presentaciones de chistes que nos envían, pero realmente desconocemos dónde las estamos dejando caer. Lo que queremos saber es que en el recuadro “Abrir…” nos aparecerán los títulos que siempre nos han aparecido. Si por lo que sea, un día aparece otra carpeta con nombres distintos ya no sabremos dónde estamos, nos sentimos perdidos. Ya ni menciono ese clásico de ejecutar los anexos que nos envían por correo en carpetas temporales del sistema y guardarlos en ella de forma definitiva. Nadie se entera de nada; nadie se preocupa de nada. Somos así y la ofimática ha acabado adaptándose a esta realidad.

Google lo entendió aunque ya era una evidencia: en la maraña de sitios en que se había convertido Internet era necesaria una herramienta que presentara resultados de forma rápida y fiable. El éxito de Google es la rapidez y la fiabilidad, pero también la desestructuración total de la información de red; el día que esto cambie Google (tal como lo conocemos) no servirá de nada. Google Desktop extendió el concepto de búsquedas en lo desconocido a los discos duros de los ordenadores, puesto que se revelaban tan caóticos como la propia red. Y de hecho lo es: nadie ordena sus documentos en carpetas por temas (a no ser que sea un rarito), nadie borra nada, nadie se preocupa de organizar temáticamente los archivos, nadie purga, nadie categoriza. Y como nadie lo hace, Google diseña sus aplicaciones dando estas pautas por supuestas. ¿Un servicio de correo? Pues asumen que nadie borrará nunca nada y que cuando haga falta harán una búsqueda; nadie perderá el tiempo en clasificar sus mensajes. Eso sólo lo hace también un rarito. Cada vez más, tenemos la certeza de que lo que tenemos guardado lo tenemos guardado, lo que no sabemos es dónde.

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